22 MAESTROS (9)

POETAS NIÑOS

José Viñals

Argentina, 1930 – España, 2009

El ermitaño. A nuestra nada escupiremos bajo los ojos del director de escena, tú con vestido blanco, yo con escapulario tardío, tu y yo distintos en una misma soledad. Ya se sabe, escupiendo, vale decir, llorando.

Y tú, Michaux, que no te considerabas un imbécil, ¿qué haces ahora entre las testas coronadas? Te repudio con la más exquisita ternura. Yo no sabía que tus poderes inferiores fueran tantos.
Recuerdo (recordamos) a tu querida Banjo, tu Banjebita, y el pequeño milagro que pedías para ella y para ti. Y el hato de holgazanes a quien se lo pedías, Henri de terciopelo, Henri de alma infinita.
Y recuerdo los vértigos de la lectura y, más aún, el vértigo punzante de las comprobaciones. No recuerdo a tus Bélgicas obtusas, en el vórtice oculto de tu oculto país de cauto y dulce invierno.
Recuerdo, no recuerdo, tu rostro iluminado de las fotografías, y las señales negras de tus grabados y acuarelas. No recuerdo, recuerdo, “esa ciudad con nombre de cuchillo”, la Quito andina de las iniciaciones.
No recuerdo tu voz ni el velo suave de tu voz, ni tus maneras sin escándalo. Te recuerdo, fragante, en el bosque sagrado de los libros.
Los mejores poetas tienen dos dimensiones, acaso tres, en el más alto de los casos. ¿Qué hacías tú con tus cuatro, y con la quinta que era tus visiones del tiempo? ¿Qué haces tú con tu puñal envenenado, con la droga en las venas?
A esas horas despiertas de Bangkok o Bruselas, o a las horas finales de París, ¿en qué desnivelado meridiano estaba el perro hambriento de tu viejo reloj de manecillas imantadas? ¿Dónde tu brújula engañosa?
He llamado a tu puerta y nadie acude. Un pájaro sin sombra custodia la débil claraboya. El llamador ha sido robado por los coleccionistas de tesoros. A la escalera de madera le faltan seis peldaños. Un gato merodea, pero ése no es tu gato.
Recuerdo, no recuerdo. Los dientes de la lepra se han comido las cartas que no nos escribimos. El silencio ha hecho el resto. Banjo tiene nefritis, u otra cosa cualquiera de esas enfermedades que acaban en la muerte, como la enfermedad de la memoria, que padezco en tu nombre o en mi maldita raza.

El ermitaño es la carta del recogimiento, la meditación, la persistencia y la misantropía. El ermitaño de esta baraja de poetas es José Viñals, que fue durante muchos años uno de los miembros de mi triunvirato de maestros vivos, junto con Antonio Gamoneda y Gonzalo Rojas, hasta el curso difícil de 2009 a 2011 en que los perdí a él y a Rojas, a J. G. Ballard y a mi abuela Inés, aunque una compensación más que justa de los dioses me trajo a mi hija. Es el ermitaño porque su vocación era constante y total, religiosa, aunque no había dios en su universo poético. Solo hablaba de poesía, incluso cuando hablaba de cosas cotidianas. Su capacidad de concentración era increíble, escribía con sus hijos saltándole por encima, escribía huyendo de Argentina a los treinta o cuarenta años.

Lentas las piedras
y más lentos los pájaros.
Comienza el mundo
a detenerse.
El sencillo
argumento
de la vida:
libando
ha muerto
el colibrí.
Son estorbo
las vísceras.
Es estorbo
la orina.
Y la sangre.
Y el alma.

El cerebro, entre los trece y los veintiuno, es neurológicamente problemático y distinto de otras edades. Químicamente distinto. Los adolescentes no están rabiosos por su voluntad. Esto no los hace más llevaderos a ellos, pero puede hacernos más indulgentes a nosotros, con los que conocemos o con los que fuimos. Yo a esa edad leí Transmutaciones de José Viñals y su efecto en mí fue tan poderoso y tejido por una reacción cerebral y bestialmente tan distinta a todo lo anterior, por la edad y por la poesía, que no la recuerdo. Conseguí su correo, no recuerdo cómo, su dirección incluía su nick, padreoscuro, promesa de una vocación de maestrazgo y de inmoralidad poética, escribí un correo electrónico que después el definió como “muy bello y muy absurdo”, pero no recuerdo qué puse en él.

Tu correo es muy bello y muy absurdo. Yo notaba la mezcla de vanidad halagada y de condescendencia, pero en la juventud uno está drogado por ese cóctel químico del cerebro, uno se atreve a saltar por encima de su orgullo, de su cansancio, de su miedo; no por valor, todavía no es valor, es osadía, negligencia, ignorancia del peligro. Comprendí que mi mensaje había sido torpe, pero alguna intuición fundamental, más acá o más allá de la experiencia, me permitió disculparme a mí misma como lo hacía el maestro, o como lo hago ahora sobre mí en el pasado, en favor del talento que se ponía en juego, de la posibilidad de saber más, de aprender más. Un adolescente que quiere ser escritor es como un niño pequeño, solo con un báculo, ante un rebaño de vacas que cree sagradas. No se da cuenta de lo pequeño que es. No se da cuenta de lo grande que es.

Entendí que la casa de José en Jaén era una cueva bohemia. No una escuela, ni un salón, una cueva de ermitaño, y que estaba abierta a creadores todos los días. Se bebía vino, se hacía una lasaña, y si había más poetas en casa, o pasaban de visita uno de sus cuatro hijos, los pedazos se cortaban más finos. Recientemente había estado León Torres, el pintor, su paisano de infancia de Corralito, y su benjamín, fotógrafo, y Andrés Neuman.

En el vaso de agua salobre. En el bisel ahogado del gran espejo de la sala. En los partes de guerra. En el florón oxidado de hierro de la puerta del zoo. En la proa del barco inmóvil en terso silencio de la bahía. En el arcano mineral de tus ojos durísimos. En el cielo. En la tela de organza color malva de tu traje de fiesta. En el baile. En la orquesta de vientos. En el hueco de mi mano. En la navaja de templado acero de Solingen. En tus pechos. En los versos del viejo poema, “entre las ropas de Tecla muerta hace treinta años”. En el anillo de bodas. En el borde del río de la infancia. En la perdiz. En el ojo de la perdiz. En el ojo rojo de la perdiz. En la primavera. En la eclosión del vegetal temprano. En el grano de anís. En la fuente de plata del banquete. En las manijas niqueladas del ataúd. En la pausa del tigre. En los partes de guerra. En-los-partes-de-guerra.
La muerte inexorable. La dulce muerte de las letanías.

El deseo de comunicarme con mis maestros ha sido siempre la primera y fuerte necesidad después de leer algo que me ha cambiado, pero como los autores que leía entonces, tiempos de formación, estaban en su mayoría bajo tierra, me había desahogado con mi poemario inédito: Tragos con los amigos muertos. Cuando supe que José estaba vivo y que podía escribirle y esperar una invitación, o más bien inventármela, me quedé como atontada, primero, después me entró la prisa. Una noche estaba dando vueltas por Malasaña, Huertas, Chueca, iba a ver a unos amigos, a otros, bebía más de lo normal, no quería irme a dormir y eso en mí es raro, nunca he sido de esos a los que se les pasa el tren de las dos, y luego el de las cuatro, y vuelven a casa al amanecer, pero a las seis de la mañana bajaba con la luna entre las casitas de la calle Algodonales del barrio de Tetuán. Llené una maleta a puñados, cogí un tren y me planté en la cueva de Jaén.

José y Martha resultaron ser ancianos sabios y maravillosos, casi en los dos significados posibles de “maravilloso”. Sobrevivían al verano de Jaén en su casa fresca, él escribía versos, ella tejía tapices. El telar de ella era la habitación alquímica, con estantes abarrotados de botes de cristal llenos de lana de todos los colores, entre los que la penumbra hacía brillos. El despacho de él era la sala del trono, el escritorio en el centro, rodeado de libros. Una cortina blanca de tejido traslúcido hacia que la luz no se difundiese en rayos, sino como una esfera, como un sol. Me asignaron un cuartito, me advirtieron que madrugaban y echaban la siesta y que no podían acompañarme a ver la ciudad porque ya eran mayores y no podían con las caminatas y el calor, me informaron de que la cena era a las diez, cuando por la terraza entraba el fresco, y que después de la lasaña, que esta vez sería para tres, y el vino, yo tenía que leerles en voz alta mis poemas y me juzgarían severamente.

En el nombre de raza jubilosa de la cebra (hembra y macho); en el nombre de torpe movimiento del elefante (macho y hembra); en el nombre soberano del tigre, dulce de la gacela, mortal de muerte negra de la cobra; en nombre de la fauna de la selva de ignoto instinto e ignorado destino.
En nombre de la estrella polar y de los círculos ártico y antártico; en nombre del lucero del alba y las constelaciones pitagóricas, serenas y acordadas; en el nombre de las mareas, del tifón gris, del maremoto terrible, de la luna, del cachorrillo de oso de los hielos.
En el nombre de la bellota negra, la cebolla contrita, los fundamentos del ajo y el aceite; en el nombre rizado del perejil; en nombre del maíz de espiga promisoria; en nombre de las varias dulzuras del ancho repertorio orquestal de los frutos de las cuatro estaciones; en nombre de los frutos extraños, el aguacate, la chirimoya, el mamey, la papaya y el mango, y otras carnes melífluas de los trópicos, así como de los almibarados y admirables, jugosos y salvajes frutos ecuatoriales.
En nombre de los vientos sagrados de bellísimo nombre: el aquilón, el bóreas, el austro, el cierzo, el siroco, el pampero, la brisa que soplaba en las lecturas de Paolo y Francesca, la que ondulaba las cortinas del cielo de Buda y la Gioconda.
En nombre de las aves de ornato, aves de ex-libris, ceremoniales,de atrevido diseño, el pavo real, la cigüeña, la garza, la lechuza, el pelícano, la cacatúa, el loro, el papagayo, el halcón y hasta inclusive el cisne de las mitologías.
En nombre de las partes pudendas, el pene enhiesto, la vagina fragante, los testículos en su zurrón de cuero deleznable, y aún la geografía de la erogenia y sus osados huecos y promontorios. En nombre de la cópula sagrada y de la suave lengua y sus designios sorpresivos.
En nombre del nacimiento, la muerte y la resurrección de los lobeznos humanos, y de los dioses de perfil podrido.
En nombre de las guerras, pestes y otros desastres naturales o del laboratorio de la muerte sin nombre.
En Tu nombre.
En tu nombre, Mujer de sílabas silentes. Hembra, Mujer, Esposa, Hermana putativa e incestuosa, Madre de los secretos de mi sangre y de la sangre de mi sangre, Cómplice de ignominia y dolor, y Camarada del desvelo y hembra de carne y hueso de mis urgentes escozores.
En Tu nombre, como creyente de Tu nombre sin tretas, Novia perfecta, inacabable, me pongo de rodillas.

Me aconsejaron, se rieron un poco de mí. Me dijeron que mi aspecto les recordaba al de las judías argentinas, y que tuviera cuidado, porque eran mujeres muy bellas pero de mayores se les ponían los tobillos gordos. Noté que tenían alguna broma privada con esto. Su charla era absolutamente generosa, rompían la distancia de la edad y del tiempo. Yo no era una desconocida por ser desconocida, por tener otra edad y vivir en otro sitio, había traspasado el círculo mágico, había entrado en su casa, y sin más mediación tenía derecho a cantar tangos borracha y a tener defectos.

Estaban espléndidos en su edad, parecía que habían nacido para tenerla, con sus ojos grandes y oscuros, brillantes, de pestañas equinas, su dificultad para moverse, sus manías, sus voces graves, la calva de él y el moño de ella, alto y hecho de un pelo de hada negro, casi azul. Se habían enamorado con catorce y dieciocho años, se habían dado como regalo de bodas un baúl lleno de libros, habían tenido cuatro hijos, habían tenido que huir de su país, habían tenido que empezar de cero su biblioteca. Creo que tendría que incluir a Martha en este maestrazgo, y es justo, porque no solo fue José un modelo de poeta para mí, ellos dos juntos eran un todo, cerraban el círculo del amor, y después, durante años, cuando alguien frente a mí despotricaba del amor y desafiaba a los presentes a citar una sola pareja que al cabo de los años y los sacrificios fuese feliz, yo siempre pensaba en ellos.

Tenía el niño las rodillas duras, huesudas sus piernas con vello prematuro. Miraba el campo, las perdices. Buscaba un zorro,un jaguar, tal vez un lobo o quizás un leopardo de otras inexpugnables zoologías. Hallaba una culebra, una vizcacha escurridiza, alguna comadreja del color alarmado de la caoba derretida. Sólo el cielo diurno y nocturno, las prodigiosas nubes, el dibujo secreto de las constelaciones, imantaban sus sueños; y alguna vez los charcos, tras el escándalo desmesurado de la tormenta de verano; los charcos, espejos peligrosos del abismo. Montaba su infinito caballo, su caballo infinito, su caballo,su emblema, su sangre transfundida, su corazón robusto y reventón, su tambor, su redoble, su ansiedad, su estampida,sus furias incipientes, su signo genital, su música. Su música. El embrión de la música, el rito, lo sagrado. Lo sagrado sin dioses, lo sagrado sin templos, el cielo inapelable, las distancias.Las distancias, las leguas, la circularidad del horizonte, la repentina flor violeta del cardo, el clamor de la estrella, la hipnosis de la estrella, el fulgor, el vacío, la estatura del padre,columna de la noche, lámpara oscura fría, mudo gigante de las perturbaciones, indicio de la muerte. Del padre, de la muerte. Del vaciamiento de los ojos, del límite y la sombra, de lo secreto, de lo inexorable, del golpe contra el suelo, de la caída breve y dura, dura como rodilla, como hueso que se quiebra, como visión de lo invisible, como súbito hallazgo invalorable, el grumo acre, el sabor hechicero de los corpúsculos de muerte,el himno sin orillas, el encuentro imposible y la tropilla de caballos con uno que fulgura, la flor sonámbula y su corola viscosa sin errores, el cuchillo mellado, las pepas de durazno, la osamenta del toro, el techo de cien metros desarraigado por el huracán, su brillo abstracto en el centeno, las repentinas turbulencias del sexo. El sexo, la rosa urgida de pétalos negros, su delicada antropofagia, la luz abrupta del conocimiento, el labio del poema. El poema, he allí el poema, el absurdo exultante, el mortal resplandor de la belleza, el pavor, la boca desdentada del enigma, el caníbal del ojo, los delicados dulces inicios del amor, las primicias, la barba, las enumeraciones. Vaivén, zig-zag, idas y vueltas, ritornellos, los ratones de piel anaranjada enloquecidos por los relámpagos, la prueba de cianuro, las pin-zas del ciempiés, el rito funerario, el escandido de los versos largos, la síncopa, el secreto. El secreto por fin, la sed intraducible, la miseria, las guerras, la fila enmugrecida de los huérfanos, el cura pederasta, la saliva, la desolada saliva seca de las masturbaciones, los campos de la estrella, la muerte en un abrir y cerrar de ojos, los cerdos hocicando en el lodo podrido, la mariposa negra, la sarna de la oveja, y los amarillentos gusanos gordos en la gangrena de la cruz del caballo, la vida. La vida que no se extingue aún, que organiza la huestes de la lepra y el cáncer, el cochinillo al horno, la pasión de los frutos.Los frutos, el silencio. Amor, a tus orillas se desvanece el brío de la tarde, y el caballo musita con la terrible dignidad del jardín; pía el pájaro demente, sucia la garganta de risas alfabéticas, posiblemente tristes. Amor, mustia la estrella, brilla tu escasa luz de terciopelo incandescente, la luminaria de tu alma que se enciende y apaga, que parpadea, que no cesa, que no nos deja dormir, que no con-siente las declinaciones, que abrirá finalmente las ventanas del día. Y tu caballo tendrá peso y sombra, para el cauto apretón de tus rodillas, para tu espuela de plata gris, inexistente.

Leí muy mal los pocos poemas que llevaba. José me regañó, me dijo que escribía poco, que leía mal, pero eso no era grave, lo grave es que no escribía lo suficiente. Hablamos de otros escritores, algunos de ellos supuestamente buenos, a los que yo despreciaba, él me dijo unas bellas palabras, tal vez más bellas incluso que las que me habían dado las llaves de la cueva: “tu correo es muy bello y muy absurdo”, y fueron, “¿Y si has venido menos a escribir que a descubrir impostores? ¿Qué era tu padre, tu abuelo?” “Policías.”, dije, con vergüenza, porque sabía de su pasado, de su trauma con la autoridad, “Tres generaciones de policías.”, y para mi alivio miró el lado luminoso de aquello, el lado poético y dijo: “Ah, claro, eres un vigilante. No una escritora obrera, una escritora vigilante.” Recordé Oh tu qui servas, el himno de los vigías de Módena en el siglo XI.

Ese fin de semana reparó una parte de mi infancia. Mis padres no pudieron estar en algunos lugares donde los necesitaba, en algunos lugares dentro de mí, quiero decir, y me siento agradecida con los dioses, sean cuales sean, porque no han parado de enviarme otros padres que les ayudasen. Pensé en cuánto habían sufrido, en su vida errante, en como se daban la mano, fuerte, como a punto de morir cada día y así era, así es, para todos, y toda esa mierda que habían tenido que ver y que les había caído encima no se había convertido en resentimiento, en violencia, sino en tapices y en poemas. Eso si, poemas crudos, difíciles, secos, alucinados y rencorosos, pero reyes de la belleza de ese mundo de salvación del mundo.

Tus dos pechos, como dos cabritos mellizos de gama, que son apacentados entre azucenas.
(Cantar de los cantares)
Se abre el aire y da paso al aroma. En los labios del día hay una mueca de delicia. Los furtivos caminan cabizbajos con sus flacos lebreles. En la montaña el gato montés y la garduña están ambos en celo y lanzan sus urgentes maullidos. Te bañas en el río y tus dos pechos brillan como peces de escamas rubias y tornasoladas.Te miro, mejor decir te observo y se me enturbia el pensamiento,mujer amada y deleitosa, maternal y luciente. En el agua se mece y se dilata y gira la redondez rotunda de tu culo. Y tu risa es de breva que ha rajado el verano y respetado el pico de los pájaros. A deidad de los sexos te comparo, a fruto terrenal, a estatuilla de barro sin cocer de Maillol te comparo. Como dos cabritos mellizos de gama, como magnolias lentas, así tus pechos de pico de paloma, así tus dos panales obedientes, así tu ser y tu opulencia, sacerdotisa de las mieses, diosa de los retablos. Que mis ojos te absorban, que te incrustes como una gema en la palabra, que quepas en la hondura de mi pecho, que abras los manantiales de la idea, que me talles el alma con el cincel de tu correspondencia con la vida. Desde la gloria de tu piel y tu planta, hazme que cante en ti y contigo, ahora que se inclina, como una rama del granado cargada de dulzuras, la hora breve y cuajada de la tarde, en donde, como música inmóvil, con suavidades palpo la luz de tu silencio.

Pensé que nunca se agradece lo suficiente a los poetas, a los creadores que deciden hacer eso; reciclar, ver la mierda del mundo y reciclarla, convertirla en otra cosa. Hay quien dice que eso no es un trabajo, y el mismo José estaba de acuerdo con eso, cortaba así la discusión. “Me carga que me vengan con eso de que un escritor trabaja mucho. Un escritor no trabaja nada, escribe. ¿Por qué tenemos que validarnos ante el mundo diciendo que trabajamos, por qué evitamos parecer inútiles, parecer parias?, si no les gusta que se jodan.” Pues eso, los que no creen en la pasión y el reciclaje, que se jodan. También dijo y escribió reflexiones que me gustan mucho y me han enseñado mucho, como ésta:

“Se dice: la poesía es un género literario. Pues no, la poesía es una actividad artística que poco y nada tiene que ver con la literatura excepto porque emplea los mismos materiales aunque con muy distintos alcances y sentidos […] La poesía es una actividad del espíritu, y esto nada tiene que ver con religión o mística o metafísica algunas. Digo espíritu en un sentido absolutamente laico e inclusive materialista entendiendo al espíritu como totalidad energética que concentra todas las energías humanas: corporales, fisiológicas, genitales, mentales, psicológicas, genéticas, gregarias, individuales, sociales, etc. O sea espíritu como quintaesencia y no como entelequia.”

José murió abrazado a Martha, en una siesta.

Damasco o albaricoque; durazno o melocotón; frutilla o fresa; arveja o guisante. Mi lengua y mi lengua. Acabo de ver un alcaucil, o sea una alcachofa. Pero a ti, amigo mío, te lloro muerto o muerto.

In Memoriam

http://elpais.com/diario/2009/11/30/necrologicas/1259535601_850215.html

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s