El Día de la Mujer Mundial

Hoy es el día Mundial de la Mujer Trabajadora. Como este tipo de patrocinios y onomásticas me los tomo con cierta suspicacia racional-individualista, me he permitido robarle la idea al, algo pasado de rosca a veces, pero siempre grande, Andrés Calamaro, y le he puesto a esta entrada el título de una de sus canciones. En ella canta: “Con quién estarás ahora/ quién te va a dar de comer/ en el Día Mundial de la Mujer?”, y lindezas por el estilo, destinadas a tocar la pituitaria de todo el que se deje, y sobre todo de la mujer a la que va dirigida la canción, con despecho, en este día del Señor regido por el signo de piscis y por tanto profundo, generoso e impredecible.

Sufragistas inglesas

Sufragistas inglesas

Dos males ha sufrido la mujer en la literatura: el de ser considerada inferior, y el de ser considerada superior. Pero hay diferencia entre la mujer como elemento narrativo y la mujer como autora y, dentro de la primera categoría, debemos distinguir entre el personaje (Madame Bovary, por poner un ejemplo), y el objeto filosófico (valga La nueva Eloísa). Como personaje, la mujer de las obras que vale la pena recordar se ha expresado en casi todas sus facetas, no menos que los personajes masculinos. No ha habido época, ni la tan denostada Edad Media (en que, sin embargo, muchas mujeres se distinguieron, y en que precisamente se impusieron los gustos femeninos en las cortes, aprovechando que los caballeros válidos para la lucha andaban por ahí, en Tierra Santa), ni en el patriarcal siglo XIX, en que podamos hojear las obras que han pasado a la posteridad sin encontrar personajes femeninos complejos, de toda condición.

El error se ha dado en las otras dos categorías: la mujer como objeto filosófico, y la mujer como autora. En el primer caso, los escritores que tenían una visión del mundo más sentimental y que trataban de llegar a una forma ideal del mismo ignorando los conflictos creados por la naturaleza humana (nuestra única naturaleza, por más que nos disguste), resultaban ser los que soltaban perlas como esta:

“Mucho había de falso y perjudicial en este punto de vista respecto a la vida disoluta de los hombres, pero en lo tocante a la mujer la idea entonces predominante -tan distinta de la que impera hoy entre los jóvenes, que ven en cada muchacha una hembra que busca a su pareja- resultaba a mi juicio altamente beneficiosa. Al verse tratadas como ángeles, se esforzaban en tratar de serlo en mayor o menor grado”. (Tolstoi)

Para León, como para muchos otros autores atormentados por la injusticia, la pobreza, la guerra y otros males del mundo, el progreso entrañaba destrucción de viejas formas y en esa revolución el hombre debía enfangarse, pobre, en todo lo mundano, mientras la mujer había de permanecer a buen recaudo como alto bastión de pureza. Porque la mujer no era estrictamente humana… era celestial, era una obra de arte, un adorno de la cultura que, casi por casualidad pensaba y, sobre todo, sentía. Eso sí; sentía muchas más cosas que el hombre, y mucho más intensamente, hasta convertirse en una máquina ininteligible y casi absurda. Pero cuando un narrador sabe hacer su trabajo, se ve obligado a observar profundamente la realidad y a abandonar sus prejuicios; entonces es cuando a alguien como Tolstoi, que podía decir sandeces de la categoría de la anterior, le salen mujeres como Anna Karenina, como la Sonja de Guerra y Paz, que razonan y cometen errores, que son buenas y malas a la vez. Sobra decir que abrazo las rodillas espectrales de Tolstoi y le bendigo por habernos dejado presenciar La muerte de Ivan Ilich, las vicisitudes de El padre Sergio y tantas otras maravillas. Pero el talento narrativo no enmienda la inconveniencia de las opiniones personales.

Un ejemplo de cortesía estética es Madame Bovary. Uno bucea plácidamente en la historia sin que vengan las algas de la ocurrencia existencial a estampársele en la cara. Se ha dicho que Flaubert era un misógino o que la novela en cuestión es misógina. En cuanto a lo primero, no tengo datos para asegurarlo, las cartas que Flaubert escribía a su amante pueden revelar que era un hombre obsesionado con su trabajo y algo aburrido como compañero de carruaje, pero lo de misógino… no podría decirlo. Sólo declara una vez, cuando su amante le dice que se siente identificada con Emma Bovary, que tal cosa es imposible porque el personaje es vulgar, mientras que ella es una dama. Esta afirmación denota poco más que cortesía al uso, y el desprecio de Flaubert por sus personajes no se limita a Emma. Sin ir más lejos, Frederic, el protagonista de La educación sentimental, es bastante odioso en muchos aspectos: un cínico arribista, cobarde, un tipo mediocre. No es de extrañar, porque Flaubert solía decir que su meta como escritor era contar la estupidez. En cuanto a Madame Bovary como novela, Emma es una mujer. Es menos o más que eso; un personaje. No es todas las mujeres ni todos los personajes, es sólo uno. La obra no puede ser misógina en tanto que la misoginia se refiere a un género y no a un individuo. Es como si yo dijera que El último rey de Escocia es una película racista porque va de un africano cabrón.

La creencia en la inferioridad femenina es más compleja, porque no fue sólo un ideal romántico como el de la mujer angelical, sino que llegó a estar sostenida por la inducción, la falacia argumentativa y la pseudológica. Durante el siglo XIX, el temor a la libertad femenina que había estado justificado en épocas anteriores del mundo occidental con argumentos religiosos (la mujer fue la primera pecadora, Eva cedió a la tentación primero y después tentó a Adán, el cuerpo femenino es el origen del pecado, etcétera) comienza a sustentarse con datos científicos (el tamaño craneal de la mujer es inferior, la constitución física de la mujer es débil, los ciclos hormonales femeninos sujetan su conducta a cambios incomprensibles…) y político-sociales (las mujeres son beatas de nacimiento, las mujeres se dejan lavar el cerebro por los curas y conceden más importancia que el hombre al cotilleo y a la falsedad). Todo ello destaca el grupo genérico al que pertenece una mujer por encima de su individualidad: es mujer antes que persona, la consecuencia directa y más grave de ello es que su libertad puede ser atacada, porque la libertad es inherente al individuo y no al grupo. Ejercer su libertad puede llevarlas al error, ser libres puede perjudicarlas, luego hay que impedírselo.

La superstición que dicta que la paciencia y la sensibilidad de la mujer la hace peor que el hombre (o la que dicta que la hace mejor) podría ser responsable del tinte de condescendencia o malignidad que se encuentra en cierto análisis literario de la obra de autora. John Gardner declaró, lúcidamente y con gracia, como hace siempre: “A fuerza de asistir a cursos de literatura, el joven aspirante a escritor puede aprender a bloquear todos los impulsos naturales que tenga. Aprende a descartar la persistente vena ruin de J.D. Salinger, el plañidero sentimentalismo de tipo duro de Hemingway, la mala costumbre de Faulkner de interrumpir el sueño vívido y contínuo abandonándose a la retórica, los manierismos de Joyce, la frialdad de Nabokov. Puede aprender que algunos escritores a los que creía bastante buenos, generalmente mujeres, (Margaret Mitchell, Pearl Buck, Edith Warthon, Jean Rhys), son “en realidad” menores. Con el profesor apropiado, puede aprender que la Iliada es un poema contra la guerra, que los Cuentos de Canterbury son un sermón disfrazado o -si estudia con el profesor Stanley Fish y sus secuaces- que carecemos de elementos objetivos para afirmar que la obra de Shakespeare es “mejor” que la de Mickey Spillane(Para ser novelista. Fuentetaja, 2001).

Edith Warthon (1905)

Edith Warthon (1905)

Un ejemplo de esta injusticia lo encontramos en unas homilías, digo… conferencias, que dio E.M.Forster en el Trinity College, en Cambridge, la primavera de 1927. Su recopilación se convirtió en el libro Aspectos de la novela. Yo tengo la edición de 2003 publicada en Debate y me costó, pero conseguí leérmela entera. El mismo autor pide disculpas, en el prólogo, por ser “demasiado coloquial”. A mí me parece que el estilo no es el problema. El libro, al contrario que la joya de Gardner, es aburrido y pésimo porque todo el peso de la exposición se sostiene en opiniones y gustos particulares de Forster, porque éste es falsamente modesto y se gusta tanto que no siente ningún pudor cuando suelta y adorna ampliamente todo lo que se le pasa por la cabeza, aunque le preocupe, eso sí, el estilo con que junta las palabras. Dedica páginas interminables a explicar lo ridículos que le parecen los ingleses de mediana edad, heterosexuales, jugadores de golf, su opinión sobre el origen doméstico-no-erudito del gusto inglés por Sir Walter Scott, y muchas otras cosas que no sé si interesarán a alguien. Nunca he leído un libro de este autor, sólo he visto las varias películas que dirigió James Ivory basadas en su obra y me gustan, unas más que otras, pero puedo jurar que como conferenciante es una máquina inmisericorde de soltar lugares comunes y tonterías. Entre otras cosas, utilizando una de las muchas metáforas arquitectónicas de que acostumbra a echar mano, dice: “En la ficción inglesa existen demasiados hotelitos que han sido aclamados -en detrimento suyo- como edificios importantes (…). Pone el ejemplo de Jane Eyre, repite que es un “hotelito” y no un “edificio extraordinario” y aconseja: “La veremos y respetaremos en su justa medida si la situamos por un momento entre las columnas de Guerra y paz y las bóvedas de Los hermanos Karamazov“.

No digo que no tenga razón, no conozco las predisposiciones de la crítica británica, pero tiene una forma tan pedante de decirlo, como si se apiadara de la pobre sobrevalorada Charlotte Brontë. De todas formas, las infinitas rivalidades entre escritores pueden ser un consuelo, y una puede llegar a resarcirse de lo que ha leído en Forster con las palabras de un enorme narrador como Nabokov que, sin niguna duda, disponía de lo que Hemingway llamaba D.G.I.I: Detector de Gilipolleces Irrompible Incorporado. Interrogado sobre Forster, dice Nabokov: “Mi conocimiento de la obra de Forster se limita a una sola novela, que no me gusta; y, de todos modos, no fue el quien creó esa pequeña y trillada extravagancia acerca de los personajes que se desbocan y toman las riendas de la novela; es tan vieja como la literatura, si bien es cierto que uno simpatiza con sus personajes que quieren escapar de ese viaje a la India o dondequiera que los lleve. Mis personajes son galeotes”.

Así da gusto.

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6 responses to “El Día de la Mujer Mundial

  • Loren

    Hoy, por fin, he podido meterte en tu blog desde mi ordenador. Menos mal, no entendía porque antes no podía hacerlo.
    Una magnífica entrada, llena de erudición y de datos interesantes. Seguiré leyendo tu blog con mucha atención.

    Un abrazo.

  • rebecatabales

    La verdad es que había más cosas que contar al respecto, pero he preferido quedarme en la anécdota. Hay muchos ejemplos de estudio científico misógino, en el XIX e incluso ya en el siglo XX (el bendito Ramón y Cajal se descolgaba de vez en cuando con alguno). Está el clásico de Julius Moebius: “La estupidez fisiológica de la mujer” (1898) Una joya de la extravagancia. El mismo tipo de estudio tendencioso se ha utilizado (y alguno se sigue utilizando) para sostener prejuicios contra homosexuales, negros, asiáticos, judíos, católicos… y hasta para prohibir productos naturales o medir índices de potabilidad de agua y contaminación, cuando hace falta. Algún día les dedicaré un post: “La gran amenaza de la teoría circular”. Je. Gracias por pasarte, un abrazo.

  • davidtorres

    Has teido el buen gusto de no citar también a Nietzsche y a Schonpenhauer, que sabían tanto de mujeres como yo de úrsidos. Pero la misoginia impagable es la de Lenin, abuelito revolucionario.

  • rebecatabales

    Ja, ja. ¡No por Dios! Schopenhauer es gafe. Dice la leyenda que si uno se mira en un espejo en la oscuridad y dice “Schopenhauer” tres veces, al día siguiente se muere. ¿O era Swarzcheneger? Y a Lenin ni lo nombres… si eso llámalo Vladimir, que es de lo que le vio cara su madre. La misma operación arriba indicada y en cien años todos Lenin.

  • Ali

    Opino lo mismo (también te has comido a Freud, por suerte), muy interesante. Sigue así. Saludos.

  • rebecatabales

    Gracias y bienvenida

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