Archivo de la categoría: Año nuevo

LA NOVIA DE OCTOBER. 1

Nadie sabe qué hay detrás de una chica que mira una lavadora

 

“Alguien que se queda mirando la lavadora puede tener un problema. Alguien que se queda mirando una lavadora que no funciona tiene varios problemas.”

-¡Pe! –es su madre llamándola desde el dormitorio. Estará tirada en la cama, sin poder moverse-. ¡Pe! ¿Estás en la cocina?

Ella está mirando la lavadora, parada frente a la lavadora como ante un perro que gruñe. El piloto rojo parpadea. Recuerda que hace años no habría sabido nada de ese piloto rojo, habría sido una señal sin sentido, algo frente a lo que habría pasado sin mirar. Ahora sabe exactamente qué significa; significa que algo no funciona, que hay que limpiar el filtro o que la lavadora no está bien cerrada.

Ella está lista para salir. El morado de sus uñas todavía está húmedo. Los anillos en los dedos, la mochila a la espalda. El bus sale para Madrid en quince minutos, no tiene tiempo ni ganas de ponerse a trastear en la lavadora. Pero sabe que es su deber. Debería hacerlo, y por eso no se aleja, y por lo otro tampoco se acerca. No hace nada.

“Alguien que se queda mirando la lavadora puede tener un problema. Alguien que se queda mirando una lavadora que no funciona tiene varios problemas.”

Esta especie de sentencias, de versículos, le vienen a la cabeza últimamente. Las palabras surgen como si alguien se las dijese al oído. Es curioso, antes no le pasaba eso. Ella no es muy lista. Ella es solo una pobre chica. Es el amor, seguro, es una llamada que el amor hace a su inteligencia, para que todo su ser esté con él, con October.

“Nadie sabe que hay detrás de una chica que mira una lavadora. Nadie sabe que hay detrás de una chica que parece que va, pero en realidad viene.”

La traducción es suya y seguramente no muy buena. Pero si algo bueno tienen las letras de canciones en otro idioma es que cada uno se las inventa un poco.

Eso es, October la entiende perfectamente. “Solo soy un pobre chico.” No, no. No es sólo un pobre chico, ella quiere que él lo entienda. Pero cómo. Cómo se hace entender a un chaval de veinte años perseguido por las fans que sus canciones realmente describen su vida, la de ella, con detalles, no de esa manera fantasiosa en que otras chicas que gritan y tiran sujetadores se imaginan que la letra habla de ellas, sino literalmente; que de alguna manera nigromántica, esotérica, él ha escrito una canción en que por primera vez alguien la ve, la encuentra entre todas las demás, y le da una casa a la que volver, una canción a la que volver.

Abre con dolor su página de Insta, donde se anuncia el concierto para el que ella no ha conseguido entradas. Una voz en su cabeza le dice que habrá otra oportunidad, otra le dice que no la habrá. Una tercera tararea “solo soy un pobre chico”, su propio coro dice: “no, no.”

13971 seguidores han visto el teaser. Algo espectacular ocurrirá la noche antes del concierto, en algún lugar de Madrid, para aquellos que han conseguido la entrada VIP. Ella no ha conseguido la entrada VIP. Ella solo es una pobre chica. No, no. Ella está dispuesta a todo.

-¡Pe! ¿Estás en la cocina? Saca el pollo del congelador, hija.

No, Pe no saca más pollos ni arregla más lavadoras. Pe sale huyendo de su propia casa, agachando la cabeza, arqueando la espalda, deprisa, como un perro callejero que ve a alguien coger una piedra.


22 MAESTROS (9)

POETAS NIÑOS

José Viñals

Argentina, 1930 – España, 2009

El ermitaño. A nuestra nada escupiremos bajo los ojos del director de escena, tú con vestido blanco, yo con escapulario tardío, tu y yo distintos en una misma soledad. Ya se sabe, escupiendo, vale decir, llorando.

Y tú, Michaux, que no te considerabas un imbécil, ¿qué haces ahora entre las testas coronadas? Te repudio con la más exquisita ternura. Yo no sabía que tus poderes inferiores fueran tantos.
Recuerdo (recordamos) a tu querida Banjo, tu Banjebita, y el pequeño milagro que pedías para ella y para ti. Y el hato de holgazanes a quien se lo pedías, Henri de terciopelo, Henri de alma infinita.
Y recuerdo los vértigos de la lectura y, más aún, el vértigo punzante de las comprobaciones. No recuerdo a tus Bélgicas obtusas, en el vórtice oculto de tu oculto país de cauto y dulce invierno.
Recuerdo, no recuerdo, tu rostro iluminado de las fotografías, y las señales negras de tus grabados y acuarelas. No recuerdo, recuerdo, “esa ciudad con nombre de cuchillo”, la Quito andina de las iniciaciones.
No recuerdo tu voz ni el velo suave de tu voz, ni tus maneras sin escándalo. Te recuerdo, fragante, en el bosque sagrado de los libros.
Los mejores poetas tienen dos dimensiones, acaso tres, en el más alto de los casos. ¿Qué hacías tú con tus cuatro, y con la quinta que era tus visiones del tiempo? ¿Qué haces tú con tu puñal envenenado, con la droga en las venas?
A esas horas despiertas de Bangkok o Bruselas, o a las horas finales de París, ¿en qué desnivelado meridiano estaba el perro hambriento de tu viejo reloj de manecillas imantadas? ¿Dónde tu brújula engañosa?
He llamado a tu puerta y nadie acude. Un pájaro sin sombra custodia la débil claraboya. El llamador ha sido robado por los coleccionistas de tesoros. A la escalera de madera le faltan seis peldaños. Un gato merodea, pero ése no es tu gato.
Recuerdo, no recuerdo. Los dientes de la lepra se han comido las cartas que no nos escribimos. El silencio ha hecho el resto. Banjo tiene nefritis, u otra cosa cualquiera de esas enfermedades que acaban en la muerte, como la enfermedad de la memoria, que padezco en tu nombre o en mi maldita raza.

El ermitaño es la carta del recogimiento, la meditación, la persistencia y la misantropía. El ermitaño de esta baraja de poetas es José Viñals, que fue durante muchos años uno de los miembros de mi triunvirato de maestros vivos, junto con Antonio Gamoneda y Gonzalo Rojas, hasta el curso difícil de 2009 a 2011 en que los perdí a él y a Rojas, a J. G. Ballard y a mi abuela Inés, aunque una compensación más que justa de los dioses me trajo a mi hija. Es el ermitaño porque su vocación era constante y total, religiosa, aunque no había dios en su universo poético. Solo hablaba de poesía, incluso cuando hablaba de cosas cotidianas. Su capacidad de concentración era increíble, escribía con sus hijos saltándole por encima, escribía huyendo de Argentina a los treinta o cuarenta años.

Lentas las piedras
y más lentos los pájaros.
Comienza el mundo
a detenerse.
El sencillo
argumento
de la vida:
libando
ha muerto
el colibrí.
Son estorbo
las vísceras.
Es estorbo
la orina.
Y la sangre.
Y el alma.

El cerebro, entre los trece y los veintiuno, es neurológicamente problemático y distinto de otras edades. Químicamente distinto. Los adolescentes no están rabiosos por su voluntad. Esto no los hace más llevaderos a ellos, pero puede hacernos más indulgentes a nosotros, con los que conocemos o con los que fuimos. Yo a esa edad leí Transmutaciones de José Viñals y su efecto en mí fue tan poderoso y tejido por una reacción cerebral y bestialmente tan distinta a todo lo anterior, por la edad y por la poesía, que no la recuerdo. Conseguí su correo, no recuerdo cómo, su dirección incluía su nick, padreoscuro, promesa de una vocación de maestrazgo y de inmoralidad poética, escribí un correo electrónico que después el definió como “muy bello y muy absurdo”, pero no recuerdo qué puse en él.

Tu correo es muy bello y muy absurdo. Yo notaba la mezcla de vanidad halagada y de condescendencia, pero en la juventud uno está drogado por ese cóctel químico del cerebro, uno se atreve a saltar por encima de su orgullo, de su cansancio, de su miedo; no por valor, todavía no es valor, es osadía, negligencia, ignorancia del peligro. Comprendí que mi mensaje había sido torpe, pero alguna intuición fundamental, más acá o más allá de la experiencia, me permitió disculparme a mí misma como lo hacía el maestro, o como lo hago ahora sobre mí en el pasado, en favor del talento que se ponía en juego, de la posibilidad de saber más, de aprender más. Un adolescente que quiere ser escritor es como un niño pequeño, solo con un báculo, ante un rebaño de vacas que cree sagradas. No se da cuenta de lo pequeño que es. No se da cuenta de lo grande que es.

Entendí que la casa de José en Jaén era una cueva bohemia. No una escuela, ni un salón, una cueva de ermitaño, y que estaba abierta a creadores todos los días. Se bebía vino, se hacía una lasaña, y si había más poetas en casa, o pasaban de visita uno de sus cuatro hijos, los pedazos se cortaban más finos. Recientemente había estado León Torres, el pintor, su paisano de infancia de Corralito, y su benjamín, fotógrafo, y Andrés Neuman.

En el vaso de agua salobre. En el bisel ahogado del gran espejo de la sala. En los partes de guerra. En el florón oxidado de hierro de la puerta del zoo. En la proa del barco inmóvil en terso silencio de la bahía. En el arcano mineral de tus ojos durísimos. En el cielo. En la tela de organza color malva de tu traje de fiesta. En el baile. En la orquesta de vientos. En el hueco de mi mano. En la navaja de templado acero de Solingen. En tus pechos. En los versos del viejo poema, “entre las ropas de Tecla muerta hace treinta años”. En el anillo de bodas. En el borde del río de la infancia. En la perdiz. En el ojo de la perdiz. En el ojo rojo de la perdiz. En la primavera. En la eclosión del vegetal temprano. En el grano de anís. En la fuente de plata del banquete. En las manijas niqueladas del ataúd. En la pausa del tigre. En los partes de guerra. En-los-partes-de-guerra.
La muerte inexorable. La dulce muerte de las letanías.

El deseo de comunicarme con mis maestros ha sido siempre la primera y fuerte necesidad después de leer algo que me ha cambiado, pero como los autores que leía entonces, tiempos de formación, estaban en su mayoría bajo tierra, me había desahogado con mi poemario inédito: Tragos con los amigos muertos. Cuando supe que José estaba vivo y que podía escribirle y esperar una invitación, o más bien inventármela, me quedé como atontada, primero, después me entró la prisa. Una noche estaba dando vueltas por Malasaña, Huertas, Chueca, iba a ver a unos amigos, a otros, bebía más de lo normal, no quería irme a dormir y eso en mí es raro, nunca he sido de esos a los que se les pasa el tren de las dos, y luego el de las cuatro, y vuelven a casa al amanecer, pero a las seis de la mañana bajaba con la luna entre las casitas de la calle Algodonales del barrio de Tetuán. Llené una maleta a puñados, cogí un tren y me planté en la cueva de Jaén.

José y Martha resultaron ser ancianos sabios y maravillosos, casi en los dos significados posibles de “maravilloso”. Sobrevivían al verano de Jaén en su casa fresca, él escribía versos, ella tejía tapices. El telar de ella era la habitación alquímica, con estantes abarrotados de botes de cristal llenos de lana de todos los colores, entre los que la penumbra hacía brillos. El despacho de él era la sala del trono, el escritorio en el centro, rodeado de libros. Una cortina blanca de tejido traslúcido hacia que la luz no se difundiese en rayos, sino como una esfera, como un sol. Me asignaron un cuartito, me advirtieron que madrugaban y echaban la siesta y que no podían acompañarme a ver la ciudad porque ya eran mayores y no podían con las caminatas y el calor, me informaron de que la cena era a las diez, cuando por la terraza entraba el fresco, y que después de la lasaña, que esta vez sería para tres, y el vino, yo tenía que leerles en voz alta mis poemas y me juzgarían severamente.

En el nombre de raza jubilosa de la cebra (hembra y macho); en el nombre de torpe movimiento del elefante (macho y hembra); en el nombre soberano del tigre, dulce de la gacela, mortal de muerte negra de la cobra; en nombre de la fauna de la selva de ignoto instinto e ignorado destino.
En nombre de la estrella polar y de los círculos ártico y antártico; en nombre del lucero del alba y las constelaciones pitagóricas, serenas y acordadas; en el nombre de las mareas, del tifón gris, del maremoto terrible, de la luna, del cachorrillo de oso de los hielos.
En el nombre de la bellota negra, la cebolla contrita, los fundamentos del ajo y el aceite; en el nombre rizado del perejil; en nombre del maíz de espiga promisoria; en nombre de las varias dulzuras del ancho repertorio orquestal de los frutos de las cuatro estaciones; en nombre de los frutos extraños, el aguacate, la chirimoya, el mamey, la papaya y el mango, y otras carnes melífluas de los trópicos, así como de los almibarados y admirables, jugosos y salvajes frutos ecuatoriales.
En nombre de los vientos sagrados de bellísimo nombre: el aquilón, el bóreas, el austro, el cierzo, el siroco, el pampero, la brisa que soplaba en las lecturas de Paolo y Francesca, la que ondulaba las cortinas del cielo de Buda y la Gioconda.
En nombre de las aves de ornato, aves de ex-libris, ceremoniales,de atrevido diseño, el pavo real, la cigüeña, la garza, la lechuza, el pelícano, la cacatúa, el loro, el papagayo, el halcón y hasta inclusive el cisne de las mitologías.
En nombre de las partes pudendas, el pene enhiesto, la vagina fragante, los testículos en su zurrón de cuero deleznable, y aún la geografía de la erogenia y sus osados huecos y promontorios. En nombre de la cópula sagrada y de la suave lengua y sus designios sorpresivos.
En nombre del nacimiento, la muerte y la resurrección de los lobeznos humanos, y de los dioses de perfil podrido.
En nombre de las guerras, pestes y otros desastres naturales o del laboratorio de la muerte sin nombre.
En Tu nombre.
En tu nombre, Mujer de sílabas silentes. Hembra, Mujer, Esposa, Hermana putativa e incestuosa, Madre de los secretos de mi sangre y de la sangre de mi sangre, Cómplice de ignominia y dolor, y Camarada del desvelo y hembra de carne y hueso de mis urgentes escozores.
En Tu nombre, como creyente de Tu nombre sin tretas, Novia perfecta, inacabable, me pongo de rodillas.

Me aconsejaron, se rieron un poco de mí. Me dijeron que mi aspecto les recordaba al de las judías argentinas, y que tuviera cuidado, porque eran mujeres muy bellas pero de mayores se les ponían los tobillos gordos. Noté que tenían alguna broma privada con esto. Su charla era absolutamente generosa, rompían la distancia de la edad y del tiempo. Yo no era una desconocida por ser desconocida, por tener otra edad y vivir en otro sitio, había traspasado el círculo mágico, había entrado en su casa, y sin más mediación tenía derecho a cantar tangos borracha y a tener defectos.

Estaban espléndidos en su edad, parecía que habían nacido para tenerla, con sus ojos grandes y oscuros, brillantes, de pestañas equinas, su dificultad para moverse, sus manías, sus voces graves, la calva de él y el moño de ella, alto y hecho de un pelo de hada negro, casi azul. Se habían enamorado con catorce y dieciocho años, se habían dado como regalo de bodas un baúl lleno de libros, habían tenido cuatro hijos, habían tenido que huir de su país, habían tenido que empezar de cero su biblioteca. Creo que tendría que incluir a Martha en este maestrazgo, y es justo, porque no solo fue José un modelo de poeta para mí, ellos dos juntos eran un todo, cerraban el círculo del amor, y después, durante años, cuando alguien frente a mí despotricaba del amor y desafiaba a los presentes a citar una sola pareja que al cabo de los años y los sacrificios fuese feliz, yo siempre pensaba en ellos.

Tenía el niño las rodillas duras, huesudas sus piernas con vello prematuro. Miraba el campo, las perdices. Buscaba un zorro,un jaguar, tal vez un lobo o quizás un leopardo de otras inexpugnables zoologías. Hallaba una culebra, una vizcacha escurridiza, alguna comadreja del color alarmado de la caoba derretida. Sólo el cielo diurno y nocturno, las prodigiosas nubes, el dibujo secreto de las constelaciones, imantaban sus sueños; y alguna vez los charcos, tras el escándalo desmesurado de la tormenta de verano; los charcos, espejos peligrosos del abismo. Montaba su infinito caballo, su caballo infinito, su caballo,su emblema, su sangre transfundida, su corazón robusto y reventón, su tambor, su redoble, su ansiedad, su estampida,sus furias incipientes, su signo genital, su música. Su música. El embrión de la música, el rito, lo sagrado. Lo sagrado sin dioses, lo sagrado sin templos, el cielo inapelable, las distancias.Las distancias, las leguas, la circularidad del horizonte, la repentina flor violeta del cardo, el clamor de la estrella, la hipnosis de la estrella, el fulgor, el vacío, la estatura del padre,columna de la noche, lámpara oscura fría, mudo gigante de las perturbaciones, indicio de la muerte. Del padre, de la muerte. Del vaciamiento de los ojos, del límite y la sombra, de lo secreto, de lo inexorable, del golpe contra el suelo, de la caída breve y dura, dura como rodilla, como hueso que se quiebra, como visión de lo invisible, como súbito hallazgo invalorable, el grumo acre, el sabor hechicero de los corpúsculos de muerte,el himno sin orillas, el encuentro imposible y la tropilla de caballos con uno que fulgura, la flor sonámbula y su corola viscosa sin errores, el cuchillo mellado, las pepas de durazno, la osamenta del toro, el techo de cien metros desarraigado por el huracán, su brillo abstracto en el centeno, las repentinas turbulencias del sexo. El sexo, la rosa urgida de pétalos negros, su delicada antropofagia, la luz abrupta del conocimiento, el labio del poema. El poema, he allí el poema, el absurdo exultante, el mortal resplandor de la belleza, el pavor, la boca desdentada del enigma, el caníbal del ojo, los delicados dulces inicios del amor, las primicias, la barba, las enumeraciones. Vaivén, zig-zag, idas y vueltas, ritornellos, los ratones de piel anaranjada enloquecidos por los relámpagos, la prueba de cianuro, las pin-zas del ciempiés, el rito funerario, el escandido de los versos largos, la síncopa, el secreto. El secreto por fin, la sed intraducible, la miseria, las guerras, la fila enmugrecida de los huérfanos, el cura pederasta, la saliva, la desolada saliva seca de las masturbaciones, los campos de la estrella, la muerte en un abrir y cerrar de ojos, los cerdos hocicando en el lodo podrido, la mariposa negra, la sarna de la oveja, y los amarillentos gusanos gordos en la gangrena de la cruz del caballo, la vida. La vida que no se extingue aún, que organiza la huestes de la lepra y el cáncer, el cochinillo al horno, la pasión de los frutos.Los frutos, el silencio. Amor, a tus orillas se desvanece el brío de la tarde, y el caballo musita con la terrible dignidad del jardín; pía el pájaro demente, sucia la garganta de risas alfabéticas, posiblemente tristes. Amor, mustia la estrella, brilla tu escasa luz de terciopelo incandescente, la luminaria de tu alma que se enciende y apaga, que parpadea, que no cesa, que no nos deja dormir, que no con-siente las declinaciones, que abrirá finalmente las ventanas del día. Y tu caballo tendrá peso y sombra, para el cauto apretón de tus rodillas, para tu espuela de plata gris, inexistente.

Leí muy mal los pocos poemas que llevaba. José me regañó, me dijo que escribía poco, que leía mal, pero eso no era grave, lo grave es que no escribía lo suficiente. Hablamos de otros escritores, algunos de ellos supuestamente buenos, a los que yo despreciaba, él me dijo unas bellas palabras, tal vez más bellas incluso que las que me habían dado las llaves de la cueva: “tu correo es muy bello y muy absurdo”, y fueron, “¿Y si has venido menos a escribir que a descubrir impostores? ¿Qué era tu padre, tu abuelo?” “Policías.”, dije, con vergüenza, porque sabía de su pasado, de su trauma con la autoridad, “Tres generaciones de policías.”, y para mi alivio miró el lado luminoso de aquello, el lado poético y dijo: “Ah, claro, eres un vigilante. No una escritora obrera, una escritora vigilante.” Recordé Oh tu qui servas, el himno de los vigías de Módena en el siglo XI.

Ese fin de semana reparó una parte de mi infancia. Mis padres no pudieron estar en algunos lugares donde los necesitaba, en algunos lugares dentro de mí, quiero decir, y me siento agradecida con los dioses, sean cuales sean, porque no han parado de enviarme otros padres que les ayudasen. Pensé en cuánto habían sufrido, en su vida errante, en como se daban la mano, fuerte, como a punto de morir cada día y así era, así es, para todos, y toda esa mierda que habían tenido que ver y que les había caído encima no se había convertido en resentimiento, en violencia, sino en tapices y en poemas. Eso si, poemas crudos, difíciles, secos, alucinados y rencorosos, pero reyes de la belleza de ese mundo de salvación del mundo.

Tus dos pechos, como dos cabritos mellizos de gama, que son apacentados entre azucenas.
(Cantar de los cantares)
Se abre el aire y da paso al aroma. En los labios del día hay una mueca de delicia. Los furtivos caminan cabizbajos con sus flacos lebreles. En la montaña el gato montés y la garduña están ambos en celo y lanzan sus urgentes maullidos. Te bañas en el río y tus dos pechos brillan como peces de escamas rubias y tornasoladas.Te miro, mejor decir te observo y se me enturbia el pensamiento,mujer amada y deleitosa, maternal y luciente. En el agua se mece y se dilata y gira la redondez rotunda de tu culo. Y tu risa es de breva que ha rajado el verano y respetado el pico de los pájaros. A deidad de los sexos te comparo, a fruto terrenal, a estatuilla de barro sin cocer de Maillol te comparo. Como dos cabritos mellizos de gama, como magnolias lentas, así tus pechos de pico de paloma, así tus dos panales obedientes, así tu ser y tu opulencia, sacerdotisa de las mieses, diosa de los retablos. Que mis ojos te absorban, que te incrustes como una gema en la palabra, que quepas en la hondura de mi pecho, que abras los manantiales de la idea, que me talles el alma con el cincel de tu correspondencia con la vida. Desde la gloria de tu piel y tu planta, hazme que cante en ti y contigo, ahora que se inclina, como una rama del granado cargada de dulzuras, la hora breve y cuajada de la tarde, en donde, como música inmóvil, con suavidades palpo la luz de tu silencio.

Pensé que nunca se agradece lo suficiente a los poetas, a los creadores que deciden hacer eso; reciclar, ver la mierda del mundo y reciclarla, convertirla en otra cosa. Hay quien dice que eso no es un trabajo, y el mismo José estaba de acuerdo con eso, cortaba así la discusión. “Me carga que me vengan con eso de que un escritor trabaja mucho. Un escritor no trabaja nada, escribe. ¿Por qué tenemos que validarnos ante el mundo diciendo que trabajamos, por qué evitamos parecer inútiles, parecer parias?, si no les gusta que se jodan.” Pues eso, los que no creen en la pasión y el reciclaje, que se jodan. También dijo y escribió reflexiones que me gustan mucho y me han enseñado mucho, como ésta:

“Se dice: la poesía es un género literario. Pues no, la poesía es una actividad artística que poco y nada tiene que ver con la literatura excepto porque emplea los mismos materiales aunque con muy distintos alcances y sentidos […] La poesía es una actividad del espíritu, y esto nada tiene que ver con religión o mística o metafísica algunas. Digo espíritu en un sentido absolutamente laico e inclusive materialista entendiendo al espíritu como totalidad energética que concentra todas las energías humanas: corporales, fisiológicas, genitales, mentales, psicológicas, genéticas, gregarias, individuales, sociales, etc. O sea espíritu como quintaesencia y no como entelequia.”

José murió abrazado a Martha, en una siesta.

Damasco o albaricoque; durazno o melocotón; frutilla o fresa; arveja o guisante. Mi lengua y mi lengua. Acabo de ver un alcaucil, o sea una alcachofa. Pero a ti, amigo mío, te lloro muerto o muerto.

In Memoriam

http://elpais.com/diario/2009/11/30/necrologicas/1259535601_850215.html

 


22 MAESTROS (8)

POETAS NIÑOS

Gonzalo Rojas

Chile, 1917 – 2011

La fuerza. Pero somos precoces, eso sí que somos, muy precoces, más que Rimbaud a nuestra edad; ¿más?, ¿todavía más que ese hijo de madre que lo perdió todo en la apuesta? Viniera y nos viera así todos sucios, estallados en nuestro átomo mísero, viejos de inmundicia y gloria. Un puntapié nos diera en el hocico.

1. La Cerrazón
Amé a una muchacha de vidrio
transparente y bestial este verano, adoré su nariz,
su largo pelo negro hizo estragos
en mi concupiscencia, era, ¿cómo decirlo? Olfato
y piel, toda ella era olfato y piel, la envolvía
una especie de aura histérica en cuanto
era por lo menos dos, la que sollozaba
y la que hablaba sola con los ángeles, el juego
a todas luces era perturbador, llegaba
de la calle con esa hermosura indiscutible de las de 30
que casi lo han vivido todo, del parto
al frenesí, se echaba desnuda
ahí en esa cama las ventanas abiertas
al mar, lo que más le gustaba era el mar.
El caso concreto era la impiedad de su corazón, decía
que el Mundo le importaba una flauta,
y de veras le importaba escasamente una flauta, el epicentro
de su rotación y su traslación era el fornicio, un fornicio
más bien mental. Me decía por ejemplo: -Ahora
voy a volar, y volaba del catre al techo
unos diez metros o algo así como quien nada en el aire
de espaldas, estilo mariposa.
Para decirlo de una vez me consta que volaba
pero sin salir de ella, es decir, saliendo y no saliendo,
todo se hizo difícil, amaba a otro
y yo andaba en la edad de los patriarcas
intacta sin embargo la erección
aunque lisa y llanamente amaba a otro,
por lo menos decía que amaba a otro en el sur. D’accord,
el perdedor es el abismo.
Cada uno ama a su venenosa como puede, yo amé a mi venenosa,
imposible sacarla de mi seso
hasta no sé cuando, viéndola de lejos
hoy viernes pienso en sus pies
hasta dónde llegarán, la línea de su vida es corta
y eso está escrito en el I Ching. Por último
no es que la cerrazón haya entrado en mí, yo entré en la cerrazón.
De los acorralados es el Reino.
2. Martes Trece
A ver qué me gusta de ti? La risa riente
de tu boca y -una vez desnuda- los sobacos
fuera claro de la nariz cuyos cartílagos
datan del Renacimiento, ah y el pelo,
ese negro tuyo pelo que es mi adoración,
que te tapa de norte a sur la espalda
y el fulgor de la morenía, mi
perversión y mi adoración.
Ahí van las cosas entre los dos: imposibles. Hoy
cumples 36, se te ve flaca
pero yo no más conozco por dentro la embarcación, yo y otros.
Pero no hablemos de los náufragos.
Nada entonces de sobrevida. No hay sobrevida,
para qué sirve la sobrevida. Lo terminal
es lo único que está en juego:
la mariposa es terminal, Picasso
es terminal,
Picasso que inventó la mariposa
cuando entró en Jacqueline encima
de los setenta, eso es terminal
y cosa de meses
desde el portento amniótico. ¡Picasso
y su baile! Si es que le dura,
si es que le dura más que la pintura.
Dices que te vas. Bueno, te vas,
hoy mismo en ese avión al sur te vas
tan ligera como viniste. Olvida
este verano. Total fuiste parte
de mi resurrección. Por último
no quedé tieso ahí en ese matadero
del quirófano. Todo
fue tan flexible. Usted
fue feliz. Yo fui feliz. El adiós sangriento fue feliz.
3. Fascinación
No con semen de eyacular sino con semen de escribir
le digo a la paloma: -ábrete, paloma, y
se abre; -recíbeme,
y me recibe, erecto
y pertinaz; ahí mismo volamos
inacabables hasta más allá del Génesis
setenta veces siete, y así
vaciado el sentido: -“Vuestra soy
gime con gemido en su éxtasis, para vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?”. Ciego
de su olor, beso entonces un aroma
que no olí en mujer: -“Guárdame
-irrumpo arterial- esta leche de dragón
hasta la Resurrección en la tersura
de tu figura de piel, clítoris
y más clítoris en el frenesí
de la Especie. No haya mortaja
entre nosotros”.
A lo que la posesa: -“Ay, cuerpo,
quien fuera eternamente cuerpo, tacto
de ti, liturgia
y lascivia de ti y el beso
corriera como huracán y yo fuera el beso
de mujer para aullarte
loba de mí, Río
Turbio abajo hasta la Antártica, loca
como soy, zumbido del Principio”.
De histeria y polvo, amor,
fuimos hechos, uno lee
ocioso en maya, en sánscrito las estrellas: ¡uno!
¿de qué escribe uno? –”Dínoslo
de una vez Teresa de Ávila, Virginia
Woolf, Emily mía
Brontë de un páramo
a otro, Frida mutilada
que andas volando por ahí, ¿de qué
escribe uno?”

La fuerza de mi Tarot es Gonzalo Rojas, porque es el poeta de la pasión y no solo en un sentido sexual, sino en el de aceptar el dolor y la lucha constante como parte de la celebración de estar vivo. Sus versos dibujan una tensión constante y hasta un forcejeo en el significado. La palabra es ella misma o su sinónimo o su antónimo, dentro de una misma frase, y a  veces dentro de sí.

Todavía recuerdo mi clase de Retórica.
Ceremonia del Juicio Final. Un gran silencio
hasta que el Profesor irrumpía: “Sentaos”.
“Os traigo carne fresca”. Y vaciaba un paquete
de algo blando y viscoso
envuelto en diarios viejos como un pescado crudo,
sobre la mesa en que él oficiaba su misa.
“Capítulo Primero”. “El estilo del hombre
corresponde a un defecto de su lengua”. Y mostraba
una lengua comida por moscas de ataúd
para ilustrar su tesis con la luz del ejemplo.
“Mirad: la lengua inglesa no es la lengua española”
“Aquí tengo la lengua de Cervantes. Su forma
de espada no coincide
con el hueco del paladar”. El Profesor hablaba
de condiciones, rasgos, influencias,
metáforas, estrofas. Y cada afirmación
era probada por la Crítica.
Ahora bien, los puntos de vista de la Crítica
-pobres cuencas vacías-
eran toda esa carne palpitante
saqueada a los distintos cementerios:
lenguas, dientes, narices, pulmones, vientres, manos
que un día fueron órganos de los grandes autores,
hoy tumores malignos servidos en bandejas
por profesores-asnos a discípulos-asnos
adentro de una sala-alcantarilla.
Donceles y doncellas extasiados
copiaban en “papeles” todas las proporciones
de una obra maestra: las leyes de la lírica.
la épica y dramática, causas y consecuencias,
la decadencia, el desarrollo
de las literaturas.
Ante tal entusiasmo,
el olor de los restos de los grandes autores
se mezclaba al olor de esos bellos difuntos
sentados en la silla de su propio excremento,
y una sola corriente de inmundicia era el aire,
mientras la admiración llegaba al desenfreno
cuando ese Profesor: “Si aprendéis -nos decía-
los requisitos de la creación,
seréis fieros rivales de Goethe, y superiores”.
Y cerraba su clase.
Guardaba todos los despojos nauseabundos
en su paquete, y con la frente en alto,
coronado en laurel por su buen éxito
nos volvía la espalda como un Dios del Olimpo
que regresa a su concha.
Todavía recuerdo mi clase de Retórica
en que la vida y la belleza
eran un plato de carne podrida.
Yo tuve que cortarme la lengua en la raíz
para librarme de la lepra.

En cuanto al arcano mayor del Tarot llamado Fuerza, y representado por lo general con la imagen de una mujer dominando a un león furioso, hay un desacuerdo en la comunidad esotérica. En la baraja del Tarot egipcio, el de Marsella, el Visconti-Sforza y todos los de tradición antigua, el arcano mayor número VIII es la justicia, y la fuerza es el XI. En los años 70 Rider y White crearon su propia baraja que supuso una revolución, por su hallazgo de láminas expresivas y colores que daban de forma intuitiva el significado de la carta en un primer golpe de vista, y se convirtió rápidamente en una de las barajas más usadas por los legos. En los años 70, el budismo, el taoísmo, la meditación y otros conceptos de espiritualidad oriental se estaban infiltrando en nuestra cultura; uno de estos nuevos conceptos era el karma.

No escribas diez poemas a la vez parece decirme la lectora, escribe cuatro: uno
a mis ojos, otro
a mis axilas de perra, otro al Dios
que hay en mí en lo sagrado
de los meses, y si te queda tiempo no escribas
el último, ponte en mi caso, estoy
tan triste, llena de hombre,
con tanta vibración de hombre en el espinazo, y adentro
tanto otro fulgor que duerme en mí, a tan
sangrientos días del parto.

La idea de que los sistemas simbólicos imitan una evolución kármica del universo desde una creación hasta un apocalipsis o bien una culminación, estaba adaptándose a la interpretación del zodiaco y de otras series esotéricas de tradición pérsica y occidental. Rider y White consideraron más importante la coherencia kármica dentro del Tarot que la fidelidad al sistema antiguo, e intercambiaron los lugares de los arcanos VIII (justicia) y XI (fuerza), entendiendo que la justicia, como representación de un equilibrio de valores, era consecuencia de una resolución (arcano 7, el carro) y una lucha (arcano 8, la fuerza) y debía venir después de estos, por tanto tener un lugar posterior en la serie.

Mujeres de 50 a 60 hablando en un rincón de austeridad
frenéticas contra el falo, ¡a las horas!,
cuando ya se ha ardido mucho y se ha tostado
el encanto, hirondelas, y lo frustrado
se ha vuelto arruga. Trampa,
no todo será lujuria pero qué portento
es la lujuria con su olor a
lujuria, con su fulgor
a mujer y hombre nadando
en la inmensidad de esos dos metros
crujientes con
sábanas, o sin, en un solo beso
que es pura imantación mientras afuera la Tierra dicen que gira
y ellos ahí libres. Gloriosos
y gozosos, embellecidos por los excesos. Que hablen
lo que quieran de gravedad menesterosa
esas pudibundas. Ay, cuerpo, quién
fuera eternamente cuerpo.

Pocas veces coincide la red de afectos que aprieta a un autor contra nuestra memoria, con las que imponen las clasificaciones literarias. Sin embargo a Gonzalo Rojas y Gamoneda, ambos de grandeza reconocida, ambos de la generación del 38 y escribientes en lengua hispana, aunque de aquí y de allá, los leí a la vez, tuve fe en lo que me estaban mostrando, los elegí en la misma época de mi vida y de algún modo siempre que pienso en ellos lo hago como en poetas gemelos, no iguales, sino complementarios. Antonio busca lo que le anuncian sus ojos por dentro, Gonzalo desea lo que palpa el centro de sus tripas.

Ningunos niños matarán ningunos pájaros, ningunos errores
errarán, ningunos cocodrilos
cocodrilearán a no ser que el juego
sea otro y Matta, Roberto
Matta que lo inventó, busque en el aire a
su hijito muerto por si lo halla a unos tres metros
del suelo elevándose:
yéndose de esta gravedad.
Ningunas nubes nublarán ningunas estrellas, ningunas
lluvias lloverán cuchillos, paciencias
ningunas de mujeres pacienciarán
en vano, con tal
que llegue esa carta piensa Hilda y el sello
diga Santiago, con tal que esa carta
sea de Santiago, y
el que la firme sea Alejandro y
diga: Aparecí. Firmado: Alejandro
Rodríguez; siempre y cuando
se aclare todo y ningunas
muertes sean muertes, ningunas
Cármenes sean sino Cármenes, alondras en
vuelo hacia sus Alejandros, mi Dios, y
los únicos ningunos de este juego cruel sean ellos, ¡ellos
por los que escribo esto con mi
sintaxis de niño contra el maleficio: los
mutilados, los
desaparecidos!

Su poesía amorosa es más concreta, más hambrienta que la de Neruda, a mí como poeta erótico me gusta más. No mezcla deseo y amor, su deseo es de la piel, de la corteza de la propia palabra, quiere apoderarse de la amante contando su piel, su orgasmo, su objeto de deseo es el deseo mismo y no la mujer que desea, y el deseo lo es todo más allá del sexo, es deseo cuando habla de escribir, del vacío, de alimento, de muertos.

La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la palabra placer
cayendo del destello de tu nuca, fluyendo
blanquísima por lo vertiginoso oloroso de
tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas
de cuyo arco pende el Mundo, cómo lo
músico vino a ser marmóreo en la
esplendidez de tus piernas si antes hubo
dos piernas amorosas así considerando
claro el encantamiento de los tobillos que son
goznes que son aire que son
partícipes de los pies de Isadora
Duncan la que bailó en la playa abierta para Serguei
Iesénin, cómo
eras eso y más para mí, la
danza, la contradanza, el gozo
de olerte ahí tendida recostada en tu ámbar contra
el espejo súbito de la Especie cuando te vi
de golpe, ¡con lo lascivo
de mis dedos te vi!, la
arruga errónea, por decirlo, trizada en
lo simultáneo de la serpiente palpándote
áspera del otro lado otra
pero tú misma en la inmediatez de la sábana, anfibia
ahora, vieja
vejez de los párpados abajo, pescado
sin océano ni
nada que nadar, contradicción
siamesa de la figura
de las hermosas desde el
paraíso, sin
nariz entonces rectilínea ni pétalo
por rostro, pordioseros los pezones, más
y más pedregosas las rodillas, las costillas:
-¿Y el parto, Amor,
el tisú epitelial del parto?
De él somos, del
mísero dos partido
en dos somos, del
báratro, corrupción
y lozanía y
clítoris y éxtasis, ángeles
y muslos convulsos: todavía
anda suelto todo, ¿qué
nos iban a enfriar por eso los tigres
desbocados de anoche? Placer
y más placer. Olfato, lo
primero el olfato de la hermosura, alta
y esbelta rosa de sangre a cuya vertiente vine, no
importa el aceite de la locura:
-Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma.

Su narrador es un amante, pero no solo un amante cuando ama, cuando hay objeto para ese amor, es amante también en el vacío y sin objeto, y por momentos nada en esa ausencia de objetivo, en ese universo inhumano y en esos entonces escribe sobre un motivo de motivos, sobre Dios, tal vez.

Tan bien que estaba entrando en la escritura de mi Dios
esta mano, el telar secreto, y yo dejándola
ir, dejándola
sin más que urdiera el punto del ritmo, que tocara y tocara
el cielo en su música como cuando las nubes huyen solas
en su impulso abierto arriba, de, un sur
a otro, porque todo es sur en el mundo, las estrellas
que no vemos y las que vemos, fascinación
y cerrazón, dalia y más dalia
de tinta.
Tan bien que iba el ejercicio para que durara, los huesecillos
móviles, tensa
la tensión, segura
la partitura de la videncia como cuando uno
nace y está todo ahí, de encantamiento
en encantamiento, recién armado
el juego, y es cosa
de correr para verla y olfatearla
fresca a la eternidad en esos metros
de seda y alambre, nuestra pobrecilla
niñez que somos y seremos; hebra
de granizo blanco en los vidrios, Lebu abajo
por el Golfo y la ululación, parco en lo parco
hasta que abra limpio el día.
Tan bien todo que iba, los remos
de la exactitud, el silencio con
su gaviota velocísima, lo simultáneo
de desnacer y de nacer en la maravilla
de la aproximación a la ninguna costa
que soy, cuando cortándose
cortóse la mano en su transparencia de cinco
virtudes áureas, cortóse en ella
el trato de arteria y luz, el ala
cortóse en el vuelo, algún acorde que no sé
de este oficio, algún adónde
de este cuándo.


22 MAESTROS (7)

POETAS NIÑOS

Antonio Gamoneda

(España, 1931)

El carro. Incruentos como Don Quijote, numantinamente resistentes, pacíficamente revolucionarios, queridos escritores cervantinos todos: “hay que luchar contra los molinos de viento”.

El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido,
y no acepté otro valor que la imposibilidad.
Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el mar,
escuché la rendición de mis huesos depositándose en el descanso;
escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al ingresar en lo que quedaba de mí;
escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu,
y no pude resistir la perfección del silencio.
No creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí:
han venido otra vez como líquenes inevitables.
La fermentación del verano se introduce en mi corazón y mis manos se deslizan cansadas en la lentitud.
Vienen rostros sin proyectar sombra ni hacer crujir la sencillez del aire;
sin osamenta ni tránsito, como si consistieran únicamente en el contenido de mis ojos, en la unidad de mis palabras, en el espesor de mis oídos.
Son obedientes y yo siento su reunión como una salud que se refugia en la oscuridad.
Es una amistad dentro de mí mismo;
es un estambre urdido por manos que son suaves en el interior de los días.
Ahora es verano y me proveo de alquitranes y espinas y lápices iniciados,
y las sentencias suben hacia las cánulas de mis oídos.
He salido de la habitación obstinada.
Puedo hallar leche en frutos abandonados y escuchar llanto en un hospital vacío.
La prosperidad de mi lengua se revela en cuanto fue olvidado durante mucho tiempo y sin embargo visitado por las aguas.
Éste es un año de cansancio. Verdaderamente es un año muy viejo.
Éste es el año de la necesidad.
Durante quinientas semanas he estado ausente de mis designios,
depositado en nódulos y silencioso hasta la maldición.
Mientras tanto la tortura ha pactado con las palabras.
Ahora un rostro sonríe y su sonrisa se deposita sobre mis labios,
y la advertencia de su música explica todas las pérdidas y me acompaña.
Habla de mí como una vibración de pájaros que hubiesen desaparecido y retornasen;
habla de mí con labios que todavía responden a la dulzura de unos párpados.

El carro es el séptimo de los arcanos mayores del Tarot. Se ha emprendido el camino nuevo, después de la encrucijada de Los enamorados. Lo marcado por El carro representa el compromiso absoluto con un plan en que tiene más importancia el valor y la fuerza de la decisión misma que la estrategia.

La naturaleza de los cuerpos es fingir la existencia y este conocimiento es el fin de un espíritu rodeado por ávidas gallinas en los preámbulos.
Lee en las láminas de vidrio: los argumentos del placer y los capítulos de la destrucción atravesados por una sola mirada. ¿Quién habla en esta transparencia?
Sólo es legible el libro de lo incierto.
El afilador que posee en sus cánulas una sola nota, clara como una serpiente, creadora de la niñez en un espacio de hombres vigilados, no es más feliz que su propia música destinada al invierno.
Así es el rostro de tu madre.
Nuestra pasión es trivial: una enseñanza atribuida a pájaros sobre la nieve, a los volúmenes cuya visión es la forma más perfecta de la tristeza.
Y la convicción crece únicamente en el paladar de hombres aptos para la administración de la muerte, hombres cuyas azumbres están llenas de líquidos más decisivos que el dolor.
Mas, los incrédulos, desposeídos de conducta, ¿qué iglesia luce en nuestros gemidos?
Hay indicios en narraciones impecables: el vendedor de higos chumbos cuya pobreza está bajo la luz y sonreía cerca del cuchillo y la limpieza de su acto era una lámpara increíble, una prueba exquisita de la inexistencia coronada de gritos en la celebración del mercado.
O, en los jardines del verano, el muro quieto en la imposibilidad, externo a un espesor de líneas invisibles, un espesor dotado de melancolía.
O, más aún, en tu chaqueta abandonada y entreabierta, es decir, en una forma que describe tu desaparición.
Esta perplejidad es la conciencia. El miedo ejerce de pastor, pero no sabes más de ti que un animal absorto sobre el agua.

El carro en mi baraja de maestros es Antonio Gamoneda, miembro de la Generación del 38, poetas que escribieron incansablemente durante nuestra correosa mitad de siglo XX y que en su caso, aun sigue haciéndolo. Que yo sepa hace diez años hasta respondía a cartas de jóvenes poetas y comentaba sus intentos con atención y templado afecto.

El olvido es mi patria vigilada y aún tuve un país más grande y desconocido.
He retornado entre un silencio de párpados a aquellos bosques en que fui perseguido por presentimientos y proposiciones de hombres enfermos.
Es aquí donde el miedo ve la fuerza de tu rostro: tu realidad en la desaparición
(que se extendía como la lluvia en el fondo de la noche; más lenta que la tristeza, más húmeda que labios sobre mi cuerpo).
Eran los grandes días de la traición.
Me alimentaba la fosforescencia. Tú creaste la mentira entre las piernas de mi madre; no existía el dolor y tú creaste la compasión.
Tú volvías a las hortensias.
Y sollozaste bajo la lente de los comisarios.
Y vi la luz de la inutilidad.
Mi boca es fría en las plegarias. Este relato incomprensible es lo que queda de nosotros. La traición prospera en corazones inviolables.
Profundidad de la mentira: todos mis actos en el espejo de la muerte. Y los carbones resplandecen sobre la piel de héroes aún despiertos en el umbral de la imbecilidad.
Y ese alarido entre cristales, esas heridas que no son visibles más que en el instante del amor…
¿Qué hora es ésta, qué yerba crece en nuestra juventud?

Esta forma de magisterio se parece a la zona de su poesía que a mí me impresionó a los veinte años. Su verso va hacia una intuición, un color o un sonido, una idea; con palabras que se aproximan intenta rodearla, como algo invisible que se va palpando, como una costa que se navega para ir haciendo un mapa, cuando no puede ir más lejos con la percepción construye una escala de lenguaje, cada peldaño se apoya en el anterior para llegar un poco más allá, un poco más hondo, hasta encontrar la mínima distancia posible entre la palabra y lo nombrado. Es un niño detrás de un insecto, acerca sus manos, el insecto vuela, va un poco más allá, el insecto se esconde y reaparece, viene y va, a veces parece reírse.


Siento el crepúsculo en mis manos. Llega a través del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado ni ser feliz ni recordar.
Sólo quiero sentir esta luz en mis manos
y desconocer todos los rostros y que las canciones dejen de pesar en mi corazón
y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta que se han ido.
Hay
grietas y sombras en paredes blancas y pronto habrá más grietas y más sombras y finalmente no habrá paredes blancas.
Es la vejez. Fluye en mis venas como agua atravesada por gemidos. Van
a cesar todas las preguntas. Un sol tardío pesa en mis manos inmóviles y a mi quietud vienen a la vez suavemente, como una sola sustancia, el pensamiento y su desaparición.
Es la agonía y la serenidad.
Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo. En cualquier caso, ya
la única sabiduría es el olvido.

Mis poetas niños darán paso a mis poetas narradores (a partir del arcano XV, el diablo). Los primeros están en una búsqueda. En el sentimiento detrás de las imágenes que construyen hay siempre cierta ceguera, cierto vértigo, porque lo que cuentan todavía no lo entienden del todo y en cierto modo los ciega. Sus palabras están desconectadas de sus ojos, su oficio es buscar esa conexión, aún no saben lo que ven, o no saben como decirlo, su poesía es una constante adivinanza, pero la pregunta viene de dentro, de lo que ellos sienten al observar el mundo y no del mundo mismo, por eso son poetas y no filósofos. Aquí está Antonio, y además comparte otra característica con el resto de mis maestros niños que enseñan como buscar a la vez que buscan; su vocación y su sensibilidad nació en la infancia.

Yo estaré en tu pensamiento, no seré más que una sombra imprecisa;
habré existido en un instante en que la alegría y la piedad ardían en tus ojos.
Pero también quiero permanecer desconocido en ti.
Desconocido. Simplemente envuelto en tu felicidad.
Tú distraída en tu luz y yo apenas viviente en ella, y así, imperceptiblemente amado, esperar la desaparición.
Aunque quizá estamos ya separados por un hilo de sombra y cada uno está en su propia luz
y la mía es la que tú vas abandonando.

En el caso de este poeta en concreto, creo que vale la pena leer su biografía completa, recorre de un modo muy lineal y sin estridencias nuestra historia, es un ejemplo de fidelidad y resistencia, de escritura como trinchera interior, como forma indestructible de libertad íntima, y además está ese primer momento precioso, que casi puedo imaginar con la misma luz que creo ver en sus poemas, esa luz blanca y pobre de invierno detrás de una ventana de provincias en 1936, con su madre sentada junto a él, en que aprende a leer en el único libro de poemas que escribió su padre.

https://farogamoneda.wordpress.com/2016/03/19/noticia-biografica-de-antonio-gamoneda-lobon/

https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Gamoneda

Estoy desnudo ante el agua inmóvil. He dejado mi ropa en el silencio de las últimas ramas.
Esto era el destino:
llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua.

Sus poemas los descubrí en una inmensa antología: Esta luz. Poesía reunida (1947–2004). [Epílogo de Miguel Casado, “El curso de la edad”] Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, en su reimpresión de 2005.


22 MAESTROS (6)

POETAS NIÑOS

Pablo Neruda

Chile, 1904 – 1973

Los enamorados. Quién eres tú. Quién eres.

Pensando, enredando sombras en la profunda soledad.
Tú también estás lejos, ah más lejos que nadie.
Pensando, soltando pájaros, desvaneciendo imágenes,
enterrando lámparas.
Campanario de brumas, qué lejos, allá arriba!
Ahogando lamentos, moliendo esperanzas sombrías,
molinero taciturno,
se te viene de bruces la noche, lejos de la ciudad.
Tu presencia es ajena, extraña a mí como una cosa.
Pienso, camino largamente, mi vida antes de ti.
Mi vida antes de nadie, mi áspera vida.
El grito frente al mar, entre las piedras,
corriendo libre, loco, en el vaho del mar.
La furia triste, el grito, la soledad del mar.
Desbocado, violento, estirado hacia el cielo.
Tú, mujer, qué eras allí, qué raya, qué varilla
de ese abanico inmenso? Estabas lejos como ahora.
Incendio en el bosque! Arde en cruces azules.
Arde, arde, llamea, chispea en árboles de luz.
Se derrumba, crepita. Incendio. Incendio.
Y mi alma baila herida de virutas de fuego.
Quien llama? Qué silencio poblado de ecos?
Hora de la nostalgia, hora de la alegría, hora de la soledad,
hora mía entre todas!
Bocina en que el viento pasa cantando.
Tanta pasión de llanto anudada a mi cuerpo.
Sacudida de todas las raíces,
asalto de todas las olas!
Rodaba, alegre, triste, interminable, mi alma.
Pensando, enterrando lámparas en la profunda soledad.
Quién eres tú, quién eres?

La carta de los enamorados representa el hedonismo, la aventura sentimental, la variedad de amantes y en un sentido más amplio, de opciones en la vida. Simboliza el conflicto de los mortales por el cual la elección de un camino supone dejar de lado otros, por tanto significa la encrucijada y su resolución: el compromiso. Cada baraja del Tarot elige un mundo simbólico; las más centradas en lo cotidiano representan una pareja, quedándose con el primero de sus significados; las que buscan una exploración más profunda, o se atienen a la fórmula antigua, suelen ilustrar los enamorados como un personaje eligiendo o dudando entre dos amantes, lo que alude al segundo significado, más arcano, el de la decisión.

Soy el tigre.
Te acecho entre las hojas
anchas como lingotes
de mineral mojado.
El río blanco crece
bajo la niebla. Llegas.
Desnuda te sumerges.
Espero.
Entonces en un salto
de fuego, sangre, dientes,
de un zarpazo derribo
tu pecho, tus caderas.
Bebo tu sangre, rompo
tus miembros uno a uno.
Y me quedo velando
por años en la selva
tus huesos, tu ceniza,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil en la lluvia,
centinela implacable
de mi amor asesino.

Mis enamorados son Pablo Neruda, nacido Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, que va un paso más allá que San Juan de la Cruz en mi lista de maestros por el mismo motivo que el arcano 6, los enamorados, sigue al 5, el sacerdote. Éste simboliza la elección de un amor (el amor a Dios para las almas espirituales y el amor a un esposo para los prosaicos) en el momento mismo del enamoramiento, llevado por un impulso de entrega absoluta que supone un compromiso irreflexivo. Los enamorados encarnan el momento siguiente, cuando el amante se da cuenta de que había otras opciones, y que tal vez ha perdido algo mejor. Su mundo ya no es redondo, perfecto y sagrado, la tentación ha irrumpido en él, y si después de esta crisis se refuerza en su compromiso anterior, éste ya no será involuntario, forjado en el apego animal, sino plenamente humano y más alto.

Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.
Tengo miedo. Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha .de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella).
Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!
Se muere el universo de una calma agonía
sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la tierra es una fruta negra que el cielo muerde.
Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.

Siguiendo este camino simbólico, también puede ocurrir que el enamorado se quede fotografiado en el momento de la indecisión, que llegue incluso a concluir que elegir es malo, que hay que vivir en esa variedad e incertidumbre. Se produce entonces una inversión moral; la concupiscencia, la infidelidad, ya no deben ser reprimidas para llegar a la unidad, al contrario, se convierten en el objetivo, para el cual hay que reprimir la posesión de un solo objeto, al que se supone celamos y nos aferramos por miedo.

Sabrás que no te amo y que te amo
puesto que de dos modos es la vida,
la palabra es un ala del silencio,
el fuego tiene una mitad de frío.
Yo te amo para comenzar a amarte,
para recomenzar el infinito
y para no dejar de amarte nunca:
por eso no te amo todavía.
Te amo y no te amo como si tuviera
en mis manos las llaves de la dicha
y un incierto destino desdichado.
Mi amor tiene dos vidas para armarte.
Por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo cuando te amo.

Ahí se encuentra la poesía de Pablo, en la multiplicación de las mujeres, la forma de vivirlas, amarlas y contarlas (en número y en ficción), y en su poesía la mujer es la hembra primate y es la amante humana, la igual, la ficción perfecta, la belleza impersonal y asexual, el vacío y la madre, el ciudadano de Walt, el Dios de Juan, el Dios de Inés, el pájaro de Saint John Perse, el bárbaro de Arthur; es todo.

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,
espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,
qué oscura claridad se abre entre tus columnas?
Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?
Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,
con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:
amar es un combate de relámpagos
y dos cuerpos por una sola miel derrotados.
Beso a beso recorro tu pequeño infinito,
tus imágenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,
y el fuego genital transformado en delicia
corre por los delgados caminos de la sangre
hasta precipitarse como un clavel nocturno,
hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

No diré nada de la biografía de Pablo, que es accesible y cercana en el tiempo, por lo que no creo poder aportar gran cosa, sí voy a atreverme a dar una hipótesis que podría explicar la plenitud de su vida artística; por qué obtuvo todo lo que puede pedir un escritor, reconocimiento popular, prestigio literario, amigos y amantes reales.

Un escritor aspira a hacer dos cosas con su oficio: expresarse y comunicarse. Lo primero le permite desahogar pasiones que el mundo real bloquea, con un sistema de significados erróneo, insuficiente, o sencillamente con su corporeidad. Entonces el insatisfecho con ese mundo tiene que construir otro mundo con las palabras. Lo segundo le permite sentir que no está solo, y hacer sentir a otros que no están solos, sea esto verdad o no.

Para realizar la expresión de un mundo nuevo y dejar ese magisterio a los poetas que vendrán, hay que usar la ruptura, cierto desprecio por el mundo y lo anterior, cierto rencor contra los hombres, cierta ira. Tiene ventaja el despegado, el misántropo, el antipático, el iconoclasta, el raro. Para comunicarse, en cambio, es necesaria la empatía, el deseo de amparo, de afecto. Hay que glorificar la amistad, la hermandad. Hay que querer que otros entiendan y buscar formas sencillas que se lo haga fácil, hay que ser más vanidoso que orgulloso, preferir que otros te consideren bueno a considerarte bueno. Pablo es uno de esos raros ejemplares de genio que encuentran un equilibrio perfecto entre las dos cosas.

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

Su propio erotismo es un ejemplo de equilibrio entre opciones. Amó y se comprometió con varias mujeres, muy diversas, ninguna fue coronada como mujer de su vida, todas lo fueron en su momento. Cuando le preguntaban en quién estaban inspirados sus Veinte poemas de amor apelaba a las fantasmales Marisol y Marisombra. Tenía uno de esos corazones a los que les resulta muy natural comprender la humanidad como un todo, luchar por las injusticias, resistir presiones externas, abstractas, pero les cuesta afrontar los conflictos íntimos y las elecciones pequeñas. Esto pone algunos puntos negros en su biografía, como el abandono de una hija, algunos puntos luminosos, como la rebeldía primordial.


22 MAESTROS (5)

POETAS NIÑOS

San Juan de la Cruz

España, 1542-1591

El sacerdote. Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.

1. En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
2. A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
3. En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
4. Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
5. ¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!
6. En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
7. El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
8. Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

La carta del sacerdote en el Tarot representa las potencias espirituales del hombre: la fe, la humildad, la castidad. En algunas barajas lo ilustran con símbolos paganos de autoridad esotérica, como a un brujo o un druida, aunque algunos de los elementos figurativos de estos personajes pueden confundirse con los que definen al mago (arcano 1) o al ermitaño (arcano 9). En otras es una autoridad eclesiástica claramente cristiana, como en la famosa y antigua Visconti-Sforza, el Tarot milanés o la Raider-White. Su nombre también varía mucho; además de Sacerdote puede ser el Sumo Sacerdote, el Hierofante, incluso el Papa. En negativo representa también el doctrinarismo y la hipocresía.

Esposa:
¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
(Pregunta a las Criaturas)
¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!
(Respuesta de las Criaturas)
Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.
Esposa:
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.
Y todos cantos vagan,
de ti me van mil gracias refiriendo.
Y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.
Mas ¿cómo perseveras,
oh vida, no viviendo donde vives,
y haciendo, porque mueras,
las flechas que recibes,
de lo que del amado en ti concibes?
¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?
Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados,
formases de repente
los ojos deseados,
que tengo en mis entrañas dibujados!
¡Apártalos, amado,
que voy de vuelo!
Esposo:
Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma,
al aire de tu vuelo, y fresco toma.

Juan de Yepes Álvarez nació en Ávila en una familia de aldeanos empleados en la industria de telares. La mitad del siglo XVI en España era época de aguda crisis económica y agraria; su padre y uno de sus tres hermanos murieron de hambre, su madre, sus hermanos supervivientes y él erraron de un pueblo a otro hasta asentarse en Arévalo, pidieron ayuda a familiares ricos que no se la dieron, mendigaron, pasaron siempre hambre. Juan se quedó pequeñito y con las mejillas chupadas.

Empezó en la iglesia desde lo más bajo de la jerarquía, incluso puede decirse que conoció el subsuelo, usando esta palabra en el mismo sentido que Dostoievsky en su famoso título. Hizo de monaguillo, acompañó en los entierros, sirvió de enfermero en el llamado Hospital de bubas de Medina del Campo, para enfermos de gonorrea, sífilis y herpes. Era una ocupación común de la iglesia que de este modo mataba dos pájaros de un tiro: sus postulantes jóvenes ofrecían un servicio abnegado en circunstancias muy desagradables, con mayor sacrificio y por tanto con mayor ejercicio y prueba de su vocación y además, después de ver lo que veían allí, tenían más motivos para reprimir sus instintos naturales.

Esposa:
¡Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;
la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;
nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado!
A zaga de tu huella,
las jóvenes discurran al camino;
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.
En la interior bodega
de mi amado bebí, y cuando salía,
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía.
Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.
De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor florecidas,
y en un cabello mío entretejidas:
en sólo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste;
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.
Cuando tú me mirabas,
tu gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.
No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.
Deténte, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el amado entre las flores.
Esposo:
Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobres los dulces brazos del amado.
Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di al mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.
O vos, aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores,
por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro
que cesen vuestras iras
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más seguro.

Juan superó todas estas pruebas. A cambio, adquirió una familia ideal con más recursos que la biológica, aprendió a leer y pudo estudiar Artes, se ordenó, tuvo por fin un lugar en el mundo. Su orientación fue siempre contemplativa y eremítica, no tenía marcadas ambiciones mundanas, y aunque en las biografías muy orientadas a resaltar su faceta de santo se dice que su trabajo literario era marginal y supeditado a la búsqueda de Dios, y efectivamente así lo declaraba él, con toda su honesta convicción, para cualquiera que pueda conectar con su sensibilidad poética es obvio que ésta era regente de todo su carácter.

Si Juan hubiese nacido y crecido en otras circunstancias habría sido un amante, un romántico. Sus versos revelan una fuerte afectividad y un erotismo que podía aliviar en su sentido religioso, porque su intensidad psicológica y profundidad convertían esos impulsos sexuales en algo sagrado; el amor verdadero siempre lo hace. Como no fue un caballero, sino un fraile, dirigió ese impulso de búsqueda hacía lo sobrenatural, hacía lo alto y hasta imposible, con la palabra, como con sus pies emprendió el ascenso del monte Carmelo.

Esposa:
Oh ninfas de Judea,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.
Escóndete, carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.
Esposo:
La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado,
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.
En soledad vivía,
y en soledad he puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.
Esposa:
Gocémonos, amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.
Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.
Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:
el aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena
con llama que consume y no da pena;
que nadie lo miraba,
Aminada tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.

Esto es lo que en mi opinión lo caracteriza como poeta y lo diferencia de otros místicos: utiliza con más constancia y con más sencillez la pasión erótica y el matrimonio como símbolos de su unión con Dios. En sus poemas no suelta el hilo, no deja de recordarnos que está hablando del Señor y el alma, su amante que lo busca, sin embargo ese efecto conmovedor, esa impresión directa de descubrimiento carnal no puede venir solo de la comunicación con lo abstracto. Como dirigía cada uno de esos sentimientos a Dios, como los llamaba amor a Dios, creía que procedían de él.

Su genio no era intelectual, su imaginación daba cuerpo a todo impulso que sentía, y creía de corazón en la verdad de lo que expresaba, intentando darle un sentido cristiano, cuando en realidad era aún más amplio, más universal, mejor, desde mi visión laica actual. Él hubiese considerado peor, más pequeño, todo lo que desbordase su idea de Dios. Para un hombre de su época, su rústica crianza y su fantasía lírica no se puede esperar otra cosa, no tenía otros cauces para desahogar algo tan intenso.

Qué bien sé yo la fonte que mane y corre,
aunque es de noche.
1. Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
2. Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.
3. Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.
4. Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
5. Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
6. Sé ser tan caudalosos sus corrientes.
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.
7. El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.
8. El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.
9. Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
10. Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.
11. Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.

Creo que su amistad con Teresa de Jesús y su atracción por la causa teresiana procede en realidad de su afinidad en este sentido. Ambos buscaban una forma de vivir la fe que tuviera algo de orgánico, de natural, en el sentido de sencillo, eran personas más sensuales que formales, más inspirativas que organizadas, querían realizar este carácter en su destino de religiosos. Con sus mejores intenciones, emprendió con Teresa la reforma del Carmelo, que supuso la escisión de la Orden entre calzados y descalzos y la creación de congregaciones que no estaban aprobadas por las autoridades.

En aquel momento, las disensiones y fusiones entre órdenes religiosas y los acuerdos eclesiásticos venían a ser como las relaciones entre grandes empresas hoy día; influían en la política y las finanzas, eran asuntos importantes, tocaban a la seguridad personal y al destino de muchas personas, se podía acabar muerto o en la cárcel. A Juan le pasó lo que a muchos escritores que se meten en política creyendo que se trata de una batalla de ideas, y no.

LLAMA DE AMOR VIVA
Canciones del alma en la íntima comunicación,
de unión de amor de Dios. Del mismo autor.
1. ¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
2. ¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando. muerte en vida la has trocado.
3. ¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su Querido!
4. ¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!

En los efectos materiales de esta empresa Teresa de Jesús lideró, Juan aportó su enorme resistencia. Conoció ocho meses de encierro en una celda de Toledo del tamaño de un aseo de invitados, sufrió el frío, el hambre, la enfermedad, la traición de algunos de sus frailes, que se pasaron al enemigo, le negaron y vendieron información. Sus superiores le creyeron asociado a sus propios delatores y fue castigado. Nunca se recuperó de su época de presidio, y los últimos tres meses de vida los pasó con dolor y sin recibir cuidados, debido a la estricta lectura de las normas de pobreza de su prior, quizás también a rencores personales.

Dos mujeres fueron importantes en su vida y tal vez conoció con ellas alguna realización del amor físico para tan bien describir los goces del espíritu, aunque no nos es dado saberlo y no es imposible que viviera en una castidad literal. Lo que yo pienso es que de su relación con ellas se desprende la existencia, al menos, de deseos humanos. Una es Teresa de Jesús, inteligente sensible y revolucionaria de la iglesia de su tiempo, que le metió en un buen lío pero lo compensó comprendiendo su inteligencia y dándole al mundo una medida del valor de su obra, cosa para la que Juan no valía. Otra es la viuda segoviana Doña Ana de Mercado y Peñalosa, a quien le dedicó La llama de amor viva.

Dos buenas páginas sobre su biografía y su obra, desde una perspectiva más católica:

http://www.sanjuandelacruz.com/

De luces y tinieblas: La ‘noche oscura’ en Juan de la Cruz y T.S. Eliot


22 MAESTROS (4)

POETAS NIÑOS

Walt Whitman

Estados Unidos (1819-1892)

El emperador. Do I contradict myself? Very well, then I contradict myself (I am large, I contain multitudes).

¡Oh, capitán! ¡mi capitán! nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha sobrevivido a todos los escollos,
hemos ganado el premio que anhelábamos,
el puerto está cerca, oigo las campanas, el pueblo entero regocijado,
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
¡oh rojas gotas que caen,
allí donde mi capitán yace, frío y muerto!
¡Oh, capitán! ¡mi capitán! levántate y escucha las campanas, levántate. Por ti se ha izado la bandera, por ti vibra el clarín,
para ti ramilletes y guirnaldas con cintas,
para ti multitudes en las playas,
por ti clama la muchedumbre, a ti se vuelven los rostros ansiosos:
¡Ven, capitán! ¡Querido padre!
¡Que mi brazo pase por debajo de tu cabeza!
Debe ser un sueño que yazcas sobre el puente,
derribado, frío y muerto.
Mi capitán no contesta, sus labios están pálidos y no se mueven.
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad.
La nave, sana y salva ha anclado, su viaje ha concluido.
De vuelta de su espantoso viaje, la victoriosa nave entra en el puerto.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad campanas!
Mas yo, con tristes pasos, recorro el puente donde mi capitán yace, frío y muerto.

El arcano mayor del Tarot llamado Emperador simboliza las potencias solares masculinas: la autoridad, la fuerza y la paternidad. Se puede hablar de muchas de las características internas de la poesía de Walt Whitman, pero seguramente lo que mejor lo representa está fuera de la poesía misma. Es el poeta de un país.

Taort de María

Yo me celebro y yo me canto,
Y todo cuanto es mío también es tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.
Indolente y ocioso convido a mi alma,
Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.
Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,
Nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,
Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,
Y espero no cesar hasta mi muerte.
Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás;
me sirvieron, no las olvido;
Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,
Naturaleza sin freno con elemental energía.
Creo en ti, mi alma, el otro que soy no se rebajará ante ti,
Y tú no te rebajarás ante él.
Tiéndete en el pasto conmigo, desembaraza tu garganta,
No son palabras, ni música, ni versos lo que preciso, ni hábitos, ni
discursos ni aun los mejores,
Sólo quiero el arrullo, el susurro de tu voz suave.
Recuerdo cómo nos acostamos una mañana transparente de estío,
Cómo apoyaste la cabeza sobre mis caderas y la volviste a mí dulcemente,
Y abriste mi camisa sobre el pecho y hundiste tu lengua hasta tocar mi corazón desnudo,
Y te estiraste hasta tocarme la barba, y luego hasta tocarme los pies.

Lo que verdaderamente aglutina a los habitantes de un territorio es su lengua materna. Cuando un grupo quiere alzarse en nación, ante todo necesita demostrar que tiene su propia lengua y literatura. Walt, desde la puerta al océano, desde Manhattan, cantaba a las tierras de Estados Unidos, a sus trabajadores, buscadores de oro, pescadores, aventureros y empresarios. Cantaba sobre todo a los habitantes de sus bosques y sus campos, a sus labradores y granjeros, con palabras sencillas que glorificasen la naturaleza que podían admirar cada día, que temían y que los sustentaba. Todos los países con masas campesinas han tenido grandes creadores y lectores de poesía, como Rusia o China.

Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo,
Turbulento, carnal, sensual, comiendo, bebiendo, engendrando,
Ni sentimental, ni sintiéndome superior a otros hombres y mujeres,
ni alejado de ellos,
No menos modesto que inmodesto.
¡Arrancad los cerrojos de las puertas!
¡Arrancad las puertas de los goznes!
El que degrada a otro me degrada,
Y todo lo que se dice o se hace vuelve a mí al fin.
A través de mí surge y surge la voluntad creadora, a través de mí, el
torrente y el índice.
Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la democracia,
¡Por Dios! No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás
en iguales condiciones.
Muchas voces largo tiempo calladas brotan de mí,
Voces de las interminables generaciones de prisioneros y de esclavos,
Voces de los enfermos y de los inconsolables, de los ladrones y de los enanos,
Voces de ciclos de preparación y de crecimiento,
De los hilos que unen a las estrellas, y de los vientres, y de la
simiente paterna,
Y del derecho de aquellos a quienes oprimen los otros,
De los deformes, triviales, simples, tontos y despreciados,
De neblina en el aire, de escarabajos arrastrando bolas de estiércol.
Brotan de mí voces prohibidas,
Voces del sexo y del apetito, voces veladas y yo aparto el velo,
Voces indecentes clarificadas y transfiguradas por mí.
Yo me cubro la boca con la mano,
Me conservo tan puro en las entrañas como en la cabeza y en el corazón,
La cópula no es para mí más vergonzosa que la muerte.

Estados Unidos envejeció en cien años pero, nacida ya en la modernidad, estos abarcaron virtualmente (luego, tecnológicamente) lo que para otros países habían sido siglos de historia; el paso de la invasión y la colonización a los asentamientos y el desarrollo, de la esclavitud a la igualdad teórica, de la guerra de liberación a la civil.

Cuando Walt era escritor y periodista, estaban muy cerca los esfuerzos de labranza y expansión, y él construye la música de su verso libre sobre la idea y la potencia emocional de una heroicidad histórica, la de haber construido una sola lengua, una sola ley, un solo romanticismo genuino, sobre la diversidad y el caos. Walt celebra esto, y consigue que otros americanos acudan a esa fiesta. Por eso fue tan querido y su tumba, como una casita de gnomos, estaba siempre llena de flores.

Creo en la carne y en los apetitos,
Ver, oír, tocar, son milagros, y cada parte de mí es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y santifico todo lo que toco y me toca,
El aroma de estas axilas es más fino que las plegarias,
Esta cabeza es más que las iglesias, las biblias y todos los credos.
Si algo hay que yo venero más que las otras cosas, ese algo es la
extensión de mi cuerpo y cada una de sus partes,
Traslúcida arcilla de mi cuerpo, ¡tú lo serás!
Sombreados bordes y bases, ¡vosotros lo seréis!
Firme reja viril, ¡tú lo serás!
Tú, mi rica sangre, tú líquido lechoso, pálido extracto de mi vida.
Pecho que oprimes otros pechos, ¡tú lo serás!
¡Cerebro serán tus circunvoluciones ocultas!
Raíz lavada del junco oloroso, becada medrosa, nido recatado de los
huevos gemelos, ¡vosotros lo seréis!
Heno mezclado y revuelto de la cabeza, barba, cejas, ¡vosotros lo seréis!
Savia que goteas del arce, fibra del noble trigo, ¡vosotros lo seréis!
Sol generoso, ¡tú lo serás!
Nubes que ilumináis y oscurecéis mi rostro, ¡vosotros lo seréis!
Sudorosos arroyos y rocíos, ¡vosotros lo seréis!
Vientos que me rozáis, frotando contra mí vuestros genitales,
¡vosotros lo seréis!
Amplios campos musculares, ramas de encina, amoroso holgazán de
mi sendero tortuoso ¡vosotros lo seréis!
Manos que he tomado, rostros que he besado, mortal a quien toqué
alguna vez, ¡vosotros lo seréis!

Hay otra heroicidad, similar a la del ciudadano al que cantaba Walt, en sí mismo: esta adopción de sus versos la hicieron un amplio grupo de ciudadanos a pesar de ser, muchos de ellos, semianalfabetos, a través de las lecturas de otros y de la fama de su figura y su imagen barbuda y sacramental, del mismo modo en que se adquiere una religión; a pesar de su fama de pervertido (homosexual) de sus versos declarados obscenos (sutilmente eróticos) de su forma pagana, sensual y errabunda de expresar el trascendentalismo, en un país de corazón puritano, ojos impresionables y padres filosóficos exigentes con la humanidad y su capacidad de reprimir el instinto como Emerson, como Pierce.

Velozmente se irguieron y me rodearon el conocimiento y la paz que
trascienden todas las discusiones de la tierra,
Y desde entonces sé que la mano de Dios ha sido prometida a la mía,
Y sé que el espíritu de Dios es hermano del mío,
Y que todos los hombres que han nacido son mis hermanos, y las
mujeres mis hermanas y mis amantes,
Y que el sostén de la creación es el amor,
Y que son innumerables las hojas rígidas o que se curvan en los campos,
Y las negras hormigas en las grietas bajo las hojas,
Y las mohosas costras del seto, las piedras hacinadas, el saúco, la
candelaria y la cizaña.
Soy el poeta del Cuerpo y soy el poeta del Alma,
Los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo,
Los primeros los injerto y los multiplico en mi ser, los últimos los
traduzco a un nuevo idioma.
Soy el poeta de la mujer no menos que el poeta del hombre,
Y digo que es tan grande ser mujer como ser hombre,
Y digo que nada es mayor que ser la madre de los hombres.
Entono el canto de la exaltación o de la soberbia,
Ya estamos hartos de plegarias y de zalanderías,
Muestro que el tamaño no es más que crecimiento.
¿Has dejado atrás a los otros? ¿Eres el presidente?
Es una bagatela, cada uno de los otros te alcanzará y seguirá adelante.
Soy el que camina con la tierra y creciente noche,
Llamo a la tierra y al mar que abraza la noche.
Abrázame, noche de senos desnudos, abrázame, noche magnética y fecunda,
Noche de los vientos del sur, noche de las estrellas grandes y escasas,
Noche serena que me llama, loca y desnuda noche de estío.
Sonríe, tierra voluptuosa de fresco aliento,
Tierra de los árboles dormidos y húmedos,
Tierra del sol que ya se ha ido, tierra de las montañas de cumbre nebulosa,
Tierra del cristalino fluir de la luna llena, apenas tocada de azul,
Tierra del brillo y de la sombra manchando la corriente del río,
Tierra del gris límpido de las nubes que resplandecen y se aclaran
para que yo no las vea,
Tierra yacente y extendida, rica tierra de azahares
Sonríe, porque llega tu amante.

 

Sin embargo Walt lo consiguió. Fue aceptado, amado y entronado en el alma de su país. Hablaba mucho de los pájaros y el mar, porque ambos simbolizan el viaje, la incertidumbre y la fatalidad, y porque como ellos aullaba y cantaba. Sus versos tienen la emotividad y la impresión ante lo grandioso de los románticos alemanes, pero son más elegantes, menos patéticos, porque han adquirido el pragmatismo americano, que los estiliza y los hace parecer útiles para el alma, reconfortantes, como esas canciones de cavadores, de esclavos negros o de vigías, como las viejas misas en las catedrales europeas, pero aquí, en el nuevo mundo.

Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas,
Cada momento y todo lo que ocurre me llena de alegría,
No sé cómo se doblan mis tobillos, ni la causa del más leve de mis deseos,
Ni de la amistad que suscito, ni de las amistades que me devuelven.
Al subir por las escaleras me detengo a reflexionar si no estoy soñando,
La madreselva en la ventana me satisface más que la metafísica de los libros.

Todo esto y su imagen, un poco de sabio, un poco de vagabundo, un poco de abuelo bonachón, se impusieron a los rumores sobre su honestidad. Qué sospechas, en la tierra de las oportunidades, pueden caer sobre los hombros de quien no quiere ninguna, de quien posee con su palabra los atardeceres, los animales, las hojas de hierba y que, con una devoción que casi viene a ser condescendencia, le canta al presidente muerto y llena de luz la sombra que ha quedado.

¡Contemplar el amanecer!
La escasa luz que va borrando las sombras inmensas y diáfanas,
El sabor del aire es grato a mi paladar.
Retoños del cambiante mundo ascienden silenciosos en un juego
inocente, fresco sudor,
Oblicuamente errando por todos lados.
Algo invisible está proyectando libidinosos dardos,
Torrentes de brillante zumo inundan el cielo.
La tierra por el cielo invadida, la cotidiana consumación de su boda,
El desafío del oriente sobre mi cabeza,
La burla mordaz: ¡Ya veremos quién es el amo!
Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas,
Y que la hormiga es perfecta, y que también lo son el grano de
arena y el huevo del zorzal,
Y que la rana es una obra maestra, digna de las más altas,
Y que la zarzamora podría adornar los salones del cielo,
Y que la menor articulación de mi mano puede humillar a todas las máquinas,
Y que la vaca paciendo con la cabeza baja supera a todas las estatuas,
Y que un ratón es un milagro capaz de confundir a millones de incrédulos.
Siento que en mi ser se incorporan el gneis, el carbón, el musgo de
largos filamentos, las frutas, los granos, las raíces comestibles,
Y que estoy hecho de cuadrúpedos y de pájaros,
Y que puedo recuperar cuanto he dejado atrás,
Pero que puedo hacerlo volver cuando se me antoje.

En esta época en que el poder, la riqueza y el buen gusto se asocian a sobriedad, tonos grises y frialdad psicológica, la forma intensa en que Walt se hizo grande está pasada de moda, pero aún quedan ejemplos de las últimas décadas en que se ha conseguido transmitir la fuerza de ese llanto religioso, esa risa vieja. El Club de los poetas muertos utilizó el famoso verso que Walt dedicó a Abraham Lincoln como estribillo, y nos emocionó. La eficacia del guion no se debe solo a su construcción formal, sino a que consigue conectar con ese mismo fondo emocional de los lectores (en este caso espectadores) con el que conectaba el poeta, ese algo dentro de nosotros que busca lo sublime, y esto se produce como reflejo de esa conexión que consigue el profesor con sus alumnos.

Es una forma sencilla pero eficaz de llevarnos de la mano, o del ronzal, como tienen que hacer los escritores, de cobrar su diezmo, que casi nunca es bastante.

Jorge Luis Borges hizo la mejor lectura y la mejor traducción de Walt (1969), como Cortázar hizo las de Poe. Los fragmentos que añado a las fotografías pertenecen a esa edición de Jorge, excepto el primero. Dejo aquí las palabras con que prologó su traducción, que siempre me hacen sentir una rara mezcla de la ambición y la vergüenza de querer escribir. Respecto a las malas traducciones y el pánico a que nos arruinen a los genios, el último párrafo alivia mucho.

Quienes pasan del deslumbramiento y del vértigo de Hojas de Hierba a la laboriosa lectura de cualquiera de las piadosas biografías del escritor, se sienten siempre defraudados. En las grisáceas y mediocres páginas que he mencionado, buscan al vagabundo semidivino que les revelaron los versos y les asombra no encontrarlo. Tal, por lo menos, ha sido mi experiencia personal y la de todos mis amigos. Uno de los propósitos de este prólogo es explicar, o intentar, una explicación de esa desconcertante discordia.
Dos libros memorables aparecieron en New York el año 1855, ambos de índole experimental, ambos muy distintos. El primero, inmediatamente famoso y ahora relegado a las antologías escolares o a la curiosidad de los eruditos y de los niños, fue el Hiawatha de Longfellow. Éste quiso donar a los pieles rojas que habían habitado New England una epopeya profética y mitológica en lengua inglesa. En pos de un metro que no recordara los habituales y que pudiera parecer aborigen, recurrió al Kalevala finlandés, que había forjado —o reconstruido— Elias Lónrot. El otro libro, entonces ignorado y ahora inmortal, fue Hojas de hierba.
He escrito que los dos eran distintos. Innegablemente lo son. Hiawatha es la obra meditada de un buen poeta que ha explorado las bibliotecas y que no carece de imaginación y de oído; Hojas de hierba, la inaudita revelación de un hombre de genio. Las diferencias son tan notorias que resulta increíble que ambos volúmenes fueran contemporáneos. Un hecho, sin embargo, los une: los dos son epopeyas americanas.
He hablado de epopeya. En cada uno de los modelos ilustres que el joven Whitman conocía y que llamó feudales, hay un personaje central —Aquiles, Ulises, Eneas, Rolando, El Cid, Sigfrido, Cristo— cuya estatura resulta superior a la de los otros, que están supeditados a él. Esta primacía, se dijo Whitman, corresponde a un mundo abolido o que aspiramos a abolir, el de la aristocracia. Mi epopeya no puede ser así; tiene que ser plural, tiene que declarar o presuponer la incomparable y absoluta igualdad de todos los hombres. Semejante necesidad parece conducir fatalmente a un mero fárrago de la acumulación y del caos; Whitman, que era un hombre de genio, sorteó prodigiosamente ese riesgo. Ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra.
Hablar de experimentos literarios es hablar de ejercicios que han fracasado de una manera más o menos brillante, como las Soledades de Góngora o la obra de Joyce. El experimento de Whitman salió tan bien que propendemos a olvidar que fue un experimento.
En algún verso de su libro, Whitman recuerda telas medievales con muchos personajes, algunos aureolados y preeminentes, y declara que se propone pintar una tela infinita, poblada de infinitos personajes, cada cual con su aureola. ¿Cómo ejecutar semejante hazaña? Whitman, increíblemente, lo hizo.
Necesitaba, como Byron, un héroe, pero el suyo, símbolo de la múltiple democracia, tenía forzosamente que ser incontable y ubicuo, como el disperso Dios de Spinoza. Elaboró una extraña criatura que no hemos acabado de entender y le dio el nombre de Walt Whitman. Esa criatura es de naturaleza biforme; es el modesto periodista Walter Whitman, oriundo de Long Island, que algún amigo apresurado saludaría en las aceras de Manhattan, y es, asimismo, el otro que el primero quería ser y no fue, un hombre de aventura y de amor, indolente, animoso, despreocupado, recorredor de América. Así, en alguna página de la obra, Whitman nace en Long Island; en otras, en el Sur. Así, en una de las piezas más auténticas del Canto a mí mismo, refiere un episodio heroico de la guerra de México y dice haberlo oído contar en Texas, donde no estuvo nunca. Así, declara haber sido testigo de la ejecución del abolicionista John Brown. Los ejemplos podrían multiplicarse abrumadoramente; casi no hay página en que no se confundan el Whitman de su mera biografía y el Whitman que anhelaba ser y que ahora es, en la imaginación y en el afecto de las generaciones humanas.
Whitman ya era plural; el autor resolvió que fuera infinito. Hizo del héroe de Hojas de hierba una trinidad; le sumó un tercer personaje, el lector, el cambiante y sucesivo lector. Éste ha tendido siempre a identificarse con el protagonista de la obra; leer a Macbeth es de algún modo ser Macbeth; un libro de Hugo se titula Victor Hugo narrado por un testigo de su vida; Walt Whitman, que sepamos, fue el primero en aprovechar hasta el fin, hasta el interminable y complejo fin, esa identificación momentánea. Al principio recurrió al diálogo; el lector conversa con el poeta y le pregunta qué oye y qué ve o le confía la tristeza que siente por no haberlo conocido y querido. Whitman responde a sus preguntas:
Veo al gaucho que cruza la llanura,
veo al incomparable jinete de caballos con el lazo en la mano,
veo sobre las pampas la persecución de la hacienda brava.
Y también:
Éstos son en verdad los pensamientos de todos los hombres en todas
las épocas y países: no son originales míos.
Si no son tan tuyos como míos, son nada o casi nada,
si no son el enigma y la solución del enigma, son nada,
si no son tan cercanos como lejanos, son nada.
Ésta es la hierba que crece donde hay tierra y hay agua,
éste es el aire común que baña el planeta.
Innumerables son los que han imitado, con éxito diverso, la entonación de Whitman: Sandburg, Lee Masters, Maiakovski, Neruda… Nadie, salvo el autor del inextricable y ciertamente ilegible Finnegans Wake, ha vuelto a acometer la creación de un personaje múltiple. Whitman, insisto, es el modesto hombre que fue desde 1819 hasta 1892 y el que hubiera querido ser y no acabó de ser y también cada uno de nosotros y quienes poblarán el planeta.
Mi conjetura de un triple Whitman, héroe de su epopeya, no se propone insensatamente anular, o de algún modo disminuir, lo prodigioso de sus páginas. Antes bien, se propone su exaltación. Tramar un personaje doble y triple y a la larga infinito, pudo haber sido la ambición de un hombre de letras meramente ingenioso; llevar a feliz término ese propósito es la proeza no igualada de Whitman. En una polémica de café sobre la genealogía del arte, sobre los diversos influjos de la educación, de la raza y del medio ambiente, el pintor Whistler se limitó a decir: Art happens (El arte sucede), lo cual equivale a admitir que el hecho estético es, por esencia, inexplicable. Así lo comprendieron los hebreos, que hablaban del Espíritu; así los griegos, que invocaban la musa.
El idioma de Whitman es un idioma contemporáneo; centenares de años pasarán antes que sea una lengua muerta. Entonces podremos traducirlo y recrearlo con plena libertad, como Jáuregui lo hizo con la Farsalia, o Chapman, Pope y Lawrence con la Odisea. Mientras tanto, no entreveo otra posibilidad que la de una versión como la mía, que oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado.
Un hecho me conforta. Recuerdo haber asistido hace muchos años a una representación de Macbeth; la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, pero salí a la calle deshecho de pasión trágica. Shakespeare se había abierto camino; Whitman también lo hará.

En vano la timidez o la prisa,
En vano las rocas incandescentes arrojan sobre mí su antiguo calor,
En vano el mastodonte se oculta detrás del polvo de sus huesos,
En vano los objetos se alejan leguas y leguas y toman muchas formas,
En vano el mar se oculta en las cavernas donde tienen su guarida los monstruos,
En vano el buitre tiene por morada el cielo,
En vano la serpiente se desliza entre las lianas y los troncos,
En vano el alce busca las honduras recónditas de la selva,
En vano el cuervo marino tiende el vuelo hacia el norte,
hacia el Labrador,
Lo sigo velozmente, trepo al nido que está en la grieta del peñasco.
¿Quién es este salvaje amistoso y gárrulo?
¿Espera la civilización, o la ha dejado atrás y la ha dominado?
¿Es un hombre del sudoeste y ha sido criado a la intemperie? ¿Es un canadiense?
¿Viene de las tierras del Mississippi, de Iowa, de Oregon, de California?
¿De la montaña, de las praderas, de los bosques, o un marino del mar?
Dondequiera que vaya, los hombres y las mujeres lo desean y lo aceptan,
Quieren que los quiera, que los toque, que les hable, que se quede con ellos.
Obra sin ley, como los copos de nieve, sus palabras son simples
como la hierba, el pelo despeinado, risas e ingenuidad.
Lento el andar, comunes las facciones, emanando sencillez y modestia,
Brotan de un modo nuevo desde las puntas de los dedos,
Flotan en el aire con el olor de su cuerpo o de su aliento, salen de
la mirada de sus ojos.
Me ha tocado en suerte, lo sé, lo mejor del tiempo y del espacio;
nunca he sido medido y no seré medido jamás.
El viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!).
Mis signos son un capote contra la lluvia, fuertes zapatos y un
bastón cortado en el bosque,
En mi silla no sestean los amigos,
No tengo cátedra ni iglesia ni filosofía,
No llevo a ningún hombre a una mesa puesta, a la biblioteca, a la bolsa,
Pero a cada uno de vosotros, hombre o mujer, lo llevo a una cumbre,
Mi brazo izquierdo ciñe tu cintura,
Mi derecha señala los continentes y el gran camino.
Ni yo ni ningún otro puede andar por ti ese camino,
Eres tú quien debe andarlo.
No queda lejos, está a tu alcance,
Quizá estabas en él desde que naciste y no lo has sabido,
Quizá esté en todas partes, en mar y en tierra.
Échate tus prendas al hombro, hijo mío, y yo traeré las mías y apresurémonos;
Ciudades prodigiosas y naciones libres nos saldrán al paso.
Si te cansas, dame las dos cargas y apoya tu mano en mi cadera,
Y a su debido tiempo me devolverás el mismo servicio,
Porque ya emprendida la marcha nunca descansaremos.
Esta mañana, antes del alba, subí a una colina para mirar el cielo poblado,
Y le dije a mi alma: cuando abarquemos esos mundos, y el
conocimiento y el goce que encierran, ¿estaremos al fin hartos y satisfechos?
Y mi alma dijo: No, una vez alcanzados esos mundos proseguiremos el camino.
Tú también me interrogas y yo te escucho,
Contesto que no puedo contestar, tú mismo debes encontrar la respuesta.
Siéntate un momento, hijo mío,
Aquí tienes pan para comer y leche para que bebas,
Pero después de haber dormido y haber cambiado de ropa te beso
con el beso del adiós y te abro la puerta para que salgas.
Demasiado tiempo has perdido en sueños deleznables,
Ahora te quito la venda de los ojos,
Debes acostumbrarte al brillo de la luz y de cada momento de tu vida.
Demasiado tiempo has vadeado, asido a una tabla en la orilla,
Ahora quiero que seas un nadador, que te arrojes al mar, que
reaparezcas, que me hagas una seña, que grites y que agites el
agua con tus cabellos.
Dije que el alma no es más que el cuerpo,
Y dije que el cuerpo no es más que el alma,
Y que nada, ni Dios, es más que uno mismo,
Quien camina una milla sin amor, se dirige a su propio funeral
envuelto en su propia mortaja;
Y yo y tú, sin tener un centavo, podemos comprar lo más precioso de la tierra,
Y la mirada de unos ojos o una arveja en su vaina confunden la
sabiduría de todos los tiempos,
Y no hay oficio ni profesión en los cuales el joven que los sigue no
pueda ser un héroe,
Y no hay cosa tan frágil que no sea el eje de las ruedas del universo,
Y digo a cualquier hombre o mujer: que tu alma esté serena y en
paz ante millones de universos.
Y digo a la Humanidad: No hagas preguntas sobre Dios,
Porque yo que pregunto tantas cosas, no hago preguntas sobre Dios,
(No hay palabras capaces de expresar mi seguridad ante Dios y la muerte.)
Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no lo comprendo en lo más mínimo,
Ni comprendo cómo pueda existir algo más prodigioso que yo mismo.
¿Por qué desearía yo ver a Dios mejor que en este día?
Algo veo de Dios en cada hora de las veinticuatro y en cada uno de sus minutos,
En el rostro de los hombres y de las mujeres veo a Dios, y en mi propio rostro en el espejo;
Encuentro cartas de Dios tiradas por la calle y su firma en cada una,
Y las dejo donde están porque sé que dondequiera que vaya,
Otras llegarán puntualmente.