22 MAESTROS (22)

POETAS NIÑOS

Rimbaud

Francia (1854-1891)

El loco. Je suis un autre.

Es evidente que siempre fui raza inferior. No comprendo la rebeldía. Mi raza sólo se sublevó para saquear: como los lobos al animal que no mataron. Recuerdo la historia de Francia hija mayor de la Iglesia. Villano, habría hecho el viaje a Tierra Santa; rememoro caminos de las llanuras suabas, panoramas de Bizancio, murallas de Solima; el culto a María, el enternecimiento por el crucificado se despiertan en mí entre mil fantasías profanas. —Estoy sentado, leproso, sobre vasijas rotas y ortigas, al pie de un muro roído por el sol.— Más tarde, mercenario, habría vivaqueado bajo las noches de Alemania. ¡Ah! más aún: con viejas y niños danzo el Sabbat en el rojizo claro de un bosque.

La primera vez que leí a Arthur Rimbaud fue en la biblioteca de humanidades de la UAM, a donde me escapaba de las clases de estadística, y su influencia en mí fue inmediata y honda. El impacto que tiene en alguien que ha leído poco aún, con la mente abierta a cualquier cosa, es indescriptible.

En un viaje a París compré sus dos libros: Une Saison en Enfer y Les Illuminations, junto con Le Horla y Clarimonde: la Morte Amoreuse, pero Arthur no es de esos escritores a los que es necesario leer en su lengua materna, como ocurre con los románticos clásicos, Gautier o Tieck, por ejemplo, incluso Verlaine. Arthur no juega con el sonido ni tiene respeto por la belleza de la forma, es el primer poeta de la idea, de la visión, colgado sobre las necesidades del poema, pendiente solo de las suyas, de su avidez de llanto y celebración.

En las rutas, durante las noches de invierno, sin techo, sin ropas, sin pan, una voz oprimía mi corazón helado: “Debilidad o fuerza: No sabes a dónde vas ni por qué vas, entra en todas partes, responde a todo. Como si fueras un cadáver ya no te podrán matar.” A la mañana tenía una mirada tan extraviada y un aspecto tan muerto que aquellos que encontré quizá no me hayan visto.

Arthur fue el primer poeta en sentir que el pasado y el futuro estaban separándose de un tronco común, que el primate humano se estaba olvidando a sí mismo, pero debía hacerlo, pero no debía hacerlo. Los románticos de principios de siglo estaban ya muriendo, sus utopías en decadencia, y su veneno se inoculaba en las únicas venas que podían servir, la de los primeros iconoclastas. La ruptura llegaría a convertirse en tradición, pero en Arthur era el instante exacto del chasquido. El creador ya no busca otro objetivo que a sí mismo y su creación, desde ese momento.

El hastío ya no es mi amor. Las iras, el libertinaje, la locura, de la que conozco todos los impulsos y los desastres, —todo mi fardo está depositado. Apreciemos sin vértigo la extensión de mi inocencia.

Es difícil explicar lo cegado que está el poeta en su descubrimiento de estas cosas, en su separación del mundo y su unión con un mundo nuevo que solo está en su cabeza y sus tripas. Cómo su propio sentido común y el  que otros muchos le aconsejan, sus necesidades físicas, de dinero, de afecto, de seguridad, cómo no le absorben y le detienen en su huida. Cómo ocurre esa rebeldía fundamental sin incentivo y sin dirección, a pesar de todo lo que tiene en contra. Y sin embargo, ocurre una y otra vez. No hay ninguna explicación psicobiológica, trascendental o pragmática, no hay más que una explicación poética en el acto mismo de la creación.

En cuanto a la felicidad establecida, sea o no doméstica… no, no puedo. Soy demasiado débil, demasiado disipado. La vida florece por el trabajo, vieja verdad: en cuanto a mi vida no es lo bastante pesada, y vuela y flota lejos muy por encima de la acción, ese adorado punto del mundo.

El loco, en la baraja de Tarot, simboliza el caos primordial del que surge el universo. Fuerzas opuestas empujan la materia hasta un punto en que no admite más presión y estalla, y justo en ese preciso instante de la explosión, hay identidad entre lo junto y lo separado, lo que se acerca y se aleja, lo recién nacido y lo casi muerto. Las religiones orientales lo describieron como un movimiento pendular de la divinidad. El universo está al mismo tiempo encerrado en sí mismo y a punto de encaminarse hacia la nada. El número del Loco es el 0, que es también el 22; es el primer arcano y el último.

Un hombre que desea mutilarse está bien condenado ¿no es así? Yo me creo en el infierno, por lo tanto estoy en él. Es el cumplimiento del catecismo. Soy esclavo de mi bautismo.

Arthur no conoce aún la explicación científica de la formación del universo, pero como poeta de una nueva pasta, sabe que su deber consiste en imaginar esa tensión, ese desastre y ese milagro. Abandona el verso, la rima, la estrofa del antiguo mundo moral. Curiosamente descubre el apoyo gráfico de los guiones, como Emily Dickinson. Pero necesita aferrarse a constantes referencias al pasado, a los bárbaros, al canibalismo, al animal, porque nadie puede emprender ese viaje solo. Se lleva consigo a sus mugrientos antepasados, a sus amigos muertos. No a los cultos, con sus bellezas consagradas. En la tierra que explora el único esteta será él.

Las alucinaciones son innumerables. Es lo que siempre tuve: falta de fe en la historia, olvido de los principios, Me callaré: poetas y visionarios sentirían celos de mí. Soy mil veces el más rico, seamos avaros como el mar.
¡Ah! el reloj de la vida se ha detenido hace un instante. Ya no estoy en el mundo. —la teología es seria, el infierno con seguridad está abajo— y el cielo en lo alto.—Éxtasis, pesadilla, un sueño en un nido de llamas.

A partir de aquí el poeta va hacia el futuro sin ciencia y sin fe. No sabe nada. Sigue la luz de una intuición como un insecto ciego, no puede contemplar su propia belleza, ni conoce el alcance de su vuelo, solo huye de la oscuridad y sigue su hambre. Esto es lo que nos dice Arthur por primera vez; el poeta no es nada más, ni nada menos, no está por encima de los demás hombres ni mas cerca de Dios, él mismo es dios y el más animal de los humanos. No hay padre, no hay mano que apretar, solo hay sangre, bullendo por las venas con la memoria de otras glorias y otras desgracias. El futuro es una alucinación, y es lo único.

“Le escucho convertir la infamia en una gloria, la crueldad en un encanto. “Soy de raza lejana: mis padres eran escandinavos: se atravesaban las costillas, bebían su propia sangre. —Yo cubriré de incisiones todo mi cuerpo, me tatuaré, quiero volverme horrible como un mongol: ya verás, aullaré por las calles. Quiero enloquecer de rabia. Nunca me muestres joyas, me arrastraría y me retorcería sobre la alfombra. Mi riqueza, la querría toda manchada de sangre. Jamás trabajaré”.

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One response to “22 MAESTROS (22)

  • Román

    Interesantísimo Tengo que hacedr una segunda lectura mas profunda de tu texto, Rebeca, y leer al autor antes de tener una opinión digna de tal nombre, pero, a la altura de tu relato donde sacas esa carta del Tarot me han venido a la mente un libro y una pregunta: ¿Conoces a Cirlot y su Diccionario de Símbolos?

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