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22 MAESTROS (8)

POETAS NIÑOS

Gonzalo Rojas

Chile, 1917 – 2011

La fuerza. Pero somos precoces, eso sí que somos, muy precoces, más que Rimbaud a nuestra edad; ¿más?, ¿todavía más que ese hijo de madre que lo perdió todo en la apuesta? Viniera y nos viera así todos sucios, estallados en nuestro átomo mísero, viejos de inmundicia y gloria. Un puntapié nos diera en el hocico.

1. La Cerrazón
Amé a una muchacha de vidrio
transparente y bestial este verano, adoré su nariz,
su largo pelo negro hizo estragos
en mi concupiscencia, era, ¿cómo decirlo? Olfato
y piel, toda ella era olfato y piel, la envolvía
una especie de aura histérica en cuanto
era por lo menos dos, la que sollozaba
y la que hablaba sola con los ángeles, el juego
a todas luces era perturbador, llegaba
de la calle con esa hermosura indiscutible de las de 30
que casi lo han vivido todo, del parto
al frenesí, se echaba desnuda
ahí en esa cama las ventanas abiertas
al mar, lo que más le gustaba era el mar.
El caso concreto era la impiedad de su corazón, decía
que el Mundo le importaba una flauta,
y de veras le importaba escasamente una flauta, el epicentro
de su rotación y su traslación era el fornicio, un fornicio
más bien mental. Me decía por ejemplo: -Ahora
voy a volar, y volaba del catre al techo
unos diez metros o algo así como quien nada en el aire
de espaldas, estilo mariposa.
Para decirlo de una vez me consta que volaba
pero sin salir de ella, es decir, saliendo y no saliendo,
todo se hizo difícil, amaba a otro
y yo andaba en la edad de los patriarcas
intacta sin embargo la erección
aunque lisa y llanamente amaba a otro,
por lo menos decía que amaba a otro en el sur. D’accord,
el perdedor es el abismo.
Cada uno ama a su venenosa como puede, yo amé a mi venenosa,
imposible sacarla de mi seso
hasta no sé cuando, viéndola de lejos
hoy viernes pienso en sus pies
hasta dónde llegarán, la línea de su vida es corta
y eso está escrito en el I Ching. Por último
no es que la cerrazón haya entrado en mí, yo entré en la cerrazón.
De los acorralados es el Reino.
2. Martes Trece
A ver qué me gusta de ti? La risa riente
de tu boca y -una vez desnuda- los sobacos
fuera claro de la nariz cuyos cartílagos
datan del Renacimiento, ah y el pelo,
ese negro tuyo pelo que es mi adoración,
que te tapa de norte a sur la espalda
y el fulgor de la morenía, mi
perversión y mi adoración.
Ahí van las cosas entre los dos: imposibles. Hoy
cumples 36, se te ve flaca
pero yo no más conozco por dentro la embarcación, yo y otros.
Pero no hablemos de los náufragos.
Nada entonces de sobrevida. No hay sobrevida,
para qué sirve la sobrevida. Lo terminal
es lo único que está en juego:
la mariposa es terminal, Picasso
es terminal,
Picasso que inventó la mariposa
cuando entró en Jacqueline encima
de los setenta, eso es terminal
y cosa de meses
desde el portento amniótico. ¡Picasso
y su baile! Si es que le dura,
si es que le dura más que la pintura.
Dices que te vas. Bueno, te vas,
hoy mismo en ese avión al sur te vas
tan ligera como viniste. Olvida
este verano. Total fuiste parte
de mi resurrección. Por último
no quedé tieso ahí en ese matadero
del quirófano. Todo
fue tan flexible. Usted
fue feliz. Yo fui feliz. El adiós sangriento fue feliz.
3. Fascinación
No con semen de eyacular sino con semen de escribir
le digo a la paloma: -ábrete, paloma, y
se abre; -recíbeme,
y me recibe, erecto
y pertinaz; ahí mismo volamos
inacabables hasta más allá del Génesis
setenta veces siete, y así
vaciado el sentido: -“Vuestra soy
gime con gemido en su éxtasis, para vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?”. Ciego
de su olor, beso entonces un aroma
que no olí en mujer: -“Guárdame
-irrumpo arterial- esta leche de dragón
hasta la Resurrección en la tersura
de tu figura de piel, clítoris
y más clítoris en el frenesí
de la Especie. No haya mortaja
entre nosotros”.
A lo que la posesa: -“Ay, cuerpo,
quien fuera eternamente cuerpo, tacto
de ti, liturgia
y lascivia de ti y el beso
corriera como huracán y yo fuera el beso
de mujer para aullarte
loba de mí, Río
Turbio abajo hasta la Antártica, loca
como soy, zumbido del Principio”.
De histeria y polvo, amor,
fuimos hechos, uno lee
ocioso en maya, en sánscrito las estrellas: ¡uno!
¿de qué escribe uno? –”Dínoslo
de una vez Teresa de Ávila, Virginia
Woolf, Emily mía
Brontë de un páramo
a otro, Frida mutilada
que andas volando por ahí, ¿de qué
escribe uno?”

La fuerza de mi Tarot es Gonzalo Rojas, porque es el poeta de la pasión y no solo en un sentido sexual, sino en el de aceptar el dolor y la lucha constante como parte de la celebración de estar vivo. Sus versos dibujan una tensión constante y hasta un forcejeo en el significado. La palabra es ella misma o su sinónimo o su antónimo, dentro de una misma frase, y a  veces dentro de sí.

Todavía recuerdo mi clase de Retórica.
Ceremonia del Juicio Final. Un gran silencio
hasta que el Profesor irrumpía: “Sentaos”.
“Os traigo carne fresca”. Y vaciaba un paquete
de algo blando y viscoso
envuelto en diarios viejos como un pescado crudo,
sobre la mesa en que él oficiaba su misa.
“Capítulo Primero”. “El estilo del hombre
corresponde a un defecto de su lengua”. Y mostraba
una lengua comida por moscas de ataúd
para ilustrar su tesis con la luz del ejemplo.
“Mirad: la lengua inglesa no es la lengua española”
“Aquí tengo la lengua de Cervantes. Su forma
de espada no coincide
con el hueco del paladar”. El Profesor hablaba
de condiciones, rasgos, influencias,
metáforas, estrofas. Y cada afirmación
era probada por la Crítica.
Ahora bien, los puntos de vista de la Crítica
-pobres cuencas vacías-
eran toda esa carne palpitante
saqueada a los distintos cementerios:
lenguas, dientes, narices, pulmones, vientres, manos
que un día fueron órganos de los grandes autores,
hoy tumores malignos servidos en bandejas
por profesores-asnos a discípulos-asnos
adentro de una sala-alcantarilla.
Donceles y doncellas extasiados
copiaban en “papeles” todas las proporciones
de una obra maestra: las leyes de la lírica.
la épica y dramática, causas y consecuencias,
la decadencia, el desarrollo
de las literaturas.
Ante tal entusiasmo,
el olor de los restos de los grandes autores
se mezclaba al olor de esos bellos difuntos
sentados en la silla de su propio excremento,
y una sola corriente de inmundicia era el aire,
mientras la admiración llegaba al desenfreno
cuando ese Profesor: “Si aprendéis -nos decía-
los requisitos de la creación,
seréis fieros rivales de Goethe, y superiores”.
Y cerraba su clase.
Guardaba todos los despojos nauseabundos
en su paquete, y con la frente en alto,
coronado en laurel por su buen éxito
nos volvía la espalda como un Dios del Olimpo
que regresa a su concha.
Todavía recuerdo mi clase de Retórica
en que la vida y la belleza
eran un plato de carne podrida.
Yo tuve que cortarme la lengua en la raíz
para librarme de la lepra.

En cuanto al arcano mayor del Tarot llamado Fuerza, y representado por lo general con la imagen de una mujer dominando a un león furioso, hay un desacuerdo en la comunidad esotérica. En la baraja del Tarot egipcio, el de Marsella, el Visconti-Sforza y todos los de tradición antigua, el arcano mayor número VIII es la justicia, y la fuerza es el XI. En los años 70 Rider y White crearon su propia baraja que supuso una revolución, por su hallazgo de láminas expresivas y colores que daban de forma intuitiva el significado de la carta en un primer golpe de vista, y se convirtió rápidamente en una de las barajas más usadas por los legos. En los años 70, el budismo, el taoísmo, la meditación y otros conceptos de espiritualidad oriental se estaban infiltrando en nuestra cultura; uno de estos nuevos conceptos era el karma.

No escribas diez poemas a la vez parece decirme la lectora, escribe cuatro: uno
a mis ojos, otro
a mis axilas de perra, otro al Dios
que hay en mí en lo sagrado
de los meses, y si te queda tiempo no escribas
el último, ponte en mi caso, estoy
tan triste, llena de hombre,
con tanta vibración de hombre en el espinazo, y adentro
tanto otro fulgor que duerme en mí, a tan
sangrientos días del parto.

La idea de que los sistemas simbólicos imitan una evolución kármica del universo desde una creación hasta un apocalipsis o bien una culminación, estaba adaptándose a la interpretación del zodiaco y de otras series esotéricas de tradición pérsica y occidental. Rider y White consideraron más importante la coherencia kármica dentro del Tarot que la fidelidad al sistema antiguo, e intercambiaron los lugares de los arcanos VIII (justicia) y XI (fuerza), entendiendo que la justicia, como representación de un equilibrio de valores, era consecuencia de una resolución (arcano 7, el carro) y una lucha (arcano 8, la fuerza) y debía venir después de estos, por tanto tener un lugar posterior en la serie.

Mujeres de 50 a 60 hablando en un rincón de austeridad
frenéticas contra el falo, ¡a las horas!,
cuando ya se ha ardido mucho y se ha tostado
el encanto, hirondelas, y lo frustrado
se ha vuelto arruga. Trampa,
no todo será lujuria pero qué portento
es la lujuria con su olor a
lujuria, con su fulgor
a mujer y hombre nadando
en la inmensidad de esos dos metros
crujientes con
sábanas, o sin, en un solo beso
que es pura imantación mientras afuera la Tierra dicen que gira
y ellos ahí libres. Gloriosos
y gozosos, embellecidos por los excesos. Que hablen
lo que quieran de gravedad menesterosa
esas pudibundas. Ay, cuerpo, quién
fuera eternamente cuerpo.

Pocas veces coincide la red de afectos que aprieta a un autor contra nuestra memoria, con las que imponen las clasificaciones literarias. Sin embargo a Gonzalo Rojas y Gamoneda, ambos de grandeza reconocida, ambos de la generación del 38 y escribientes en lengua hispana, aunque de aquí y de allá, los leí a la vez, tuve fe en lo que me estaban mostrando, los elegí en la misma época de mi vida y de algún modo siempre que pienso en ellos lo hago como en poetas gemelos, no iguales, sino complementarios. Antonio busca lo que le anuncian sus ojos por dentro, Gonzalo desea lo que palpa el centro de sus tripas.

Ningunos niños matarán ningunos pájaros, ningunos errores
errarán, ningunos cocodrilos
cocodrilearán a no ser que el juego
sea otro y Matta, Roberto
Matta que lo inventó, busque en el aire a
su hijito muerto por si lo halla a unos tres metros
del suelo elevándose:
yéndose de esta gravedad.
Ningunas nubes nublarán ningunas estrellas, ningunas
lluvias lloverán cuchillos, paciencias
ningunas de mujeres pacienciarán
en vano, con tal
que llegue esa carta piensa Hilda y el sello
diga Santiago, con tal que esa carta
sea de Santiago, y
el que la firme sea Alejandro y
diga: Aparecí. Firmado: Alejandro
Rodríguez; siempre y cuando
se aclare todo y ningunas
muertes sean muertes, ningunas
Cármenes sean sino Cármenes, alondras en
vuelo hacia sus Alejandros, mi Dios, y
los únicos ningunos de este juego cruel sean ellos, ¡ellos
por los que escribo esto con mi
sintaxis de niño contra el maleficio: los
mutilados, los
desaparecidos!

Su poesía amorosa es más concreta, más hambrienta que la de Neruda, a mí como poeta erótico me gusta más. No mezcla deseo y amor, su deseo es de la piel, de la corteza de la propia palabra, quiere apoderarse de la amante contando su piel, su orgasmo, su objeto de deseo es el deseo mismo y no la mujer que desea, y el deseo lo es todo más allá del sexo, es deseo cuando habla de escribir, del vacío, de alimento, de muertos.

La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la palabra placer
cayendo del destello de tu nuca, fluyendo
blanquísima por lo vertiginoso oloroso de
tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas
de cuyo arco pende el Mundo, cómo lo
músico vino a ser marmóreo en la
esplendidez de tus piernas si antes hubo
dos piernas amorosas así considerando
claro el encantamiento de los tobillos que son
goznes que son aire que son
partícipes de los pies de Isadora
Duncan la que bailó en la playa abierta para Serguei
Iesénin, cómo
eras eso y más para mí, la
danza, la contradanza, el gozo
de olerte ahí tendida recostada en tu ámbar contra
el espejo súbito de la Especie cuando te vi
de golpe, ¡con lo lascivo
de mis dedos te vi!, la
arruga errónea, por decirlo, trizada en
lo simultáneo de la serpiente palpándote
áspera del otro lado otra
pero tú misma en la inmediatez de la sábana, anfibia
ahora, vieja
vejez de los párpados abajo, pescado
sin océano ni
nada que nadar, contradicción
siamesa de la figura
de las hermosas desde el
paraíso, sin
nariz entonces rectilínea ni pétalo
por rostro, pordioseros los pezones, más
y más pedregosas las rodillas, las costillas:
-¿Y el parto, Amor,
el tisú epitelial del parto?
De él somos, del
mísero dos partido
en dos somos, del
báratro, corrupción
y lozanía y
clítoris y éxtasis, ángeles
y muslos convulsos: todavía
anda suelto todo, ¿qué
nos iban a enfriar por eso los tigres
desbocados de anoche? Placer
y más placer. Olfato, lo
primero el olfato de la hermosura, alta
y esbelta rosa de sangre a cuya vertiente vine, no
importa el aceite de la locura:
-Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma.

Su narrador es un amante, pero no solo un amante cuando ama, cuando hay objeto para ese amor, es amante también en el vacío y sin objeto, y por momentos nada en esa ausencia de objetivo, en ese universo inhumano y en esos entonces escribe sobre un motivo de motivos, sobre Dios, tal vez.

Tan bien que estaba entrando en la escritura de mi Dios
esta mano, el telar secreto, y yo dejándola
ir, dejándola
sin más que urdiera el punto del ritmo, que tocara y tocara
el cielo en su música como cuando las nubes huyen solas
en su impulso abierto arriba, de, un sur
a otro, porque todo es sur en el mundo, las estrellas
que no vemos y las que vemos, fascinación
y cerrazón, dalia y más dalia
de tinta.
Tan bien que iba el ejercicio para que durara, los huesecillos
móviles, tensa
la tensión, segura
la partitura de la videncia como cuando uno
nace y está todo ahí, de encantamiento
en encantamiento, recién armado
el juego, y es cosa
de correr para verla y olfatearla
fresca a la eternidad en esos metros
de seda y alambre, nuestra pobrecilla
niñez que somos y seremos; hebra
de granizo blanco en los vidrios, Lebu abajo
por el Golfo y la ululación, parco en lo parco
hasta que abra limpio el día.
Tan bien todo que iba, los remos
de la exactitud, el silencio con
su gaviota velocísima, lo simultáneo
de desnacer y de nacer en la maravilla
de la aproximación a la ninguna costa
que soy, cuando cortándose
cortóse la mano en su transparencia de cinco
virtudes áureas, cortóse en ella
el trato de arteria y luz, el ala
cortóse en el vuelo, algún acorde que no sé
de este oficio, algún adónde
de este cuándo.


22 MAESTROS (7)

POETAS NIÑOS

Antonio Gamoneda

(España, 1931)

El carro. Incruentos como Don Quijote, numantinamente resistentes, pacíficamente revolucionarios, queridos escritores cervantinos todos: “hay que luchar contra los molinos de viento”.

El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido,
y no acepté otro valor que la imposibilidad.
Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el mar,
escuché la rendición de mis huesos depositándose en el descanso;
escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al ingresar en lo que quedaba de mí;
escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu,
y no pude resistir la perfección del silencio.
No creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí:
han venido otra vez como líquenes inevitables.
La fermentación del verano se introduce en mi corazón y mis manos se deslizan cansadas en la lentitud.
Vienen rostros sin proyectar sombra ni hacer crujir la sencillez del aire;
sin osamenta ni tránsito, como si consistieran únicamente en el contenido de mis ojos, en la unidad de mis palabras, en el espesor de mis oídos.
Son obedientes y yo siento su reunión como una salud que se refugia en la oscuridad.
Es una amistad dentro de mí mismo;
es un estambre urdido por manos que son suaves en el interior de los días.
Ahora es verano y me proveo de alquitranes y espinas y lápices iniciados,
y las sentencias suben hacia las cánulas de mis oídos.
He salido de la habitación obstinada.
Puedo hallar leche en frutos abandonados y escuchar llanto en un hospital vacío.
La prosperidad de mi lengua se revela en cuanto fue olvidado durante mucho tiempo y sin embargo visitado por las aguas.
Éste es un año de cansancio. Verdaderamente es un año muy viejo.
Éste es el año de la necesidad.
Durante quinientas semanas he estado ausente de mis designios,
depositado en nódulos y silencioso hasta la maldición.
Mientras tanto la tortura ha pactado con las palabras.
Ahora un rostro sonríe y su sonrisa se deposita sobre mis labios,
y la advertencia de su música explica todas las pérdidas y me acompaña.
Habla de mí como una vibración de pájaros que hubiesen desaparecido y retornasen;
habla de mí con labios que todavía responden a la dulzura de unos párpados.

El carro es el séptimo de los arcanos mayores del Tarot. Se ha emprendido el camino nuevo, después de la encrucijada de Los enamorados. Lo marcado por El carro representa el compromiso absoluto con un plan en que tiene más importancia el valor y la fuerza de la decisión misma que la estrategia.

La naturaleza de los cuerpos es fingir la existencia y este conocimiento es el fin de un espíritu rodeado por ávidas gallinas en los preámbulos.
Lee en las láminas de vidrio: los argumentos del placer y los capítulos de la destrucción atravesados por una sola mirada. ¿Quién habla en esta transparencia?
Sólo es legible el libro de lo incierto.
El afilador que posee en sus cánulas una sola nota, clara como una serpiente, creadora de la niñez en un espacio de hombres vigilados, no es más feliz que su propia música destinada al invierno.
Así es el rostro de tu madre.
Nuestra pasión es trivial: una enseñanza atribuida a pájaros sobre la nieve, a los volúmenes cuya visión es la forma más perfecta de la tristeza.
Y la convicción crece únicamente en el paladar de hombres aptos para la administración de la muerte, hombres cuyas azumbres están llenas de líquidos más decisivos que el dolor.
Mas, los incrédulos, desposeídos de conducta, ¿qué iglesia luce en nuestros gemidos?
Hay indicios en narraciones impecables: el vendedor de higos chumbos cuya pobreza está bajo la luz y sonreía cerca del cuchillo y la limpieza de su acto era una lámpara increíble, una prueba exquisita de la inexistencia coronada de gritos en la celebración del mercado.
O, en los jardines del verano, el muro quieto en la imposibilidad, externo a un espesor de líneas invisibles, un espesor dotado de melancolía.
O, más aún, en tu chaqueta abandonada y entreabierta, es decir, en una forma que describe tu desaparición.
Esta perplejidad es la conciencia. El miedo ejerce de pastor, pero no sabes más de ti que un animal absorto sobre el agua.

El carro en mi baraja de maestros es Antonio Gamoneda, miembro de la Generación del 38, poetas que escribieron incansablemente durante nuestra correosa mitad de siglo XX y que en su caso, aun sigue haciéndolo. Que yo sepa hace diez años hasta respondía a cartas de jóvenes poetas y comentaba sus intentos con atención y templado afecto.

El olvido es mi patria vigilada y aún tuve un país más grande y desconocido.
He retornado entre un silencio de párpados a aquellos bosques en que fui perseguido por presentimientos y proposiciones de hombres enfermos.
Es aquí donde el miedo ve la fuerza de tu rostro: tu realidad en la desaparición
(que se extendía como la lluvia en el fondo de la noche; más lenta que la tristeza, más húmeda que labios sobre mi cuerpo).
Eran los grandes días de la traición.
Me alimentaba la fosforescencia. Tú creaste la mentira entre las piernas de mi madre; no existía el dolor y tú creaste la compasión.
Tú volvías a las hortensias.
Y sollozaste bajo la lente de los comisarios.
Y vi la luz de la inutilidad.
Mi boca es fría en las plegarias. Este relato incomprensible es lo que queda de nosotros. La traición prospera en corazones inviolables.
Profundidad de la mentira: todos mis actos en el espejo de la muerte. Y los carbones resplandecen sobre la piel de héroes aún despiertos en el umbral de la imbecilidad.
Y ese alarido entre cristales, esas heridas que no son visibles más que en el instante del amor…
¿Qué hora es ésta, qué yerba crece en nuestra juventud?

Esta forma de magisterio se parece a la zona de su poesía que a mí me impresionó a los veinte años. Su verso va hacia una intuición, un color o un sonido, una idea; con palabras que se aproximan intenta rodearla, como algo invisible que se va palpando, como una costa que se navega para ir haciendo un mapa, cuando no puede ir más lejos con la percepción construye una escala de lenguaje, cada peldaño se apoya en el anterior para llegar un poco más allá, un poco más hondo, hasta encontrar la mínima distancia posible entre la palabra y lo nombrado. Es un niño detrás de un insecto, acerca sus manos, el insecto vuela, va un poco más allá, el insecto se esconde y reaparece, viene y va, a veces parece reírse.


Siento el crepúsculo en mis manos. Llega a través del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado ni ser feliz ni recordar.
Sólo quiero sentir esta luz en mis manos
y desconocer todos los rostros y que las canciones dejen de pesar en mi corazón
y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta que se han ido.
Hay
grietas y sombras en paredes blancas y pronto habrá más grietas y más sombras y finalmente no habrá paredes blancas.
Es la vejez. Fluye en mis venas como agua atravesada por gemidos. Van
a cesar todas las preguntas. Un sol tardío pesa en mis manos inmóviles y a mi quietud vienen a la vez suavemente, como una sola sustancia, el pensamiento y su desaparición.
Es la agonía y la serenidad.
Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo. En cualquier caso, ya
la única sabiduría es el olvido.

Mis poetas niños darán paso a mis poetas narradores (a partir del arcano XV, el diablo). Los primeros están en una búsqueda. En el sentimiento detrás de las imágenes que construyen hay siempre cierta ceguera, cierto vértigo, porque lo que cuentan todavía no lo entienden del todo y en cierto modo los ciega. Sus palabras están desconectadas de sus ojos, su oficio es buscar esa conexión, aún no saben lo que ven, o no saben como decirlo, su poesía es una constante adivinanza, pero la pregunta viene de dentro, de lo que ellos sienten al observar el mundo y no del mundo mismo, por eso son poetas y no filósofos. Aquí está Antonio, y además comparte otra característica con el resto de mis maestros niños que enseñan como buscar a la vez que buscan; su vocación y su sensibilidad nació en la infancia.

Yo estaré en tu pensamiento, no seré más que una sombra imprecisa;
habré existido en un instante en que la alegría y la piedad ardían en tus ojos.
Pero también quiero permanecer desconocido en ti.
Desconocido. Simplemente envuelto en tu felicidad.
Tú distraída en tu luz y yo apenas viviente en ella, y así, imperceptiblemente amado, esperar la desaparición.
Aunque quizá estamos ya separados por un hilo de sombra y cada uno está en su propia luz
y la mía es la que tú vas abandonando.

En el caso de este poeta en concreto, creo que vale la pena leer su biografía completa, recorre de un modo muy lineal y sin estridencias nuestra historia, es un ejemplo de fidelidad y resistencia, de escritura como trinchera interior, como forma indestructible de libertad íntima, y además está ese primer momento precioso, que casi puedo imaginar con la misma luz que creo ver en sus poemas, esa luz blanca y pobre de invierno detrás de una ventana de provincias en 1936, con su madre sentada junto a él, en que aprende a leer en el único libro de poemas que escribió su padre.

https://farogamoneda.wordpress.com/2016/03/19/noticia-biografica-de-antonio-gamoneda-lobon/

https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Gamoneda

Estoy desnudo ante el agua inmóvil. He dejado mi ropa en el silencio de las últimas ramas.
Esto era el destino:
llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua.

Sus poemas los descubrí en una inmensa antología: Esta luz. Poesía reunida (1947–2004). [Epílogo de Miguel Casado, “El curso de la edad”] Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, en su reimpresión de 2005.


22 MAESTROS (6)

POETAS NIÑOS

Pablo Neruda

Chile, 1904 – 1973

Los enamorados. Quién eres tú. Quién eres.

Pensando, enredando sombras en la profunda soledad.
Tú también estás lejos, ah más lejos que nadie.
Pensando, soltando pájaros, desvaneciendo imágenes,
enterrando lámparas.
Campanario de brumas, qué lejos, allá arriba!
Ahogando lamentos, moliendo esperanzas sombrías,
molinero taciturno,
se te viene de bruces la noche, lejos de la ciudad.
Tu presencia es ajena, extraña a mí como una cosa.
Pienso, camino largamente, mi vida antes de ti.
Mi vida antes de nadie, mi áspera vida.
El grito frente al mar, entre las piedras,
corriendo libre, loco, en el vaho del mar.
La furia triste, el grito, la soledad del mar.
Desbocado, violento, estirado hacia el cielo.
Tú, mujer, qué eras allí, qué raya, qué varilla
de ese abanico inmenso? Estabas lejos como ahora.
Incendio en el bosque! Arde en cruces azules.
Arde, arde, llamea, chispea en árboles de luz.
Se derrumba, crepita. Incendio. Incendio.
Y mi alma baila herida de virutas de fuego.
Quien llama? Qué silencio poblado de ecos?
Hora de la nostalgia, hora de la alegría, hora de la soledad,
hora mía entre todas!
Bocina en que el viento pasa cantando.
Tanta pasión de llanto anudada a mi cuerpo.
Sacudida de todas las raíces,
asalto de todas las olas!
Rodaba, alegre, triste, interminable, mi alma.
Pensando, enterrando lámparas en la profunda soledad.
Quién eres tú, quién eres?

La carta de los enamorados representa el hedonismo, la aventura sentimental, la variedad de amantes y en un sentido más amplio, de opciones en la vida. Simboliza el conflicto de los mortales por el cual la elección de un camino supone dejar de lado otros, por tanto significa la encrucijada y su resolución: el compromiso. Cada baraja del Tarot elige un mundo simbólico; las más centradas en lo cotidiano representan una pareja, quedándose con el primero de sus significados; las que buscan una exploración más profunda, o se atienen a la fórmula antigua, suelen ilustrar los enamorados como un personaje eligiendo o dudando entre dos amantes, lo que alude al segundo significado, más arcano, el de la decisión.

Soy el tigre.
Te acecho entre las hojas
anchas como lingotes
de mineral mojado.
El río blanco crece
bajo la niebla. Llegas.
Desnuda te sumerges.
Espero.
Entonces en un salto
de fuego, sangre, dientes,
de un zarpazo derribo
tu pecho, tus caderas.
Bebo tu sangre, rompo
tus miembros uno a uno.
Y me quedo velando
por años en la selva
tus huesos, tu ceniza,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil en la lluvia,
centinela implacable
de mi amor asesino.

Mis enamorados son Pablo Neruda, nacido Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, que va un paso más allá que San Juan de la Cruz en mi lista de maestros por el mismo motivo que el arcano 6, los enamorados, sigue al 5, el sacerdote. Éste simboliza la elección de un amor (el amor a Dios para las almas espirituales y el amor a un esposo para los prosaicos) en el momento mismo del enamoramiento, llevado por un impulso de entrega absoluta que supone un compromiso irreflexivo. Los enamorados encarnan el momento siguiente, cuando el amante se da cuenta de que había otras opciones, y que tal vez ha perdido algo mejor. Su mundo ya no es redondo, perfecto y sagrado, la tentación ha irrumpido en él, y si después de esta crisis se refuerza en su compromiso anterior, éste ya no será involuntario, forjado en el apego animal, sino plenamente humano y más alto.

Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.
Tengo miedo. Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha .de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella).
Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!
Se muere el universo de una calma agonía
sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la tierra es una fruta negra que el cielo muerde.
Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.

Siguiendo este camino simbólico, también puede ocurrir que el enamorado se quede fotografiado en el momento de la indecisión, que llegue incluso a concluir que elegir es malo, que hay que vivir en esa variedad e incertidumbre. Se produce entonces una inversión moral; la concupiscencia, la infidelidad, ya no deben ser reprimidas para llegar a la unidad, al contrario, se convierten en el objetivo, para el cual hay que reprimir la posesión de un solo objeto, al que se supone celamos y nos aferramos por miedo.

Sabrás que no te amo y que te amo
puesto que de dos modos es la vida,
la palabra es un ala del silencio,
el fuego tiene una mitad de frío.
Yo te amo para comenzar a amarte,
para recomenzar el infinito
y para no dejar de amarte nunca:
por eso no te amo todavía.
Te amo y no te amo como si tuviera
en mis manos las llaves de la dicha
y un incierto destino desdichado.
Mi amor tiene dos vidas para armarte.
Por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo cuando te amo.

Ahí se encuentra la poesía de Pablo, en la multiplicación de las mujeres, la forma de vivirlas, amarlas y contarlas (en número y en ficción), y en su poesía la mujer es la hembra primate y es la amante humana, la igual, la ficción perfecta, la belleza impersonal y asexual, el vacío y la madre, el ciudadano de Walt, el Dios de Juan, el Dios de Inés, el pájaro de Saint John Perse, el bárbaro de Arthur; es todo.

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,
espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,
qué oscura claridad se abre entre tus columnas?
Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?
Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,
con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:
amar es un combate de relámpagos
y dos cuerpos por una sola miel derrotados.
Beso a beso recorro tu pequeño infinito,
tus imágenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,
y el fuego genital transformado en delicia
corre por los delgados caminos de la sangre
hasta precipitarse como un clavel nocturno,
hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

No diré nada de la biografía de Pablo, que es accesible y cercana en el tiempo, por lo que no creo poder aportar gran cosa, sí voy a atreverme a dar una hipótesis que podría explicar la plenitud de su vida artística; por qué obtuvo todo lo que puede pedir un escritor, reconocimiento popular, prestigio literario, amigos y amantes reales.

Un escritor aspira a hacer dos cosas con su oficio: expresarse y comunicarse. Lo primero le permite desahogar pasiones que el mundo real bloquea, con un sistema de significados erróneo, insuficiente, o sencillamente con su corporeidad. Entonces el insatisfecho con ese mundo tiene que construir otro mundo con las palabras. Lo segundo le permite sentir que no está solo, y hacer sentir a otros que no están solos, sea esto verdad o no.

Para realizar la expresión de un mundo nuevo y dejar ese magisterio a los poetas que vendrán, hay que usar la ruptura, cierto desprecio por el mundo y lo anterior, cierto rencor contra los hombres, cierta ira. Tiene ventaja el despegado, el misántropo, el antipático, el iconoclasta, el raro. Para comunicarse, en cambio, es necesaria la empatía, el deseo de amparo, de afecto. Hay que glorificar la amistad, la hermandad. Hay que querer que otros entiendan y buscar formas sencillas que se lo haga fácil, hay que ser más vanidoso que orgulloso, preferir que otros te consideren bueno a considerarte bueno. Pablo es uno de esos raros ejemplares de genio que encuentran un equilibrio perfecto entre las dos cosas.

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

Su propio erotismo es un ejemplo de equilibrio entre opciones. Amó y se comprometió con varias mujeres, muy diversas, ninguna fue coronada como mujer de su vida, todas lo fueron en su momento. Cuando le preguntaban en quién estaban inspirados sus Veinte poemas de amor apelaba a las fantasmales Marisol y Marisombra. Tenía uno de esos corazones a los que les resulta muy natural comprender la humanidad como un todo, luchar por las injusticias, resistir presiones externas, abstractas, pero les cuesta afrontar los conflictos íntimos y las elecciones pequeñas. Esto pone algunos puntos negros en su biografía, como el abandono de una hija, algunos puntos luminosos, como la rebeldía primordial.


22 MAESTROS (5)

POETAS NIÑOS

San Juan de la Cruz

España, 1542-1591

El sacerdote. Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.

1. En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
2. A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
3. En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
4. Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
5. ¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!
6. En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
7. El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
8. Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

La carta del sacerdote en el Tarot representa las potencias espirituales del hombre: la fe, la humildad, la castidad. En algunas barajas lo ilustran con símbolos paganos de autoridad esotérica, como a un brujo o un druida, aunque algunos de los elementos figurativos de estos personajes pueden confundirse con los que definen al mago (arcano 1) o al ermitaño (arcano 9). En otras es una autoridad eclesiástica claramente cristiana, como en la famosa y antigua Visconti-Sforza, el Tarot milanés o la Raider-White. Su nombre también varía mucho; además de Sacerdote puede ser el Sumo Sacerdote, el Hierofante, incluso el Papa. En negativo representa también el doctrinarismo y la hipocresía.

Esposa:
¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
(Pregunta a las Criaturas)
¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!
(Respuesta de las Criaturas)
Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.
Esposa:
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.
Y todos cantos vagan,
de ti me van mil gracias refiriendo.
Y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.
Mas ¿cómo perseveras,
oh vida, no viviendo donde vives,
y haciendo, porque mueras,
las flechas que recibes,
de lo que del amado en ti concibes?
¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?
Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados,
formases de repente
los ojos deseados,
que tengo en mis entrañas dibujados!
¡Apártalos, amado,
que voy de vuelo!
Esposo:
Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma,
al aire de tu vuelo, y fresco toma.

Juan de Yepes Álvarez nació en Ávila en una familia de aldeanos empleados en la industria de telares. La mitad del siglo XVI en España era época de aguda crisis económica y agraria; su padre y uno de sus tres hermanos murieron de hambre, su madre, sus hermanos supervivientes y él erraron de un pueblo a otro hasta asentarse en Arévalo, pidieron ayuda a familiares ricos que no se la dieron, mendigaron, pasaron siempre hambre. Juan se quedó pequeñito y con las mejillas chupadas.

Empezó en la iglesia desde lo más bajo de la jerarquía, incluso puede decirse que conoció el subsuelo, usando esta palabra en el mismo sentido que Dostoievsky en su famoso título. Hizo de monaguillo, acompañó en los entierros, sirvió de enfermero en el llamado Hospital de bubas de Medina del Campo, para enfermos de gonorrea, sífilis y herpes. Era una ocupación común de la iglesia que de este modo mataba dos pájaros de un tiro: sus postulantes jóvenes ofrecían un servicio abnegado en circunstancias muy desagradables, con mayor sacrificio y por tanto con mayor ejercicio y prueba de su vocación y además, después de ver lo que veían allí, tenían más motivos para reprimir sus instintos naturales.

Esposa:
¡Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;
la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;
nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado!
A zaga de tu huella,
las jóvenes discurran al camino;
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.
En la interior bodega
de mi amado bebí, y cuando salía,
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía.
Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.
De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor florecidas,
y en un cabello mío entretejidas:
en sólo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste;
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.
Cuando tú me mirabas,
tu gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.
No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.
Deténte, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el amado entre las flores.
Esposo:
Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobres los dulces brazos del amado.
Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di al mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.
O vos, aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores,
por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro
que cesen vuestras iras
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más seguro.

Juan superó todas estas pruebas. A cambio, adquirió una familia ideal con más recursos que la biológica, aprendió a leer y pudo estudiar Artes, se ordenó, tuvo por fin un lugar en el mundo. Su orientación fue siempre contemplativa y eremítica, no tenía marcadas ambiciones mundanas, y aunque en las biografías muy orientadas a resaltar su faceta de santo se dice que su trabajo literario era marginal y supeditado a la búsqueda de Dios, y efectivamente así lo declaraba él, con toda su honesta convicción, para cualquiera que pueda conectar con su sensibilidad poética es obvio que ésta era regente de todo su carácter.

Si Juan hubiese nacido y crecido en otras circunstancias habría sido un amante, un romántico. Sus versos revelan una fuerte afectividad y un erotismo que podía aliviar en su sentido religioso, porque su intensidad psicológica y profundidad convertían esos impulsos sexuales en algo sagrado; el amor verdadero siempre lo hace. Como no fue un caballero, sino un fraile, dirigió ese impulso de búsqueda hacía lo sobrenatural, hacía lo alto y hasta imposible, con la palabra, como con sus pies emprendió el ascenso del monte Carmelo.

Esposa:
Oh ninfas de Judea,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.
Escóndete, carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.
Esposo:
La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado,
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.
En soledad vivía,
y en soledad he puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.
Esposa:
Gocémonos, amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.
Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.
Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:
el aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena
con llama que consume y no da pena;
que nadie lo miraba,
Aminada tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.

Esto es lo que en mi opinión lo caracteriza como poeta y lo diferencia de otros místicos: utiliza con más constancia y con más sencillez la pasión erótica y el matrimonio como símbolos de su unión con Dios. En sus poemas no suelta el hilo, no deja de recordarnos que está hablando del Señor y el alma, su amante que lo busca, sin embargo ese efecto conmovedor, esa impresión directa de descubrimiento carnal no puede venir solo de la comunicación con lo abstracto. Como dirigía cada uno de esos sentimientos a Dios, como los llamaba amor a Dios, creía que procedían de él.

Su genio no era intelectual, su imaginación daba cuerpo a todo impulso que sentía, y creía de corazón en la verdad de lo que expresaba, intentando darle un sentido cristiano, cuando en realidad era aún más amplio, más universal, mejor, desde mi visión laica actual. Él hubiese considerado peor, más pequeño, todo lo que desbordase su idea de Dios. Para un hombre de su época, su rústica crianza y su fantasía lírica no se puede esperar otra cosa, no tenía otros cauces para desahogar algo tan intenso.

Qué bien sé yo la fonte que mane y corre,
aunque es de noche.
1. Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
2. Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.
3. Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.
4. Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
5. Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
6. Sé ser tan caudalosos sus corrientes.
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.
7. El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.
8. El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.
9. Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
10. Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.
11. Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.

Creo que su amistad con Teresa de Jesús y su atracción por la causa teresiana procede en realidad de su afinidad en este sentido. Ambos buscaban una forma de vivir la fe que tuviera algo de orgánico, de natural, en el sentido de sencillo, eran personas más sensuales que formales, más inspirativas que organizadas, querían realizar este carácter en su destino de religiosos. Con sus mejores intenciones, emprendió con Teresa la reforma del Carmelo, que supuso la escisión de la Orden entre calzados y descalzos y la creación de congregaciones que no estaban aprobadas por las autoridades.

En aquel momento, las disensiones y fusiones entre órdenes religiosas y los acuerdos eclesiásticos venían a ser como las relaciones entre grandes empresas hoy día; influían en la política y las finanzas, eran asuntos importantes, tocaban a la seguridad personal y al destino de muchas personas, se podía acabar muerto o en la cárcel. A Juan le pasó lo que a muchos escritores que se meten en política creyendo que se trata de una batalla de ideas, y no.

LLAMA DE AMOR VIVA
Canciones del alma en la íntima comunicación,
de unión de amor de Dios. Del mismo autor.
1. ¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
2. ¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando. muerte en vida la has trocado.
3. ¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su Querido!
4. ¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!

En los efectos materiales de esta empresa Teresa de Jesús lideró, Juan aportó su enorme resistencia. Conoció ocho meses de encierro en una celda de Toledo del tamaño de un aseo de invitados, sufrió el frío, el hambre, la enfermedad, la traición de algunos de sus frailes, que se pasaron al enemigo, le negaron y vendieron información. Sus superiores le creyeron asociado a sus propios delatores y fue castigado. Nunca se recuperó de su época de presidio, y los últimos tres meses de vida los pasó con dolor y sin recibir cuidados, debido a la estricta lectura de las normas de pobreza de su prior, quizás también a rencores personales.

Dos mujeres fueron importantes en su vida y tal vez conoció con ellas alguna realización del amor físico para tan bien describir los goces del espíritu, aunque no nos es dado saberlo y no es imposible que viviera en una castidad literal. Lo que yo pienso es que de su relación con ellas se desprende la existencia, al menos, de deseos humanos. Una es Teresa de Jesús, inteligente sensible y revolucionaria de la iglesia de su tiempo, que le metió en un buen lío pero lo compensó comprendiendo su inteligencia y dándole al mundo una medida del valor de su obra, cosa para la que Juan no valía. Otra es la viuda segoviana Doña Ana de Mercado y Peñalosa, a quien le dedicó La llama de amor viva.

Dos buenas páginas sobre su biografía y su obra, desde una perspectiva más católica:

http://www.sanjuandelacruz.com/

De luces y tinieblas: La ‘noche oscura’ en Juan de la Cruz y T.S. Eliot


22 MAESTROS (4)

POETAS NIÑOS

Walt Whitman

Estados Unidos (1819-1892)

El emperador. Do I contradict myself? Very well, then I contradict myself (I am large, I contain multitudes).

¡Oh, capitán! ¡mi capitán! nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha sobrevivido a todos los escollos,
hemos ganado el premio que anhelábamos,
el puerto está cerca, oigo las campanas, el pueblo entero regocijado,
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
¡oh rojas gotas que caen,
allí donde mi capitán yace, frío y muerto!
¡Oh, capitán! ¡mi capitán! levántate y escucha las campanas, levántate. Por ti se ha izado la bandera, por ti vibra el clarín,
para ti ramilletes y guirnaldas con cintas,
para ti multitudes en las playas,
por ti clama la muchedumbre, a ti se vuelven los rostros ansiosos:
¡Ven, capitán! ¡Querido padre!
¡Que mi brazo pase por debajo de tu cabeza!
Debe ser un sueño que yazcas sobre el puente,
derribado, frío y muerto.
Mi capitán no contesta, sus labios están pálidos y no se mueven.
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad.
La nave, sana y salva ha anclado, su viaje ha concluido.
De vuelta de su espantoso viaje, la victoriosa nave entra en el puerto.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad campanas!
Mas yo, con tristes pasos, recorro el puente donde mi capitán yace, frío y muerto.

El arcano mayor del Tarot llamado Emperador simboliza las potencias solares masculinas: la autoridad, la fuerza y la paternidad. Se puede hablar de muchas de las características internas de la poesía de Walt Whitman, pero seguramente lo que mejor lo representa está fuera de la poesía misma. Es el poeta de un país.

Taort de María

Yo me celebro y yo me canto,
Y todo cuanto es mío también es tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.
Indolente y ocioso convido a mi alma,
Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.
Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,
Nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,
Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,
Y espero no cesar hasta mi muerte.
Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás;
me sirvieron, no las olvido;
Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,
Naturaleza sin freno con elemental energía.
Creo en ti, mi alma, el otro que soy no se rebajará ante ti,
Y tú no te rebajarás ante él.
Tiéndete en el pasto conmigo, desembaraza tu garganta,
No son palabras, ni música, ni versos lo que preciso, ni hábitos, ni
discursos ni aun los mejores,
Sólo quiero el arrullo, el susurro de tu voz suave.
Recuerdo cómo nos acostamos una mañana transparente de estío,
Cómo apoyaste la cabeza sobre mis caderas y la volviste a mí dulcemente,
Y abriste mi camisa sobre el pecho y hundiste tu lengua hasta tocar mi corazón desnudo,
Y te estiraste hasta tocarme la barba, y luego hasta tocarme los pies.

Lo que verdaderamente aglutina a los habitantes de un territorio es su lengua materna. Cuando un grupo quiere alzarse en nación, ante todo necesita demostrar que tiene su propia lengua y literatura. Walt, desde la puerta al océano, desde Manhattan, cantaba a las tierras de Estados Unidos, a sus trabajadores, buscadores de oro, pescadores, aventureros y empresarios. Cantaba sobre todo a los habitantes de sus bosques y sus campos, a sus labradores y granjeros, con palabras sencillas que glorificasen la naturaleza que podían admirar cada día, que temían y que los sustentaba. Todos los países con masas campesinas han tenido grandes creadores y lectores de poesía, como Rusia o China.

Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo,
Turbulento, carnal, sensual, comiendo, bebiendo, engendrando,
Ni sentimental, ni sintiéndome superior a otros hombres y mujeres,
ni alejado de ellos,
No menos modesto que inmodesto.
¡Arrancad los cerrojos de las puertas!
¡Arrancad las puertas de los goznes!
El que degrada a otro me degrada,
Y todo lo que se dice o se hace vuelve a mí al fin.
A través de mí surge y surge la voluntad creadora, a través de mí, el
torrente y el índice.
Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la democracia,
¡Por Dios! No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás
en iguales condiciones.
Muchas voces largo tiempo calladas brotan de mí,
Voces de las interminables generaciones de prisioneros y de esclavos,
Voces de los enfermos y de los inconsolables, de los ladrones y de los enanos,
Voces de ciclos de preparación y de crecimiento,
De los hilos que unen a las estrellas, y de los vientres, y de la
simiente paterna,
Y del derecho de aquellos a quienes oprimen los otros,
De los deformes, triviales, simples, tontos y despreciados,
De neblina en el aire, de escarabajos arrastrando bolas de estiércol.
Brotan de mí voces prohibidas,
Voces del sexo y del apetito, voces veladas y yo aparto el velo,
Voces indecentes clarificadas y transfiguradas por mí.
Yo me cubro la boca con la mano,
Me conservo tan puro en las entrañas como en la cabeza y en el corazón,
La cópula no es para mí más vergonzosa que la muerte.

Estados Unidos envejeció en cien años pero, nacida ya en la modernidad, estos abarcaron virtualmente (luego, tecnológicamente) lo que para otros países habían sido siglos de historia; el paso de la invasión y la colonización a los asentamientos y el desarrollo, de la esclavitud a la igualdad teórica, de la guerra de liberación a la civil.

Cuando Walt era escritor y periodista, estaban muy cerca los esfuerzos de labranza y expansión, y él construye la música de su verso libre sobre la idea y la potencia emocional de una heroicidad histórica, la de haber construido una sola lengua, una sola ley, un solo romanticismo genuino, sobre la diversidad y el caos. Walt celebra esto, y consigue que otros americanos acudan a esa fiesta. Por eso fue tan querido y su tumba, como una casita de gnomos, estaba siempre llena de flores.

Creo en la carne y en los apetitos,
Ver, oír, tocar, son milagros, y cada parte de mí es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y santifico todo lo que toco y me toca,
El aroma de estas axilas es más fino que las plegarias,
Esta cabeza es más que las iglesias, las biblias y todos los credos.
Si algo hay que yo venero más que las otras cosas, ese algo es la
extensión de mi cuerpo y cada una de sus partes,
Traslúcida arcilla de mi cuerpo, ¡tú lo serás!
Sombreados bordes y bases, ¡vosotros lo seréis!
Firme reja viril, ¡tú lo serás!
Tú, mi rica sangre, tú líquido lechoso, pálido extracto de mi vida.
Pecho que oprimes otros pechos, ¡tú lo serás!
¡Cerebro serán tus circunvoluciones ocultas!
Raíz lavada del junco oloroso, becada medrosa, nido recatado de los
huevos gemelos, ¡vosotros lo seréis!
Heno mezclado y revuelto de la cabeza, barba, cejas, ¡vosotros lo seréis!
Savia que goteas del arce, fibra del noble trigo, ¡vosotros lo seréis!
Sol generoso, ¡tú lo serás!
Nubes que ilumináis y oscurecéis mi rostro, ¡vosotros lo seréis!
Sudorosos arroyos y rocíos, ¡vosotros lo seréis!
Vientos que me rozáis, frotando contra mí vuestros genitales,
¡vosotros lo seréis!
Amplios campos musculares, ramas de encina, amoroso holgazán de
mi sendero tortuoso ¡vosotros lo seréis!
Manos que he tomado, rostros que he besado, mortal a quien toqué
alguna vez, ¡vosotros lo seréis!

Hay otra heroicidad, similar a la del ciudadano al que cantaba Walt, en sí mismo: esta adopción de sus versos la hicieron un amplio grupo de ciudadanos a pesar de ser, muchos de ellos, semianalfabetos, a través de las lecturas de otros y de la fama de su figura y su imagen barbuda y sacramental, del mismo modo en que se adquiere una religión; a pesar de su fama de pervertido (homosexual) de sus versos declarados obscenos (sutilmente eróticos) de su forma pagana, sensual y errabunda de expresar el trascendentalismo, en un país de corazón puritano, ojos impresionables y padres filosóficos exigentes con la humanidad y su capacidad de reprimir el instinto como Emerson, como Pierce.

Velozmente se irguieron y me rodearon el conocimiento y la paz que
trascienden todas las discusiones de la tierra,
Y desde entonces sé que la mano de Dios ha sido prometida a la mía,
Y sé que el espíritu de Dios es hermano del mío,
Y que todos los hombres que han nacido son mis hermanos, y las
mujeres mis hermanas y mis amantes,
Y que el sostén de la creación es el amor,
Y que son innumerables las hojas rígidas o que se curvan en los campos,
Y las negras hormigas en las grietas bajo las hojas,
Y las mohosas costras del seto, las piedras hacinadas, el saúco, la
candelaria y la cizaña.
Soy el poeta del Cuerpo y soy el poeta del Alma,
Los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo,
Los primeros los injerto y los multiplico en mi ser, los últimos los
traduzco a un nuevo idioma.
Soy el poeta de la mujer no menos que el poeta del hombre,
Y digo que es tan grande ser mujer como ser hombre,
Y digo que nada es mayor que ser la madre de los hombres.
Entono el canto de la exaltación o de la soberbia,
Ya estamos hartos de plegarias y de zalanderías,
Muestro que el tamaño no es más que crecimiento.
¿Has dejado atrás a los otros? ¿Eres el presidente?
Es una bagatela, cada uno de los otros te alcanzará y seguirá adelante.
Soy el que camina con la tierra y creciente noche,
Llamo a la tierra y al mar que abraza la noche.
Abrázame, noche de senos desnudos, abrázame, noche magnética y fecunda,
Noche de los vientos del sur, noche de las estrellas grandes y escasas,
Noche serena que me llama, loca y desnuda noche de estío.
Sonríe, tierra voluptuosa de fresco aliento,
Tierra de los árboles dormidos y húmedos,
Tierra del sol que ya se ha ido, tierra de las montañas de cumbre nebulosa,
Tierra del cristalino fluir de la luna llena, apenas tocada de azul,
Tierra del brillo y de la sombra manchando la corriente del río,
Tierra del gris límpido de las nubes que resplandecen y se aclaran
para que yo no las vea,
Tierra yacente y extendida, rica tierra de azahares
Sonríe, porque llega tu amante.

 

Sin embargo Walt lo consiguió. Fue aceptado, amado y entronado en el alma de su país. Hablaba mucho de los pájaros y el mar, porque ambos simbolizan el viaje, la incertidumbre y la fatalidad, y porque como ellos aullaba y cantaba. Sus versos tienen la emotividad y la impresión ante lo grandioso de los románticos alemanes, pero son más elegantes, menos patéticos, porque han adquirido el pragmatismo americano, que los estiliza y los hace parecer útiles para el alma, reconfortantes, como esas canciones de cavadores, de esclavos negros o de vigías, como las viejas misas en las catedrales europeas, pero aquí, en el nuevo mundo.

Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas,
Cada momento y todo lo que ocurre me llena de alegría,
No sé cómo se doblan mis tobillos, ni la causa del más leve de mis deseos,
Ni de la amistad que suscito, ni de las amistades que me devuelven.
Al subir por las escaleras me detengo a reflexionar si no estoy soñando,
La madreselva en la ventana me satisface más que la metafísica de los libros.

Todo esto y su imagen, un poco de sabio, un poco de vagabundo, un poco de abuelo bonachón, se impusieron a los rumores sobre su honestidad. Qué sospechas, en la tierra de las oportunidades, pueden caer sobre los hombros de quien no quiere ninguna, de quien posee con su palabra los atardeceres, los animales, las hojas de hierba y que, con una devoción que casi viene a ser condescendencia, le canta al presidente muerto y llena de luz la sombra que ha quedado.

¡Contemplar el amanecer!
La escasa luz que va borrando las sombras inmensas y diáfanas,
El sabor del aire es grato a mi paladar.
Retoños del cambiante mundo ascienden silenciosos en un juego
inocente, fresco sudor,
Oblicuamente errando por todos lados.
Algo invisible está proyectando libidinosos dardos,
Torrentes de brillante zumo inundan el cielo.
La tierra por el cielo invadida, la cotidiana consumación de su boda,
El desafío del oriente sobre mi cabeza,
La burla mordaz: ¡Ya veremos quién es el amo!
Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas,
Y que la hormiga es perfecta, y que también lo son el grano de
arena y el huevo del zorzal,
Y que la rana es una obra maestra, digna de las más altas,
Y que la zarzamora podría adornar los salones del cielo,
Y que la menor articulación de mi mano puede humillar a todas las máquinas,
Y que la vaca paciendo con la cabeza baja supera a todas las estatuas,
Y que un ratón es un milagro capaz de confundir a millones de incrédulos.
Siento que en mi ser se incorporan el gneis, el carbón, el musgo de
largos filamentos, las frutas, los granos, las raíces comestibles,
Y que estoy hecho de cuadrúpedos y de pájaros,
Y que puedo recuperar cuanto he dejado atrás,
Pero que puedo hacerlo volver cuando se me antoje.

En esta época en que el poder, la riqueza y el buen gusto se asocian a sobriedad, tonos grises y frialdad psicológica, la forma intensa en que Walt se hizo grande está pasada de moda, pero aún quedan ejemplos de las últimas décadas en que se ha conseguido transmitir la fuerza de ese llanto religioso, esa risa vieja. El Club de los poetas muertos utilizó el famoso verso que Walt dedicó a Abraham Lincoln como estribillo, y nos emocionó. La eficacia del guion no se debe solo a su construcción formal, sino a que consigue conectar con ese mismo fondo emocional de los lectores (en este caso espectadores) con el que conectaba el poeta, ese algo dentro de nosotros que busca lo sublime, y esto se produce como reflejo de esa conexión que consigue el profesor con sus alumnos.

Es una forma sencilla pero eficaz de llevarnos de la mano, o del ronzal, como tienen que hacer los escritores, de cobrar su diezmo, que casi nunca es bastante.

Jorge Luis Borges hizo la mejor lectura y la mejor traducción de Walt (1969), como Cortázar hizo las de Poe. Los fragmentos que añado a las fotografías pertenecen a esa edición de Jorge, excepto el primero. Dejo aquí las palabras con que prologó su traducción, que siempre me hacen sentir una rara mezcla de la ambición y la vergüenza de querer escribir. Respecto a las malas traducciones y el pánico a que nos arruinen a los genios, el último párrafo alivia mucho.

Quienes pasan del deslumbramiento y del vértigo de Hojas de Hierba a la laboriosa lectura de cualquiera de las piadosas biografías del escritor, se sienten siempre defraudados. En las grisáceas y mediocres páginas que he mencionado, buscan al vagabundo semidivino que les revelaron los versos y les asombra no encontrarlo. Tal, por lo menos, ha sido mi experiencia personal y la de todos mis amigos. Uno de los propósitos de este prólogo es explicar, o intentar, una explicación de esa desconcertante discordia.
Dos libros memorables aparecieron en New York el año 1855, ambos de índole experimental, ambos muy distintos. El primero, inmediatamente famoso y ahora relegado a las antologías escolares o a la curiosidad de los eruditos y de los niños, fue el Hiawatha de Longfellow. Éste quiso donar a los pieles rojas que habían habitado New England una epopeya profética y mitológica en lengua inglesa. En pos de un metro que no recordara los habituales y que pudiera parecer aborigen, recurrió al Kalevala finlandés, que había forjado —o reconstruido— Elias Lónrot. El otro libro, entonces ignorado y ahora inmortal, fue Hojas de hierba.
He escrito que los dos eran distintos. Innegablemente lo son. Hiawatha es la obra meditada de un buen poeta que ha explorado las bibliotecas y que no carece de imaginación y de oído; Hojas de hierba, la inaudita revelación de un hombre de genio. Las diferencias son tan notorias que resulta increíble que ambos volúmenes fueran contemporáneos. Un hecho, sin embargo, los une: los dos son epopeyas americanas.
He hablado de epopeya. En cada uno de los modelos ilustres que el joven Whitman conocía y que llamó feudales, hay un personaje central —Aquiles, Ulises, Eneas, Rolando, El Cid, Sigfrido, Cristo— cuya estatura resulta superior a la de los otros, que están supeditados a él. Esta primacía, se dijo Whitman, corresponde a un mundo abolido o que aspiramos a abolir, el de la aristocracia. Mi epopeya no puede ser así; tiene que ser plural, tiene que declarar o presuponer la incomparable y absoluta igualdad de todos los hombres. Semejante necesidad parece conducir fatalmente a un mero fárrago de la acumulación y del caos; Whitman, que era un hombre de genio, sorteó prodigiosamente ese riesgo. Ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra.
Hablar de experimentos literarios es hablar de ejercicios que han fracasado de una manera más o menos brillante, como las Soledades de Góngora o la obra de Joyce. El experimento de Whitman salió tan bien que propendemos a olvidar que fue un experimento.
En algún verso de su libro, Whitman recuerda telas medievales con muchos personajes, algunos aureolados y preeminentes, y declara que se propone pintar una tela infinita, poblada de infinitos personajes, cada cual con su aureola. ¿Cómo ejecutar semejante hazaña? Whitman, increíblemente, lo hizo.
Necesitaba, como Byron, un héroe, pero el suyo, símbolo de la múltiple democracia, tenía forzosamente que ser incontable y ubicuo, como el disperso Dios de Spinoza. Elaboró una extraña criatura que no hemos acabado de entender y le dio el nombre de Walt Whitman. Esa criatura es de naturaleza biforme; es el modesto periodista Walter Whitman, oriundo de Long Island, que algún amigo apresurado saludaría en las aceras de Manhattan, y es, asimismo, el otro que el primero quería ser y no fue, un hombre de aventura y de amor, indolente, animoso, despreocupado, recorredor de América. Así, en alguna página de la obra, Whitman nace en Long Island; en otras, en el Sur. Así, en una de las piezas más auténticas del Canto a mí mismo, refiere un episodio heroico de la guerra de México y dice haberlo oído contar en Texas, donde no estuvo nunca. Así, declara haber sido testigo de la ejecución del abolicionista John Brown. Los ejemplos podrían multiplicarse abrumadoramente; casi no hay página en que no se confundan el Whitman de su mera biografía y el Whitman que anhelaba ser y que ahora es, en la imaginación y en el afecto de las generaciones humanas.
Whitman ya era plural; el autor resolvió que fuera infinito. Hizo del héroe de Hojas de hierba una trinidad; le sumó un tercer personaje, el lector, el cambiante y sucesivo lector. Éste ha tendido siempre a identificarse con el protagonista de la obra; leer a Macbeth es de algún modo ser Macbeth; un libro de Hugo se titula Victor Hugo narrado por un testigo de su vida; Walt Whitman, que sepamos, fue el primero en aprovechar hasta el fin, hasta el interminable y complejo fin, esa identificación momentánea. Al principio recurrió al diálogo; el lector conversa con el poeta y le pregunta qué oye y qué ve o le confía la tristeza que siente por no haberlo conocido y querido. Whitman responde a sus preguntas:
Veo al gaucho que cruza la llanura,
veo al incomparable jinete de caballos con el lazo en la mano,
veo sobre las pampas la persecución de la hacienda brava.
Y también:
Éstos son en verdad los pensamientos de todos los hombres en todas
las épocas y países: no son originales míos.
Si no son tan tuyos como míos, son nada o casi nada,
si no son el enigma y la solución del enigma, son nada,
si no son tan cercanos como lejanos, son nada.
Ésta es la hierba que crece donde hay tierra y hay agua,
éste es el aire común que baña el planeta.
Innumerables son los que han imitado, con éxito diverso, la entonación de Whitman: Sandburg, Lee Masters, Maiakovski, Neruda… Nadie, salvo el autor del inextricable y ciertamente ilegible Finnegans Wake, ha vuelto a acometer la creación de un personaje múltiple. Whitman, insisto, es el modesto hombre que fue desde 1819 hasta 1892 y el que hubiera querido ser y no acabó de ser y también cada uno de nosotros y quienes poblarán el planeta.
Mi conjetura de un triple Whitman, héroe de su epopeya, no se propone insensatamente anular, o de algún modo disminuir, lo prodigioso de sus páginas. Antes bien, se propone su exaltación. Tramar un personaje doble y triple y a la larga infinito, pudo haber sido la ambición de un hombre de letras meramente ingenioso; llevar a feliz término ese propósito es la proeza no igualada de Whitman. En una polémica de café sobre la genealogía del arte, sobre los diversos influjos de la educación, de la raza y del medio ambiente, el pintor Whistler se limitó a decir: Art happens (El arte sucede), lo cual equivale a admitir que el hecho estético es, por esencia, inexplicable. Así lo comprendieron los hebreos, que hablaban del Espíritu; así los griegos, que invocaban la musa.
El idioma de Whitman es un idioma contemporáneo; centenares de años pasarán antes que sea una lengua muerta. Entonces podremos traducirlo y recrearlo con plena libertad, como Jáuregui lo hizo con la Farsalia, o Chapman, Pope y Lawrence con la Odisea. Mientras tanto, no entreveo otra posibilidad que la de una versión como la mía, que oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado.
Un hecho me conforta. Recuerdo haber asistido hace muchos años a una representación de Macbeth; la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, pero salí a la calle deshecho de pasión trágica. Shakespeare se había abierto camino; Whitman también lo hará.

En vano la timidez o la prisa,
En vano las rocas incandescentes arrojan sobre mí su antiguo calor,
En vano el mastodonte se oculta detrás del polvo de sus huesos,
En vano los objetos se alejan leguas y leguas y toman muchas formas,
En vano el mar se oculta en las cavernas donde tienen su guarida los monstruos,
En vano el buitre tiene por morada el cielo,
En vano la serpiente se desliza entre las lianas y los troncos,
En vano el alce busca las honduras recónditas de la selva,
En vano el cuervo marino tiende el vuelo hacia el norte,
hacia el Labrador,
Lo sigo velozmente, trepo al nido que está en la grieta del peñasco.
¿Quién es este salvaje amistoso y gárrulo?
¿Espera la civilización, o la ha dejado atrás y la ha dominado?
¿Es un hombre del sudoeste y ha sido criado a la intemperie? ¿Es un canadiense?
¿Viene de las tierras del Mississippi, de Iowa, de Oregon, de California?
¿De la montaña, de las praderas, de los bosques, o un marino del mar?
Dondequiera que vaya, los hombres y las mujeres lo desean y lo aceptan,
Quieren que los quiera, que los toque, que les hable, que se quede con ellos.
Obra sin ley, como los copos de nieve, sus palabras son simples
como la hierba, el pelo despeinado, risas e ingenuidad.
Lento el andar, comunes las facciones, emanando sencillez y modestia,
Brotan de un modo nuevo desde las puntas de los dedos,
Flotan en el aire con el olor de su cuerpo o de su aliento, salen de
la mirada de sus ojos.
Me ha tocado en suerte, lo sé, lo mejor del tiempo y del espacio;
nunca he sido medido y no seré medido jamás.
El viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!).
Mis signos son un capote contra la lluvia, fuertes zapatos y un
bastón cortado en el bosque,
En mi silla no sestean los amigos,
No tengo cátedra ni iglesia ni filosofía,
No llevo a ningún hombre a una mesa puesta, a la biblioteca, a la bolsa,
Pero a cada uno de vosotros, hombre o mujer, lo llevo a una cumbre,
Mi brazo izquierdo ciñe tu cintura,
Mi derecha señala los continentes y el gran camino.
Ni yo ni ningún otro puede andar por ti ese camino,
Eres tú quien debe andarlo.
No queda lejos, está a tu alcance,
Quizá estabas en él desde que naciste y no lo has sabido,
Quizá esté en todas partes, en mar y en tierra.
Échate tus prendas al hombro, hijo mío, y yo traeré las mías y apresurémonos;
Ciudades prodigiosas y naciones libres nos saldrán al paso.
Si te cansas, dame las dos cargas y apoya tu mano en mi cadera,
Y a su debido tiempo me devolverás el mismo servicio,
Porque ya emprendida la marcha nunca descansaremos.
Esta mañana, antes del alba, subí a una colina para mirar el cielo poblado,
Y le dije a mi alma: cuando abarquemos esos mundos, y el
conocimiento y el goce que encierran, ¿estaremos al fin hartos y satisfechos?
Y mi alma dijo: No, una vez alcanzados esos mundos proseguiremos el camino.
Tú también me interrogas y yo te escucho,
Contesto que no puedo contestar, tú mismo debes encontrar la respuesta.
Siéntate un momento, hijo mío,
Aquí tienes pan para comer y leche para que bebas,
Pero después de haber dormido y haber cambiado de ropa te beso
con el beso del adiós y te abro la puerta para que salgas.
Demasiado tiempo has perdido en sueños deleznables,
Ahora te quito la venda de los ojos,
Debes acostumbrarte al brillo de la luz y de cada momento de tu vida.
Demasiado tiempo has vadeado, asido a una tabla en la orilla,
Ahora quiero que seas un nadador, que te arrojes al mar, que
reaparezcas, que me hagas una seña, que grites y que agites el
agua con tus cabellos.
Dije que el alma no es más que el cuerpo,
Y dije que el cuerpo no es más que el alma,
Y que nada, ni Dios, es más que uno mismo,
Quien camina una milla sin amor, se dirige a su propio funeral
envuelto en su propia mortaja;
Y yo y tú, sin tener un centavo, podemos comprar lo más precioso de la tierra,
Y la mirada de unos ojos o una arveja en su vaina confunden la
sabiduría de todos los tiempos,
Y no hay oficio ni profesión en los cuales el joven que los sigue no
pueda ser un héroe,
Y no hay cosa tan frágil que no sea el eje de las ruedas del universo,
Y digo a cualquier hombre o mujer: que tu alma esté serena y en
paz ante millones de universos.
Y digo a la Humanidad: No hagas preguntas sobre Dios,
Porque yo que pregunto tantas cosas, no hago preguntas sobre Dios,
(No hay palabras capaces de expresar mi seguridad ante Dios y la muerte.)
Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no lo comprendo en lo más mínimo,
Ni comprendo cómo pueda existir algo más prodigioso que yo mismo.
¿Por qué desearía yo ver a Dios mejor que en este día?
Algo veo de Dios en cada hora de las veinticuatro y en cada uno de sus minutos,
En el rostro de los hombres y de las mujeres veo a Dios, y en mi propio rostro en el espejo;
Encuentro cartas de Dios tiradas por la calle y su firma en cada una,
Y las dejo donde están porque sé que dondequiera que vaya,
Otras llegarán puntualmente.


22 MAESTROS (3)

POETAS NIÑOS

Teresa Wilms Montt

Chile, 1893 – Francia, 1921

La emperatriz. Dejo a mis hijas mis mejores intenciones. Es todo lo que poseo, mi único tesoro.

La emperatriz es el tercer arcano mayor del Tarot. Representa las potencias femeninas solares: la producción, la creatividad, la multiplicación en todas sus formas simbólicas. Es la mujer madre, la mujer amante. La emperatriz de mi baraja de poetas en Teresa Wilms Montt, poetisa nacida en la burguesía chilena que se casó con demasiada juventud y desgracia, fue anarquista y masona, tuvo un lío con su primo Jean, fue repudiada por su familia, encerrada en un convento y separada de sus hijas, rescatada por Vicente Huidobro y huída a Buenos Aires donde conoció la fama, detenida en un viaje a Estados Unidos durante la primera guerra mundial por ser sospechosa de espionaje. Mujer de letras y amiga de artistas en la vida nocturna de Londres, Madrid y París, alguna vez intentó suicidarse, y finalmente lo consiguió.

Tarot de Dalí, edición de lujo.

Dentro del tubo sonoro de un órgano quisiera encerrarme y cantar en su sonido el “de profundis”.
La colcha azul, cobertor de mi cama de hospedaje, es campo de luna cuando la noche de los tristes tiende sobre mi cuerpo su mortaja.
El arisco gato negro, habitante expatriado de Saturno, deja su maullido sonoro tras mi puerta cerrada.
Largos puntos de exclamación pinta[n] la sombra sobre los barrotes de las sillas y en sus asientos aguarda Aquél, Aquél y su sombra que nunca nos encontrará.
¿Por qué me espera; cuál es mi falta; cuál es la maldad de los que hemos nacido quintaesenciados?
Allí me aguarda el que no me encontrará. Los puntos de exclamación se han encorvado sobre su espalda, interrogan…
El reloj extiende sus brazos negros de polo a polo.
Las doce, las seis, y entre ellos sonríe el tiempo mostrando sus dientes gastados con la sonrisa esférica de los astros muertos
El reloj es para nuestros espíritus resignados como la noria a la mula domesticada. Es nuestro punto de partida y de llegada.
Por eso los artistas adoramos la noche, porque en ella olvidamos los brazos negros que nos señalan la ruta del mundo y nos dicen: “vives”.
Marzo 1920

Se habla de Teresa como de un precursora de la escritora feminista. Yo creo que no pudo ser una precursora, en primer lugar porque creció en plena expansión del feminismo combativo, y en segundo lugar porque no se lo propuso. Ella sabía que era guapa, sabía que tenía un temperamento poco habitual y un carácter interesante, utilizaba esta ventaja para obtener un lugar privilegiado en grupos hombres, se sentía a gusto entre ellos. Su lucha era en favor de la rareza, no de la igualdad.

Lo que sí anunció Teresa es un perfil de escritora atormentada que hasta ese momento solo se había dado en hombres. Los escritores románticos tenían vidas atribuladas, corazones luchadores y aventureros, y su pasión hacía más en términos reales por su fama popular que su talento. En cambio, tradicionalmente se asociaba la inteligencia femenina con un tipo de agraciada espiritual, tranquila, estudiosa y plácida, que en el mejor de los casos debía estar protegida, enjaulada. El talento activo, inestable, en una mujer era enfermedad mental.

Entré de lleno a esa vida que no conocía y que me era interesantísima. Adquirí gustos poco correctos pero agradables y para ser una mujer poco vulgar, con una aureola novelesca. Todo el mundo me quería. Nuestras noches eran alegres y sentimentales, se declamaba y se tocaba la guitarra. Se hablaba de Azorín, de Sócrates, de Rouge de Lisle, de Baudelaire, etc, y en esos temas, llegaba el día, y el sueño. El poeta Silva (Víctor Domingo Silva), que era el sobresaliente en nuestras reuniones, me hacía versos delicados y pasionales, yo los recitaba después, con todo mi arte para emocionarlo. Es cierto, mi temporada (tres años en el Norte) constituyó una gran experiencia… Alí aprendí a vivir la verdadera vida. Conocí lo que es para las mujeres de mi clase un misterio, la verdadera miseria material y moral; los corazones y las pasiones bajas, mezquinas y grandes, los vicios… Y todo lo que conoce un hombre. Mi alma salió pura de la prueba, pero asqueada y con un fondo de amargura eterna. Mi opinión sobre las mujeres es tristísima y muchas veces me avergüenzo de ser mujer… Sin ser malas, lo aparentan, son débiles, orgullosas, profundamente estúpidas y vanas. ¡Son animales de costumbre!
Los hombres, son malos de veras, viciosos, insensibles y egoístas. Son incapaces de un sentimiento delicado, que no sea para ellos mismos; pero son superiores… Cuando los veo elegantísimos, irreprochables, diviso a través de su indumentaria al mono, a la bestia carnívora, hambrienta y lujuriosa.
Sábado, 13 Nov. (1915)

Mademoiselle de Escudery, Madame Leprince de Beaumont, Mary Shelley, las hermanas Brönte, Emily Dickinson, son ejemplos de esta forma aceptable, templada, de enfrentar la vida de letras, que aún refleja el mismo conflicto interno entre adaptación y oposición de Sor Juana Inés de la Cruz y en general se mantiene hasta el siglo XX, con la excepción, tal vez, de George Sand. Estas literatas combatieron con su oficio desde las costumbres, el encierro, la asociación a hombres protectores y las pequeñas rebeliones formales, puesto que el salto a una rebeldía más poderosa, que implicase una ruptura con su forma de manutención, las habituales relaciones con la familia y el entorno social, que abarcase todas las facetas de la vida y la imagen pública, era todavía demasiado grande.

Regaló la noche al pantano una estrella.
Centro de la esfera fangosa irradiaba el astro en la podredumbre verde, palacio de reptiles.
Y en coro alrededor, lotus de veneno surgían sapos inquietando el sosiego de los valles con el croar siniestro.
Despertó el águila, y abandonando la roca, voló hacia el plano.
El punto fulgurante marcó su orgullo.
Creyó rasgar el azul para rozar un astro y precipitóse al pantano putrefacto.
Llevóse la estrella la rapiña a lo hondo, estampada en las soberbias alas.
Estallaron resoplando cual instrumento, destrozados, los reptiles y los sapos.

El siglo XX trajo los avatares y las borrascas del romanticismo a la vida real de las mujeres, no solo a los personajes femeninos de ficción. Isaac Dinesen y mi querida emperatriz particular, Teresa, anunciaban a Pizarnick, Plath, Smart, Ajmátova. Poetas cuya rebeldía no estaba ya solo en el mero hecho de serlo, sino que no querían pagar por ello el precio de la reclusión o el aislamiento de ningún tipo, querían formar parte del mundo, informar, comunicar sus deseos y proyectos, estando sus deseos y proyectos muy por encima de lo que el mundo podía ofrecer. Son ya mujeres idealistas, en primera línea de batalla, existenciales.

Llega todas las noches a mi alcoba.
Sin tener ojos me mira, sin tener boca me habla, y su mirada y su voz son tan hondas como el silencio de los sepultados.
Está muy lejos, y está conmigo, piensa en mi cerebro y llora en mis lágrimas.
Cuando procedo mal, Anuarí castiga mis huesos, atravesándolos del hielo de una carcajada sin dientes.
* * *
Vestido de la chía llegó anoche por el espejo.
Sus manos cruzadas sobre el pecho salían en pétalos de azucena por la negra manga.
El abismo de sus ojos tragóse todas las sombras y en mi cerebro se hizo la luz.
Habló su boca sin palabras como los viejos órganos de las catedrales y dijo: Duerme, duerme, el sueño es la aurora del día eterno.
* * *
Frente a mi ventana cerrada pregunto al tiempo cuánto más he de vivir.
Las sombras anegan mis persianas, y apenas marca una delgada raya la claridad.
El reloj tiene titubeos de corazón enfermo.
En un gesto convulsivo se crispan mis manos sobre el papel.
Buscan el apoyo de la tierra.
* * *
Se ahogó mi risa en el espejo.
Largo crujido siniestro lanzó a la noche el cristal de plata.
Una, dos… calló la hora, metal frío de planeta en la rigidez del páramo.
Epiléptica de calentura la luna se dio a los balcones.
Y el cadáver de mi risa es una esmeralda blanda que al deshacerse vuelve en la superficie argollas y cruces brillantes.
* * *
¡Anuarí! ¡Anuarí!
Espíritu profundo, vuelve del caos.
Torna en misteriosa envoltura, huésped de mis noches glaciales.
Que tus dedos de sueño posen sobre mis párpados desvelados.
Ciérralos, Anuarí.
Veneno sublime, da muerte a mi cerebro aterrado.
Quédate sobre mi fosa sonriendo enigmático.
Sonrisas de ultratumba, sombra y luz, sonrisa tremenda que me ha aniquilado.
¡Espíritu profundo, vuelve del caos!
Se han muerto todas mis flores, sólo queda para tu hambre la sangrienta herida de mi corazón partido.
Anuarí, Anuarí. ¡Sucumbo en el torbellino de los astros locos que se precipitan!
¡Vuelve del caos!

Dentro de esta baraja, si la sacerdotisa Inés representaba la inteligencia práctica y serena que se perdió cuando la sacaron de sus casillas, la emperatriz Teresa representa el impulso que desapareció cuando se vio detenido. Teresa se dio a la muerte muy joven, no pudo soportar la carga del desarraigo y la ausencia de sus hijas. Ella pudo escapar de su familia, su ambiente (palabra muy usada en la época que Henry James denostaba, por cierto), del convento, pero sus hijas quedaron atrapadas allí. Esto es como cuando un perro hace presa y la víctima intenta liberarse; cuanto más se aleja del mordisco, más se desgarra. Las emociones de Teresa se partieron, se desgarró por dentro. Los hijos son el futuro,  el futuro había quedado atrás. Ya no tenía que huir del mundo, puesto que estaba en un mundo en el que era aceptada, pero en cierto modo ya no era ella.

Londres, Septiembre 191…
A un costado de mi cama, en la red, hay tres manchas de tinta.
La primera repartida en puntitos parece una estrella doble, la segunda se abre más abajo; en minúscula mano de ébano, la última perfectamente recortada tomó la forma de un as de piqué. Resbalo sobre ellas mis dedos, con sensibilidad de nervio visual, y siento que esas tres manchas están de relieve dentro de mi cerebro como obstáculo para el fácil rodar de las ideas. Hay tres, digo, tratando de sí atraerse; tres, digo mirando al techo: el amor, el dolor y la muerte. Sin saber por qué paréceme que he pronunciado algo grave, algo que recogió en su bolsa sin fondo la fatalidad. Aunque borre las manchas de la pared, esos tres puntos negros quedarán estampados en mi cerebro. En la efervescencia de la sangre que bulle, cuando la sorba la Absurda, harán remolino vertiginosamente las tres, en la copa pulida del cráneo. Un temblor nervioso tira hacia abajo la comisura de mis labios. Cada vez más espesa la pintura de la noche embadurna los cuadros de la ventana.

En sus últimos días las consecuencias de cruzar el mar, la melancolía de la distancia, habrían llegado a su punto máximo. Teresa era todo vida, todo emoción, no tenía la fortaleza, la paciencia suficiente para diseñar una estrategia, sobrevivir, pelear, o quizás era imposible. En sus diarios trata de convencerse a sí misma de que esto no le importa, que se ha resignado a su destino, pero es una pose estética. De día, el contacto con otros artistas y con esa promesa que es París hacía que su sensibilidad tuviera sentido, que la hiciera un ser humano valioso, resistente; de noche, su blandura despertaba y la apegaba a su pasado, a lo que había dejado atrás, cosas que por fuerza tuvo que echar de menos: los olores y las costumbres de su país, su educación, sus afectos de la infancia, lo que le habían enseñado a ser.

I
La mañana
Canta alma mía; ¡canta a la mañana!
¡Canta con los pájaros, con los árboles, las flores y las aguas! ¡Canta con el viento y la montaña, con el bosque y el llano encendido por el sol, que se te ofrece como un ánfora de oro desbordante de vida!
¡Canta, alma mía, con el grillo maravillado de luz, que mora en la corteza de los pinos y con la abeja ebria de perfume; canta con el águila solitaria en la cúspide de las rocas y con la hormiga laboriosa en las cavidades de la tierra!
¡Canta con la mariposa de alas inquietas como párpados de niño, y con el sapito verde desde su trono de nenúfares en el espejo del estanque!
¡Canta con la res fecundada y la miés madura; con los frutos rosados, que se abren como labios jóvenes; canta con el tierno corderito de la majada y la madre feliz que lo ha parido!
¡Canta, alma mía, canta con el alma gemela; con la buena alma hermana que vibra, llora, y ríe en un solo impulso contigo!
¡Canta con el candor alegre de la franca sonrisa y con la mirada clara quc refleja la serenidad de su dulce sentir!
¡Canta, alrna mía, y tiende tus brazos al amor que llega desalado a refugiarse en tu seno; dale abrigo, alma mia, y estimula su creciente vigor!
¡Canta con las lágrimas de dicha que tiemblan y resbalan como gotas de rocío sobre los pétalos, y con el beso que se insinúa temeroso, descorriendo los velos del corazón para dar paso a una plena aurora de amor!
¡Canta, canta, con la vida, con las pasiones de fuego, con los deleites sanos; canta con la suprema gloria de los espasmos compartidos, y con las languideces que ponen en los ojos tonos de atardecer!
¡Canta, alma mia, y comunica a las cosas pasivas tu fuego; entrégales tu esencia, crea mundos, prodiga bellezas y bondades, hasta erigir un tronoa la casta verdad!
¡Canta y atraviesa los espacios con tu voz musical e impón silencio a los pájaros para que escuchen la palabra del hombre sabio y fecundo!
¡Canta, alma mia, canta y bébete de un sorbo el néctar de la mañana; canta, alma mía, mientras el cielo azul y la campiña sean para ti una bacanal con cuya belleza puedas embriagarte!
¡Canta, alma mía, canta antes que cierre la noche y aúlle el lobo salvaje en la montaña!

Ella sabía que el ritual de apego al mundo que le habían inculcado se estaba repitiendo en Sylvia y Elisa, y ella no estaba allí para mediar, interponerse o siquiera supervisar ese proceso. No solo le faltaba el afecto físico, la presencia de sus hijas, sino también la posibilidad de mejorar sus vidas, de enseñarles lo que ella había aprendido y de ese modo operar simbólicamente sobre su propio pasado, adaptar sus diferentes identidades. Desde un punto de vista psicológico estas identidades y las emociones ligadas a ellas quedaron disociadas, la mujer poeta, la mujer libre, fueron amputadas de la mujer madre, la mujer amante. Esto fue perpetrado por sus propios familiares, que supuestamente la querían, eso añade al sufrimiento de la disociación, el de la traición, la deslealtad, que es una de las cosas que más daño nos hacen.

III
La noche
¡Llora, alma mía, llora!
¡Llora con la noche desolada, llora con sus estrellas que son rutilantes lágrimas cristalinas de misterio! llora con la negra serenidad del paisaje y las heladas rocas en el horizonte esfumado; llora con el ave agorera en el enredo de los cipreses, y con la sierpe desencantada en el hueco de las montañas!
¡Llora, alma mía, con la angustia de los muertos olvidados, y con los restos náufragos
donde habitó la vida!
¡Llora con el puente inservible, que sume en el agua la mitad de su cuerpo, y con la belleza tétrica de las estatuas mutiladas!
¡Llora, alma mía, con el mar bravío, que emociona a1 cielo con su rugir salvaje, y llora
con la cuna vacía!
¡Llora con el éxtasis de los lagos turbios y con la mirada yerta de la lámpara apagada!
¡Llora con el alud de nieve que purifica el llano y hace a1 hombre más bueno!
¡Llora con el paria, y con la mujer repudiada en su lecho de hospital!
¡Llora, alma mía, llora con la madre a quien la brutalidad del hombre arrancó sus hijos y
la ha dejado sola en medio de la vida!
¡Llora, alma mía, con los que no tienen consuelo, que, como muertos con alma, no aguardan nada ni a nadie esperan!
¡Llora, que tu destino es el llanto!
¡Noche hermana! Pupila inconsolable que de tanto llorar has quedado ciega.
¡Oh, noche! Niobe del orbe. En tus brazos encuentro el sitio propicio para hundir mi cabeza henchida de sollozos. En tus sombras sigo yo, paso a paso, el destino de mi espíritu errante.
¡Oh, noche! Si de llorar te volviste sombría, las lágrimas que derramaste, piadosas de tu tristeza, se volvieron estrellas para iluminarte ; pero las mías, ¡noche!, son como goterones delava que van surcando mis ojeras y cavandolentamente la tumba de mis ilusiones.
En tu lobreguez despótica de reina inconsolable, encuentro un sentimiento hermano; y es ahí, en el terciopelo de la vestidura que arrastras, donde quisiera envolverme como en un cendal y quedarme dormida. Si, quedarme dormida ¡oh, noche! cantando una canción de cuna, meciendo en mi alma a las dos criaturas que me arrancó la vida; cantando en mi alma a1 amor que me arrancó la muerte.
Madre de los vivos y de los muertos, ¡oh, Naturaleza!
Cuida del dormido que sepult6 en tus brazos su alma joven. Evita que losgusanos perforen sus ojos, que fueron astros de amor, y cuida de su boca tersa donde sonreía la vida ;que en su rostro, con carnes de topacio, no se enseñoreé la muerte y lo ponga lívido; cuida ¡oh, Naturaleza! para que un rayo de sol sea su eterno cirio y, atravesando las entrañas de la tierra, llegue a acariciarlo como una dicha; cuida que su cuerpo permanezca bello, que la negrura del misterio no maltrate su morbidez; que sus manos, nidos de caricias y energías, queden frescas como tus plantas y tus flores; cuida de que sus pies, que siempre anduvieron de prisa en busca del bien, sean respetados como dos queridas reliquias, y cuida de su coraz6n, que fue el cofre donde encerró, la vida la esencia de su belleza.
¡Naturaleza, mi Dios! De rodillas, junto a esta tumba amada, te imploro como una hija
en agonía a su madre cariñosa. ¡Cuida de el! Cuida del que me dió la sensación de aurora en el frío ocaso de mi tristeza; cuida y no lo maltrates; en cambio toma de mi la juventud para alimento de tus roedores necropófagos, y la sangre de mis arterias, para que se embriaguen como en un rojo vino de olvido.
¡Naturaleza! Por el ruido de tu mar preferí el rugir de las pasiones; por la paz de tu llanura y la ondulación de tus montañas, las tortuosas inquietudes y las alturas de la farsa humana.
Troqué el canto de sus aves por las palabras halagadoras y engañosas, y por la luz de tu sol, losfuegos fatuos del siglo, que me hicieron caminar como una sonámbula errante.
¡Perdón, madre de mi juventud! Ahora, que llego a echarme en tu tierra, cansada de luchar, con los ojos ciegos por el llanto; ahora, que mi alma es un pájaro herido y sin alas vengo a implorarte que me recojas en tu seno.
Ven, muerte luminosa. Con santa piedad cierra mis párpados quemantes;sella mi boca
para que cese de imprecar; purifícala, como a Isaías el leño encendido; calma la fatiga de mi cuerpo, y con tu bálsamo de nieve alivia el dolor de mis pies mutilados.
Ven, muerte, y dame el supremo abrazo que hace majestuosa a la criatura miserable.
Ven, muerte, a libertar mi cuerpo de su yugo espiritual.
Quiero volver a la tierra, confundirme con el polvo, fecundar sus entrañas con mi sangre, y sentir sobre mi piel su noble caricia perfumada.
Quiero que penetre en mis huesos el agua de losríos, para que a ellos lleguen a refrescarse los gusanos.
He de ser la hierba humilde que embellece los campos, y la piedra donde reposa su cabeza el exhausto peregrino.
He de ser manantial donde vaya a apagar la sed el rebaño y donde se miren las nubes blancas, que van de prisa.
Mis brazos se levantarán, como gajos florecidos a bendecir el azul; mis piernas serán dos sólidas columnas que servirán de apoyo a las flores trepadoras; y mi cabeza, todavía gloriosa de pensamiento, se erguirá en forma de laurel que brinde ilusión y dulzura a las almas solitarias.
¡Ven, muerte! Ansío sentir en las llagas del pecado la santidad de la tierra que me cubra. Que mis ojos cansados de mirar horrores se diluyan en lágrimas eternas.
¡Ven, muerte, acúname en tus huesudos brazos; dadme el beso del olvido!
Es con ellos que se siente fuerte, y es a ellos a quienes se entrega sin recelos, blandamente, como un devoto a su Dios.
Muertos míos ; sublimes amados. Viviré entre vosotros; seré un dormido caprichoso sin sueño de hielo, pero con su glacial reposo.
Seré la madrecita de todos, que llegue cargados los brazos de flores, de esas flores que vosotros no podéis coger con vuestros rígidos dedos.
Seré la novia casta que os dé toda la intensidad de su virgen dolor entre lápidas y piedras.
Seré vuestro día, vuestro sol, vuestra noche de luna. ¡Oh, muertos míos! Nadie vendrá a disputarme este privilegio ; los vivos tienen tanto por qué olvidaros en su lucha por los honores.
Ellos no saben que en vuestro país se halla la clave del enigma.
¡Muertos míos, muertos míos! Las ondas de mi mar interior se llenan, preñadas de dulzuras a1 borde de vuestros lechos.
Soy buena, soy buena. ¡Benditos vosotros, que habéis hecho que yo me encontrara!
Bendito tú que me has purificado con tu muerte.
Buscando la luz llegué hasta las tinieblas y allí la encontré; la encontró entre húmedas
tumbas y sarcófagos, entre maderas podridas y agujereados plomos.
Me guió en el camino un grimillón de hormigas que en ordenada fila hacían sus paseos subterráneos, cargadas de hojitas y pétalos, que caen como migajas de un festín de recuerdo a los pies de los muertos.
Allí encontró la luz, la verdad y el amor.
El cielo se hace más frágil en el país de los dormidos;tiene tonalidades nacaradas que se ofrecen con humilde suavidad a las fosas, y en el sol hay menos deseo de irradiación, más pulcritud en su oro que en los campos, donde vuelve brillante, como llamas avivadas por el viento, a las espigas maduras.
He escuchado la conversación de los que se fueron, que es un murmullo caricioso; y tengo envidia. ¡Hay tanta belleza en la sencillez y el frío!
Cada muerto es un bloque de nieve inmaculada que esparce su blanca serenidad como una hostia excelsa de perdón y olvido.
Cada muerto es una bondad honda, inmutable.
Cada muerto es un ejemplo de muda abnegación.
Allí, entre los muertos, encuentro mi espíritu, y es con ellos que lo comparten sus graves ternuras.

Teresa nació al comienzo del verano austral americano y se suicidó una Nochebuena, en Europa. Valle Inclán (también amigo muerto y maestro, pero de teatro) le dedicó estas bellas palabras:

“¿De qué mundo remoto nos llega esta voz extraña cargada de siglos y juventud? Tiene la clara diafanidad del canto en las altas cimas, y no sabemos si es cerca o lejos de nosotros cuando suena en el maravilloso silencio. Y extraña como la voz es esta frágil y blonda druidesa que apenas posa sobre la tierra y tiene al andar el ritmo del vuelo. Baja de la montaña sagrada, es toda hecha de nieve y de sol de la cumbre. Arrastra el prestigio esotérico de algún antiguo culto al viento y al mar, a la tierra y al fuego.

   Estos poemas, como versículos de un libro sagrado, hacen sonar la cadena de los siglos, y tienen la misteriosa resonancia de las voces elementales. Pasa sobre ellos el soplo profético: El barro recuerda la hora en que salió del caos, y el espíritu la Divina Cáligo. Con el dolor de la caída se junta el anhelo por volver a la luz. Maravillosa virtud la de esta voz que golpea la puerta de bronce del templo de Isis: Los ecos milenarios se despiertan, y las sombras antiguas acuden al conjuro, pasan guiadas por la música de las palabras que se abren como círculos mágicos en un aire nocturno.

   Tiene esta voz una gracia alejandrina, en ella se junta como en el antro de un viejo alquimista, los verdes venenos de sierpes y plantas, las piedras cristalinas donde están grabados los signos salomónicos, y las esferas de bronce que marcan el camino de los astros paralelo al camino de las vidas. Maravillosa voz alejandrina que renueva el temblor de las visiones apocalípticas, y la mística calentura del fakir que deslíe su conciencia en el Gran Todo.”


22 MAESTROS (2)

POETAS NIÑOS

Sor Juana Inés de la Cruz

México, 1651 – 1695

La sacerdotisa. El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena.

"VSro. Rto. de Juana Ynés de Asbaje y Ramirez a los 15 años de su edad, qe. habiendo entrado en la Corte del Virrey Dn. Sebastian de Toledo, Marqués de Mancera; fué puesta a prueba su prodigiosa inteligencia, sustentando un examen ante 40 doctores en Teología, Filosofía y humanidades, habiendo salido victoriosa en tan dificil trance. Año de 1666".

Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
Éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
Es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
Es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

La carta de la sacerdotisa representa el lado oscuro de la mujer, el lado incontrolado (desde el punto de vista masculino patriarcal), sujeto a pulsiones, inconsciente, misterioso. Lo femenino como enigma universal, la mujer maga o bruja, la mujer sabia que se niega a utilizar su poder terrenal, el de dar placer a los hombres y engendrar hijos, para sumergirse en la adivinación o el estudio. La sacerdotisa de mi baraja de poetas es Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, retoño de la burguesía criolla mexicana del siglo XVII, que ya a los quince años mereció la atención del retratista de la corte J. Sánchez, pues su inusual cortesía y erudición la puso en compañía de virreyes y marqueses, aunque ella hubiese preferido estar en la universidad.

Rosa divina, que en gentil cultura
Eres con tu fragante sutileza
Magisterio purpúreo en la belleza,
Enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
Ejemplo de la vana gentileza,
En cuyo ser unió naturaleza
La cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida.
De tu caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida,
Viviendo engañas y muriendo enseñas.

He elegido el retrato de J. Sánchez para la cabecera porque el momento en que esa adolescente mira al pintor con orgullo y con un libro en la mano (como son representadas siempre las sacerdotisas en las barajas esotéricas y las sibilas en los cuadros) capta posiblemente la última época en que la joven Inés tenía esperanzas de realizarse.

Ella aspiraba a todo, pero le fueron cerrando las puertas. Sobrevivió por la literatura, que la hacía libre. Nunca cedió en esto, fue libre siempre, libre en su niñez, cuando reclamaba lo que quería, libros, universidad, poesía, libre después en su mansedumbre de monja, en su rebeldía íntima nunca acontecida. Fue escogiendo siempre el camino que le dejaban, por estrecho que fuera, para poder estudiar, leer, escribir, conversar. Cuando al fin la pusieron contra las cuerdas y solo le quedó la oración, rezó hasta la muerte.

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata,
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata,
triunfante quiero ver al que me mata
y mato al que me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo;
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo, por mejor partido, escojo;
de quien no quiero, ser violento empleo;
que, de quien no me quiere, vil despojo.

Una mujer era poco más que un pedazo de carne del que brotaban hijos y con el que se comerciaba, y si era bella, o lista, podía aspirar a jarrón decorativo de las artes o incluso a pieza política, siempre ligada al destino de un hombre, por matrimonio o por sangre, como una reina de ajedrez. Pero Inés no escribía para entretener o para enamorar, escribía como acto de expresión de su individualidad y orgullo de sus inquietudes sobre, como ella la llamaba, “la máquina del mundo”. Esa motivación era incomprensible para sus contemporáneos. Ella se aprovechó durante un tiempo, y por fin fue víctima de esa ignorancia.

Ella nunca pudo compartir plenamente su idea de libertad, su forma de hacer poesía, así que se pasó la vida insinuando, censurándose y revelándose a sí misma, a través de actitudes simbólicas de su ambición que se pudieran entender y respetar en una mujer. Cuando se le notaba demasiado la rebeldía, se humillaba, citaba figuras de autoridad moral y literaria y declaraba imitarlas,  aceptaba órdenes de sus  superiores. Cuando volvían a confiar en su pureza y sus buenas intenciones, volvía a sacar la cabeza.

Cuando Inés demostró tener aptitudes para cultivarse se la envió a entretener a los cortesanos y adornar salones, fue examinada como una rareza de la mnemotecnia y expuesta como un canario de competición. Cuando se dio cuenta de cuál era el destino de las mujeres mundanas, el de ser putas de sus amantes o esclavas de sus maridos, supo que la única manera de librarse era casarse con Dios. Se habla mucho de la espiritualidad de Inés y tal vez la vivió más profundamente que nadie, pero mi sensación es que no lo hizo de un modo convencional, sino que para ella más bien fue un modo de resistencia; una trinchera.

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

Fue también una esclava de Dios, como a sí mismas se nombraron la Virgen María y Santa Teresa de Jesús, modelos de perfección de la mujer de entonces, bajo cuyo ejemplo, como un paraguas, la inteligente Inés se guardó de los escupitajos de las malas lenguas. Era una cobardía, sí, pero también una estrategia de soldado que lucha por sus bienes más preciados, como su biblioteca de unos 4000 volúmenes, algo que en la época era una rareza, cuando un noble de provincias interesado en los libros podía llegar a poseer, como mucho, unos cientos manuales de caza y algún clásico latino.

Pero la vocación de Sor Juana Inés no era como la de Santa Teresa y se le notaba demasiado. Ella escribía de pasiones, recibía ministros y músicos, hacía tertulia. Su estilo se adaptaba a las fórmulas barrocas, pero era más transparente que Góngora, más carnal que Quevedo. Un lector ingenuo podía escuchar solo la música de la métrica, pero una autoridad eclesiástica que hubiese vivido y se hubiese manchado los picos de la sotana en el suelo de la calle, percibía lo que Inés sabía de la vida, lo que había sentido y deseado, la tentación de la gloria y el hedonismo.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;
y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto, que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste:
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu inquietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

La autoridad hipotética en cuestión podía entonces preguntarse cómo vivía realmente aquella monja y ponerse a indagar. Y sí, de vez en cuando escribía una loa, una misa, un villancico, pero se carteaba con otros escritores y estrenaba obras de teatro, su vida se parecía demasiado a la de una reina viuda que se hubiese encerrado en un convento a pasar sus días de retiro. Obviamente, Inés no había querido casarse con Dios, sino ser una poeta soltera. Esto era inadmisible.

Con sus ardides de niña mimada y sus influencias, Inés consiguió elegir una congregación que le permitiese más libertades y librarse de un par de moscones; un confesor que amenazaba con llevarla ante la Inquisición y una madre superiora a la que le molestaba que su celda fuese como un café bar, pero el ataque del obispo Fernández de Santa Cruz, oculto tras el seudónimo de Sor Filotea, le hizo un daño irreversible, y no solo por el contenido, que de forma velada la acusaba de vanidad, lesbianismo y otras perversidades, sino por el efecto que tuvo en ella.

La Carta de Sor Filotea de la Cruz era tan abyecta, estaba tan llena del deseo de hacer daño, de la envidia de su genio literario, de la injusticia y la soberbia de negarle el lugar que había conquistado por el hecho de ser mujer y ser religiosa, que provocó a Inés y la hizo salir de su habitual templanza, de su actitud ambigua en que se había protegido siempre. Entró al trapo con todo, escribió una respuesta brillante, demoledora, en que estaba reflejada al mismo tiempo toda su biografía con sus limitadas conquistas cotidianas, su viaje interior tortuoso, su lucha como escritora contra las limitaciones de la inteligencia y como mujer contra el mundo de los hombres, y una erudición que recorría el mundo clásico, la Biblia y todos los estilos contemporáneos.

En perseguirme, Mundo, ¿Qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.
Y no estimo hermosura que vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, que Sor Juana Inés escribió y publicó en 1691, se parece al proceso de Wilde; con ella quiso defenderse, pero se defendió usando precisamente aquello de lo que la acusaban, poniendo su vanidad de escritora por encima de su humildad de sierva del Señor. Le tendieron una trampa y cayó. Después de eso, y como el estatus de la verdadera Sor Filotea era un secreto a voces y suficiente para sepultar a la orgullosa Inés, se presionó a la Madre Superiora para que prohibiese a la monja poeta el acceso a sus libros y a sus instrumentos musicales.

Se mandó quemar su obra, aunque algunos aristócratas y religiosos amigos salvaron una parte y la publicaron en España. Murió tres años después, a los cuarenta y tantos. Ella había querido sobrevivir al momento en que una mujer deja de ser útil porque no puede engendrar hijos ni casar hijas, pero la vida es irónica: a pesar de ser monja y una figura intelectual, dejó de producir y sucumbió al tifus en los años de su menopausia.

“Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz “
MUY ILUSTRE Señora, mi Señora: No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos días mi respuesta. ¿Qué mucho si, al primer paso, encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero (y para mí el más riguroso) es saber responder a vuestra doctísima, discretísima, santísima y amorosísima carta. Y si veo que preguntado el Ángel de las Escuelas, Santo Tomás, de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió que callaba porque nada sabía decir digno de Alberto, con cuánta mayor razón callaría, no como el Santo, de humildad, sino que en la realidad es no saber algo digno de vos. El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor, de dar a las prensas mis borrones: merced tan sin medida que aun se le pasara por alto a la esperanza más ambiciosa y al deseo más fantástico; y que ni aun como ente de razón pudiera caber en mis pensamientos; y en fin, de tal magnitud que no sólo no se puede estrechar a lo limitado de las voces, pero excede a la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano: Minorem spei, maiorem benefacti gloriam pereunt. Y tal que enmudecen al beneficiado.

Roberto Bolaño dijo una vez, acerca de los maestros, que con leer a Poe todos tendríamos más que suficiente. Pienso lo mismo de Inés y las feministas: con leer la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz estamos servidas para un rato. Desde su aparente sumisión a toda clase de autoridades, nadie luchó más que ella, con su poesía y su feminidad, contra la obligación de estar callada.