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Dos viejos americanos

Últimamente se ha recuperado la obra de un novelista americano que se llama James Salter. Salamandra está reeditando sus novelas en español y muchos lectores se enamoran. Siempre es una novedad y un gusto poder amar la escritura de un hombre que sigue vivo. Incluso ha producido últimamente. Un libro que se titula Todo lo que hay, como haciendo una broma de viejo que no se siente viejo, que ya lo ha visto todo pero todavía tiene ganas de contarlo, que ni siquiera está seguro de haberlo visto todo.

He de añadir que suscribo enteramente el párrafo central del siguiente artículo:

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/22/actualidad/1329932175_788084.html

Una vez, en este blog, mantuve una conversación sobre Mishima con Bloom. Le invité a cenar y me metí con él, pero él metió la cuchara en mi postre. Fue solo una más de las fantasías de comunicación con lectores célebres que tengo. Con los lectores se charla, a los escritores solo se les observa y, como mucho, se los lee. Así que con Salter no me voy a poner a hablar. Esto no aparece en mi fantasía. En mi mundo de lectora Salter es el hermano mellizo de otro que para mí es un maestro mayor, en el sentido de la edad y en el del genio; John Cheever.

Así que en mi visión, Salter y Cheever, James y John, Jim y Johnny, están sentados uno al lado del otro. Yo los miro pero ellos no me ven a mí. Ambos nacieron en la costa este de Estados Unidos, bajo el signo de géminis, y en sus retratos más conocidos tienen el pelo canoso. Parece que hubieran sido viejos siempre. Uno tiene ochenta y nueve años, el otro está muerto. Los que nacen para escritores son viejos desde niños, y si acaso rejuvenecen después, al final. Vienen sin la vida. Su destino es ganársela con las palabras y con su sudor. Tienen que apoderarse de ella.

Tal vez por eso, y porque todo en el mundo orgánico refleja, acaba reflejando, la composición físico-química o la estructura moral, muchos de los grandes vienen desposeídos, huérfanos, pobres, o sufren tempranas traiciones, tempranos abandonos de Dios. Se les presenta pronto, como en un sueño ante sus ojos demasiado abiertos, el alcantarillado de la vida. No sé como fue la infancia de James Salter, de John Cheever. Puede que ellos nos dijeran que no tuvieron nada de particular, pero en mi estampa los dos viejos americanos no hablan. Y así debe ser, porque a los escritores, como a los asesinos, solo se puede acceder por sus huellas.

Los niños de James son felices, habitan la superficie luminosa del mundo en que han nacido, lo malo está solo en los ojos de quienes los mira desde la vida adulta, en su corazón. Ellos son ajenos, son puros, porque para James lo malo está bajo la corteza, y ellos todavía no son más que forma, piel, promesa. Los niños de John están más ausentes, más hechizados o atrapados en las garras del mundo. Reflejan los defectos de sus padres (Adiós, hermano mío), sufren sus castigos injustos (El autobús a St. James), o vagan de una casa a otra sin querer volver a la hora de la cena como la gente decente (Un marido rural).

Las mujeres de James son bellas, decididas, sus hombres son activos, medrosos. Unos y otros se atraen por necesidades materiales, los une el azar, las circunstancias. Una anécdota puede dar lugar a un matrimonio, a una traición, a un abandono. Las mujeres de Cheever son más emocionales, más inescrutables. Están más lejos. John siempre mira por los ojos de un hombre, casi siempre. Sus hombres parecen más tristes, sus mujeres más alegres, pero eso es sólo el efecto del punto de vista que elige. Los personajes de James son aceitunas, con la blandura fuera y dentro lo imposible, el bocado de misterio que hay que tragar entero. Los personajes de John son almendras. Al contrario.

James Salter_Zona Cero_New York_2001_by Corina Arranz

Ella empezó de nuevo. Tocó unos cuantos acordes tristes que brotaron lentamente de sus largos dedos. Empezó a cantar con su voz fina de muchacha y la cabeza agachada. Siguió cantando. Conocía una infinidad de letras que constituían su auténtica elocuencia, los poemas en los que creía. “Las sábanas eran viejas y delgadas las mantas…”
-Mi primer novio lo cantaba -dijo Nedra-. Me llevó de fin de semana a la casa de veraneo de su familia. Fue después del verano. Todos se habían ido.
-¿Quién era? -preguntó Viri.
-Era mayor que yo -dijo ella-. Tenía veinticinco años.
-¿Quién?
-Allí tomé mi primer aguacate. Me lo comí con hueso y todo -explicó.
(Años Luz, James Salter. 1975)

La gente de James es más ordenada, se expresa por sus horarios, por cómo pone la mesa, por lo que dice en las fiestas. Son más profundos en la medida en que están ciegos a su propia profundidad. Los personajes de Cheever son más predecibles, más apasionados, más humanos, esto último es un efecto debido, quizás, a la creencia de John en el determinismo.

John es un americano de la vieja escuela, conductista a su pesar y, sobre todo, pragmático. El pragmatismo de Pierce, de James, rechaza la introspección y concluye que una conducta es mensurable, en términos estadísticos, psicológicos y morales, únicamente en función de sus consecuencias efectivas. Es una escuela que admite lo inaccesible dentro de la mente humana, que no pretende explicarlo todo, una postura humilde ante la vida, una visión de creyente científico, que confía en un Dios al que no necesita escrutar.

John cree que hay una serie de factores que explican un resultado en la conducta, que son misteriosos, tal vez inexplicables, pero existen. Cree también en el ambiente frente a la individualidad, en la clasificación y la división de las cosas. Es aristotélico. Sus personas son infelices, lo saben, y buscan la felicidad. Por lo mismo, el paisaje de John refleja sus emociones, las explica.

James es platónico. Funde lo bueno, lo bello y lo verdadero y enseña a sus personas esta confusión, de manera que cuando son felices físicamente pero notan una incomodidad espiritual se quedan asombrados y congelados, interrumpidos en ese asombro, no saben que hacer. No luchan contra su infelicidad, incluso la perpetúan. James es también posmoderno. La infelicidad de sus personas se ha instalado en ellas, las ha poseído, ni siquiera contemplan otra posibilidad, otro orden moral. Su descripción del mundo no expresa el espíritu de los personajes, lo sustituye.

"El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas." El mundo de las manzanas. John Cheever

“El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas.”                                                              El mundo de las manzanas. John Cheever

James posee el don del detalle, sus historias son tejidos, engranajes, es por encima de todo un novelista. John posee el don del impacto, sabe contar la casualidad, la anécdota. Es, en su corazón, un cuentista. Y ya está bien. Si sigo observando corro el riesgo de que en cualquier momento uno de los gemelos, puede que incluso el muerto, levante los ojos y me encuentre.


Escritores géminis. “Contengo multitudes”.

Géminis es la tercera constelación del zodiaco. Sus dos estrellas más brillantes, Cástor y Póllux, toman sus nombres de las figuras mitológicas de dos hermanos gemelos Cástor y Polideuco (Póllux, para los romanos), nacidos de un huevo de Leda, a quien Zeus había seducido adoptando la forma de un cisne. Los gemelos, obligados por un castigo divino a separarse, reniegan de su inmortalidad si no se les concede a ambos, y su padre Zeus (Júpiter) interviene, llegando a un acuerdo con Hades (Plutón) por el cual podrán permanecer juntos por toda la eternidad como desean, pero alternando seis meses de estancia en el Olimpo con seis meses en los infiernos.

Así, la imagen de los gemelos queda asociada para siempre a la dualidad humana (en realidad es una síntesis de su multiplicidad psicológica, o de la impresión de que dentro de cada individuo habitan muchos). Es uno de los símbolos más antiguos y recurrentes de nuestra cultura, y constituye la forma primitiva del tema literario del doble o, en su forma más contemporánea, el clon.

Géminis como signo astrológico se asocia al elemento aire (que se corresponde simbólicamente, a su vez, con las ideas, la imaginación, lo racional, la palabra, y todo lo relacionado con las funciones de la mente; también con el norte, el invierno, la noche, el palo de espadas de la baraja española y las picas del póker), comparte elemento con Libra y Acuario. Es un signo positivo (o masculino), así como el resto de signos de aire y también los de fuego (Aries, Leo y Sagitario) y pertenece al grupo de los llamados signos mutables (o comunicadores), en el que le siguen Virgo, Sagitario y Piscis.

Es el tercer signo de la rueda kármica zodiacal, representa el momento de la infancia en que se adquiere y se domina la palabra y el juego simbólico, después de Tauro (la primera infancia o infancia sensorial), regido por Venus, y antes de Cáncer (la pubertad), regido por Selene o Luna. Géminis está regido por el planeta Mercurio y adquiere las connotaciones simbólicas de la figura mitológica del mismo nombre: rapidez, mutabilidad, facilidad para la palabra y los idiomas, audacia, perspicacia o, en sentido negativo, personalidad errática, volátil o inestable.

"Tomó asiento junto al escritorio de Samuel Spade, se echó hacia adelante, ligeramente apoyado en su bastón de caña, y dijo: -No. Sólo quiero que averigüe qué le ocurrió. Espero que no lo encuentre -sus ojos verdes saltones miraron solemnemente a Spade. Spade se balanceó en el sillón. Su rostro -al que las uves de la barbilla huesuda, la boca, las fosas nasales y las cejas densamente pobladas otorgaban un aspecto satánico que no resultaba del todo desagradable- mostraba una expresión tan amablemente interesada como su tono de voz. -¿Por qué?El hombre de ojos verdes habló sereno y seguro: -Spade, con usted se puede hablar. Tiene la clase de reputación que debe tener un detective privado. Por eso he acudido a usted. El gesto de asentimiento no comprometió en nada a Spade. El hombre de ojos verdes prosiguió: -Y estaré de acuerdo con un precio razonable." Demasiados han vivido. Dashiell Hammett.

Considerando todas sus características simbólicas, lo que aporta el signo de Géminis a los autores-personaje nacidos bajo su influencia, es el destino del intercambio. Géminis juega: bien con su imagen (si se interesa por el mundo del espectáculo, como Marylin Monroe, Josephine Baker o Lawrence Olivier, que hicieron un personaje de sí mismos), bien con las ideas, con la palabra, si es un escritor.

Sade, Tieck, Bulwer-Lytton, Chesterton, Hardy, Doyle, Grin, Mann, Hammet, Torrente Ballester, Cheever, Calvino, Berlanga, y una extensa nómina de poetas detallada más abajo, creadores-personaje géminis, todos ellos, recogen una impresión de la vida mediada por esa mirada infantil, que puede aportar pureza, genio, pero también crueldad o inconsciencia, experimentar con esas vivencias usando la palabra y devolver algo renovado, algo que siempre estuvo ahí, pero transformado por su mirada especial.

Su forma sencilla, pero tremenda, de juzgar el significado de los acontecimientos, su asombro y fascinación por los escenarios íntimos, su descubrimiento de lo sublime o lo desastroso dentro de lo cotidiano, proviene todo ello de esa relación kármica entre su sensibilidad y la infancia, no la infancia como tema, que tanto atrae a los Acuario (Hoffmann, Dickens, Carroll, Chèjov…) sino la infancia como experiencia, como estado permanente que late siempre vivo, bajo las sucesivas capas de edad obligatoria.

"Antiguamente nunca había visto en esta ocupación de William ninguna clase de impedimento para tenerle por marido. De hecho, la necesidad de conseguir a toda costa un contrato que durara toda la vida —una virtud esencial que toda buena madre enseña— impidió que pensara en ello hasta que ya se había unido a William, la luna de miel había pasado y la etapa de reflexión había llegado. Entonces, como una persona que se ha topado con algún objeto en la oscuridad, se preguntó qué tenía ante sí; mentalmente le dio vueltas al asunto, lo sopesó; se preguntó si era raro o vulgar; si contenía oro, plata o plomo; si era un lastre o un pedestal; si lo era todo, o nada, para ella. Llegó a algunas conclusiones vagas, y desde entonces había mantenido su corazón vivo a fuerza de sentir compasión por la torpeza y la falta de refinamiento del que era su dueño, a fuerza de compadecerse a sí misma y de dejar que sus delicadas y etéreas emociones se proyectaran en actividades soñadoras: soñando despierta durante el día y anhelando durante la noche; algo que tal vez no habría molestado mucho a William de haber sabido de su existencia." Una mujer soñadora. Thomas Hardy.

La aportación del creador-personaje géminis suele ser original, porque se pregunta tan poco sobre si un tema es útil, correcto, o si va a interesar a otros, como un niño en edad escolar lo hace sobre cómo valoran los adultos sus juegos. Esto facilita mucho la labor creativa, le da un sentido completo en sí misma, y permite al creador-personaje géminis concentrarse en ella y aislarse del resto del mundo lo que, paradójicamente, puede acabar interesando a los demás con una pasión inesperada para el propio autor.

" Porque hay que ver la gracia que los nativos tienen para los motes: "Picha-de-oro" al padre de siete hijas preciosas; "El glorioso movimiento" a una cachonda grandota que es una gloria mirar cómo camina, que aquello parece una armonía sideral; "La Chinquilina", como su nombre indica, a una tía muy guarra, y "Chongo-güevo-caldereta", que no se sabe lo que quiere decir, pero que no carece de intríngulis verbal, a un mendigo muy famoso que no puede ser más que eso, "Chongo-güevo-caldereta". La saga/fuga de JB. Gonzalo Torrente Ballester

En virtud de la adaptabilidad de Mercurio y la distancia del elemento aire, el creador-personaje géminis puede resultar hiperracional, especialmente cuando se interesa por temas eruditos. Es preciso entrar en su juego, comprender el paradigma que adopta, para poder entender su estilo lleno de recovecos lógicos y de bromas privadas. En esto se parece al creador-personaje virgo (Borges, Cortázar), pero Virgo es un signo de tierra, por tanto material, que dedica su experimento a los elementos constituyentes de las historias: forma, género, punto de vista, mientras que Géminis, signo mental, induce al creador a jugar con las ideas que se transmiten en la narración, y no con su estructura.

Otras veces ese mismo juego del intelectual géminis facilita el acceso a temas, ideas, obras, que habían permanecido alejadas del conocimiento o del gusto general por resultar oscuras, prohibidas o abstrusas. En este caso Géminis es un divulgador, aunque en el camino desvirtúe un tanto la naturaleza original de aquello que transmite. Su carácter mutable (comunicador) no lo inclina, como el de los signos fijos (Tauro, Leo, Escorpio y Acuario) a conservar y organizar, sino a difundir.

"De todos los extravíos de la naturaleza, el que más ha hecho cavilar, el que más extraño ha parecido a esos pseudofilósofos que quieren analizarlo todo sin entender nunca nada -comentaba un día a una de sus mejores amigas la señorita de Villeblanche, de la que pronto tendremos ocasión de ocuparnos- es esa curiosa atracción que mujeres de una determinada idiosincrasia o de un determinado temperamento han sentido hacia personas de su mismo sexo. Y, aunque mucho antes de la inmortal Safo, y después de ella, no ha habido una sola región del universo, ni una sola ciudad, que no nos haya mostrado a mujeres de ese capricho, y, por tanto, ante pruebas tan contundentes, parecería más razonable, antes que acusar a esas mujeres de un crimen contra la naturaleza, acusar a ésta de extravagancia; con todo, nunca se ha dejado de censurarlas y, sin el imperioso ascendiente que siempre tuvo nuestro sexo, quién sabe si un Cujas, un Bartole o un Luis IX no habrían concebido la idea de condenar también al fuego a esas sensibles y desventuradas criaturas, como bien se cuidaron de promulgar leyes contra los hombres que, propensos al mismo tipo de singularidad y con razones tan igualmente convincentes, han creído bastarse entre ellos y han opinado que la unión de los sexos, tan útil para la propagación, podía muy bien no ser de tanta importancia para el placer. Dios no quiera que nosotras tomemos partido alguno en todo ello..., ¿verdad, querida? -continuaba la hermosa Agustina de Villeblanche, mientras daba a su amiga besos un tanto delatadores-. " Agustina de Villeblanche o La estratagema del amor. Marqués de Sade

El creador-personaje géminis coincide con Capricornio (Poe, Highsmith, Eco) y Escorpio (Stevenson, Dostoievski, Camus) en su interés por la psicología individual y todo lo que pueda influir en ella, pero Capricornio, como signo cardinal (líder), explora la psicología de sus personajes pensando en contribuir a una idea regente y primordial que esa narración está expresando en una forma concreta. Por ejemplo, Poe utiliza sus descripciones psicológicas para contribuir a una impresión de terror, perversidad, en sus cuentos de horror, o en el caso de sus cuentos policiacos, las habilidades de Dupin son, en realidad, una excusa para desentrañar un misterio, cuya resolución es la verdadera protagonista. Un ejemplo en este mismo sentido sería el Ripley de Highsmith.

Un creador-personaje géminis, en cambio, por ejemplo Bulwer Lytton, escoge el tema de sus obras casi al azar: el terror, la utopía, la novela histórica… para dar salida a una serie de reflexiones que se acaban convirtiendo en el centro de la narración, por encima de las exigencias del género o del estilo. Y cuán diferentes son los relatos policiacos del escritor géminis, en que la trama puede ser hilarante, confusa, a veces indescifrable, pero nunca el aspecto diáfano, incluso sobrenaturalmente nítido, del protagonista.

" El curita era la esencia misma de aquellas llanuras del este; tenía una cara redonda, sin interés y chata como un budín de Norfolk; unos ojos tan vacíos como el Mar del Norte, y llevaba varios paquetes de papel de estraza que era totalmente incapaz de tener juntos. Sin duda el Congreso Eucarístico había sacado de su estancamiento local a muchas criaturas semejantes, tan ciegas e ineptas como topos desenterrados. Valentín era un escéptico del más severo estilo francés y no sentía el menor afecto por los sacerdotes. Pero si podía sentir compasión, y este curita era capaz de provocar piedad a cualquier ser humano. Llevaba un paraguas muy grande y gastado, que constantemente se le caía. Parecía no saber, de los extremos de un boleto, cuál era el de ida y cuál el de vuelta. " El candor del Padre Brown. Chesterton

En este sentido podemos ver un ejemplo de cómo las diferentes sensibilidades colaboran (sin perder el punto de vista astrológico y sin olvidar que hablamos de ficciones), para abarcar la expresión completa del universo:

El creador-personaje capricornio Poe, creo a Dupin, pero sobre todo creo el género policiaco, en el que Dupin era una casualidad, un personaje que podría haber sido cualquier otro. Años después, el géminis Arthur Conan Doyle, empleando esa forma ya consolidada del género policiaco heredada del magisterio de Poe, introduce un personaje, una psicología particular: Sherlock Holmes, que es insustituible y sin cuya presencia no tendría sentido toda la obra en que aparece. Capricornio, signo de tierra, material, da la forma del cuento policiaco. Géminis, signo de aire, o mental, da el contenido: el individuo concreto que acaba representando el género.

Escorpio, por su parte, está tan interesado en indagar la verdad, la profunda verdad de las cosas, como cualquier otro signo fijo (organizador) y, regido por Plutón, dirige su exploración psicológica a lo más profundo, secreto, del alma humana. Pensemos en el Mr. Hyde de Stevenson (un doble, por cierto), en el Raskolnikov de Dostoievski, en el célebre taxista de Scorsesse o en el extranjero de Camus, creador-personaje del siglo XX que sospecha que en esa búsqueda de una verdad subsumida no va a encontrar nada, pero que, no obstante, se lanza a ella, y en el camino descubre el vacío.

"-¿Cómo te has portado, si puede saberse? El perro, agradecido sólo por esta aproximación, se acercó aún más a rastras, se apretó contra la pierna de su dueño y miró hacia arriba con sus ojos humildes. Durante un buen rato, Tobías contempló al humillado ser desde su altura y en silencio; mas luego, cuando sintió aquel calor conmovedor en su pierna, recogió a Esaú y lo levantó. -Está bien, voy a tener compasión de ti -dijo, pero cuando el buen animal comenzó a lamerle la cara, su estado de ánimo se transformó en emoción y melancolía. Oprimió al perro contra sí con doloroso cariño, sus ojos se llenaron de lágrimas, y sin articular bien las frases comenzó a repetir con voz ahogada: -Mira, eres mi único... mi único... Luego acostó a Esaú con todo cuidado en el sofá, se sentó junto a él, apoyó la barbilla en la mano y lo contempló con gran dulzura y recogimiento." Tobías Mindernickel. Thomas Mann

El precursor del extranjero es Bartleby, en el que Melville, creador-personaje leo (también signo fijo) descubre el poder de la inacción. Leo, como signo organizador, también busca una verdad profunda, pero Escorpio en el terreno de las emociones, inspirado por su elemento regente: el agua, y Leo en el terreno de los actos, inspirado por su elemento regente: el fuego.

El interés psicológico del creador-personaje géminis es diferente. No hay que olvidar que la clave kármica de Géminis es el intercambio. Lo que le interesa de sus personajes es cómo se relacionan con su medio, qué les hace sentir, pensar, desear, las cosas que les ocurren, cómo se integran o se aíslan de su entorno natural, su época, su grupo. En este sentido, el narrador geminiano es a menudo menos hábil que otros en la construcción de estructuras, pero en compensación elabora unos personajes muy poderosos, con una mirada muy nueva, muy vital, y de una gran amplitud psicológica, que llenan los objetos de su entorno con el significado que les da su memoria, su aprensión o su deseo.

"El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas. " El mundo de las manzanas. John Cheever

Entre los escritores géminis abundan los poetas. Posiblemente porque la poesía aúna dos de las claves simbólicas del signo de géminis: la palabra y el juego (o el experimento).  Pushkin, Whitman, César Vallejo,  García Lorca, Michaux, Pessoa, Saint-John Perse,  Ana Ajmátova,  Allen Gingsberg, Gamoneda, y muchos otros, nacieron bajo el signo de los gemelos. Es en poesía donde con más frecuencia revela el creador-personaje géminis su verdadera naturaleza.

Pessoa con sus heterónimos, o Walt Whitman con sus célebres versos (como el que titula esta entrada) en los que se identifica con los “otros”, y hasta con todos los objetos del universo, expresan esa multiplicidad de la conciencia que ocurre en todos nosotros, pero que Géminis percibe con especial claridad.  Otra correspondencia simbólica liga a Géminis con la poesía: el Loco (o el Jóker) y el Mago, los dos primeros arcanos mayores del Tarot.

" El pájaro, entre nuestros hermanos de sangre el de vivir más ardiente, conduce hasta los confines del día un singular destino. Emigrante y hechizado por el crecimiento del sol, viaja de noche, al ser los días demasiado cortos para su actividad. En época de luna gris, color muérdago de las Galias, puebla con su espectro la profecía de las noches. Y su grito entonces es el mismo grito de la aurora: grito de guerra santa a cuchillo. En el brazo de su ala, el balanceo inmenso de una doble estación y bajo la curva del vuelo, la curvatura misma de la tierra…La alternancia es su ley, su reino la ambigüedad. En el tiempo y espacio que incuba de un vuelo, su herejía consiste en vivir un verano único. Escándalo es también para el pintor y el poeta, que ensamblan estaciones en los puntos más altos de su intersección. (...) El hombre ha alcanzado la inocencia del animal. Y el pájaro, impreso en el ojo del cazador, se vuelve el cazador mismo en el ojo de la bestia, como ocurre con el arte de los esquimales. Bestia y cazador atraviesan juntos el vado de una cuarta dimensión. Marchan al fin, al mismo paso, desde la complicación de ser, hasta la felicidad de amar, dos seres ciertos, emparejados. Nos hallamos lejos de lo decorativo. Es la sabiduría perseguida como una búsqueda del alma y la naturaleza recuperada al fin por el espíritu, después de que ella todo lo cediera. Una meditación conmovedora y larga ha encontrado otra vez la inmensidad del espacio y hora en la que se extiende el pájaro desnudo, de forma elíptica, como las células rojas de su sangre. (...) Con todas las cosas errantes por el mundo, cosas al borde de la hora, van donde van todos los pájaros del mundo, a su destino de seres creados…A dónde va el movimiento mismo de las cosas, en su oleaje, adónde va el curso mismo del cielo, sobre su rueda, a esa inmensidad de vivir y crear por la que se conmovió la gran noche de mayo, van, doblando más cabos de los que crecen en nuestros sueños, y pasan, dejándonos en el océano de las cosas libres y no libres…Ignorantes de su sombra, sin saber de la muerte sino lo que de inmortal se consume en el ruido remoto de las grandes aguas, pasan, abandonándonos, y ya no somos los mismos. Ellos son el espacio atravesado por un único pensamiento. " Pájaros (fragmento). Saint-John Perse

Un viejo misterio de la psicología consiste en que la proporción de esquizofrénicos nacidos en los meses de mayo y junio sea muy superior a la de los nacidos en cualquier otra época del año. Esta proporción aumenta todavía cuando se añaden los sujetos diagnosticados de esquizotipia, es decir, que tienen el perfil de personalidad del esquizofrénico, pero no llegan a desarrollar los síntomas graves del trastorno.

Se han propuesto muchas teorías para explicar esta sorprendente coincidencia en términos científicos, pero ninguna satisfactoria. La astrología tiene su propia explicación: entre mayo y junio, la mayoría de los nacidos lo hacen bajo el signo de géminis, que representa la escisión de la personalidad. Tradicionalmente se considera que géminis es dual, pero en realidad es múltiple. Esto lo saben los locos y los poetas. Por eso Rimbaud, que no era géminis, pero sí las otras dos cosas, dijo una vez aquello de : “Je suis un autre”


				

La década en que la televisión venció al cine (II)

2.

Los Fisher son una familia de California, común y corriente excepto por el hecho de que trabajan en una funeraria, instalada en el bajo de la casa donde viven. El cabeza de familia es Nathaniel Fisher (Richard Jenkins), la madre, Ruth (Frances Conroy), el hijo mayor, Nate (Peter Krause), que lleva una vida independiente en Seattle , el pequeño de los varones, David (Michael C. Hall), que trabaja en la funeraria con su padre, y la hija adolescente, Claire (Lauren Ambrose).

El padre fallece en un accidente de coche y, como suele ocurrir, la familia se une en torno a la muerte que además, en este caso, es el negocio que la sostiene. Nate viene desde Seattle y en el avión conoce a Brenda (Rachel Griffith), con la que tendrá una tortuosa relación muy marcada por el momento vital en que se conocen. Sobre los hombros de David cae el peso de un negocio que habrá de heredar su hermano mayor ausente y que, sin embargo, siente como una responsabilidad propia. Rico (Freddy Rodríguez), un joven portorriqueño que trabaja recomponiendo y maquillando los cadáveres, de quien Nathaniel fue mentor, sueña con llevar el negocio en pie de igualdad con los Fisher. Claire, la Morticia del instituto, se droga en una fiesta con el primero de los muchos chicos problemáticos que pasarán por su vida, cuando se entera de que su padre ha muerto y colocada, completamente perdida, como todos, vuelve a casa.

En casa está Ruth, que nunca ha podido ser otra cosa que una cuidadora. Cuidó a su madre inválida mientras su hermana Sarah (Patricia Clarkson), vivía la vida hippie, quedó embarazada la primera vez que hizo el amor y después cuidó a sus tres hijos, en la soledad inmensa de la maternidad, dentro de la soledad inmensa de una casa funeraria. Ama a su marido pero su extraña vida emocional, atormentada y poco expresiva, aplanada por los años y las dificultades, la va separando de él y de sí misma. El día de su muerte le niega el último beso que podría haberle dado. Anuncia la tragedia a su hijo con la siguiente frase, ya célebre:

“Ha habido un accidente. El coche está destrozado. Tu padre ha muerto. Tu padre ha muerto… y el asado se ha quemado.”

Se ha dicho tanto, tanto sobre A dos metros bajo tierra (Six Feet Under). No sólo porque algunos la consideran la mejor serie de televisión de todos los tiempos en términos técnicos, en cuanto a la construcción del guión, la solidez del argumento y los personajes, sino porque todos los que la hemos visto, en nuestras casas, con los amigos, hemos pasado horas indagando en esos seres extraordinarios que nos parecen más reales que aquellos con quienes compartimos la vida, debido a esa magia de la ficción que nos permite espiarlos hasta en los más íntimos gestos de su imperfección.

Los grandes relatos sobre la muerte que se han dado, ya en el horror, como los cuentos de Poe, ya en el estudio psicológico invasivo y aterrador, como el que ejerce Tolstoi sobre Iván Ilich, ya en las joyas cortazarianas Las fases de Severo o Conducta en los velorios, nos han enseñado que la muerte no puede contarse desde dentro. El misterio no se puede resolver a sí mismo. Es la vida, latiendo en torno a la muerte, con el vértigo y la pasión que provoca ese vacío, lo que se está narrando.

El creador de A dos metros bajo tierra fue Allan Ball, guionista de American Beauty. Podemos valorar su gran talento en la medida en que consiguió que una película dirigida por Sam Mendes no fuera pretenciosa y aburrida. Por cierto que Mena Suvari (la de la bañera y los pétalos de rosa), también tiene un pequeño papel de seis capítulos en esta serie. Para Six Feet Under, Allan Ball escogió un innovador y eficiente recurso: aunar un planteamiento semejante en cada capítulo (alguien, de alguna manera, en algún lugar, muere; lo que aprovecha para desplegar ante nuestros ojos todo un catálogo de formas de acabar), con un tema novelístico (se abre el telón con la muerte del padre y se cierra con la muerte de otro Fisher).

El motivo novelístico es la pérdida del padre, el motivo recurrente es la pérdida de la fe. Cada personaje queda atado a esa pérdida, vampirizado por ella. Para superar este estado, esta zombificación, cada uno de ellos deberá emprender dos caminos paralelos y tortuosos: encontrarse a sí mismos y encontrar lo que no son ellos mismos (el impulso, la energía, Dios). Otros personajes secundarios, tan vivos y profundos como la familia Fisher, por ejemplo la familia disfuncional de Brenda, los Chenowith, se hacen eco de este conflicto fundamental, ampliando su alcance, multiplicando los puntos de vista.

A dos metros bajo tierra fue producida por la HBO. Se emitieron cinco temporadas de unos trece capítulos cada una, entre el 3 de junio de 2001 y el 21 de agosto de 2005. Se filmó principalmente en el 2303 Oeste, Calle 25 de Los Ángeles, California.


La década en que la televisión venció al cine (I)

Se han hecho, y se siguen haciendo, excelentes películas, pero del cine se espera, desde su nacimiento, que fuera excepcional. No ocurre lo mismo con la discreta televisión, a la que algunos han tenido el atrevimiento de llamar caja tonta. Desde la generalización de su uso ha dado horas y horas de entretenimiento no siempre vacío, aunque también basura, pero no menos que el cine.

En los últimos años escasean los buenos guiones; películas que comienzan con fuerza se desinflan al final e incluso en el segundo acto, y cada vez es menos raro que se intente vender un proyecto contratando una ristra de actores célebres, incapaces de sostener los estereotipos blandengues y la aburrida peripecia que les han asignado.

Lo que hasta hace poco se consideraba una apuesta segura: un gran autor, o al menos, un director eficiente, ya no es tampoco ninguna garantía. Scorsesse, Woody Allen, los hermanos Coen, Ridley Scott y muchos otros dirigen cada vez con más pereza, tirando de lo que ya saben hacer de sobra, rodeados de un equipo de buenos profesionales que rellenan las zonas oscuras de la historia con estética o efectos, y sus diálogos epatantes y retruécanos argumentales cogidos con pinzas, rozan a veces el ridículo.

Pero ocurre que la televisión, blanco de toda clase de análisis pedante sobre la decadencia de la cultura occidental, y castigada desde los años sesenta por los críticos que denostaban a los directores de cine y escritores que “venían de la televisión”, nos ha dejado estupefactos en la primera década del siglo XXI. Me limito a hablar de la televisión anglosajona. Aunque otras lenguas han tenido también su oportunidad, en general la producción es escasa y mediocre. Aquí tuvimos nuestras míticas series para Televisión española, tipo Los gozos y las sombras, de las que podemos sentirnos más que orgullosos, pero hoy por hoy, la ficción televisiva da lástima, cuando no indignación.

Gran Bretaña, que adora sus mini series históricas y sus site comedies basadas en novelas y obras de teatro, en los últimos años ha dado argumentos geniales, como The Office o Life on Mars, y está renovando incluso al victoriano Sherlock. Pero es Estados Unidos, el eterno mayor productor de todo lo bueno y lo malo, el creador de HBO, cuya fama traspasa con mucho sus fronteras, y que ha inventado un nuevo concepto de serie de calidad: la novela de tradición decimonónica llevada a imágenes.

Los personajes complejos, imposibles de contar en hora y media de película, quedan descritos hasta las entrañas como lo habrían hecho Proust o Henry James, pero con la eficacia de la telenovela, con el sentido americano del espectáculo, con la acción y los diálogos modernos. En una serie de televisión, un argumento tiene tiempo de ensanchar libremente, de buscar en las subtramas equilibrios, reverberaciones, de extender hasta el último resquicio esa miel que se nos queda en los labios al final del capítulo, y al final de la temporada, ese deseo de más mentiras.

Claro que la lista de buenas series, de todas las nacionalidades, es demasiado larga para detallarla aquí. Pero he elegido las seis que considero mejores, las más potentes e innovadoras. Ahí van, en orden cronológico de estreno: Los Soprano (The Sopranos), A dos metros bajo tierra (Six feet under), The Office (UK), The ShieldLife on MarsBreaking Bad.

1.

A Tony Soprano (James Gandolfini), miembro relevante de una de las familias de la mafia italiana de New Jersey, le pesan sobre los hombros sus muchas responsabilidades. Su madre es una anciana exigente y manipuladora, sus hijos adolescentes y caprichosos, su matrimonio está en crisis latente y, por algún motivo, las luchas de poder y la violencia de su trabajo han empezado a afectarle. Tiene ataques de ansiedad, así que decide visitar a una profesional, italiana, claro, en secreto, claro. Quedan así establecidos los tres escenarios en que van a bailar los personajes de los Soprano: la familia, la otra familia y el psiquiatra.

Los Soprano no está narrada siempre desde el punto de vista de Tony Soprano. Su mujer Carmela (Edie Falco), aburrida y medio enamorada de un cura, su viejo tío Junior (Dominic Chianese), empecinado en la carrera por la sucesión del imperio familiar y al borde del Alzheimer, y su sobrino Chris Moltisanti (Michael Imperioli), aspirante a guionista que quiere usar su experiencia mafiosa en Hollywood, ejemplo de la nueva generación que viene pisando fuerte y a veces cagando lo barrido, tienen su propio área narrativa.

Las tramas secundarias tocan la acción, el romance, el thriller psicológico y el género negro, mientras que en el centro de la trama, como un corazón obeso, egoísta, violento, promiscuo, igualmente querible y repugnante por lo cercano de su conflicto a lo que el espectador ha llegado a temer o a desear, palpita la complicada neurosis de Tony Soprano, sus sueños, sus obsesiones, sus ataques de ira.

La historia es de David Chase, el que fue productor ejecutivo de otra pequeña joya, Doctor en Alaska. Él escribe los guiones, pero los directores son variados y a veces la serie acusa inestabilidad, sobre todo cuando los capítulos se ven seguidos. Hay cambios en el tono narrativo que no están justificados. Como anécdota, hay un par de capítulos muy bien rodados por Steve Buscemi, actor fetiche de los Coen, que interpreta también el papel de un miembro de la familia que sale de la cárcel después de unos años.

Esta serie le dio a James Gandolfini, sin ninguna duda, el papel de su vida, y adoptó a muchos de los actores que llevaban interpretando gangsters durante años  en películas de todo tipo, para darles papeles de mayor hondura y personalidad, como es el caso de Paulie “Walnuts” Gualtieri, que interpreta al atribulado Tony Sirico, siempre preocupado por ganar el dinero suficiente para meter a su madre en una buena residencia.

Por último, ha encaminado muy bien a otros actores magníficos que difícilmente habrían alcanzado el éxito de no ser por su participación en este proyecto. Edie Falco es una absoluta revelación, y ahora podemos verla como protagonista de otra serie muy buena sobre una enfermera drogadicta: Nurse Jackie (2009).

Chris Moltisanti va ganando espacio a lo largo de la serie, en parte por el talento y la fuerza del actor que lo interpreta, capaz de llevar a su personaje a ese terreno resbaladizo en que tiene que sostener un duelo con el protagonista. La rivalidad de Chris y Tony en la ficción pedía que Imperioli fuese capaz de sostenerle la mirada a Gandolfini, y así fue. Ahora hace de policía huraño con pasado oscuro en Detroit 1-8-7, bastante buena, aunque la sombra de los Soprano es alargada.

Los Soprano fue producida por la HBO. Se emitieron seis temporadas de unos trece capítulos cada una, entre el 10 de enero de 1999 y el 22 de abril de 2007. Se filmó principalmente en Atlantic Beach, Long Island, Nueva York. La canción de los títulos de crédito, Woke Up this Morning, es un tema de Larry Love, Mountain of Love, Mississippi Guitar Love y Rev D. Wayne Love, interpretado por Alabama 3.


To be continued.

 


Escritores acuario. En el país de las maravillas

Un individuo descrito a través de la estructura simbólica que contiene su signo del zodiaco es un arquetipo, es decir, un número limitado de atributos pertenecientes a diversas categorías lo definen de forma no exhaustiva, pero universal. El resultado coincide con el esquema de un personaje de ficción.

Por ejemplo, una descripción posible del Sherlock Holmes de Doyle sería la siguiente:

Un individuo inteligente, con grandes dotes analíticas, en especial para la deducción. Observador, meticuloso, maniático, solitario. Su temperamento es intenso, pero raramente expresa sus emociones; es honrado y fiel a sus principios, pero con cierto desapego sarcástico derivado de su visión distante y racional. Su innata curiosidad lo inclina a la investigación, y el gusto por ejercitarla le pone a veces en lugares o situaciones extrañas, lo que no debe confundirse con un espíritu aventurero, pues no busca la peripecia en sí, sino el placer intelectual de satisfacer su curiosidad, que a menudo indaga sobre la naturaleza humana. Disfruta con el hecho de ser diferente.

Sherlock (2010). BBC. Una de las últimas recreaciones de las aventuras del detective, excelente, en la que un Holmes del siglo XXI es interpretado por Benedict Cumberbatch, y Watson es un soldado recién llegado de Afganistán con una cojera que su nuevo compañero de piso describe como "somática". El actor es Martin Freeman, el Tim de The Office (2001), la versión británica, primigenia y sublime

Bien, pues la astrología (la de verdad), definiría un individuo de determinado signo con un discurso semejante. La descripción anotada en el párrafo anterior es la de un acuario típico, y Sherlock Holmes es un personaje acuario en mi opinión y en la de muchos astrólogos a los que me gusta leer. Conan Doyle lo hizo nacer erróneamente el 6 de enero, fecha correspondiente a un personaje capricornio. Considero la astrología una forma de ficción o, si así suena más respetable, de literatura.

Esta es la primera entrada de una serie en que algunos escritores queridos van a ser clasificados en base a un atributo inusual: la constelación del zodiaco que rigió su nacimiento. Hoy hablaré de lo que E.T.A Hoffmann, Lord Byron, Sthendal, August Strindberg, Charles Dickens, Lewis Carroll, G. A. Bécquer, Anton Chejov, Nikolai Semionovich Leskov, Jules Verne, James Joyce, Edith Warthon, Virginia Woolf, Paul Auster, Hening Mankell, John Ford, François Truffaut, Charles Darwin o Mozart, todos ellos acuario, tuvieron en común como creadores (y como personajes, creados por sus lectores al investigar e imaginar sus vidas).

El proyecto de agrupar autores nacidos entre el 20 de enero y el 19 de febrero me resulta divertido, y no más inútil o arbitrario que hacerlo con los que fueron españoles, románticos, homosexuales o mujeres.

Acuario es el undécimo de los doce signos de zodiaco, casi al final de la rueda kármica, donde ha superado la prueba de la experiencia (Capricornio), y se enfrenta a la revelación de la fe (Piscis); así, el destino del autor-personaje acuario es ir más allá de las figuras de autoridad y de las verdades relativas transmitidas por los padres y la tradición, en busca de una sabiduría más amplia y de una verdad superior.

"Nadie podría imaginar algo tan extraño y maravilloso como lo que le sucedió a mi pobre amigo, el joven estudiante Nathaniel, y que voy a referirte, lector. ¿Acaso no has sentido alguna vez tu interior lleno de extraños pensamientos? ¿Quién no ha sentido latir su sangre en las venas y un rojo ardiente en las mejillas? Las miradas parecen buscar entonces imágenes fantásticas e invisibles en el espacio y las palabras se exhalan entrecortadas. En vano los amigos te rodean y te preguntan qué te sucede. Y tú querrías pintar con sus brillantes colores, sus sombras y sus luces destellantes, las vaporosas figuras que percibes, y te esfuerzas inútilmente en encontrar palabras para expresar tu pensamiento." El hombre de la arena (1818)

En este sentido, la acción kármica en la vida emocional del creador-personaje acuario consiste en desapegarlo de lo seguro y estable, lo que se traduce en una infancia marcada por situaciones de desarraigo. Aunque la realidad no sea dramática, el niño-creador-acuario siempre vivirá con gran intensidad los conflictos en casa, y será muy sensible a todo lo que proceda de la figura paterna.

La orfandad, el abuso o la carga de los padres, las dificultades del matrimonio, los celos, el divorcio, las relaciones eróticas, el abandono de la pareja o de los progenitores, la lucha interna entre una oposición a lo establecido y el deseo de ser reconocido por esa misma estructura que se repudia, ya sea ésta el padre, la clase, el estado o la divinidad; todos estos son temas recurrentes en la obra del creador-acuario.

"Nos habíamos casado con dos hermanas. Este vínculo adicional entre nosotros, tal como lo considerarían algunos, en realidad sirvió sólo para apartarnos más. Su esposa me conocía bien. Nunca, estando ella presente, mostré mis celos o rencores secretos, pero aquella mujer los conocía tan bien como yo. Nunca, en aquellos momentos, levanté mi vista sin encontrar la suya fija en mí; nunca miré al suelo o hacia otra parte sin tener la sensación de que seguía vigilándome. Para mí era un alivio inexpresable cuando disputábamos, y fue un alivio todavía mayor cuando, encontrándome en el extranjero, me enteré de que había muerto. Tengo ahora la sensación de que era como si se hallara suspendida sobre nosotros una extraña y terrible prefiguración de lo que ha sucedido desde entonces. Tenía miedo de ella, me obsesionaba; su mirada fija vuelve ahora hacia mí como el recuerdo de un sueño oscuro, haciendo que se enfríe mi sangre." Confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II (1840)

La solución de este karma trae consigo grandes recompensas, y el creador-personaje-acuario que consigue superar los traumas del matrimonio y la paternidad, ya en su vida privada, ya usando su obra como catársis, llega a ser de una fidelidad perfecta al hogar y a la familia, amante y amado padre y esposo.

Las creadoras acuario tienen una dificultad añadida, pues la feminidad es ya de por sí una carga biológica y espiritual, y son notables los casos en que lo irresoluble de esa prueba kármica en una intensa creadora-personaje-acuario como Woolf o Warthon, acaba devastando su mente y su cuerpo.

"Pero esta ciudad hacia la que viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente, se alza inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o dé la bienvenida. Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría; avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás, perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre la puerta: Noche estrellada. -Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección? -Lo siento, voy en la otra." Cuarteto de cuerda (1921)

Otras características que definen un signo zodiacal son el elemento que lo rige y su naturaleza o temperamento, que también tienen que ver con el destino de ese signo en el mundo: para qué ha sido dotado. En el caso de Acuario, su elemento es el aire, que comparte con Géminis y Libra, y pertenece con Tauro, Leo y Escorpio al grupo de los llamados signos fijos (organizadores).

El elemento aire lo liga simbólicamente al mundo de las ideas, la razón, la palabra, el norte, la noche, el palo de espadas de la baraja española y a las picas del Póker. Este elemento dota al creador-personaje acuario de capacidad para vivir a través de lo mental y aunque, como todo ser humano, tiene una parte pasional y física, necesita traducir a ideas o valores todo lo que proceda de ella, para poder asimilarlo y expresarlo.

Acuario puede ser sarcástico, ingenioso, encantador; aunque pocas veces le importa convencer a los demás de algo, si se lo propone es el más elocuente de los creadores, pero está incapacitado para la fe. Acuario duda de todo aquello que no puede pensarse, que sólo puede sentirse o creerse y, sin embargo, todo lo que tenga que ver con lo sobrenatural le atrae poderosamente, tal vez por lo mucho que revela acerca de la psicología humana.

"Densa niebla cubría el pueblo, cuando, en la Noche Vieja de 1883, regresaba a casa. Pasando la velada con un amigo, nos entretuvimos en una sesión espiritualista. Las callejuelas que tenía que atravesar estaban negras y había que andar casi a tientas. Entonces vivía en Moscú, en un barrio muy apartado. El camino era largo; los pensamientos confusos; tenía el corazón oprimido... "¡Declina tu existencia!... ¡Arrepiéntete!", había dicho el espíritu de Spinoza, que habíamos consultado. Al pedirle que me dijera algo más, no sólo repitió la misma sentencia, sino que agregó: "Esta noche". No creo en el espiritismo, pero las ideas y hasta las alusiones a la muerte me impresionan profundamente." Una noche de espanto (1884)

Sin embargo, el ejercicio de la mente abarca tanto lo racional como lo espiritual. Acuario no deja nunca de hacerse preguntas de naturaleza moral, y no acaba de resignarse a los juegos de palabras del creador-géminis, ni al cinismo (a veces fingido) del creador-libra, porque para Acuario la verdad es una cosa seria. En esto se encuentra espiritualmente unido a Sagitario -Swift, Flaubert, Eça de Queiroz, Emily Dickinson, Mark Twain, William Blake, Rilke, Beethoven-, y es habitual que exista empatía entre creadores contemporáneos de estos signos, a pesar de lo complejo de sus caracteres.

El motivo último por el que un obstinado Acuario puede pasar décadas estudiando, investigando o escribiendo novelas, es siempre exponer el funcionamiento de un sistema complejo de causas y efectos, cuyo significado sea universalmente inteligible y cuyas consecuencias pudieren verificarse. La verdad de un caso policiaco,  la verdad de la psicología humana, la verdad de la naturaleza, la verdad del misterio.

"Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible. Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante. Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas." El rayo de luna (1862)

Por eso Acuario no se interesa por las anécdotas o las particularidades, sino es para buscar leyes generales que describan las estructuras. Esto le da ventaja en todo lo que suponga unir técnica y creatividad. En la creación es sorprendentemente habilidoso para encontrar una fórmula que le sirva, con una estructura más o menos compleja, y repetirla o profundizar en ella hasta agotar todas sus posibilidades de expresión.

Acuario trabaja investigando una realidad constituida por el legado de la tradición y la cultura, para comprenderla y organizarla, pero con el ánimo de ir más allá (ésta es, como expliqué más arriba, su prueba kármica), lo que le lleva a intuir las formas o los temas del futuro. En literatura, los acuario con talento llegan a ser pioneros de un estilo o de unos temas que han de sacudir su entorno y dejar una huella indeleble. Animo al lector interesado (que será tan raro como yo), a volver a la lista de autores acuario expuesta más arriba y podrá comprobar que todos ellos han influido claramente en autores posteriores, a veces varias generaciones después de haber muerto.

"¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso: -En la actualidad está en Melbourne." Eveline, de Dublineses (1914)

Esa otra vida que el creador-acuario lleva en la verdad y el futuro que su imaginación construye lo abstrae poderosamente, y es la fuente de sus habituales manías, su hipocondria y del perfeccionismo que muchas veces le impide delegar responsabilidades y medir sus fuerzas ante la magnitud del trabajo que se impone.

El creador-acuario padece ansiedad crónica, tiene la sensación de ir siempre corriendo, lo que es reflejo de un verdadero movimiento espiritual en busca de esa fe que promete Piscis (el siguiente en la rueda zodiacal) y a la que la herencia saturnal de Capricornio le impide confiarse del todo.

Si no consigue canalizar de algún modo la constante actividad mental, la obsesión por transformar en ideas su impresión de las cosas bellas y ese afán de luchar contra lo que es, en favor de lo que debería ser, padece enfermedades somáticas que pueden llegar a ser graves. Esta debilidad, si puede llamarse así, lo pone en situación de comprender muy bien la enfermedad mental, la obsesión, de intuir con certeza lo insondable de la estupidez y la maldad humanas; aunque le repugnen no las juzga, lo que le permite narrarlas mejor que nadie salvo, tal vez, Escorpio -Sor Juana Inés de la Cruz, Stevenson, Dostoievski, Camus, Fuentes, Scorsesse-.

"Inconscientemente, mientras gesticulaba, tocó la mano de la señora de Rênal, que ésta había apoyado sobre el respaldo de una de esas sillas de mimbre que suelen tenerse en los jardines. La mano se retiró con brusca celeridad, pero Julián pensó entonces que era deber ineludible suyo conseguir que aquella mano no se retirase cuando sintiera el contacto de la suya. La idea de que tenía un deber que cumplir, y de que correría el ridículo más espantoso si no lo cumplía, desterró al punto hasta la sombra de placer de su corazón." Rojo y negro (1830)

Sobre todos los dones del escritor-acuario reina el de conseguir que el mundo que habita sólo en su imaginación parezca más verdadero que la realidad, porque es capaz de captar la estructura de las ideas, la forma en que las personas creemos ver las cosas, de modo que, aunque no conozca una realidad, sabe contar cómo la vería el lector si pudiera.

Algunos especímenes avanzados de este signo, como el llamado Lewis Carroll, fueron capaces de imaginar ese país maravilloso y, por qué negarlo, también algo oscuro (siempre hay secretos en la vida y la obra de un creador de signo fijo), remando en un bote bajo los oblicuos rayos del sol poniente, entre el zumbido de los insectos acuáticos, ante los ojos exigentes y asombrados de las hermanas Lidell, y de hacerlo realidad según lo iba narrando.

A estas alturas no se si es necesario advertirlo pero me gustaría desalentar cualquier interpretación irónica de esta entrada. Creo estar incapacitada para las bromas ingeniosas, sobre todo si son tan largas.


Quien lo probó lo sabe

He aquí un soldado del Sur que te quiere, que quiere sentir tus abrazos, que desea llevarse el recuerdo de tus besos al campo de batalla. Nada importa que tú no me quieras. Eres una mujer que envía un soldado a la muerte con un bello recuerdo. Escarlata, bésame, bésame una vez.

Lo que le viento se llevó (1939)

La primera película en color de la historia del cine contiene varios besos o tentativas, pero el principal ocurre en contra de la voluntad de la protagonista, recortado en sombras contra un rojo que no sabemos si es el del atardecer, el del fuego o el de la sangre.

El beso imposible de labios apretados como si el actor besase su propia imagen en un espejo, seguido de fundido en negro, significaba sexo en el cine sometido a censura, también llamado cine clásico.

Pero a veces ocurre que el beso no es simbólico, sino que de verdad nos están contando que dos personas se besan. Esto se puede distinguir en que después del beso la escena continúa sin cortes, y si el paso a la interrupción inoportuna, la mirada cargada de palabras no dichas o la bofetada de la amada ofendida fluye en nuestra imaginación y nos parece estar observando por la mirilla o desde el cielo como dioses, es que estamos ante una obra maestra.

Los besos en el cine y las descripciones eróticas de las novelas son puntos sensibles donde paran, se integran, se saborean y se liberan las aprensiones, las costumbres y la prohibición de las distintas épocas, por eso suelen ser momentos llenos de esas tiernas y extravagantes vergüenzas que son la solución de lo que no se puede mostrar, porque el artista siempre es libre aunque no lo parezca y, como decía Wilde, puede expresarlo todo.

En el cine el narrador tiene poco tiempo. Es difícil narrar la dificultad del amor. Narrar la peripecia del beso es más agradecido. El beso es la confirmación de que existe el amor, en un medio en que no podemos conocer a los personajes sino en sus actos:

Si buscan el beso es que se atraen, si siguen luchando una vez que el beso ha acontecido es que de verdad aman, si su amor es difícil, o trágico, el beso tendrá que ser caro, o inaccesible. Quien dice beso dice cama. A veces, cuando el guión está vacío y el director no es capaz de llenarlo, se recurre a una interminable sucesión de excusas increíbles para que dos personajes, entre quienes existe una tensión erótica, no lleguen a realizarla, hasta el agotamiento y aún indignación del espectador.

La literatura proporciona un espacio más holgado para que el protagonista exponga las dudas, rarezas de carácter, miedo, orgullo, reflexiones, prejuicios, y todo elemento racional que pueda sustentar la dificultad del beso. En Cumbres borrascosas, En Evgeni Oneguin, En La educación sentimental, en El rojo y el negro, en las novelas de Nabokov o los cuentos de Cheever, contenedores todos ellos de algunas de las mejores historias de amor que los hombres han dado a otros hombres, la dilación del encuentro físico o su ausencia cruel no tienen nada de gratuito.

Francis se sorprendió al ver que una chica joven abría la puerta y salía al porche iluminado. Se detuvo bajo la luz para contar sus libros de texto. Tenía el ceño fruncido y era muy hermosa. Es cierto que el mundo está lleno de mujeres hermosas, pero Francis reconoció en este caso la diferencia entre belleza y perfección. Todos esos atractivos defectos, lunares, marcas de nacimiento y cicatrices faltaban en este caso, y Francis experimentó en su interior ese momento en que la música rompe los cristales y sintió un relámpago de reconocimiento tan extraño, tan profundo y tan hermoso como la más intensa de sus vivencias. Era algo en su entrecejo, en la impalpable oscuridad de su rostro: algo que a él le pareció una directa petición de amor.

Un marido rural, John Cheever.

Por eso  precisamente, aunque en el cine podemos tolerar y hasta tragarnos, ayudados por cierto estado de ánimo, una película aburrida o con trampas románticas del tipo que he descrito antes, cuando esto ocurre en la literatura es imperdonable.

Al respecto, el romanticismo alumbró alguna de las imposibilidades mejor contadas de la literatura. Se suele considerar que este movimiento abarcó más o menos las fechas de 1790 a 1890, pero existen ciertos grandes relatos que demuestran que el romanticismo estaba antes y después del romanticismo. Las amistades peligrosas se publicó por primera vez en 1782, catorce años antes que el Werther, y Cyrano de Bergerac se estrenó en París en 1900.

¡Beso, festín de amor del que yo ahora

Vengo el Lázaro a ser!… Alguna parte

Alcanzo a recoger aquí en la sombra!

¡Sí! ¡Yo siento que mi alma te recibe,

Que al besar ella de Cristián la boca,

Besa, más que sus labios, las palabras

Que he pronunciado yo!… ¡Qué mayor gloria!

Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand

El que no se consuela es porque no quiere… El Cyrano de Edmond Rostand hablaba mucho de besar pero besaba poco, porque su gran nariz se lo impedía física y moralmente, y porque en su universo de ficción, su destino consistió en estar al final del romanticismo y llevar a hombros todo su peso, antes de que los naturalistas se confabularan para advertirnos, otra vez, de que somos polvo.

Hay que decir que los que hemos reído y llorado con Cyrano de Bergerac (especialmente con la versión en cine de Jean Paul Rapenneau), entramos en el juego porque estamos deseando revivir la desdicha de amor, que nunca llegó a ser tan verdaderamente honda como la pena que nos dábamos a nosotros mismos, pero en el fondo no termina uno de creerse que una nariz pueda impedir la realización amorosa de alguien, si no es poco menos que el hombre elefante.

Posiblemente se debe a que Cyrano de Bergerac es una actualización de la más bella historia de amor jamás contada: La bella y la bestia, pero la naturaleza realista del relato de Rostand, impedía que se produjeran las apariencias y transformaciones mágicas que requería el cuento. En lugar de eso, el autor recurre a Cristián, el doble caballeresco, el eco hermoso del amante feo; esta dualidad es uno de los hallazgos de la literatura, y sólo por eso Cyrano merece el lugar que ocupa.

El verdadero amor romántico no se puede sellar con un beso, no se puede confirmar, y ha producido en literatura y cine momentos de deseo no satisfecho tan sublimes como los otros, los carnales. La insatisfacción erótica está en el lirismo de Pushkin y en el descaro de Byron, y es uno de los elementos que perduran en  todos esos autores que ejercieron su oficio en la fértil decadencia del siglo XIX.

Más aún, el protagonista de El rayo de luna de Bécquer, pero también el de Silvia de Cortázar, persiguen mujeres que están hechas de luz y sombras o, lo que es lo mismo, de la imaginación de los niños. Sin llegar nunca a tocarlas, nos cuentan que ese amor es más real que el real, que es el único, y esa tristeza es tan caliente y diaria como el pan.

Otros autores recurrieron a la imposibilidad de lo antinatural, por estar sus protagonistas enamorados, no de un fantasma, sino de un monstruo. Una vez más, el precursor es la evocadora Bestia de Beaumont. En este grupo están las maravillosas Olalla de Stevenson y Clarimonde, la muerta enamorada de Teophile Gautier, mujer loba y vampira, respectivamente.

Y, por fin, rápida y ligera como el pensamiento, volvió junto a mí, me vendó la mano y la puso sobre su regazo, mientras gemía y se lamentaba con un sonido como el arrullo de una paloma. No eran palabras lo que pronunciaban sus labios, sino sonidos mucho más hermosos que el habla, infinitamente tiernos y conmovedores. Y sin embargo, mientras estaba tendido allí, una idea me hirió como una espada, una idea que, como el gusano en la flor, profanaba la santidad de mi amor. Sí, eran sonidos muy bellos, y estaban inspirados por la ternura, pero ¿era humana su belleza?

Olalla, Stevenson

Otras veces es la muerte lo que impide que los amantes lleguen a verse de cerca, olerse el sudor o hacer planes. La protagonista de Los amigos de los amigos se queda compuesta y sin novio porque su prometido y su amiga se enamoran a lo largo de los años, a fuerza de no conocerse cuando conocerse hubiese sido lo más natural, de forma que la expectación se convierte en la ilusión perfecta del amor, o en la ilusión del amor perfecto, hasta más allá de la muerte: los cuentos de Henry James siempre son de fantasmas.

Al otro lado de la pared de Ambrose Bierce, narra como un aristócrata decadente que no quiere casarse con la mujer de su vida porque es pobre, queda ligado a ella en la muerte.

“No le han enseñado bien en el convento a cuántos y diversos peligros está expuesta la tímida inocencia, y todo cuanto ha de proteger para no verse sorprendida, pues, como dedicaba toda su atención y todas sus fuerzas a defenderse de un beso, el cual no era sino un falso ataque, todo lo demás quedaba sin defender…”

Las amistades peligrosas, Choderlos de Laclos

Las amistades peligrosas narra la traición, la lucha de sexos, la hipocresía, la vacuidad de la vida acomodada y el sexo como expresión de poder, pero su tema central es la búsqueda de la felicidad en la realización del amor.

Es cierto que la obra fue considerada escandalosa, pero sólo porque el narrador se expresa libremente en el desparpajo y la intimidad de sus personajes, con lo que crea en el lector el efecto de hallarse ante cosas inauditas, aunque las conoce de sobra. A esto nos referimos cuando caracterizamos algo de “provocador”, y constituye otra de las firmas de lo romántico, que dieron celebridad a Rousseau, a Byron y a Shelley.

Choderlos de Laclos fue un hombre de cierta reputación en su época; su novela epistolar le proporcionó más fama y más ingresos que ninguna otra de las esforzadas actividades de su vida militar, por tanto, podemos sospechar que tal provocación era buscada como impresión estética, y no producto de una espontanea mirada crítica sobre la aristocracia de la época, como se nos ha hecho creer, como la propia aristocracia de la época, acomplejada ya y, por tanto, masoquista, creyó en efecto.

En esta historia de profundo amor obstruido por la vanidad, llama la atención el contraste entre el agridulce descaro con que se nos narran ciertas situaciones, de las que un marqués de Sade hubiera sacado buen provecho, mientras que otras se tratan con cierta devoción casi mística, no en las palabras con que el personaje racionaliza sus actos, sino en la verdad de sus emociones que emana de ellos, y que a menudo conocemos de forma indirecta.

El vizconde de Valmont asegura no amar a  Mme. de Tourvel, y buscar una relación con ella como un trofeo de caza, pero ante el remordimiento de ella, lo sobrepone a sus propios deseos, y oculta sus cartas a la curiosidad de la celosa y manipuladora marquesa de Merteuill, la gran perdedora de la novela y seguramente el mejor personaje, quien se siente ofendida, ya que sabe leer en este inesperado pudor del cínico Valmont, el amor verdadero.

Así, tanto en la prerromántica Las amistades peligrosas, como en la postromántica Cyrano de Bergerac, si bien los autores no tienen reparo alguno en exagerar hasta la caricatura lo sentimental o lo perverso, los sentimientos profundos son tratados con respeto, como un cotilla incapaz de guardar un secreto a veces calla lo que le conmueve.

En la narrativa contemporánea, sobre todo en el cine, pervive esta dualidad, que se hace más radical en la medida en que cada vez toleramos que se nos muestren más cosas, con más crudeza, por una parte, y por otra empezamos a aburrirnos y a demandar aquella anticuada delicadeza con que los maestros habían de eludir los tabúes. Últimamente ocurre a menudo que la forma estéticamente agresiva en que se nos muestra todo, también el sexo, se suaviza y hasta desaparece cuando nos están contando una historia de amor, paternidad, piedad, fidelidad, o cualquier otro sentimiento que se considere honorable. Otra de las herencias del romanticismo.

Sobre un espejo había un canario que voló a sus hombros. Tomándole entre los dedos, me dijo:

-Es un nuevo amigo que destino a mis niños. Es muy bonito, míralo. Cuando le doy pan, entretiene ver cómo agita la alas y picotea. También me besa; velo.

Acercó su boca al pajarito y éste se plegó con tanto amor contra sus dulces labios, como si entendiera la felicidad que gozaba.

-Quiero también que te dé un beso -dijo ella-, acercando el pájaro a mi boca.

Éste trasladó su piquito desde los labios de Carlota hasta los míos y sus picotazos eran como un soplo de felicidad inefable.

-Sus besos -dije-, no son del todo desinteresados; busca comida y cuando no la encuentra en las caricias que le hacen, se retira triste.

-También como en mi boca -exclamó Carlota-, dándole algunas migajas de pan en sus labios entreabiertos, sobre los que sonreía con voluptuosidad el placer de un inocente amor correspondido.

Volví la cabeza. Ella no debía hacer lo que hacía; ella no debía inflamar mi imaginación con estos transportes candorosos de alegría pura, ni despertar mi corazón del sueño en que lo arrulla a veces la indiferencia de la vida. ¿Y por qué no? Es que confía en mí, es que sabe de qué modo la amo.

Los sufrimientos del joven Werther, Wolfgang Goethe

Y por fin, con motivo del septuagésimo primer aniversario del estreno de Gone with the Wind en Atlanta, el 15 de diciembre de 1939, como no tengo tiempo de nombrar todas las historias de amor que amé y todos los besos memorables que recuerdo, me limito a citar tres besos de película un poco raros, que posiblemente no se encuentren en las clasificaciones al uso. Allá van:

Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946). Peggy está enamorada de Fred desde que asistió a su despertar de una pesadilla, después de una noche de borrachera en que se quedó dormido sobre su hombro. Fred está casado y no es feliz, pero es leal. Peggy no le amaría si no fuese honrado, pero su honradez les impide estar juntos. Al fin se besan en un aparcamiento, lugar sórdido para el amor, y Fred advierte: “Si volvemos a vernos, volverá a ocurrir”.

La tormenta de hielo (Ang Lee, 1997). Son los años setenta, en Estados Unidos. Wendy y Mickey son adolescentes y vecinos. Wendy busca perder la virginidad. Se fija en Mickey, que es un chico inteligente pero impopular, porque está como alelado. Wendy se mofa de él con sus amigas entre el humo de los cigarrillos, pero a escondidas lo cita en el fondo de una piscina vacía, donde se amontonan las hojas secas, y allí se besan por primera vez.

Al este del Edén (Elia Kazan, 1955). Abra y Cal están en lo más alto en una noria parada. Abra está avergonzada por sus deseos y sus fantasías. Cal está reconcentrado en su complejo de inferioridad y se quema en el rencor. Su proximidad y la distancia con los demás obran su efecto y un beso los sincera. Poco después Abra pide perdón y Cal se avergüenza. El momento de magia ha pasado, pero ha dejado huella.


La escurridiza verdad

A altas horas de la madrugada del 16 de septiembre de 1987, una pareja de Brownsville, Texas, estaba viendo la televisión. Bill Murray, de 43 años, empezó a quejarse de dolor de espalda y le dijo a su mujer, Susie, que se iba a dormir. Una media hora después, ella apagó la televisión y también decidió retirarse. Al poco rato, la vida de los Murray cambiaría para siempre.

Bill Murray, dueño de un concesionario de coches usados con muchas deudas y tendencias suicidas, supuestamente se pegó un tiro aquella noche en la cama, junto a su mujer. Posteriormente, las pruebas forenses relativas a la posición del cadáver y la ausencia de restos de pólvora en sus manos, sugirieron que no podía ser un suicidio. Su mujer fue acusada, juzgada, y considerada culpable, por lo que pasó en prisión 8 años. En este tiempo se revisaron las pruebas y se reabrió el caso, al final se la declaró inocente.

Este es el resumen de uno de los casos reales narrados en la conocida serie Forensic Files, traducida al español como Crímenes imperfectos, que podéis encontrar casi íntegra en YouTube. La recomiendo. Prefiero estos casos reales, simples en cuanto a su contenido (simples; no fáciles…), que los complicados artificios de ficción tipo C.S.I, porque su impacto radica en el hondo reflejo de la naturaleza humana que proporcionan, y no en lo enrevesado de la peripecia forense. El caso de Bill Murray se narra en el capítulo 4 de una serie de más de 100. Al respecto del tema que voy a tratar, recomiendo también el visionado del capítulo 28, sobre la violación y asesinato de la funcionaria de prisiones Donna Payant.

Cuando una historia se narra, ya sea un cuento, un cotilleo, o un crimen real; ante un público ocioso, un amigo o un jurado, ésta se convierte automáticamente en ficción, y la ficción no funciona con las mismas reglas que la realidad. Verosimilitud no es lo mismo que verdad. Esta mezcla de narrativa y objetivismo es lo que puede contaminar una hipótesis basada en testimonios y evidencias, pues una de las más antiguas y radicales contradicciones del ser humano, es que somos al mismo tiempo seres hambrientos de verdad y mentira.

La literatura fantástica y la deductiva tienen algo en común: se sustentan sobre esta contradicción. En el caso del género fantástico los combatientes de esta lucha que se libra dentro del individuo son el Bien y el Mal, en el caso del género de misterio, son la verdad y la mentira. La analogía es simple: Dios-el Bien-la verdad, se manifiestan a través de la claridad de pensamiento y la lógica, el deseo de justicia, la contención, la deducción. El demonio-El Mal-la mentira, son la fuerza bruta, la pasión destructiva, la falacia, el salto lógico, el intento de ocultación, de que las cosas parezcan ser lo que no son.

Quien no conoce la verdad no puede ser libre. Desde el punto de vista de nuestra cultura cristiana, es deseo de Dios que el hombre tenga libre albedrío, por eso, la forma en que el demonio tienta al hombre es mostrándole sólo lo bueno de su influencia, y no las consecuencias nefastas del Mal, así lo esclaviza. El demonio es también el azar, el Mal que llega sin aviso porque no puede ser advertido (o resulta muy complicado hacerlo) en una secuencia de eventos, de modo que el investigador capaz de encontrar patrones en los actos malvados y predecirlos o, al menos, solucionar el enigma de su motivación e identidad, se convierte en el héroe. Mientras tanto, el lugar del demonio lo ocupan las drogas, el poder corrompido, la angustia existencial, la violencia, el psicópata.

Necesitamos las historias para reconstruir la realidad por fuera de ella y así, poder entenderla. La lectura compulsiva de novelas en las que el crimen se resuelve satisface nuestro hambre de verdad y justicia, pero también tenemos la necesidad de comprender, de observar y experimentar en la ficción, qué ocurre cuando la verdad no logra abrirse paso. Uno de los clásicos de la literatura fantástica que trata de ello es En el bosque, de Akutagawa, llevado al cine por Kurosawa con el título de Rashomon. Lo que subyace en la narración de los tres personajes es la imposibilidad de averiguar la verdad, más cuando cada uno de ellos se acusa, en lugar de intentar exculparse como sería de esperar.

La narrativa moderna aporta unas cuantas historias a este raro subgénero, por llamarlo de algún modo. Hoy quiero hablar de dos muestras excepcionales: una es una película titulada Memories of Murder (2003), dirigida por el coreano Bong Joon Ho, la otra es un documental: Capturing the Friedmans (2003), creado por Andrew Jarecki. En ellas, la verdad es una pequeña criatura encerrada en la caja de Pandora, y para poder escuchar su voz lastimera hay que dejar escapar antes todos los monstruos.

*

Memories of Murder (Salinui Chueok), cuenta la historia del primer asesino en serie de la historia de Corea del sur; un individuo que escogía mujeres que andaban solas por los caminos en noches de lluvia, mejor si llevaban puesto algo rojo, las ataba con su propia ropa interior, les cubría la cabeza con sus bragas, las violaba, introducía en su vagina algún objeto que llevasen consigo y las mataba, no se sabe muy bien en qué orden. Tal cosa ocurrió en 1986, en plena dictadura militar, cuando  los grandes recursos de la policía no se empleaban para resolver crímenes, y menos en una zona rural como fue el caso, y cuando la exactitud y la fiabilidad de las pruebas forenses no eran ni mucho menos las actuales.

Quien disfrute las historias en que el principal interés es la investigación policial (la de verdad), debe ver esta película al menos una vez. La solidez de la estructura narrativa permite que no sea necesario impostar la velocidad ni el impacto, sino que estos se efectúen de forma natural en el espectador. A quien esté harto de ver como el cine se recrea en fotografía de videoclip, efectos especiales apabullantes y sustos tipo ¡Buh!, para intentar ocultar sin éxito un guión tramposo y vacío, va a disfrutar mucho viendo como sí se puede volver a contar la misma historia de crímenes e incluso, si se hace bien, dejarnos otra vez dolidos y asombrados.

El truco es, como siempre, la suma de unos personajes equilibrados entre el arquetipo y la profundidad, y un guión preciso. Existe un protagonista y un antagonista, que pueden ser múltiples, con objetivos opuestos. El protagonista se pone en camino hacia su objetivo, alternativamente se equivoca y acierta; cada nuevo error le cuesta más y es más grave, cada nuevo acierto está más cerca de la verdad. Al final puede tener éxito o fracasar, o bien lograr su objetivo pero a un precio demasiado alto.

El protagonista es un detective rural acostumbrado a una lenta rutina, confiado en la infalibilidad de su instinto y hasta en la magia, que tiene como compañero fiel a un matón, dispuesto a sacarle a un sospechoso lo que sea menester, a base de botas con punta de acero. Cuando el caso se pone feo llega un detective de Seúl para ayudarles, que no comparte sus métodos y desprecia la falta de inteligencia con que se ha llevado el caso. Los tres forman ese triángulo platónico: el hombre que piensa, el que siente, y el que actúa. Cada uno de ellos proporciona al espectador cerebro, corazón y puños.

Así, la historia satisface no sólo nuestra necesidad de saber quién es el asesino y si por fin van a pillarlo, sino cómo se resuelve el conflicto entre estos tres sistemas, estos tres puntos de vista sobre el mundo, que a menudo cohabitan en cada individuo real. El espectador conoce el conflicto, porque lo ha sentido dentro de sí. Una película buena, un buen libro, no sólo cuentan cosas que pasan por fuera (lo que constituye la trama), además permite que los personajes aíslen elementos psicológicos en conflicto, y así poder imaginar, y aún ver (este es el gran poder del cine) cómo actúan fuera de nosotros.

Uno de los motivos que hace indiscutible el guión de Memories of Murder es el final. Conste que no voy a decir nada que no se sepa en los primeros minutos de película. Es difícil cerrar con elegancia una historia que cuenta la lucha entre verdad y mentira, sin poder ofrecer su resolución. Pero esta es también una historia sobre el fracaso. La pérdida de cada uno de los policías, lo que han sacrificado para enfrentarse al mal, a la mentira, tiene que ver con la función que los caracteriza.

En el caso del protagonista, su derrota es emocional, y es la emoción el motor de la acción humana, por eso el anticuado, el instintivo, el hombre de corazón es el que queda más destruido, y por eso es el protagonista de esta historia. Para compararlo con un personaje clásico, la razón por la que el detective Park Du Man es el protagonista, es la misma por la cual la acción de El hombre que mató a Liberty Valance gira en torno a John Wayne y no a James Stewart. En una historia en que la verdad no llega a saberse nunca o, aunque los personajes y con ellos el espectador, estén convencidos de cuál es, jamás podrán demostrarlo, el personaje grande es el gran perdedor.

Nunca me he encontrado con un detective fracasado cuya pérdida sienta con tanta realidad, que pueda escuchar como él los latidos de la ignorada verdad en el aire y sentir el deseo de emprender de nuevo una lucha en la que volvería a perder, y todo en los últimos segundos de una simple película policiaca.

*

Capturing the Friedmans narra también la historia de un criminal, lo que no está tan claro es si hay algún crimen.

A finales de los ochenta del siglo XX, el chalet de Arnold Friedman es registrado, después de haberse interceptado una revista de pornografía infantil procedente de Holanda que envió por correo a un amigo. En su despacho se encuentra gran cantidad de material de la misma naturaleza y es arrestado. Cuando lo descubre su comunidad de vecinos de clase media-alta, que hasta entonces había mostrado admiración y respeto por los Friedman y había confiado a Arnold y a su hijo menor, Jesse, la instrucción informática de sus hijos en el sótano de su casa, empiezan a brotar como setas las acusaciones de violación. Se llegaron a superar los 200 cargos.

Al tratarse de un documental, el autor no se ha dedicado a desenredar la verdad y la mentira para después enredarlas de nuevo según un patrón narrativo. Mentira y verdad se presentan al natural, en madeja. El director sólo decide en qué orden y cómo se muestran los pedazos de realidad, y el espectador sólo puede aspirar a encontrar los cabos y tirar de ellos, sin llegar nunca al corazón del asunto, sin poder llegar a ordenarlo. En este proceso especula, y es la especulación la gran protagonista de la historia.

No sólo especulación en el sentido detectivesco, sino en su más radical significado etimológico. Los testimonios producen un juego de espejos en que cada uno de los implicados refleja a otros. Cuando creemos conocer a un personaje, cuando estamos rozando su verdad, otro testimonio nos da una nueva perspectiva que no conocíamos y toda nuestra teoría se viene abajo. En Capturing the Friedmans, el espectador descubre, poco a poco, que el policía burlado es él.

Hay momentos cumbre de esta experiencia, como la declaración del hermano mayor culpando a su madre, el relato de uno de los chicos supuestamente violados que recordó los abusos con hipnosis, y los momentos en que toda la familia está reunida preparándose para el juicio, y apenas consiguen ponerse de acuerdo entre reproches, llanto y gritos.

No hay nada seguro salvo que todos mienten, pero tal vez no lo saben, o sí. Aquello a lo que el espectador asiste  no es tanto la historia de olímpica depravación que los padres de algunos niños y los tenaces agentes de policía quieren contarnos; es sobre todo cómo, en una familia que ha crecido entre mentiras (no sabemos cuáles, pero podemos olerlas, sentirlas todo el tiempo alrededor en esos inolvidables vídeos domésticos), la verdad ha irrumpido como un apocalipsis, pero no toda la verdad, quizás, sólo una cierta verdad, o un fragmento de la verdad completa.

Quien se atreva a enfrentarse a esta historia, observará seguramente la extraña calma, la morbosa pasividad con que el presunto violador de niños acepta su destino, mientras a su alrededor, los miembros de la familia que él ha creado y sostenido durante años se destruyen mutuamente. Parece que Arnold Friedman guardaba un secreto, pero no aquel del que le acusan, y para poder soportar su situación decide aceptar un castigo que considera injusto, a cambio del castigo justo que nunca recibirá.

Creo que necesitamos pensar que, cuando la verdad no puede salir a la luz con su forma, puede hacerlo disfrazada; que la justicia que no se efectúa por los cauces habituales llegará de otro modo, inadvertida e implacable. El protagonista de este Crimen y castigo a la americana, no era, seguramente, insensible a esta superstición, y creo que Andrew Jarecki decide contárnoslo. Al final, el misterio de Mr. Friedman no queda resuelto, pero sí se logra la triunfal mutación de un hombre en personaje.


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