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Un diamante perfecto

Tal día cómo hoy, hace 85 años, nació Truman Capote en Nueva Orleans, así que me parece un buen día para hablar de otra de las obras que, en cualquier formato, pondría en una lista de “las cien historias que hay que conocer antes de morir”: A sangre fría. En la entrada anterior, en que el protagonista era Solaris de S. Lem, era importante precisar que se trata de una obra de ciencia ficción porque parte de su éxito como historia, creo yo, está en haber sido escrita por un autor que tuvo el valor de asumir un género con todas sus consecuencias y que, al hacerlo, sobrevoló todos los géneros. Pero en el caso de A sangre fría me parece que las clasificaciones genéricas como “nuevo periodismo”, “novela de no-ficción”, en que se la ha involucrado la perjudican, no porque sean inciertas sino porque son irrelevantes.

Cartel de la película "In Cold Blood" (1967) de Richard Brooks

Cartel de la película "In Cold Blood" (1967) de Richard Brooks

A sangre fría es, por encima de todo, literatura. Su relación con el periodismo está en el punto de partida (la intención del autor) y en su envoltorio comercial, elementos que sin duda son parte indivisible del producto final. Pero a medida que uno entra en la historia de los Clutter de Kansas y sus asesinos, poco a poco e irremediablemente se va perdiendo la perspectiva periodística. Ningún reportero en la historia de la prensa ha escrito así, y si lo ha hecho, ya no estaba haciendo periodismo.

Pienso que el estilo de Capote tiene más que ver con Proust o con Sthendal que con Tom Wolfe, por ejemplo. Estoy recordando Rojo y negro: Narrador omnisciente, relato de ambientes, personajes y actitudes que parecen vistos a través de un cristal, fino análisis psicológico y de grupos… Objetivo: contar una historia que ocurrió en realidad y que fue un suceso de la época (el asesinato de una mujer de clase alta a manos de su amante pobre y arribista que, posteriormente, sería juzgado y ejecutado). Para ello el autor especuló, a partir de testimonios y prensa, una historia que se convertiría en obra cumbre de la literatura. El caso es casi idéntico al de Capote, y el estilo, puesto que está buscado para servir a la historia que narra, también se parece. Sólo que, en la primera mitad del siglo XIX,  el relacionar una novela con el periodismo no hubiera supuesto ninguna fina y certera operación de marketing editorial y hasta literario, y en los años sesenta del siglo XX sí.

Truman Capote

Truman Capote

Recuerdo haber leído en alguna reseña o biografía el comentario de un crítico contemporáneo de Capote que tal vez sea apócrifo, en cualquier caso es revelador. Decía el hombre que, a finales de 1965, A sangre fría estaba lista, “pulida y perfecta como un diamante de caras múltiples y múltiples aristas”. Pero que el escritor tuvo que esperar a que los asesinos fueran ejecutados para poder contar el final, y seguramente esta espera hasta la publicación fue el último paso de una pasión que ningún evangelio va a contarnos.

Para Capote fue ésta la última gran historia, la novela en que se vació, y en este sentido no sorprende su enganche al alcohol, las drogas y otras oscuridades de su biografía. En la novela quedaron expuestas las vísceras de Capote tanto como las de la familia Clutter, y su infancia miserable acompaña a la de Perry mientras la está narrando. Seguramente de ahí emana un aire de autenticidad, de belleza y horror radical en el corazón de la novela que van más allá del estilo. Se produce aquí una aleación mágica entre fondo y forma, realidad y ficción, vida y obra. Por eso creo que no hay mejor definición de A sangre fría que la que hizo ese crítico anónimo, o el biógrafo que lo inventó. Es una joya, cuyo mérito procede tanto de la tierra que la ha contenido como del orfebre que la ha tallado.

Siguiendo por este camino, en la novela se aprecia que Truman sintió un hermanamiento con ciertas situaciones y ciertos personajes, a pesar del equilibrio y la atención con que todos están contados, que hace que se graben como a fuego en la imaginación y hasta en la retina. Hay una especial inclinación hacia Perry. Hay testimonios y pruebas que se han convertido ya en leyenda literaria y materia de novela, de una relación muy íntima entre Capote y los asesinos de los Clutter, que comenzó con él objeto de esbozar unos Dick y Perry-personajes cercanos a la realidad, pero que, en el caso de éste último, se hizo más profunda a lo largo de los meses. En películas como Capote o Infamous se llega a contar una extraña historia de amor.

Toby Jones, Daniel Craig y Lee Pace como Capote, Perry y Dick en "Infamous" (2006)

Toby Jones, Daniel Craig y Lee Pace como Capote, Perry y Dick en "Infamous" (2006)

El enamoramiento de Capote pudiera explicar uno de los episodios del mito, que es el título de la novela. Cuenta la leyenda que cuando Perry conoció el nombre que Truman iba a ponerle al libro del que tanto había recelado al principio, se negó a volver a hablarle y hasta tuvo una reacción violenta. Entonces Truman desplegó su labia universal y le convenció de que las palabras “A sangre fría” no definían el crimen que Dick y él habían cometido, sino el que la sociedad iba a cometer con ellos dos. Esta interpretación ha cundido hasta el punto de que la historia se llegase a interpretar por algunos como un alegato contra la pena de muerte.

Se trata de un punto de vista respetable, sólo que no se sostiene. El lector sufre con igual compasión la muerte de los Clutter, la pérdida y el escándalo de la comunidad que constituye Holcomb, la peripecia de los asesinos, su triste pasado, el encuentro con ese abuelo moribundo y pobre y su nieto por momentos feliz, la carrera contra el tiempo de Alvin Dewey para localizar a los asesinos, la piedad de los funcionarios que los atienden, la historia cruel de otros presos que esperan con ellos en el corredor de la muerte, la tarde en que escuchamos a la amiga que vio con vida  por última vez a Nancy Clutter hablar de la universidad, y la vemos alejarse entre tumbas, con el cabello suelto, y si a estas alturas encontrábamos aún una razón para situarnos a favor de los criminales o de quienes pedían su cabeza comprendemos, al borde de las últimas líneas, que el tiempo ha pasado terriblemente y nadie le devolverá la vida a ninguno de esos personajes que hemos querido. Todos son ya fantasmas.

El momento de la detención de Perry (Robert Blake) y Dick (Scott Wilson) en "In Cold Blood"

El momento de la detención de Perry (Robert Blake) y Dick (Scott Wilson) en "In Cold Blood"

Esta obra de arte del siglo XX recuerda al documento en la medida en que es resbaladiza: cuanto más sabemos, menos capaces nos consideramos de juzgar, y cuando creemos tener suficiente información para decantarnos, surge un dato nuevo, una nueva situación que nos descoloca. Pongamos por ejemplo la historia de Perry. Su infancia de hospicio y el fracaso de la relación con su padre podría conmovernos hasta las lágrimas, pero entonces se nos cuenta que tiene una hermana con una vida honrada de clase media, creyente; el único ser sobre la tierra que realmente le ayudó en un momento de necesidad, ofreciéndole techo y dinero, y que muestra en sus cartas una visión, quizá intelectualmente mediocre, pero moralmente muy lúcida de la trampa en que está su hermano. El homicida no puede soportar que le digan que es malo, así que le presta estas cartas a un compañero de celda al que considera muy inteligente y hacia el que insinúa una atracción platónica. Éste las lee, analiza y destripa con argumentos sociológicos y supratextuales que fascinan a Perry.

No es casual que el autor introduzca las cartas de la hermana; es otro de sus recursos para deslizarse sin compromiso entre teorías académicas sobre el crimen. Esta carta y lo que se dice en ella demuestra que una mujer que compartió la infancia de Perry y que sobrevivió al alcoholismo, a la depresión y al suicidio en que cayeron sus otros hermanos, tomó un camino diferente al del crimen, opción que Perry  desprecia, tal vez porque no tiene la fuerza de voluntad para elegirla, o tal vez porque considera a su hermana un ama de casa suburbana chupacirios, mientras que en sí mismo ve algo de artista o pirata.

Los verdaderos asesinos: Richard Hickock y Perry Smith

Los verdaderos asesinos: Richard Hickock y Perry Smith

En cuanto a Dick, su propio testimonio y el de sus padres narran una infancia feliz y una personalidad normal, hasta el momento en que sufre graves traumatismos en un accidente. Después de la recuperación física empieza a mostrar los síntomas de algún trastorno: se vuelve hiperactivo, agresivo, se comporta de forma irresponsable con el dinero y fracasa en sus relaciones personales. También se le atribuye, por boca de Perry, una tendencia a la pederastia que asquea a su compañero, y que muestra en la casa de los Clutter cuando pretende violar a la hija antes de matarla.

La verdadera familia Clutter

La verdadera familia Clutter

El caso es que todas las posibles explicaciones de por qué Dick y Perry acaban robando y matando están expuestas con igual fuerza, del mismo modo inevitable y confuso en que se nos mostrarían en la realidad si hubiésemos investigado por nuestra cuenta. Por eso nos es imposible afirmar, a la luz de la verdad (esa verdad de caras múltiples y múltiples aristas) que el ambiente o la sociedad fueran los causantes de la maldad radical de Dick y Perry, lo que les hizo tomar la decisión de matar en el momento concreto en que pudieron no hacerlo, como tampoco podemos culpar a su cerebro, a sus padres o al azar. Después del viaje que hemos hecho con ellos y que nos ha cambiado, el misterio del ser humano queda brillantemente intacto, como ese diamante perfecto que alguien ha tallado y que después  ha vuelto a enterrar, con espanto y devoción.


Revelación

“El descubrimiento de Solaris se remontaba a unos cien años antes de mi nacimiento. El planeta gravita alrededor de dos soles, un sol rojo y un sol azul. En los cuarenta años que siguieron al descubrimiento, ninguna nave se acerco a Solaris. En aquel tiempo, la teoría de Gamow-Shapley -la vida era imposible en planetas satélites de dos cuerpos solares- no se discutía”.

Se ha interrumpido la comunicación con Gibarian, el responsable de la estación espacial en Solaris, y sólo quedan en ella  otros dos hombres. Un psicólogo llamado Kelvin es enviado al remoto planeta con el fin de investigar si la extraña ecología está afectando a sus habitantes. Kelvin descubre que reina el desorden en la estación y los dos técnicos al cargo parecen desquiciados. Pronto se presentan nuevos habitantes, no humanos pero entonces… qué.

“Ni una palabra. Luego, el mismo rumor de antes. En seguida, el tintineo de unos instrumentos de acero sobre una bandeja. Y a continuación… yo no creía a mis oídos… una serie de pasos pequeñísimos, el trotecito de un niño, el golpeteo precipitado de unos pies minúsculos, o de unos dedos notablemente hábiles que remedaban ese andar tamborileando sobre la tapa de una caja vieja. (…)

-¡Doctor Sartorius! -estallé-. ¡No he hecho un viaje de dieciséis meses para ponerme a jugar con usted! Cuento hasta diez. ¡Si no abre, derribo la puerta!”

Solyaris (1972) de Andrei Tarkovsky

Solyaris (1972) de Andrei Tarkovsky

Kelvin estudia, en la biblioteca de la estación, las hipótesis de los solaristas. El planeta se ha mantenido estable en la coincidencia de dos órbitas debido a algún sistema interno de estabilización que parece operar con “voluntad”, pero para describir la voluntad o la inteligencia de un planeta, dichos conceptos deberían ser revisados. La clave de esta capacidad de autoconservación de Solaris parece encontrarse en su océano, que es además creativo, produciendo fenómenos eléctricos complejos y formas que los científicos sólo pueden explicar estableciendo analogías arquitectónicas. Cuando, en una ocasión, un piloto cae al mar de Solaris, su compañero confirma que las formas creadas por el entorno de la caída resultan reconocibles para un ser humano; se las llama “mimoides”. Kelvin se propone estudiar la relación entre los mimoides que describe el piloto superviviente y el pasado del compañero que cayó al mar.

Berton: Sí, he presenciado una crisis epiléptica. Comprendo. No, se trataba de algo diferente. La epilepsia provoca espasmos, convulsiones. Los movimientos de que les hablo eran fluidos, continuos, graciosos-melodiosos, si se puede decir eso de un movimiento. Es la definición más aproximada. Pero el rostro… Un rostro no puede dividirse en dos, una mitad alegre, la otra triste, una mitad amenazadora y la otra amable, una mitad atemorizada y la otra triunfante. En aquel niño, era así. Además, todos los movimientos y cambios de expresión se sucedían con una rapidez inconcebible. No me quedé mucho tiempo abajo. Quizá diez segundos, quizá menos.”

solarisset

Decorados de Solyaris

Kelvin cometió un error en el pasado y ahora lo visita el demonio de la culpa, pero es un demonio corpóreo, porque en Solaris se diluye la frontera que conocemos entre lo material y lo ilusorio. El horror llega del alma, pero el horror no es el único peligro, Kelvin puede caer también en la trampa de aferrarse a su mimoide, a su fantasma, demonio, sombra o recuerdo, con el fin de reparar su falta, pero el tiempo no regresa y el pasado es irresoluble, incluso en Solaris.

“A raíz de la Erupción de los Ciento Seis, y por vez primera en la historia de los estudios solaristas, hubo varios petitorios que exigieron un ataque termonuclear contra el océano. Esta respuesta hubiese sido más cruel que una venganza: se pretendía destruir algo que no entendíamos. A pesar de que nunca se lo reconoció oficialmente, es probable que el ultimátum de Tsanken influyera sobre el resultado negativo del voto. Tsanken estaba al mando del equipo de reserva de Giese, y un error de transmisión le había salvado la vida; había volado sin rumbo por encima del océano y llegó a las cercanías de la catástrofe -donde aún se veía la nube negra fungiforme- pocos minutos después de la explosión.”

Solaris comienza a narrar entonces, sin prisa y con dolor, una historia de amor y de pertenencia. Seguramente el vivir o, mejor, revivir esa historia de amor, es lo que hace a Solaris-planeta habitable para Kelvin, del mismo modo en que para nosotros, lectores, hace habitable a Solaris-libro, que se quedaría en minucioso, irreal y perfecto informe académico de ficción, si no fuera por las intensas relaciones entre los humanos y los no-humanos que habitan el planeta y el libro. ¿Es posible consumar ese amor? ¿Es amor, siquiera? Solaris desafía a revisar el significado del amor y del deseo, como antes el de la voluntad y la inteligencia. Solaris es una inteligencia extraterrestre, pero no antropomórfica, tampoco monstruosa, al modo antiguo de imaginar los monstruos… ¿Es superior o inferior? ¿Es indiferente? ¿Colabora o amenaza… o sólo juega? ¿Su capacidad para dar cuerpo a los sueños es su forma de sobrevivir al hombre que intenta poblarlo, igual que su extraña naturaleza eléctrica es adaptativa en un medio planetario hostil? ¿Es una fuerza natural arduamente inteligible por la ciencia, o un nuevo Dios accesible sólo por la fe? ¿O es un poder ancestral, el proyecto de una inteligencia superior que el hombre ha sorprendido en mitad de su infancia?

“-Tengo miedo -dijo-. No de alguien o de algo. Tengo la impresión de ir de un lado a otro sin rumbo y me siento avergonzada. Luego tú llegas y todo es de nuevo como antes. Por eso pensé que yo había estado enferma…

-Quizá te sentirás distinta fuera de esta maldita estación. Me las arreglaré para que nos vayamos cuanto antes.

Harey abrió desmesuradamente los ojos.

¿Crees que es posible?”.

Kelvin y Harey, según Tarkovsky

Kelvin y Harey, según Tarkovsky

Las historias policiacas buscan desvelar enigmas, la ciencia ficción  debe sembrarlos. Pero igual que en una buena novela policiaca, al resolverse un caso, se proyectan sombras sobre la naturaleza humana, en la ciencia ficción, a medida que surgen las preguntas, se hace la luz sobre la verdadera naturaleza de un problema. Solaris es un planeta, un libro, un enigma lleno de enigmas, una luz que ciega. Es una de esas historias felices cuyo descubrimiento es una revelación. Alguien como yo, para quien encontrar grandes historias da sentido a su vida, entre otras cosas, cree que cuando halla una debe compartirla.

No llegué a Solaris demasiado pronto, de lo cual me alegro, y debo decir que la película de Tarkovsky me ha parecido siempre aburrida en comparación con la sencilla belleza y el estilo directo pero reflexivo de la novela, que recuerda al Stevenson moral. Pero supongo que si alguien entra en Solaris por la puerta cinematográfica, porque su sensibilidad digiere mejor o igual de bien las imágenes del ruso que las palabras del polaco, la disfrutará igualmente, porque en cualquier formato es una gran historia.

“-¿Borracho, yo? ¿Y qué? ¿Sólo porque llevo mis huesos a cuestas por todos los rincones del espacio y meto las narices en el cosmos no tengo derecho a emborracharme? ¿Por qué? Tú crees en la misión del hombre ¿eh, Kelvin? Gibarian me hablaba de ti antes de dejarse crecer la barba… Te describó muy bien… Y sobre todo, no vayas al laboratorio, perderías tu fe.

(…)

Yo evitaba mirar a Harey; pero de pronto, y contra mi voluntad, tropecé con los ojos de ella. Hubiera querido levantarme, tomarla en brazos, acariciarle el cabello. No me moví.”

mar de Solaris

Stanislav Lem habría cumplido 88 años el pasado día 12. Algunos dicen que se le podría considerar el mejor escritor de ciencia ficción del siglo XX, pero su obra trasciende la ciencia ficción, sin dejar de serle fiel. Solaris (1961), su obra cumbre (obra cumbre también de la literatura de todos los géneros) es una fantasía científica, psicológica y moral, del mismo escritor que imaginó esos deliciosos Diarios de las estrellas, brillantes como los astros de su título y llenos de humor. Igual de bien acarició la crítica literaria con textos como: Philip K. Dick, un visionario entre charlatanes, el horror policiaco en La investigación, o La crónica en Provocación, donde aborda el holocausto nazi con otra vuelta de tuerca a sus reseñas de libros imaginarios.

Lem nació en Polonia, en una familia católica de ascendencia judía y vivió prácticamente entero el siglo XX (1921-2006). Fue mecánico durante la guerra, estudió medicina y se especializó en psicología. En sus últimos años fundó la Sociedad Polaca de Astronáutica. Cada uno de estos atributos del azar o de la voluntad, le sitúa en un punto crítico para resultar un cronista avanzado de su siglo: su nacionalidad y su religión, y la religión de sus antepasados, son fuentes de conflicto en una Europa oprimida entre los nazis y los comunistas. Su talento y su independencia le fueron abriendo y cerrando puertas por igual. Por otra parte, sus intereses intelectuales y formación técnica enriquecieron y probablemente determinaron su forma de expresarse en la literatura.

John Gardner escribió: “El número de obras de ficción científica con valor estético es mayor de lo que se cree en círculos académicos. Hay fuerza emotiva e inteligencia, por ejemplo, en Cántico por Leibowitz, de Walter Miller, en las novelas de Samuel R. Delaney, en algunas de las de Robert Silverberg, Roger Zelazny, Isaac Asimov y, cuando refrena su vena fascista, de Robert Heinlein (…) Y ficción científica es lo que cultiva uno de los más grandes escritores vivos que hay actualmente: Stanislaw Lem“.

Lem en 1966

Lem en 1966

La literatura es… no sé si una “amante celosa”, pero sí que se trata de una criatura con mucho sentido del humor negro: A quien trata de escribir por encima de sus posibilidades le paga con la mediocridad, pero a quien se queda en los pequeños espacios que domina, desafiando la incomprensión y el fracaso, y allí trabaja su genio hasta verse como le gustaría ser, puede llegar a ser grande. En una leyenda japonesa sobre una gigantesca rata embrujada, un monje recomienda al protagonista: “Evita de noche los espacios amplios y permanece en lugares reducidos.” Esta es la frase que retumba en mi cabeza cuando pienso en qué hace destacar a un escritor sobre otros de su generación. De verdad pienso que es así de simple, o así de imposible; que excepto en su primera novela en que intentó imitar a Thomas Mann y debió de aprender la lección, porque no volvió a hacerlo, Lem se convirtió en uno de los grandes escribiendo lo que le gustaba, lo que le conmovía. Después siguió el consejo de Oscar Wilde según el cual, por la repetición, cualquier apetito se convierte en arte.

Los fragmentos que introduzco en esta entrada son de Solaris, de Stanislav Lem, en la edición de bolsillo de Minotauro; traducción de Matilde Horne y F.A.


Inconvenientes de la creación del mundo

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El azar ha querido que decida publicar mi primera entrada hoy; sábado 7 de febrero, en el aniversario del nacimiento de Charles Dickens. Pero hoy es también el cumpleaños de un personaje más querido para mí, algo más cercano geográficamente, y casi tan desconocido. El poeta Juan Manuel Navas que, esté donde esté, cumplirá hoy 38 años. Felicidades. En realidad ignoro si sigue escribiendo, supongo, basándome en ciertas pruebas que más abajo expondré, que vive, y sé que una vez fue poeta, por lo que siempre será poeta mientras no declare lo contrario. Por lo poco que sé su vida es de una opacidad pétrea y su obra, de un brillo mineral.

Juan Manuel Martínez Navas nació el 7 de febrero de 1971 en Madrid. Cursó estudios de Filología Hispánica y Derecho, y trabajó desde muy joven (quizás aún trabaja), para una empresa de telecomunicaciones. Suele firmar sus escritos como Juan Manuel Navas, Juan Manuel M. Navas o J.M. Navas. He averiguado también, torpemente y con esfuerzo, que estuvo casado y tiene dos hijos: una niña y un niño. El pequeño habla poco; pero observa fijamente con unos enormes ojos azules. La mayor se atrevió a revelarme que lo que más le gusta de su padre es su cariño, su aspecto y sus comidas, atributos notables que no tienen a su favor todos los poetas del mundo. A su ex mujer debo agradecerle que me dejara ver la casa en que vivieron durante doce años y alguna correspondencia abandonada con editoriales y viejos amigos; sin todo ello habría tenido que resignarme a hablar sólo de lo que Navas publicó, y esto habría sido menos interesante. Hay algo inmensamente triste en tener que entender a un autor que se admira basándose sólo en lo que quiso mostrar, en no arriesgarse a inducir, a imaginar.

Para empezar por el principio, no tengo más remedio que dar crédito a algún relato de encuentros en la noche madrileña, de lecturas en Libertad 8 y copas en bares de Lavapiés y Huertas, de cenas con amigos, a fotografías poco nítidas en las que el autor parece risueño o borracho, aparecidas en algún blog, que lo relacionan con cierta generación no académica formada, entre otros, por los grandes poetas Jesús Urceloy y Álvaro Muñoz Robledano, y el conocido novelista, poeta también, David Torres. He podido seguir el tejido de una red de encuentros bibliográficos que los unen. En los últimos años del siglo XX, Torres y Navas fundan y dirigen la revista Anónima. Navas pone en marcha la editorial Poeta de Cabra junto con Sonia Rincón, donde publican pocos libros, pero muy bien escogidos. Hay que señalar Cuartel de invierno de Muñoz Robledano. Las revistas antológicas de la ACE (asociación Colegial de Escritores de España) publican poemas y cuentos de Navas en dos números de 1997 y 1998. En éste último me encontré con Madre silenciosa, la confesión cautivadora de un hombre que asiste por error al velatorio de un niño.  Arañando en publicaciones humildes, en alusiones a piezas incompletas, a ideas, a argumentos recogidos de forma dispersa y con una letruja ilegible en viejos cuadernos, he podido adivinar también otras historias que no sé si llegaron a escribirse: Dos desconocidos comparten una cena y, borrachos, acaban confesándose su secreto y su culpa. Ambos descubren que es la misma, y ninguno de sus recuerdos puede existir ya sin el del otro. Éste me recordó a alguna de las ideas que Hawthorne tenía en los viajes y que apuntaba para mejor momento; especulaciones sobre moral e identidad. También aquella otra, insólita, de un insecto que se enamora de la mujer que se está suicidando sobre él, y cuyo cuerpo va a aplastarlo al caer, y lo que habría sido un delicioso homenaje a Lem, una aventurilla de detective pícaro interestelar, en un mundo en que la prensa rosa busca besos por satélite y los millonarios tienen amantes que disimulan muy mal su condición robótica. Pequeñas joyas enterradas que una puede, felizmente, excavar y pulir en su cabeza.

Por lo que sé, Navas llegó a publicar de hecho dos libros de poesía: La sonrisa del saltador (Endymion, 2002) y El cáncer de las mariposas (El árbol espiral, 2002). En éste último, un sangrante juicio privado en que el autor, como el protagonista de El proceso, no sabe de qué le juzgan ni a quién apelar, se hace lírico, épico. Ambos libros intentan reconstruir a sorbos, a mordiscos, la creación. Después poco, casi nada. Puedo decir que Jesús Urceloy, en su estupenda introducción a Todo Sherlock Holmes (Cátedra, 2003), cita a Navas en los agradecimientos y en algún lugar del prólogo, atendiendo a sus opiniones sobre el mítico detective. El mismo año, aparece en Ariadna, revista literaria digital, un fragmento tan bello que no me atrevo a llamarlo crítica, firmado por un tal LOVAT cuya voz reconozco; casi seguro que es Muñoz Robledano. http://www.ariadna-rc.com/numero18/el-laberinto/el-laberinto3.htm#trestiempos. Prosa sobre El cáncer de las mariposas. Poesía sobre poesía, “Ahora conocemos por espejo, oscuramente…” David Torres lo nombra en un artículo titulado Madrid está enladrillado, publicado en la sección de Madrid de El Mundo el 20 de mayo del 2008, y últimamente he podido encontrar un poema inédito, de nuevo en Ariadna, que comienza con el verso: Llegaron en tres caravanas… El estilo es inconfundible pero más amargo, más hundido en el misterio y no vencido. Sus conocidos en el mundo literario no han querido, o no han sabido darme más detalles. Yo podría haberle preguntado a Navas por qué toda su obra tiene ese aroma de gran escenario construido con dolor en que algún día tendrá que representarse una obra mayor, quizá sólo una escena minuciosa. Podría saber si piensa volver a publicar o no. He tenido ocasión de abordarle. Pero estos encuentros entre amantes y amados en los libros siempre suponen para mí algo ridículo y violento, y he preferido reconstruir al poeta por sus huellas.

Ahora voy a detenerme un instante en el primer libro de Navas que leí con fascinación, porque creo que está en él el principio y el fin de todo, para el autor, y también en un plano simbólico. Sé que no es ortodoxo hacer esta clase de comentarios sobre un autor vivo y, tal vez, en ánimo de seguir produciendo, pero al ser yo una escritora muy menor, y éste un espacio muy pequeño en el inmenso paraíso de los escritores menores, que es internet, estoy segura de que no altero ningún equilibrio cósmico ni ofendo a nadie si continúo.

La sonrisa del saltador contiene siete poemas de cien versos cada uno. Aquí el poeta, soberbio y temerario, se atreve a intentar narrar la recreación del mundo por el lenguaje. Bajo este propósito debe de palpitar la memoria de ese primer asombro con que el niño aprende que el mundo ya creado, aquel en que ve personas, árboles, perros y juguetes, se vuelve a crear ante sus ojos cuando él aprende la palabra “árbol”, la palabra “perro”… y de ese otro momento, un poco más allá, en que descubre que hay muchas más cosas (si es que son “cosas”) que podrían nombrarse, pero que los nombres son arbitrarios e imprecisos y parecen convertir lo que designan en arbitrario e impreciso, a pesar de que su existencia es tan real, tan verdadera allí donde no puede nombrarse. Este inconveniente de la recreación del mundo ocurre infinitamente, así que persiste una zona oscura, un misterio, donde todo aquel que se sumerge corre el riesgo de desaparecer. El oficio del poeta no sólo es entrar ahí, que es también el deber del loco, sino además volver, vivo, y con la voz intacta. Navas vuelve y dice: “…y mastica el ángel hasta veinte hojas/ y escupe sobre la reunión de lluvias.” (Uno) “Y algún día nacer,/ con el color callado,/ sin roces,/ ni siquiera la noche.” (Dos) “Yo evito que vuelva su cabeza de piedra/ porque sus ojos no podrían soportar la claridad del dolor.” (Tres) “…los que varían su canto esperando sueldo, salvación/ más otoño, más.” (Cuatro) “Esas fachadas tan vacías/ y las pocas luces antes del comienzo.” (Cinco) “Dime que no has muerto sólo por parecer más bello.” (Seis) “Es la sonrisa del saltador su tarea./ Es su sonrisa, como único gesto heredado de los dioses,/ la que ha de invocar el primer momento.” (Siete).

Pero ese hombre que vuelve tembloroso y desnudo del abismo, con alguna satisfacción por un deber cumplido y terror a que la inmensidad pasada quede en él como un estigma, tiene que hablar ante una audiencia real, ocupada y a veces estúpida. Hay que recordar que los inconvenientes de la creación del mundo (aunque sea una recreación) no son sólo de naturaleza poética, sino también pragmática. Entre las cartas del autor encontré una lista con los nombres y direcciones de muchas editoriales, había mantenido una correspondencia regular con casi todas ellas antes del 2002; repentinamente, al mismo tiempo que la aparición de sus textos en revistas o páginas web, ésta cesa. Leerla es un modo de entrever la soledad del creador, la rabia fundamental de la que beben todos los verdaderos poetas. En alguna de las respuestas le aseguran que su poesía es “interesante, pero todavía inmadura”, como si le hablasen a un novelista demasiado joven, como si un infantil Rimbaud no hubiese podido escupir Una temporada en el infierno, y un Neruda por momentos ñoño no hubiera sido capaz de influir en el oído de varias generaciones de lectores. En la carta de una asociación de críticos se atreven a sugerirle que cambie un “que no sabremos” por un “desconocidas”, y añaden, didácticos: “Léelo ahora y verás cómo [los acentos los he puesto yo] te suena mejor, por muy viciado que lo tengas.”

No obstante, en la poca correspondencia revisada hice también encantadores hallazgos. Varias cartas del maestro Antonio Gamoneda mostraban su interés por los versos de Navas. Le animaba a seguir; decía, en su letra apresurada: “consigues sacudir las fuerzas internas del poema.” En 2006, Navas recibió en una dirección postal que no habitaba, y que por lo que sé no ha vuelto a utilizar, la carta de un crítico que había reseñado La sonrisa del saltador en el nº 0 de Puerto, una revista de crítica poética. En ella, el atribulado crítico confesaba: “Hacía mucho tiempo que intentaba localizarlo, pero ha sido realmente difícil, pues no he encontrado a nadie que pudiera facilitarme su dirección, y la editorial no contestó a mi petición.” Más adelante: “Adquirí su libro en la Casa del Libro de Madrid hace ya bastante tiempo, lo elegí porque en una lectura inicial me pareció muy bueno. Le envío la revista con la reseña y con el deseo de que sea de su agrado, y en el futuro pueda hablar con usted de su libro.” En la crítica apunta: “Este libro es exigente con su lector, pero a cambio nos ofrece un largo poema bien construido, y un hermetismo que requiere sucesivas lecturas para atisbar todo lo que hay en él.” Firma Jaime Galbarro. Ignoro si esta crítica puede verse en internet o si Navas pudo acceder de algún otro modo a este bálsamo, a este acto de justicia poética con una demora de cuatro años. En cualquier caso, el hombre que ha afrontado un proyecto así debe de ser orgulloso y estar herido, y la inmediata incomprensión seguramente puede hacerle replegarse en el silencio más allá de toda enmienda.

No he encontrado un retrato actual para ilustrar este artículo, alguien cercano al poeta ha sido tan amable de permitirme exponer la fotografía que encabeza esta entrada. Me dicen que la hizo su padre (también poeta y editor), y que es su favorita. Puede que refleje ese momento de perplejidad infantil en que se comienza a crear de nuevo el mundo. Ese principio brutal del placer y los inconvenientes.


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