Dos viejos americanos

Últimamente se ha recuperado la obra de un novelista americano que se llama James Salter. Salamandra está reeditando sus novelas en español y muchos lectores se enamoran. Siempre es una novedad y un gusto poder amar la escritura de un hombre que sigue vivo. Incluso ha producido últimamente. Un libro que se titula Todo lo que hay, como haciendo una broma de viejo que no se siente viejo, que ya lo ha visto todo pero todavía tiene ganas de contarlo, que ni siquiera está seguro de haberlo visto todo.

He de añadir que suscribo enteramente el párrafo central del siguiente artículo:

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/22/actualidad/1329932175_788084.html

Una vez, en este blog, mantuve una conversación sobre Mishima con Bloom. Le invité a cenar y me metí con él, pero él metió la cuchara en mi postre. Fue solo una más de las fantasías de comunicación con lectores célebres que tengo. Con los lectores se charla, a los escritores solo se les observa y, como mucho, se los lee. Así que con Salter no me voy a poner a hablar. Esto no aparece en mi fantasía. En mi mundo de lectora Salter es el hermano mellizo de otro que para mí es un maestro mayor, en el sentido de la edad y en el del genio; John Cheever.

Así que en mi visión, Salter y Cheever, James y John, Jim y Johnny, están sentados uno al lado del otro. Yo los miro pero ellos no me ven a mí. Ambos nacieron en la costa este de Estados Unidos, bajo el signo de géminis, y en sus retratos más conocidos tienen el pelo canoso. Parece que hubieran sido viejos siempre. Uno tiene ochenta y nueve años, el otro está muerto. Los que nacen para escritores son viejos desde niños, y si acaso rejuvenecen después, al final. Vienen sin la vida. Su destino es ganársela con las palabras y con su sudor. Tienen que apoderarse de ella.

Tal vez por eso, y porque todo en el mundo orgánico refleja, acaba reflejando, la composición físico-química o la estructura moral, muchos de los grandes vienen desposeídos, huérfanos, pobres, o sufren tempranas traiciones, tempranos abandonos de Dios. Se les presenta pronto, como en un sueño ante sus ojos demasiado abiertos, el alcantarillado de la vida. No sé como fue la infancia de James Salter, de John Cheever. Puede que ellos nos dijeran que no tuvieron nada de particular, pero en mi estampa los dos viejos americanos no hablan. Y así debe ser, porque a los escritores, como a los asesinos, solo se puede acceder por sus huellas.

Los niños de James son felices, habitan la superficie luminosa del mundo en que han nacido, lo malo está solo en los ojos de quienes los mira desde la vida adulta, en su corazón. Ellos son ajenos, son puros, porque para James lo malo está bajo la corteza, y ellos todavía no son más que forma, piel, promesa. Los niños de John están más ausentes, más hechizados o atrapados en las garras del mundo. Reflejan los defectos de sus padres (Adiós, hermano mío), sufren sus castigos injustos (El autobús a St. James), o vagan de una casa a otra sin querer volver a la hora de la cena como la gente decente (Un marido rural).

Las mujeres de James son bellas, decididas, sus hombres son activos, medrosos. Unos y otros se atraen por necesidades materiales, los une el azar, las circunstancias. Una anécdota puede dar lugar a un matrimonio, a una traición, a un abandono. Las mujeres de Cheever son más emocionales, más inescrutables. Están más lejos. John siempre mira por los ojos de un hombre, casi siempre. Sus hombres parecen más tristes, sus mujeres más alegres, pero eso es sólo el efecto del punto de vista que elige. Los personajes de James son aceitunas, con la blandura fuera y dentro lo imposible, el bocado de misterio que hay que tragar entero. Los personajes de John son almendras. Al contrario.

James Salter_Zona Cero_New York_2001_by Corina Arranz

Ella empezó de nuevo. Tocó unos cuantos acordes tristes que brotaron lentamente de sus largos dedos. Empezó a cantar con su voz fina de muchacha y la cabeza agachada. Siguió cantando. Conocía una infinidad de letras que constituían su auténtica elocuencia, los poemas en los que creía. “Las sábanas eran viejas y delgadas las mantas…”
-Mi primer novio lo cantaba -dijo Nedra-. Me llevó de fin de semana a la casa de veraneo de su familia. Fue después del verano. Todos se habían ido.
-¿Quién era? -preguntó Viri.
-Era mayor que yo -dijo ella-. Tenía veinticinco años.
-¿Quién?
-Allí tomé mi primer aguacate. Me lo comí con hueso y todo -explicó.
(Años Luz, James Salter. 1975)

La gente de James es más ordenada, se expresa por sus horarios, por cómo pone la mesa, por lo que dice en las fiestas. Son más profundos en la medida en que están ciegos a su propia profundidad. Los personajes de Cheever son más predecibles, más apasionados, más humanos, esto último es un efecto debido, quizás, a la creencia de John en el determinismo.

John es un americano de la vieja escuela, conductista a su pesar y, sobre todo, pragmático. El pragmatismo de Pierce, de James, rechaza la introspección y concluye que una conducta es mensurable, en términos estadísticos, psicológicos y morales, únicamente en función de sus consecuencias efectivas. Es una escuela que admite lo inaccesible dentro de la mente humana, que no pretende explicarlo todo, una postura humilde ante la vida, una visión de creyente científico, que confía en un Dios al que no necesita escrutar.

John cree que hay una serie de factores que explican un resultado en la conducta, que son misteriosos, tal vez inexplicables, pero existen. Cree también en el ambiente frente a la individualidad, en la clasificación y la división de las cosas. Es aristotélico. Sus personas son infelices, lo saben, y buscan la felicidad. Por lo mismo, el paisaje de John refleja sus emociones, las explica.

James es platónico. Funde lo bueno, lo bello y lo verdadero y enseña a sus personas esta confusión, de manera que cuando son felices físicamente pero notan una incomodidad espiritual se quedan asombrados y congelados, interrumpidos en ese asombro, no saben que hacer. No luchan contra su infelicidad, incluso la perpetúan. James es también posmoderno. La infelicidad de sus personas se ha instalado en ellas, las ha poseído, ni siquiera contemplan otra posibilidad, otro orden moral. Su descripción del mundo no expresa el espíritu de los personajes, lo sustituye.

"El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas." El mundo de las manzanas. John Cheever

“El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas.”                                                              El mundo de las manzanas. John Cheever

James posee el don del detalle, sus historias son tejidos, engranajes, es por encima de todo un novelista. John posee el don del impacto, sabe contar la casualidad, la anécdota. Es, en su corazón, un cuentista. Y ya está bien. Si sigo observando corro el riesgo de que en cualquier momento uno de los gemelos, puede que incluso el muerto, levante los ojos y me encuentre.

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