Dos viejos americanos

Últimamente se ha recuperado la obra de un novelista americano que se llama James Salter. Salamandra está reeditando sus novelas en español y muchos lectores se enamoran. Siempre es una novedad y un gusto poder amar la escritura de un hombre que sigue vivo. Incluso ha producido últimamente. Un libro que se titula Todo lo que hay, como haciendo una broma de viejo que no se siente viejo, que ya lo ha visto todo pero todavía tiene ganas de contarlo, que ni siquiera está seguro de haberlo visto todo.

He de añadir que suscribo enteramente el párrafo central del siguiente artículo:

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/22/actualidad/1329932175_788084.html

Una vez, en este blog, mantuve una conversación sobre Mishima con Bloom. Le invité a cenar y me metí con él, pero él metió la cuchara en mi postre. Fue solo una más de las fantasías de comunicación con lectores célebres que tengo. Con los lectores se charla, a los escritores solo se les observa y, como mucho, se los lee. Así que con Salter no me voy a poner a hablar. Esto no aparece en mi fantasía. En mi mundo de lectora Salter es el hermano mellizo de otro que para mí es un maestro mayor, en el sentido de la edad y en el del genio; John Cheever.

Así que en mi visión, Salter y Cheever, James y John, Jim y Johnny, están sentados uno al lado del otro. Yo los miro pero ellos no me ven a mí. Ambos nacieron en la costa este de Estados Unidos, bajo el signo de géminis, y en sus retratos más conocidos tienen el pelo canoso. Parece que hubieran sido viejos siempre. Uno tiene ochenta y nueve años, el otro está muerto. Los que nacen para escritores son viejos desde niños, y si acaso rejuvenecen después, al final. Vienen sin la vida. Su destino es ganársela con las palabras y con su sudor. Tienen que apoderarse de ella.

Tal vez por eso, y porque todo en el mundo orgánico refleja, acaba reflejando, la composición físico-química o la estructura moral, muchos de los grandes vienen desposeídos, huérfanos, pobres, o sufren tempranas traiciones, tempranos abandonos de Dios. Se les presenta pronto, como en un sueño ante sus ojos demasiado abiertos, el alcantarillado de la vida. No sé como fue la infancia de James Salter, de John Cheever. Puede que ellos nos dijeran que no tuvieron nada de particular, pero en mi estampa los dos viejos americanos no hablan. Y así debe ser, porque a los escritores, como a los asesinos, solo se puede acceder por sus huellas.

Los niños de James son felices, habitan la superficie luminosa del mundo en que han nacido, lo malo está solo en los ojos de quienes los mira desde la vida adulta, en su corazón. Ellos son ajenos, son puros, porque para James lo malo está bajo la corteza, y ellos todavía no son más que forma, piel, promesa. Los niños de John están más ausentes, más hechizados o atrapados en las garras del mundo. Reflejan los defectos de sus padres (Adiós, hermano mío), sufren sus castigos injustos (El autobús a St. James), o vagan de una casa a otra sin querer volver a la hora de la cena como la gente decente (Un marido rural).

Las mujeres de James son bellas, decididas, sus hombres son activos, medrosos. Unos y otros se atraen por necesidades materiales, los une el azar, las circunstancias. Una anécdota puede dar lugar a un matrimonio, a una traición, a un abandono. Las mujeres de Cheever son más emocionales, más inescrutables. Están más lejos. John siempre mira por los ojos de un hombre, casi siempre. Sus hombres parecen más tristes, sus mujeres más alegres, pero eso es sólo el efecto del punto de vista que elige. Los personajes de James son aceitunas, con la blandura fuera y dentro lo imposible, el bocado de misterio que hay que tragar entero. Los personajes de John son almendras. Al contrario.

James Salter_Zona Cero_New York_2001_by Corina Arranz

Ella empezó de nuevo. Tocó unos cuantos acordes tristes que brotaron lentamente de sus largos dedos. Empezó a cantar con su voz fina de muchacha y la cabeza agachada. Siguió cantando. Conocía una infinidad de letras que constituían su auténtica elocuencia, los poemas en los que creía. “Las sábanas eran viejas y delgadas las mantas…”
-Mi primer novio lo cantaba -dijo Nedra-. Me llevó de fin de semana a la casa de veraneo de su familia. Fue después del verano. Todos se habían ido.
-¿Quién era? -preguntó Viri.
-Era mayor que yo -dijo ella-. Tenía veinticinco años.
-¿Quién?
-Allí tomé mi primer aguacate. Me lo comí con hueso y todo -explicó.
(Años Luz, James Salter. 1975)

La gente de James es más ordenada, se expresa por sus horarios, por cómo pone la mesa, por lo que dice en las fiestas. Son más profundos en la medida en que están ciegos a su propia profundidad. Los personajes de Cheever son más predecibles, más apasionados, más humanos, esto último es un efecto debido, quizás, a la creencia de John en el determinismo.

John es un americano de la vieja escuela, conductista a su pesar y, sobre todo, pragmático. El pragmatismo de Pierce, de James, rechaza la introspección y concluye que una conducta es mensurable, en términos estadísticos, psicológicos y morales, únicamente en función de sus consecuencias efectivas. Es una escuela que admite lo inaccesible dentro de la mente humana, que no pretende explicarlo todo, una postura humilde ante la vida, una visión de creyente científico, que confía en un Dios al que no necesita escrutar.

John cree que hay una serie de factores que explican un resultado en la conducta, que son misteriosos, tal vez inexplicables, pero existen. Cree también en el ambiente frente a la individualidad, en la clasificación y la división de las cosas. Es aristotélico. Sus personas son infelices, lo saben, y buscan la felicidad. Por lo mismo, el paisaje de John refleja sus emociones, las explica.

James es platónico. Funde lo bueno, lo bello y lo verdadero y enseña a sus personas esta confusión, de manera que cuando son felices físicamente pero notan una incomodidad espiritual se quedan asombrados y congelados, interrumpidos en ese asombro, no saben que hacer. No luchan contra su infelicidad, incluso la perpetúan. James es también posmoderno. La infelicidad de sus personas se ha instalado en ellas, las ha poseído, ni siquiera contemplan otra posibilidad, otro orden moral. Su descripción del mundo no expresa el espíritu de los personajes, lo sustituye.

"El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas." El mundo de las manzanas. John Cheever

“El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas.”                                                              El mundo de las manzanas. John Cheever

James posee el don del detalle, sus historias son tejidos, engranajes, es por encima de todo un novelista. John posee el don del impacto, sabe contar la casualidad, la anécdota. Es, en su corazón, un cuentista. Y ya está bien. Si sigo observando corro el riesgo de que en cualquier momento uno de los gemelos, puede que incluso el muerto, levante los ojos y me encuentre.


La vida desatenta

El sábado que viene, 7 de junio de 19 a 21, en la Feria del libro de Madrid, se vende y se firma La vida desatenta de Antonio Mercero. Se publicó en marzo de este año y va por su segunda edición. Siempre lo digo: me cuesta mucho hablar de autores no muertos porque no puedo destripar los contenidos de sus obras ni sus vidas, bien porque ni los conozco ni puedo leer su biografía, bien porque los conozco un poco, que a veces es decir demasiado. Y qué hacer con lo que alguien ha escrito, si no puedes abrirlo como una sandía y contar sus pepitas como si fueran de oro. Esta es una de esas maravillosas excepciones en que me bebo de un trago el cóctel de un escritor vivo y en plena madurez productiva.

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Vildsvin tiene un bufete de abogados que lleva con un socio y sus dos hijos varones: Gonzalo y Mateo. Se nos cuenta la vida del bufete Vildsvin y la vida de la familia Vildsvin. A veces una y otra se entrelazan, se explican, se perjudican. Son vidas desatentas porque se reparten la atención, porque no hay amor ni talento suficiente en los personajes para contemplar todas las posibilidades de su mundo, para aspirar a la felicidad, no son plenos, no pueden hacerlo todo bien. La semilla de la desatención, el origen del desamor, son Vildsvin padre y Amelia, madre.

Vildsvin es el personaje que lucha contra sí mismo.  Se mira y no se gusta, pero ni deja de mirarse ni quiere cambiar. Ha construido su propia inquina y se ha atrincherado en ella, desde allí mira a los demás con cierto desprecio, pero también con una nostalgia de la felicidad tan honda que ni la siente.Vildsvin es un personaje grande y oscuro, ha aplastado la personalidad de sus dos hijos; la de uno bajo el peso de su desamor, la del otro bajo el peso de su amor.

Luego está Amelia, que desde una residencia repasa los momentos del largo matrimonio con Vildvin, de su maternidad, descrita con una maravillosa intuición para expresar la amargura y la sensación de desperdicio en su versión femenina, para contar cómo la maldad se ha ido apoderando de una persona con las mejores intenciones, y cómo triunfalmente, la alegría se abre paso en soledad de un modo en que no pudo hacerlo en compañía. Amelia es el personaje que se rinde. Lo hace a lo grande, como una loca, como un escritor, con algo que está entre la sutileza de una heredera de Henry James y el patetismo de una señora de Tenessee Williams. La soledad es lo que más quiere y lo que más miedo le da.

Hay padres que son así; magníficos y aplastantes, autoritarios, brillantes, inteligentes, directivos. Tan lúcidos que están ciegos, tan sobresalientes que son mediocres. Cómo es esto posible, como decía Catulo cuando se daba cuenta de que odiaba y amaba: Odi et amo, quaid fasse… Ese es uno de los viajes que hace esta novela, una de las preguntas que contiene y que narra. En los progenitores está el origen de la fatalidad, pero también la posibilidad de redención.

Este secreto, esta oportunidad, revive, se transforma en otras relaciones de sus hijos, de sus clientes, en los matrimonios de Gonzalo y Paula, en la tentativa de Mateo y Jovita, en la atracción adúltera del abogado viejo, misógino por la fiscal agresiva, independiente, en el matrimonio de políticos con opiniones diferentes respecto a la corrupción, en la lujuria de un cura por su alumna de canto.

*

Tres pruebas para exquisitos

Podría dejarlo aquí, utilizando el viejo recurso de influir por la escasez, pero sé que hay muchos lectores, entre los que me encuentro, que no quieren leer solo una historia que les interese o que pique su curiosidad, que se permiten la exigencia, a pesar del panorama. Un escritor puede sobrevivir con una idea, a veces le sirve tener una ocurrencia; un autor de verdad tiene una voz que le habla dentro, una obsesión, o varias. A estos lectores inconformistas que siguen buscando eso, les voy a dar tres pruebas de que están ante un escritor de verdad. Los que me conocen ya saben que crié mi vocación leyendo cuentos y que de ellos tomé mi gusto por el tres, número mágico. Tres eran siempre las hijas o los hijos del rey, las veces que una situación se repetía para que el protagonista comprendiese que estaba ante un encantamiento. Tres son los actos de la ficción.

La cuarta muerte, primera novela de Antonio Mercero, hablaba de la impostura. Esa ambición innata de la especie humana por buscarse y eludirse usando a los demás de espejo, a veces, otras, de máscara. El tema está también en La vida desatenta, pero aquí predomina la tiranía de la familia, el universo abisal de las parejas vistas desde dentro. También hay una profunda inteligencia para contar a las mujeres. Todas ellas son grandes y preciosas en su mediocridad, porque las observa una inteligencia que al mirar por sus ojos consigue despojarse de su propio sexo, de su lado de la experiencia. Primera prueba de que hay un gran escritor detrás de una historia es  que éste puede hacerse invisible.

Mi mujer favorita de la novela es Jovita. La forma en que supera su pasado difícil contiene la sabiduría de los niños, que sencillamente viven. Jovita es el personaje que triunfa, que estando en contacto con la oscuridad, con la forma más alta de traición, no altera su pureza y su confianza fundamental en la vida. Ella es luz. Pero mi hombre favorito de la novela es Vildsvin, que proyecta la sombra.

Es un malo de cómic, de Shakespeare. De qué manera tan maquiavélica se justifica, cómo utiliza y manipula a los demás casi sin darse cuenta y diciéndoles o haciéndoles creer que es por su bien o por un motivo práctico, cuando se debe simplemente a la perversidad. Pero su maldad es inactiva. Su maldad es un vacío, consiste en lo que deja de hacer, guardándolo dentro de sí como la fórmula secreta de un veneno.

A veces uno se pone a escribir sobre las oscuridades del alma humana y le sale un bicho digno de coleccionismo, pero eso solo les pasa a unos pocos. Segunda prueba. Estate atento con este personaje, Mercero, que cuando necesite un mafioso cabrón de Ian Rankin o un profesor Moriarty, o un padre Karamazov, te lo robo sin contemplaciones.

Al leer La vida desatenta uno va descubriendo que lo que les pase a los Vildsvin, a sus clientes, a sus amantes, le importa, que querría verlos seguir trabajando, teniendo hijos, haciéndose putadas, deseándose y muriéndose. Es lo que pasa cuando te enamoras, que quieres más. Y es la tercera prueba.

 


Les Garçons et Guillaume, à table!

Hay que ver esta película, y hay que verla en francés mes amis, porque si no, no hace tanta gracia. Así que os presento un pequeño avance con subtítulos en inglés, que es lo más accesible que he encontrado, y más abajo una selección de escenas sin subtítulos.

Desde que Guillaume puede recordar, en casa se le llamaba a comer diciendo: “¡Guillaume y los chicos, a la mesa!” Como si él no fuera un hermano más, o ni siquiera un chico. Se puede hacer una película entera partiendo de esta anécdota. Se puede ser director, guinoista, actor y actriz principal, ahorrando varios sueldos y, lo que es menos práctico pero más importante, dando a todo un sentido personal, audaz, sofisticado y al mismo tiempo simple, como lo puede ser un adolescente solo ante el mundo. Cuando hablo de adolescencia me refiero a la edad que tiene todo ser humano cuando está un poco perdido, porque los modelos que le habían guiado hasta ahora ya no le sirven, y porque los afectos que lo habían acompañado ya no hacen que deje de sentirse solo, pero siguen siendo sus modelos, y sigue queriéndolos.

Claro que no es fácil contar esta historia. Primero, porque utiliza recursos teatrales, segundo, porque es una comedia. El teatro es la más difícil de las presentaciones de un texto narrativo por su inmediatez; la comedia es el más difícil de los géneros porque la vida, aparentemente o bien mirada, hace poca gracia, así que resulta complicado hacer que un espectador active su inteligencia calculadora, crítica, molida de los palos de la vida, y además se ría. Tercero; la estructura del guión es complicada porque intenta, o quizás consigue sin intentarlo, reproducir el funcionamiento de la memoria.

Cuando recordamos nuestra vida pasada no lo hacemos de un modo lineal, claro. La memoria escoge unas pocas escenas regentes de cada época de nuestra vida que se convierten en los portavoces de tal edad, de tal momento. Nos recordamos y nos explicamos en el pasado con el significado, con las características de esas escenas, que sintetizan los recuerdos en forma narrativa, como pequeños cuentos o sketches. Permanecen en el recuerdo las experiencias  que pueden dar sentido o incorporarse a estas estructuras de ficción, ya sea porque se adaptan, se deforman o incluso cambian. Lo que no es coherente o no es relevantes para esta función, es reprimido y olvidado sin piedad. No hay sitio para guardarlo todo, excepto en el cerebro del célebre Funes, el memorioso, y no hay piedad en la memoria.

Guillaume Gallienne, actor (http://www.comedie-francaise.fr/comedien.php?id=512&idcom=1167) que dentro de su historia también es actor, se sube a un escenario dentro de una película, y cuenta estos cuentos de la memoria que ilustran su relación con su madre y consigo mismo, pero no olvida en ningún momento su deber como narrador. Tiene que enlazar, tiene que entretener, y tiene que haber al final una revelación, una sorpresa, un giro que lo cambie todo, desde el principio. Como decía, esta película demuestra que se puede partir de un detalle y que el creador puede estar pluriempleado, pero también que se puede conseguir un guión original, ingenioso, divertido, que se meta con cuestiones complejas, como la identidad, en especial la identidad sexual, la relación con los padres, el acoso, el enamoramiento, la admiración, la hipocresía, el miedo a los otros y a uno mismo, y además las mujeres, los internados, la mili, los caballos, Sissí Emperatriz, y hablar muy en serio sin dejar de reírse.

He leído comentarios sobre Guillaume y los chicos en que desaprueban que siendo una comedia sea en el fondo muy amarga. Esta crítica se refuta nombrando a  Billy Wilder. También he leído que es demasiado personal para resultar convincente. Esta se refuta nombrando a Woody Allen. Se trata de una historia contada sin pretensiones y yo no diría que Galienne muestra en ella el nivel de estos maestros, pero, sin ninguna duda, me gustará ver más.

 


33 historias escritas que cambiaron mi vida (2)

“Felicidad. Mi alma siempre ha renunciado a ella. No soy digno de sus virtudes. La vida conyugal sería un sufrimiento para ti y para mí. Por mucho que yo te amase, mi amor se desvanecería con la fuerza de la costumbre. Entonces llorarías, y esas lágrimas no podrían conmover mi corazón, sino solo irritarme. ¿Era esto lo que buscabas al escribirme tu carta? Nuestros sueños no vuelven jamás, al igual que los años ya vividos. Yo no puedo rejuvenecer mi alma. Te amo como un hermano, quizá más tiernamente aún. Las ilusiones veleidosas de una joven van cambiando, igual que mudan los árboles sus hojas. Has de aprender a dominarte, ya que no todos serán tan considerados como yo.” 

Evgeni Onegin

Alexandr Pushkin

 

Siempre que se acerca mi cumpleaños recuerdo un capricho de bibliófila: poseer  Evgeni Oneguin traducido al inglés, prologado y anotado en cuatro tomos por Nabokov.

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Yo nunca he leído Evgeni Onegin en su formato original; el verso, ni en su lengua madre; el ruso. He escuchado la ópera de Tchaikovsky, la maravillosa música incidental de Prokofiev (editada en Naxos junto a las Noches Egipcias), lo he visto adaptado al cine, al teatro, al lienzo, pero si me pongo borgiana y hasta kafkiana, podría dudar, en lo que respecta a mi experiencia de lectora, de su existencia escrita tal y como Pushkin lo concibió y parió. Con este clásico de la literatura rusa puedo experimentar lo que un analfabeto sentía ante la Biblia o algún otro bestseler inalcanzable para su inteligencia, cuando alguien se lo leía o narraba, puedo tener la emoción del espectador prehistórico ante el cuentacuentos. No lo he leído, pero me lo han contado tantas veces.

Pushkin es tan ruso como el frío y el vodka. En su país acapara nombres de calles, museos, estatuas y monumentos conmemorativos como aquí en España lo hacen juntos Goya, Cervantes y el rey de turno, y yo diría que no lo alcanzan. Esto es porque los eslavos aman lo lírico y lo trágico de un modo especial, y también porque los rusos son patriotas y belicosos (aún hoy hay allí ciudadanos que consideran que la segunda guerra mundial ocurrió en Stalingrado) y Pushkin es el autor que vivió y contó los años de Napoleón y la gloria, cuando la madre patria hizo volver grupas al ejército que en otros territorios se había paseado. Pero más allá de Pushkin, y tal vez sin que él mismo se lo propusiera, están Onegin y Tatiana. Liensky y Olga.

Me encanta compartir con Nabokov, que es uno de mis maestros o de mis amigos muertos, esta pasión por la historia de Eugenio, y puede que sea por lo mismo que Vladimir amaba tanto el detalle y el adorno, y reclamaba el uso del adjetivo, de la descripción de lo mínimo hasta un punto que algunos críticos consideran forzado. Yo admiro ese empeño de autor y esa cabezonería de insistir en lo inútil, lo que no es esencial pero lo cambia todo. A Eugenio le pasa eso, que es una historia sobre la nada que lo es todo.

Onegin es un gentilhombre de San Petersburgo que se aburre mortalmente en la ciudad y también en el campo. Se aburre de la vida, del amor y de sí mismo, y de su amigo Liensky, admirador de Kant, poeta, optimista, enamorado. Liensky es uno de esos hombres que tienen el don de la fe en la vida, y al que Onegin se acerca con desdén y condescendencia… Él, hombre mundano, cínico y de vuelta de todo, pero atraído, en el fondo, por esa luz empedernida de Liensky, como va una polilla de la noche a revolotear contra una lámpara.

Tatiana, una chica de campo que también está aburrida, pero que conserva la esperanza, y que es hermana de Olga, la prometida de Liensky, se enamora en una visita fugaz de Onegin. Tatiana es una chica solitaria, rara, especial, con un don de sensibilidad e intuición. Se da cuenta de que Evgeni va a hacerle sufrir, pero su corazón lo ha elegido y no le importa. Le escribe confesándole sus sentimientos, decisión que para una mujer de aquella época y posición podía significar el ridículo y la deshonra. Durante días espera una respuesta, ansiosa y avergonzada.

Al fin Onegin visita a Tatiana para devolverle su carta y le da la negativa con que he iniciado esta entrada. Para el querido lector que no conozca la carta de Tania, momento central y universalmente (pero sobre todo rusamente) conocido y venerado de la obra, le diré que, aunque por la respuesta de Onegin parece que ella le pide un compromiso oficial, no hay nada más lejos de las intenciones de la pobre niña. Ella no le pide una vida de familia, ni matrimonio, ella sólo quiere que corresponda a su amor, que vaya a visitarla de vez en cuando, que le diga unas palabras para poder meditar después a solas, durante horas, esto último literalmente.

Eugenio Oneguin en el Teatro Real, en 2010. Tatiana es la que mira por la ventana.

Eugenio Oneguin en el Teatro Real, en 2010. Tatiana mira por la ventana.

Pero como Onegin está atocinado por la pereza, la desidia y la estrechez de espíritu, malinterpreta el amor verdadero como una fórmula, y lo que es auténtico y de verdad conmueve su corazón, le parece algo peligroso de lo que cualquier buena (y veleidosa) jovencita debería cuidarse. Así que él, que le ha echado un polvo a medio San Petersburgo y parte del extranjero, le echa la charla a la pequeña Tania para que no vaya por ahí mostrando emociones verdaderas. Se carga de razón y de honestidad, pero el motivo por el que no tiene una aventura con ella no es cuidar de su honor, sino cuidarse él de la experiencia del amor verdadero, que le aterra.

El caso es que, como dice Alexandr, vinieron los años y la guerra, se olvidaron los pecados que en épocas de plenitud habían importado tanto, y un día Eugenio se encuentra con Tatiana en la ciudad del Neva, en una fiesta. ¿Pero es ella?, se pregunta. La bucólica Tania bebió el veneno de la mediocridad, lo tragó y quedó hechizada para siempre. Ahora es una mujer de mundo, elegante, fría, casada con un héroe de guerra. Entonces, ocurre que lo que a Onegin no le pudo entrar por la puerta estrecha del alma le entra, a deshora, por sus sentidos muy abiertos de hedonista, se cae del guindo y se enamora de Tatiana como un perro tonto, enfermo, loco.

Ahora es Tatiana envenenada la que no puede rejuvenecer, volver a los tiempos en que leía frente a la tumba de su aya. No le hace ni caso, le desprecia, un poco porque así lo dictan las costumbres para una mujer de posición, casada, y un poco, suponemos, por venganza o dolor rencoroso. Ahora es Eugenio quien ha de escribir la carta mendicante, pero no puede evitar que aflore en ella el miedo, la mezquindad, y acusa a la amada de ese rencor que el provocó, y utiliza frases sofísticadas y recursos literarios de seductor barato.

También se produce un segundo encuentro, en que Evgeni cae de rodillas ante Tatiana, en que ella tiene que aleccionarle, como fue aleccionada por él en el pasado, aunque reconoce que sobreviven en ella el antiguo amor y la nostalgia. Como decía Madeleine en Vértigo: Yo también te quiero, pero es demasiado tarde. Onegin enferma de los pulmones, porque el corazón ya lo tenía muerto. Fin. Lo dicho, casi nada.

Otro gran momento de la historia. El duelo.  Montaje de Edmonton Opera (2014)

Otro gran momento de la historia: el duelo. Montaje de Edmonton Opera (2014)

Onegin no lo sabe, pero es un puritano de nueva ola, como lo fueron Byron y Shelley, sus personajes y sus alter egos. Un puritano de toda la vida es el que rechaza la felicidad física. Por ejemplo, del sexo con amor, el puritano clásico evita el sexo, con mayor o menor esfuerzo y fortuna. Pero en el siglo XIX, tras la muerte de Dios, aparece una clase nueva de puritano, éste rechaza la parte espiritual del combinado. Quiere follar, y mucho, pero cuando se le acerca el amigo leal, la mujer enamorada, huye como de la peste, es más, siente el deseo de traicionarlos porque la capacidad de amar de ellos le recuerda su propia incapacidad, y eso le cabrea.

Eugenio es el primer ejemplo de toda esta generación de idiotas. El último que me he encontrado en un buen libro ha sido el Dean de Juego y distracción, de Salter.

"Viajes y presentimientos de viajes: ahora veo que él siempre se ha mantenido cerca de la vida que fluye, transitoria, que se consume. Y veo distinto el aspecto de Dean. Se ha unido a la fugacidad de las cosas. Ha asimilado por lo menos una de las grandes leyes.  Ella viene por la acera a su encuentro, con una blusa barata y metálica sobre los pantalones. Parece una vagabunda. Dean la adora. Ella dice algo mientras se sienta, una palabra que se desvanece, y él asiente. Y ahora el camarero llega con una chaquetilla blanca manchada." Juego y distracción. James Salter. Foto de Sergio Larraín (1959)

“Viajes y presentimientos de viajes: ahora veo que él siempre se ha mantenido cerca de la vida que fluye, transitoria, que se consume. Y veo distinto el aspecto de Dean. Se ha unido a la fugacidad de las cosas. Ha asimilado por lo menos una de las grandes leyes. Ella viene por la acera a su encuentro, con una blusa barata y metálica sobre los pantalones. Parece una vagabunda. Dean la adora. Ella dice algo mientras se sienta, una palabra que se desvanece, y él asiente. Y ahora el camarero llega con una chaquetilla blanca manchada.” Juego y distracción. James Salter.                              Foto de Sergio Larraín (1959)

Es osado y genial que Alexandr se empeñara en contar el cuento desde ambos puntos de vista; el de la mujer desengañada que acaba engañada y el del Don Juan listillo que acaba en payaso. Eso es porque tiene el noble propósito de contar su iluminación y su castigo, que consiste en el arrepentimiento y la esperanza a destiempo. La esperanza es un buen desayuno, pero una mala cena, como decía aquel. La esperanza que Liensky tiene en la gloria de su juventud y muere en su esplendor, como una vela que se apaga en un altar, por emplear las palabras de Alexandr, la encuentra Eugenio al final, cuando ya no le sirve de nada.

"Se obedece al amor en todas las edades. Para los corazones jóvenes, el ímpetu es como lluvia de primavera en los sembrados, que hace brotar de la tierra dulces frutos. Pero es triste el retorno de las pasiones en el ocaso de la vida, pues la lluvia otoñal transforma los prados en pantanos y dejan desnudos los bosques."

“Se obedece al amor en todas las edades. Para los corazones jóvenes, el ímpetu es como lluvia de primavera en los sembrados, que hace brotar de la tierra dulces frutos. Pero es triste el retorno de las pasiones en el ocaso de la vida, pues la lluvia otoñal transforma los prados en pantanos y deja desnudos los bosques.”                         Ilustración de Lidia Timoshenko (1903-1976)

Todos los románticos trataron de reinventar el infierno como algo presente y humano, algunos simplificando el simbolismo, como Espronceda, otros llevándolo a su máximo esplendor, como Goethe. Pero me quedo con el intento de Alexandr, que es capaz de hacer girar el horror sobre la punta diminuta de una nadería; el amor no correspondido de una adolescente de pueblo por un dandi.

La literatura rusa fundó la mujer fatal moderna (Lady Macbeth de Mtsensk de Leskov), que vuela como un hada negra a las obras de James M. Cain y hasta Jim Thompson, donde abandona el ardor para estar ya quemada, fría. La ficción rusa funda también el infierno deshabitado del que habló Lezama Lima. El infierno de Onegin es descubrir una verdad demasiado tarde. Es un infierno privado de destiempo y desencuentro, con nieve y tisis.

En el siglo XIX post-romántico, el Peer Gynt de Ibsen descubrió que, además, el infierno podía seguir al individuo allá donde fuera, que podía haber en él selva, sol de desierto y espuma de mar, que el dolor del mundo eran un espacio y un tiempo muy pequeños para abarcar el infierno de un solo hombre, que sólo cabía en sí mismo.

El extranjero de Camus añadió que uno puede ser un extraño en su propio infierno y que puede no ocurrir nada en él, y en 1984, Orwell cerró con una herida abierta: incluso más allá del hombre, incluso en el colectivismo, el infierno sigue siendo individual. Es imposible despojar al hombre de su infierno y, por tanto, a fin de cuentas, es su propiedad más genuina y preciada. Esto también lo contaron Primo Levi, Reinaldo Arenas, Solsenitzin y otros. Estos infiernos ya no son poesía. De estos tenemos fosas comunes y museos, aunque no siempre sabemos dónde.


33 historias escritas que cambiaron mi vida (1)

Y cuando digo “vida” digo “imaginación”; el ojo que ve la belleza y la hace suya, aquello a lo que el cerebro se aferra en la impotencia, en la postración, en el coma, en la muerte clínica aún; es decir, la raíz fundamental de la vida como experiencia.

En esta selección me limito a obras escritas, dejando aparte películas, series, animación, no ficción y ficción oral. Escojo éstas, de entre todas las muchas que he leído, porque son puertas; historias que abrieron el camino hacia otras muchas relacionadas con ellas por motivos de vivencia real, proximidad espacio-temporal, tema o naturaleza estética. Es decir, que cada una constituye la ramita de un racimo de historias. Las cito en el orden en que las leí, o escuché, para celebrar cada uno de los años que cumpliré dentro de 9 semanas.

1. Antón y velita

-¡Arriba, perezosos, nos vamos al bosque a cortar leña! -dijo y les dio a cada uno un trozo de pan-.Aquí tenéis, para desayunar. Y no os lo comáis todo que no hay más. 

Gretel metió los dos trozos en su abrigo, puesto que Hansel tenía los bolsillos llenos de piedrecitas. Al cabo de unos minutos, emprendieron la marcha. Después de caminar un trecho, Hansel se detuvo y miró hacia la casa, maniobra que repetía cada cierto tiempo.

-¡Hansel! -le dijo una de ellas su padre-. ¿Qué estás mirando? No te quedes atrás, podrías perderte.

-Estaba mirando a mi gato, que me saludaba con la pata desde el tejado -dijo Hansel.

-Pero qué burro eres -intervino la mujer de su padre-. No es tu gato, es el Sol, que se refleja en la chimenea.

Pero en realidad Hansel no había visto a su gato, ni siquiera se había fijado en la casa; se volvía de espaldas para dejar caer una piedrecita blanca.

Hansel y Gretel (Hnos. Grimm)

Antón y Velita son la versión española de Hansel y Gretel. Era verano, a la hora de la siesta. En casa de mis abuelos las cortinas estaban echadas, siempre lo estaban, pero ahora se filtraban los rayos del sol ardiente del mediodía y se veían los granos de polvo flotar en el aire y todo tenía ese color de luz tapada, como el interior de una tienda de campaña. La televisión se había apagado hasta la caída de la tarde porque tenerla encendida “daba calor”. Yo no tenía sueño y el sofá, que mi abuela llamaba “tresillo”, era incómodo, pero había que estar quieta, callada, la siesta era un aburrimiento sagrado.

Mi abuela me cantaba zarzuelas, me contaba anécdotas de su juventud en Marruecos, pero aquella era la hora de los dos hermanitos extremeños que pasaban tanta hambre… (en mi imaginación de tres años Antón-Hansel era el mismo niño que se aparecía en mi mente con aquella reconvención de mi abuelo cuando no quería comer: “Yo cuando era pequeño pasaba tanta hambre que comía hierbas del suelo.” Aquella generación aún no necesitaba apelar a los negritos de África), y las piedras blancas y la bruja caníbal.

Todos los niños tienen un cuento, o algunos cuentos, que piden una y otra vez. Entre ellos suele haber alguna relación. Mi hija Inés, a la que puse el nombre de la narradora de Antón y Velita, de entre los cuentos clásicos prefiere Caperucita roja y Los tres cerditos, que comparten procedencia francesa, una estructura similar y un mismo malo: el lobo. Yo prefería los cuentos de brujas centroeuropeas. Esos elementos que se repiten en las primeras ficciones preferidas por los niños, son los cabos de su imaginación, el latido inicial de su estilo como lectores o espectadores.

Yo extraje de aquel primer cuento la fascinación por el bosque como escenario, los entornos reducidos de pocos personajes, el tema del encierro o del secuestro, que apelaba a emociones de mi vida real, el protagonismo de la pareja que se salva a través del amor, la excusa del miedo o del crimen para atraer la atención del espectador sobre temas menos llamativos pero más fundamentales, y que coinciden con las pulsiones elementales necesarias para que ese ambiente de terror y crimen se establezca: el hambre (de los niños), la crueldad (de la madrastra, que en la versión original era la misma madre y que en un plano simbólico es también la bruja), la traición (de un padre débil que cede a la idea de su mujer de abandonar a los niños, en lugar de defenderlos), el apego (que hace a Velita permanecer en la casa a pesar de no estar encerrada como su hermano, por lealtad a él), la avaricia-gula-lujuria (de la bruja, que a pesar de estar rodeada de comida prefiere cazar niños).

No es difícil ver los primeros puntos de luz de todo un sistema de constelaciones imaginativas que abarca desde la literatura fantástica romántica hasta la literatura policiaca y el género negro, pasando por Poe, que unió triunfalmente estos dos extremos de tradición y renovación, y al que no sin razón, pero con miopía crítica, acusaban de estar hechizado por los románticos alemanes. Pero toda esta cadena de relaciones la descubrí más tarde, cuando volví a encontrarme con Antón y Velita, con los alemanes y con el horror; pero en otra habitación, en otra edad menos inmediata, más cargada de premoniciones.

Existe una relación entre el tipo de belleza que nos conmueve y esas primeras narraciones, aquel a quien seducen los autores clásicos y la mitología griega, no le leían los mismos cuentos para irse a dormir que al que siente atracción por el mundo medieval, o por el existencialismo. Esta distinción se me antoja necesaria, pero en el fondo es irrelevante, pues no se puede aspirar a construir ningún sistema clasificatorio de sensibilidades. Los eslabones que componen la cadena que lleva de una a otra preferencia, a través de las edades de cada lector, es individual e irrepetible. El número de ojos que construyen la belleza es infinito y por eso ella es insondable.

Los elementos estéticos de este cuento me llevaron sin querer a Andersen y después a Wilde (tardé años en descubrir que mis cuentos favoritos habían sido escritos por ellos -La cajita de yesca, El soldadito de plomo, El príncipe feliz, El ruiseñor y la rosa-, y lo que significaba su celebridad), y a través de ellos cultivé un gusto temprano por la narrativa bien escrita, por autores que expresaban en cada obra su universo estético y su visión de autor y, seguramente, también a desarrollar la sensibilidad necesaria para interesarme por la poesía. Sus elementos motrices, por otra parte, me acercaron a un tipo de cuento simbólico, en que había una intención de transmitir valores profundos, no pedagógica, pero sí moral, en la medida en que contaban la lucha entre el bien y el mal por encima de la peripecia, y que esta lucha tomaba forma en los conflictos de personajes inadaptados. Esta inclinación me llevaría, sin saberlo, a Stevenson y a Dickens.

En esta línea recuerdo con mucho cariño un libro llamado Peluso, de Irina Korschunow. Peluso es un ser del bosque que vive con una madre buena, pero sumisa, y una señora amargada y mandona llamada Tía Gruñidos. Ambas tratan de enseñar a Peluso que cada ser debe permanecer en el lugar al que pertenece y aceptar su destino, y que él pertenece al bosque, pero Peluso quiere volar, como las sílfides, hasta que un día conoce a una y llegan a un trato por el cual ella, de vez en cuando, le presta un ala. Con Peluso, por primera vez, lloré leyendo. Fue el primer canto a la rebeldía y a la libertad al que asistí.

La intuición de haber extraído, de un montón de signos impresos sobre una lámina de celulosa, una idea, una experiencia tan real, e incluso más intensa, que si hubiera asistido a aquellos acontecimientos en el mundo material, y la impresión, imposible de describir con mi inteligencia y mi vocabulario de entonces, de que aquella idea (la de la libertad como valor) y aquella experiencia (el apego hacia Peluso como un igual) se quedaban conmigo para siempre, que pasaba a formar parte del mundo físico a través de mí, que algo que no estaba en ninguna parte ni había ocurrido nunca hacía a mi corazón bombear sangre más deprisa y a mis lacrimales expulsar líquido, es esa revelación irrepetible que en algún momento tiene todo gran lector, a partir de la cual ya no es el mismo y vuelve una y otra vez a la lectura, a asombrarse ante el misterio, y eso lo convierte en un artista porque, como decía Wilde: “La repetición convierte cualquier apetito en arte.” Ya sé que he citado muchas veces esta frase. Me encanta. Como todo lo que se le ocurría a Wilde, es más cierto que si fuera verdad.


La década en que la televisión venció al cine (III)

3.

Se rueda un documental para la televisión inglesa sobre una de las oficinas de una empresa papelera. Los protagonistas son la gente corriente que trabaja allí. Se rueda su día a día, a veces sin que se enteren, y se les pide también su testimonio en privado.

Ricky Gervais es David Brent, un jefe ineficiente, charlatán, inmaduro, egoísta, maleducado, envidioso, con aspiraciones de cómico, bromista hasta la crueldad, pesado hasta la pena, solitario a la fuerza y con un enorme deseo de ser aceptado e incluido, un deseo que puede más que su voluntad y que lo lleva a ponerse en ridículo constantemente.

Para ocultar los errores que comete o subsanarlos se enreda en más mentiras, más humillación, hasta el límite de sus fuerzas y de la imaginación del espectador. La interpretación de Gervais en este papel es sencillamente sublime. Es un trabajo complementario a sus célebres monólogos, que exponen a los famosos, a los políticos, a sí mismo, bajo la luz, a veces cegadora, de la vergüenza ajena.

Ricky Gervais toma nuestras ideas preconcebidas, el discurso políticamente correcto con que muchos han conseguido pasar por la vida sin emplear su capacidad racional un solo segundo y lo destripa, así podemos apreciarlo en toda su grotesca falsedad. A veces se pasa de salvaje, bien por exacerbar su discurso, bien por acrecentar su fama. El caso es que más de uno se siente ofendido; el humorista se ha ganado últimamente grandes enemigos y ha sido despedido de la gala de los Globos de oro, que llevaba presentando desde 2009.

Otro personaje inolvidable es el empleado pelota, Gareth Keenan, interpretado por Mackenzie Crook, a quien hemos visto en papeles secundarios en el cine, por ejemplo como criado descontento de Shylock en El mercader de Venecia (2004) de Michael Radford. Su físico y su talento apoyan con firmeza el personaje del trepa concienciado, que ve a su superior como un modelo a seguir en todo, más allá de los límites profesionales.

Gareth es un tarado, un hombre joven sin talento ni perspectivas, pero que no quiere verlo: feo, inseguro, solo, sin modelos, se agarra al clavo ardiendo de un payaso en decadencia y establece comparaciones militares, como si fuera un soldado experto involucrado en una importante misión y David Brent fuera el líder. El jefe se escabulle, se mofa o aprovecha esta adhesión de Gareth, según le conviene.

Tim Canterbury (Martin Freeman, que últimamente ha interpretado un digno Holmes en la serie de la BBC Sherlock), es el personaje normal que representa al espectador; lleno de proyectos para los que nunca encuentra el ánimo, como el de dejar la oficina para estudiar psicología, aturdido por el aburrimiento y por lo que aguanta cada día, a veces decide callarse y otras se ríe, pero siempre con cierta distancia.

Si David desea ocupar un lugar prominente en la empresa, y hasta dejar de tener una vida privada que ya se ha convertido en lo que más temía; la de un tipo mediocre, un hombre solo, Tim por el contrario se mantiene siempre a distancia. Tim no quiere pertenecer, aunque, como David, sabe que ya no hay vuelta atrás.

También hay una historia de amor. Dawn Tinsley es la recepcionista de la empresa y a menudo ejerce de secretaria y hasta confidente forzosa de David. Tiene afición por la pintura y le gustaría llegar a ser ilustradora, pero, como a Tim, le ocurre que se va enredando en la rutina del trabajo, en la necesidad de dinero y estabilidad, en su relación con uno de los mozos de almacén, con quien se ha prometido y que tiene una idea muy tradicional de la pareja y de lo que una chica como Dawn debe esperar de la vida. Ella se agarra a la seguridad de este plan y se va atando de pies y manos.

Tim y Dawn son, el uno para el otro, el único motivo de alegría de su vida diaria. Juntos se ríen de David y pasan mucho tiempo ideando bromas para Gareth, objetivo principal de sus mañas. Dawn está demasiado comprometida con su vida sin incertidumbre, para darse cuenta de lo que Tim siente por ella, pero él, que está sólo (y que además somos nosotros), intenta aproximarse a ella cada vez que tiene ocasión.

Así Tim, que es un chico corriente y que no tendría por qué quedar mal, acaba exponiéndose por Dawn, tanto como Gareth lo hace por David o David lo hace por su deseo de ser gracioso. Este es uno de los muchos temas que toca la historia: la necesidad de pertenecer a algo, y el miedo al desarraigo, a separarse de lo que uno tiene seguro para ir a por lo que realmente se desea. El miedo a la libertad.

El hecho de que la oficina sea la sucursal de una empresa papelera no es casual. El papel es un producto en decadencia, y todos los personajes, tanto los principales que he descrito, como los secundarios maravillosamente construidos que completan el grupo de trabajo son, como el papel, prescindibles. Admitir esto les provoca vértigo, así que tratan de enredarse en una actividad que los justifique, que los haga sentirse necesarios.

Dawn tiene las peleas con su novio y la risa con Tim, Tim tiene su mirada crítica, Gareth su fe en David, David sus ambiciones. Todos se concentran en las anécdotas de su vida para olvidar su soledad fundamental, y todos renuncian o han renunciado a lo que quieren, en favor de lo que tienen.

El mockumentary, o falso documental, es una de las fórmulas que más ha aportado a la ficción en los últimos años. Produce sensación de verosimilitud, por lo que el espectador se identifica y se engancha más rápidamente.

La estructura narrativa clásica queda oculta bajo esta primera impresión de espontaneidad, con lo que recupera su primitiva capacidad de sorprender. Así, fórmulas que estaban ya muy gastadas vuelven a impactarnos. La comedia sale muy beneficiada de esta técnica, pues refuerza el que es su objetivo último: establecer una comparación irónica entre lo que los personajes son y lo que aparentan ser.

Los personajes van pasando por esa salita en que hablan directamente a la cámara, donde dan la imagen que quieren que veamos, pero después los espiamos en lo inmediato de sus reacciones, ante situaciones difíciles o que los hacen sentir vulnerables, y comprobamos cómo son de verdad.

En medio de los diálogos un personaje mira o habla a la cámara (nos mira o nos habla), nos incluye, porque nosotros tenemos también, como todos ellos, el deseo de ser incluidos y de olvidar nuestra soledad, y eso es la ficción.

Este recurso de dirigirse a la cámara permite las mismas licencias que en los monólogos teatrales; entrar en los personajes, en sus intenciones, en su verdadera visión de las cosas, mientras que la salita de entrevistas nos deja salir de su realidad y explorar sus máscaras.

Tim es el personaje que más emplea el recurso de mirar a la cámara, con esa expresión de cansancio que llega a definirlo, como pidiéndonos ayuda, como si fuera un hombre sano que de pronto ha caído en un manicomio, y que además sospecha que una parte de sí quiere permanecer en él.

En este juego en que Tim se desahoga, el jefe ensaya sus habilidades bufonescas. A veces, la capacidad de una mirada o una sonrisa de David Brent en primer plano, para provocar nuestra vergüenza ajena, risa nerviosa o piedad, es espeluznante.

Este giro de planos en torno a la bisagra de la vida en la oficina: lo que se muestra y lo que no se muestra, vida privada y vida profesional, máscara y sentimientos, permite que entremos en la historia con mucha intensidad. Posiblemente sea éste el motivo por el que la serie no podía ser muy larga, alcanza momentos de una intensidad emocional casi excesiva. Por otra parte, carece de algunos de los elementos que hacen que las series enganchen: sexo, acción, personajes guapos, carismáticos o entrañables en los que realizarnos.

De todas las series que he citado y de las que me quedan por comentar, puede que sea ésta la que desplegó en mí un mayor número de emociones distintas en menos tiempo y con menos medios. A menudo comenzaba un capítulo riéndome, con cierta distancia que siempre me provoca la comedia, y acababa entregada por completo al juego, golpeada en lo más hondo por las mezquindades de David o por el amor imposible de Tim.

The Office fue producida por la BBC. Se estrenó el 9 de julio de 2001. Constó de dos temporadas de seis capítulos cada una, y dos episodios más largos estrenados en la Navidad de 2003, en que el personaje de David Brent toca fondo y finalmente es salvado. Que Ricky Gervais consiga salvar a David Brent y hacérnoslo querido habla de nuevo de su habilidad como creador.

El último capítulo es una fiesta de Navidad en la empresa que cierra la historia con esperanza, y alivia el mal sabor de boca que deja el final de  la segunda temporada, con David despedido y Tim separado para siempre de Dawn.

La versión estadounidense de The Office, protagonizada por el excelente actor cómico Steve Carell, es más amable que la versión inglesa. Ricky Gervais colabora también en el guión, pero en este caso se prescinde de su toque más duro y sarcástico.

The Office (USA) es alta comedia, sin duda, y muy recomendable, pero The Office (UK) tiene un poso más amargo y tal vez más profundo, algo que devuelve ecos de Shakespeare, de Kafka, mezclado con un aire de farsa de aquellas que los espectadores iban a ver de pie, con el almuerzo en el zurrón, que se pierde en el camino de la adaptación; algo auténtico, grosero, estremecedor.


La década en que la televisión venció al cine (II)

2.

Los Fisher son una familia de California, común y corriente excepto por el hecho de que trabajan en una funeraria, instalada en el bajo de la casa donde viven. El cabeza de familia es Nathaniel Fisher (Richard Jenkins), la madre, Ruth (Frances Conroy), el hijo mayor, Nate (Peter Krause), que lleva una vida independiente en Seattle , el pequeño de los varones, David (Michael C. Hall), que trabaja en la funeraria con su padre, y la hija adolescente, Claire (Lauren Ambrose).

El padre fallece en un accidente de coche y, como suele ocurrir, la familia se une en torno a la muerte que además, en este caso, es el negocio que la sostiene. Nate viene desde Seattle y en el avión conoce a Brenda (Rachel Griffith), con la que tendrá una tortuosa relación muy marcada por el momento vital en que se conocen. Sobre los hombros de David cae el peso de un negocio que habrá de heredar su hermano mayor ausente y que, sin embargo, siente como una responsabilidad propia. Rico (Freddy Rodríguez), un joven portorriqueño que trabaja recomponiendo y maquillando los cadáveres, de quien Nathaniel fue mentor, sueña con llevar el negocio en pie de igualdad con los Fisher. Claire, la Morticia del instituto, se droga en una fiesta con el primero de los muchos chicos problemáticos que pasarán por su vida, cuando se entera de que su padre ha muerto y colocada, completamente perdida, como todos, vuelve a casa.

En casa está Ruth, que nunca ha podido ser otra cosa que una cuidadora. Cuidó a su madre inválida mientras su hermana Sarah (Patricia Clarkson), vivía la vida hippie, quedó embarazada la primera vez que hizo el amor y después cuidó a sus tres hijos, en la soledad inmensa de la maternidad, dentro de la soledad inmensa de una casa funeraria. Ama a su marido pero su extraña vida emocional, atormentada y poco expresiva, aplanada por los años y las dificultades, la va separando de él y de sí misma. El día de su muerte le niega el último beso que podría haberle dado. Anuncia la tragedia a su hijo con la siguiente frase, ya célebre:

“Ha habido un accidente. El coche está destrozado. Tu padre ha muerto. Tu padre ha muerto… y el asado se ha quemado.”

Se ha dicho tanto, tanto sobre A dos metros bajo tierra (Six Feet Under). No sólo porque algunos la consideran la mejor serie de televisión de todos los tiempos en términos técnicos, en cuanto a la construcción del guión, la solidez del argumento y los personajes, sino porque todos los que la hemos visto, en nuestras casas, con los amigos, hemos pasado horas indagando en esos seres extraordinarios que nos parecen más reales que aquellos con quienes compartimos la vida, debido a esa magia de la ficción que nos permite espiarlos hasta en los más íntimos gestos de su imperfección.

Los grandes relatos sobre la muerte que se han dado, ya en el horror, como los cuentos de Poe, ya en el estudio psicológico invasivo y aterrador, como el que ejerce Tolstoi sobre Iván Ilich, ya en las joyas cortazarianas Las fases de Severo o Conducta en los velorios, nos han enseñado que la muerte no puede contarse desde dentro. El misterio no se puede resolver a sí mismo. Es la vida, latiendo en torno a la muerte, con el vértigo y la pasión que provoca ese vacío, lo que se está narrando.

El creador de A dos metros bajo tierra fue Allan Ball, guionista de American Beauty. Podemos valorar su gran talento en la medida en que consiguió que una película dirigida por Sam Mendes no fuera pretenciosa y aburrida. Por cierto que Mena Suvari (la de la bañera y los pétalos de rosa), también tiene un pequeño papel de seis capítulos en esta serie. Para Six Feet Under, Allan Ball escogió un innovador y eficiente recurso: aunar un planteamiento semejante en cada capítulo (alguien, de alguna manera, en algún lugar, muere; lo que aprovecha para desplegar ante nuestros ojos todo un catálogo de formas de acabar), con un tema novelístico (se abre el telón con la muerte del padre y se cierra con la muerte de otro Fisher).

El motivo novelístico es la pérdida del padre, el motivo recurrente es la pérdida de la fe. Cada personaje queda atado a esa pérdida, vampirizado por ella. Para superar este estado, esta zombificación, cada uno de ellos deberá emprender dos caminos paralelos y tortuosos: encontrarse a sí mismos y encontrar lo que no son ellos mismos (el impulso, la energía, Dios). Otros personajes secundarios, tan vivos y profundos como la familia Fisher, por ejemplo la familia disfuncional de Brenda, los Chenowith, se hacen eco de este conflicto fundamental, ampliando su alcance, multiplicando los puntos de vista.

A dos metros bajo tierra fue producida por la HBO. Se emitieron cinco temporadas de unos trece capítulos cada una, entre el 3 de junio de 2001 y el 21 de agosto de 2005. Se filmó principalmente en el 2303 Oeste, Calle 25 de Los Ángeles, California.


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