22 MAESTROS (1)

POETAS NIÑOS

Saint-John Perse

Antillas francesas, 1887 – Francia, 1975

El mago. -Porquoi escrivez-vous? -Pour mieux vivre

“La pizarra cubre sus techos, o bien la teja en que vegetan los musgos.
Su aliento se vierte por el tiro de las chimeneas.
¡Grasas!
¡Olor de los hombres urgidos, como de un soso matadero!,
¡agrios cuerpos de las mujeres bajo las faldas!
¡Oh ciudad contra el cielol
Grasas, aspirados alientos, y el vaho de un pueblo contaminado
-pues toda ciudad se ciñe de inmundicia.
Sobre la lumbrera del tenderete -sobre los cubos de basura del hospicio
-sobre el olor de vino azul del barrio de los marineros
-sobre la fuente que solloza en los patios de la policía
-sobre las estatuas de piedra mohosa y sobre los perros vagabundos
-sobre el chiquillo que silba, y el mendigo cuyas mejillas tiemblan
en la cavidad de las mandíbulas,
sobre la gata enferma que tiene tres pliegues en la frente,
la noche desciende, entre el vaho de los hombres…
-La Ciudad por el río mana hacia el mar como un absceso…
¡Crusoe! Esta noche, cerca de tu Isla, el cielo que se aproxima loará al mar,
y el silencio multiplicará la exclamación de los astros solitarios.
Corre las cortinas; no enciendas:
Es la noche sobre tu Isla y en su contorno, aquí y allá,
dondequiera se curva el impecable vaso del mar;
es la noche color de párpados, sobre los caminos entretejidos del cielo y del mar.”

El mago es el arcano mayor del Tarot, designado con el número 1. Representa el orden después del caos (el loco), y la conciencia del hombre de que puede hacer uso de los recursos de la naturaleza, por eso se lo representa como una figura humana con los cuatro palos de la baraja española ante sí, que son los cuatro elementos; fuego (bastos), tierra (oros), aire (espadas) y agua (copas), puestos a su servicio. En este sentido se corresponde con la infancia, con la primera comprensión del lenguaje, con el estado inicial de cualquier proceso, con la experimentación, la audacia y el engaño.

PARA CELEBRAR UNA INFANCIA ¡Palmeras…! Entonces te bañaban en el agua de hojas verdes; y era también el agua verde sol, y las sirvientas de tu madre, altas mozas lucientes, meneaban sus cálidas piernas cerca de tu temblor… (Hablo de una alta condición, antaño, entre los trajes, en el reino de girantes claridades.) ¡Palmeras…! ¡y la dulzura de una vejez de las raíces…! la tierra entonces deseó ser más sorda, y el cielo más profundo en donde los árboles demasiado grandes, fatigados de un oscuro designio, anidaban un pacto inextricable… (He tenido este sueño, en la estimulación: una segura permanencia entre las telas entusiastas.) Y las altas raíces curvadas celebraban la partida de los prodigiosos caminos, la invención de las bóvedas y las naves, y la luz entonces, en más puros hechos fecunda, inauguraba el blanco reino al que lleve tal vez un cuerpo sin sombra… (Hablo de una alta condición, antaño, entre hombres y sus hijas, que masticaban cierta hoja.) Entonces, los hombres tenían una boca más grave, las mujeres tenían brazos más lentos; entonces, de nutrirse como nosotros las raíces, grandes bestias taciturnas se ennoblecían; y más largos sobre más sombra se levantaban los párpados… (Tuve ese sueño, nos ha consumido sin reliquias.)

Saint-John Perse (nombrado al nacer Alexis Saint-Léger Léger) es el mago de mi baraja particular porque fue uno de los poetas que alabó la observación directa de las cosas y su impacto emocional en la conciencia como forma superior de conocer el mundo, y encumbró la sensación sobre el intelecto. En este momento de redes sociales en que cualquiera produce sus propios canales de expresión y comunicación esto puede parecernos banal, pero hubo un tiempo en que solo los eruditos y los intelectuales podían hacer un arte que se tomara en serio.

“Lavad, lavad la historia de los pueblos en las altas
tablas conmemorativas: los grandes anales oficiales,
las grandes crónicas del Clero y los boletines académicos.
Lavad las bulas y las cartas, y los Cuadernos del
Tercer Estado; los Convenants, los Pactos de alianza y
las grandes actas federales; lavad, lavad, ¡oh Lluvias!,
todas las vitelas y todos los pergaminos, color de muros
de asilos y leproserías, color de marfil fósil y de
viejos dientes de mulas. . . Lavad, lavad, ¡oh Lluvias!,
las altas tablas conmemorativas.
“¡Oh Lluvias! lavad del corazón del hombre los más
bellos dichos del hombre: las más bellas sentencias,
las más bellas secuencias, las frases mejor hechas, las
páginas mejor nacidas. Lavad, lavad del corazón de los
hombres su gusto de cantilenas, de elegías; su gusto de
villanescas y rondós; sus grandes aciertos de expresión;
lavad la sal del aticismo y la miel del eufuismo;
lavad, lavad las sábanas del sueño y las sábanas del
saber: del corazón del hombre sin repulsa, del corazón
del hombre sin asco, lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, los
más bellos dones del hombre … del corazón de los
hombres mejor dotados para las grandes obras de razón.”

Es normal que Alexis, como muchos otros intelectuales que vieron la primera mitad del siglo XX, no se tomara muy en serio su inteligencia después de que ésta se hubiese dejado seducir por los argumentos totalitarios. En el caso de este francés en particular, se dice que estuvo de acuerdo con los avances militares de los nazis en los años treinta. Como miembro del cuerpo diplomático francés hasta 1940, tuvo que tomar partido respecto a este desarrollo político y militar de los nazis, una decisión racional que mediaría sus declaraciones y su postura oficial, basada en la información con que contaba en ese momento y su capacidad para analizarla, y fue una decisión equivocada.

No creo que una persona con verdadera sensibilidad y una larga vida pudiera mantener esta postura mucho tiempo, de hecho, creo ver en su decisión de entender la escritura como un medio para “vivir mejor”, y en su compromiso con la percepción, el juicio y la palabra solo en la medida en que son capaces de producir belleza y felicidad, un rechazo a esas facultades racionales que pueden quedar atrapadas en un discurso monstruoso en su fondo, solo porque su apariencia es lógica y coherente dentro de su propio sistema, como los discursos y el marketing de los dictadores, que siempre defienden estar buscando el bien, la paz, la justicia.

No era suficiente que tantos mares, no era suficiente
que tantas tierras hubiesen dispersado el curso de
nuestros años. Sobre la nueva ribera en que sigamos,
creciente carga, la red de nuestras rutas, todavía era
menester todo este canto llano de las nieves para arrebatarnos
la huella de nuestros pasos. . . Por los caminos
de la más vasta tierra ¿extendéis el sentido y la
medida de nuestros años, nieves pródigas de la ausencia,
nieves crueles para el corazón de las mujeres en
los que se agota la espera?
Y Aquella en quien yo pienso entre todas las mujeres
de mi raza, desde la hondura de su larga edad levanta
hacia su Dios su faz de dulzura. Y es un puro
linaje que tiene su gracia en mí. “Que nos dejen a los
dos con este lenguaje sin palabras de que hacéis uso,
¡oh vos toda presencia!, ¡oh vos toda paciencia!” Y
como una gran Ave de gracia sobre nuestros pasos
canta quedamente el canto purísimo de nuestra raza. Y
hace tan largo tiempo que vela en mí esta ansia de
dulzura. . .
Dama de alto paraje fue vuestra alma muda a la
sombra de vuestras cruces; pero carne de pobre mujer,
en su ancianidad, fue vuestro viviente corazón de mujer
en las mujeres martirizado… En el corazón del
bello país cautivo en donde quemaremos el espino,
qué gran compasión por las mujeres de toda edad a
quienes el brazo del hombre faltó. ¿Y quién, pues, os
conducirá en esa mayor viudez, a vuestras iglesias
subterráneas en donde la lámpara es frugal y la abeja
divina?

Hay un cubano del que tengo que escribir, porque él escribió de Alexis, como nadie, desde los paralelismos de su vida con la del poeta francés: Gastón Baquero. Hombre que estaría o estuviere en una antología de hombres grises que puede que escriba algún día, zorro o conejo en una de aquellas trampas del siglo XX entre malos y peores remedios.

Era un reputado poeta, ensayista y periodista en La Habana en los años 40, amigo de Lezama Lima y de Virgilio Piñeiro. Empleó sus contactos oficiales para huir de la revolución cubana, que quería su cabeza, pero dio en la España de Franco. Aquí no le querían porque tuviese talento, por Dios, ni porque fuese periodista o porque aportase a la lengua española madre su pericia con resonancias caribeñas, lo querían porque huía de Castro y del Ché, y “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Así que Gastón acabó aquí, olvidado por la intelectualidad de fuera y la de dentro, y con mucho cuidadito de no morder la mano que le daba de comer y que lo dejaba morir como creador vanguardista, como rebelde, mientras lo dejaban de matar como conservador.

El caso es que este señor cubano que se convirtió de la noche a la mañana en un señor de ninguna parte, se sintió muy identificado con Alexis, que había escrito: Nuestro lugar es lo inhabitable. Además, ya que no podía hacer periodismo, se volcó en la poesía, la suya (muy buena) y la de otros, y escribió sobre el Nobel de literatura de 1960 y sobre el hombre anciano que lo había merecido, con palabras más precisas y bellas de las que se me podrían ocurrir a mí. Aquí las dejo:

I
En esa selección ideal y casi siempre fallida que hacemos todos los años los curiosos del Nobel, teníamos presentados dos poetas: Ezra Pound y Saint-John Perse. Estos dos nobelizables son como el haz y el envés de la poesía. El americano vive en Europa y el europeo vive en América; son los desterrados. El americano ha hecho de la cultura una llave para encontrar el secreto de la poesía, y el europeo considera que la llave de la poesía está dentro del conocimiento directo del mundo, ahuyentando en lo posible a la cultura cuando de tarea poetizadora se trate. Los papeles ya se han cambiado. Pound ha tenido demasiada notoriedad, y se le ha hecho polémico; Perse parecía que no estaba en ningún sitio, y muchos lo tenían por difunto. Las nuevas ediciones de Pound aparecen por todas partes; sus últimos Cantos publícanse incluso en revistas para deleite de turistas. De Perse no había sino tardías y esporádicas muestras de existencia.
Y de pronto, el Nobel. ¿A cuál de nuestros dos candidatos preferíamos? Preferíamos a Pound. Pero Saint-John Perse posee, si bien se mira, más derechos reglamentarios para recibir el premio, ya que indudablemente es más fabulador que aquél a quien Eliot llamara “il miglior fabro”. La técnica de Pound, su sabiduría, su oficio, han acabado por pesar sobre su poesía. Y además —que nos perdonen los alejandrinistas— todavía el mundo necesita utilizar más la mirada y menos la especulación. Nos hemos apresurado, especialmente en poesía —no así en pintura ni en música—, a dar por terminado el mundo físico y a ensanchar demasiado el mundo subjetivo, imaginado. Antes de haber conocido suficientemente la realidad se ha saltado al sobrerrealismo. La poesía de Saint-John Perse es una poderosa lección del arte de mirar el mundo en torno. Se le ha llamado “cronista del mundo”, no sólo por la universalidad de sus viajes, ni por el escenario variadísimo en que se mueve, sino por su esfuerzo grandioso, profundo, enérgico, para apresar de nuevo los Elementos.
II
El agua, el fuego, la tierra, el aire, la luz, nos son familiares, pero ¡nos son tan poco conocidos! Ya los miramos como pasado, como cosa muerta, que nada dice ni puede decir. Nos lanzamos hacia otras zonas del conocimiento, y no sentimos que el dificultoso viaje nace de que no nos tenemos bien sabidos los Elementos. La comodidad de llamar cultura a la acumulación y recordación oportuna de datos externos, cubre como una alta tapia la comunicación real entre el hombre y el mundo. Cree que vivir en el mundo de la cultura es, por supuesto, vivir en un mundo superior, desde donde cabe desdeñar los primitivismos, los simples cimientos y garfios originales que sujetan el hombre al mundo. Muy de tarde en tarde descubre que si el mundo de la cultura no le funciona, no le provee de felicidad, de sabiduría de experiencia, esto es debido a que el mundo de la cultura no puede excluir nada, pero mucho menos que nada a los Elementos. Una cultura que no sea una cultura del Fuego, del Aire, del Agua, de la Tierra, del Cosmos en una palabra, no es una cultura, es un aislador, un esterilizador. Desde estos elementos profundamente asimilados puede salirse a la cultura, pero no a la inversa. Siempre será incompleta, como una estatua amputada, una cultura construida desde la teoría, la erudición, la especulación filosófica, la imaginación caprichosa. Goethe llega a la cultura, y es la cultura, desde su sorprendente capacidad para percibir los latidos de una estrella o el ascenso del alba. Lo que Perse ha traído a la poesía contemporánea es la alabanza del mundo, de sus especies, de sus plantas, de sus horizontes, de sus mares y arenas. Ha hecho una poesía impersonal, pero no por abstracta, sino por testificadora, por testimoniante. Ha procurado apresar el movimiento de la naturaleza, esa sucesión de caos y creación, de despilfarro y de reconstrucción, que encoleriza a los poetas, mortifica a los biólogos y enmudece a los místicos. Su largo viaje a caballo por el desierto de Gobi no le sirve para narrar un viaje, sino para traducir en palabras —y eso es la Anábasis— la extensión que el alma adquiere a medida que se adhiere a un largo y misterioso camino. Se ha sorprendido grandemente al ver que un crítico consideraba sus poemas como una cristalización: la poésie pour moi —ha dicho— est avant tout movement, dans sa naissauce comme sa croissance et son élargissement final. Por el movimiento perseguido en su poesía, ha podido dar la imagen de un viajero, de un andarín, cuando en realidad Perse es lo menos viajero que pueda imaginarse, en el sentido que damos al viajero de hombre ansioso de cambiar de paisajes. Ni por viajero ni por amor a lo exótico ha hecho de escenarios lejanos el marco de su poesía; si coloca el desarrollo de sus poemas en sitios remotos, inéditos para la civilización, extraños y misteriosos, es porque quiere conocer la naturaleza en su forma más pura, menos mancillada por la civilización, menos adulterada por el espeso manto aislador que la cultura arroja sobre los Elementos. Así como Lanza del Vasto trata de un viaje a las fuentes, y por éstas entiende los orígenes del saber religioso de la humanidad, Perse viaja a las fuentes, pero no de lo religioso, sino de la naturaleza pura. Por eso ha acertado maravillosamente al definir su obra: “La philosophie meme du ‘poete’ me semble pouvoir se ramener, essentiellement, au vieux “rheisme” elementaire de la pensée antique-comme celle, en Occident, de nos Pré-Socratiques”.
III
Este es el programa, el objetivo de la poesía de Perse. Cómo lo ha realizado, es su obra. La riqueza verbal de que dispuso desde sus primeros poemas, la utilización de nombres olvidados o desconocidos, la descripción de experiencias visuales de primera mano y de hermoso valor estético, le permitieron añadir a la poesía francesa una imagen del mundo, una apertura de la prisión cotidiana, que son su mejor ofrenda. Poco ha inventado en el orden métrico, y a nadie se le oculta su parentesco con el Claudel de las Grandes Odas; pero ese sentido de una marcha, de movimiento, que puede ser el de una vela sobre el mar, el de un jinete atravesando el desierto a lomos de un caballo veloz, o el de una flecha que lleva destino fijo, es un poderoso documento de la necesidad europea —necesidad del hombre faústico, diría Spengler— de viajar en busca de lo desconocido. Pero el viaje de Perse no es una fuga, no es la aventura del civilizado harto de museos, de teorías, de saber, que un día se echa a los mares para convivir con las frescas tahitianas o con las graciosas doncellitas de canela que alegran las islas del Caribe. El viaje de Perse es hacia el mundo original, hacia la planta planta, la fruta fruta, la arena arena. Es un viaje hacia atrás, hacia el instante en que el hombre saboreaba todavía la sorpresa de una puesta de sol, el majestuoso musicar de las mareas, el milagro de contemplar su rostro en el espejo de las aguas. Caillois ha llamado a esa poesía una ciencia de la percepción. Ha dicho además que Perse es el poeta de la verdad y de la realidad, “el poeta de toda civilización, es decir, de todo esfuerzo paciente y razonado para alcanzar alguna excelencia; el poeta de las instituciones, de las casuísticas, de las ceremonias, de los ritos, de los procedimientos, de las retóricas, de todos los ardides milenarios del hombre para imponer un orden, un estilo, a la naturaleza y al instinto, siempre ¡ay! rebeldes; siempre, felizmente, inagotables y vivaces”.
IV
La búsqueda del orden en Perse se ha hecho bajo el signo de la libertad de la mirada. Su largo trabajo, iniciado en la alabanza que el adolescente arroja desde todos sus poros hacia la dicha de vivir, pasó después por el sentimiento de desesperanza, de vacío, que siembra en el ser profundo la contemplación de la muerte: más tarde, remontándose hacia donde lleva el espíritu a quienes sienten que la vida no es los sentidos, sino que los sentidos son poderosos instrumentos de la vida, caminos para comprender la vida, echa a andar hacia adelante, por los desiertos, por el mar, por las florestas, por la magia de los bellos animales, y siente la magna presencia de un mundo renacido, fresco, ofrecido al hombre como alimento y como constancia de que no desaparece cuando muere. Perse es exactamente lo contrario de un surrealista. Es un intrarrealista, un Colón de los seres y de las cosas en su plena autenticidad. Canta el poeta, feliz de tener el mundo entre las manos, y dice los grandes himnos de alabanza a aquellos Elementos que parecían gastados, inútiles, inservibles ya. Envuelto en el aire, en la lluvia, en las extensas llanuras, es un hombre libre, devuelto al universo. La poesía tiene en él el valor de una acto sagrado, de un exorcismo. Paradójicamente, este refinado hombre de la diplomacia, este apartado y silencioso Alexis Léger, de quien muchos de sus compañeros de carrera no supieron que era un gran poeta sino cuando Hitler se lo hizo conocer, es uno de los pocos primitivos que el arte moderno ha producido. Primitivos, es decir, Adanes. Y cuando Adán sabe escribir, cuando sabe expresarse magistralmente en una lengua literaria insuperable —de Perse escritor cabe decir cuanto él dijera de Valery Larbaud—, su obra equivale a una pintura del Paraíso posible.
1960
En: Ensayo, (ed. Alfonso Ortega Carmona y Alfredo Pérez Aleucar, Salamanca, Fundación Central hispano, 1995, pp. 147-51).

 

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