22 MAESTROS (8)

POETAS NIÑOS

Gonzalo Rojas

Chile, 1917 – 2011

La fuerza. Pero somos precoces, eso sí que somos, muy precoces, más que Rimbaud a nuestra edad; ¿más?, ¿todavía más que ese hijo de madre que lo perdió todo en la apuesta? Viniera y nos viera así todos sucios, estallados en nuestro átomo mísero, viejos de inmundicia y gloria. Un puntapié nos diera en el hocico.

1. La Cerrazón
Amé a una muchacha de vidrio
transparente y bestial este verano, adoré su nariz,
su largo pelo negro hizo estragos
en mi concupiscencia, era, ¿cómo decirlo? Olfato
y piel, toda ella era olfato y piel, la envolvía
una especie de aura histérica en cuanto
era por lo menos dos, la que sollozaba
y la que hablaba sola con los ángeles, el juego
a todas luces era perturbador, llegaba
de la calle con esa hermosura indiscutible de las de 30
que casi lo han vivido todo, del parto
al frenesí, se echaba desnuda
ahí en esa cama las ventanas abiertas
al mar, lo que más le gustaba era el mar.
El caso concreto era la impiedad de su corazón, decía
que el Mundo le importaba una flauta,
y de veras le importaba escasamente una flauta, el epicentro
de su rotación y su traslación era el fornicio, un fornicio
más bien mental. Me decía por ejemplo: -Ahora
voy a volar, y volaba del catre al techo
unos diez metros o algo así como quien nada en el aire
de espaldas, estilo mariposa.
Para decirlo de una vez me consta que volaba
pero sin salir de ella, es decir, saliendo y no saliendo,
todo se hizo difícil, amaba a otro
y yo andaba en la edad de los patriarcas
intacta sin embargo la erección
aunque lisa y llanamente amaba a otro,
por lo menos decía que amaba a otro en el sur. D’accord,
el perdedor es el abismo.
Cada uno ama a su venenosa como puede, yo amé a mi venenosa,
imposible sacarla de mi seso
hasta no sé cuando, viéndola de lejos
hoy viernes pienso en sus pies
hasta dónde llegarán, la línea de su vida es corta
y eso está escrito en el I Ching. Por último
no es que la cerrazón haya entrado en mí, yo entré en la cerrazón.
De los acorralados es el Reino.
2. Martes Trece
A ver qué me gusta de ti? La risa riente
de tu boca y -una vez desnuda- los sobacos
fuera claro de la nariz cuyos cartílagos
datan del Renacimiento, ah y el pelo,
ese negro tuyo pelo que es mi adoración,
que te tapa de norte a sur la espalda
y el fulgor de la morenía, mi
perversión y mi adoración.
Ahí van las cosas entre los dos: imposibles. Hoy
cumples 36, se te ve flaca
pero yo no más conozco por dentro la embarcación, yo y otros.
Pero no hablemos de los náufragos.
Nada entonces de sobrevida. No hay sobrevida,
para qué sirve la sobrevida. Lo terminal
es lo único que está en juego:
la mariposa es terminal, Picasso
es terminal,
Picasso que inventó la mariposa
cuando entró en Jacqueline encima
de los setenta, eso es terminal
y cosa de meses
desde el portento amniótico. ¡Picasso
y su baile! Si es que le dura,
si es que le dura más que la pintura.
Dices que te vas. Bueno, te vas,
hoy mismo en ese avión al sur te vas
tan ligera como viniste. Olvida
este verano. Total fuiste parte
de mi resurrección. Por último
no quedé tieso ahí en ese matadero
del quirófano. Todo
fue tan flexible. Usted
fue feliz. Yo fui feliz. El adiós sangriento fue feliz.
3. Fascinación
No con semen de eyacular sino con semen de escribir
le digo a la paloma: -ábrete, paloma, y
se abre; -recíbeme,
y me recibe, erecto
y pertinaz; ahí mismo volamos
inacabables hasta más allá del Génesis
setenta veces siete, y así
vaciado el sentido: -“Vuestra soy
gime con gemido en su éxtasis, para vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?”. Ciego
de su olor, beso entonces un aroma
que no olí en mujer: -“Guárdame
-irrumpo arterial- esta leche de dragón
hasta la Resurrección en la tersura
de tu figura de piel, clítoris
y más clítoris en el frenesí
de la Especie. No haya mortaja
entre nosotros”.
A lo que la posesa: -“Ay, cuerpo,
quien fuera eternamente cuerpo, tacto
de ti, liturgia
y lascivia de ti y el beso
corriera como huracán y yo fuera el beso
de mujer para aullarte
loba de mí, Río
Turbio abajo hasta la Antártica, loca
como soy, zumbido del Principio”.
De histeria y polvo, amor,
fuimos hechos, uno lee
ocioso en maya, en sánscrito las estrellas: ¡uno!
¿de qué escribe uno? –”Dínoslo
de una vez Teresa de Ávila, Virginia
Woolf, Emily mía
Brontë de un páramo
a otro, Frida mutilada
que andas volando por ahí, ¿de qué
escribe uno?”

La fuerza de mi Tarot es Gonzalo Rojas, porque es el poeta de la pasión y no solo en un sentido sexual, sino en el de aceptar el dolor y la lucha constante como parte de la celebración de estar vivo. Sus versos dibujan una tensión constante y hasta un forcejeo en el significado. La palabra es ella misma o su sinónimo o su antónimo, dentro de una misma frase, y a  veces dentro de sí.

Todavía recuerdo mi clase de Retórica.
Ceremonia del Juicio Final. Un gran silencio
hasta que el Profesor irrumpía: “Sentaos”.
“Os traigo carne fresca”. Y vaciaba un paquete
de algo blando y viscoso
envuelto en diarios viejos como un pescado crudo,
sobre la mesa en que él oficiaba su misa.
“Capítulo Primero”. “El estilo del hombre
corresponde a un defecto de su lengua”. Y mostraba
una lengua comida por moscas de ataúd
para ilustrar su tesis con la luz del ejemplo.
“Mirad: la lengua inglesa no es la lengua española”
“Aquí tengo la lengua de Cervantes. Su forma
de espada no coincide
con el hueco del paladar”. El Profesor hablaba
de condiciones, rasgos, influencias,
metáforas, estrofas. Y cada afirmación
era probada por la Crítica.
Ahora bien, los puntos de vista de la Crítica
-pobres cuencas vacías-
eran toda esa carne palpitante
saqueada a los distintos cementerios:
lenguas, dientes, narices, pulmones, vientres, manos
que un día fueron órganos de los grandes autores,
hoy tumores malignos servidos en bandejas
por profesores-asnos a discípulos-asnos
adentro de una sala-alcantarilla.
Donceles y doncellas extasiados
copiaban en “papeles” todas las proporciones
de una obra maestra: las leyes de la lírica.
la épica y dramática, causas y consecuencias,
la decadencia, el desarrollo
de las literaturas.
Ante tal entusiasmo,
el olor de los restos de los grandes autores
se mezclaba al olor de esos bellos difuntos
sentados en la silla de su propio excremento,
y una sola corriente de inmundicia era el aire,
mientras la admiración llegaba al desenfreno
cuando ese Profesor: “Si aprendéis -nos decía-
los requisitos de la creación,
seréis fieros rivales de Goethe, y superiores”.
Y cerraba su clase.
Guardaba todos los despojos nauseabundos
en su paquete, y con la frente en alto,
coronado en laurel por su buen éxito
nos volvía la espalda como un Dios del Olimpo
que regresa a su concha.
Todavía recuerdo mi clase de Retórica
en que la vida y la belleza
eran un plato de carne podrida.
Yo tuve que cortarme la lengua en la raíz
para librarme de la lepra.

En cuanto al arcano mayor del Tarot llamado Fuerza, y representado por lo general con la imagen de una mujer dominando a un león furioso, hay un desacuerdo en la comunidad esotérica. En la baraja del Tarot egipcio, el de Marsella, el Visconti-Sforza y todos los de tradición antigua, el arcano mayor número VIII es la justicia, y la fuerza es el XI. En los años 70 Rider y White crearon su propia baraja que supuso una revolución, por su hallazgo de láminas expresivas y colores que daban de forma intuitiva el significado de la carta en un primer golpe de vista, y se convirtió rápidamente en una de las barajas más usadas por los legos. En los años 70, el budismo, el taoísmo, la meditación y otros conceptos de espiritualidad oriental se estaban infiltrando en nuestra cultura; uno de estos nuevos conceptos era el karma.

No escribas diez poemas a la vez parece decirme la lectora, escribe cuatro: uno
a mis ojos, otro
a mis axilas de perra, otro al Dios
que hay en mí en lo sagrado
de los meses, y si te queda tiempo no escribas
el último, ponte en mi caso, estoy
tan triste, llena de hombre,
con tanta vibración de hombre en el espinazo, y adentro
tanto otro fulgor que duerme en mí, a tan
sangrientos días del parto.

La idea de que los sistemas simbólicos imitan una evolución kármica del universo desde una creación hasta un apocalipsis o bien una culminación, estaba adaptándose a la interpretación del zodiaco y de otras series esotéricas de tradición pérsica y occidental. Rider y White consideraron más importante la coherencia kármica dentro del Tarot que la fidelidad al sistema antiguo, e intercambiaron los lugares de los arcanos VIII (justicia) y XI (fuerza), entendiendo que la justicia, como representación de un equilibrio de valores, era consecuencia de una resolución (arcano 7, el carro) y una lucha (arcano 8, la fuerza) y debía venir después de estos, por tanto tener un lugar posterior en la serie.

Mujeres de 50 a 60 hablando en un rincón de austeridad
frenéticas contra el falo, ¡a las horas!,
cuando ya se ha ardido mucho y se ha tostado
el encanto, hirondelas, y lo frustrado
se ha vuelto arruga. Trampa,
no todo será lujuria pero qué portento
es la lujuria con su olor a
lujuria, con su fulgor
a mujer y hombre nadando
en la inmensidad de esos dos metros
crujientes con
sábanas, o sin, en un solo beso
que es pura imantación mientras afuera la Tierra dicen que gira
y ellos ahí libres. Gloriosos
y gozosos, embellecidos por los excesos. Que hablen
lo que quieran de gravedad menesterosa
esas pudibundas. Ay, cuerpo, quién
fuera eternamente cuerpo.

Pocas veces coincide la red de afectos que aprieta a un autor contra nuestra memoria, con las que imponen las clasificaciones literarias. Sin embargo a Gonzalo Rojas y Gamoneda, ambos de grandeza reconocida, ambos de la generación del 38 y escribientes en lengua hispana, aunque de aquí y de allá, los leí a la vez, tuve fe en lo que me estaban mostrando, los elegí en la misma época de mi vida y de algún modo siempre que pienso en ellos lo hago como en poetas gemelos, no iguales, sino complementarios. Antonio busca lo que le anuncian sus ojos por dentro, Gonzalo desea lo que palpa el centro de sus tripas.

Ningunos niños matarán ningunos pájaros, ningunos errores
errarán, ningunos cocodrilos
cocodrilearán a no ser que el juego
sea otro y Matta, Roberto
Matta que lo inventó, busque en el aire a
su hijito muerto por si lo halla a unos tres metros
del suelo elevándose:
yéndose de esta gravedad.
Ningunas nubes nublarán ningunas estrellas, ningunas
lluvias lloverán cuchillos, paciencias
ningunas de mujeres pacienciarán
en vano, con tal
que llegue esa carta piensa Hilda y el sello
diga Santiago, con tal que esa carta
sea de Santiago, y
el que la firme sea Alejandro y
diga: Aparecí. Firmado: Alejandro
Rodríguez; siempre y cuando
se aclare todo y ningunas
muertes sean muertes, ningunas
Cármenes sean sino Cármenes, alondras en
vuelo hacia sus Alejandros, mi Dios, y
los únicos ningunos de este juego cruel sean ellos, ¡ellos
por los que escribo esto con mi
sintaxis de niño contra el maleficio: los
mutilados, los
desaparecidos!

Su poesía amorosa es más concreta, más hambrienta que la de Neruda, a mí como poeta erótico me gusta más. No mezcla deseo y amor, su deseo es de la piel, de la corteza de la propia palabra, quiere apoderarse de la amante contando su piel, su orgasmo, su objeto de deseo es el deseo mismo y no la mujer que desea, y el deseo lo es todo más allá del sexo, es deseo cuando habla de escribir, del vacío, de alimento, de muertos.

La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la palabra placer
cayendo del destello de tu nuca, fluyendo
blanquísima por lo vertiginoso oloroso de
tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas
de cuyo arco pende el Mundo, cómo lo
músico vino a ser marmóreo en la
esplendidez de tus piernas si antes hubo
dos piernas amorosas así considerando
claro el encantamiento de los tobillos que son
goznes que son aire que son
partícipes de los pies de Isadora
Duncan la que bailó en la playa abierta para Serguei
Iesénin, cómo
eras eso y más para mí, la
danza, la contradanza, el gozo
de olerte ahí tendida recostada en tu ámbar contra
el espejo súbito de la Especie cuando te vi
de golpe, ¡con lo lascivo
de mis dedos te vi!, la
arruga errónea, por decirlo, trizada en
lo simultáneo de la serpiente palpándote
áspera del otro lado otra
pero tú misma en la inmediatez de la sábana, anfibia
ahora, vieja
vejez de los párpados abajo, pescado
sin océano ni
nada que nadar, contradicción
siamesa de la figura
de las hermosas desde el
paraíso, sin
nariz entonces rectilínea ni pétalo
por rostro, pordioseros los pezones, más
y más pedregosas las rodillas, las costillas:
-¿Y el parto, Amor,
el tisú epitelial del parto?
De él somos, del
mísero dos partido
en dos somos, del
báratro, corrupción
y lozanía y
clítoris y éxtasis, ángeles
y muslos convulsos: todavía
anda suelto todo, ¿qué
nos iban a enfriar por eso los tigres
desbocados de anoche? Placer
y más placer. Olfato, lo
primero el olfato de la hermosura, alta
y esbelta rosa de sangre a cuya vertiente vine, no
importa el aceite de la locura:
-Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma.

Su narrador es un amante, pero no solo un amante cuando ama, cuando hay objeto para ese amor, es amante también en el vacío y sin objeto, y por momentos nada en esa ausencia de objetivo, en ese universo inhumano y en esos entonces escribe sobre un motivo de motivos, sobre Dios, tal vez.

Tan bien que estaba entrando en la escritura de mi Dios
esta mano, el telar secreto, y yo dejándola
ir, dejándola
sin más que urdiera el punto del ritmo, que tocara y tocara
el cielo en su música como cuando las nubes huyen solas
en su impulso abierto arriba, de, un sur
a otro, porque todo es sur en el mundo, las estrellas
que no vemos y las que vemos, fascinación
y cerrazón, dalia y más dalia
de tinta.
Tan bien que iba el ejercicio para que durara, los huesecillos
móviles, tensa
la tensión, segura
la partitura de la videncia como cuando uno
nace y está todo ahí, de encantamiento
en encantamiento, recién armado
el juego, y es cosa
de correr para verla y olfatearla
fresca a la eternidad en esos metros
de seda y alambre, nuestra pobrecilla
niñez que somos y seremos; hebra
de granizo blanco en los vidrios, Lebu abajo
por el Golfo y la ululación, parco en lo parco
hasta que abra limpio el día.
Tan bien todo que iba, los remos
de la exactitud, el silencio con
su gaviota velocísima, lo simultáneo
de desnacer y de nacer en la maravilla
de la aproximación a la ninguna costa
que soy, cuando cortándose
cortóse la mano en su transparencia de cinco
virtudes áureas, cortóse en ella
el trato de arteria y luz, el ala
cortóse en el vuelo, algún acorde que no sé
de este oficio, algún adónde
de este cuándo.

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