Para la primera Inés

Esto no es una entrada como las habituales. Es una mezcla entre excusa y desahogo. Tal vez porque soy joven, no había sentido nunca el desánimo con tanta fuerza. Mira que me gusta febrero; es pequeño, cubierto de nieve y está lleno de felices efemérides literarias, pero este ha sido el peor mes en mucho tiempo.

Hasta ahora eran los trabajos de la maternidad, esforzados pero agradecidos, los que me impedían escribir aquí o allá, pararme a veces a mirar, aunque fuera para imaginar sólo, sin contar nada. En febrero han pasado los caballos del Apocalipsis, de lejos, pero resollando. Mi hija y yo sufríamos ese virus que está dejando baldado a todo el mundo, por lo que veo entre amigos y conocidos, con cansancio acumulado y agobios materiales no graves, pero sostenidos en el tiempo, cuando llegó lo último que faltaba, la muerte. Murió mi abuela Inés.

Era ley de vida, había nacido el 17 de septiembre de 1925, pero para mí es como si hubiera muerto mi madre. Pasé con ella los primeros nueve veranos de mi vida, sumergida en su casa cerrada. No le gustaba el mundo exterior, apenas salía, sus cortinas estaban casi siempre echadas, y la casa estaba llena de cajones prohibidos, objetos que no se podían tocar… el misterio brotaba en todos los rincones como flores raras de un boscaje de cuento. Casi todo era peligroso. Casi todo estaba oscuro. En la necesidad de ocultarse había crecido una tácita dignidad, como si fuésemos una estirpe que la luz del sol no debía tocar, que debía permanecer apartada del mundo, soportar la soledad, la falta de vitamina D, recibir al médico una vez al año, dar propinas generosas al portero y al chico que subía la compra. Para mí había sólo dos o tres juegos posibles, aparte de escuchar a mi abuela cantar Zarzuela y relatar una y otra vez las mismas historias, pero siempre con algunas variaciones. Con el paso de los años, el relato se fue transformando en fabulación y, en sus últimos meses, como suele ocurrir, la memoria se echaba sobre su raíz y recuperaba la infancia con todos sus afilados detalles. Yo, por mi parte, aún recuerdo el calor, el aburrimiento, la necesidad de padres, de amigos, de ejercicio, de libertad, todo ello en ese mundo temible quemado por el sol, allá fuera, tras las persianas.

Ahora ya no está, y empiezo a tener la seguridad de que lo que tenga o llegue a tener de escritora lo sacó ella, creando para mí un pequeño mundo del que la única salida era la ficción. Como decía: Dios sabe por qué hace las cosas. Puede que haya sentido esta muerte con más dolor del que puedo valorar, y que eso explique el exceso de fiebre, los fallos de memoria, el desánimo y el sueño de los últimos dos o tres procesos virales encadenados. Con ella se va una infancia triste y la persona que cargó con gran parte de su peso no material: el de las necesidades de la imaginación. Nunca fingió ser otra, ni me contó un mundo que no viera con sus ojos y temiera con sus entrañas. Con luz y sombra, con ganas o con cabreo estuvo siempre, nunca falló, y el amor es eso.

Tenía preparada una entrada sobre la infancia eterna, pero no la publico, no me siento con ánimo. La próxima será sobre algo superficial, la televisión, por ejemplo.

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13 responses to “Para la primera Inés

  • Leo

    Lo siento, Rebeca. Espero que pronto te encuentres mejor.
    Mucho ánimo.

  • Carlos

    Ha sido emocionante la lectura de tus recuerdos, de las vivencias con tu abuela. Siento que este haya sido un triste febrero y te envío un beso reparador y otro para la dulce y pequeña Inés.

  • rebecatabales

    Gracias a los dos de corazón, como siempre

  • Loren

    Es una entrada preciosa.
    Muchos ánimos.

    Un beso.

  • rebecatabales

    Gracias, ya sé que no sueles comentar.

  • Román

    Rebeca, me ha apenado tu relato pero he llegado a la conclusión de que fuiste una niña querida y si te faltaron sol y ejercicio, creció en ti una vida interior que sobre no impedirte llegar a ser la mujer hermosa que hoy evidentemente eres, te hizo sensible y cultivada. También yo he pasado un febrero difícil por culpa de ese virus y los síntomas han sido parecidos: Rebrotes cuando parecía remitir, tos y excesivas ganas de dormir que todavía me duran cuando , por fin, el resto de síntomas ha desaparecido.
    Por motivos distintos también mi infancia fue poco común. Por ello a los once años arrasaba la biblioteca paterna leyendo lo conveniente e inconveniente. Con ello las letras entraron en mi para quedarse hasta el presente y no lo lamento.
    Siento tu pérdida. Mis mejores deseos para ti y la pequeña.

  • rebecatabales

    Gracias, Román. Ay, la infancia. Es un bello relato aquel en que cada uno recuerda cuándo y por qué empezó a acercarse a los libros.

  • Rebeca

    De una tocaya que tampoco está pasando el mejor de los inviernos.
    Lo siento mucho. Lo bueno es que la primavera se acerca, mucho ánimo para recibirla.

    Un abrazo grande,

  • rebecatabales

    Me encanta verte por aquí, Rebeca. Gracias

  • Evelio

    Espero que te encuentres mejor. He preferido esperar un poco para escribir este comentario. Tus entradas me resultan abrumadoras: las leo, una y otra vez, y compruebo, agradecido, que me llevan a adoptar una postura de gran humildad, de no poder abrir la boca más que para decir: ¡sí, sí, qué bien expresado está todo, estoy de acuerdo, eso es lo que yo habría querido escribir! En cambio, “Para la primera Inés”, no es, claro, una “entrada” como las otras, no, no. No suelo comentar sobre la muerte de familiares o personas queridas, pero la evocación de tu abuela Inés me ha conmovido(¡y cómo no!). ¡Qué coincidencia tan triste, que se haya ido cuando, gracias a ti, yo había vuelto a saber de tu padre! Estuve una vez en su casa, sería 1966, y estaba toda en penumbra; tu abuela nos pidió silencio, a tu padre y a mí, porque tu abuelo estaba descansando. Infancia eterna: yo no he conocido más que a una de mis abuelas (¡ah, y a una bisabuela), y cuando murió yo tenía más o menos tu edad, pero era la época en la que más “adulto”, o “mayor”, o menos vulnerable, o ya no tan joven me he sentido. En cambio, cuando murió mi madre, hace unos años, a mediados de agosto y de forma repentina, yo estaba lejos, volví como pude para su entierro y, al cabo de varias horas de contemplarla, yo tan inmóvil vivo como ella muerta, lloré como la primera vez que nos separamos, cuando me llevaron al colegio cuando tenía cuatro años. Leo las palabras de “mucho ánimo” que te envían otros amigos, pero yo no sé dar pésames. Cuando lo de mi madre me fijé mucho en todos los pésames que me dieron, todos sentidos y sinceros: “resignación”, “se nos ha ido lo mejor que teníamos”… Perdona mi desfachatez, y que me perdonen los que con tanto afecto te han deseado “mucho ánimo”, pero no puedo evitar que esa jaculatoria me recuerde las exhortaciones a las tropas del comienzo del “Gladiator” de Ridley Scott (ésas que, según parece, endilgan a los futbolistas antes del partido). Ten ánimo, sí, y mucho, pero no te resistas a dejarte invadir por la pena. No hablo de “duelo”, ni de emociones, ni, mucho menos, de depresiones, de todo lo cual sin duda tú sabrás mucho más que yo, por tus estudios de Psicología, y por tu sensibilidad que yo tengo por excepcional. Infancia eterna: no se sale a escribir como los actores que no suspenden la función; quizá los que actúan subliman actuando, pero muchos de los que escriben no les van a la zaga en narcisismo. No es tu caso, en mi opinión; por eso te he dicho que lo que escribes me devuelve una buena parte de vida que se me había ido. Vida y literatura. Es posible que los lectores recibamos a los que escriben como Drácula a Jonathan Harker: “¡Entre libremente, y deje un poco de la felicidad que trae!”.
    Bueno, ojalá que se hayan alejado ya los virus. No sé a qué se atribuirían antes estos desarbolamientos intermitentes (es fácil caer en la tentación de sentenciar que “antes” no había virus, ni dislexia, ni logopedas, ni discapacidad), pero pareciera que estos virus desconocidos que con tanta banalidad se han cebado en nuestros críos cuando eran pequeñitos, no tienen nada que ver con la biología.
    Que estéis todos bien.
    Un abrazo.

  • rebecatabales

    Gracias. He leído tu mensaje muchas veces. Gracias, de verdad.

  • Á.

    Acabo de leer la entrada. Sí, con un poco de retraso. Lo siento muchísimo. Mi abuela murió el verano pasado, y, como a tí la tuya, fue ella la que en cierto modo me crió. Fue la confidente, la protectora, la presencia que me tranquilizaba, Todavía, cuando voy a la que fue su casa, la busco en su dormitorio.
    Un abrazo muy fuerte
    Álvaro

  • rebecatabales

    La mía también es difícil de olvidar. En algún sitio estarán cuidando de nosotros. Un abrazo, Álvaro, y gracias.

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