¿Eres poeta? Pues súbete la bragueta

I. De la profundidad inadvertida y mala intención de los chascarrillos.

Siempre me he preguntado si el origen popular de este chascarrillo del título tendría que ver, además del simple deseo de hacer la gracia (y suponiendo que, más o menos versionado, descienda de nuestra edad media castellana como la mayoría de dichos y aforismos del refranero español), con antiguos prejuicios contra los escritores de poesía. Incluso si así fuese, ¿relacionar la bragueta abierta con la poesía expresa la creencia de que los poetas tienden a la lascivia y la promiscuidad, o la de que son despistados por naturaleza y se dejan sus partes fuera porque están un poco tarados y no prestan atención a las cosas de este mundo?

Los juegos infinitos y apasionantes del lenguaje: “Si no eres poeta, súbete la bragueta”, puede estar definiendo a los creadores de poesía con ausencia absoluta de materialismo o carnalidad, o precisamente todo lo contrario. Visionarios etéreos o sátiros enloquecidos, o una encantadora mezcla de todo que, salvando las distancias culturales y sexistas del dicho, puesto que ahora muchas poetas y poetos no llevamos bragueta, traducida al lenguaje del ciudadano medio con su mediana cultura, se refiere a gente rara que hace cosas raras que no le interesan, excepto para reírse de ellos, y al mismo tiempo seres tan sensibles y superiores que no vale la pena intentar entenderlos.

Poeta y musa (1905) Rodin

II. De la lucha contra la amnesia

Oscar Wilde escribía que todo arte es inútil, y no hay anda más inútil que la poesía, puesto que ni siquiera produce en nuestro cerebro la ilusión de una historia como hace el cuento o la novela, ni podemos ponérsela de fondo a un bar o a un anuncio, ni se puede colgar en nuestro salón para que haga juego con la otomana. Solo produce una breve impresión, un estremecimiento sin consecuencias, casi sin huellas, una certeza de estar vivos y de no estar solos en nuestra contemplación del horror y la belleza del mundo, una fórmula que describe algo que parecía no poder ser descrito, ni siquiera imaginado, y casi al mismo tiempo que es creado en la pronunciación de las palabras que lo nombran desaparece, como si padeciésemos una amnesia anterógrada de los sentidos.

Esa amnesia es común a casi toda la especie humana, y es el resultado de un trauma, el de haber nacido. Perdemos cada vez más memoria porque a medida que nos acercamos a la muerte cada vez hemos estado más vivos. Si no hubiésemos sido carne, capaz de dejarse la bragueta abierta por un motivo u otro, estaríamos plenamente inmersos en “el ser”, sin sentir, pero entonces seríamos dioses y no escribiríamos poesía; la escribirían para nosotros, pero tampoco podríamos leerla.

El poeta es, usando el verso y título de Blas de Otero, fieramente humano, y siente la necesidad misteriosa de sobreponerse a ese olvido, explorar ese don que nos fue arrebatado con el nacimiento, el de sentir el mundo en lugar de operar sobre él, algo a que nos vemos obligados por la necesidad de sobrevivir, por la necesidad de “ser útiles”. De esa humanidad y de su sobre esfuerzo, de su exceso de ejercicio, desciende precisamente su excentricidad, no en el sentido del chascarrillo, por pecador o por ingenuo, sino en el de las virtudes y limitaciones concretas, prácticas, de su inteligencia humana que se ponen en juego cuando escribe poesía.

El tigre, de William Blake

III. Por ejemplo, el asunto del verso

El verso es la forma de la poesía, es lo que la caracteriza. Un novelista o cuentista escribe en prosa, un poeta escribe en verso. Esa es la materialización del viaje del poeta que se sienta a “intentar” (decía T. S. Elliot que en el hombre solo está el intentar); tiene que escribir versos. Antiguamente un poeta estaba obligado a conocer los diferentes sistemas métricos, las estrofas, el número de sílabas, la forma de rimar, de un modo casi escolástico, pero hace tiempo, desde los románticos, que fueron los creadores de la sensibilidad contemporánea, se le da más importancia a la emoción, la intuición, y algo como una “visión” del mundo, una forma especial de ser y estar, a la hora de construir un poema.

En resumen, ya no hace falta que los versos tengan una determinada longitud, o que rimen de un modo u otro, todos sabemos eso. Lo que no tenemos tan claro, sobre todo los que no escriben ni leen poesía, es el modo en que eso afecta al poema. La falta de reglas explícitas implica más libertad para el poeta. Inmediatamente se piensa que como el de la bragueta abierta es más libre, entonces su trabajo es más fácil. Libertad = desorden, libertad = pereza, libertad = nada. Qué error, y a qué profundidad habita esta asociación en el inconsciente colectivo de nuestra cultura latina. Es mucho más sencillo: cuando algo es libre, es libre, cuando algo es tonto, es tonto. Son dos cosas distintas.

No, la falta de reglas en la versificación significa, en síntesis, que el poeta tiene que crear todo el sistema desde la primera palabra. Él solo tiene que definir los límites, el ritmo, la visión, la estética, tiene que construir el universo entero, para después dejarlo ir. No hay ninguna tecnología, ningún elemento externo a la propia palabra que le marque uno u otro camino.

Manuscrito de Lope de Vega

Lope de Vega era un genio, pero si quería escribir un soneto perfecto solo tenía que saber cómo se hacía y practicar, como un gimnasta. Ahora eso ya no es nada, no podemos ni queremos superar a los gimnastas de antaño. Queremos hacer algo distinto y que signifique algo ahora.

Un escritor de canciones, sí, todavía puede darse el gustazo de usar ritmos y fórmulas que sabe que funcionan, mezclarlos con su propia intuición y sensibilidad y hacer algo bueno, incluso revelador. Pero esa forma de escribir se ha desligado de la literatura, ahora eso no es literatura, la poesía lo es porque cuenta con la palabra como única herramienta para construir todo su mundo, como la protagonista de uno de esos cuentos que recopilaron los Grimm, a la que un troll ordenaba levantar un palacio con una sola piedra.

Howl. Ginsberg

Pd. Esto explica mi humilde opinión acerca del último Premio Nobel de literatura. Una cosa es que Bob Dylan haya hecho algo bueno, genial incluso, si se quiere, otra cosa es que eso sea literatura. No lo es. Jim Morrison, por ejemplo, fue un músico que quiso ser poeta, y para ello intuyó que, al menos temporalmente, debía dejar la música, porque desde ella no podía hacer una exploración que se sustentase solo en la palabra. Bob Dylan nunca fue un poeta en este sentido, ni pretendió serlo. Lo malo es que la mezcla del exceso de humanidad que requiere la poesía y el exceso de abstracción que provocan las drogas suele conllevar la pérdida del juicio o de la vida.

“Con su nombre completo, James Douglas Morrison Clarke, ya había publicado dos pequeños libros de poemas de elevado lirismo y singularidad: The Lords (Los Señores) y The New Creatures (Las Nuevas Criaturas) ; así como un poema extenso An American Prayer (Una oración americana), repartido entre los seguidores del grupo en un concierto y a raíz de la muerte de Brian Jones, guitarrista de los Stones, quien murió ahogado en una piscina a causa de una sobredosis con drogas.
Estos libros tienen la complejidad de poder leerse como filosofía y, por momentos, como ensayos sociológicos o manifiestos conceptuales.
En París Jim se dedicó por completo a la poesía, creando un gran número de nuevos poemas que más tarde fueron publicados por su novia Pamela Courson. Además, mientras Morrison vivió en París, renuncio en gran parte al alcohol, cosa que ayudó en su creación poética.
Morrison llamó cierto día a sus antiguos compañeros de grupo, dándoles una buena noticia; pensaba volver y quería componer un nuevo disco, cosa que, desgraciadamente, no fue posible.” http://musicadesdelos50.blogspot.com.es

 

IV. Imagina que eres poeta, o una cuestión sobre lo inútil

Un día, de forma intuitiva, en una escritura rápida, has dejado un verso a cierta altura, al día siguiente relees y te parece que no debería acabar ahí, que tendría que seguir o acortarse. Lo cambias. Otro día, o en otro momento del mismo día, en que por alguna razón te has despertado sometido a la certeza o la superstición de que esto es una cuestión importante, lo vuelves a cambiar, y se convierte en algo molesto que te hace repensar una y otra vez y enturbia la belleza que tenía el primer golpe del verso, el primer chispazo. Entonces te planteas que tal vez ese era el verso bueno, pero puede que ni siquiera recuerdes cuál era, por dónde cortaste la primera vez.

La emoción, el hallazgo de los sentidos o la gracia (en el sentido divino, religioso) que tenía el verso entero, o partido, o los dos versos, quedan enturbiadas por la necesidad física, material de hacerlo de una u otra forma, de lo inexorable de esa minúscula decisión, como por el vuelo de una mosca que vuelve una y otra vez al papel o a la pantalla. Por cosas como estas los poetas están permanentemente locos o parcialmente alucinados.

Tu única salvación es descubrir cómo han sobrevivido otros a ese naufragio.

 

V. Maestros

Una vez, durante una entrevista para un programa de EITB cuando presentaba mi primera novela, un periodista me dijo que se me notaba resentida con el mundo de la poesía. Enseguida salté y dije que no, pero me hizo pensar. Ahora creo que a lo mejor sí que estaba enfadada. Llevaba más de diez años presentándome a certámenes, intentando publicar, buscando maestros y amigos poetas, organizando lecturas en bares, con actores que daban todo su sudor (porque yo leía y leo muy mal) para que viniesen a escucharnos 6 personas, en el Anticafé, en el Travelling, chocando con milagros que nadie conocía, con verdaderos poetas escondidos detrás de sus demonios o falsos poetas aupados sobre su estupidez.

Puede que sí, que creyese en ese momento que como me había puesto a escribir novela y no me iba mal, me había librado de la sombra alargada de ese deber de luchar contra la amnesia con el sexo al aire, y contra ese recuerdo tierno y ridículo de mí misma caminando bajo el sol de editorial en editorial, o a la luz borracha de la luna con un ejemplar de Masturbación mirando a Casiopea bajo el brazo.

Bueno, aunque solo sea por eso, mi día de la poesía va a durar un mes. Pagaré mi deuda con ella o con la parte de mí misma que la veneraba y que todavía la intenta, dedicando cada uno de los próximos veintidós días a los veintidós maestros que me salvaron a mí de ese naufragio de intentarlo, intentarlo. Veintidós, como las consonantes del alfabeto hebreo, como los arcanos mayores del tarot.

 

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