El trono de la Antártida (II)

Todo lo anterior da pie a un interesante debate sobre la racionalidad dentro de la locura, y apoya una hipótesis que siempre ha bullido en mi cabeza cuando me aproximo a un caso, el que sea, de trastorno mental, así como cuando me planteo la legitimidad del Mens Rea. ¿No hay, en el fondo, una voluntad que cede a la locura en lugar de combatirla?

Caprichos. 43

Si no fuese así, por qué algunos depresivos acaban suicidándose, o se pasan la vida enfermos, mientras que otros, con síntomas igualmente agudos, se sobreponen. Por qué los ataques esquizoides provocan abandono de la medicación en algunos individuos y en otros no. Por qué hay quien supera el alcoholismo o la drogadicción, o se mantiene en niveles compatibles con la vida y la convivencia, y hay quien se consume hasta la maldad o la muerte.

Creo que la respuesta es que el ser humano nunca es irracional. Nuestros actos responden a un incentivo que motiva la conducta, aumentan debido a refuerzos internos (placer, orgullo…) o externos (dinero, atención…) y disminuyen en la medida en que la ausencia de refuerzo o el castigo sea contingente con la conducta. Ahora bien, incentivos y refuerzos son distintos para cada individuo, por eso la conducta humana es universalmente semejante en su estructura, pero impredecible en términos de contenido. Si padecemos un trastorno mental, puede ocurrir que nuestra escala de valores y refuerzos se desplace a lo excéntrico en el sentido moral o estadístico, pero sigue siendo una escala en base a la que actuamos.

No está en mi ánimo hacer un trabajo de análisis en un caso que no conozco de cerca, así que pondré de ejemplo al John Nash personaje  y no al John Nash real. Recordemos a Russel Crowe paseándose por la universidad, cercano sólo a unos pocos compañeros, hablando con el espectro Paul Bettany y soñando con la gloria científica. Es casi imposible acceder al mundo interior de un esquizofrénico, pero sus manías y delirios pueden darnos una pista acerca de lo que le motiva.

Nash-Crowe quiere destacar en lo que se le da bien, pero no le basta con un reconocimiento moderado, que ya tiene. Quiere ser el mejor, hacer un descubrimiento importante para la humanidad, destacar. Esta es su ambición, el incentivo. Para ser reconocido es imprescindible la relación con otros seres humanos que le reconozcan y halaguen, por tanto la evitación que Nash-Crowe hace del contacto humano no es fruto de un deseo de soledad, sino de una incapacidad o dificultad para la relación: todo estímulo negativo en este sentido, ser ignorado o criticado, es un castigo (lo es, en mayor o menor medida, para todas las personas).

Bien, una vez definidos incentivo o motor de la conducta, refuerzos y castigos, veamos qué sucede. Nash-Crowe no sabe pedir el cariño y el respeto de los que le rodean, pero tiene una serie de manías y excentricidades que sabe muy bien que captan su atención. El resultado es que sus compañeros le ignoran (le castigan) cuando es normal, y le refuerzan cuando es raro, en consecuencia, las rarezas van en aumento. Por otra parte, a la necesidad de destacar intelectualmente, se une la ansiedad por ser, en base a una idea patriarcal de la familia, el hombre de la casa, quien debe mantener el hogar con su esfuerzo (en este caso mental), y sin ayuda. Alrededor de los treinta años se empiezan a esperar resultados en la realización personal, y a menudo hay también seres queridos a los que satisfacer. Esto aumenta el estrés, y ésta es la edad habitual en que se desencadenan trastornos de la conducta que han permanecido latentes.

Como el reconocimiento no llega, Nash-Crowe se lo inventa: los extraterrestres le mandan criptogramas, el gobierno requiere su ayuda para luchar contra los comunistas, le persiguen porque es una pieza clave en el espionaje internacional. Sustituye el refuerzo exterior, que es escaso y exige tensiones y frustración, por el colorido e intenso placer que le proporciona su mundo interior, en que él es el único y atribulado protagonista. En realidad, la mente de Nash-Crowe no hace otra cosa que jugar a los espías por su cuenta. ¿Es irracional? Todo lo contrario. Su razón ha emprendido un combate contra una realidad práctica que no atiende sus expectativas.

En este sentido, Sylvia Nasar comete un error fundamental en la interpretación que hace de la conducta del verdadero John Nash. Dice algo así como que, al contrario que sus compañeros y maestros matemáticos, él empleaba la intuición, mucho más que una metodología estricta, para obtener conclusiones. Para la autora, esto sintoniza con su comportamiento irracional y también con su egoísmo, con su necesidad de separarse de los demás.

Lo que Nasar llama “intuición” y que declara ser “irracional”, es en realidad el producto de muchas horas de trabajo racional en una misma dirección. Gran cantidad de recursos mentales se han puesto a operar sobre una serie de percepciones, datos, hipótesis o estudios. Muchas veces se han adquirido de modo informal o consisten en inadvertidos procesos de inducción y deducción, basados en la experiencia, que no pueden expresarse verbalmente, porque no se recuerdan o porque son de naturaleza abstracta. Entonces, cuando llega la idea intuitiva parece insuflada por una fuerza misteriosa y exterior. Así, se prevé un resultado que no está presente, pero que se deriva de todo lo anterior. La intuición es parte de toda labor creativa compleja, científica, artística o empresarial, que supone prefigurar lo que no existe a partir de lo que se conoce. Sólo el cerebro humano con su actividad racional puede crear.

Llanto por Ícaro. Herbert James Draper

El sueño de la razón produce monstruos, dice el famoso grabado de Goya. Y así es. Los monstruos de la locura también proceden de la Diosa Razón, cuando se evade de la realidad práctica y deja de colaborar con ella, cuando olvida los límites e intenta sobrevolar el abismo de la realidad sin otra ayuda que sus propias fuerzas. El ser humano es racional, pero su razón no es suficiente. Nash-Crowe aprende, al final del cuento, que necesita poner orden en su mente, ejercer su libertad y respetar la de los otros, para poder sobrevivir y alcanzar su sueño. Pocas veces se puede asistir a la realidad de este descubrimiento con tanta satisfacción como en una película de Ron Howard.

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2 responses to “El trono de la Antártida (II)

  • Carlos

    Sorprendentemente interesante tu teoría, aunque para llegar allí parece haber un período de autodestrucción social y también mental. Hay que tener mucha fuerza para entrar y salir sin daños. Genial como siempre Rebeca. Un abrazo.

  • rebecatabales

    Como canta Coldplay: “Nobody said it was easy.” Otro para ti.

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