La Gran Guerra

Lewis Grassic Gibbon nació el 13 de febrero de 1901 en una localidad escocesa llamada Auchterless.

Auchterless

Su novela más conocida es Espartaco (1933), en cuyo tema tal vez subyacía una rebeldía inconsciente y medieval del autor contra el invasor inglés. Pero en 1932 había escrito algo enraizado en la historia de su amada patria con mayor claridad: la trilogía titulada A Scots Quaire, sobre la vida de Crish Guthrie, la propietaria de una granja en los primeros años del siglo XX, e inventó para ella un Macondo escocés: la tierra legendaria de Kinraddie.

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Sunset Song es la primera de estas tres novelas, en que se ha basado la película estrenada en España recientemente, rodada por Terence Davies, realizador por cierto también de otra película rara, The Deep Blue Sea, con Rachel Weisz. En ella la turbulencia de los sentimientos y la ambientación, en este caso del Londres post Segunda Guerra Mundial, imponen también el tono de la historia.

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SUNSET-SONG

He comprobado en seguida que A Scots Quaire no está traducida, y he deseado hacerlo. Tal vez no tenga el conocimiento necesario del inglés, pero lo conseguiría para poder traducir esta trilogía, si nadie lo hace antes. Se obtiene más éxito en lo que se desea, que en aquello para lo que se tiene talento, y hay tantos escritores escoceses, que seguramente los devotos tendríamos que ayudar a los traductores profesionales para poder traerlos a todos al sol de nuestra lengua meridional.

El motivo por el que me siento tan arrastrada por esta clase de historias campesinas está, tal vez, en lo mucho que amo la literatura inglesa periférica de aquella época. O tal vez en que, como procedo, y siento el honor de hacerlo, de antepasados campesinos, “oigo la llamada de voces ancestrales”, como dijo el personaje de Margaret en la novela Howars´s End.

Cuando digo “literatura periférica”, utilizo la primera etiqueta que me ha venido a la mente para definir a los escritores de principios del siglo XX en lengua inglesa, de voluntad iconoclasta, o que procedían de lugares remotos en lo geográfico, psicológico o ideológico; como Katherine Mansfield, Rebecca West, H. G. Wells, D. H. Lawrence, Virginia Woolf… Había tantas cosas que se consideraban fuera de los límites de lo que se debía decir o escuchar, que prácticamente tener una sensibilidad por encima de la media, ya significaba entonces ser anormal, por lo menos en un sentido estadístico.

Y no hay nada como la sensibilidad de la narrativa en lengua inglesa para lo anormal. Este idioma, sus relatos, sus procesos judiciales y su prensa, crearon el primer asesino en serie de la historia contemporánea, al primer genio erotómano, a las primeras lesbianas y feministas, a los primeros espías y mafiosos, los rudimentos de la música pop. Lo hicieron en contra de su voluntad puritana y flemática, pero en favor de su apasionado y apasionante culto por la ficción.

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Irish dramatist Oscar Wilde (1854 – 1900) with Lord Alfred Douglas (1870 – 1945) at Oxford, 1893. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

A pesar de que todo lo citado habría ocurrido ya en otros tiempos y lugares, la eficacia con que este idioma y la cultura que transmite narra las cosas, hace que parezcan suyas. Así Shakespeare consiguió que pareciera que él había inventado emociones y conflictos que ya estaban en la mitología griega.

La anormalidad concreta que hace que todos estos autores estén ligados a férreos realistas como Hardy, premios Nobel como Kipling, escritores populares de aventuras detectivescas como Arthur Conan Doyle, fantásticos en formación como Tolkien, y el Gibbon de Sunset Song, fue la Gran Guerra.

Es muy difícil imaginar lo que supuso la Gran Guerra para la mentalidad de los hombres y las mujeres de entonces. El salto técnico y moral en la capacidad de desmembrar y aniquilar, física y psicológicamente, al ser humano, pilló por sorpresa a los personajes de época, bajo su Dios cristiano y sus enaguas.

Esta irrupción del horror y el absurdo está contada de muchas maneras, pero todos los grandes del primer siglo XX, desde James Joyce hasta Kafka, hablan, en el fondo, solo de esto. La humilde aportación de la historia de Gibbon es naturalista y lírica. Tiene la bestialidad de Jude, el oscuro de Thomas Hardy, pero con una protagonista femenina culta, profunda, ingenua, apegada a lo cotidiano, que por momentos recuerda a Anne, la de Tejas Verdes.

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Con la Gran Guerra cayó la primera ficha de dominó de la decadencia europea. Creo que sería posible explicar todo el horror y la violencia que vino después a partir de ese trauma. Sobre todo porque apenas había transcurrido una generación, sin tiempo para recuperarse del golpe, cuando sobrevino la segunda, que le cambió el nombre a la Grande, la Gran guerra, y ya solo aspiró a llamarse la primera.

La serie de Netflix Picky Blinders, cuenta también el nacimiento de esta banda de gangsters en Birmingham, y es muy notable, para ser una serie con un sentido contemporáneo de la violencia, cómo se sugiere que la aparición de las bandas criminales, el narcotráfico, incluso el terrorismo, está relacionada con el modo en que se transforma el carácter y el sentido moral de los hombres que vuelven vivos de la guerra.

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El dolor es la grieta por la que se cuela el diablo. El mal viene del sufrimiento. El soldado vuelve a casa envenenado, y este veneno se transmite por dos vías:

Una doméstica, contada por Gibbon en la historia de Crish Guthrie, debida a la orfandad y a la viudedad de los hijos y las esposas y, de entre aquellos cuyos padres y maridos sobreviven, del comportamiento que los niños ven en los veteranos, el nihilismo, la locura, los malos tratos, sustentados tal vez en la inconfesable envidia de que sus familias no hubiesen tenido que afrontar aquello, y pretendiendo, sin ser conscientes de ello, que con la pérdida de aquella inocencia pagaran y compensaran la que ellos ya no podrían recuperar. Otra vía es la institucional y política, que desembocaría en numerosos conflictos por toda Europa, y en la Segunda Guerra como traca final del horror.

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Algo que todas estas historias tienen en común es que siempre hay algún personaje que se va a Nueva York, a La Habana, a Buenos Aires…  Europa está muerta. Pero los que fueron, llevaron el veneno consigo, como los españoles llevamos la gripe.

Hablando de españoles, el idioma inglés es también lo que explica que nuestro único narrador en contar la gran Guerra fuese Blasco Ibáñez, que lo hablaba; en Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis y en otros relatos más modestos pero muy buenos, como La vieja del Cinema, El monstruo o La noche serbia.

Aparte de él y de alguna otra rara como Sofía Casanova, que avisaba del horror desde Polonia, cuyos artículos solo destacaban en el ABC por deferencia, ya que era la esposa de un conde diplomático, nadie le dio mucha importancia aquí a la Gran Guerra. No caló, y nuestra ficción se quedó prácticamente sin ella, incluso en cine y televisión, hasta muy recientemente.

6 Hermanas, de Bambú Producciones, emitida en la 1 de TVE

6 Hermanas, serie de Bambú Producciones emitida en la 1 de TVE (2015-)

¿Por qué? Seguramente porque no estaba el horno para bollos. España ya venía montada en la cresta de su particular decadencia desde hacía veinte años, cuando empezaron a sonar explosiones en Sarajevo.

España es mediterránea, vieja, la han poblado muchos seres humanos de muchas etnias, culturas y religiones melancólicas y amargadas por la derrota de sus métodos y profecías. Por tanto, en el siglo XX, España estaba corrompida y lo corrompido es precoz.

La pérdida de las colonias en torno a 1900 y las sucesivas crisis políticas que afrontó hasta la dictadura de Primo de Rivera, prefiguraron la Gran Guerra, así como nuestra guerra civil, sobre la que nunca escribiremos libros suficientes ni rodaremos suficientes películas, porque fue un trauma hondo que debió haber sido mejor desahogado, sublimado, y por vergüenza y miedo no lo fue, predijo la segunda guerra mundial.

España fue el canario en la mina de Europa que, cuando hay un escape de gas, es el primero en morir. Puede que lo siga siendo.

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2 responses to “La Gran Guerra

  • Elena Rius

    Muy interesante esta introducción a Gibbon. No conocía al autor, pero el tema de la Gran guerra siempre me ha resultado muy atractivo. Sin embargo, me ha sorprendido lo que dices acerca de !Espartaco”: yo tenía entendido que Kubrick se basó para su película en la novela de Howard Fast publicada en los años 50. ¿No es así?

  • rebecatabales

    Hola, Elena. Tienes razón, me faltó decir que la influencia de su novela en el guion de Trumbo y la película de Kubrik está fuera de créditos. Esto se debe al carácter de Kubrik, al que, como le ocurría también a Hitchcock, le gustaba que cada película fuese, como producto final, una obra suya. Conseguía este efecto llevando a su estilo y mezclando las ideas de otros muchos autores, de manera que, aunque oficialmente se basó en la novela que has citado, consultó otras. Hay personajes, como el esclavo Antonino y la esclava Varinia, que están contados más bien como los vio Gibbon. Éste estaba interesado en el tema de los abusos sexuales y la escena famosa de Espartaco en que su amo pregunta a Antonino si prefiere las ostras o los caracoles está sacada de Gibbon, en cuya novela el esclavo es el protagonista y cuenta cómo abusan de él desde niño. Naturalmente, al estar la obra fuera de créditos el hecho de que influya en la película es una especulación, pero yo creo que cuadra. Un abrazo!

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