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Humor de Manchester

El 25 de febrero de 1917 nació el escritor Anthony Burgess en Manchester. Si no hubiese muerto en 1993, hoy cumpliría 92 años.

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El otro día cenaba con unos amigos, entre ellos David Torres, que me descubrió este escritor hace años. Salió el tema de su sentido del humor, cáustico y sin piedad, y David contó que en una ocasión había leído hablar al propio autor acerca de su procedencia. Dijo que era humor de Manchester. Para ilustrarlo, contó el primer chiste no didáctico que había escuchado en una taberna de su ciudad, a los catorce años. Era más o menos así:

“Esto es un tipo que se encuentra con un amigo al que hace años que no ve y que vive en la otra punta de Manchester. El tipo tiene su propio bar y en el piso de arriba está su casa, y se lleva al amigo pródigo con él. Allí se ponen los dos a tomar cervezas y whisky y hablar del pasado hasta que el que vive lejos está tan pedo que no puede caminar, entonces dice: “¿Y ahora qué hago? No puedo volverme a la otra punta de la ciudad así”. Y el otro: “Quédate en mi casa, si quieres puedes dormir en el cuarto de mi hijo, en el piso de arriba”. Así que el amigo sube y duerme en la habitación del hijo. A la mañana siguiente baja a desayunar y el dueño de la casa le pregunta: “¿Cómo has pasado la noche?”. Y el otro: “Genial, pero el culo de tu hijo estaba frío”. Y el otro: “Joder, cómo va a estar, si lleva muerto tres días”.

No sé qué decir ahora sobre nuestros chistes hispánicos de tullidos y cornudos. Tampoco sé que decir sobre Burgess, aparte de: hay que leerlo, leerlo, leerlo, a todo el que me quiera escuchar, y aún esto no estoy segura de estar autorizada a decirlo. Respeto el derecho de todo lector a cogerle manía a algún autor brillante, porque sí. Tal vez las únicas palabras adecuadas para definir a Burgess sean las de Burgess, así que transcribo aquí parte de una larga entrevista que se publicó en el conocido libro Writers at work, llamado en España Conversaciones con los escritores (Kairós, 1980), donde A. B compartía el banquillo de los acusados con Borges, Dos Passos, Steinbeck, Kerouac, Nabokov, Updike y alguno más. Yo me limitaré a intercalar fragmentos de sus novelas o su biografía que aclaren las palabras del autor, o lo que se me ocurra. Allá van:

Entrevistador: ¿Le molesta que se le acuse de ser demasiado prolífico?

Anthony Burgess: Ser prolífico es pecado sólo desde la época de Bloomsbury, de Forster en particular, que consideraban de buena educación producir como si estuvieran estreñidos. Me han molestado menos las burlas sobre mi pretendida sobreproducción que la imputación de que escribir mucho significa escribir mal. Siempre he escrito con mucho cuidado e incluso con algo de calma.

Ent.: ¿Puede imaginarse al lector ideal de sus libros?

A. B.: El lector ideal de mis libros es un católico renegado y músico fracasado, corto de vista, daltónico, medio sordo, que ha leído los mismos libros que yo. Además, debe tener mi misma edad.

Ent.: Entonces, ¿escribe usted para un público limitado y altamente educado?

A. B.: ¿Qué habría pasado con Shakespeare si sólo hubiese pensado en un público especializado? Lo que intentó fue apelar a todos los niveles, hasta los más especializados intelectuales que habían leído a Montaigne, y muchas cosas más para los que sólo podían apreciar el sexo y la sangre.

Ent.: ¿Le importa lo que piensan los críticos?

A.B.: Me enfurece la estupidez de los críticos que se niegan voluntariamente a entender los temas de mis libros. He notado cierta malevolencia, sobre todo en Inglaterra. Una mala reseña escrita por un hombre que yo admiro es algo muy doloroso.

Ent.: Usted ha señalado la importancia de la puntualidad para un buen crítico. ¿También el escritor creativo necesita adaptarse a un programa de trabajo estricto.

A.B: La costumbre de entregar los trabajos a tiempo es un aspecto de la cortesía. No me gusta llegar tarde a mis citas ni implorar la indulgencia de los editores en cuestión de fechas de entrega incumplidas (…). Si uno se retrasa demasiado o los periodos entre sesiones de trabajo son demasiado amplios, la unidad de la obra tiende a perderse. Este es uno de los problemas de Ulises (…); la técnica cambia a mitad del libro. Joyce dedicó demasiado tiempo a escribir este libro.

Burgess escribió sobre Napoleón, Shakespeare, Hemingway. En la entrevista se refiere a un estudio de Ulises que no encuentro editada en España. Una cosa que me encanta de este señor es que en todas sus palabras se trasluce un inmenso respeto por la inteligencia ajena. Hay muchas cosas que supone que el lector debe saber o construir. No dedica ninguna energía a imaginar un sí mismo como escritor maldito o cualquier otra tontería que ofrecerle masticada al lector, no pretende ocultar su enfado o su tristeza si le apena una mala crítica, no busca el comentario ingenioso y, cuando lo hace, toma forma de construcción narrativa o descripción de personaje (como en su respuesta sobre el lector ideal) y no de aforismo o sentencia. No se aparta de la realidad para describirla con mordacidad, algo que solía hacer Nabokov. Se expone del todo, y cuando parece escabullirse de una cuestión, comprobamos dos líneas más allá que sólo daba un rodeo para abordarla desde un ángulo más recto, sin dobleces. Es cierto que no escatima palabras, en sus novelas tampoco, pero la eficiencia verbal puede perjudicar una gran novela del mismo modo en que puede mejorar un cuento. Burgess nunca escribió cuentos. No es económico, pero es sumamente vigoroso y eficaz.

Mozart and the Wolf Gang

Mozart and the Wolf Gang

Ent.: Si el monólogo de Molly es demasiado elegante, ¿no es una de las cualidades de Joyce hacer surgir lo poético de lo demótico?

A.B.: No es suficientemente elegante. Me refiero al hecho de que ella utilice términos irlandeses como Pshaw. Molly no habría utilizado un término similar, estoy seguro.

Ent.: Hay un aspecto geográfico en la cuestión.

A.B.: Ahí interviene una pauta; hay un elemento social. En una guarnición tan pequeña como la de Gibraltar, la hija medio española del Mayor Tweedy, cuya mujer anterior era española, habría hablado el español como lengua materna (y no con la gramática común) o el inglés; pero seguramente ambas lenguas. En el primer caso lo habría hablado a la manera de Andalucía y en el segundo, de una manera totalmente consciente de su clase y falsamente patricia. No habría regresado a Dublín y, súbitamente, se habría puesto a hablar como una verdulera de Dublín.

Ent.: ¿Escribe primero las grandes escenas, como Joyce?

A.B.: Comienzo por el principio, continúo hasta el final y luego me paro.

¿Te enteras, Ent.? Después se toca el tema de la música en la vida de Burgess; escritor de musicales, compositor sinfónico e intérprete de jazz.

A.B.: (…) La novela sobre Napoleón que estoy escribiendo hace una imitación formal de la Heroica: irritable, rápida, vertiginosamente transicional en el primer movimiento (hasta la coronación de Napoleón); lenta, muy reposada, con un ritmo de unión que sugiere una marcha fúnebre, en el segundo. Esto no es pura imaginación: constituye un intento de unificar una masa de materiales históricos en el período relativamente breve de 150.000 palabras. Por lo que respecta al lector melómano, no tiene gran importancia. En una novela escribí: “La orquesta embistió con un fuerte acorde de doce notas, todas ellas diferentes”. Los melómanos oyen la discordancia pero los profanos no, pero no hay nada que les desconcierte evitando que continúen su lectura (…) Lo que importa es la emoción comunicada.

El oído asombroso de Burgess para el diálogo puede proceder de esta inclinación. El modo en que alterna niveles culturales, puntos de vista, estados psicológicos y hasta lenguajes en una misma conversación, que puede extenderse páginas y páginas, es alucinante. Respecto a la emoción comunicada, el autor aplica el mismo argumento al problema de actualizar diálogos o pensamiento de personajes de otras épocas. En la página Otros pienso incluir un fragmento de diálogo de Un hombre muerto en Deptford, sobre el asesinato del autor contemporáneo de Shakespeare, Christopher Marlowe. Una auténtica lección de cómo escribir un diálogo entre hombres de otra época, y que nos parezcan eruditos y vulgares a la vez. Veamos qué pensaba Burgess de otros autores.

Ent.: ¿Ha influido Nabokov en su obra? Usted ha hecho grandes elogios de Lolita.

A.B.: (…) No he sido muy influido por Nabokov ni deseo serlo. Yo ya escribía como lo hago antes de saber que existía. Pero ningún escritor de la última década me ha impresionado tanto.

Ent.: ¿Es Nabokov, como Joyce, su máximo favorito?

A.B.: No pasará a la historia como uno de los grandes. Es indigno de atar la sandalia de Joyce.

Ent.: ¿Conoce algún escritor reciente que esté destinado a la grandeza?

A.B.: No puedo pensar en ninguno en Inglaterra. El problema de los escritores americanos es que mueren antes de llegar a la madurez: Nathanaiel West, Scott Fitzgerald, etc. Mailer se convertirá en un gran biógrafo. Ellison será uno de ellos si escribe más. Demasiados homines unius libris, como Heller.

No puedo evitar recordar al muy contemporáneo John Franzen, del que sólo se puede citar con pasión una gran novela. No creo que Nabokov no pase a la historia, aunque habrá que verlo dentro de 200 años. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que Nabokov se mostraba ante los medios con un disfraz difícil, arrogante y, por momentos, bufonesco. Era desagradecido: si otro autor le hacía un elogio no era seguro que él correspondiese, ni siquiera que se abstuviera de machacarlo verbalmente. En consecuencia, otros autores se protegían de él, y atenuaban mucho la estima en que lo tenían como autor o directamente lo ninguneaban. Burgess parece bastante sincero. En cuanto a sus amigos muertos, dice A.B:

“Admiro a Defoe porque trabajaba duro. Admiro a Sterne porque hizo todo lo que los franceses están intentando hacer ahora, tan torpemente. La prosa dieciochesca tiene una tremenda vitalidad y perspectiva (…). De Sterne y Swift (que, como decía Joyce, debían haber intercambiado los nombres) se puede aprender siempre”.

Hace también un comentario sobre el puritanismo que persiste en el corazón de todo inglés culto que me guardo para colorear una entrada sobre Stevenson. Sigo con su razonamiento posterior:

“Mi aversión a escribir detalles amorosos dentro de mi obra se debe, probablemente, a que tengo en alta estima el amor físico, no quiero que ningún extraño se introduzca en él. Después de todo, cuando describimos la cópula describimos nuestras propias experiencias. Tengo una intimidad. Pienso que los demás escritores deben hacer lo que puedan y si pueden escribir, como hizo una de mis estudiantes americanas, diez páginas sobre una felación sin abochornarse, buena suerte(…). Cuando escribí mi primera novela sobre Enderby tuve que utilizar for cough en vez de fuck off, que entonces no era admitido. En el segundo libro el clima ya había cambiado y Enderby tuvo la libertad de decir fuck off. No estaba contento, había sido demasiado fácil. Así que continuó diciendo for cough y los otros le respondían fuck off; un compromiso. La literatura, no obstante, explora los tabús, así como todo el arte explora las dificultades técnicas”.

Enderby por dentro es la historia de un poeta con aerofagia. La novela contiene algunos de sus poemas. Enderby es un artista válido, medio atormentado, medio acomodado en su desgracia. Resulta enternecedor pensar que la habilidad de Burgess para incluir los aspectos incómodos y escatológicos de la vida en una narración sobre lo grande y lo bello, procede de tan minuciosas reflexiones y de un trabajo de observación, estructura y análisis. Burgess tiene un alto objetivo: la búsqueda de la verdad en la irrealidad de la novela.

“La grandeza literaria de un hombre no puede servir de índice de su ética personal. Es cierto que no creo que la tarea de la literatura sea enseñarnos cómo comportarnos, pero creo que puede aclarar toda la cuestión de la elección moral al mostrar la naturaleza de los problemas de la vida. Lo que se persigue es la verdad, que no siempre es buena”.

En cuanto a opiniones políticas, Burgess es como siempre: directo, irónico, fabulador, y no le gustan las tonterías.

“Nunca fui marxista, pero siempre estuve, incluso cuando estudiante, listo para jugar al juego marxista; analizar a Shakespeare en términos marxistas, etc. Siempre me gustó el materialismo dialéctico; pero al principio era un amor por el estructuralismo. Tomarse el socialismo en serio, a diferencia de una mínima socialización (que Estados Unidos necesita desesperadamente), resulta ridículo”. “Creo que soy un jacobita. Quiero decir con esto que soy tradicionalmente católico, que apoyo a la monarquía de los Estuardos y que me gustaría verla restaurada; además, desconfío de los cambios impuestos aun cuando parezcan encaminados a mejorar las cosas. Creo honestamente que los Estados Unidos deberían convertirse en una monarquía (preferiblemente Estuardo) puesto que, con una monarquía limitada, no hay presidente; y éste es un elemento corruptible más, dentro del gobierno. Odio todas las repúblicas. Supongo que mi conservadurismo, puesto que el ideal de un monarca imperial, católico y jacobita no es posible, es en realidad una especie de anarquismo”. “Lo único que podemos hacer es aguijonear constantemente a nuestro gobierno, desobedeciéndole en todo lo que nos atrevamos (después de todo, tenemos que ganarnos la vida), preguntando por qué y manteniendo un hábito de desconfianza”.

Respecto a los ambientes:

“Pienso que las novelas deben tratar de una sociedad en su totalidad, aunque sólo sea por implicación (…). La literatura de ficción inglesa habla de (…) aventuras amorosas en Hampstead, la aristocracia bohemia de Powell, los poderosos de Snow. Dickens lo abarcaba todo, como Balzac. Buena parte de la literatura americana de ficción da una imagen total (…). Pero quizá tenga un sentimiento personal contra Inglaterra; una especie de exclusión y otras cosas. Quizá sea tan simple como mi preferencia por los climas extremos, por las peleas de bar, por las costas exóticas, la sopa de pescado y mucho ajo. Encuentro más fácil imaginar una versión surrealista de Nueva Jersey que de la vieja Inglaterra (…) Probablemente (como Thomas Mann, que nunca fue a Pinchon ni Kafka a América) resulta mejor imaginarse un propio país extranjero. Yo escribí un relato sobre París antes de ir allí; resultó mejor que el verdadero.

Se podría escribir una antología sobre relatos en París escritos por autores que no estuvieron en París. No hay ciudad más visitada en sueños. Por pintar globalidades y hacerlo inmejorablemente que no quede: Poderes terrenales (1980) es una de las mejores novelas de ese raro subgénero que ha tratado el siglo XX como escenario, como personaje y como tema. Elegiré algún fragmento al azar (todo el libro es increíblemente bueno) para Otros. Burgess también comenta que para el novelista, el olfato es el más importante de los sentidos, que se puede caracterizar toda una ciudad por un olor, y me gusta mucho esta idea porque la comparto.

Ent.: Hace muchos años escribió usted que se consideraba pesimista, pero que “el mundo tiene mucho solaz que ofrecer: amor, comida, música, la inmensa variedad de lenguas y razas, literatura, el placer de la creación artística”. Hoy día ¿haría usted la misma lista de gracias redentoras?

A.B.: Sí, sin cambio alguno.

Ent.: Georges Simenon, otro escritor profesional, ha dicho que “la literatura no es una profesión sino una vocación de infelicidad. No creo que un artista sea muy feliz”. ¿Está de acuerdo?

A.B.: Sí, Simenon tiene razón. Mi hijo, que tiene ocho años, me dijo el otro día: “Papá, ¿por qué no escribes para divertirte?”. Aunque el presentía que el proceso me lleva a la irritabilidad y a la desesperación. Supongo que, aparte de mi matrimonio, mi época más feliz fue cuando enseñaba y no tenía gran cosa en que pensar durante las vacaciones. La ansiedad que este oficio conlleva es intolerable. La recompensa financiera no compensa el gasto de energía, el daño a la salud causado por los estimulantes y los narcóticos, el miedo a que el propio trabajo carezca de valor. Creo que si tuviese suficiente dinero, dejaría de escribir mañana mismo.

Anthony & Andrew Burgess
Anthony & Andrea Burgess

Creo que aquí a Burgess se le escapa una mentirijilla muy común entre escritores. Muchos dicen que dejarían de escribir pero de hecho no lo hacen, y todos sabemos que hay formas mejores y más seguras de ganar dinero. Así que el dinero no es la causa. Es difícil de explicar y sospecho que muchos se quitan de en medio el tema inventando una motivación práctica, más comprensible. Pero no es eso. Es, usando una imagen de Palahniuk, como esa llaga en el cielo del paladar que escuece, pero que no puedes dejar de frotar con la lengua. El caso es que uno quiere ver su escena, su historia, que le obsesiona, sobre el papel: la quiere ver terminada y escribir es el único medio que sabe utilizar. Escribir puede resultar aburrido o fascinante, pero en cualquier caso es siempre el medio hacia un fin, el fin es contar la historia, resolver el problema del estilo, dar vida a los personajes. Durante el proceso es normal impacientarse. No todo el mundo lo aguanta. No todo el mundo puede dejarlo.

Por último, unas consideraciones sobre La naranja mecánica (1962), su novela más célebre de la que se vendieron un millón de ejemplares en Estados Unidos, después del estreno de la película de Kubrick. En mi opinión tiene novelas mucho mejores. En cuanto a la versión cinematográfica, no puedo soportar películas con escenas de violación; sobre todo si la violación completa está rodada en una sola secuencia larga y, si interviene alguna clase de humor, no aguanto siquiera que la violencia sexual se insinúe. Historias estupendas como Érase una vez en América me resultan inaccesibles para el placer estético. Otros no aguantan las vísceras o el sentimentalismo, yo no puedo con las violaciones. Ni con la propaganda, pero no es el caso.

Ent.: ¿Espera escribir otra novela sobre el futuro como La naranja mecánica o La semilla defectuosa? [puede referirse a la novela The Wanting Seed (1956); traducida al español como La semilla necesaria.]

A.B.: No tengo planes para escribir una novela sobre el futuro, exceptuando una novela loca en que Inglaterra se habría convertido en una mera sala de exposición manejada por los Estados Unidos.

Ent.: ¿Va a convertirse Inglaterra en una simple tienda gigante para turistas o en el estado cincuenta y uno de los EE.UU.?

A.B.: (…) Inglaterra ha entrado en Europa y no, como alguna vez esperé, en Estados Unidos, y creo que ahora adquirirá los errores europeos y no sus virtudes (…). Napoleón ha ganado.

Ent.: Mencionó usted que La naranja mecánica tiene un capítulo final en su versión británica que no aparece en las ediciones americanas, ¿le molesta eso?

A.B.: Sí, odio tener dos versiones distintas del mismo libro. La edición de los Estados Unidos tiene un capítulo menos (…). La visión de la violencia juvenil que el libro implica, en tanto que algo por lo que hay que pasar y abandonar, no se encuentra en la edición americana, reduciendo así el libro a una parábola.

Ent.: ¿Qué sucede en ese vigésimo primer capítulo?

A.B.: En el capítulo 21 Alex madura y se da cuenta de que la ultraviolencia es un poco aburrida y de que ya es tiempo de buscarse una esposa y un malenky googoogooing malchickwick que le diga papapa. Esto pretendía ser una conclusión madura, pero en América a nadie le ha gustado la idea.

Hay una razón para pensar que Burgess, la persona, fue noble. Hay que serlo para admitir con resignación la inteligencia del público y la forma de autor que ésta prefiera darle. Ha cundido, al fin, la forma de Burgess como autor de La naranja mecánica, y de ésta como parábola, y no lo que el novelista pretendía; contar una historia en la que un personaje quiere algo, se encuentra con salidas y obstáculos, consigue su objetivo, fracasa o se inhibe y al final descubre que ha cambiado. Es común encontrar reseñas en que se dice que su obra es una clara muestra de sátira social. Lo que es su obra, sin duda, es un alarde casi monstruoso de imaginación y talento narrativo. El autor niega que sea satírica, y desde luego no es social. Qué manía con la moraleja.

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Diseño de David Pelham para Penguin Books

Con casi toda seguridad, Burgess debió emplear su humor de Manchester para resistir al menos dos envites de la vida. En primer lugar, no publicó una novela hasta pasados los cuarenta años. Después de la guerra había sido oficial de educación en Borneo, y en 1959 sufrió un desmayo durante una clase. Le diagnosticaron un tumor cerebral que no podía operarse y que acabaría con su vida en un año o menos. Con la intención de dejar alguna obra antes de su muerte y que su esposa Lynn pudiera vivir de los derechos de autor, se dispuso a escribir, escribió mucho. Pero antes del incidente ya había terminado dos novelas que más tarde formarían parte de su Trilogía malaya (1972), editada en España pero casi imposible de encontrar, como la mayor parte de las más de treinta obras, entre biografías, crítica y ficción, que produjo Burgess. Pasaron los años y el tal tumor no parecía matarle, y siguió escribiendo hasta su muerte debida a un cáncer de pulmón, treinta y cuatro años después.

En segundo lugar, ocurrió algo atroz durante la guerra. En 1944, Burgess y su mujer fueron atacados por un grupo de soldados americanos en las calles de Londres. Lynn fue violada y en consecuencia perdió un bebé que esperaban. Se ha dicho que A. B. se inspiró en este incidente para contar las salvajadas del grupo de Alex en La naranja mecánica. Durante los años siguientes al estreno de la película se extrajo de ella una imagen de culto a la violencia que se reflejó en grupos y canciones pop, punk y rock transgresivo. En el artículo sobre Anthony Burgess de la Wikipedia pueden consultarse, como anécdota, todos sus nombres. ¿Qué habría pensado o sentido Burgess acerca de esto?  Tenemos un fragmento de su opinión sobre la juventud y sus ritos, en general.

Ent.: En La naranja mecánica y Enderby, en especial, hay un esfuerzo burlón en pro de la cultura juvenil y de su música. ¿Tienen algo bueno, los jóvenes?

A.B.: Desprecio todo lo que sea obviamente efímero y que aun así se pretende poseedor de alguna especie de valor último (…). Y la juventud es tan conformista, tan orgullosa de ser en vez de hacer, tan segura de que ella y sólo ella sabe…

A mí me daría un poco de vergüenza ajena, Burgess podría sentir pena o enfadarse y después, de esa pena y ese enfado le saldría, como a buen alquimista, un chiste. Casi al final de Poderes terrenales ocurre que el escritor octogenario, estéril, rico y homosexual que es el protagonista, entra en un cine de Roma a ver una película basada en algunos de sus cuentos. La película va indignando o enervando o acalorando a los presentes, que son en su mayoría chavales con vaqueros de campana y barbas y pelos largos (son los setenta). Alguien grita Vafanculo! contra el autor de la historia, al que creen ausente. Alguien le llama burgués, o sea, Burgess. Todo acaba en una especie de orgía de destrucción: los asistentes aúllan, se pelean y tiran botes de refresco contra la pantalla. Si eso no es entereza es genialidad y si no, curarse en salud. Un trago por Anthony Burgess, esté donde esté.


Inconvenientes de la creación del mundo

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El azar ha querido que decida publicar mi primera entrada hoy; sábado 7 de febrero, en el aniversario del nacimiento de Charles Dickens. Pero hoy es también el cumpleaños de un personaje más querido para mí, algo más cercano geográficamente, y casi tan desconocido. El poeta Juan Manuel Navas que, esté donde esté, cumplirá hoy 38 años. Felicidades. En realidad ignoro si sigue escribiendo, supongo, basándome en ciertas pruebas que más abajo expondré, que vive, y sé que una vez fue poeta, por lo que siempre será poeta mientras no declare lo contrario. Por lo poco que sé su vida es de una opacidad pétrea y su obra, de un brillo mineral.

Juan Manuel Martínez Navas nació el 7 de febrero de 1971 en Madrid. Cursó estudios de Filología Hispánica y Derecho, y trabajó desde muy joven (quizás aún trabaja), para una empresa de telecomunicaciones. Suele firmar sus escritos como Juan Manuel Navas, Juan Manuel M. Navas o J.M. Navas. He averiguado también, torpemente y con esfuerzo, que estuvo casado y tiene dos hijos: una niña y un niño. El pequeño habla poco; pero observa fijamente con unos enormes ojos azules. La mayor se atrevió a revelarme que lo que más le gusta de su padre es su cariño, su aspecto y sus comidas, atributos notables que no tienen a su favor todos los poetas del mundo. A su ex mujer debo agradecerle que me dejara ver la casa en que vivieron durante doce años y alguna correspondencia abandonada con editoriales y viejos amigos; sin todo ello habría tenido que resignarme a hablar sólo de lo que Navas publicó, y esto habría sido menos interesante. Hay algo inmensamente triste en tener que entender a un autor que se admira basándose sólo en lo que quiso mostrar, en no arriesgarse a inducir, a imaginar.

Para empezar por el principio, no tengo más remedio que dar crédito a algún relato de encuentros en la noche madrileña, de lecturas en Libertad 8 y copas en bares de Lavapiés y Huertas, de cenas con amigos, a fotografías poco nítidas en las que el autor parece risueño o borracho, aparecidas en algún blog, que lo relacionan con cierta generación no académica formada, entre otros, por los grandes poetas Jesús Urceloy y Álvaro Muñoz Robledano, y el conocido novelista, poeta también, David Torres. He podido seguir el tejido de una red de encuentros bibliográficos que los unen. En los últimos años del siglo XX, Torres y Navas fundan y dirigen la revista Anónima. Navas pone en marcha la editorial Poeta de Cabra junto con Sonia Rincón, donde publican pocos libros, pero muy bien escogidos. Hay que señalar Cuartel de invierno de Muñoz Robledano. Las revistas antológicas de la ACE (asociación Colegial de Escritores de España) publican poemas y cuentos de Navas en dos números de 1997 y 1998. En éste último me encontré con Madre silenciosa, la confesión cautivadora de un hombre que asiste por error al velatorio de un niño.  Arañando en publicaciones humildes, en alusiones a piezas incompletas, a ideas, a argumentos recogidos de forma dispersa y con una letruja ilegible en viejos cuadernos, he podido adivinar también otras historias que no sé si llegaron a escribirse: Dos desconocidos comparten una cena y, borrachos, acaban confesándose su secreto y su culpa. Ambos descubren que es la misma, y ninguno de sus recuerdos puede existir ya sin el del otro. Éste me recordó a alguna de las ideas que Hawthorne tenía en los viajes y que apuntaba para mejor momento; especulaciones sobre moral e identidad. También aquella otra, insólita, de un insecto que se enamora de la mujer que se está suicidando sobre él, y cuyo cuerpo va a aplastarlo al caer, y lo que habría sido un delicioso homenaje a Lem, una aventurilla de detective pícaro interestelar, en un mundo en que la prensa rosa busca besos por satélite y los millonarios tienen amantes que disimulan muy mal su condición robótica. Pequeñas joyas enterradas que una puede, felizmente, excavar y pulir en su cabeza.

Por lo que sé, Navas llegó a publicar de hecho dos libros de poesía: La sonrisa del saltador (Endymion, 2002) y El cáncer de las mariposas (El árbol espiral, 2002). En éste último, un sangrante juicio privado en que el autor, como el protagonista de El proceso, no sabe de qué le juzgan ni a quién apelar, se hace lírico, épico. Ambos libros intentan reconstruir a sorbos, a mordiscos, la creación. Después poco, casi nada. Puedo decir que Jesús Urceloy, en su estupenda introducción a Todo Sherlock Holmes (Cátedra, 2003), cita a Navas en los agradecimientos y en algún lugar del prólogo, atendiendo a sus opiniones sobre el mítico detective. El mismo año, aparece en Ariadna, revista literaria digital, un fragmento tan bello que no me atrevo a llamarlo crítica, firmado por un tal LOVAT cuya voz reconozco; casi seguro que es Muñoz Robledano. http://www.ariadna-rc.com/numero18/el-laberinto/el-laberinto3.htm#trestiempos. Prosa sobre El cáncer de las mariposas. Poesía sobre poesía, “Ahora conocemos por espejo, oscuramente…” David Torres lo nombra en un artículo titulado Madrid está enladrillado, publicado en la sección de Madrid de El Mundo el 20 de mayo del 2008, y últimamente he podido encontrar un poema inédito, de nuevo en Ariadna, que comienza con el verso: Llegaron en tres caravanas… El estilo es inconfundible pero más amargo, más hundido en el misterio y no vencido. Sus conocidos en el mundo literario no han querido, o no han sabido darme más detalles. Yo podría haberle preguntado a Navas por qué toda su obra tiene ese aroma de gran escenario construido con dolor en que algún día tendrá que representarse una obra mayor, quizá sólo una escena minuciosa. Podría saber si piensa volver a publicar o no. He tenido ocasión de abordarle. Pero estos encuentros entre amantes y amados en los libros siempre suponen para mí algo ridículo y violento, y he preferido reconstruir al poeta por sus huellas.

Ahora voy a detenerme un instante en el primer libro de Navas que leí con fascinación, porque creo que está en él el principio y el fin de todo, para el autor, y también en un plano simbólico. Sé que no es ortodoxo hacer esta clase de comentarios sobre un autor vivo y, tal vez, en ánimo de seguir produciendo, pero al ser yo una escritora muy menor, y éste un espacio muy pequeño en el inmenso paraíso de los escritores menores, que es internet, estoy segura de que no altero ningún equilibrio cósmico ni ofendo a nadie si continúo.

La sonrisa del saltador contiene siete poemas de cien versos cada uno. Aquí el poeta, soberbio y temerario, se atreve a intentar narrar la recreación del mundo por el lenguaje. Bajo este propósito debe de palpitar la memoria de ese primer asombro con que el niño aprende que el mundo ya creado, aquel en que ve personas, árboles, perros y juguetes, se vuelve a crear ante sus ojos cuando él aprende la palabra “árbol”, la palabra “perro”… y de ese otro momento, un poco más allá, en que descubre que hay muchas más cosas (si es que son “cosas”) que podrían nombrarse, pero que los nombres son arbitrarios e imprecisos y parecen convertir lo que designan en arbitrario e impreciso, a pesar de que su existencia es tan real, tan verdadera allí donde no puede nombrarse. Este inconveniente de la recreación del mundo ocurre infinitamente, así que persiste una zona oscura, un misterio, donde todo aquel que se sumerge corre el riesgo de desaparecer. El oficio del poeta no sólo es entrar ahí, que es también el deber del loco, sino además volver, vivo, y con la voz intacta. Navas vuelve y dice: “…y mastica el ángel hasta veinte hojas/ y escupe sobre la reunión de lluvias.” (Uno) “Y algún día nacer,/ con el color callado,/ sin roces,/ ni siquiera la noche.” (Dos) “Yo evito que vuelva su cabeza de piedra/ porque sus ojos no podrían soportar la claridad del dolor.” (Tres) “…los que varían su canto esperando sueldo, salvación/ más otoño, más.” (Cuatro) “Esas fachadas tan vacías/ y las pocas luces antes del comienzo.” (Cinco) “Dime que no has muerto sólo por parecer más bello.” (Seis) “Es la sonrisa del saltador su tarea./ Es su sonrisa, como único gesto heredado de los dioses,/ la que ha de invocar el primer momento.” (Siete).

Pero ese hombre que vuelve tembloroso y desnudo del abismo, con alguna satisfacción por un deber cumplido y terror a que la inmensidad pasada quede en él como un estigma, tiene que hablar ante una audiencia real, ocupada y a veces estúpida. Hay que recordar que los inconvenientes de la creación del mundo (aunque sea una recreación) no son sólo de naturaleza poética, sino también pragmática. Entre las cartas del autor encontré una lista con los nombres y direcciones de muchas editoriales, había mantenido una correspondencia regular con casi todas ellas antes del 2002; repentinamente, al mismo tiempo que la aparición de sus textos en revistas o páginas web, ésta cesa. Leerla es un modo de entrever la soledad del creador, la rabia fundamental de la que beben todos los verdaderos poetas. En alguna de las respuestas le aseguran que su poesía es “interesante, pero todavía inmadura”, como si le hablasen a un novelista demasiado joven, como si un infantil Rimbaud no hubiese podido escupir Una temporada en el infierno, y un Neruda por momentos ñoño no hubiera sido capaz de influir en el oído de varias generaciones de lectores. En la carta de una asociación de críticos se atreven a sugerirle que cambie un “que no sabremos” por un “desconocidas”, y añaden, didácticos: “Léelo ahora y verás cómo [los acentos los he puesto yo] te suena mejor, por muy viciado que lo tengas.”

No obstante, en la poca correspondencia revisada hice también encantadores hallazgos. Varias cartas del maestro Antonio Gamoneda mostraban su interés por los versos de Navas. Le animaba a seguir; decía, en su letra apresurada: “consigues sacudir las fuerzas internas del poema.” En 2006, Navas recibió en una dirección postal que no habitaba, y que por lo que sé no ha vuelto a utilizar, la carta de un crítico que había reseñado La sonrisa del saltador en el nº 0 de Puerto, una revista de crítica poética. En ella, el atribulado crítico confesaba: “Hacía mucho tiempo que intentaba localizarlo, pero ha sido realmente difícil, pues no he encontrado a nadie que pudiera facilitarme su dirección, y la editorial no contestó a mi petición.” Más adelante: “Adquirí su libro en la Casa del Libro de Madrid hace ya bastante tiempo, lo elegí porque en una lectura inicial me pareció muy bueno. Le envío la revista con la reseña y con el deseo de que sea de su agrado, y en el futuro pueda hablar con usted de su libro.” En la crítica apunta: “Este libro es exigente con su lector, pero a cambio nos ofrece un largo poema bien construido, y un hermetismo que requiere sucesivas lecturas para atisbar todo lo que hay en él.” Firma Jaime Galbarro. Ignoro si esta crítica puede verse en internet o si Navas pudo acceder de algún otro modo a este bálsamo, a este acto de justicia poética con una demora de cuatro años. En cualquier caso, el hombre que ha afrontado un proyecto así debe de ser orgulloso y estar herido, y la inmediata incomprensión seguramente puede hacerle replegarse en el silencio más allá de toda enmienda.

No he encontrado un retrato actual para ilustrar este artículo, alguien cercano al poeta ha sido tan amable de permitirme exponer la fotografía que encabeza esta entrada. Me dicen que la hizo su padre (también poeta y editor), y que es su favorita. Puede que refleje ese momento de perplejidad infantil en que se comienza a crear de nuevo el mundo. Ese principio brutal del placer y los inconvenientes.


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