22 MAESTROS (7)

POETAS NIÑOS

Antonio Gamoneda

(España, 1931)

El carro. Incruentos como Don Quijote, numantinamente resistentes, pacíficamente revolucionarios, queridos escritores cervantinos todos: “hay que luchar contra los molinos de viento”.

El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido,
y no acepté otro valor que la imposibilidad.
Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el mar,
escuché la rendición de mis huesos depositándose en el descanso;
escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al ingresar en lo que quedaba de mí;
escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu,
y no pude resistir la perfección del silencio.
No creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí:
han venido otra vez como líquenes inevitables.
La fermentación del verano se introduce en mi corazón y mis manos se deslizan cansadas en la lentitud.
Vienen rostros sin proyectar sombra ni hacer crujir la sencillez del aire;
sin osamenta ni tránsito, como si consistieran únicamente en el contenido de mis ojos, en la unidad de mis palabras, en el espesor de mis oídos.
Son obedientes y yo siento su reunión como una salud que se refugia en la oscuridad.
Es una amistad dentro de mí mismo;
es un estambre urdido por manos que son suaves en el interior de los días.
Ahora es verano y me proveo de alquitranes y espinas y lápices iniciados,
y las sentencias suben hacia las cánulas de mis oídos.
He salido de la habitación obstinada.
Puedo hallar leche en frutos abandonados y escuchar llanto en un hospital vacío.
La prosperidad de mi lengua se revela en cuanto fue olvidado durante mucho tiempo y sin embargo visitado por las aguas.
Éste es un año de cansancio. Verdaderamente es un año muy viejo.
Éste es el año de la necesidad.
Durante quinientas semanas he estado ausente de mis designios,
depositado en nódulos y silencioso hasta la maldición.
Mientras tanto la tortura ha pactado con las palabras.
Ahora un rostro sonríe y su sonrisa se deposita sobre mis labios,
y la advertencia de su música explica todas las pérdidas y me acompaña.
Habla de mí como una vibración de pájaros que hubiesen desaparecido y retornasen;
habla de mí con labios que todavía responden a la dulzura de unos párpados.

El carro es el séptimo de los arcanos mayores del Tarot. Se ha emprendido el camino nuevo, después de la encrucijada de Los enamorados. Lo marcado por El carro representa el compromiso absoluto con un plan en que tiene más importancia el valor y la fuerza de la decisión misma que la estrategia.

La naturaleza de los cuerpos es fingir la existencia y este conocimiento es el fin de un espíritu rodeado por ávidas gallinas en los preámbulos.
Lee en las láminas de vidrio: los argumentos del placer y los capítulos de la destrucción atravesados por una sola mirada. ¿Quién habla en esta transparencia?
Sólo es legible el libro de lo incierto.
El afilador que posee en sus cánulas una sola nota, clara como una serpiente, creadora de la niñez en un espacio de hombres vigilados, no es más feliz que su propia música destinada al invierno.
Así es el rostro de tu madre.
Nuestra pasión es trivial: una enseñanza atribuida a pájaros sobre la nieve, a los volúmenes cuya visión es la forma más perfecta de la tristeza.
Y la convicción crece únicamente en el paladar de hombres aptos para la administración de la muerte, hombres cuyas azumbres están llenas de líquidos más decisivos que el dolor.
Mas, los incrédulos, desposeídos de conducta, ¿qué iglesia luce en nuestros gemidos?
Hay indicios en narraciones impecables: el vendedor de higos chumbos cuya pobreza está bajo la luz y sonreía cerca del cuchillo y la limpieza de su acto era una lámpara increíble, una prueba exquisita de la inexistencia coronada de gritos en la celebración del mercado.
O, en los jardines del verano, el muro quieto en la imposibilidad, externo a un espesor de líneas invisibles, un espesor dotado de melancolía.
O, más aún, en tu chaqueta abandonada y entreabierta, es decir, en una forma que describe tu desaparición.
Esta perplejidad es la conciencia. El miedo ejerce de pastor, pero no sabes más de ti que un animal absorto sobre el agua.

El carro en mi baraja de maestros es Antonio Gamoneda, miembro de la Generación del 38, poetas que escribieron incansablemente durante nuestra correosa mitad de siglo XX y que en su caso, aun sigue haciéndolo. Que yo sepa hace diez años hasta respondía a cartas de jóvenes poetas y comentaba sus intentos con atención y templado afecto.

El olvido es mi patria vigilada y aún tuve un país más grande y desconocido.
He retornado entre un silencio de párpados a aquellos bosques en que fui perseguido por presentimientos y proposiciones de hombres enfermos.
Es aquí donde el miedo ve la fuerza de tu rostro: tu realidad en la desaparición
(que se extendía como la lluvia en el fondo de la noche; más lenta que la tristeza, más húmeda que labios sobre mi cuerpo).
Eran los grandes días de la traición.
Me alimentaba la fosforescencia. Tú creaste la mentira entre las piernas de mi madre; no existía el dolor y tú creaste la compasión.
Tú volvías a las hortensias.
Y sollozaste bajo la lente de los comisarios.
Y vi la luz de la inutilidad.
Mi boca es fría en las plegarias. Este relato incomprensible es lo que queda de nosotros. La traición prospera en corazones inviolables.
Profundidad de la mentira: todos mis actos en el espejo de la muerte. Y los carbones resplandecen sobre la piel de héroes aún despiertos en el umbral de la imbecilidad.
Y ese alarido entre cristales, esas heridas que no son visibles más que en el instante del amor…
¿Qué hora es ésta, qué yerba crece en nuestra juventud?

Esta forma de magisterio se parece a la zona de su poesía que a mí me impresionó a los veinte años. Su verso va hacia una intuición, un color o un sonido, una idea; con palabras que se aproximan intenta rodearla, como algo invisible que se va palpando, como una costa que se navega para ir haciendo un mapa, cuando no puede ir más lejos con la percepción construye una escala de lenguaje, cada peldaño se apoya en el anterior para llegar un poco más allá, un poco más hondo, hasta encontrar la mínima distancia posible entre la palabra y lo nombrado. Es un niño detrás de un insecto, acerca sus manos, el insecto vuela, va un poco más allá, el insecto se esconde y reaparece, viene y va, a veces parece reírse.


Siento el crepúsculo en mis manos. Llega a través del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado ni ser feliz ni recordar.
Sólo quiero sentir esta luz en mis manos
y desconocer todos los rostros y que las canciones dejen de pesar en mi corazón
y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta que se han ido.
Hay
grietas y sombras en paredes blancas y pronto habrá más grietas y más sombras y finalmente no habrá paredes blancas.
Es la vejez. Fluye en mis venas como agua atravesada por gemidos. Van
a cesar todas las preguntas. Un sol tardío pesa en mis manos inmóviles y a mi quietud vienen a la vez suavemente, como una sola sustancia, el pensamiento y su desaparición.
Es la agonía y la serenidad.
Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo. En cualquier caso, ya
la única sabiduría es el olvido.

Mis poetas niños darán paso a mis poetas narradores (a partir del arcano XV, el diablo). Los primeros están en una búsqueda. En el sentimiento detrás de las imágenes que construyen hay siempre cierta ceguera, cierto vértigo, porque lo que cuentan todavía no lo entienden del todo y en cierto modo los ciega. Sus palabras están desconectadas de sus ojos, su oficio es buscar esa conexión, aún no saben lo que ven, o no saben como decirlo, su poesía es una constante adivinanza, pero la pregunta viene de dentro, de lo que ellos sienten al observar el mundo y no del mundo mismo, por eso son poetas y no filósofos. Aquí está Antonio, y además comparte otra característica con el resto de mis maestros niños que enseñan como buscar a la vez que buscan; su vocación y su sensibilidad nació en la infancia.

Yo estaré en tu pensamiento, no seré más que una sombra imprecisa;
habré existido en un instante en que la alegría y la piedad ardían en tus ojos.
Pero también quiero permanecer desconocido en ti.
Desconocido. Simplemente envuelto en tu felicidad.
Tú distraída en tu luz y yo apenas viviente en ella, y así, imperceptiblemente amado, esperar la desaparición.
Aunque quizá estamos ya separados por un hilo de sombra y cada uno está en su propia luz
y la mía es la que tú vas abandonando.

En el caso de este poeta en concreto, creo que vale la pena leer su biografía completa, recorre de un modo muy lineal y sin estridencias nuestra historia, es un ejemplo de fidelidad y resistencia, de escritura como trinchera interior, como forma indestructible de libertad íntima, y además está ese primer momento precioso, que casi puedo imaginar con la misma luz que creo ver en sus poemas, esa luz blanca y pobre de invierno detrás de una ventana de provincias en 1936, con su madre sentada junto a él, en que aprende a leer en el único libro de poemas que escribió su padre.

https://farogamoneda.wordpress.com/2016/03/19/noticia-biografica-de-antonio-gamoneda-lobon/

https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Gamoneda

Estoy desnudo ante el agua inmóvil. He dejado mi ropa en el silencio de las últimas ramas.
Esto era el destino:
llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua.

Sus poemas los descubrí en una inmensa antología: Esta luz. Poesía reunida (1947–2004). [Epílogo de Miguel Casado, “El curso de la edad”] Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, en su reimpresión de 2005.

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