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Somos todos unos burros

El éxito y el reconocimiento son cosas difíciles de definir y de obtener, como el amor, como la lealtad.

Visitando y redescubriendo Platero y yo, siendo feliz en su prosa poética, en sus paisajes plásticos y a veces espesos de palabras refinadas, en su demora, que ya nadie o casi nadie practica, porque tenemos muchas cosas que hacer, reflexiono sobre por qué le tuvieron tanta tirria sus compañeros de generación a Juan ramón Jiménez. Por qué yo misma se la tuve, como lectora niña y joven poeta.

Cabeza de burro (1881). Rosa Bonheur

Cabeza de burro (1881). Rosa Bonheur

Lorca le llamaba “el podrido”, casi todos sus compañeros de oficio ignoraron y denostaron su premio Nobel, su supuesta vida bucólica y su matrimonio fueron mirados siempre con la sonrisa torcida, y no porque fuera un perdedor. Vivió, escribió lo que pudo y quiso, tuvo unos reconocimientos, otros le faltaron, quizá incluido el suyo propio, o tal vez era una pose, o es que en su caso la pose lo era todo, porque era un ser estético.

Aunque el rechazo que sufrió se hubiera podido explicar por alguna clase de inquina contra el “diferente” el “paria”, esto no habría explicado por qué sus contemporáneos odiaron así mismo a Blasco-Ibáñez, paradigma del éxito, escritor fino, pero de masas, creador de best-sellers cuando en España ni había de eso.

Recepción a Blasco-Ibáñez en el puerto de Buenos Aires, 1909

Recepción a Blasco-Ibáñez en el puerto de Buenos Aires, 1909

¿Entonces?

Creo que hay dos respuestas diferentes. Hay una incomprensión debida a la mezquindad, otra debida a la ignorancia.

Lo primero, la mezquindad, tiene que ver con la necesidad humana de hacer equipos.

Los que odiaban a JR eran urbanos, se movían con la vida, giraban con la rueda de la fortuna, eran escritores éticos, preocupados por su tiempo y su espacio. Se condecoraban con categorías y tópicos de la época, eran intelectuales o hedonistas, listos o brutos, eran homosexuales o eran heterosexuales, y si eran heterosexuales eran amantes del tipo de mujer golfa o del tipo de mujer casta, eran socialistas o anarquistas, liberales o conservadores, existenciales o patrióticos, realistas o surrealistas, con pose de criminal o con pose de cura.

JR era un observador, un perezoso vocacional, pero estricto y maniático como líder y administrador de los límites de ese mundo inmóvil. Creador de un paraíso frágil en que las palabras lo eran todo, y usar la palabra equivocada podía ser el conjuro final de alguno de esos queridos fantasmas. La nada puede ser, debe ser perfecta.

" De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera.  Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento.  En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo.  Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida.  Emerson había escrito fancy en la puerta de su cuarto de trabajo.                                                                            Juan Ramón Jiménez.    “Estética y ética estética”

” De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera. Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento. En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo. Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida. Emerson había escrito fancy en la puerta de su cuarto de trabajo.
Juan Ramón Jiménez. “Estética y ética estética”

Llevaba dentro la tertulia sin fin de un perro apaleado que aúlla a la luna, un niño y un ermitaño viejo. Lo que había dentro de sí que había salido de la cabeza del niño, el viejo lo censuraba y trataba de corregirlo, lo que salía de la cabeza del viejo, al niño lo asustaba, y los ladridos del perro loco siempre sonando al fondo, en la eternidad nocturna de miedo a la muerte y añoranza de la vida.

Así que, no. No era fácil de clasificar, ni desde fuera ni desde sí mismo. Eso a quienes están muy dentro del mundo siempre les molesta, porque quien ama el mundo ama la competición, ama la idea de que existan los equipos, aunque el rival no compita, aunque de hecho, ni siquiera esté.

JR nunca estaba. Él trotaba por ahí, con Platero. Pero los otros competían con él, lo insultaban o intentaban provocarlo, con más o menos audacia y corrección, aunque él no contestase. Es imposible saber cómo le afectaba íntimamente esto, o si le daba igual. Posiblemente ocurra esto último, ya que le gustaba, usando sus propias palabras “llevar la contraria”, y así aconsejaba a los que quería que llevaran la contraria y que fueran críticos, y a veces se le olvidaba que los otros no eran su obra y que no podía convertirlos en lo que él quería.

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Lunes noche, verano de 1913 Hermana Zenobita: (Los hermanos no pueden llamarse de usted; yo lo suprimo ya para siempre.) Llena la frente de estrellas, después de haber estado cerca de ti dos horas, cuando has cerrado el balcón rojo, me he venido hacia casa despacio y triste, triste aunque te parezca mal, ¡reina de la risa! El balcón de tu alcoba, oscuro y hondo, seguía abierto… ¡Con qué pobres dichas se contenta a veces el corazón, el corazón que subió tanto!… Muy alegre estabas hoy cuando me escribiste tu carta. Te lo agradecí con toda mi alma, pero cuando la terminé me eché a llorar. No es una carta tierna ni dulce. De haberlo sido, me habría puesto más alegre. No, Zenobita, no es que yo sea fúnebre siempre…”

Otra respuesta es la ignorancia. Otra cosa que justifica la crueldad, el desprecio o la envidia. La ignorancia de su obra cumbre (en contra de su opinión y sus deseos), la obra en lengua castellana más traducida después del Quijote, Platero y yo, procede de la dificultad para analizarla y clasificarla.

Como la escribieron juntos el niño, el hierofante y el can aullador que había en su cabeza, decir que es para niños es un error, y decir que es para adultos es un error, y decir que es poesía o que es prosa es un error.

Es una tentativa, una exploración, el camino a alguna parte, no es el final de nada ni nada acabado, es una búsqueda. Utiliza la misma clase de recursos que la Biblia, que los libros sagrados; la prosa poética, el versículo, la alegoría, pero la elección de un burro como protagonista desacraliza esa intención. El burro es el más torpe de los animales, el que más a punto de desaparecer parece siempre.

Los contemporáneos de JR, y nosotros hoy, estamos acostumbrados a que las cosas tengan etiqueta, a que se llamen de alguna forma, y de no ser así, nos gusta que la erudición que va a ponerse a trabajar sobre un tema se advierta y sea de corte analítico, como hacía Unamuno, que siempre venía armado con las lentes hispánicas y los jueguecitos especulativos ya desde el prólogo.

Unamuno

Unamuno

Tanto Platero y yo como Niebla se publicaron por primera vez en 1914. Las dos fueron célebres y muy traducidas, pero Unamuno estaba muy dentro del círculo, era respetado por sus colegas, incluso hizo sus pinitos en política, porque se consideraba que sus novelas aportaban “ideas”.

En cambio, qué aportaba JR. Imágenes, sueños, pinceladas. Esto no es para todas las inteligencias, es el lado en sombra de la tierra y al mismo tiempo lo más terrenal de la tierra. Las orejas de burro se ponían como castigo a los tontos y los locos. Ni siquiera JR le daba importancia a su propio animal. Pero sí que apreciaba las cualidades de escritor que había en él, las que habitan en todos los asnos; la tozudez, esa dureza dentro de su propia blandura.

2

“¡Que pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles—los toros, las cabras, los potros, los hombres, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna. Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú la has visto en su puesto verde. Ya tiene a su lado un pajarillo, que se levanta —¿por qué—? al acercarnos; o está llena, cual una breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa. Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida… ¿Qué le diera yo al otoño, Platero a cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término de la nuestra?”. La flor en el camino. JR Jiménez. Imagen. Los burros. Yuqi Wang (1958)

Yo creo que puedo leerlo ahora mejor porque estoy en el mezzo de la mia vita y soy, por tanto, un poco niña y un poco vieja y creo que es lo mejor, con mucho, de su poesía. Puedo comprender también, mejor que cuando era adolescente (en la plenitud de mi energía y de mi enfado), por qué a veces la testarudez y la humildad es mejor arma para un creador que la inteligencia y la soberbia.

El alma de Platero hace de ángel guardián de su autor, lo obliga a mirar con ternura sus frases como esqueletos vestidos, a no tomarse demasiado en serio, a volver siempre a comer hierba a cuatro patas, y se produce el equilibrio perfecto entre hombre y bestia, ilusión y razón.

El hecho de haber tenido que esperar la llegada de algo tan antipático como un aniversario de los cien años (es antipático porque ninguno veremos el nuestro, si somos vulgares, y si somos excepcionales lo veremos desde algún lugar tonto como el nirvana o el infierno), para darme cuenta de que este libro es hermoso y de que su autor no era tan petardo, y para que escriba sobre él aprovechando la coyuntura cuando no lo hice en el doce, ni en el tres, ni en el nueve, y ni siquiera en el catorce, porque se me pasó, demuestra que soy un poco burra.

En ocasiones como estas siempre asiste el consuelo de que somos todos unos burros, eso le da a Platero otra importancia.


33 historias escritas que cambiaron mi vida (3)

“-¡Cómo, no duerme usted? -le pregunta.

-No puedo -suspira el del pantalón rojo-. Disfruto de la Naturaleza… Tenemos huéspedes; en el tren de la noche ha llegado mi suegra…, y con ella mis sobrinas…, jóvenes muy agraciadas. Estoy muy satisfecho…, muy contento…, a pesar de… de que hay mucha humedad…

¿Y usted también, disfruta de la Naturaleza?

-Sí… -balbucea Zaikin-. Yo también disfruto de la Naturaleza… ¿No conoce usted, aquí, en la vecindad, algún restaurante o tabernita?”

 

Los hombres que están de más.

Anton Chejov

 

I.

El cuento al que pertenece este fragmento se publicó en el paso del siglo XIX al XX, y cumple, a mi parecer, con una de las características que se suele atribuir a grandes obras de ese periodo. Esboza el paso del XX al XXI.

Está bien tenerlo en cuenta, para celebrar el cumpleaños de Anton recordando su enorme talento para narrar, a pesar de tener poco tiempo en paralelo (también tenía que atender pacientes, familia, amada, que suponemos que, como actriz que era, demandaría mucha atención) y en serie (murió joven), recordando también su sentido del humor, inteligente y raro, raro por inteligente y difícil de encontrar, ahora y entonces, y recordando, además, que fue un visionario, que tuvo intuiciones, que hubo algo esotérico, fantástico en el sentido de sobrenatural, alguna clase de milagro en su obra que me complace encontrar en todos los genios, porque lo disfruto y porque confirma una intuición propia, y este algo es la capacidad de ver el futuro.

También se dice de él, y es cierto aunque no tan simpático, que fue un escritor para escritores. Que sólo lo disfrutamos plenamente aquellos que sentimos el deseo de crear, y que para el resto del mundo es el autor de El tío Vania y poco más. Si esto es así, no voy a ser yo quien lo remedie. Pero bueno, celebraré mi fiesta sorpresa de cumpleaños aunque brindemos tres y uno de ellos sea un fantasma. Quien me conozca sabe que me gustan los tragos con los amigos muertos.

El siglo XX ha sido, de todos los que ha vivido la humanidad hasta ahora, aquel que ha presenciado cambios más traumáticos, en lo científico y tecnológico, en lo político, histórico y social, en lo moral y privado. Anton vio venir la revolución, toda la revolución, la de dentro de las casas y las familias y la de fuera, la del mundo, y lo hizo desde dos entornos privilegiados: la última Rusia zarista con sus políticos e intelectuales agitados y a menudo muy confusos, y su imaginación.

Anton Chejov

II.

El futuro de la burguesía

Hace no mucho estaba viendo una representación de El jardín de los cerezos, cuando asistí a una escena que no recordaba; en medio de una excursión burguesa al campo… (con “burguesa” quiero decir compuesta por un grupo de burgueses; gente culta pero mediocre, apasionada pero tímida, un poco aburrida, vestida de blanco, con sombreros grandes y pequeños anteojos, rusa y encantadora) ocurre que todos se quedan detenidos, atentos, porque escuchan a lo lejos un ruido que no saben bien cómo definir.

Un latigazo, un golpe, una vibración eléctrica en el aire. Un cable desprendido de alguna atracción de feria, una tormenta que se aproxima.

Yo, que tenía el privilegio de tener a mi lado a otro escritor, de esos cuatro gatos que leen a Chejov con atención y felicidad, le escuché decir que ese era precisamente su momento favorito de la obra.

“Esto es lo que me gusta del teatro.” Creo recordar que me dijo. “Ese momento en que algo afecta a todos los personajes y los hace salir de sus acciones individuales para, por un momento, ser narrados.” Me convenció. El momento que yo había olvidado de la obra es efectivamente el corazón de la obra. O mejor, su “latido inicial” como llamaba otro ruso, burgués y a mucha honra, Nabokov, a la primera chispa de vida del organismo de una ficción.

Hay un mundo que se desmorona. Y Chejov, que para sus personajes es Dios, quiere contárselo:

“Qué sepáis, que podías intuir, que todos los pequeños problemas que ahora os agobian, todas las cuestiones existenciales que os obligan a actuar o a inhibiros, no son casi nada. Algo vendrá, algo más grande, que os arrastrará. No hay obra teatral sin tragedia, sin fatalidad: yo soy el que manda aquí, y además soy el que ve, el que visiona, y os digo, en pocas palabras, que sois insectos.”

Este es el mismo mensaje, triste, corto, brutal y poco concreto que el siglo XX dejó al ser humano. Y a Kafka.

Ensayo de la obra El jardín de los cerezos, de Anton Chéjov, a cargo de la Compañía Nacional de TeatroFoto Marco Peláez

Ensayo de la obra El jardín de los cerezos, de Anton Chéjov, a cargo de la Compañía Nacional de Teatro. Foto Marco Peláez

III. 

El futuro del hombre (ser humano masculino)

Y a ChejovLos hombres que están de más refleja esta visión de un modo algo más cómico, relevante en un ámbito más pequeño, el de las relaciones familiares y de pareja.

Los protagonistas de la historia son hombres de mediana edad, padres de familia, que trabajan para mantener económicamente a sus familiares biológicos y políticos, mujeres, amantes e hijos, criados, empleados, a veces incluso a sus amigos, pero que no son ni obedecidos, ni respetados, ni apenas amados.

Nada de lo que se atribuía, de toda la vida, al patriarca paternal, al hombruno, masculino y viril dueño del mundo en el siglo XIX, que buscaba una muñeca enfundada en sedas y corsés que se moviera lo justo para decir sí o poner morros y apenas respirase, y engendrar hijos obedientes y pálidos que consiguieran sobrevivir a la tuberculosis, el tabardillo y el aburrimiento.

Nada de eso. Todo lo contrario. A Zaikin le toma el pelo hasta su hijo de seis años, le van expulsando progresivamente de su casa de la ciudad, de su casa de campo, de su dormitorio, de su paternidad y su matrimonio, de la prosperidad, de la propiedad de su vida, aunque el autor le concede el penoso consuelo de encontrar un amigo de pantalones rojos que le demuestra que no es el único que tiene que sufrir estas comprensibles y modernas humillaciones.

Lo que era un tema tangencial en muchos otros cuentos (Un hombre irascible, Los extraviados…) es en Los hombres que están de más el tema central, el primer latido de la idea: el desdibujo del rol masculino clásico en la sociedad moderna, y cómo esto perjudica en realidad a los hombres caseros y tranquilos, es decir, precisamente a aquellos que, desde el juicio feminista clásico, no deberían ser castigados.

Hombres como Zaikin, a los que les gusta comer, descansar, sentirse queridos y respetados por pocos pero fieles seres humanos, pero que cuando esto se les niega se enfadan, se sienten idiotas, se dan pena, sienten rebullir el deseo pasado de moda y ancestralmente masculino de salir al mundo, a la caza, a la guerra, al mar, al frío. Lejos. Fuera. Solo. Por lo menos “a la tabernita.”

Por qué me gusta tanto, tanto, este cuento de Chejov, aparte de estar maravillosamente contado, como casi toda su producción. Por un motivo tal vez ajeno a la voluntad del escritor; sus protagonistas son lo contrario de lo que deberían ser, son la subversión del tópico del viejo mundo y la previsión del tópico del futuro.

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IV.

Las mujeres que están de más

No sé si habréis notado que para que suceda un bestseller (algo que ocurre como el paso de un cometa en la vida del escritor, el agente y el editor medio, imposible de invocar por la fuerza, por lo que cuando cualquiera de ellos tres ven pasar uno se lanzan en su persecución como bisontes), es preferible, últimamente, que la protagonista sea una mujer, y que su actividad o su conflicto tengan que ver con este hecho, sea cual sea el tema o el género (de la obra).

Intuitivamente, todo aquel avispado creador que quiera producir eficientemente (en términos comerciales) sabe que el arco de un personaje-mujer no puede consistir en descubrir su debilidad o dependencia, que el arco de un personaje-hombre no puede ser el de descubrir su fortaleza y libertad. Ahora viceversa. Toda historia que no cuente cómo una mujer revela el torbellino de fuerza e inteligencia que ocultaba en su interior, toda historia que no cuente cómo un hombre revela el pozo de cobardía y dependencia que ocultaba en su interior, es poco menos que ficción experimental.

Tanto la primera revisión del personaje femenino, como la segunda del personaje masculino, son machistas y retrógradas. Representa una pequeña parte del neoconservadurismo neorrancio. Lo mismo que antes, pero con los roles cambiados. ¿Y qué? Pues que lo que hace a un personaje verdaderamente auténtico y bien construido puede pasar (puede, perfectamente, y algunos deseamos que además lo haga) por la destrucción previa del prejuicio social que lo contiene, y porque lo importante no es quién es un protagonista, sino lo que hace. Por eso los hombres de Chejov eran grandes, por eso las heroínas flojuchas construidas con dos ideas y media, son insignificantes.

Odio este guión. La idea que presupone sobre lo que sustenta una pareja, y ese discursito en off de la actriz sobre cómo las mujeres tenemos que fingir ser perfectas y hacer degradantes mamadas a los hombres para que nos quieran es, además de repugnante, mentira. Odio que David Fincher, al que admiraba, se haya apuntado un tanto comercial con esto.

Por ejemplo. Odio este guión. La idea que presupone sobre lo que sustenta una pareja, y ese discursito en off de la actriz sobre cómo las mujeres tenemos que fingir ser perfectas y hacer degradantes mamadas a los hombres para que nos quieran es, además de grotesco, mentira. Odio que David Fincher, al que admiraba, haya hecho esto.

IV.

Los Bovaries.

Ahora, dejemos a un lado el sexo (que no la actividad sexual) de los protagonistas.

El lector convencional del siglo XIX se quedó viendo colorines con la historia de Mme Bovary, paradigma de la irrupción del feminismo en la literatura (si Gustave llega a saberlo a lo mejor no la escribe, porque él mismo era un caballero decimonónico un poco misógino, bueno, antipático en general). El prejuicio que subyacía al asombro del lector o del crítico pazguato de entonces era:

“Mme Bovary es una mujer medianamente guapa, de clase media, bien casada con un médico de pueblo, buen hombre, honrado y cumplidor como marido. ¿Qué más pude desear Emma? ¿Qué deseos extraterrestres son esos que la acosan, de lujo, exceso estético, decadencia y autodestrucción?Cómo puede una mujer, un personaje femenino siquiera, querer algo más de lo que las convenciones han cuidado con esmero y destinado a su persona? Debe de ser una loca, una mala persona, debe de ser un personaje inverosímil, mal cosido y arrojado de forma negligente a una novela de Flaubert, ese inepto.”

La ficción convencional, comercial, digamos “de masas”, de este comienzo de siglo, niega al personaje masculino su faceta libertaria, anarquista, la neutraliza por omisión, como la ficción y la moral decimonónica negaba a la mujer el deseo de ser libre, de trabajar, de estar sola, de follar, sin que esto se atribuyese a malicia o enfermedad mental. En ese sentido, el personaje masculino que hace valer este deseo, se convierte en una especie de actual Mr. Bovary.

Así puede ser juzgada la confesión de Knausgard en Un hombre enamorado, de preferir dedicar tiempo a su profesión que a sus hijos, o la decisión final del personaje interpretado por Mickey Rourke en The wrestler, cuando asume su destino de madelman cardíaco y prefiere morir atravesado por las grapas en el ring de lucha libre, con unas medias verde flúor y sus pelos de Conan, que salvar a Cenicienta la bailarina de streaptease y reconciliarse con la hija a la que dio una mala infancia, cuando eso sería lo esperable para un hombre que quiera parecerse a un prototipo femenino que ni siquiera es real.

También están el protagonista de Nebraska, la estadounidense y el de Mr. Kaplan, la uruguaya, historias filmadas en las que al conflicto de la masculinidad se añade el de la vejez, la escasez de tiempo.

También están el protagonista de Nebraska, la estadounidense y el de Mr. Kaplan, la uruguaya, historias filmadas en las que al conflicto de la masculinidad se añade el de la vejez, la escasez de tiempo.

Madame Bovary también era femenina y prefirió el arsénico al bueno de Charles, que no la pegaba ni nada, y Nora no quería estar en su casa de muñecas, porque no, porque no le daba la gana, y el público de la época estaba tan estupefacto que en algunas representaciones se tuvieron que inventar un amante para que la gente entendiera por qué Nora se iba, porque si no, ¿a santo de qué iba Nora, a dónde demonios iba, sin un caballero del brazo? ¿Y a dónde van Knausgard, el luchador, y ese otro par de viejos, entre otros hombres que están de más, por ahí, sin familia ni obligaciones (por una noche, por unos días, por un momento)? A la mierda, como dijo aquel.  A dónde les quieran, a dónde quieran volver o no volver, no por su culpa, si no por su libertad, como hacen y son los personajes un poco inmortales.

Como eran los hombres y las mujeres de Anton, aunque no siempre se daban cuenta a tiempo. Ay, esto me recuerda otro cuento maravilloso. Sobre el amor. Con un poco de esto me despido.

le confesé mí amor, y con ardiente dolor de corazón comprendí cuan inútil, mezquino y engañoso había sido todo lo que había impedido que nos amásemos. Comprendí que cuando se ama y se reflexiona sobre ese amor se debe comenzar por lo que es más alto, por lo que es más importante que la felicidad o la desdicha, que el pecado o la virtud en su sentido habitual, o bien no reflexionar en absoluto. La abracé por última vez, le apreté la mano y nos separamos para siempre. El tren había arrancado ya. Pasé al compartimiento contiguo -estaba vacío- y me senté en él llorando hasta la estación siguiente. Desde allí volví a pie a Sofino.

Le confesé mí amor, y con ardiente dolor de corazón comprendí cuan inútil, mezquino y engañoso había sido todo lo que había impedido que nos amásemos. Comprendí que cuando se ama y se reflexiona sobre ese amor se debe comenzar por lo que es más alto, por lo que es más importante que la felicidad o la desdicha, que el pecado o la virtud en su sentido habitual, o bien no reflexionar en absoluto. La abracé por última vez, le apreté la mano y nos separamos para siempre. El tren había arrancado ya. Pasé al compartimiento contiguo -estaba vacío- y me senté en él llorando hasta la estación siguiente. Desde allí volví a pie a Sofino.

 


Dos viejos americanos

Últimamente se ha recuperado la obra de un novelista americano que se llama James Salter. Salamandra está reeditando sus novelas en español y muchos lectores se enamoran. Siempre es una novedad y un gusto poder amar la escritura de un hombre que sigue vivo. Incluso ha producido últimamente. Un libro que se titula Todo lo que hay, como haciendo una broma de viejo que no se siente viejo, que ya lo ha visto todo pero todavía tiene ganas de contarlo, que ni siquiera está seguro de haberlo visto todo.

He de añadir que suscribo enteramente el párrafo central del siguiente artículo:

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/22/actualidad/1329932175_788084.html

Una vez, en este blog, mantuve una conversación sobre Mishima con Bloom. Le invité a cenar y me metí con él, pero él metió la cuchara en mi postre. Fue solo una más de las fantasías de comunicación con lectores célebres que tengo. Con los lectores se charla, a los escritores solo se les observa y, como mucho, se los lee. Así que con Salter no me voy a poner a hablar. Esto no aparece en mi fantasía. En mi mundo de lectora Salter es el hermano mellizo de otro que para mí es un maestro mayor, en el sentido de la edad y en el del genio; John Cheever.

Así que en mi visión, Salter y Cheever, James y John, Jim y Johnny, están sentados uno al lado del otro. Yo los miro pero ellos no me ven a mí. Ambos nacieron en la costa este de Estados Unidos, bajo el signo de géminis, y en sus retratos más conocidos tienen el pelo canoso. Parece que hubieran sido viejos siempre. Uno tiene ochenta y nueve años, el otro está muerto. Los que nacen para escritores son viejos desde niños, y si acaso rejuvenecen después, al final. Vienen sin la vida. Su destino es ganársela con las palabras y con su sudor. Tienen que apoderarse de ella.

Tal vez por eso, y porque todo en el mundo orgánico refleja, acaba reflejando, la composición físico-química o la estructura moral, muchos de los grandes vienen desposeídos, huérfanos, pobres, o sufren tempranas traiciones, tempranos abandonos de Dios. Se les presenta pronto, como en un sueño ante sus ojos demasiado abiertos, el alcantarillado de la vida. No sé como fue la infancia de James Salter, de John Cheever. Puede que ellos nos dijeran que no tuvieron nada de particular, pero en mi estampa los dos viejos americanos no hablan. Y así debe ser, porque a los escritores, como a los asesinos, solo se puede acceder por sus huellas.

Los niños de James son felices, habitan la superficie luminosa del mundo en que han nacido, lo malo está solo en los ojos de quienes los mira desde la vida adulta, en su corazón. Ellos son ajenos, son puros, porque para James lo malo está bajo la corteza, y ellos todavía no son más que forma, piel, promesa. Los niños de John están más ausentes, más hechizados o atrapados en las garras del mundo. Reflejan los defectos de sus padres (Adiós, hermano mío), sufren sus castigos injustos (El autobús a St. James), o vagan de una casa a otra sin querer volver a la hora de la cena como la gente decente (Un marido rural).

Las mujeres de James son bellas, decididas, sus hombres son activos, medrosos. Unos y otros se atraen por necesidades materiales, los une el azar, las circunstancias. Una anécdota puede dar lugar a un matrimonio, a una traición, a un abandono. Las mujeres de Cheever son más emocionales, más inescrutables. Están más lejos. John siempre mira por los ojos de un hombre, casi siempre. Sus hombres parecen más tristes, sus mujeres más alegres, pero eso es sólo el efecto del punto de vista que elige. Los personajes de James son aceitunas, con la blandura fuera y dentro lo imposible, el bocado de misterio que hay que tragar entero. Los personajes de John son almendras. Al contrario.

James Salter_Zona Cero_New York_2001_by Corina Arranz

Ella empezó de nuevo. Tocó unos cuantos acordes tristes que brotaron lentamente de sus largos dedos. Empezó a cantar con su voz fina de muchacha y la cabeza agachada. Siguió cantando. Conocía una infinidad de letras que constituían su auténtica elocuencia, los poemas en los que creía. “Las sábanas eran viejas y delgadas las mantas…”
-Mi primer novio lo cantaba -dijo Nedra-. Me llevó de fin de semana a la casa de veraneo de su familia. Fue después del verano. Todos se habían ido.
-¿Quién era? -preguntó Viri.
-Era mayor que yo -dijo ella-. Tenía veinticinco años.
-¿Quién?
-Allí tomé mi primer aguacate. Me lo comí con hueso y todo -explicó.
(Años Luz, James Salter. 1975)

La gente de James es más ordenada, se expresa por sus horarios, por cómo pone la mesa, por lo que dice en las fiestas. Son más profundos en la medida en que están ciegos a su propia profundidad. Los personajes de Cheever son más predecibles, más apasionados, más humanos, esto último es un efecto debido, quizás, a la creencia de John en el determinismo.

John es un americano de la vieja escuela, conductista a su pesar y, sobre todo, pragmático. El pragmatismo de Pierce, de James, rechaza la introspección y concluye que una conducta es mensurable, en términos estadísticos, psicológicos y morales, únicamente en función de sus consecuencias efectivas. Es una escuela que admite lo inaccesible dentro de la mente humana, que no pretende explicarlo todo, una postura humilde ante la vida, una visión de creyente científico, que confía en un Dios al que no necesita escrutar.

John cree que hay una serie de factores que explican un resultado en la conducta, que son misteriosos, tal vez inexplicables, pero existen. Cree también en el ambiente frente a la individualidad, en la clasificación y la división de las cosas. Es aristotélico. Sus personas son infelices, lo saben, y buscan la felicidad. Por lo mismo, el paisaje de John refleja sus emociones, las explica.

James es platónico. Funde lo bueno, lo bello y lo verdadero y enseña a sus personas esta confusión, de manera que cuando son felices físicamente pero notan una incomodidad espiritual se quedan asombrados y congelados, interrumpidos en ese asombro, no saben que hacer. No luchan contra su infelicidad, incluso la perpetúan. James es también posmoderno. La infelicidad de sus personas se ha instalado en ellas, las ha poseído, ni siquiera contemplan otra posibilidad, otro orden moral. Su descripción del mundo no expresa el espíritu de los personajes, lo sustituye.

"El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas." El mundo de las manzanas. John Cheever

“El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas.”                                                              El mundo de las manzanas. John Cheever

James posee el don del detalle, sus historias son tejidos, engranajes, es por encima de todo un novelista. John posee el don del impacto, sabe contar la casualidad, la anécdota. Es, en su corazón, un cuentista. Y ya está bien. Si sigo observando corro el riesgo de que en cualquier momento uno de los gemelos, puede que incluso el muerto, levante los ojos y me encuentre.


Escritores géminis. “Contengo multitudes”.

Géminis es la tercera constelación del zodiaco. Sus dos estrellas más brillantes, Cástor y Póllux, toman sus nombres de las figuras mitológicas de dos hermanos gemelos Cástor y Polideuco (Póllux, para los romanos), nacidos de un huevo de Leda, a quien Zeus había seducido adoptando la forma de un cisne. Los gemelos, obligados por un castigo divino a separarse, reniegan de su inmortalidad si no se les concede a ambos, y su padre Zeus (Júpiter) interviene, llegando a un acuerdo con Hades (Plutón) por el cual podrán permanecer juntos por toda la eternidad como desean, pero alternando seis meses de estancia en el Olimpo con seis meses en los infiernos.

Así, la imagen de los gemelos queda asociada para siempre a la dualidad humana (en realidad es una síntesis de su multiplicidad psicológica, o de la impresión de que dentro de cada individuo habitan muchos). Es uno de los símbolos más antiguos y recurrentes de nuestra cultura, y constituye la forma primitiva del tema literario del doble o, en su forma más contemporánea, el clon.

Géminis como signo astrológico se asocia al elemento aire (que se corresponde simbólicamente, a su vez, con las ideas, la imaginación, lo racional, la palabra, y todo lo relacionado con las funciones de la mente; también con el norte, el invierno, la noche, el palo de espadas de la baraja española y las picas del póker), comparte elemento con Libra y Acuario. Es un signo positivo (o masculino), así como el resto de signos de aire y también los de fuego (Aries, Leo y Sagitario) y pertenece al grupo de los llamados signos mutables (o comunicadores), en el que le siguen Virgo, Sagitario y Piscis.

Es el tercer signo de la rueda kármica zodiacal, representa el momento de la infancia en que se adquiere y se domina la palabra y el juego simbólico, después de Tauro (la primera infancia o infancia sensorial), regido por Venus, y antes de Cáncer (la pubertad), regido por Selene o Luna. Géminis está regido por el planeta Mercurio y adquiere las connotaciones simbólicas de la figura mitológica del mismo nombre: rapidez, mutabilidad, facilidad para la palabra y los idiomas, audacia, perspicacia o, en sentido negativo, personalidad errática, volátil o inestable.

"Tomó asiento junto al escritorio de Samuel Spade, se echó hacia adelante, ligeramente apoyado en su bastón de caña, y dijo: -No. Sólo quiero que averigüe qué le ocurrió. Espero que no lo encuentre -sus ojos verdes saltones miraron solemnemente a Spade. Spade se balanceó en el sillón. Su rostro -al que las uves de la barbilla huesuda, la boca, las fosas nasales y las cejas densamente pobladas otorgaban un aspecto satánico que no resultaba del todo desagradable- mostraba una expresión tan amablemente interesada como su tono de voz. -¿Por qué?El hombre de ojos verdes habló sereno y seguro: -Spade, con usted se puede hablar. Tiene la clase de reputación que debe tener un detective privado. Por eso he acudido a usted. El gesto de asentimiento no comprometió en nada a Spade. El hombre de ojos verdes prosiguió: -Y estaré de acuerdo con un precio razonable." Demasiados han vivido. Dashiell Hammett.

Considerando todas sus características simbólicas, lo que aporta el signo de Géminis a los autores-personaje nacidos bajo su influencia, es el destino del intercambio. Géminis juega: bien con su imagen (si se interesa por el mundo del espectáculo, como Marylin Monroe, Josephine Baker o Lawrence Olivier, que hicieron un personaje de sí mismos), bien con las ideas, con la palabra, si es un escritor.

Sade, Tieck, Bulwer-Lytton, Chesterton, Hardy, Doyle, Grin, Mann, Hammet, Torrente Ballester, Cheever, Calvino, Berlanga, y una extensa nómina de poetas detallada más abajo, creadores-personaje géminis, todos ellos, recogen una impresión de la vida mediada por esa mirada infantil, que puede aportar pureza, genio, pero también crueldad o inconsciencia, experimentar con esas vivencias usando la palabra y devolver algo renovado, algo que siempre estuvo ahí, pero transformado por su mirada especial.

Su forma sencilla, pero tremenda, de juzgar el significado de los acontecimientos, su asombro y fascinación por los escenarios íntimos, su descubrimiento de lo sublime o lo desastroso dentro de lo cotidiano, proviene todo ello de esa relación kármica entre su sensibilidad y la infancia, no la infancia como tema, que tanto atrae a los Acuario (Hoffmann, Dickens, Carroll, Chèjov…) sino la infancia como experiencia, como estado permanente que late siempre vivo, bajo las sucesivas capas de edad obligatoria.

"Antiguamente nunca había visto en esta ocupación de William ninguna clase de impedimento para tenerle por marido. De hecho, la necesidad de conseguir a toda costa un contrato que durara toda la vida —una virtud esencial que toda buena madre enseña— impidió que pensara en ello hasta que ya se había unido a William, la luna de miel había pasado y la etapa de reflexión había llegado. Entonces, como una persona que se ha topado con algún objeto en la oscuridad, se preguntó qué tenía ante sí; mentalmente le dio vueltas al asunto, lo sopesó; se preguntó si era raro o vulgar; si contenía oro, plata o plomo; si era un lastre o un pedestal; si lo era todo, o nada, para ella. Llegó a algunas conclusiones vagas, y desde entonces había mantenido su corazón vivo a fuerza de sentir compasión por la torpeza y la falta de refinamiento del que era su dueño, a fuerza de compadecerse a sí misma y de dejar que sus delicadas y etéreas emociones se proyectaran en actividades soñadoras: soñando despierta durante el día y anhelando durante la noche; algo que tal vez no habría molestado mucho a William de haber sabido de su existencia." Una mujer soñadora. Thomas Hardy.

La aportación del creador-personaje géminis suele ser original, porque se pregunta tan poco sobre si un tema es útil, correcto, o si va a interesar a otros, como un niño en edad escolar lo hace sobre cómo valoran los adultos sus juegos. Esto facilita mucho la labor creativa, le da un sentido completo en sí misma, y permite al creador-personaje géminis concentrarse en ella y aislarse del resto del mundo lo que, paradójicamente, puede acabar interesando a los demás con una pasión inesperada para el propio autor.

" Porque hay que ver la gracia que los nativos tienen para los motes: "Picha-de-oro" al padre de siete hijas preciosas; "El glorioso movimiento" a una cachonda grandota que es una gloria mirar cómo camina, que aquello parece una armonía sideral; "La Chinquilina", como su nombre indica, a una tía muy guarra, y "Chongo-güevo-caldereta", que no se sabe lo que quiere decir, pero que no carece de intríngulis verbal, a un mendigo muy famoso que no puede ser más que eso, "Chongo-güevo-caldereta". La saga/fuga de JB. Gonzalo Torrente Ballester

En virtud de la adaptabilidad de Mercurio y la distancia del elemento aire, el creador-personaje géminis puede resultar hiperracional, especialmente cuando se interesa por temas eruditos. Es preciso entrar en su juego, comprender el paradigma que adopta, para poder entender su estilo lleno de recovecos lógicos y de bromas privadas. En esto se parece al creador-personaje virgo (Borges, Cortázar), pero Virgo es un signo de tierra, por tanto material, que dedica su experimento a los elementos constituyentes de las historias: forma, género, punto de vista, mientras que Géminis, signo mental, induce al creador a jugar con las ideas que se transmiten en la narración, y no con su estructura.

Otras veces ese mismo juego del intelectual géminis facilita el acceso a temas, ideas, obras, que habían permanecido alejadas del conocimiento o del gusto general por resultar oscuras, prohibidas o abstrusas. En este caso Géminis es un divulgador, aunque en el camino desvirtúe un tanto la naturaleza original de aquello que transmite. Su carácter mutable (comunicador) no lo inclina, como el de los signos fijos (Tauro, Leo, Escorpio y Acuario) a conservar y organizar, sino a difundir.

"De todos los extravíos de la naturaleza, el que más ha hecho cavilar, el que más extraño ha parecido a esos pseudofilósofos que quieren analizarlo todo sin entender nunca nada -comentaba un día a una de sus mejores amigas la señorita de Villeblanche, de la que pronto tendremos ocasión de ocuparnos- es esa curiosa atracción que mujeres de una determinada idiosincrasia o de un determinado temperamento han sentido hacia personas de su mismo sexo. Y, aunque mucho antes de la inmortal Safo, y después de ella, no ha habido una sola región del universo, ni una sola ciudad, que no nos haya mostrado a mujeres de ese capricho, y, por tanto, ante pruebas tan contundentes, parecería más razonable, antes que acusar a esas mujeres de un crimen contra la naturaleza, acusar a ésta de extravagancia; con todo, nunca se ha dejado de censurarlas y, sin el imperioso ascendiente que siempre tuvo nuestro sexo, quién sabe si un Cujas, un Bartole o un Luis IX no habrían concebido la idea de condenar también al fuego a esas sensibles y desventuradas criaturas, como bien se cuidaron de promulgar leyes contra los hombres que, propensos al mismo tipo de singularidad y con razones tan igualmente convincentes, han creído bastarse entre ellos y han opinado que la unión de los sexos, tan útil para la propagación, podía muy bien no ser de tanta importancia para el placer. Dios no quiera que nosotras tomemos partido alguno en todo ello..., ¿verdad, querida? -continuaba la hermosa Agustina de Villeblanche, mientras daba a su amiga besos un tanto delatadores-. " Agustina de Villeblanche o La estratagema del amor. Marqués de Sade

El creador-personaje géminis coincide con Capricornio (Poe, Highsmith, Eco) y Escorpio (Stevenson, Dostoievski, Camus) en su interés por la psicología individual y todo lo que pueda influir en ella, pero Capricornio, como signo cardinal (líder), explora la psicología de sus personajes pensando en contribuir a una idea regente y primordial que esa narración está expresando en una forma concreta. Por ejemplo, Poe utiliza sus descripciones psicológicas para contribuir a una impresión de terror, perversidad, en sus cuentos de horror, o en el caso de sus cuentos policiacos, las habilidades de Dupin son, en realidad, una excusa para desentrañar un misterio, cuya resolución es la verdadera protagonista. Un ejemplo en este mismo sentido sería el Ripley de Highsmith.

Un creador-personaje géminis, en cambio, por ejemplo Bulwer Lytton, escoge el tema de sus obras casi al azar: el terror, la utopía, la novela histórica… para dar salida a una serie de reflexiones que se acaban convirtiendo en el centro de la narración, por encima de las exigencias del género o del estilo. Y cuán diferentes son los relatos policiacos del escritor géminis, en que la trama puede ser hilarante, confusa, a veces indescifrable, pero nunca el aspecto diáfano, incluso sobrenaturalmente nítido, del protagonista.

" El curita era la esencia misma de aquellas llanuras del este; tenía una cara redonda, sin interés y chata como un budín de Norfolk; unos ojos tan vacíos como el Mar del Norte, y llevaba varios paquetes de papel de estraza que era totalmente incapaz de tener juntos. Sin duda el Congreso Eucarístico había sacado de su estancamiento local a muchas criaturas semejantes, tan ciegas e ineptas como topos desenterrados. Valentín era un escéptico del más severo estilo francés y no sentía el menor afecto por los sacerdotes. Pero si podía sentir compasión, y este curita era capaz de provocar piedad a cualquier ser humano. Llevaba un paraguas muy grande y gastado, que constantemente se le caía. Parecía no saber, de los extremos de un boleto, cuál era el de ida y cuál el de vuelta. " El candor del Padre Brown. Chesterton

En este sentido podemos ver un ejemplo de cómo las diferentes sensibilidades colaboran (sin perder el punto de vista astrológico y sin olvidar que hablamos de ficciones), para abarcar la expresión completa del universo:

El creador-personaje capricornio Poe, creo a Dupin, pero sobre todo creo el género policiaco, en el que Dupin era una casualidad, un personaje que podría haber sido cualquier otro. Años después, el géminis Arthur Conan Doyle, empleando esa forma ya consolidada del género policiaco heredada del magisterio de Poe, introduce un personaje, una psicología particular: Sherlock Holmes, que es insustituible y sin cuya presencia no tendría sentido toda la obra en que aparece. Capricornio, signo de tierra, material, da la forma del cuento policiaco. Géminis, signo de aire, o mental, da el contenido: el individuo concreto que acaba representando el género.

Escorpio, por su parte, está tan interesado en indagar la verdad, la profunda verdad de las cosas, como cualquier otro signo fijo (organizador) y, regido por Plutón, dirige su exploración psicológica a lo más profundo, secreto, del alma humana. Pensemos en el Mr. Hyde de Stevenson (un doble, por cierto), en el Raskolnikov de Dostoievski, en el célebre taxista de Scorsesse o en el extranjero de Camus, creador-personaje del siglo XX que sospecha que en esa búsqueda de una verdad subsumida no va a encontrar nada, pero que, no obstante, se lanza a ella, y en el camino descubre el vacío.

"-¿Cómo te has portado, si puede saberse? El perro, agradecido sólo por esta aproximación, se acercó aún más a rastras, se apretó contra la pierna de su dueño y miró hacia arriba con sus ojos humildes. Durante un buen rato, Tobías contempló al humillado ser desde su altura y en silencio; mas luego, cuando sintió aquel calor conmovedor en su pierna, recogió a Esaú y lo levantó. -Está bien, voy a tener compasión de ti -dijo, pero cuando el buen animal comenzó a lamerle la cara, su estado de ánimo se transformó en emoción y melancolía. Oprimió al perro contra sí con doloroso cariño, sus ojos se llenaron de lágrimas, y sin articular bien las frases comenzó a repetir con voz ahogada: -Mira, eres mi único... mi único... Luego acostó a Esaú con todo cuidado en el sofá, se sentó junto a él, apoyó la barbilla en la mano y lo contempló con gran dulzura y recogimiento." Tobías Mindernickel. Thomas Mann

El precursor del extranjero es Bartleby, en el que Melville, creador-personaje leo (también signo fijo) descubre el poder de la inacción. Leo, como signo organizador, también busca una verdad profunda, pero Escorpio en el terreno de las emociones, inspirado por su elemento regente: el agua, y Leo en el terreno de los actos, inspirado por su elemento regente: el fuego.

El interés psicológico del creador-personaje géminis es diferente. No hay que olvidar que la clave kármica de Géminis es el intercambio. Lo que le interesa de sus personajes es cómo se relacionan con su medio, qué les hace sentir, pensar, desear, las cosas que les ocurren, cómo se integran o se aíslan de su entorno natural, su época, su grupo. En este sentido, el narrador geminiano es a menudo menos hábil que otros en la construcción de estructuras, pero en compensación elabora unos personajes muy poderosos, con una mirada muy nueva, muy vital, y de una gran amplitud psicológica, que llenan los objetos de su entorno con el significado que les da su memoria, su aprensión o su deseo.

"El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas. " El mundo de las manzanas. John Cheever

Entre los escritores géminis abundan los poetas. Posiblemente porque la poesía aúna dos de las claves simbólicas del signo de géminis: la palabra y el juego (o el experimento).  Pushkin, Whitman, César Vallejo,  García Lorca, Michaux, Pessoa, Saint-John Perse,  Ana Ajmátova,  Allen Gingsberg, Gamoneda, y muchos otros, nacieron bajo el signo de los gemelos. Es en poesía donde con más frecuencia revela el creador-personaje géminis su verdadera naturaleza.

Pessoa con sus heterónimos, o Walt Whitman con sus célebres versos (como el que titula esta entrada) en los que se identifica con los “otros”, y hasta con todos los objetos del universo, expresan esa multiplicidad de la conciencia que ocurre en todos nosotros, pero que Géminis percibe con especial claridad.  Otra correspondencia simbólica liga a Géminis con la poesía: el Loco (o el Jóker) y el Mago, los dos primeros arcanos mayores del Tarot.

" El pájaro, entre nuestros hermanos de sangre el de vivir más ardiente, conduce hasta los confines del día un singular destino. Emigrante y hechizado por el crecimiento del sol, viaja de noche, al ser los días demasiado cortos para su actividad. En época de luna gris, color muérdago de las Galias, puebla con su espectro la profecía de las noches. Y su grito entonces es el mismo grito de la aurora: grito de guerra santa a cuchillo. En el brazo de su ala, el balanceo inmenso de una doble estación y bajo la curva del vuelo, la curvatura misma de la tierra…La alternancia es su ley, su reino la ambigüedad. En el tiempo y espacio que incuba de un vuelo, su herejía consiste en vivir un verano único. Escándalo es también para el pintor y el poeta, que ensamblan estaciones en los puntos más altos de su intersección. (...) El hombre ha alcanzado la inocencia del animal. Y el pájaro, impreso en el ojo del cazador, se vuelve el cazador mismo en el ojo de la bestia, como ocurre con el arte de los esquimales. Bestia y cazador atraviesan juntos el vado de una cuarta dimensión. Marchan al fin, al mismo paso, desde la complicación de ser, hasta la felicidad de amar, dos seres ciertos, emparejados. Nos hallamos lejos de lo decorativo. Es la sabiduría perseguida como una búsqueda del alma y la naturaleza recuperada al fin por el espíritu, después de que ella todo lo cediera. Una meditación conmovedora y larga ha encontrado otra vez la inmensidad del espacio y hora en la que se extiende el pájaro desnudo, de forma elíptica, como las células rojas de su sangre. (...) Con todas las cosas errantes por el mundo, cosas al borde de la hora, van donde van todos los pájaros del mundo, a su destino de seres creados…A dónde va el movimiento mismo de las cosas, en su oleaje, adónde va el curso mismo del cielo, sobre su rueda, a esa inmensidad de vivir y crear por la que se conmovió la gran noche de mayo, van, doblando más cabos de los que crecen en nuestros sueños, y pasan, dejándonos en el océano de las cosas libres y no libres…Ignorantes de su sombra, sin saber de la muerte sino lo que de inmortal se consume en el ruido remoto de las grandes aguas, pasan, abandonándonos, y ya no somos los mismos. Ellos son el espacio atravesado por un único pensamiento. " Pájaros (fragmento). Saint-John Perse

Un viejo misterio de la psicología consiste en que la proporción de esquizofrénicos nacidos en los meses de mayo y junio sea muy superior a la de los nacidos en cualquier otra época del año. Esta proporción aumenta todavía cuando se añaden los sujetos diagnosticados de esquizotipia, es decir, que tienen el perfil de personalidad del esquizofrénico, pero no llegan a desarrollar los síntomas graves del trastorno.

Se han propuesto muchas teorías para explicar esta sorprendente coincidencia en términos científicos, pero ninguna satisfactoria. La astrología tiene su propia explicación: entre mayo y junio, la mayoría de los nacidos lo hacen bajo el signo de géminis, que representa la escisión de la personalidad. Tradicionalmente se considera que géminis es dual, pero en realidad es múltiple. Esto lo saben los locos y los poetas. Por eso Rimbaud, que no era géminis, pero sí las otras dos cosas, dijo una vez aquello de : “Je suis un autre”


				

La década en que la televisión venció al cine (I)

Se han hecho, y se siguen haciendo, excelentes películas, pero del cine se espera, desde su nacimiento, que fuera excepcional. No ocurre lo mismo con la discreta televisión, a la que algunos han tenido el atrevimiento de llamar caja tonta. Desde la generalización de su uso ha dado horas y horas de entretenimiento no siempre vacío, aunque también basura, pero no menos que el cine.

En los últimos años escasean los buenos guiones; películas que comienzan con fuerza se desinflan al final e incluso en el segundo acto, y cada vez es menos raro que se intente vender un proyecto contratando una ristra de actores célebres, incapaces de sostener los estereotipos blandengues y la aburrida peripecia que les han asignado.

Lo que hasta hace poco se consideraba una apuesta segura: un gran autor, o al menos, un director eficiente, ya no es tampoco ninguna garantía. Scorsesse, Woody Allen, los hermanos Coen, Ridley Scott y muchos otros dirigen cada vez con más pereza, tirando de lo que ya saben hacer de sobra, rodeados de un equipo de buenos profesionales que rellenan las zonas oscuras de la historia con estética o efectos, y sus diálogos epatantes y retruécanos argumentales cogidos con pinzas, rozan a veces el ridículo.

Pero ocurre que la televisión, blanco de toda clase de análisis pedante sobre la decadencia de la cultura occidental, y castigada desde los años sesenta por los críticos que denostaban a los directores de cine y escritores que “venían de la televisión”, nos ha dejado estupefactos en la primera década del siglo XXI. Me limito a hablar de la televisión anglosajona. Aunque otras lenguas han tenido también su oportunidad, en general la producción es escasa y mediocre. Aquí tuvimos nuestras míticas series para Televisión española, tipo Los gozos y las sombras, de las que podemos sentirnos más que orgullosos, pero hoy por hoy, la ficción televisiva da lástima, cuando no indignación.

Gran Bretaña, que adora sus mini series históricas y sus site comedies basadas en novelas y obras de teatro, en los últimos años ha dado argumentos geniales, como The Office o Life on Mars, y está renovando incluso al victoriano Sherlock. Pero es Estados Unidos, el eterno mayor productor de todo lo bueno y lo malo, el creador de HBO, cuya fama traspasa con mucho sus fronteras, y que ha inventado un nuevo concepto de serie de calidad: la novela de tradición decimonónica llevada a imágenes.

Los personajes complejos, imposibles de contar en hora y media de película, quedan descritos hasta las entrañas como lo habrían hecho Proust o Henry James, pero con la eficacia de la telenovela, con el sentido americano del espectáculo, con la acción y los diálogos modernos. En una serie de televisión, un argumento tiene tiempo de ensanchar libremente, de buscar en las subtramas equilibrios, reverberaciones, de extender hasta el último resquicio esa miel que se nos queda en los labios al final del capítulo, y al final de la temporada, ese deseo de más mentiras.

Claro que la lista de buenas series, de todas las nacionalidades, es demasiado larga para detallarla aquí. Pero he elegido las seis que considero mejores, las más potentes e innovadoras. Ahí van, en orden cronológico de estreno: Los Soprano (The Sopranos), A dos metros bajo tierra (Six feet under), The Office (UK), The ShieldLife on MarsBreaking Bad.

1.

A Tony Soprano (James Gandolfini), miembro relevante de una de las familias de la mafia italiana de New Jersey, le pesan sobre los hombros sus muchas responsabilidades. Su madre es una anciana exigente y manipuladora, sus hijos adolescentes y caprichosos, su matrimonio está en crisis latente y, por algún motivo, las luchas de poder y la violencia de su trabajo han empezado a afectarle. Tiene ataques de ansiedad, así que decide visitar a una profesional, italiana, claro, en secreto, claro. Quedan así establecidos los tres escenarios en que van a bailar los personajes de los Soprano: la familia, la otra familia y el psiquiatra.

Los Soprano no está narrada siempre desde el punto de vista de Tony Soprano. Su mujer Carmela (Edie Falco), aburrida y medio enamorada de un cura, su viejo tío Junior (Dominic Chianese), empecinado en la carrera por la sucesión del imperio familiar y al borde del Alzheimer, y su sobrino Chris Moltisanti (Michael Imperioli), aspirante a guionista que quiere usar su experiencia mafiosa en Hollywood, ejemplo de la nueva generación que viene pisando fuerte y a veces cagando lo barrido, tienen su propio área narrativa.

Las tramas secundarias tocan la acción, el romance, el thriller psicológico y el género negro, mientras que en el centro de la trama, como un corazón obeso, egoísta, violento, promiscuo, igualmente querible y repugnante por lo cercano de su conflicto a lo que el espectador ha llegado a temer o a desear, palpita la complicada neurosis de Tony Soprano, sus sueños, sus obsesiones, sus ataques de ira.

La historia es de David Chase, el que fue productor ejecutivo de otra pequeña joya, Doctor en Alaska. Él escribe los guiones, pero los directores son variados y a veces la serie acusa inestabilidad, sobre todo cuando los capítulos se ven seguidos. Hay cambios en el tono narrativo que no están justificados. Como anécdota, hay un par de capítulos muy bien rodados por Steve Buscemi, actor fetiche de los Coen, que interpreta también el papel de un miembro de la familia que sale de la cárcel después de unos años.

Esta serie le dio a James Gandolfini, sin ninguna duda, el papel de su vida, y adoptó a muchos de los actores que llevaban interpretando gangsters durante años  en películas de todo tipo, para darles papeles de mayor hondura y personalidad, como es el caso de Paulie “Walnuts” Gualtieri, que interpreta al atribulado Tony Sirico, siempre preocupado por ganar el dinero suficiente para meter a su madre en una buena residencia.

Por último, ha encaminado muy bien a otros actores magníficos que difícilmente habrían alcanzado el éxito de no ser por su participación en este proyecto. Edie Falco es una absoluta revelación, y ahora podemos verla como protagonista de otra serie muy buena sobre una enfermera drogadicta: Nurse Jackie (2009).

Chris Moltisanti va ganando espacio a lo largo de la serie, en parte por el talento y la fuerza del actor que lo interpreta, capaz de llevar a su personaje a ese terreno resbaladizo en que tiene que sostener un duelo con el protagonista. La rivalidad de Chris y Tony en la ficción pedía que Imperioli fuese capaz de sostenerle la mirada a Gandolfini, y así fue. Ahora hace de policía huraño con pasado oscuro en Detroit 1-8-7, bastante buena, aunque la sombra de los Soprano es alargada.

Los Soprano fue producida por la HBO. Se emitieron seis temporadas de unos trece capítulos cada una, entre el 10 de enero de 1999 y el 22 de abril de 2007. Se filmó principalmente en Atlantic Beach, Long Island, Nueva York. La canción de los títulos de crédito, Woke Up this Morning, es un tema de Larry Love, Mountain of Love, Mississippi Guitar Love y Rev D. Wayne Love, interpretado por Alabama 3.


To be continued.

 


Escritores acuario. En el país de las maravillas

Un individuo descrito a través de la estructura simbólica que contiene su signo del zodiaco es un arquetipo, es decir, un número limitado de atributos pertenecientes a diversas categorías lo definen de forma no exhaustiva, pero universal. El resultado coincide con el esquema de un personaje de ficción.

Por ejemplo, una descripción posible del Sherlock Holmes de Doyle sería la siguiente:

Un individuo inteligente, con grandes dotes analíticas, en especial para la deducción. Observador, meticuloso, maniático, solitario. Su temperamento es intenso, pero raramente expresa sus emociones; es honrado y fiel a sus principios, pero con cierto desapego sarcástico derivado de su visión distante y racional. Su innata curiosidad lo inclina a la investigación, y el gusto por ejercitarla le pone a veces en lugares o situaciones extrañas, lo que no debe confundirse con un espíritu aventurero, pues no busca la peripecia en sí, sino el placer intelectual de satisfacer su curiosidad, que a menudo indaga sobre la naturaleza humana. Disfruta con el hecho de ser diferente.

Sherlock (2010). BBC. Una de las últimas recreaciones de las aventuras del detective, excelente, en la que un Holmes del siglo XXI es interpretado por Benedict Cumberbatch, y Watson es un soldado recién llegado de Afganistán con una cojera que su nuevo compañero de piso describe como "somática". El actor es Martin Freeman, el Tim de The Office (2001), la versión británica, primigenia y sublime

Bien, pues la astrología (la de verdad), definiría un individuo de determinado signo con un discurso semejante. La descripción anotada en el párrafo anterior es la de un acuario típico, y Sherlock Holmes es un personaje acuario en mi opinión y en la de muchos astrólogos a los que me gusta leer. Conan Doyle lo hizo nacer erróneamente el 6 de enero, fecha correspondiente a un personaje capricornio. Considero la astrología una forma de ficción o, si así suena más respetable, de literatura.

Esta es la primera entrada de una serie en que algunos escritores queridos van a ser clasificados en base a un atributo inusual: la constelación del zodiaco que rigió su nacimiento. Hoy hablaré de lo que E.T.A Hoffmann, Lord Byron, Sthendal, August Strindberg, Charles Dickens, Lewis Carroll, G. A. Bécquer, Anton Chejov, Nikolai Semionovich Leskov, Jules Verne, James Joyce, Edith Warthon, Virginia Woolf, Paul Auster, Hening Mankell, John Ford, François Truffaut, Charles Darwin o Mozart, todos ellos acuario, tuvieron en común como creadores (y como personajes, creados por sus lectores al investigar e imaginar sus vidas).

El proyecto de agrupar autores nacidos entre el 20 de enero y el 19 de febrero me resulta divertido, y no más inútil o arbitrario que hacerlo con los que fueron españoles, románticos, homosexuales o mujeres.

Acuario es el undécimo de los doce signos de zodiaco, casi al final de la rueda kármica, donde ha superado la prueba de la experiencia (Capricornio), y se enfrenta a la revelación de la fe (Piscis); así, el destino del autor-personaje acuario es ir más allá de las figuras de autoridad y de las verdades relativas transmitidas por los padres y la tradición, en busca de una sabiduría más amplia y de una verdad superior.

"Nadie podría imaginar algo tan extraño y maravilloso como lo que le sucedió a mi pobre amigo, el joven estudiante Nathaniel, y que voy a referirte, lector. ¿Acaso no has sentido alguna vez tu interior lleno de extraños pensamientos? ¿Quién no ha sentido latir su sangre en las venas y un rojo ardiente en las mejillas? Las miradas parecen buscar entonces imágenes fantásticas e invisibles en el espacio y las palabras se exhalan entrecortadas. En vano los amigos te rodean y te preguntan qué te sucede. Y tú querrías pintar con sus brillantes colores, sus sombras y sus luces destellantes, las vaporosas figuras que percibes, y te esfuerzas inútilmente en encontrar palabras para expresar tu pensamiento." El hombre de la arena (1818)

En este sentido, la acción kármica en la vida emocional del creador-personaje acuario consiste en desapegarlo de lo seguro y estable, lo que se traduce en una infancia marcada por situaciones de desarraigo. Aunque la realidad no sea dramática, el niño-creador-acuario siempre vivirá con gran intensidad los conflictos en casa, y será muy sensible a todo lo que proceda de la figura paterna.

La orfandad, el abuso o la carga de los padres, las dificultades del matrimonio, los celos, el divorcio, las relaciones eróticas, el abandono de la pareja o de los progenitores, la lucha interna entre una oposición a lo establecido y el deseo de ser reconocido por esa misma estructura que se repudia, ya sea ésta el padre, la clase, el estado o la divinidad; todos estos son temas recurrentes en la obra del creador-acuario.

"Nos habíamos casado con dos hermanas. Este vínculo adicional entre nosotros, tal como lo considerarían algunos, en realidad sirvió sólo para apartarnos más. Su esposa me conocía bien. Nunca, estando ella presente, mostré mis celos o rencores secretos, pero aquella mujer los conocía tan bien como yo. Nunca, en aquellos momentos, levanté mi vista sin encontrar la suya fija en mí; nunca miré al suelo o hacia otra parte sin tener la sensación de que seguía vigilándome. Para mí era un alivio inexpresable cuando disputábamos, y fue un alivio todavía mayor cuando, encontrándome en el extranjero, me enteré de que había muerto. Tengo ahora la sensación de que era como si se hallara suspendida sobre nosotros una extraña y terrible prefiguración de lo que ha sucedido desde entonces. Tenía miedo de ella, me obsesionaba; su mirada fija vuelve ahora hacia mí como el recuerdo de un sueño oscuro, haciendo que se enfríe mi sangre." Confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II (1840)

La solución de este karma trae consigo grandes recompensas, y el creador-personaje-acuario que consigue superar los traumas del matrimonio y la paternidad, ya en su vida privada, ya usando su obra como catársis, llega a ser de una fidelidad perfecta al hogar y a la familia, amante y amado padre y esposo.

Las creadoras acuario tienen una dificultad añadida, pues la feminidad es ya de por sí una carga biológica y espiritual, y son notables los casos en que lo irresoluble de esa prueba kármica en una intensa creadora-personaje-acuario como Woolf o Warthon, acaba devastando su mente y su cuerpo.

"Pero esta ciudad hacia la que viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente, se alza inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o dé la bienvenida. Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría; avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás, perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre la puerta: Noche estrellada. -Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección? -Lo siento, voy en la otra." Cuarteto de cuerda (1921)

Otras características que definen un signo zodiacal son el elemento que lo rige y su naturaleza o temperamento, que también tienen que ver con el destino de ese signo en el mundo: para qué ha sido dotado. En el caso de Acuario, su elemento es el aire, que comparte con Géminis y Libra, y pertenece con Tauro, Leo y Escorpio al grupo de los llamados signos fijos (organizadores).

El elemento aire lo liga simbólicamente al mundo de las ideas, la razón, la palabra, el norte, la noche, el palo de espadas de la baraja española y a las picas del Póker. Este elemento dota al creador-personaje acuario de capacidad para vivir a través de lo mental y aunque, como todo ser humano, tiene una parte pasional y física, necesita traducir a ideas o valores todo lo que proceda de ella, para poder asimilarlo y expresarlo.

Acuario puede ser sarcástico, ingenioso, encantador; aunque pocas veces le importa convencer a los demás de algo, si se lo propone es el más elocuente de los creadores, pero está incapacitado para la fe. Acuario duda de todo aquello que no puede pensarse, que sólo puede sentirse o creerse y, sin embargo, todo lo que tenga que ver con lo sobrenatural le atrae poderosamente, tal vez por lo mucho que revela acerca de la psicología humana.

"Densa niebla cubría el pueblo, cuando, en la Noche Vieja de 1883, regresaba a casa. Pasando la velada con un amigo, nos entretuvimos en una sesión espiritualista. Las callejuelas que tenía que atravesar estaban negras y había que andar casi a tientas. Entonces vivía en Moscú, en un barrio muy apartado. El camino era largo; los pensamientos confusos; tenía el corazón oprimido... "¡Declina tu existencia!... ¡Arrepiéntete!", había dicho el espíritu de Spinoza, que habíamos consultado. Al pedirle que me dijera algo más, no sólo repitió la misma sentencia, sino que agregó: "Esta noche". No creo en el espiritismo, pero las ideas y hasta las alusiones a la muerte me impresionan profundamente." Una noche de espanto (1884)

Sin embargo, el ejercicio de la mente abarca tanto lo racional como lo espiritual. Acuario no deja nunca de hacerse preguntas de naturaleza moral, y no acaba de resignarse a los juegos de palabras del creador-géminis, ni al cinismo (a veces fingido) del creador-libra, porque para Acuario la verdad es una cosa seria. En esto se encuentra espiritualmente unido a Sagitario -Swift, Flaubert, Eça de Queiroz, Emily Dickinson, Mark Twain, William Blake, Rilke, Beethoven-, y es habitual que exista empatía entre creadores contemporáneos de estos signos, a pesar de lo complejo de sus caracteres.

El motivo último por el que un obstinado Acuario puede pasar décadas estudiando, investigando o escribiendo novelas, es siempre exponer el funcionamiento de un sistema complejo de causas y efectos, cuyo significado sea universalmente inteligible y cuyas consecuencias pudieren verificarse. La verdad de un caso policiaco,  la verdad de la psicología humana, la verdad de la naturaleza, la verdad del misterio.

"Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible. Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante. Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas." El rayo de luna (1862)

Por eso Acuario no se interesa por las anécdotas o las particularidades, sino es para buscar leyes generales que describan las estructuras. Esto le da ventaja en todo lo que suponga unir técnica y creatividad. En la creación es sorprendentemente habilidoso para encontrar una fórmula que le sirva, con una estructura más o menos compleja, y repetirla o profundizar en ella hasta agotar todas sus posibilidades de expresión.

Acuario trabaja investigando una realidad constituida por el legado de la tradición y la cultura, para comprenderla y organizarla, pero con el ánimo de ir más allá (ésta es, como expliqué más arriba, su prueba kármica), lo que le lleva a intuir las formas o los temas del futuro. En literatura, los acuario con talento llegan a ser pioneros de un estilo o de unos temas que han de sacudir su entorno y dejar una huella indeleble. Animo al lector interesado (que será tan raro como yo), a volver a la lista de autores acuario expuesta más arriba y podrá comprobar que todos ellos han influido claramente en autores posteriores, a veces varias generaciones después de haber muerto.

"¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso: -En la actualidad está en Melbourne." Eveline, de Dublineses (1914)

Esa otra vida que el creador-acuario lleva en la verdad y el futuro que su imaginación construye lo abstrae poderosamente, y es la fuente de sus habituales manías, su hipocondria y del perfeccionismo que muchas veces le impide delegar responsabilidades y medir sus fuerzas ante la magnitud del trabajo que se impone.

El creador-acuario padece ansiedad crónica, tiene la sensación de ir siempre corriendo, lo que es reflejo de un verdadero movimiento espiritual en busca de esa fe que promete Piscis (el siguiente en la rueda zodiacal) y a la que la herencia saturnal de Capricornio le impide confiarse del todo.

Si no consigue canalizar de algún modo la constante actividad mental, la obsesión por transformar en ideas su impresión de las cosas bellas y ese afán de luchar contra lo que es, en favor de lo que debería ser, padece enfermedades somáticas que pueden llegar a ser graves. Esta debilidad, si puede llamarse así, lo pone en situación de comprender muy bien la enfermedad mental, la obsesión, de intuir con certeza lo insondable de la estupidez y la maldad humanas; aunque le repugnen no las juzga, lo que le permite narrarlas mejor que nadie salvo, tal vez, Escorpio -Sor Juana Inés de la Cruz, Stevenson, Dostoievski, Camus, Fuentes, Scorsesse-.

"Inconscientemente, mientras gesticulaba, tocó la mano de la señora de Rênal, que ésta había apoyado sobre el respaldo de una de esas sillas de mimbre que suelen tenerse en los jardines. La mano se retiró con brusca celeridad, pero Julián pensó entonces que era deber ineludible suyo conseguir que aquella mano no se retirase cuando sintiera el contacto de la suya. La idea de que tenía un deber que cumplir, y de que correría el ridículo más espantoso si no lo cumplía, desterró al punto hasta la sombra de placer de su corazón." Rojo y negro (1830)

Sobre todos los dones del escritor-acuario reina el de conseguir que el mundo que habita sólo en su imaginación parezca más verdadero que la realidad, porque es capaz de captar la estructura de las ideas, la forma en que las personas creemos ver las cosas, de modo que, aunque no conozca una realidad, sabe contar cómo la vería el lector si pudiera.

Algunos especímenes avanzados de este signo, como el llamado Lewis Carroll, fueron capaces de imaginar ese país maravilloso y, por qué negarlo, también algo oscuro (siempre hay secretos en la vida y la obra de un creador de signo fijo), remando en un bote bajo los oblicuos rayos del sol poniente, entre el zumbido de los insectos acuáticos, ante los ojos exigentes y asombrados de las hermanas Lidell, y de hacerlo realidad según lo iba narrando.

A estas alturas no se si es necesario advertirlo pero me gustaría desalentar cualquier interpretación irónica de esta entrada. Creo estar incapacitada para las bromas ingeniosas, sobre todo si son tan largas.


Quien lo probó lo sabe

He aquí un soldado del Sur que te quiere, que quiere sentir tus abrazos, que desea llevarse el recuerdo de tus besos al campo de batalla. Nada importa que tú no me quieras. Eres una mujer que envía un soldado a la muerte con un bello recuerdo. Escarlata, bésame, bésame una vez.

Lo que le viento se llevó (1939)

La primera película en color de la historia del cine contiene varios besos o tentativas, pero el principal ocurre en contra de la voluntad de la protagonista, recortado en sombras contra un rojo que no sabemos si es el del atardecer, el del fuego o el de la sangre.

El beso imposible de labios apretados como si el actor besase su propia imagen en un espejo, seguido de fundido en negro, significaba sexo en el cine sometido a censura, también llamado cine clásico.

Pero a veces ocurre que el beso no es simbólico, sino que de verdad nos están contando que dos personas se besan. Esto se puede distinguir en que después del beso la escena continúa sin cortes, y si el paso a la interrupción inoportuna, la mirada cargada de palabras no dichas o la bofetada de la amada ofendida fluye en nuestra imaginación y nos parece estar observando por la mirilla o desde el cielo como dioses, es que estamos ante una obra maestra.

Los besos en el cine y las descripciones eróticas de las novelas son puntos sensibles donde paran, se integran, se saborean y se liberan las aprensiones, las costumbres y la prohibición de las distintas épocas, por eso suelen ser momentos llenos de esas tiernas y extravagantes vergüenzas que son la solución de lo que no se puede mostrar, porque el artista siempre es libre aunque no lo parezca y, como decía Wilde, puede expresarlo todo.

En el cine el narrador tiene poco tiempo. Es difícil narrar la dificultad del amor. Narrar la peripecia del beso es más agradecido. El beso es la confirmación de que existe el amor, en un medio en que no podemos conocer a los personajes sino en sus actos:

Si buscan el beso es que se atraen, si siguen luchando una vez que el beso ha acontecido es que de verdad aman, si su amor es difícil, o trágico, el beso tendrá que ser caro, o inaccesible. Quien dice beso dice cama. A veces, cuando el guión está vacío y el director no es capaz de llenarlo, se recurre a una interminable sucesión de excusas increíbles para que dos personajes, entre quienes existe una tensión erótica, no lleguen a realizarla, hasta el agotamiento y aún indignación del espectador.

La literatura proporciona un espacio más holgado para que el protagonista exponga las dudas, rarezas de carácter, miedo, orgullo, reflexiones, prejuicios, y todo elemento racional que pueda sustentar la dificultad del beso. En Cumbres borrascosas, En Evgeni Oneguin, En La educación sentimental, en El rojo y el negro, en las novelas de Nabokov o los cuentos de Cheever, contenedores todos ellos de algunas de las mejores historias de amor que los hombres han dado a otros hombres, la dilación del encuentro físico o su ausencia cruel no tienen nada de gratuito.

Francis se sorprendió al ver que una chica joven abría la puerta y salía al porche iluminado. Se detuvo bajo la luz para contar sus libros de texto. Tenía el ceño fruncido y era muy hermosa. Es cierto que el mundo está lleno de mujeres hermosas, pero Francis reconoció en este caso la diferencia entre belleza y perfección. Todos esos atractivos defectos, lunares, marcas de nacimiento y cicatrices faltaban en este caso, y Francis experimentó en su interior ese momento en que la música rompe los cristales y sintió un relámpago de reconocimiento tan extraño, tan profundo y tan hermoso como la más intensa de sus vivencias. Era algo en su entrecejo, en la impalpable oscuridad de su rostro: algo que a él le pareció una directa petición de amor.

Un marido rural, John Cheever.

Por eso  precisamente, aunque en el cine podemos tolerar y hasta tragarnos, ayudados por cierto estado de ánimo, una película aburrida o con trampas románticas del tipo que he descrito antes, cuando esto ocurre en la literatura es imperdonable.

Al respecto, el romanticismo alumbró alguna de las imposibilidades mejor contadas de la literatura. Se suele considerar que este movimiento abarcó más o menos las fechas de 1790 a 1890, pero existen ciertos grandes relatos que demuestran que el romanticismo estaba antes y después del romanticismo. Las amistades peligrosas se publicó por primera vez en 1782, catorce años antes que el Werther, y Cyrano de Bergerac se estrenó en París en 1900.

¡Beso, festín de amor del que yo ahora

Vengo el Lázaro a ser!… Alguna parte

Alcanzo a recoger aquí en la sombra!

¡Sí! ¡Yo siento que mi alma te recibe,

Que al besar ella de Cristián la boca,

Besa, más que sus labios, las palabras

Que he pronunciado yo!… ¡Qué mayor gloria!

Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand

El que no se consuela es porque no quiere… El Cyrano de Edmond Rostand hablaba mucho de besar pero besaba poco, porque su gran nariz se lo impedía física y moralmente, y porque en su universo de ficción, su destino consistió en estar al final del romanticismo y llevar a hombros todo su peso, antes de que los naturalistas se confabularan para advertirnos, otra vez, de que somos polvo.

Hay que decir que los que hemos reído y llorado con Cyrano de Bergerac (especialmente con la versión en cine de Jean Paul Rapenneau), entramos en el juego porque estamos deseando revivir la desdicha de amor, que nunca llegó a ser tan verdaderamente honda como la pena que nos dábamos a nosotros mismos, pero en el fondo no termina uno de creerse que una nariz pueda impedir la realización amorosa de alguien, si no es poco menos que el hombre elefante.

Posiblemente se debe a que Cyrano de Bergerac es una actualización de la más bella historia de amor jamás contada: La bella y la bestia, pero la naturaleza realista del relato de Rostand, impedía que se produjeran las apariencias y transformaciones mágicas que requería el cuento. En lugar de eso, el autor recurre a Cristián, el doble caballeresco, el eco hermoso del amante feo; esta dualidad es uno de los hallazgos de la literatura, y sólo por eso Cyrano merece el lugar que ocupa.

El verdadero amor romántico no se puede sellar con un beso, no se puede confirmar, y ha producido en literatura y cine momentos de deseo no satisfecho tan sublimes como los otros, los carnales. La insatisfacción erótica está en el lirismo de Pushkin y en el descaro de Byron, y es uno de los elementos que perduran en  todos esos autores que ejercieron su oficio en la fértil decadencia del siglo XIX.

Más aún, el protagonista de El rayo de luna de Bécquer, pero también el de Silvia de Cortázar, persiguen mujeres que están hechas de luz y sombras o, lo que es lo mismo, de la imaginación de los niños. Sin llegar nunca a tocarlas, nos cuentan que ese amor es más real que el real, que es el único, y esa tristeza es tan caliente y diaria como el pan.

Otros autores recurrieron a la imposibilidad de lo antinatural, por estar sus protagonistas enamorados, no de un fantasma, sino de un monstruo. Una vez más, el precursor es la evocadora Bestia de Beaumont. En este grupo están las maravillosas Olalla de Stevenson y Clarimonde, la muerta enamorada de Teophile Gautier, mujer loba y vampira, respectivamente.

Y, por fin, rápida y ligera como el pensamiento, volvió junto a mí, me vendó la mano y la puso sobre su regazo, mientras gemía y se lamentaba con un sonido como el arrullo de una paloma. No eran palabras lo que pronunciaban sus labios, sino sonidos mucho más hermosos que el habla, infinitamente tiernos y conmovedores. Y sin embargo, mientras estaba tendido allí, una idea me hirió como una espada, una idea que, como el gusano en la flor, profanaba la santidad de mi amor. Sí, eran sonidos muy bellos, y estaban inspirados por la ternura, pero ¿era humana su belleza?

Olalla, Stevenson

Otras veces es la muerte lo que impide que los amantes lleguen a verse de cerca, olerse el sudor o hacer planes. La protagonista de Los amigos de los amigos se queda compuesta y sin novio porque su prometido y su amiga se enamoran a lo largo de los años, a fuerza de no conocerse cuando conocerse hubiese sido lo más natural, de forma que la expectación se convierte en la ilusión perfecta del amor, o en la ilusión del amor perfecto, hasta más allá de la muerte: los cuentos de Henry James siempre son de fantasmas.

Al otro lado de la pared de Ambrose Bierce, narra como un aristócrata decadente que no quiere casarse con la mujer de su vida porque es pobre, queda ligado a ella en la muerte.

“No le han enseñado bien en el convento a cuántos y diversos peligros está expuesta la tímida inocencia, y todo cuanto ha de proteger para no verse sorprendida, pues, como dedicaba toda su atención y todas sus fuerzas a defenderse de un beso, el cual no era sino un falso ataque, todo lo demás quedaba sin defender…”

Las amistades peligrosas, Choderlos de Laclos

Las amistades peligrosas narra la traición, la lucha de sexos, la hipocresía, la vacuidad de la vida acomodada y el sexo como expresión de poder, pero su tema central es la búsqueda de la felicidad en la realización del amor.

Es cierto que la obra fue considerada escandalosa, pero sólo porque el narrador se expresa libremente en el desparpajo y la intimidad de sus personajes, con lo que crea en el lector el efecto de hallarse ante cosas inauditas, aunque las conoce de sobra. A esto nos referimos cuando caracterizamos algo de “provocador”, y constituye otra de las firmas de lo romántico, que dieron celebridad a Rousseau, a Byron y a Shelley.

Choderlos de Laclos fue un hombre de cierta reputación en su época; su novela epistolar le proporcionó más fama y más ingresos que ninguna otra de las esforzadas actividades de su vida militar, por tanto, podemos sospechar que tal provocación era buscada como impresión estética, y no producto de una espontanea mirada crítica sobre la aristocracia de la época, como se nos ha hecho creer, como la propia aristocracia de la época, acomplejada ya y, por tanto, masoquista, creyó en efecto.

En esta historia de profundo amor obstruido por la vanidad, llama la atención el contraste entre el agridulce descaro con que se nos narran ciertas situaciones, de las que un marqués de Sade hubiera sacado buen provecho, mientras que otras se tratan con cierta devoción casi mística, no en las palabras con que el personaje racionaliza sus actos, sino en la verdad de sus emociones que emana de ellos, y que a menudo conocemos de forma indirecta.

El vizconde de Valmont asegura no amar a  Mme. de Tourvel, y buscar una relación con ella como un trofeo de caza, pero ante el remordimiento de ella, lo sobrepone a sus propios deseos, y oculta sus cartas a la curiosidad de la celosa y manipuladora marquesa de Merteuill, la gran perdedora de la novela y seguramente el mejor personaje, quien se siente ofendida, ya que sabe leer en este inesperado pudor del cínico Valmont, el amor verdadero.

Así, tanto en la prerromántica Las amistades peligrosas, como en la postromántica Cyrano de Bergerac, si bien los autores no tienen reparo alguno en exagerar hasta la caricatura lo sentimental o lo perverso, los sentimientos profundos son tratados con respeto, como un cotilla incapaz de guardar un secreto a veces calla lo que le conmueve.

En la narrativa contemporánea, sobre todo en el cine, pervive esta dualidad, que se hace más radical en la medida en que cada vez toleramos que se nos muestren más cosas, con más crudeza, por una parte, y por otra empezamos a aburrirnos y a demandar aquella anticuada delicadeza con que los maestros habían de eludir los tabúes. Últimamente ocurre a menudo que la forma estéticamente agresiva en que se nos muestra todo, también el sexo, se suaviza y hasta desaparece cuando nos están contando una historia de amor, paternidad, piedad, fidelidad, o cualquier otro sentimiento que se considere honorable. Otra de las herencias del romanticismo.

Sobre un espejo había un canario que voló a sus hombros. Tomándole entre los dedos, me dijo:

-Es un nuevo amigo que destino a mis niños. Es muy bonito, míralo. Cuando le doy pan, entretiene ver cómo agita la alas y picotea. También me besa; velo.

Acercó su boca al pajarito y éste se plegó con tanto amor contra sus dulces labios, como si entendiera la felicidad que gozaba.

-Quiero también que te dé un beso -dijo ella-, acercando el pájaro a mi boca.

Éste trasladó su piquito desde los labios de Carlota hasta los míos y sus picotazos eran como un soplo de felicidad inefable.

-Sus besos -dije-, no son del todo desinteresados; busca comida y cuando no la encuentra en las caricias que le hacen, se retira triste.

-También como en mi boca -exclamó Carlota-, dándole algunas migajas de pan en sus labios entreabiertos, sobre los que sonreía con voluptuosidad el placer de un inocente amor correspondido.

Volví la cabeza. Ella no debía hacer lo que hacía; ella no debía inflamar mi imaginación con estos transportes candorosos de alegría pura, ni despertar mi corazón del sueño en que lo arrulla a veces la indiferencia de la vida. ¿Y por qué no? Es que confía en mí, es que sabe de qué modo la amo.

Los sufrimientos del joven Werther, Wolfgang Goethe

Y por fin, con motivo del septuagésimo primer aniversario del estreno de Gone with the Wind en Atlanta, el 15 de diciembre de 1939, como no tengo tiempo de nombrar todas las historias de amor que amé y todos los besos memorables que recuerdo, me limito a citar tres besos de película un poco raros, que posiblemente no se encuentren en las clasificaciones al uso. Allá van:

Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946). Peggy está enamorada de Fred desde que asistió a su despertar de una pesadilla, después de una noche de borrachera en que se quedó dormido sobre su hombro. Fred está casado y no es feliz, pero es leal. Peggy no le amaría si no fuese honrado, pero su honradez les impide estar juntos. Al fin se besan en un aparcamiento, lugar sórdido para el amor, y Fred advierte: “Si volvemos a vernos, volverá a ocurrir”.

La tormenta de hielo (Ang Lee, 1997). Son los años setenta, en Estados Unidos. Wendy y Mickey son adolescentes y vecinos. Wendy busca perder la virginidad. Se fija en Mickey, que es un chico inteligente pero impopular, porque está como alelado. Wendy se mofa de él con sus amigas entre el humo de los cigarrillos, pero a escondidas lo cita en el fondo de una piscina vacía, donde se amontonan las hojas secas, y allí se besan por primera vez.

Al este del Edén (Elia Kazan, 1955). Abra y Cal están en lo más alto en una noria parada. Abra está avergonzada por sus deseos y sus fantasías. Cal está reconcentrado en su complejo de inferioridad y se quema en el rencor. Su proximidad y la distancia con los demás obran su efecto y un beso los sincera. Poco después Abra pide perdón y Cal se avergüenza. El momento de magia ha pasado, pero ha dejado huella.