Andersen y el regreso del soldado

La primavera ha comenzado. Hace doce días que el sol entró en Aries, signo regido por Marte y representante del nacimiento, del impulso creativo. Bajo un cielo iluminado por esta constelación nació Hans Christian Andersen, el 2 de abril de 1805, en Copenhague. Fue hijo de un zapatero instruido, pero pobre y enfermo, y de una lavandera alcohólica a la que dedicaría el cuento titulado La pequeña cerillera y el amargo No sirve para nada.

Andersen es autor de algunos de los cuentos para niños más famosos del siglo XIX: El patito feo, La sirenita, La Reina de las nieves, El impávido soldadito de plomo, Pulgarcita… y de algunas piezas fascinantes y raras, no necesariamente infantiles, como La sombra. Yo le tengo especial afecto a La caja de yesca, del que hablaré después.

Aunque Andersen no se consideraba un compilador, como el ruso Afanásiev o los hermanos Grimm, sino autor de sus cuentos, lo cierto es que muchos son versiones de historias populares. A veces podemos encontrar piezas casi idénticas en autores anteriores; por ejemplo, El traje nuevo del emperador es exacto a El paño maravilloso, que cuenta entre las narraciones de El Conde Lucanor, de Don Juan Manuel.

Es probable que la de Don Juan Manuel no fuera la única ni la primera versión de esta historia, pero aún el caso de que El traje nuevo del emperador fuera una copia no sería nada raro; el plagio más o menos disimulado radica en la tradición misma de la literatura. Es casi imposible rastrear la primera versión escrita de un cuento que ha llegado a nuestros días innumerablemente revisado. La Bella y la Bestia, por ejemplo, tiene un claro precursor en una de las piezas de Le Piacevoli notti de Straparola, un discípulo de Petrarca, pero él, a su vez, se había inspirado muy estrechamente en la obra de Girolamo Morlini, etcétera.

Como otros cuentistas del romanticismo tardío, entre ellos los maravillosos y nunca suficientemente valorados Oscar Wilde y Gustavo Adolfo Bécquer, las narraciones de Andersen tienen como objeto oponer la belleza a lo más duro y sórdido: la falta de amor, la miseria, la traición, la maldad, el vacío. Por medio de esa operación casi mágica que Aristóteles llamó catarsis, el empleo de la belleza en el arte no oculta el mal, sino que lo desnuda y permite que el lector ensaye una batalla contra fuerzas que en la realidad no puede vencer.

Los cuentos de Andersen son amargos, tanto, que como Wilde tiene que recurrir a menudo al más allá en busca de una conclusión amable para sus protagonistas, injustamente castigados en la tierra. El príncipe feliz de Wilde y la sirenita de Andersen lo dan todo por amor y al final son despreciados. Como seres sin alma que son, necesitan que se les aplique un privilegio especial, una suspensión de la ley sobrenatural por la cual sólo los seres humanos pueden entrar en alguna clase de paraíso.

Existe otro grupo de cuentos de Andersen que se acerca más al estilo de su admirado Hoffmann. En ellos, los valores cristianos subyacentes tienen menos importancia que la búsqueda de una revelación espiritual de carácter esotérico. En el caso de Andersen, la naturaleza iniciática de la historia suele manifestarse en un tono más apagado y filosófico, sin recurrir a las visiones, los sueños o los ataques de locura de Hoffmann, y sostenida en los diálogos más que en la descripción de acontecimientos.

En la prosa infantil de Andersen abundan los cuentos en que los objetos de la casa, especialmente los juguetes, cobran vida cuando nadie los está mirando, y protagonizan una lucha entre el bien y el mal en la que los únicos seres humanos que podrán intervenir, consciente o inconscientemente, serán los niños, en razón de su especial relación con lo mágico. Así es en El impávido soldadito de plomo y en La pastora y el deshollinador. Hoffmann estrena este motivo en El cascanueces. Hoy día se ha empleado en algunas de las mejores películas de animación de todos los tiempos, como Toy Story.

Hay que tener en cuenta que Andersen, al contrario que Wilde o Hoffmann, nunca dejó de escribir pensando, en último término, en los niños, y posiblemente el tono melancólico de todos sus cuentos emane de la nostalgia de una infancia feliz nunca acontecida. Los niños de sus cuentos aman y se sacrifican, con un fatum sobre sus hombros digno de los héroes de la antigüedad, y con muchas menos expectativas que ellos.

Andersen también comparte con E.T. A Hoffmann esa superstición que casi ningún romántico dejó de invocar, por la cual el hombre de genio tiene la obligación de ser un visionario, de predecir y revelar una realidad superior. La poesía y sobre todo la música son manifestaciones regentes de esta hiperrealidad.

Esta es una de las ideas clave del romanticismo, a su vez retomada del barroco y desde Platón,  por la cual la vida es apariencia, teatro, sueño, mientras que el sueño puede ser premonitorio y efectivo. Este principio, que en la vida privada resulta frustrante y monstruoso cuando se infiltra en los objetivos políticos, encuentra en el arte su lugar legítimo, y produce, en las manos adecuadas, la belleza más perfecta que podemos concebir o alcanzar.

* * *

La caja de yesca trata de un soldado que vuelve de la guerra, con mucho ánimo pero sin ninguna fortuna. En el camino se encuentra una bruja que se ha dejado su caja de yesca en el interior de un tronco hueco de árbol. El soldado se ofrece a recogerla a cambio de dinero y al descender, con una cuerda atada a su cintura, descubre que bajo tierra, donde el árbol muerto tiene sus raíces, hay tres habitaciones. Dentro están las propiedades de la bruja: tres perros, cada uno de ellos más grande que el anterior, que guardan tres cofres de cobre, plata y oro.

El soldado se llena los bolsillos y recobra la cajita, pero se niega a devolvérsela a la bruja hasta que no le aclare por qué vale más para ella que el oro. La bruja revienta de ira y el soldado se marcha a la ciudad con una pobre caja que cree inútil. Allí es recibido de acuerdo a su botín y oye hablar de la bella princesa, encerrada cruelmente en palacio, porque una adivina predijo que algún día se casaría con un soldado raso. Dice Hans Christian:

“Se dio una vida de disipación. Empezó a jugar, paseaba en coche por el parque real y fue pródigo con los pobres, en lo que demostró tener buen corazón, pues sabía por experiencia cuán amargo es tener que vivir sin un céntimo en el bolsillo. (…) Pero como gastaba sin medida y no ganaba nada, llegó un día en que se le acabó el dinero. Viose obligado a dejar sus elegantes habitaciones por una buhardilla de casa humilde, a limpiarse las botas y a remendárselas él mismo, y ningún amigo iba a verle, porque tenían que subir demasiados escalones.

Un anoche no tuvo ni para comprar una vela, y estaba a oscuras en su habitación cuando recordó que había un cabo de candela en la caja de yesca.”

Como Aladino trató de limpiar una lámpara en que descubrió un sorprendente poder, así el soldado intenta encender la mecha de la caja y descubre que sus chispas convocan a los perros del tocón hueco, mágicos servidores. Les pide sus cofres y, una vez solucionado el asunto económico, se acuerda de la princesa y ordena al más grande de los canes que la transporte secretamente hasta su buhardilla. Así es como el soldado conoce a la princesa, a la que besa en la mejilla y observa dormir hasta el amanecer, noche tras noche.

Claro que cuando la princesa, suspirando de amor, le cuenta a su real madre un sueño en que viaja en el lomo de un perro hasta la buhardilla de un soldado, donde la miran y besuquean hasta el amanecer, su Majestad se horroriza y, disimuladamente, cose al camisón de la princesa una bolsita de harina con un agujero en el fondo. Cuando a la noche siguiente el perro va a buscarla, la joven va dejando un rastro que conduce a la guardia del Rey directamente hasta el soldado. Éste, como plebeyo que ha visto a solas a una virgen de cuna regia, debe morir.

No cuento cómo se las apaña el soldado para librarse de la horca y casarse, pero es fácil suponer que los perros tienen algo que ver y que, por una vez, todo termina bien antes de la muerte, porque los soldados perdidos enternecían mucho a Andersen. Su soldadito de plomo tuvo también un objeto de amor imposible: una bailarina de papel custodiada por un malvado muñeco de resorte, celoso padre o marido, brujo negro inorgánico. El admirador de Hoffmann advertirá fácilmente el homenaje de Andersen a El hombre de la arena.

La historia es prácticamente la misma que la de La caja de yesca, pero en este caso es imposible consumar el amor de los dos juguetes. En el final de El príncipe feliz, los ángeles encuentran en la basura de la ciudad el corazón de plomo del príncipe y el cuerpo de la golondrina; asimismo la criada de la casa en que habitó el soldado encuentra su corazón de plomo y una lentejuela del vestido de la bailarina entre las cenizas. No hay cielo para ellos, sólo las llamas del hogar en que se deshacen y retuercen y que son, al mismo tiempo, el fuego del amor y el del infierno. Así es como una pasión imposible se relata para niños. Como decía Wilde: el artista puede expresarlo todo.

* * *

La historia del soldado que vuelve de la guerra es un motivo común desde la antigüedad. A las pruebas que plantea el viaje se añade la incertidumbre de lo que encontrará en casa. Si dejó familia, ésta puede haber aprendido a vivir sin él o, lo que es peor, haber sufrido también los traumas de la guerra, de modo que un extraño se encuentra con extraños. Si no dejó nada, se enfrenta con la miseria. El soldado y la muerte de Afanásiev, Piel de oso de los Grimm, y muchas otras historias recopiladas en el XIX comienzan con un soldado que vuelve de la guerra silbando y con agujeros en las botas.

A la Odisea clásica, los cuentistas románticos añadieron la figura del soldado simpático, con algo de Lord Byron y algo de cristiano viejo, con el porte medieval y las ideas nacionalistas de la época, con la perspicacia de un hombre de negocios del nuevo mundo industrial, el ingenio de un pícaro barroco, la despreocupación de un aristócrata y los sueños de un niño pobre.

Grandes obras de ficción contemporánea han revisado el mito, desde El regreso del soldado de Rebecca West hasta Los mejores años de nuestra vida, joya del cine. El individualismo de la literatura postromántica ha permitido que, tanto la vivencia de la guerra como su resolución, siempre decepcionante, se expresen en forma de testimonio, y abundan las versiones desde el punto de vista de Penélope.

Últimamente, se ha reeditado el escalofriante diario anónimo titulado Una mujer en Berlín. La narradora es uno de los habitantes del Berlín nazi destruido, que entre el polvo y la lluvia de bombas de ambos ejércitos, sufre la ocupación soviética. Los soldados rusos se comen las provisiones de los supervivientes, desentierran su alcohol escondido y violan a las mujeres.

Esta Penélope tiene muchos pretendientes y ningún tapiz que tejer, pero no narra los sucesos de forma patética, sólo intenta sobrevivir física y psicológicamente. Proyecta encelar a uno de los oficiales para que la proteja de los soldados de menor rango, pero éste toma lo suyo y deja que sus camaradas vayan después a por más. La protagonista acaba asumiendo que sólo es un objeto. Cuando su marido regresa a casa con su botín de soldado, consistente en un carrito y un saco de patatas, parece sorprenderse de encontrarla viva.

Ella está acostumbrada a las violaciones y las menciona con toda naturalidad. Declara estar “perdida para los hombres”. Su marido espantado acaba marchándose. Cada uno de ellos ve en el otro su culpa o su humillación. Al fin y al cabo, es posible que él cometiera los mismos abusos que ella ha sufrido. No son desconocidos, ni enemigos, son algo peor que eso; (en palabras de la mujer) son dos espectros mirándose a cada lado de la puerta.

Se ignora el motivo por el que Homero escribió la Odisea, hasta su identidad es incierta, pero si comparte algo con Andersen y con todos los creadores es que pueden reconquistar esa patria, más allá del fracaso y la sangre, donde el amor o la fortuna esperan al final del viaje, donde las mañas de una mujer son capaces de detener la violencia, donde un perro de ojos grandes como ruedas de carreta es fiel hasta el sortilegio.

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13 responses to “Andersen y el regreso del soldado

  • Anabel

    Me gusta pensar que en un principio el ser humano necesitó de cuentos, de mitos, para entender todo lo que estaba a su alrededor y que de esta manera seguimos acercándoles el mundo a nuestros hijos y es a partir de los cuentos como ellos van entendiendo como es el ser humano. Lo maravilloso de los mitos es esa fantasía desbordante que sólo los cuentos infantiles han sabido conservar. No hay nada más tierno que poder observar como un niño considera real todo ese mundo fantástico que nosotros hemos perdido. Eso sí, hemos podido leer miles de historias, pero esos cuentos de Andersen, de Grimm, etc. siguen siendo nuestros referentes fundamentales.
    Una vez leí una anécdota sobre Einstein que tiene que ver con este tema. Una señora que deseaba que su hija tuviera una carrera científica brillante le preguntó a Einstein qué libros debería leer para su preparación. EL científico le contestó “cuentos de hadas”, ¿Y después? Preguntó la mujer, “Siempre cuentos de hadas”.
    Gracias por tus entradas siempre tan trabajadas e interesantes.
    Saludos

  • rebecatabales

    Tus comentarios son igual de trabajados e interesantes. Me gusta lo que dijo Einstein, sobre todo porque este tipo de cuentos son también literatura, de la misma calidad que puede serlo Proust o Dostoievski, pero con otro lenguaje. Como toda la buena literatura tienen varios niveles de comprensión, por eso pueden leerse cientos de veces y siempre se encuentra algo nuevo en ellos, porque son capaces de recoger el cambio de nuestra experiencia y permitirnos ver en la historia algo que antes no veíamos, eso es lo que me fascina de ellos y lo que me lleva a seguir dándoles vueltas después de tantos años. Y gracias a ti una vez más por pasarte, un abrazo.

  • Carlos

    Nuevamente soberbia en tu entrada Rebeca. Estoy totalmente de acuerdo con vosotras en eso de que los mitos y los cuentos que de ellos se derivan nos explican la realidad. Los argumentos universales ya han sido relatados, pero cada autor los sabe recoger, expresar y reelaborar a su manera y en eso Andersen fue un gran maestro (con Hoffmann naturalmente).Sobre el tema en cuestión (en consonancia con el cine que también amas)hay un libro extraordinario titulado “La semilla inmortal” de Balló y Pérez.
    A mí también me gusta apreciar los cuentos “infantiles” en su justa medida y leerlos con la atención madurada de un adulto pero también con la sorpresiva inocencia de un niño, como tu los has mostrado aquí. Un abrazo.

  • rebecatabales

    Las cosas de la niñez me dejaron muy marcada, que se le va a hacer. Mucho tiempo sola, pensando. Hay quien dice que es muy malo pero también tiene sus cosas buenas, por ejemplo, a algunos les da por escribir e incluso leer. Tú, que lees cien veces más que yo, deberías dejar de recomendarme libros porque me creas verdaderos quebraderos de cabeza y conciencia. Ja, es broma. Prácticamente todos mis autores que ahora son de cabecera me los recomendó un amigo, es un honor. Me apunto este también, y un abrazo de vuelta.

  • Carlos

    No creo que lea mucho más que tu y menos tan atentamente como lo haces. Lo que pasa es que te llevo unos años de ventaja. La verdad es que esto de los blogs anima a descubrir cosas nuevas cuando la gente explica sus lecturas con pasión o aporta detalles que a la mayoría se nos pasan(ya he leído “El yesquero” según otra traducción).
    P.D. El libro que te recomiendo, creo que es uno de los mejores ensayos sobre cine y literatura que he leído y pienso sinceramente que viene muy a cuento con todo lo que tu tratas en tus escritos. Un nuevo abrazo

  • rebecatabales

    Justo es por lo que dices, leer con tanta atención hace que tardes mucho en leer. Con las novelas grandes tipo Los hermanos Karamazov me puedo tirar un año, y claro, luego tengo con ellas una relación casi personal, porque me han acompañado en momentos de cambio y en distintos estados de ánimo.
    Me alegro de que ya hayas leído el cuento. A mí es que todo eso de los perros que llevaban en el lomo al la princesa y de que ella soñase con el soldado, que en realidad estaba allí mirándola mientras dormía, me enternecía mucho de peque, y se me quedó grabada la descripción de los perros y de las tres habitaciones. El hallazgo de lugares escondidos me gustaba mucho, creo que debe de ser una cosa universal, porque abundan los cuentos para niños en que éstos encuentran un mundo nuevo en un baúl, en el armario, en un agujero bajo tierra, tras una puerta secreta, en el centro de un bosque…

  • a.r.

    -¡Estate tranquilo! -dijo el sabio-. No le diré a nadie quién eres en realidad. Ésta es mi mano. ¡Palabra de hombre!
    -¡Palabra de sombra! -dijo la sombra, que era lo que le correspondía decir.

  • rebecatabales

    “El soldado la besó [a la princesa] sin poderlo remediar, que por algo era un soldado”. En los cuentos de A. cada uno hace lo que tiene que hacer. Bienvenid@

  • Iván Fernández Balbuena

    Tengo a Andersen dormido en la memoria desde mi infancia, evidentemente está exigiendo que le despierte de nuevo. Un día de estos me animo.
    Sobre el tema del regreso del soldado hay un libro fascinante “El retorno de Martin Guerre” de Natalie Davis. Un hecho histórico real que aconteció en Francia durante el siglo XVI y dió origen a un par de mediocres películas. El caso es facinante, por que, a veces, el que retorna no es exactamente el mismo que se va y, también en ocasiones, la mujer puede salir ganando con el cambio.

  • rebecatabales

    ¡Es verdad! Sé a qué pelis te refieres, recuerdo que viendo una de ellas pensaba: qué manera de destripar una historia tan buena. Parece increíble que un asunto tan enrevesado fuera cierto, me gustaría ver cómo lo tratan en la novela.

  • Iván Fernández Balbuena

    Eso es lo bueno, que no es una novela, es un libro de historia, lo que pasa que muy bien hecho y que se lee como una novela, valga el tópico.

  • jordim

    Demonios, una entrada con enjundia, desvergonzadamente larga, como a mí me gusta.
    Volveré a por más.

  • rebecatabales

    Gracias! Aquí estaré, espero…

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