22 MAESTROS (3)

POETAS NIÑOS

Teresa Wilms Montt

Chile, 1893 – Francia, 1921

La emperatriz. Dejo a mis hijas mis mejores intenciones. Es todo lo que poseo, mi único tesoro.

La emperatriz es el tercer arcano mayor del Tarot. Representa las potencias femeninas solares: la producción, la creatividad, la multiplicación en todas sus formas simbólicas. Es la mujer madre, la mujer amante. La emperatriz de mi baraja de poetas en Teresa Wilms Montt, poetisa nacida en la burguesía chilena que se casó con demasiada juventud y desgracia, fue anarquista y masona, tuvo un lío con su primo Jean, fue repudiada por su familia, encerrada en un convento y separada de sus hijas, rescatada por Vicente Huidobro y huída a Buenos Aires donde conoció la fama, detenida en un viaje a Estados Unidos durante la primera guerra mundial por ser sospechosa de espionaje. Mujer de letras y amiga de artistas en la vida nocturna de Londres, Madrid y París, alguna vez intentó suicidarse, y finalmente lo consiguió.

Tarot de Dalí, edición de lujo.

Dentro del tubo sonoro de un órgano quisiera encerrarme y cantar en su sonido el “de profundis”.
La colcha azul, cobertor de mi cama de hospedaje, es campo de luna cuando la noche de los tristes tiende sobre mi cuerpo su mortaja.
El arisco gato negro, habitante expatriado de Saturno, deja su maullido sonoro tras mi puerta cerrada.
Largos puntos de exclamación pinta[n] la sombra sobre los barrotes de las sillas y en sus asientos aguarda Aquél, Aquél y su sombra que nunca nos encontrará.
¿Por qué me espera; cuál es mi falta; cuál es la maldad de los que hemos nacido quintaesenciados?
Allí me aguarda el que no me encontrará. Los puntos de exclamación se han encorvado sobre su espalda, interrogan…
El reloj extiende sus brazos negros de polo a polo.
Las doce, las seis, y entre ellos sonríe el tiempo mostrando sus dientes gastados con la sonrisa esférica de los astros muertos
El reloj es para nuestros espíritus resignados como la noria a la mula domesticada. Es nuestro punto de partida y de llegada.
Por eso los artistas adoramos la noche, porque en ella olvidamos los brazos negros que nos señalan la ruta del mundo y nos dicen: “vives”.
Marzo 1920

Se habla de Teresa como de un precursora de la escritora feminista. Yo creo que no pudo ser una precursora, en primer lugar porque creció en plena expansión del feminismo combativo, y en segundo lugar porque no se lo propuso. Ella sabía que era guapa, sabía que tenía un temperamento poco habitual y un carácter interesante, utilizaba esta ventaja para obtener un lugar privilegiado en grupos hombres, se sentía a gusto entre ellos. Su lucha era en favor de la rareza, no de la igualdad.

Lo que sí anunció Teresa es un perfil de escritora atormentada que hasta ese momento solo se había dado en hombres. Los escritores románticos tenían vidas atribuladas, corazones luchadores y aventureros, y su pasión hacía más en términos reales por su fama popular que su talento. En cambio, tradicionalmente se asociaba la inteligencia femenina con un tipo de agraciada espiritual, tranquila, estudiosa y plácida, que en el mejor de los casos debía estar protegida, enjaulada. El talento activo, inestable, en una mujer era enfermedad mental.

Entré de lleno a esa vida que no conocía y que me era interesantísima. Adquirí gustos poco correctos pero agradables y para ser una mujer poco vulgar, con una aureola novelesca. Todo el mundo me quería. Nuestras noches eran alegres y sentimentales, se declamaba y se tocaba la guitarra. Se hablaba de Azorín, de Sócrates, de Rouge de Lisle, de Baudelaire, etc, y en esos temas, llegaba el día, y el sueño. El poeta Silva (Víctor Domingo Silva), que era el sobresaliente en nuestras reuniones, me hacía versos delicados y pasionales, yo los recitaba después, con todo mi arte para emocionarlo. Es cierto, mi temporada (tres años en el Norte) constituyó una gran experiencia… Alí aprendí a vivir la verdadera vida. Conocí lo que es para las mujeres de mi clase un misterio, la verdadera miseria material y moral; los corazones y las pasiones bajas, mezquinas y grandes, los vicios… Y todo lo que conoce un hombre. Mi alma salió pura de la prueba, pero asqueada y con un fondo de amargura eterna. Mi opinión sobre las mujeres es tristísima y muchas veces me avergüenzo de ser mujer… Sin ser malas, lo aparentan, son débiles, orgullosas, profundamente estúpidas y vanas. ¡Son animales de costumbre!
Los hombres, son malos de veras, viciosos, insensibles y egoístas. Son incapaces de un sentimiento delicado, que no sea para ellos mismos; pero son superiores… Cuando los veo elegantísimos, irreprochables, diviso a través de su indumentaria al mono, a la bestia carnívora, hambrienta y lujuriosa.
Sábado, 13 Nov. (1915)

Mademoiselle de Escudery, Madame Leprince de Beaumont, Mary Shelley, las hermanas Brönte, Emily Dickinson, son ejemplos de esta forma aceptable, templada, de enfrentar la vida de letras, que aún refleja el mismo conflicto interno entre adaptación y oposición de Sor Juana Inés de la Cruz y en general se mantiene hasta el siglo XX, con la excepción, tal vez, de George Sand. Estas literatas combatieron con su oficio desde las costumbres, el encierro, la asociación a hombres protectores y las pequeñas rebeliones formales, puesto que el salto a una rebeldía más poderosa, que implicase una ruptura con su forma de manutención, las habituales relaciones con la familia y el entorno social, que abarcase todas las facetas de la vida y la imagen pública, era todavía demasiado grande.

Regaló la noche al pantano una estrella.
Centro de la esfera fangosa irradiaba el astro en la podredumbre verde, palacio de reptiles.
Y en coro alrededor, lotus de veneno surgían sapos inquietando el sosiego de los valles con el croar siniestro.
Despertó el águila, y abandonando la roca, voló hacia el plano.
El punto fulgurante marcó su orgullo.
Creyó rasgar el azul para rozar un astro y precipitóse al pantano putrefacto.
Llevóse la estrella la rapiña a lo hondo, estampada en las soberbias alas.
Estallaron resoplando cual instrumento, destrozados, los reptiles y los sapos.

El siglo XX trajo los avatares y las borrascas del romanticismo a la vida real de las mujeres, no solo a los personajes femeninos de ficción. Isaac Dinesen y mi querida emperatriz particular, Teresa, anunciaban a Pizarnick, Plath, Smart, Ajmátova. Poetas cuya rebeldía no estaba ya solo en el mero hecho de serlo, sino que no querían pagar por ello el precio de la reclusión o el aislamiento de ningún tipo, querían formar parte del mundo, informar, comunicar sus deseos y proyectos, estando sus deseos y proyectos muy por encima de lo que el mundo podía ofrecer. Son ya mujeres idealistas, en primera línea de batalla, existenciales.

Llega todas las noches a mi alcoba.
Sin tener ojos me mira, sin tener boca me habla, y su mirada y su voz son tan hondas como el silencio de los sepultados.
Está muy lejos, y está conmigo, piensa en mi cerebro y llora en mis lágrimas.
Cuando procedo mal, Anuarí castiga mis huesos, atravesándolos del hielo de una carcajada sin dientes.
* * *
Vestido de la chía llegó anoche por el espejo.
Sus manos cruzadas sobre el pecho salían en pétalos de azucena por la negra manga.
El abismo de sus ojos tragóse todas las sombras y en mi cerebro se hizo la luz.
Habló su boca sin palabras como los viejos órganos de las catedrales y dijo: Duerme, duerme, el sueño es la aurora del día eterno.
* * *
Frente a mi ventana cerrada pregunto al tiempo cuánto más he de vivir.
Las sombras anegan mis persianas, y apenas marca una delgada raya la claridad.
El reloj tiene titubeos de corazón enfermo.
En un gesto convulsivo se crispan mis manos sobre el papel.
Buscan el apoyo de la tierra.
* * *
Se ahogó mi risa en el espejo.
Largo crujido siniestro lanzó a la noche el cristal de plata.
Una, dos… calló la hora, metal frío de planeta en la rigidez del páramo.
Epiléptica de calentura la luna se dio a los balcones.
Y el cadáver de mi risa es una esmeralda blanda que al deshacerse vuelve en la superficie argollas y cruces brillantes.
* * *
¡Anuarí! ¡Anuarí!
Espíritu profundo, vuelve del caos.
Torna en misteriosa envoltura, huésped de mis noches glaciales.
Que tus dedos de sueño posen sobre mis párpados desvelados.
Ciérralos, Anuarí.
Veneno sublime, da muerte a mi cerebro aterrado.
Quédate sobre mi fosa sonriendo enigmático.
Sonrisas de ultratumba, sombra y luz, sonrisa tremenda que me ha aniquilado.
¡Espíritu profundo, vuelve del caos!
Se han muerto todas mis flores, sólo queda para tu hambre la sangrienta herida de mi corazón partido.
Anuarí, Anuarí. ¡Sucumbo en el torbellino de los astros locos que se precipitan!
¡Vuelve del caos!

Dentro de esta baraja, si la sacerdotisa Inés representaba la inteligencia práctica y serena que se perdió cuando la sacaron de sus casillas, la emperatriz Teresa representa el impulso que desapareció cuando se vio detenido. Teresa se dio a la muerte muy joven, no pudo soportar la carga del desarraigo y la ausencia de sus hijas. Ella pudo escapar de su familia, su ambiente (palabra muy usada en la época que Henry James denostaba, por cierto), del convento, pero sus hijas quedaron atrapadas allí. Esto es como cuando un perro hace presa y la víctima intenta liberarse; cuanto más se aleja del mordisco, más se desgarra. Las emociones de Teresa se partieron, se desgarró por dentro. Los hijos son el futuro,  el futuro había quedado atrás. Ya no tenía que huir del mundo, puesto que estaba en un mundo en el que era aceptada, pero en cierto modo ya no era ella.

Londres, Septiembre 191…
A un costado de mi cama, en la red, hay tres manchas de tinta.
La primera repartida en puntitos parece una estrella doble, la segunda se abre más abajo; en minúscula mano de ébano, la última perfectamente recortada tomó la forma de un as de piqué. Resbalo sobre ellas mis dedos, con sensibilidad de nervio visual, y siento que esas tres manchas están de relieve dentro de mi cerebro como obstáculo para el fácil rodar de las ideas. Hay tres, digo, tratando de sí atraerse; tres, digo mirando al techo: el amor, el dolor y la muerte. Sin saber por qué paréceme que he pronunciado algo grave, algo que recogió en su bolsa sin fondo la fatalidad. Aunque borre las manchas de la pared, esos tres puntos negros quedarán estampados en mi cerebro. En la efervescencia de la sangre que bulle, cuando la sorba la Absurda, harán remolino vertiginosamente las tres, en la copa pulida del cráneo. Un temblor nervioso tira hacia abajo la comisura de mis labios. Cada vez más espesa la pintura de la noche embadurna los cuadros de la ventana.

En sus últimos días las consecuencias de cruzar el mar, la melancolía de la distancia, habrían llegado a su punto máximo. Teresa era todo vida, todo emoción, no tenía la fortaleza, la paciencia suficiente para diseñar una estrategia, sobrevivir, pelear, o quizás era imposible. En sus diarios trata de convencerse a sí misma de que esto no le importa, que se ha resignado a su destino, pero es una pose estética. De día, el contacto con otros artistas y con esa promesa que es París hacía que su sensibilidad tuviera sentido, que la hiciera un ser humano valioso, resistente; de noche, su blandura despertaba y la apegaba a su pasado, a lo que había dejado atrás, cosas que por fuerza tuvo que echar de menos: los olores y las costumbres de su país, su educación, sus afectos de la infancia, lo que le habían enseñado a ser.

I
La mañana
Canta alma mía; ¡canta a la mañana!
¡Canta con los pájaros, con los árboles, las flores y las aguas! ¡Canta con el viento y la montaña, con el bosque y el llano encendido por el sol, que se te ofrece como un ánfora de oro desbordante de vida!
¡Canta, alma mía, con el grillo maravillado de luz, que mora en la corteza de los pinos y con la abeja ebria de perfume; canta con el águila solitaria en la cúspide de las rocas y con la hormiga laboriosa en las cavidades de la tierra!
¡Canta con la mariposa de alas inquietas como párpados de niño, y con el sapito verde desde su trono de nenúfares en el espejo del estanque!
¡Canta con la res fecundada y la miés madura; con los frutos rosados, que se abren como labios jóvenes; canta con el tierno corderito de la majada y la madre feliz que lo ha parido!
¡Canta, alma mía, canta con el alma gemela; con la buena alma hermana que vibra, llora, y ríe en un solo impulso contigo!
¡Canta con el candor alegre de la franca sonrisa y con la mirada clara quc refleja la serenidad de su dulce sentir!
¡Canta, alrna mía, y tiende tus brazos al amor que llega desalado a refugiarse en tu seno; dale abrigo, alma mia, y estimula su creciente vigor!
¡Canta con las lágrimas de dicha que tiemblan y resbalan como gotas de rocío sobre los pétalos, y con el beso que se insinúa temeroso, descorriendo los velos del corazón para dar paso a una plena aurora de amor!
¡Canta, canta, con la vida, con las pasiones de fuego, con los deleites sanos; canta con la suprema gloria de los espasmos compartidos, y con las languideces que ponen en los ojos tonos de atardecer!
¡Canta, alma mia, y comunica a las cosas pasivas tu fuego; entrégales tu esencia, crea mundos, prodiga bellezas y bondades, hasta erigir un tronoa la casta verdad!
¡Canta y atraviesa los espacios con tu voz musical e impón silencio a los pájaros para que escuchen la palabra del hombre sabio y fecundo!
¡Canta, alma mia, canta y bébete de un sorbo el néctar de la mañana; canta, alma mía, mientras el cielo azul y la campiña sean para ti una bacanal con cuya belleza puedas embriagarte!
¡Canta, alma mía, canta antes que cierre la noche y aúlle el lobo salvaje en la montaña!

Ella sabía que el ritual de apego al mundo que le habían inculcado se estaba repitiendo en Sylvia y Elisa, y ella no estaba allí para mediar, interponerse o siquiera supervisar ese proceso. No solo le faltaba el afecto físico, la presencia de sus hijas, sino también la posibilidad de mejorar sus vidas, de enseñarles lo que ella había aprendido y de ese modo operar simbólicamente sobre su propio pasado, adaptar sus diferentes identidades. Desde un punto de vista psicológico estas identidades y las emociones ligadas a ellas quedaron disociadas, la mujer poeta, la mujer libre, fueron amputadas de la mujer madre, la mujer amante. Esto fue perpetrado por sus propios familiares, que supuestamente la querían, eso añade al sufrimiento de la disociación, el de la traición, la deslealtad, que es una de las cosas que más daño nos hacen.

III
La noche
¡Llora, alma mía, llora!
¡Llora con la noche desolada, llora con sus estrellas que son rutilantes lágrimas cristalinas de misterio! llora con la negra serenidad del paisaje y las heladas rocas en el horizonte esfumado; llora con el ave agorera en el enredo de los cipreses, y con la sierpe desencantada en el hueco de las montañas!
¡Llora, alma mía, con la angustia de los muertos olvidados, y con los restos náufragos
donde habitó la vida!
¡Llora con el puente inservible, que sume en el agua la mitad de su cuerpo, y con la belleza tétrica de las estatuas mutiladas!
¡Llora, alma mía, con el mar bravío, que emociona a1 cielo con su rugir salvaje, y llora
con la cuna vacía!
¡Llora con el éxtasis de los lagos turbios y con la mirada yerta de la lámpara apagada!
¡Llora con el alud de nieve que purifica el llano y hace a1 hombre más bueno!
¡Llora con el paria, y con la mujer repudiada en su lecho de hospital!
¡Llora, alma mía, llora con la madre a quien la brutalidad del hombre arrancó sus hijos y
la ha dejado sola en medio de la vida!
¡Llora, alma mía, con los que no tienen consuelo, que, como muertos con alma, no aguardan nada ni a nadie esperan!
¡Llora, que tu destino es el llanto!
¡Noche hermana! Pupila inconsolable que de tanto llorar has quedado ciega.
¡Oh, noche! Niobe del orbe. En tus brazos encuentro el sitio propicio para hundir mi cabeza henchida de sollozos. En tus sombras sigo yo, paso a paso, el destino de mi espíritu errante.
¡Oh, noche! Si de llorar te volviste sombría, las lágrimas que derramaste, piadosas de tu tristeza, se volvieron estrellas para iluminarte ; pero las mías, ¡noche!, son como goterones delava que van surcando mis ojeras y cavandolentamente la tumba de mis ilusiones.
En tu lobreguez despótica de reina inconsolable, encuentro un sentimiento hermano; y es ahí, en el terciopelo de la vestidura que arrastras, donde quisiera envolverme como en un cendal y quedarme dormida. Si, quedarme dormida ¡oh, noche! cantando una canción de cuna, meciendo en mi alma a las dos criaturas que me arrancó la vida; cantando en mi alma a1 amor que me arrancó la muerte.
Madre de los vivos y de los muertos, ¡oh, Naturaleza!
Cuida del dormido que sepult6 en tus brazos su alma joven. Evita que losgusanos perforen sus ojos, que fueron astros de amor, y cuida de su boca tersa donde sonreía la vida ;que en su rostro, con carnes de topacio, no se enseñoreé la muerte y lo ponga lívido; cuida ¡oh, Naturaleza! para que un rayo de sol sea su eterno cirio y, atravesando las entrañas de la tierra, llegue a acariciarlo como una dicha; cuida que su cuerpo permanezca bello, que la negrura del misterio no maltrate su morbidez; que sus manos, nidos de caricias y energías, queden frescas como tus plantas y tus flores; cuida de que sus pies, que siempre anduvieron de prisa en busca del bien, sean respetados como dos queridas reliquias, y cuida de su coraz6n, que fue el cofre donde encerró, la vida la esencia de su belleza.
¡Naturaleza, mi Dios! De rodillas, junto a esta tumba amada, te imploro como una hija
en agonía a su madre cariñosa. ¡Cuida de el! Cuida del que me dió la sensación de aurora en el frío ocaso de mi tristeza; cuida y no lo maltrates; en cambio toma de mi la juventud para alimento de tus roedores necropófagos, y la sangre de mis arterias, para que se embriaguen como en un rojo vino de olvido.
¡Naturaleza! Por el ruido de tu mar preferí el rugir de las pasiones; por la paz de tu llanura y la ondulación de tus montañas, las tortuosas inquietudes y las alturas de la farsa humana.
Troqué el canto de sus aves por las palabras halagadoras y engañosas, y por la luz de tu sol, losfuegos fatuos del siglo, que me hicieron caminar como una sonámbula errante.
¡Perdón, madre de mi juventud! Ahora, que llego a echarme en tu tierra, cansada de luchar, con los ojos ciegos por el llanto; ahora, que mi alma es un pájaro herido y sin alas vengo a implorarte que me recojas en tu seno.
Ven, muerte luminosa. Con santa piedad cierra mis párpados quemantes;sella mi boca
para que cese de imprecar; purifícala, como a Isaías el leño encendido; calma la fatiga de mi cuerpo, y con tu bálsamo de nieve alivia el dolor de mis pies mutilados.
Ven, muerte, y dame el supremo abrazo que hace majestuosa a la criatura miserable.
Ven, muerte, a libertar mi cuerpo de su yugo espiritual.
Quiero volver a la tierra, confundirme con el polvo, fecundar sus entrañas con mi sangre, y sentir sobre mi piel su noble caricia perfumada.
Quiero que penetre en mis huesos el agua de losríos, para que a ellos lleguen a refrescarse los gusanos.
He de ser la hierba humilde que embellece los campos, y la piedra donde reposa su cabeza el exhausto peregrino.
He de ser manantial donde vaya a apagar la sed el rebaño y donde se miren las nubes blancas, que van de prisa.
Mis brazos se levantarán, como gajos florecidos a bendecir el azul; mis piernas serán dos sólidas columnas que servirán de apoyo a las flores trepadoras; y mi cabeza, todavía gloriosa de pensamiento, se erguirá en forma de laurel que brinde ilusión y dulzura a las almas solitarias.
¡Ven, muerte! Ansío sentir en las llagas del pecado la santidad de la tierra que me cubra. Que mis ojos cansados de mirar horrores se diluyan en lágrimas eternas.
¡Ven, muerte, acúname en tus huesudos brazos; dadme el beso del olvido!
Es con ellos que se siente fuerte, y es a ellos a quienes se entrega sin recelos, blandamente, como un devoto a su Dios.
Muertos míos ; sublimes amados. Viviré entre vosotros; seré un dormido caprichoso sin sueño de hielo, pero con su glacial reposo.
Seré la madrecita de todos, que llegue cargados los brazos de flores, de esas flores que vosotros no podéis coger con vuestros rígidos dedos.
Seré la novia casta que os dé toda la intensidad de su virgen dolor entre lápidas y piedras.
Seré vuestro día, vuestro sol, vuestra noche de luna. ¡Oh, muertos míos! Nadie vendrá a disputarme este privilegio ; los vivos tienen tanto por qué olvidaros en su lucha por los honores.
Ellos no saben que en vuestro país se halla la clave del enigma.
¡Muertos míos, muertos míos! Las ondas de mi mar interior se llenan, preñadas de dulzuras a1 borde de vuestros lechos.
Soy buena, soy buena. ¡Benditos vosotros, que habéis hecho que yo me encontrara!
Bendito tú que me has purificado con tu muerte.
Buscando la luz llegué hasta las tinieblas y allí la encontré; la encontró entre húmedas
tumbas y sarcófagos, entre maderas podridas y agujereados plomos.
Me guió en el camino un grimillón de hormigas que en ordenada fila hacían sus paseos subterráneos, cargadas de hojitas y pétalos, que caen como migajas de un festín de recuerdo a los pies de los muertos.
Allí encontró la luz, la verdad y el amor.
El cielo se hace más frágil en el país de los dormidos;tiene tonalidades nacaradas que se ofrecen con humilde suavidad a las fosas, y en el sol hay menos deseo de irradiación, más pulcritud en su oro que en los campos, donde vuelve brillante, como llamas avivadas por el viento, a las espigas maduras.
He escuchado la conversación de los que se fueron, que es un murmullo caricioso; y tengo envidia. ¡Hay tanta belleza en la sencillez y el frío!
Cada muerto es un bloque de nieve inmaculada que esparce su blanca serenidad como una hostia excelsa de perdón y olvido.
Cada muerto es una bondad honda, inmutable.
Cada muerto es un ejemplo de muda abnegación.
Allí, entre los muertos, encuentro mi espíritu, y es con ellos que lo comparten sus graves ternuras.

Teresa nació al comienzo del verano austral americano y se suicidó una Nochebuena, en Europa. Valle Inclán (también amigo muerto y maestro, pero de teatro) le dedicó estas bellas palabras:

“¿De qué mundo remoto nos llega esta voz extraña cargada de siglos y juventud? Tiene la clara diafanidad del canto en las altas cimas, y no sabemos si es cerca o lejos de nosotros cuando suena en el maravilloso silencio. Y extraña como la voz es esta frágil y blonda druidesa que apenas posa sobre la tierra y tiene al andar el ritmo del vuelo. Baja de la montaña sagrada, es toda hecha de nieve y de sol de la cumbre. Arrastra el prestigio esotérico de algún antiguo culto al viento y al mar, a la tierra y al fuego.

   Estos poemas, como versículos de un libro sagrado, hacen sonar la cadena de los siglos, y tienen la misteriosa resonancia de las voces elementales. Pasa sobre ellos el soplo profético: El barro recuerda la hora en que salió del caos, y el espíritu la Divina Cáligo. Con el dolor de la caída se junta el anhelo por volver a la luz. Maravillosa virtud la de esta voz que golpea la puerta de bronce del templo de Isis: Los ecos milenarios se despiertan, y las sombras antiguas acuden al conjuro, pasan guiadas por la música de las palabras que se abren como círculos mágicos en un aire nocturno.

   Tiene esta voz una gracia alejandrina, en ella se junta como en el antro de un viejo alquimista, los verdes venenos de sierpes y plantas, las piedras cristalinas donde están grabados los signos salomónicos, y las esferas de bronce que marcan el camino de los astros paralelo al camino de las vidas. Maravillosa voz alejandrina que renueva el temblor de las visiones apocalípticas, y la mística calentura del fakir que deslíe su conciencia en el Gran Todo.”

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4 responses to “22 MAESTROS (3)

  • Román

    Conmovedor, profundo, extraño y sorprendente tu juicio y cómo lo escribes. Nos dejas ver un mundo maravilloso, insólito y fascinante a través de tu alma. Es un privilegio y un goce muy hondo leerte y poder seguir sorprendiendose de cuántas cosas preciosas alberga tu alma bella. Gracias por esos mundos nuevos, querida Rebeca.

  • rebecatabales

    Siempre gracias!

  • luis palacios

    Gracias por la foto, la he utilizado en mi blog.

  • rebecatabales

    A ti.

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