La década en que la televisión venció al cine (III)

3.

Se rueda un documental para la televisión inglesa sobre una de las oficinas de una empresa papelera. Los protagonistas son la gente corriente que trabaja allí. Se rueda su día a día, a veces sin que se enteren, y se les pide también su testimonio en privado.

Ricky Gervais es David Brent, un jefe ineficiente, charlatán, inmaduro, egoísta, maleducado, envidioso, con aspiraciones de cómico, bromista hasta la crueldad, pesado hasta la pena, solitario a la fuerza y con un enorme deseo de ser aceptado e incluido, un deseo que puede más que su voluntad y que lo lleva a ponerse en ridículo constantemente.

Para ocultar los errores que comete o subsanarlos se enreda en más mentiras, más humillación, hasta el límite de sus fuerzas y de la imaginación del espectador. La interpretación de Gervais en este papel es sencillamente sublime. Es un trabajo complementario a sus célebres monólogos, que exponen a los famosos, a los políticos, a sí mismo, bajo la luz, a veces cegadora, de la vergüenza ajena.

Ricky Gervais toma nuestras ideas preconcebidas, el discurso políticamente correcto con que muchos han conseguido pasar por la vida sin emplear su capacidad racional un solo segundo y lo destripa, así podemos apreciarlo en toda su grotesca falsedad. A veces se pasa de salvaje, bien por exacerbar su discurso, bien por acrecentar su fama. El caso es que más de uno se siente ofendido; el humorista se ha ganado últimamente grandes enemigos y ha sido despedido de la gala de los Globos de oro, que llevaba presentando desde 2009.

Otro personaje inolvidable es el empleado pelota, Gareth Keenan, interpretado por Mackenzie Crook, a quien hemos visto en papeles secundarios en el cine, por ejemplo como criado descontento de Shylock en El mercader de Venecia (2004) de Michael Radford. Su físico y su talento apoyan con firmeza el personaje del trepa concienciado, que ve a su superior como un modelo a seguir en todo, más allá de los límites profesionales.

Gareth es un tarado, un hombre joven sin talento ni perspectivas, pero que no quiere verlo: feo, inseguro, solo, sin modelos, se agarra al clavo ardiendo de un payaso en decadencia y establece comparaciones militares, como si fuera un soldado experto involucrado en una importante misión y David Brent fuera el líder. El jefe se escabulle, se mofa o aprovecha esta adhesión de Gareth, según le conviene.

Tim Canterbury (Martin Freeman, que últimamente ha interpretado un digno Holmes en la serie de la BBC Sherlock), es el personaje normal que representa al espectador; lleno de proyectos para los que nunca encuentra el ánimo, como el de dejar la oficina para estudiar psicología, aturdido por el aburrimiento y por lo que aguanta cada día, a veces decide callarse y otras se ríe, pero siempre con cierta distancia.

Si David desea ocupar un lugar prominente en la empresa, y hasta dejar de tener una vida privada que ya se ha convertido en lo que más temía; la de un tipo mediocre, un hombre solo, Tim por el contrario se mantiene siempre a distancia. Tim no quiere pertenecer, aunque, como David, sabe que ya no hay vuelta atrás.

También hay una historia de amor. Dawn Tinsley es la recepcionista de la empresa y a menudo ejerce de secretaria y hasta confidente forzosa de David. Tiene afición por la pintura y le gustaría llegar a ser ilustradora, pero, como a Tim, le ocurre que se va enredando en la rutina del trabajo, en la necesidad de dinero y estabilidad, en su relación con uno de los mozos de almacén, con quien se ha prometido y que tiene una idea muy tradicional de la pareja y de lo que una chica como Dawn debe esperar de la vida. Ella se agarra a la seguridad de este plan y se va atando de pies y manos.

Tim y Dawn son, el uno para el otro, el único motivo de alegría de su vida diaria. Juntos se ríen de David y pasan mucho tiempo ideando bromas para Gareth, objetivo principal de sus mañas. Dawn está demasiado comprometida con su vida sin incertidumbre, para darse cuenta de lo que Tim siente por ella, pero él, que está sólo (y que además somos nosotros), intenta aproximarse a ella cada vez que tiene ocasión.

Así Tim, que es un chico corriente y que no tendría por qué quedar mal, acaba exponiéndose por Dawn, tanto como Gareth lo hace por David o David lo hace por su deseo de ser gracioso. Este es uno de los muchos temas que toca la historia: la necesidad de pertenecer a algo, y el miedo al desarraigo, a separarse de lo que uno tiene seguro para ir a por lo que realmente se desea. El miedo a la libertad.

El hecho de que la oficina sea la sucursal de una empresa papelera no es casual. El papel es un producto en decadencia, y todos los personajes, tanto los principales que he descrito, como los secundarios maravillosamente construidos que completan el grupo de trabajo son, como el papel, prescindibles. Admitir esto les provoca vértigo, así que tratan de enredarse en una actividad que los justifique, que los haga sentirse necesarios.

Dawn tiene las peleas con su novio y la risa con Tim, Tim tiene su mirada crítica, Gareth su fe en David, David sus ambiciones. Todos se concentran en las anécdotas de su vida para olvidar su soledad fundamental, y todos renuncian o han renunciado a lo que quieren, en favor de lo que tienen.

El mockumentary, o falso documental, es una de las fórmulas que más ha aportado a la ficción en los últimos años. Produce sensación de verosimilitud, por lo que el espectador se identifica y se engancha más rápidamente.

La estructura narrativa clásica queda oculta bajo esta primera impresión de espontaneidad, con lo que recupera su primitiva capacidad de sorprender. Así, fórmulas que estaban ya muy gastadas vuelven a impactarnos. La comedia sale muy beneficiada de esta técnica, pues refuerza el que es su objetivo último: establecer una comparación irónica entre lo que los personajes son y lo que aparentan ser.

Los personajes van pasando por esa salita en que hablan directamente a la cámara, donde dan la imagen que quieren que veamos, pero después los espiamos en lo inmediato de sus reacciones, ante situaciones difíciles o que los hacen sentir vulnerables, y comprobamos cómo son de verdad.

En medio de los diálogos un personaje mira o habla a la cámara (nos mira o nos habla), nos incluye, porque nosotros tenemos también, como todos ellos, el deseo de ser incluidos y de olvidar nuestra soledad, y eso es la ficción.

Este recurso de dirigirse a la cámara permite las mismas licencias que en los monólogos teatrales; entrar en los personajes, en sus intenciones, en su verdadera visión de las cosas, mientras que la salita de entrevistas nos deja salir de su realidad y explorar sus máscaras.

Tim es el personaje que más emplea el recurso de mirar a la cámara, con esa expresión de cansancio que llega a definirlo, como pidiéndonos ayuda, como si fuera un hombre sano que de pronto ha caído en un manicomio, y que además sospecha que una parte de sí quiere permanecer en él.

En este juego en que Tim se desahoga, el jefe ensaya sus habilidades bufonescas. A veces, la capacidad de una mirada o una sonrisa de David Brent en primer plano, para provocar nuestra vergüenza ajena, risa nerviosa o piedad, es espeluznante.

Este giro de planos en torno a la bisagra de la vida en la oficina: lo que se muestra y lo que no se muestra, vida privada y vida profesional, máscara y sentimientos, permite que entremos en la historia con mucha intensidad. Posiblemente sea éste el motivo por el que la serie no podía ser muy larga, alcanza momentos de una intensidad emocional casi excesiva. Por otra parte, carece de algunos de los elementos que hacen que las series enganchen: sexo, acción, personajes guapos, carismáticos o entrañables en los que realizarnos.

De todas las series que he citado y de las que me quedan por comentar, puede que sea ésta la que desplegó en mí un mayor número de emociones distintas en menos tiempo y con menos medios. A menudo comenzaba un capítulo riéndome, con cierta distancia que siempre me provoca la comedia, y acababa entregada por completo al juego, golpeada en lo más hondo por las mezquindades de David o por el amor imposible de Tim.

The Office fue producida por la BBC. Se estrenó el 9 de julio de 2001. Constó de dos temporadas de seis capítulos cada una, y dos episodios más largos estrenados en la Navidad de 2003, en que el personaje de David Brent toca fondo y finalmente es salvado. Que Ricky Gervais consiga salvar a David Brent y hacérnoslo querido habla de nuevo de su habilidad como creador.

El último capítulo es una fiesta de Navidad en la empresa que cierra la historia con esperanza, y alivia el mal sabor de boca que deja el final de  la segunda temporada, con David despedido y Tim separado para siempre de Dawn.

La versión estadounidense de The Office, protagonizada por el excelente actor cómico Steve Carell, es más amable que la versión inglesa. Ricky Gervais colabora también en el guión, pero en este caso se prescinde de su toque más duro y sarcástico.

The Office (USA) es alta comedia, sin duda, y muy recomendable, pero The Office (UK) tiene un poso más amargo y tal vez más profundo, algo que devuelve ecos de Shakespeare, de Kafka, mezclado con un aire de farsa de aquellas que los espectadores iban a ver de pie, con el almuerzo en el zurrón, que se pierde en el camino de la adaptación; algo auténtico, grosero, estremecedor.

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6 responses to “La década en que la televisión venció al cine (III)

  • Román

    Como de costumbre, Rebeca, das en el clavo con tu opinión sobre la serie. A quienes, como yo hemos pasado la mayor parte de nuestra vida laboral envueltos en ambientes empresariales parecidos al que describe no nos cabe sino manifestar lo cercano a la realidad que está. Ahora bien, por esa misma razón, ni siquiera el humor inglés que destila tiene la influencia suficiente para vencer los penosos recuerdos que evoca.

  • rebecatabales

    Es verdad, tal vez ni siquiera el humor inglés… pero si alguno puede llegar a ser lo suficientemente salvaje, es únicamente ése. Precisamente en el estilo de humor es donde recuerdo a Shakespeare, que de vez en cuando se descolgaba con cada chiste en medio de lo sórdido… y a Kafka, con su profunda y soterrada ironía.

  • Evelio

    Buenas. Estoy de acuerdo con Román. De hecho, el otro día se me “perdió” un comentario demasiado farragoso (mejor así), y esperé a ver qué decía él. Yo no he visto “The Office”, porque no tengo tiempo de ver todo lo que me interesaría, o porque las oficinas me dan alergia (trabajo en una desde hace…). Intentaré verla, Rebeca, porque tu presentación me resulta infinitamente más solvente y motivadora que los comentarios de tantos “periodistas” y enchufados que se lo llevan crudo por poner cuatro chorradas seguidas, sin pies ni cabeza.
    En cuanto al humor inglés (valga, por esta vez, el lugar común), creo que se encuentra, en todas sus variedades, en muchas series británicas, desde las “clásicas” de ITV (años 60), a las zarrapastrosas de Thames de los 70 (“Man about the house”, “The Ropers”), hasta las recientes “The Office” o “The IT crowd” (que por aquí me parece que titularon “Los informáticos”, y que pasó sin pena ni gloria, pero no estaba nada mal; me parece que también quisieron hacer una versión edulcorada -no “alta comedia”, ay cómo me suena eso a Arturo Fernández- en EE.UU.). Echad un vistazo al catálogo de Network (www.networkdvd.co.uk) y veréis qué museo de los horrores… Tienes razón, Rebeca, en ver por ahí a Shakesp, creo que sí. Se me aparece el histriónico José María Prada, Yago en un Otelo íntegro del Español, en 1972, gritando: “¡He aquí las consecuencias del puterío!” [These are the fruits of whoredom]. Así que, pendiente de ver “The Office”, termino ya, un poco por Lampedusa (Tommasi, no la islita, claro): ¿no será que, para que todo siga como está -en este caso el sistema de clases británico- habrá que reírse un poco de ello? Con razón decían por ahí, hace poco, que había más crítica social el “El apartamento” (B. Wilder), que en todas las películas de Ken Loach. Pues por ahí va la cosa. Hasta otro rato.

  • rebecatabales

    Qué bien me tratais todos. Ojalá se fueran al carajo todo esos “periodistas” y enchufados que se lo llevan crudo por poner cuatro chorradas seguidas, sin pies ni cabeza y, de paso, me contrataran a mí en el lugar de alguno, pero sospecho que no funciona así. Sí, a mí también me gustó mucho aquella serie de los informáticos. Era cortita, sin pretensiones y muy divertida, me recuerda a The Big Bang Theory, aunque casi tenía más encanto, por la cosa de ser menos conocida. La imagen que evocas de Juan Manuel de Prada me parece, más que histriónica, inquietante :). En cuanto a las películas de Ken Loach, en fin, me aburro sólo de pensar en hablar de ellas, en cambio si pienso en la filmografía de Billy Wilder se me ilumina la imaginación: y éste es básicamente mi argumento en contra del cine de Ken Loach y a favor del de Wilder. Un abrazo, Evelio.

  • Evelio

    ¡Qué bien, que te sientas bien tratada por tus lectores! Es que eres muy maja y escribes muy bien (por este orden). Correcciones: me refería al actor José María Prada (1925-1978), no al eminente polígrafo Juan Manuel de Prada (1970), pero sí que es inquietante la trasposición, sí, le pega mucho (pero sin vociferar) ese “This is the fruit of whoring”, que ahora cito bien (Othello, V, II). Eso me pasa por comentar de memoria, excusa que tanto me revienta en columnistas perezosos. Bueno, también mezclé un poco Thames TV con ITV, no me fijé bien… En cuanto al “Otelo” que montó Alberto González Vergel en el Teatro Español de Madrid en 1972, era versión íntegra, duraba tres horas y media y estuvo seis meses en Madrid, y algo más en Barcelona. Reparto: Carlos Ballesteros, José María Prada, Lola Cardona, Andrés Mejuto, Javier Loyola… Y no, no era un “Estudio 1”, estaba muy bien, y siempre me acuerdo de esa función cuando sale a relucir Shakespeare. Y no me digas que no está bien traducido lo de Yago. Pujante, que traduce a Sh. muy bien (Espasa-Austral) prefiere: “Estas son las consecuencias del desenfreno”, cuando precisamente en “Otelo” aparecen tantísimas veces las palabras whore y whoring…
    Acabo: pues sí que podían contratarte, sí. Fíjate, en EE.UU., cuántas buenas autoras (y me refiero a las jóvenes, aunque quizá no tan buenas como tú) publican, escriben en medios, enseñan… A mí tu blog me parece un doctorado que nos das gratis (y la gente forrándose por ahi). Hace muchos años, me hacía ilusión escribir reseñas para un periódico. Le pregunté qué había que hacer a un profesor que las publicaba, y me dijo: “Pues ser amigo de XXX”. Mucho tiempo después, en una presentación de un libro, hice algunas observaciones, y me dijeron: “Escríbelo, que te lo publicamos en la Revista Española de Tal y Tal”. Lo envié, y me dijeron: “Pues no redactas mal”. Y estuve once años “redactando” reseñas de libros. Supongo que habrá cazadores de talentos, que van buscando por los blogs. David Torres, que es también de los buenos, te dirá. Yo creo que vas muy bien: trabajas mucho, tienes un culturón imponente, escribes muy bien, hay una sensibilidad muy especial…, así que ¡adelante!
    Hasta la próxima, gracias por tu blog.

  • rebecatabales

    Jajajaja, así que José María Prada!, claro. Ya decía yo… Muchas gracias, de verdad, me animas mucho; veo que, aunque sea un desastre para las relaciones, influencias, etcétera (pero un desastre absoluto), todavía hay esperanza.

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