Salander & Wallander

Hace un mes que se ha estrenado en España la película Los hombres que no amaban a las mujeres, basada en la primera novela de la serie Millenium del autor sueco Stieg Larsson, víctima de esa fatalidad que tanto gusta recordar en las biografías: el golpe inesperado de la muerte antes de ver derramarse el éxito sobre la obra de una vida.

Vale la pena ir a ver la película, pero tiene fallos importantes de guión. El comienzo es potente y se aprecia un buen trabajo de síntesis narrativa para adaptar al ritmo cinematográfico una novela de 650 páginas, los personajes quedan bien definidos, especialmente y de forma gloriosa Lisbeth Salander, gracias al casting y a la interpretación de Noomi Rapace, capaz de contener un aura de electricidad estática que parece actuar por ella. Las expresiones flemáticas de Michael Nyqvist como Michael Blomkvist también están muy logradas, aunque tengo entendido (no me he leído las novelas aún, pero estoy muy bien asesorada por grandes lectores) que el personaje novelesco es mucho más interesante y algo ligero de cascos, como buen investigador de ficción, y que Millenium no es una especie de panfleto neo-comunista como dan a entender penosamente en la película, sino una revista de investigación que se dedica sobre todo a desenmascarar personajes o planes corruptos escondidos detrás de grandes empresas. Aparte de otras licencias respecto a la historia, a la peli le sobra metraje, y no se entiende porque se pasa de puntillas sobre temas cruciales para lograr intensidad dramática, como la relación entre Lisbeth y Michael, y sin embargo se implantan secuencias que no están en la historia inicial (como la del accidente de coche) o se redunda en otras (como las que describen momentos de la infancia de Lisbeth y el encuentro de refilón con su madre, metido con calzador en dos minutos del final) que espesan la trama, cortan el ritmo, y sin embargo no aportan nada nuevo.

Portada sueca de "Los hombres que no amaban a las mujeres"

Portada sueca de "Los hombres que no amaban a las mujeres"

Existe un libro fascinante para todo aquel interesado en el guión de cine y en la creación de buenas historias en general, titulado El guión, escrito por Robert McKee, y publicado en España en 2002. En la página 450 habla de las dimensiones del personaje, y dice: “Las dimensiones fascinan; las contradicciones en la naturaleza o en el comportamiento cautivan la concentración del público. Por consiguiente, el protagonista debe ser el personaje con más dimensiones del reparto [el más complejo , el que muestre más facetas] para poder centrar la empatía en el papel principal. Si no, el centro del bien se descentra; el universo ficticio se resquebraja, el público pierde el equilibrio”. Pone el ejemplo de Blade Runner: “El marketing animó al público a sentir empatía con el personaje interpretado por Harrison Ford, Rick Deckard, pero una vez en la sala, los espectadores se vieron atraídos por el mayor número de dimensiones del enemigo, Roy Batty (Rutger Hauer). Al cambiar el centro del bien al protagonista, la confusión emocional del público redujo su entusiasmo y lo que debería haber alcanzado un enorme éxito se convirtió en una película de culto”. Pues bien, a la película Los hombres que no amaban a las mujeres le ocurre lo contrario. Está basada en un guión flojo que sin embargo sale a flote al ser capaz de contener la gran riqueza y complejidad de los protagonistas, sobre todo de Salander, mujer valiente y vapuleada, dura y tierna,  marginada y reconocida: buena y mala. Los malos en cambio, no pueden ser más malos. Lo tienen todo: nazis, violadores, tarados, sádicos… pero al parecer lo peor de todo es que son una panda de pijos con mucha, pero mucha pasta. La forma en que estos malos unidimensionales se relacionan con los investigadores algo más humanos es bastante más compleja en la novela que en la película. En la novela se produce una negociación, se acepta un mal menor, mientras que el guión escoge el final catártico de victoria indiscutible de los buenos.

Robert McKee dijo en una entrevista: "En Europa se cree que el escritor es alguien con un don, pero eso es una tontería".

Robert McKee ha declarado en una entrevista: "En Europa se cree que el escritor es alguien con un don, pero eso es una tontería".

Salander recuerda a Wallander, el inspector protagonista de las novelas de Hening Mankell, aunque aparentemente, sólo en el nombre. Salander es una chica delgada y fibrosa, con un extraño y poderoso atractivo, con un pasado oscuro y un presente casi tan turbio, urbana, que para sus investigaciones utiliza sobre todo herramientas informáticas. Walander resulta más campechano y con una intuición más anticuada, un tipo pasado de peso, atormentado por su soledad que pretende, a trompicones y cuando el trabajo le deja, recuperar la relación con su padre, su hija, y con alguna mujer no demasiado inaccesible, al menos en el espacio, aunque el pobre va y se lía con una lituana entre otras igualmente imposibles. Es torpe en sus relaciones personales, pero no debido a un pasado difícil, sino por despiste, ya que todos sus sentidos los concentra en el trabajo. En esto se parece a Salander y a todo investigador que se precie de serlo: son obsesivos, solitarios por vocación o a consecuencia de su ritmo de vida y algo raros, como perdidos, expertos en un mundo del que la mayoría de la gente quiere mantenerse apartada, esto les hace víctimas secundarias de los criminales a quienes investigan y por eso despiertan nuestro infinito amor de lectores.

No ha habido mejor Wallander en la pantalla que el actor sueco Rolf Lassgard

No ha habido mejor Wallander en la pantalla que el actor sueco Rolf Lassgard

Otra cosa une a Salander y Wallander: son suecos, y también los autores que les dieron vida. Recuerdo que algunos de mis autores favoritos cuando leía la llamada “literatura juvenil” eran nórdicos: la sueca María Gripe (una superventas de novela de intriga para adolescentes) o la noruega Thormod Hauguen, ambas ganadoras del Premio Hans Christian Andersen de literatura infantil y juvenil, por ejemplo. Algo que me sobrecogía de estos autores era lo bien narrada que estaba la vida dentro de las casas, los conflictos familiares, el frío y el silencio. La prosa de todos ellos está construida a base de frases cortas, eficaces, sumamente plásticas. Podía verse la luz del sol blanco de invierno entrando por la ventana de una cocina vacía, podía olerse la piel de dos niñas que cuchicheaban bajo una colcha y el detergente con que su madre la había lavado, podían oírse y hasta tocarse los gritos de un padre borracho, de la misma forma que en cualquiera de las novelas de Hening Mankell se huele el café de comisaría a las seis de la mañana, se sienten las botas de los policías chapotear en el barro cuando se draga un lago en busca de un cadáver, y se sufre el frío y se masca la niebla. Ese frío intenso del norte debe de conferir algo envolvente y peculiar a la imaginación de los autores, y los ambientes gélidos resultan una atmósfera ideal para el terror, el crimen y la perversidad.

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Ojalá terror, crimen y perversidad fueran favorecidos únicamente por el frío imaginario, pero estos dos autores reflejan en sus personajes una preocupación insistente por temas escabrosos. En el género negro y policiaco se encuentra la verdadera novela social de nuestro tiempo, y en la de estos autores, entre otros, retorna una y otra vez el fantasma del nazismo, la xenofobia, el maltrato a las mujeres y la pederastia. Los dos autores suecos parecen haber encontrado en su país, considerado de los más avanzados de Europa, con una aceptable trayectoria democrática y progresista en sus políticas sociales, el escollo de un machismo de fuerte raíz normanda y una desconfianza atávica hacia los extranjeros. Estos intensos prejuicios podemos encontrarlos en muchas culturas, pero llaman la atención (y aún hoy perviven en ciertas subculturas) de países considerados ejemplo de la civilización occidental. En cuanto al tema del racismo quizás no resulte demasiado caprichoso citar un ejemplo popular, la obra del escocés Tolkien, gran experto en la  filología y cultura antiguas del norte de Europa, que reflejó en El señor de los anillos la preocupación de aquellos pueblos por la pureza de la raza. En esta historia son los guerreros del norte, los ejércitos constituidos por hombres de aspecto ario, y los blancos y esbeltos elfos quienes luchan (con alguna dificultad) en el lado bueno, mientras que los pueblos del sur (piratas de aspecto mediterraneo y pseudo-orientales que acuden a la batalla final a lomos de elefantes monstruosos), son mercenarios de las fuerzas oscuras. Los hobbits, aportación del autor, presentan algunos de los rasgos más entrañables del pueblo celta, parte del sustrato étnico de las islas británicas. Ellos son los protagonistas y con ellos se identifica el narrador.

Respecto al asunto de los abusos dentro de la familia es obligatorio citar otra obra de arte de la narrativa nórdica, en este caso danesa: Celebración de Thomas Vinterberg y Mogens Rukov, una de las mejores películas del movimiento Dogma. ¿No es escalofriante la historia del protagonista y sus hermanos tarados, la mezcla de incredulidad e indolencia con que el resto de los invitados la escuchan, los himnos racistas entonados durante la sobremesa alcohólica, la ceguera deliberada de la madre? Por cierto que la familia acomodada y disfuncional de Celebración recuerda a la de Los hombres que no amaban a las mujeres. Hombres que no aman a las mujeres, misóginos se los llama para resumir, y más allá de la misoginia, violadores, sádicos y maltratadores, los hay desde luego en todo el mundo, y abundan todavía en la vieja Europa donde nos recuerdan que aún no hemos superado la barbarie. Dicen los antropólogos que se necesitaron varios siglos para que los europeos abandonásemos el canibalismo como forma no inusual de nutrición. Esperemos que no esté lejos el día en que un maltratador o un violador sean especímenes extintos, y que la estadística sitúe a los psicópatas con tales hábitos en el extremo más cercano al cero de una sórdida campana de Gauss. La dureza y compasión con que la historia de Stieg Larsson aborda este tema, sugiere que su deseo era el mismo.

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