Tal día cómo hoy, hace 85 años, nació Truman Capote en Nueva Orleans, así que me parece un buen día para hablar de otra de las obras que, en cualquier formato, pondría en una lista de “las cien historias que hay que conocer antes de morir”: A sangre fría. En la entrada anterior, en que el protagonista era Solaris de S. Lem, era importante precisar que se trata de una obra de ciencia ficción porque parte de su éxito como historia, creo yo, está en haber sido escrita por un autor que tuvo el valor de asumir un género con todas sus consecuencias y que, al hacerlo, sobrevoló todos los géneros. Pero en el caso de A sangre fría me parece que las clasificaciones genéricas como “nuevo periodismo”, “novela de no-ficción”, en que se la ha involucrado la perjudican, no porque sean inciertas sino porque son irrelevantes.

Cartel de la película "In Cold Blood" (1967) de Richard Brooks
A sangre fría es, por encima de todo, literatura. Su relación con el periodismo está en el punto de partida (la intención del autor) y en su envoltorio comercial, elementos que sin duda son parte indivisible del producto final. Pero a medida que uno entra en la historia de los Clutter de Kansas y sus asesinos, poco a poco e irremediablemente se va perdiendo la perspectiva periodística. Ningún reportero en la historia de la prensa ha escrito así, y si lo ha hecho, ya no estaba haciendo periodismo.
Pienso que el estilo de Capote tiene más que ver con Proust o con Sthendal que con Tom Wolfe, por ejemplo. Estoy recordando Rojo y negro: Narrador omnisciente, relato de ambientes, personajes y actitudes que parecen vistos a través de un cristal, fino análisis psicológico y de grupos… Objetivo: contar una historia que ocurrió en realidad y que fue un suceso de la época (el asesinato de una mujer de clase alta a manos de su amante pobre y arribista que, posteriormente, sería juzgado y ejecutado). Para ello el autor especuló, a partir de testimonios y prensa, una historia que se convertiría en obra cumbre de la literatura. El caso es casi idéntico al de Capote, y el estilo, puesto que está buscado para servir a la historia que narra, también se parece. Sólo que, en la primera mitad del siglo XIX, el relacionar una novela con el periodismo no hubiera supuesto ninguna fina y certera operación de marketing editorial y hasta literario, y en los años sesenta del siglo XX sí.

Truman Capote
Recuerdo haber leído en alguna reseña o biografía el comentario de un crítico contemporáneo de Capote que tal vez sea apócrifo, en cualquier caso es revelador. Decía el hombre que, a finales de 1965, A sangre fría estaba lista, “pulida y perfecta como un diamante de caras múltiples y múltiples aristas”. Pero que el escritor tuvo que esperar a que los asesinos fueran ejecutados para poder contar el final, y seguramente esta espera hasta la publicación fue el último paso de una pasión que ningún evangelio va a contarnos.
Para Capote fue ésta la última gran historia, la novela en que se vació, y en este sentido no sorprende su enganche al alcohol, las drogas y otras oscuridades de su biografía. En la novela quedaron expuestas las vísceras de Capote tanto como las de la familia Clutter, y su infancia miserable acompaña a la de Perry mientras la está narrando. Seguramente de ahí emana un aire de autenticidad, de belleza y horror radical en el corazón de la novela que van más allá del estilo. Se produce aquí una aleación mágica entre fondo y forma, realidad y ficción, vida y obra. Por eso creo que no hay mejor definición de A sangre fría que la que hizo ese crítico anónimo, o el biógrafo que lo inventó. Es una joya, cuyo mérito procede tanto de la tierra que la ha contenido como del orfebre que la ha tallado.
Siguiendo por este camino, en la novela se aprecia que Truman sintió un hermanamiento con ciertas situaciones y ciertos personajes, a pesar del equilibrio y la atención con que todos están contados, que hace que se graben como a fuego en la imaginación y hasta en la retina. Hay una especial inclinación hacia Perry. Hay testimonios y pruebas que se han convertido ya en leyenda literaria y materia de novela, de una relación muy íntima entre Capote y los asesinos de los Clutter, que comenzó con él objeto de esbozar unos Dick y Perry-personajes cercanos a la realidad, pero que, en el caso de éste último, se hizo más profunda a lo largo de los meses. En películas como Capote o Infamous se llega a contar una extraña historia de amor.

Toby Jones, Daniel Craig y Lee Pace como Capote, Perry y Dick en "Infamous" (2006)
El enamoramiento de Capote pudiera explicar uno de los episodios del mito, que es el título de la novela. Cuenta la leyenda que cuando Perry conoció el nombre que Truman iba a ponerle al libro del que tanto había recelado al principio, se negó a volver a hablarle y hasta tuvo una reacción violenta. Entonces Truman desplegó su labia universal y le convenció de que las palabras “A sangre fría” no definían el crimen que Dick y él habían cometido, sino el que la sociedad iba a cometer con ellos dos. Esta interpretación ha cundido hasta el punto de que la historia se llegase a interpretar por algunos como un alegato contra la pena de muerte.
Se trata de un punto de vista respetable, sólo que no se sostiene. El lector sufre con igual compasión la muerte de los Clutter, la pérdida y el escándalo de la comunidad que constituye Holcomb, la peripecia de los asesinos, su triste pasado, el encuentro con ese abuelo moribundo y pobre y su nieto por momentos feliz, la carrera contra el tiempo de Alvin Dewey para localizar a los asesinos, la piedad de los funcionarios que los atienden, la historia cruel de otros presos que esperan con ellos en el corredor de la muerte, la tarde en que escuchamos a la amiga que vio con vida por última vez a Nancy Clutter hablar de la universidad, y la vemos alejarse entre tumbas, con el cabello suelto, y si a estas alturas encontrábamos aún una razón para situarnos a favor de los criminales o de quienes pedían su cabeza comprendemos, al borde de las últimas líneas, que el tiempo ha pasado terriblemente y nadie le devolverá la vida a ninguno de esos personajes que hemos querido. Todos son ya fantasmas.

El momento de la detención de Perry (Robert Blake) y Dick (Scott Wilson) en "In Cold Blood"
Esta obra de arte del siglo XX recuerda al documento en la medida en que es resbaladiza: cuanto más sabemos, menos capaces nos consideramos de juzgar, y cuando creemos tener suficiente información para decantarnos, surge un dato nuevo, una nueva situación que nos descoloca. Pongamos por ejemplo la historia de Perry. Su infancia de hospicio y el fracaso de la relación con su padre podría conmovernos hasta las lágrimas, pero entonces se nos cuenta que tiene una hermana con una vida honrada de clase media, creyente; el único ser sobre la tierra que realmente le ayudó en un momento de necesidad, ofreciéndole techo y dinero, y que muestra en sus cartas una visión, quizá intelectualmente mediocre, pero moralmente muy lúcida de la trampa en que está su hermano. El homicida no puede soportar que le digan que es malo, así que le presta estas cartas a un compañero de celda al que considera muy inteligente y hacia el que insinúa una atracción platónica. Éste las lee, analiza y destripa con argumentos sociológicos y supratextuales que fascinan a Perry.
No es casual que el autor introduzca las cartas de la hermana; es otro de sus recursos para deslizarse sin compromiso entre teorías académicas sobre el crimen. Esta carta y lo que se dice en ella demuestra que una mujer que compartió la infancia de Perry y que sobrevivió al alcoholismo, a la depresión y al suicidio en que cayeron sus otros hermanos, tomó un camino diferente al del crimen, opción que Perry desprecia, tal vez porque no tiene la fuerza de voluntad para elegirla, o tal vez porque considera a su hermana un ama de casa suburbana chupacirios, mientras que en sí mismo ve algo de artista o pirata.

Los verdaderos asesinos: Richard Hickock y Perry Smith
En cuanto a Dick, su propio testimonio y el de sus padres narran una infancia feliz y una personalidad normal, hasta el momento en que sufre graves traumatismos en un accidente. Después de la recuperación física empieza a mostrar los síntomas de algún trastorno: se vuelve hiperactivo, agresivo, se comporta de forma irresponsable con el dinero y fracasa en sus relaciones personales. También se le atribuye, por boca de Perry, una tendencia a la pederastia que asquea a su compañero, y que muestra en la casa de los Clutter cuando pretende violar a la hija antes de matarla.

La verdadera familia Clutter
El caso es que todas las posibles explicaciones de por qué Dick y Perry acaban robando y matando están expuestas con igual fuerza, del mismo modo inevitable y confuso en que se nos mostrarían en la realidad si hubiésemos investigado por nuestra cuenta. Por eso nos es imposible afirmar, a la luz de la verdad (esa verdad de caras múltiples y múltiples aristas) que el ambiente o la sociedad fueran los causantes de la maldad radical de Dick y Perry, lo que les hizo tomar la decisión de matar en el momento concreto en que pudieron no hacerlo, como tampoco podemos culpar a su cerebro, a sus padres o al azar. Después del viaje que hemos hecho con ellos y que nos ha cambiado, el misterio del ser humano queda brillantemente intacto, como ese diamante perfecto que alguien ha tallado y que después ha vuelto a enterrar, con espanto y devoción.





