22 MAESTROS (2)

POETAS NIÑOS

Sor Juana Inés de la Cruz

México, 1651 – 1695

La sacerdotisa. El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena.

"VSro. Rto. de Juana Ynés de Asbaje y Ramirez a los 15 años de su edad, qe. habiendo entrado en la Corte del Virrey Dn. Sebastian de Toledo, Marqués de Mancera; fué puesta a prueba su prodigiosa inteligencia, sustentando un examen ante 40 doctores en Teología, Filosofía y humanidades, habiendo salido victoriosa en tan dificil trance. Año de 1666".

Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
Éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
Es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
Es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

La carta de la sacerdotisa representa el lado oscuro de la mujer, el lado incontrolado (desde el punto de vista masculino patriarcal), sujeto a pulsiones, inconsciente, misterioso. Lo femenino como enigma universal, la mujer maga o bruja, la mujer sabia que se niega a utilizar su poder terrenal, el de dar placer a los hombres y engendrar hijos, para sumergirse en la adivinación o el estudio. La sacerdotisa de mi baraja de poetas es Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, retoño de la burguesía criolla mexicana del siglo XVII, que ya a los quince años mereció la atención del retratista de la corte J. Sánchez, pues su inusual cortesía y erudición la puso en compañía de virreyes y marqueses, aunque ella hubiese preferido estar en la universidad.

Rosa divina, que en gentil cultura
Eres con tu fragante sutileza
Magisterio purpúreo en la belleza,
Enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
Ejemplo de la vana gentileza,
En cuyo ser unió naturaleza
La cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida.
De tu caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida,
Viviendo engañas y muriendo enseñas.

He elegido el retrato de J. Sánchez para la cabecera porque el momento en que esa adolescente mira al pintor con orgullo y con un libro en la mano (como son representadas siempre las sacerdotisas en las barajas esotéricas y las sibilas en los cuadros) capta posiblemente la última época en que la joven Inés tenía esperanzas de realizarse.

Ella aspiraba a todo, pero le fueron cerrando las puertas. Sobrevivió por la literatura, que la hacía libre. Nunca cedió en esto, fue libre siempre, libre en su niñez, cuando reclamaba lo que quería, libros, universidad, poesía, libre después en su mansedumbre de monja, en su rebeldía íntima nunca acontecida. Fue escogiendo siempre el camino que le dejaban, por estrecho que fuera, para poder estudiar, leer, escribir, conversar. Cuando al fin la pusieron contra las cuerdas y solo le quedó la oración, rezó hasta la muerte.

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata,
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata,
triunfante quiero ver al que me mata
y mato al que me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo;
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo, por mejor partido, escojo;
de quien no quiero, ser violento empleo;
que, de quien no me quiere, vil despojo.

Una mujer era poco más que un pedazo de carne del que brotaban hijos y con el que se comerciaba, y si era bella, o lista, podía aspirar a jarrón decorativo de las artes o incluso a pieza política, siempre ligada al destino de un hombre, por matrimonio o por sangre, como una reina de ajedrez. Pero Inés no escribía para entretener o para enamorar, escribía como acto de expresión de su individualidad y orgullo de sus inquietudes sobre, como ella la llamaba, “la máquina del mundo”. Esa motivación era incomprensible para sus contemporáneos. Ella se aprovechó durante un tiempo, y por fin fue víctima de esa ignorancia.

Ella nunca pudo compartir plenamente su idea de libertad, su forma de hacer poesía, así que se pasó la vida insinuando, censurándose y revelándose a sí misma, a través de actitudes simbólicas de su ambición que se pudieran entender y respetar en una mujer. Cuando se le notaba demasiado la rebeldía, se humillaba, citaba figuras de autoridad moral y literaria y declaraba imitarlas,  aceptaba órdenes de sus  superiores. Cuando volvían a confiar en su pureza y sus buenas intenciones, volvía a sacar la cabeza.

Cuando Inés demostró tener aptitudes para cultivarse se la envió a entretener a los cortesanos y adornar salones, fue examinada como una rareza de la mnemotecnia y expuesta como un canario de competición. Cuando se dio cuenta de cuál era el destino de las mujeres mundanas, el de ser putas de sus amantes o esclavas de sus maridos, supo que la única manera de librarse era casarse con Dios. Se habla mucho de la espiritualidad de Inés y tal vez la vivió más profundamente que nadie, pero mi sensación es que no lo hizo de un modo convencional, sino que para ella más bien fue un modo de resistencia; una trinchera.

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

Fue también una esclava de Dios, como a sí mismas se nombraron la Virgen María y Santa Teresa de Jesús, modelos de perfección de la mujer de entonces, bajo cuyo ejemplo, como un paraguas, la inteligente Inés se guardó de los escupitajos de las malas lenguas. Era una cobardía, sí, pero también una estrategia de soldado que lucha por sus bienes más preciados, como su biblioteca de unos 4000 volúmenes, algo que en la época era una rareza, cuando un noble de provincias interesado en los libros podía llegar a poseer, como mucho, unos cientos manuales de caza y algún clásico latino.

Pero la vocación de Sor Juana Inés no era como la de Santa Teresa y se le notaba demasiado. Ella escribía de pasiones, recibía ministros y músicos, hacía tertulia. Su estilo se adaptaba a las fórmulas barrocas, pero era más transparente que Góngora, más carnal que Quevedo. Un lector ingenuo podía escuchar solo la música de la métrica, pero una autoridad eclesiástica que hubiese vivido y se hubiese manchado los picos de la sotana en el suelo de la calle, percibía lo que Inés sabía de la vida, lo que había sentido y deseado, la tentación de la gloria y el hedonismo.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;
y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto, que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste:
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu inquietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

La autoridad hipotética en cuestión podía entonces preguntarse cómo vivía realmente aquella monja y ponerse a indagar. Y sí, de vez en cuando escribía una loa, una misa, un villancico, pero se carteaba con otros escritores y estrenaba obras de teatro, su vida se parecía demasiado a la de una reina viuda que se hubiese encerrado en un convento a pasar sus días de retiro. Obviamente, Inés no había querido casarse con Dios, sino ser una poeta soltera. Esto era inadmisible.

Con sus ardides de niña mimada y sus influencias, Inés consiguió elegir una congregación que le permitiese más libertades y librarse de un par de moscones; un confesor que amenazaba con llevarla ante la Inquisición y una madre superiora a la que le molestaba que su celda fuese como un café bar, pero el ataque del obispo Fernández de Santa Cruz, oculto tras el seudónimo de Sor Filotea, le hizo un daño irreversible, y no solo por el contenido, que de forma velada la acusaba de vanidad, lesbianismo y otras perversidades, sino por el efecto que tuvo en ella.

La Carta de Sor Filotea de la Cruz era tan abyecta, estaba tan llena del deseo de hacer daño, de la envidia de su genio literario, de la injusticia y la soberbia de negarle el lugar que había conquistado por el hecho de ser mujer y ser religiosa, que provocó a Inés y la hizo salir de su habitual templanza, de su actitud ambigua en que se había protegido siempre. Entró al trapo con todo, escribió una respuesta brillante, demoledora, en que estaba reflejada al mismo tiempo toda su biografía con sus limitadas conquistas cotidianas, su viaje interior tortuoso, su lucha como escritora contra las limitaciones de la inteligencia y como mujer contra el mundo de los hombres, y una erudición que recorría el mundo clásico, la Biblia y todos los estilos contemporáneos.

En perseguirme, Mundo, ¿Qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.
Y no estimo hermosura que vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, que Sor Juana Inés escribió y publicó en 1691, se parece al proceso de Wilde; con ella quiso defenderse, pero se defendió usando precisamente aquello de lo que la acusaban, poniendo su vanidad de escritora por encima de su humildad de sierva del Señor. Le tendieron una trampa y cayó. Después de eso, y como el estatus de la verdadera Sor Filotea era un secreto a voces y suficiente para sepultar a la orgullosa Inés, se presionó a la Madre Superiora para que prohibiese a la monja poeta el acceso a sus libros y a sus instrumentos musicales.

Se mandó quemar su obra, aunque algunos aristócratas y religiosos amigos salvaron una parte y la publicaron en España. Murió tres años después, a los cuarenta y tantos. Ella había querido sobrevivir al momento en que una mujer deja de ser útil porque no puede engendrar hijos ni casar hijas, pero la vida es irónica: a pesar de ser monja y una figura intelectual, dejó de producir y sucumbió al tifus en los años de su menopausia.

“Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz “
MUY ILUSTRE Señora, mi Señora: No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos días mi respuesta. ¿Qué mucho si, al primer paso, encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero (y para mí el más riguroso) es saber responder a vuestra doctísima, discretísima, santísima y amorosísima carta. Y si veo que preguntado el Ángel de las Escuelas, Santo Tomás, de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió que callaba porque nada sabía decir digno de Alberto, con cuánta mayor razón callaría, no como el Santo, de humildad, sino que en la realidad es no saber algo digno de vos. El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor, de dar a las prensas mis borrones: merced tan sin medida que aun se le pasara por alto a la esperanza más ambiciosa y al deseo más fantástico; y que ni aun como ente de razón pudiera caber en mis pensamientos; y en fin, de tal magnitud que no sólo no se puede estrechar a lo limitado de las voces, pero excede a la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano: Minorem spei, maiorem benefacti gloriam pereunt. Y tal que enmudecen al beneficiado.

Roberto Bolaño dijo una vez, acerca de los maestros, que con leer a Poe todos tendríamos más que suficiente. Pienso lo mismo de Inés y las feministas: con leer la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz estamos servidas para un rato. Desde su aparente sumisión a toda clase de autoridades, nadie luchó más que ella, con su poesía y su feminidad, contra la obligación de estar callada.

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