Quien lo probó lo sabe

He aquí un soldado del Sur que te quiere, que quiere sentir tus abrazos, que desea llevarse el recuerdo de tus besos al campo de batalla. Nada importa que tú no me quieras. Eres una mujer que envía un soldado a la muerte con un bello recuerdo. Escarlata, bésame, bésame una vez.

Lo que le viento se llevó (1939)

La primera película en color de la historia del cine contiene varios besos o tentativas, pero el principal ocurre en contra de la voluntad de la protagonista, recortado en sombras contra un rojo que no sabemos si es el del atardecer, el del fuego o el de la sangre.

El beso imposible de labios apretados como si el actor besase su propia imagen en un espejo, seguido de fundido en negro, significaba sexo en el cine sometido a censura, también llamado cine clásico.

Pero a veces ocurre que el beso no es simbólico, sino que de verdad nos están contando que dos personas se besan. Esto se puede distinguir en que después del beso la escena continúa sin cortes, y si el paso a la interrupción inoportuna, la mirada cargada de palabras no dichas o la bofetada de la amada ofendida fluye en nuestra imaginación y nos parece estar observando por la mirilla o desde el cielo como dioses, es que estamos ante una obra maestra.

Los besos en el cine y las descripciones eróticas de las novelas son puntos sensibles donde paran, se integran, se saborean y se liberan las aprensiones, las costumbres y la prohibición de las distintas épocas, por eso suelen ser momentos llenos de esas tiernas y extravagantes vergüenzas que son la solución de lo que no se puede mostrar, porque el artista siempre es libre aunque no lo parezca y, como decía Wilde, puede expresarlo todo.

En el cine el narrador tiene poco tiempo. Es difícil narrar la dificultad del amor. Narrar la peripecia del beso es más agradecido. El beso es la confirmación de que existe el amor, en un medio en que no podemos conocer a los personajes sino en sus actos:

Si buscan el beso es que se atraen, si siguen luchando una vez que el beso ha acontecido es que de verdad aman, si su amor es difícil, o trágico, el beso tendrá que ser caro, o inaccesible. Quien dice beso dice cama. A veces, cuando el guión está vacío y el director no es capaz de llenarlo, se recurre a una interminable sucesión de excusas increíbles para que dos personajes, entre quienes existe una tensión erótica, no lleguen a realizarla, hasta el agotamiento y aún indignación del espectador.

La literatura proporciona un espacio más holgado para que el protagonista exponga las dudas, rarezas de carácter, miedo, orgullo, reflexiones, prejuicios, y todo elemento racional que pueda sustentar la dificultad del beso. En Cumbres borrascosas, En Evgeni Oneguin, En La educación sentimental, en El rojo y el negro, en las novelas de Nabokov o los cuentos de Cheever, contenedores todos ellos de algunas de las mejores historias de amor que los hombres han dado a otros hombres, la dilación del encuentro físico o su ausencia cruel no tienen nada de gratuito.

Francis se sorprendió al ver que una chica joven abría la puerta y salía al porche iluminado. Se detuvo bajo la luz para contar sus libros de texto. Tenía el ceño fruncido y era muy hermosa. Es cierto que el mundo está lleno de mujeres hermosas, pero Francis reconoció en este caso la diferencia entre belleza y perfección. Todos esos atractivos defectos, lunares, marcas de nacimiento y cicatrices faltaban en este caso, y Francis experimentó en su interior ese momento en que la música rompe los cristales y sintió un relámpago de reconocimiento tan extraño, tan profundo y tan hermoso como la más intensa de sus vivencias. Era algo en su entrecejo, en la impalpable oscuridad de su rostro: algo que a él le pareció una directa petición de amor.

Un marido rural, John Cheever.

Por eso  precisamente, aunque en el cine podemos tolerar y hasta tragarnos, ayudados por cierto estado de ánimo, una película aburrida o con trampas románticas del tipo que he descrito antes, cuando esto ocurre en la literatura es imperdonable.

Al respecto, el romanticismo alumbró alguna de las imposibilidades mejor contadas de la literatura. Se suele considerar que este movimiento abarcó más o menos las fechas de 1790 a 1890, pero existen ciertos grandes relatos que demuestran que el romanticismo estaba antes y después del romanticismo. Las amistades peligrosas se publicó por primera vez en 1782, catorce años antes que el Werther, y Cyrano de Bergerac se estrenó en París en 1900.

¡Beso, festín de amor del que yo ahora

Vengo el Lázaro a ser!… Alguna parte

Alcanzo a recoger aquí en la sombra!

¡Sí! ¡Yo siento que mi alma te recibe,

Que al besar ella de Cristián la boca,

Besa, más que sus labios, las palabras

Que he pronunciado yo!… ¡Qué mayor gloria!

Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand

El que no se consuela es porque no quiere… El Cyrano de Edmond Rostand hablaba mucho de besar pero besaba poco, porque su gran nariz se lo impedía física y moralmente, y porque en su universo de ficción, su destino consistió en estar al final del romanticismo y llevar a hombros todo su peso, antes de que los naturalistas se confabularan para advertirnos, otra vez, de que somos polvo.

Hay que decir que los que hemos reído y llorado con Cyrano de Bergerac (especialmente con la versión en cine de Jean Paul Rapenneau), entramos en el juego porque estamos deseando revivir la desdicha de amor, que nunca llegó a ser tan verdaderamente honda como la pena que nos dábamos a nosotros mismos, pero en el fondo no termina uno de creerse que una nariz pueda impedir la realización amorosa de alguien, si no es poco menos que el hombre elefante.

Posiblemente se debe a que Cyrano de Bergerac es una actualización de la más bella historia de amor jamás contada: La bella y la bestia, pero la naturaleza realista del relato de Rostand, impedía que se produjeran las apariencias y transformaciones mágicas que requería el cuento. En lugar de eso, el autor recurre a Cristián, el doble caballeresco, el eco hermoso del amante feo; esta dualidad es uno de los hallazgos de la literatura, y sólo por eso Cyrano merece el lugar que ocupa.

El verdadero amor romántico no se puede sellar con un beso, no se puede confirmar, y ha producido en literatura y cine momentos de deseo no satisfecho tan sublimes como los otros, los carnales. La insatisfacción erótica está en el lirismo de Pushkin y en el descaro de Byron, y es uno de los elementos que perduran en  todos esos autores que ejercieron su oficio en la fértil decadencia del siglo XIX.

Más aún, el protagonista de El rayo de luna de Bécquer, pero también el de Silvia de Cortázar, persiguen mujeres que están hechas de luz y sombras o, lo que es lo mismo, de la imaginación de los niños. Sin llegar nunca a tocarlas, nos cuentan que ese amor es más real que el real, que es el único, y esa tristeza es tan caliente y diaria como el pan.

Otros autores recurrieron a la imposibilidad de lo antinatural, por estar sus protagonistas enamorados, no de un fantasma, sino de un monstruo. Una vez más, el precursor es la evocadora Bestia de Beaumont. En este grupo están las maravillosas Olalla de Stevenson y Clarimonde, la muerta enamorada de Teophile Gautier, mujer loba y vampira, respectivamente.

Y, por fin, rápida y ligera como el pensamiento, volvió junto a mí, me vendó la mano y la puso sobre su regazo, mientras gemía y se lamentaba con un sonido como el arrullo de una paloma. No eran palabras lo que pronunciaban sus labios, sino sonidos mucho más hermosos que el habla, infinitamente tiernos y conmovedores. Y sin embargo, mientras estaba tendido allí, una idea me hirió como una espada, una idea que, como el gusano en la flor, profanaba la santidad de mi amor. Sí, eran sonidos muy bellos, y estaban inspirados por la ternura, pero ¿era humana su belleza?

Olalla, Stevenson

Otras veces es la muerte lo que impide que los amantes lleguen a verse de cerca, olerse el sudor o hacer planes. La protagonista de Los amigos de los amigos se queda compuesta y sin novio porque su prometido y su amiga se enamoran a lo largo de los años, a fuerza de no conocerse cuando conocerse hubiese sido lo más natural, de forma que la expectación se convierte en la ilusión perfecta del amor, o en la ilusión del amor perfecto, hasta más allá de la muerte: los cuentos de Henry James siempre son de fantasmas.

Al otro lado de la pared de Ambrose Bierce, narra como un aristócrata decadente que no quiere casarse con la mujer de su vida porque es pobre, queda ligado a ella en la muerte.

“No le han enseñado bien en el convento a cuántos y diversos peligros está expuesta la tímida inocencia, y todo cuanto ha de proteger para no verse sorprendida, pues, como dedicaba toda su atención y todas sus fuerzas a defenderse de un beso, el cual no era sino un falso ataque, todo lo demás quedaba sin defender…”

Las amistades peligrosas, Choderlos de Laclos

Las amistades peligrosas narra la traición, la lucha de sexos, la hipocresía, la vacuidad de la vida acomodada y el sexo como expresión de poder, pero su tema central es la búsqueda de la felicidad en la realización del amor.

Es cierto que la obra fue considerada escandalosa, pero sólo porque el narrador se expresa libremente en el desparpajo y la intimidad de sus personajes, con lo que crea en el lector el efecto de hallarse ante cosas inauditas, aunque las conoce de sobra. A esto nos referimos cuando caracterizamos algo de “provocador”, y constituye otra de las firmas de lo romántico, que dieron celebridad a Rousseau, a Byron y a Shelley.

Choderlos de Laclos fue un hombre de cierta reputación en su época; su novela epistolar le proporcionó más fama y más ingresos que ninguna otra de las esforzadas actividades de su vida militar, por tanto, podemos sospechar que tal provocación era buscada como impresión estética, y no producto de una espontanea mirada crítica sobre la aristocracia de la época, como se nos ha hecho creer, como la propia aristocracia de la época, acomplejada ya y, por tanto, masoquista, creyó en efecto.

En esta historia de profundo amor obstruido por la vanidad, llama la atención el contraste entre el agridulce descaro con que se nos narran ciertas situaciones, de las que un marqués de Sade hubiera sacado buen provecho, mientras que otras se tratan con cierta devoción casi mística, no en las palabras con que el personaje racionaliza sus actos, sino en la verdad de sus emociones que emana de ellos, y que a menudo conocemos de forma indirecta.

El vizconde de Valmont asegura no amar a  Mme. de Tourvel, y buscar una relación con ella como un trofeo de caza, pero ante el remordimiento de ella, lo sobrepone a sus propios deseos, y oculta sus cartas a la curiosidad de la celosa y manipuladora marquesa de Merteuill, la gran perdedora de la novela y seguramente el mejor personaje, quien se siente ofendida, ya que sabe leer en este inesperado pudor del cínico Valmont, el amor verdadero.

Así, tanto en la prerromántica Las amistades peligrosas, como en la postromántica Cyrano de Bergerac, si bien los autores no tienen reparo alguno en exagerar hasta la caricatura lo sentimental o lo perverso, los sentimientos profundos son tratados con respeto, como un cotilla incapaz de guardar un secreto a veces calla lo que le conmueve.

En la narrativa contemporánea, sobre todo en el cine, pervive esta dualidad, que se hace más radical en la medida en que cada vez toleramos que se nos muestren más cosas, con más crudeza, por una parte, y por otra empezamos a aburrirnos y a demandar aquella anticuada delicadeza con que los maestros habían de eludir los tabúes. Últimamente ocurre a menudo que la forma estéticamente agresiva en que se nos muestra todo, también el sexo, se suaviza y hasta desaparece cuando nos están contando una historia de amor, paternidad, piedad, fidelidad, o cualquier otro sentimiento que se considere honorable. Otra de las herencias del romanticismo.

Sobre un espejo había un canario que voló a sus hombros. Tomándole entre los dedos, me dijo:

-Es un nuevo amigo que destino a mis niños. Es muy bonito, míralo. Cuando le doy pan, entretiene ver cómo agita la alas y picotea. También me besa; velo.

Acercó su boca al pajarito y éste se plegó con tanto amor contra sus dulces labios, como si entendiera la felicidad que gozaba.

-Quiero también que te dé un beso -dijo ella-, acercando el pájaro a mi boca.

Éste trasladó su piquito desde los labios de Carlota hasta los míos y sus picotazos eran como un soplo de felicidad inefable.

-Sus besos -dije-, no son del todo desinteresados; busca comida y cuando no la encuentra en las caricias que le hacen, se retira triste.

-También como en mi boca -exclamó Carlota-, dándole algunas migajas de pan en sus labios entreabiertos, sobre los que sonreía con voluptuosidad el placer de un inocente amor correspondido.

Volví la cabeza. Ella no debía hacer lo que hacía; ella no debía inflamar mi imaginación con estos transportes candorosos de alegría pura, ni despertar mi corazón del sueño en que lo arrulla a veces la indiferencia de la vida. ¿Y por qué no? Es que confía en mí, es que sabe de qué modo la amo.

Los sufrimientos del joven Werther, Wolfgang Goethe

Y por fin, con motivo del septuagésimo primer aniversario del estreno de Gone with the Wind en Atlanta, el 15 de diciembre de 1939, como no tengo tiempo de nombrar todas las historias de amor que amé y todos los besos memorables que recuerdo, me limito a citar tres besos de película un poco raros, que posiblemente no se encuentren en las clasificaciones al uso. Allá van:

Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946). Peggy está enamorada de Fred desde que asistió a su despertar de una pesadilla, después de una noche de borrachera en que se quedó dormido sobre su hombro. Fred está casado y no es feliz, pero es leal. Peggy no le amaría si no fuese honrado, pero su honradez les impide estar juntos. Al fin se besan en un aparcamiento, lugar sórdido para el amor, y Fred advierte: “Si volvemos a vernos, volverá a ocurrir”.

La tormenta de hielo (Ang Lee, 1997). Son los años setenta, en Estados Unidos. Wendy y Mickey son adolescentes y vecinos. Wendy busca perder la virginidad. Se fija en Mickey, que es un chico inteligente pero impopular, porque está como alelado. Wendy se mofa de él con sus amigas entre el humo de los cigarrillos, pero a escondidas lo cita en el fondo de una piscina vacía, donde se amontonan las hojas secas, y allí se besan por primera vez.

Al este del Edén (Elia Kazan, 1955). Abra y Cal están en lo más alto en una noria parada. Abra está avergonzada por sus deseos y sus fantasías. Cal está reconcentrado en su complejo de inferioridad y se quema en el rencor. Su proximidad y la distancia con los demás obran su efecto y un beso los sincera. Poco después Abra pide perdón y Cal se avergüenza. El momento de magia ha pasado, pero ha dejado huella.

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13 responses to “Quien lo probó lo sabe

  • Leo

    Con qué gusto te he leído, Rebeca. Es un tema sin duda apasionante: el tratamiento del amor, como encuentro o desencuentro, y del beso como recurso y como símbolo de aquel, en la literatura, en el cine…
    En especial comparto que, como en otras lides, en ésta la elipsis adquiere una fuerza que desde luego no tiene lo evidente, lo explícito (o explicitado). Aquello de la importancia del agujero del donuts, vaya.
    Una gozada leerte, insisto.
    Saludos.

  • rebecatabales

    Gracias, Leo, por pasarte. Me preocupaba meterme en camisa de once varas e intentar detallar tooodos los besos y toooodas las historias de amor, pero al fin y al cabo no hace falta porque cada uno tiene las suyas y las evoca sin querer, un abrazo.

  • Pepe Derteano

    Hola Rebeca… gracias por visitar el blog. Eso de Glow no lo registro… pero en fin. Me parece muy bueno el post. Más allá del tema en cuestión -polémico y arriesgado- el planteamiento y sobre todo el desarrollo es sugestivo, enfocado correctamente y documentado… Es difícil poder diferenciar el beso imaginativo de la literatura con el de la ficción del cine. El que uno lee lo interpreta y lo imagina con la intensidad que uno mismo pueda darle en el momento, y de acuerdo a experiencias propias. Es algo intimista y comprometido. El del cine es apreciativo, visual, enteramente absorbido según la atmósfera en que se produzca etc. Al ser el beso uno de los tantos signos del amor nos sumergimos en lo profundo del océano, donde muy pocos se pueden dar el lujo de domarlo y entenderlo. Me encantó. Muchos cariños…
    PEPE

  • angel

    Hola Rebeca!
    hay que ver cómo te haces de rogar. Yo que entré porque pensaba, dado el título, que ibas a hablar de Lope,cachissssss
    Es broma. Bueno , no.
    Lo de los besos en el cine y en las novelas es la leche, sí. Desde luego, unos más afortunados que otros. Para besos no dados el que nunca se dio de Luke y Leia (bueno, uno tímido en la mejilla cuando escapaban de los soldados imperiales, si no recuerdo mal, y luego fíjate…)Y para relaciones constreñidas (vaya palabro) nunca me olvidaré de la de Bruce Willis y Cybill Shepherd en la inolvidable Luz de Luna.
    En fin, que felicidades por la entrada, supongo que la última del año. Aprovecho para desearte Feliz Navidad y que en en 2011 sigamos ahí, al pie del cañón (y que haya cañón).
    Besos
    Ángel

  • rebecatabales

    Muchas gracias Ángel! Cómo me alegra ver que seguís por ahí. Yo también me acordé de Luz de luna, en esa época en que el tonteo y la no realización todavía nos divertía, por lo menos en televisión. Yo era muy pequeña, de todas formas. En cuanto a lo de las entradas… pretendo que no sea la última del año, pero ya no me atrevo a prometer nada. Este renacimiento se debe a que Inés ha conocido la guardería, pobre. Brindo porque siga habiendo cañón y lo demás habrá que intentarlo, que en nosotros sólo está intentar. Besos

  • Babunita

    Querida: Esta frase;

    ” …antes de que los naturalistas se confabularan para advertirnos, otra vez, de que somos polvo.”

    Debería pasar a formar parte de de la historia de la literatura, ¡no exagero!

    Nos encantó veros, gracias por las fotos. Un abrazo; Cata.

  • rebecatabales

    Gracias guapa! Qué orgullo tener una lectora tan atenta… y liberal. En cuanto a las fotos, os mandaré más, que ahora va con coletas… Muchos besos

  • Carlos

    Rebeca que artículo más estupendo. Realmente has tocado tantos temas en torno al beso y sus consecuencias que hay que leerlo muy atentamente .
    Aunque siempre me ha chocado ese beso de apretar unos labios contra otros en el cine clásico, también reconozco que las consecuencias que supuestamente se derivaban de este acto en la mayoría de ocasiones eran más sugerentes al no explicitarse. Lo emparento con el terror sugerido, más atractivo a mi modo de ver.
    La historia de Cyrano es enorme, una historia triste y postromántica de amor no resuelto físicamente. Aunque sea un ejemplo fuera del romanticismo, recoge todos sus aspectos pero le aporta un toque de humor del que carecen los sufridos románticos.
    Me ha gustado como has asociado literatura fantástica con amor no consumado: la imposibilidad del amor es aquí evidente y ha dado tantas buenas obras. A veces el fantástico ha supuesto lo contrario, la consumación del amor (aunque sea en períodos concretos) como en la película de Dieterle, “Jennie”, donde el protagonista se enamora de un retrato de mujer que cobra vida por momentos o en “La casa en el confin de la tierra” de W.H. Hodgson, por no hablar de algunas obras un poco más ñoñas de Richard Matheson.
    Bueno Rebeca hay tanto que reflexionar en este gran escrito. Un abrazo.
    P.D. Me gusta el nuevo formato de tu casa, aunque tu nombre se difumina cual fantasma.

  • Pepe Derteano

    Hola querida Rebecca

    Fue un verdadero placer el conocerte. Admiro los posts que haces y cuando paso por aquí me entretengo mucho.

    Espero que pases una feliz navidad en compañía de tus seres más próximos y queridos.

    Que el año que viene sean días prósperos, de superación personal y que sigamos integrándonos mediante la red.

    Muchos besos y abrazos, y que sigas siendo una reina.

    Pepe Derteano
    Lima – Perú

  • rebecatabales

    La verdad es que el tema es casi inagotable así que preferí dejar apuntado todo, o casi todo lo que me interesa al respecto, que profundizar en una cosa. Como siempre me aportas títulos que no conocía, aunque cuando has hablado de Jennie he recordado Laura y La mujer del cuadro. Gracias por seguir pasando, animándome o regañándome (sólo cuando me lo merezco). Que pases unas fiestas felices con muchos regalos y que tengas que fregar pocos platos. Unos besos.

  • rebecatabales

    Feliz Navidad y mis mejores deseos para ti también. Por cierto, esa tal “Glow” que te comenté, en realidad se titulaba “After glow”, era canadiense y de los noventa, creo. A mí también me encanta visitar tu sitio. Seguiremos en contacto, un abrazo.

  • Anabel

    Excelente entrada Rebeca. La verdad es que todas tus entradas son un deleite y dices tanto y lo explicas tan bien que a veces se hace difícil comentarlas. Como tú misma dices este tema es inagotable y has hecho una muy buena selección.
    A mí me ocurre que desde hace ya algún tiempo me resulta difícil conmoverme con una historia de amor, lo que antes me emocionaba ahora lo suelo poner en tela de juicio, será la edad o la vida o la gran cantidad de argumentos frívolos, repetitivos e irreales. Es el tema más utilizado en la historia del cine y sin embargo que mal uso se ha hecho de él. Yo también pensé en Luz de luna cuando leía tu artículo, que manera de alargar hasta la saciedad el beso. Bueno, te cuento que tu artículo me ha puesto a pensar en esas grandes historias y en por qué son grandes y en esos besos, más en lo primero que en lo segundo. Coincido totalmente con los temas que has ido apuntando en tu artículo, aunque mi cabeza me ha llevado a otro, el adulterio, y si pienso en este tema inevitablemente pienso en los rusos, quizás influenciada por los cuentos de Chéjov que es el libro que estoy leyendo ahora. Es cierto Rebeca, con estos argumentos se confirma nuestro deseo de revivir la desdicha de amor, quizás también porque a pesar de todo aprendemos más de estas historias que de las otras.
    “creer que el cielo en un infierno cabe;
    dar la vida y el alma a un desengaño,”

    Un saludo y me alegro de que hayas vuelto

  • rebecatabales

    Hola de nuevo Anabel. Es cierto que cada vez es más difícil conmoverse con una historia de amor porque, como tú dices, cada vez somos más sabios y entendemos que el amor no es eso que a veces nos cuentan, pero también porque asistimos a tantas historias vacías que no entramos en el juego de la ficción, y aprendemos a prever la peripecia y a buscar en truco como si estuviésemos ante un mago de feria. De todas formas, yo debo reconocer que no me afecta todos los trucos de escritor que conozco y las fórmulas para provocar ciertas emociones y, en fin, la técnica, cuando estoy ante una buena historia me vuelvo una niña otra vez, y me asombro de todo, y hasta el giro más clásico me sorprende y un deseo frustrado, sea cual sea, puede hacerme llorar. Pero esto ocurre pocas veces, y así debe ser. Las cosas buenas no abundan, y el amor verdadero y realizado es casi tan difícil de contar como de vivir. Un beso y que tengas una feliz entrada en el año.

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