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33 historias escritas que cambiaron mi vida (2)

“Felicidad. Mi alma siempre ha renunciado a ella. No soy digno de sus virtudes. La vida conyugal sería un sufrimiento para ti y para mí. Por mucho que yo te amase, mi amor se desvanecería con la fuerza de la costumbre. Entonces llorarías, y esas lágrimas no podrían conmover mi corazón, sino solo irritarme. ¿Era esto lo que buscabas al escribirme tu carta? Nuestros sueños no vuelven jamás, al igual que los años ya vividos. Yo no puedo rejuvenecer mi alma. Te amo como un hermano, quizá más tiernamente aún. Las ilusiones veleidosas de una joven van cambiando, igual que mudan los árboles sus hojas. Has de aprender a dominarte, ya que no todos serán tan considerados como yo.” 

Evgeni Onegin

Alexandr Pushkin

 

Siempre que se acerca mi cumpleaños recuerdo un capricho de bibliófila: poseer  Evgeni Oneguin traducido al inglés, prologado y anotado en cuatro tomos por Nabokov.

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Yo nunca he leído Evgeni Onegin en su formato original; el verso, ni en su lengua madre; el ruso. He escuchado la ópera de Tchaikovsky, la maravillosa música incidental de Prokofiev (editada en Naxos junto a las Noches Egipcias), lo he visto adaptado al cine, al teatro, al lienzo, pero si me pongo borgiana y hasta kafkiana, podría dudar, en lo que respecta a mi experiencia de lectora, de su existencia escrita tal y como Pushkin lo concibió y parió. Con este clásico de la literatura rusa puedo experimentar lo que un analfabeto sentía ante la Biblia o algún otro bestseler inalcanzable para su inteligencia, cuando alguien se lo leía o narraba, puedo tener la emoción del espectador prehistórico ante el cuentacuentos. No lo he leído, pero me lo han contado tantas veces.

Pushkin es tan ruso como el frío y el vodka. En su país acapara nombres de calles, museos, estatuas y monumentos conmemorativos como aquí en España lo hacen juntos Goya, Cervantes y el rey de turno, y yo diría que no lo alcanzan. Esto es porque los eslavos aman lo lírico y lo trágico de un modo especial, y también porque los rusos son patriotas y belicosos (aún hoy hay allí ciudadanos que consideran que la segunda guerra mundial ocurrió en Stalingrado) y Pushkin es el autor que vivió y contó los años de Napoleón y la gloria, cuando la madre patria hizo volver grupas al ejército que en otros territorios se había paseado. Pero más allá de Pushkin, y tal vez sin que él mismo se lo propusiera, están Onegin y Tatiana. Liensky y Olga.

Me encanta compartir con Nabokov, que es uno de mis maestros o de mis amigos muertos, esta pasión por la historia de Eugenio, y puede que sea por lo mismo que Vladimir amaba tanto el detalle y el adorno, y reclamaba el uso del adjetivo, de la descripción de lo mínimo hasta un punto que algunos críticos consideran forzado. Yo admiro ese empeño de autor y esa cabezonería de insistir en lo inútil, lo que no es esencial pero lo cambia todo. A Eugenio le pasa eso, que es una historia sobre la nada que lo es todo.

Onegin es un gentilhombre de San Petersburgo que se aburre mortalmente en la ciudad y también en el campo. Se aburre de la vida, del amor y de sí mismo, y de su amigo Liensky, admirador de Kant, poeta, optimista, enamorado. Liensky es uno de esos hombres que tienen el don de la fe en la vida, y al que Onegin se acerca con desdén y condescendencia… Él, hombre mundano, cínico y de vuelta de todo, pero atraído, en el fondo, por esa luz empedernida de Liensky, como va una polilla de la noche a revolotear contra una lámpara.

Tatiana, una chica de campo que también está aburrida, pero que conserva la esperanza, y que es hermana de Olga, la prometida de Liensky, se enamora en una visita fugaz de Onegin. Tatiana es una chica solitaria, rara, especial, con un don de sensibilidad e intuición. Se da cuenta de que Evgeni va a hacerle sufrir, pero su corazón lo ha elegido y no le importa. Le escribe confesándole sus sentimientos, decisión que para una mujer de aquella época y posición podía significar el ridículo y la deshonra. Durante días espera una respuesta, ansiosa y avergonzada.

Al fin Onegin visita a Tatiana para devolverle su carta y le da la negativa con que he iniciado esta entrada. Para el querido lector que no conozca la carta de Tania, momento central y universalmente (pero sobre todo rusamente) conocido y venerado de la obra, le diré que, aunque por la respuesta de Onegin parece que ella le pide un compromiso oficial, no hay nada más lejos de las intenciones de la pobre niña. Ella no le pide una vida de familia, ni matrimonio, ella sólo quiere que corresponda a su amor, que vaya a visitarla de vez en cuando, que le diga unas palabras para poder meditar después a solas, durante horas, esto último literalmente.

Eugenio Oneguin en el Teatro Real, en 2010. Tatiana es la que mira por la ventana.

Eugenio Oneguin en el Teatro Real, en 2010. Tatiana mira por la ventana.

Pero como Onegin está atocinado por la pereza, la desidia y la estrechez de espíritu, malinterpreta el amor verdadero como una fórmula, y lo que es auténtico y de verdad conmueve su corazón, le parece algo peligroso de lo que cualquier buena (y veleidosa) jovencita debería cuidarse. Así que él, que le ha echado un polvo a medio San Petersburgo y parte del extranjero, le echa la charla a la pequeña Tania para que no vaya por ahí mostrando emociones verdaderas. Se carga de razón y de honestidad, pero el motivo por el que no tiene una aventura con ella no es cuidar de su honor, sino cuidarse él de la experiencia del amor verdadero, que le aterra.

El caso es que, como dice Alexandr, vinieron los años y la guerra, se olvidaron los pecados que en épocas de plenitud habían importado tanto, y un día Eugenio se encuentra con Tatiana en la ciudad del Neva, en una fiesta. ¿Pero es ella?, se pregunta. La bucólica Tania bebió el veneno de la mediocridad, lo tragó y quedó hechizada para siempre. Ahora es una mujer de mundo, elegante, fría, casada con un héroe de guerra. Entonces, ocurre que lo que a Onegin no le pudo entrar por la puerta estrecha del alma le entra, a deshora, por sus sentidos muy abiertos de hedonista, se cae del guindo y se enamora de Tatiana como un perro tonto, enfermo, loco.

Ahora es Tatiana envenenada la que no puede rejuvenecer, volver a los tiempos en que leía frente a la tumba de su aya. No le hace ni caso, le desprecia, un poco porque así lo dictan las costumbres para una mujer de posición, casada, y un poco, suponemos, por venganza o dolor rencoroso. Ahora es Eugenio quien ha de escribir la carta mendicante, pero no puede evitar que aflore en ella el miedo, la mezquindad, y acusa a la amada de ese rencor que el provocó, y utiliza frases sofísticadas y recursos literarios de seductor barato.

También se produce un segundo encuentro, en que Evgeni cae de rodillas ante Tatiana, en que ella tiene que aleccionarle, como fue aleccionada por él en el pasado, aunque reconoce que sobreviven en ella el antiguo amor y la nostalgia. Como decía Madeleine en Vértigo: Yo también te quiero, pero es demasiado tarde. Onegin enferma de los pulmones, porque el corazón ya lo tenía muerto. Fin. Lo dicho, casi nada.

Otro gran momento de la historia. El duelo.  Montaje de Edmonton Opera (2014)

Otro gran momento de la historia: el duelo. Montaje de Edmonton Opera (2014)

Onegin no lo sabe, pero es un puritano de nueva ola, como lo fueron Byron y Shelley, sus personajes y sus alter egos. Un puritano de toda la vida es el que rechaza la felicidad física. Por ejemplo, del sexo con amor, el puritano clásico evita el sexo, con mayor o menor esfuerzo y fortuna. Pero en el siglo XIX, tras la muerte de Dios, aparece una clase nueva de puritano, éste rechaza la parte espiritual del combinado. Quiere follar, y mucho, pero cuando se le acerca el amigo leal, la mujer enamorada, huye como de la peste, es más, siente el deseo de traicionarlos porque la capacidad de amar de ellos le recuerda su propia incapacidad, y eso le cabrea.

Eugenio es el primer ejemplo de toda esta generación de idiotas. El último que me he encontrado en un buen libro ha sido el Dean de Juego y distracción, de Salter.

"Viajes y presentimientos de viajes: ahora veo que él siempre se ha mantenido cerca de la vida que fluye, transitoria, que se consume. Y veo distinto el aspecto de Dean. Se ha unido a la fugacidad de las cosas. Ha asimilado por lo menos una de las grandes leyes.  Ella viene por la acera a su encuentro, con una blusa barata y metálica sobre los pantalones. Parece una vagabunda. Dean la adora. Ella dice algo mientras se sienta, una palabra que se desvanece, y él asiente. Y ahora el camarero llega con una chaquetilla blanca manchada." Juego y distracción. James Salter. Foto de Sergio Larraín (1959)

“Viajes y presentimientos de viajes: ahora veo que él siempre se ha mantenido cerca de la vida que fluye, transitoria, que se consume. Y veo distinto el aspecto de Dean. Se ha unido a la fugacidad de las cosas. Ha asimilado por lo menos una de las grandes leyes. Ella viene por la acera a su encuentro, con una blusa barata y metálica sobre los pantalones. Parece una vagabunda. Dean la adora. Ella dice algo mientras se sienta, una palabra que se desvanece, y él asiente. Y ahora el camarero llega con una chaquetilla blanca manchada.” Juego y distracción. James Salter.                              Foto de Sergio Larraín (1959)

Es osado y genial que Alexandr se empeñara en contar el cuento desde ambos puntos de vista; el de la mujer desengañada que acaba engañada y el del Don Juan listillo que acaba en payaso. Eso es porque tiene el noble propósito de contar su iluminación y su castigo, que consiste en el arrepentimiento y la esperanza a destiempo. La esperanza es un buen desayuno, pero una mala cena, como decía aquel. La esperanza que Liensky tiene en la gloria de su juventud y muere en su esplendor, como una vela que se apaga en un altar, por emplear las palabras de Alexandr, la encuentra Eugenio al final, cuando ya no le sirve de nada.

"Se obedece al amor en todas las edades. Para los corazones jóvenes, el ímpetu es como lluvia de primavera en los sembrados, que hace brotar de la tierra dulces frutos. Pero es triste el retorno de las pasiones en el ocaso de la vida, pues la lluvia otoñal transforma los prados en pantanos y dejan desnudos los bosques."

“Se obedece al amor en todas las edades. Para los corazones jóvenes, el ímpetu es como lluvia de primavera en los sembrados, que hace brotar de la tierra dulces frutos. Pero es triste el retorno de las pasiones en el ocaso de la vida, pues la lluvia otoñal transforma los prados en pantanos y deja desnudos los bosques.”                         Ilustración de Lidia Timoshenko (1903-1976)

Todos los románticos trataron de reinventar el infierno como algo presente y humano, algunos simplificando el simbolismo, como Espronceda, otros llevándolo a su máximo esplendor, como Goethe. Pero me quedo con el intento de Alexandr, que es capaz de hacer girar el horror sobre la punta diminuta de una nadería; el amor no correspondido de una adolescente de pueblo por un dandi.

La literatura rusa fundó la mujer fatal moderna (Lady Macbeth de Mtsensk de Leskov), que vuela como un hada negra a las obras de James M. Cain y hasta Jim Thompson, donde abandona el ardor para estar ya quemada, fría. La ficción rusa funda también el infierno deshabitado del que habló Lezama Lima. El infierno de Onegin es descubrir una verdad demasiado tarde. Es un infierno privado de destiempo y desencuentro, con nieve y tisis.

En el siglo XIX post-romántico, el Peer Gynt de Ibsen descubrió que, además, el infierno podía seguir al individuo allá donde fuera, que podía haber en él selva, sol de desierto y espuma de mar, que el dolor del mundo eran un espacio y un tiempo muy pequeños para abarcar el infierno de un solo hombre, que sólo cabía en sí mismo.

El extranjero de Camus añadió que uno puede ser un extraño en su propio infierno y que puede no ocurrir nada en él, y en 1984, Orwell cerró con una herida abierta: incluso más allá del hombre, incluso en el colectivismo, el infierno sigue siendo individual. Es imposible despojar al hombre de su infierno y, por tanto, a fin de cuentas, es su propiedad más genuina y preciada. Esto también lo contaron Primo Levi, Reinaldo Arenas, Solsenitzin y otros. Estos infiernos ya no son poesía. De estos tenemos fosas comunes y museos, aunque no siempre sabemos dónde.


De viajes que pueden no acabar

Hace poco se ha estrenado The Road, versión cinematográfica de la novela de Cormac McCarthy, fiel y ajustada al texto, aunque comete la falta menor de no aportar nada nuevo a la prosa lúcida del autor. No me importa ignorar si McCarthy homenajea, copia o reinventa un relato de Jack London publicado por primera vez el 28 de junio de 1912: The Red Plague, traducido al español como La peste escarlata, y que comienza así:

“The way led along upon what had once been the embankment of a railroad. But no train had run upon it for many years.”

"Rain, Steam and Speed". Turner

La acción ocurre en 2013, en un mundo arrasado por una plaga de origen desconocido y de efectos parecidos a los descritos en La máscara de la muerte roja. Un abuelo y su nieto vagan en torno a las vías muertas de un tren intentando conseguir comida y protegerse de los ataques de otros hombres desesperados. El anciano se empeña en inculcar a sus descendientes los principios en que se sustentaba la civilización desaparecida y que muchos han dejado de reconocer. Quien haya leído la novela o visto la película encontrará una coincidencia asombrosa entre ambas historias, con escasas pero cruciales diferencias.

En primer lugar, el interés primario de la narración de London es intelectual mientras que el de McCarthy es narrativo. London pretendía que el lector se plantease una serie de cuestiones sociales; el estilo es descriptivo y algo desmañado. McCarthy pone su fértil imaginería verbal al servicio de una historia mínima de personajes sin nombre y entorno nebuloso. El mañana remoto y casi imposible que London, no obstante, analiza al detalle, para McCarthy es el desastre de un futuro próximo que no caracteriza con precisión, y la vía muerta del tren que para London es sólo un elemento más del fondo del cuadro, sugiere en La carretera la imagen de la autopista como símbolo de la civilización perdida y excusa para tratar el antiguo tema del viaje, que en esta novela tiene una doble dimensión: es iniciático para el niño, objeto del amor, la experiencia y la vieja moral del padre. Para éste es un camino de vaciamiento, en que va despojándose de todo lo que le importa en favor de su hijo, un viaje último.

Kodi Smit-McPee y Vigo Mortensen en The Road de John Hillcoat

McCarthy recurre a otros elementos para hacer habitable el mundo atroz en que nos invita a entrar, para convertir sus personajes en arquetipos universales: la dialéctica supervivencia-solidaridad de la que “el hombre” y “el chico” son el soporte. Ellos, solitarios y hambrientos, son los buenos, los malos son aquellos que han decidido organizarse en tribus y sobrevivir a costa de otros hombres por el saqueo, la violación y el canibalismo, empleando la fuerza de las pocas armas que quedan en un mundo sin materia prima alguna. Las voluntades del padre y el hijo confluyen o se oponen en diferentes momentos de la novela, enfrentados a la memoria de la madre, el hallazgo de comida, el castigo que debe recibir el ladrón de sus escasas pertenencias, la conducta ante amigos o enemigos, la duda de si podrán soportar el hambre antes de convertirse, ellos también, en caníbales.

“Hay gente en la carretera. No levantes la cabeza. No mires.

El fuego extinguido, sin humo. Nada que pudiera verse del carrito. Se pegó al suelo y miró por encima de su antebrazo. Un ejército con zapatillas deportivas, pisando fuerte. Portando trozos de tubería de tres palmos de largo envueltos en cuero. Fiadores en la muñeca. A algunos de los tubos les habían ensartado tramos de cadena provistos en su extremo de cachiporras de toda clase. Pasaron de largo en ruidoso desfile, balanceándose como juguetes de cuerda. Barbudos, echando un aliento humoso a través de las mascarillas. Chsss, dijo. Chsss… La falange que los seguía portaba una especie de lanzas adornadas con cintas y borlas, la larga hoja hecha de ballesta de camión alisada a martillazos en alguna tosca fragua de tierra adentro. El chico permanecía tumbado con la cara entre los brazos, presa del pánico. Un ligero temblor de tierra cuando pasaron a unos sesenta metros. Pisando fuerte. Detrás de ellos carros tirados por esclavos con arneses y repletos de mercancías de guerra y más atrás las mujeres, com una docena, algunas de ellas embarazadas, y por último un conjunto adicional de calamitas mal vestidos para el frío y provistos de dogales y enyuntados entre sí. Se alejaron todos. Ellos permanecieron a la escucha.”

(Edición Debolsillo 2009, pág 72. Traducción de Luis Murillo Fort)

Las mansiones y las ruinas inglesas invitaban a crear los fantasmas de la literatura gótica, únicas piezas arqueológicas originalmente inglesas y reverso del  orgullo medieval del alemán romántico. Pero fue la naturaleza salvaje a la que los estadounidenses del XIX tuvieron que enfrentarse en su expansión hacia el Oeste, la que animó a la revisión de ciertos horrores atávicos difíciles de ambientar en la vieja Europa. Hay excepciones notables en relatos de Conan Doyle y Stoker entre otros, que yo recuerde siempre anglosajones y con un pasado relevante fuera de Inlgaterra. Desde Bierce hasta Stephen King pasando por Lovecraft, vuelve a la ficción escrita para aterrar la bestia salvaje y aún prehistórica, la naturaleza opuesta a la voluntad del hombre, ya sea en forma de plaga o abismo.

La naturaleza como antagonista y el tema del canibalismo son causa y efcto en Narración de Arthur Gordon Pym, de Poe. Bierce, en su Diccionario del Diablo, define al caníbal como: “Gastrónomo de la vieja escuela que conserva gustos sencillos y sigue la dieta natural del periodo preporcino”, caracterizándolo con ironía como un rousseauniano bucólico. La naturaleza virgen con sus depredadores, sus desoladas llanuras que había que andar a pie, sus noches heladas, fue el primer enemigo del hombre. Un abismo conocido que tanto tiempo lo miró a los ojos que a veces, ante la presión de males posmodernos por conocer, siente la tentación de devolverle la mirada.

Fotograma de Revolt of the Zombies, ambientada en Camboya

El monstruo más temido del Caribe, el zombi, terriblemente real, cruel y perfecto símbolo del esclavo, despojado por la fuerza de la propiedad de su cuerpo y su espíritu, fue llevado al cine norteamericano como devorador de carne humana, atributo que originalmente no tenía. En 1936, Víctor Halpering enlazó por primera vez, en Revolt of the zombis, dos temas que desde entonces aparecen con bastante frecuencia unidos: canibalismo y guerra, o posguerra.

El resurgimiento de la figura del zombi en el cine y la capacidad de conmoción de historias como La carretera no son casuales. Renovadas sensibilidades colectivas ante la venganza de una ofendida Gaia Tierra, el miedo ancestral de vernos perdidos en un medio hostil, nos pone en situación de apreciar con un adecuado estado de ánimo, la potencia de estas historias. El talento literario hace el resto.

Atavismo, caníbales y vías, esta vez de agua, trabajan juntos también en una novela que comenzó a publicarse en la revista inglesa Blackwood, en febrero de 1899. The Heart of Darkness. La prosa de Joseph Conrad tiene en ella algunos de sus momentos más altos y más profundos.

“Cuando ahora pienso en ello me asombra por qué, en nombre de todos los atormentadores demonios del hambre, no nos atacaron (eran treinta contra cinco) y se dieron un buen atracón, aunque sólo fuera por una vez (…). Y yo vi que alguna inhibición, alguno de esos secretos humanos que desafían la probabilidad, había entrado en juego allí. Yo les miré con un repentino aumento de interés, no porque pensara que podía ser devorado por ellos sin que pasara mucho tiempo, aunque confieso que sólo entonces me di cuenta (bajo una nueva luz, por así decirlo) del aspecto tan poco saludable que tenían los peregrinos y tuve la esperanza, sí, la tuve realmente, de que mi aspecto no fuera tan, ¿cómo decirlo?, tan poco apetitoso.”

(Alianza editorial 2001, pág 81. Traducción: Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo).

La balsa de Medusa (1819). Gericault. Sobre el hecho narrado en este cuadro y los horrores que encierra aporta Julian Barnes una excelente ficción en Historia del mundo en diez capítulos y medio (1989)

Pero el canibalismo, en este caso, también es moral. Desde el principio asistimos a la orgía de destrucción del hombre por el hombre, con la excusa de la inferioridad cultural o de la competencia comercial. Todos los personajes del libro son alimañas, excepto el narrador y esa espléndida mujer negra que parece brotar de la misma selva, de quien se enamora como de una aparición o una pesadilla. El viaje al corazón de las tinieblas es el descenso al infierno del alma humana, donde encontramos la cabaña rodeada de calaveras de Kurtz, la esencia de la perversidad que Poe definió como uno de los primitivos instintos del hombre. La perversidad puede llevar al canibalismo sin hambre, del mismo modo que la necesidad imperiosa de comer no lleva a todos los hombres al canibalismo, como nos cuentan Conrad y McCarthy.

John Millius, guionista brillante de Apocalypse Now y orgulloso miembro de la Asociación Nacional del Rifle, tuvo el acierto de escoger la guerra como escenario óptimo para representar el viaje sin fin que narra El corazón de las tinieblas. Una vez más, el tema de la guerra. Un escenario de posguerra o post-catástrofe tal vez admita una mayor angustia, puesto que los personajes han perdido el recurso bélico de la acción: es cierto que la elección de matar o morir está inscrita en un conflicto de pura supervivencia, pero también en otro indirecto, político o de lucha por los recursos, que puede tener fin. En cambio, en La carretera, como en La peste escarlata, como en El corazón de las tinieblas, no existe el final del viaje, no hay nada más allá del horror.

Tal vez por eso se haya considerado incoherente la solución que eligió McCarthy para su novela, aunque no estoy de acuerdo con esta opinión general; el destino del chico y del lector que lo acompaña no tiene por qué estar dibujado en las primeras páginas. Escribió Borges en Otras inquisiciones:

John Stuart Mill razona que el estado del universo en cualquier instante es una consecuencia de su estado en el instante previo, y que a una inteligencia infinita le bastaría el concimiento perfecto de un sólo instante, para saber la historia del universo, pasada y venidera. (…) Mill no excluye la posibilidad de una intervención exterior que rompa la serie. Afirma que el estado q fatalmente produciría el estado r; el estado r, el s; el estado s, el t; pero admite que antes de t; una catástrofe divina -la consummatio mundi, digamos-, puede haber aniquilado el planeta. El porvenir es inevitable, preciso, pero puede no acontecer. Dios acecha en los intervalos.”


Reencuentros

En el último mes y medio he pasado muchos ratos despierta por las noches, por motivos maternales. Un recién nacido es definitivo y agotador, es una fuerza de la naturaleza y al principio parece que puede acabar contigo a golpe de amor y sueño. Con toda seguridad los niños crecen y poco a poco se apartan de esa naturaleza en bruto para convertirse en otra cosa, en un ser humano adulto. Algunos deploran esta transformación. Yo la venero y la agradezco.

El caso es que, con mi hija en brazos o encima de la tripa para ayudarla a sobrellevar los cólicos de lactante de las cuatro de la madrugada, he revisitado muchos de los audiolibros que me son imprescindibles para dormir (necesito escuchar voz narrando para quedarme dormida, igual que otros necesitan escuchar la televisión o el tráfico, o el rumor del aire acondicionado. Neurosis civilizadas). Entre estos audiolibros he recuperado una de las primeras narraciones que me fue dado conocer de Rudyard Kipling: El cuento más hermoso del mundo.

El cuento más hermoso del mundo narra la amistad entre un escritor maduro y un aspirante a poeta de veinte años, sin la experiencia, las lecturas ni el talento necesarios para ser lo que cree ser. Sin embargo, el protagonista detecta en él una especial intuición para imaginar aventuras en el mar (esclavos griegos, guerreros vikingos…) con todo lujo de detalles históricos, esto le lleva a fascinarse por la imaginación de su amigo más y más, hasta la felicidad de un descubrimiento y la amargura de una decepción.

Poeta inglés (1880), de Louise Breslau

La historia forma parte de Many Inventions (1893). En ella R.K mezcla, quizá sin saberlo, los dos ingredientes más agrios de la pócima que la vida formuló para él: la paternidad y la incomprensión.

Sé que el primer contacto de la mayoría de los lectores con este autor es El libro de la selva, maravilloso en literatura y también bastante encantador en su versión Disney. El hecho de escoger una pantera negra con sentido de la responsabilidad e ideas de pertenencia como alter ego del autor, anuncia muy buen gusto y bastante sentido de la ironía.

El libro de la selva (edición de 1895). Ilustración de W. H. Drake

Es en este sentido que existe un vínculo intenso y misterioso entre la vida de Kipling y la paternidad. Una de sus caras literarias era la de educador; aquella parte de sí sentía el deber de predicar la belleza y la asunción del propio destino. Como hombre sensible, su vida y obra quedaron marcadas por una infancia escindida entre dos continentes y dos progenitores. Su razón se quedó con la madre y con Inglaterra, pero sus emociones estaban ligadas a la India y a su padre. Ya entrado en la madurez se casó y tuvo un hijo y una hija. Su primogénito, John, murió en la Primera Guerra Mundial.

Rudyard con su padre: John Lockwood Kipling

En mi niñez profesé hacia Rudyard una rara inquina, y me negué a cualquier versión de El libro de la selva, Kim, etcétera… El padre de uno de mis mejores amigos era un hombre abusivo, airado, feroz (así es en mi memoria infantil y en la de mi amigo). Aquel personaje malvado tenía enmarcados en la pared de su despacho un retrato de Kipling y ese famoso poema suyo, If…, que termina diciendo: “Serás hombre, hijo mío.” Creo que desde entonces relacioné la imagen del pobre R.K con la hipocresía y la mala paternidad. Nada más injusto. Nada, tampoco, más coherente con su destino.

Retrato de R. K junto a su poema “If”, por Stephen Guyatt

Limada esta animadversión por el paso del tiempo, llegué a toparme con El hombre que pudo reinar de Houston, y me fui de cabeza al autor de El hombre que quiso ser rey y La extraña cabalgada de Morowbie Jukes. Mi historia con Kipling se pareció a la de Mishima: me costó entrar, pero una vez dentro de su mundo resulté absorbida como una partícula lectora sin voluntad, plena de fe. Creo que inducir tal estado es privilegio triunfal de los grandes narradores.

Christopher Plummer, John Houston y Michael Caine en el rodaje de “El hombre que pudo reinar”.

Rudyard Kipling nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay. Su vida y su reputación fueron victorianas, modélicas para muchos jóvenes de su época. Conoció la gloria y la desdicha. Borges dijo de él: “La esencial grandeza de Kipling ha sido oscurecida por algunas circunstancias adversas. Kipling reveló el Imperio Británico a una Inglaterra indiferente y quizá un poco hostil. Wells y Shaw, socialistas, miraron con alguna extrañeza a ese imprevisto joven que les mandaba un vago Indostán y que predicaba que el Imperio es el deber y el fardo del hombre blanco. Fatalmente incurrieron en el error de juzgar a ese hombre genial por sus opiniones políticas. Ese mal ejemplo tiene hoy muchos seguidores: es normal oír hablar de literatura comprometida.”

Y ya que ha sido mi hija Inés el feliz motivo de que me reencontrara con este cuento, le dedico las últimas líneas del 2009, que ha sido su año. Vino al mundo el 15 de noviembre, fecha en que nació también Jan Terlouw, uno de los escritores de mi infancia, y en que J. G Ballard habría cumplido años, de no habernos dejado en abril.

Portada de “Miracles of life” con foto del autor de niño

A los once años leí El imperio del sol, y durante algún tiempo mi único amor verdadero e imposible fue el niño protagonista. Después descubrí que era Ballard, o una proyección de la infancia de Ballard, pero para mí fue siempre Shangai Jim: un niño pijo inglés que sobrevive a la guerra en un campo de trabajo, que admira a los militares japoneses a los que debería odiar, pedante, enloquecido, con una intemporal pasión por la vida y la libertad. Ahora que ese niño o su creador nos dejaron, es hermoso que me vuelva a enamorar de una niña que nació el mismo día que él y que sea, además, mi hija. La vida, durante páginas y páginas, se desenvuelve al ras del rancio polvo, pero a veces nos compensa con luminosos reencuentros.

Una semana de vida

Feliz Navidad y próspero año nuevo a todos.


El más querible de los canallas

20 de marzo, 2009. Mañana comienza el equinoccio de primavera y el sol entra en aries. Hoy hace 181 años que nació Henrik Ibsen en el puerto de Skien, al sur de Noruega. Si hubiera escrito esta entrada el año pasado habría celebrado su 180 aniversario y me habría quedado más redondo, pero el azar es poderoso y hay que responder a sus caprichos. 181 años, pues.

Henrik Ibsen fue un niño solitario y un genio desagradable y les decía a los que le querían cosas como: “¿Es que no podeis dejarme en paz?”. El carácter es el destino, dicen; pero, aunque la voluntad no deja de ser un rasgo del carácter, creo que contiene una aleación misteriosa que no puede explicar el ambiente en el que uno ha crecido, ni los tormentos o las felicidades de su naturaleza. No sé si el carácter es el destino del hombre, lo que es seguro es que es el destino de su rostro (el difunto Dorian Gray estaría de acuerdo conmigo). A Ibsen, su código genético y su alma de cardo le fueron esculpiendo progresivamente la siguiente cara:

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Cómo iba a ser el rostro de quien se consagró a bucear en la corrupción política, las sombras del matrimonio como posesión, la espiral del narcisismo y que, sospecho, consideraba que la felicidad de vivir era incompatible con la idea exigente que tenía de su vocación. He añadido a la página de Borges un texto que escribió en su biblioteca personal sobre el autor. Tal texto podrá ilustrar mucho mejor que éste el valor de su obra, y dedicará unas palabras a la única pieza de Ibsen que es difícil de representar, aunque está escrita para el teatro (como le ocurre a nuestra Celestina), que yo considero la más fascinante de sus obras: la violenta, alucinante, oscura historia de Peer Gynt.

Borges llamó a Peer “el más querible de los canallas”. Peer Gynt se dedica a holgar, fabular, mentir. Rapta a una novia de su misma boda para abandonarla después. Durante un baile en la corte subterránea de los trolls, da palabra de matrimonio a la hija del rey y sueña con ser emperador de ese submundo, después incumple su promesa. Las campanas del amanecer lo salvan de la muerte. La bella Solveig lo ama y lo abandona todo por él, le comunica la muerte de su madre a la que él ha abandonado en su vejez, y viene a sustituirla como personaje abnegado que se sacrifica por el adolescente eterno. Solveig sabe que la verdadera felicidad es el amor, pero cómo puede Peer entender su amor si no sabe sentirlo. Se ha propuesto entregarse a una heroica búsqueda de sí mismo que lo lleva a la selva, al desierto y al océano, mientras Solveig no deja de esperarlo en su cabaña del bosque, ciega, porque la despechada hija del rey de los trolls le ha sacado los ojos, siempre fiel. Algún día será Peer Gynt coronado, pero cómo, y a qué precio. Al final de su vida vuelve a casa y no lleva en la frente una corona: lleva la luz del otro mundo, la enfermedad mental de las princesas, los muertos que nadie sabe que han muerto. Se tumba en la sombra y su amor ciego, que siempre estuvo ciego, le perdona y despeina. Hunde la mano en su apretado pecho/ atraviesa la carne legendaria /y encuentra allí el carámbano/ de sangre, sin latido ni ancestro./ Por fin siente nostalgia/ pero de qué carajo./ Entonces llora. A pesar de todo y por todo, Peer Gynt es uno de los grandes personajes de la literatura.

Ilustración de Arthur Rackman para Peer Gynt

Ilustración de Arthur Rackman para Peer Gynt

Se han probado muchas interpretaciones de Peer Gynt. Algunas recurren a superestructuras teóricas: socio-políticas, psicoa- nalíticas… es decir, emplean la inducción. Esta inclinación tiende a crear teorías sobre los libros que pretenden ser más grandes que los propios libros, explicando a la vez la ficción y el mundo. Yo rehúso este camino porque disfruto de verdad con la lectura y no quisiera convertir esta historia en tesis de nada mayor que ella misma. Me gustaría establecer tres alianzas, tres relaciones que pueden juzgarse anecdóticas: la de Peer Gynt con Henrik Ibsen, la de Peer Gynt con otros canallas, la de la pareja Peer Gynt-Solveig con una metáfora universal.

Empiezo por la última. El amor de Peer Gynt y Solveig, pleno y a la vez imposible, representa la unión del alma y el cuerpo que tantas parejas intensas ha dado a los lectores, no sólo amatorias. Las inmortales Bella y Bestia, pero también el espadachín derrotado por el amor que es Cyrano de Bergerac y su enemigo íntimo el apuesto Christian son, en su poso más arcaico, innovaciones del conflicto platónico. Una de sus manifestaciones tardías es la batalla entre razón y sensibilidad. La obra que nos ocupa se publicó en 1867. La reflexión sobre la razón y sus sombras está ya en el primer Goya, en los románticos alemanes. La lucha perdura en la sensibilidad tenebrosa del XIX que venía del siglo de las luces e iba, sin saberlo (tal vez) hacia la sinrazón. El sentido común nos dice que la virtud está en el equilibrio, que Peer Gynt y Solveig deben estar juntos y amarse, pero el ser humano en su forma mortal y orgánica, a veces incluso su sombra literaria, no es siempre capaz de enmendar un exceso sin caer en otro. Para huir de su propio desorden, el canalla se va en busca de un orden superior fuera de sí, pero no existe tal. Al fin Peer Gynt descubre que donde vaya sólo encuentra a Peer Gynt, que sus ojos transforman lo que ve y que las ruinas de la verdad no estaban en su Noruega natal, sino en su alma. Cuando regresa a los brazos de Solveig es demasiado tarde para la vida pero no, quizás, para la redención. Mucho se ha especulado sobre el bello final de Peer Gynt. Hay quien dice que el encuentro de los amantes nunca llega a suceder. Yo quiero creer que la fe de Solveig no es inútil. Todas las grandes historias tienen un personaje o lugar que es el apoyo moral del protagonista. Solveig es ese personaje sabio, Peer es la razón buscándose a sí misma. Solveig conoce el fatal desenlace y aun así se sacrifica, Peer no sabe quién es ni lo que quiere, no se posee a sí mismo por lo que no puede, no quiere darse. De todos sus viajes y experiencias sale más vacío que antes, no así la mutilada Solveig, eterna en su existencia invernal.

Katharine Elfström y un jovencísimo Charlton Heston como Solveig y Peer

Katharine Elfström y un jovencísimo Charlton Heston como Solveig y Peer

En cuanto a la primera de las relaciones, la del autor con su obra, ¿Hubo algo de Peer Gynt en Henrik Ibsen? Henrik fue un niño enfadado, un genio prematuro, un exiliado voluntario que pasó muchos años lejos de su país natal y que se negó la alegría porque se tomaba en serio su propósito crítico y existencial, volcándolo sólo en su arte. Esta circunstancia es la que da a Peer Gynt, personaje marcadamente romántico en su carácter y objetivos, ese aire mezcla de pícaro medieval y marioneta naturalista de Zola o Hardy. Del mismo modo, aunque la historia pertenece al género fantástico, posee esos momentos, como el acto primero en que Peer hace el payaso ante su madre y se inventa aventuras por el bosque en pos de renos voladores, haciéndola reír y llorar, que son muestras del mejor realismo. No podemos preguntárselo, pero es posible que al final también Henrik descubriera que el dolor y la alegría no estaban en la sociedad, sino en el hombre; que el horror (parafraseando a Poe) no venía de Noruega, sino del alma.

Peer Gynt (Max von Seadow) contemplando la danza de Anitra

Peer Gynt (Max von Seadow) y la danza de Anitra

Por último, ¿cuales son los compañeros infames de Peer Gynt? El conde Valmont, el estudiante de Salamanca, Los arribistas Julian Sorel, Frédéric Moreau y Pavel Ivanovich Chichikov, el atormentado Raskolnikov, el satánico Drácula y sus encantadoras Carmilla, Aurelia, Clarimonde… la fuerza mezquina de Scarlett O´Hara, la obsesión de Humbert-Humbert y el talento de Mr. Ripley, ¿qué tienen que tanto nos gustan? Seguramente el hecho de que están tan bien contados que parecen reales, que podemos reconocer y castigar o perdonar en ellos nuestras debilidades, nuestra dualidad netamente humana.


El proceso

El pequeño, hiperactivo, enfermo, simpático, frustrado y genial Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann, que más tarde se llamó a sí mismo Ernst Theodor Amadeus en honor al pequeño, hiperactivo, enfermo, simpático, pobre y genial Mozart, es un autor amado y contradictorio. Exitoso en su época, banalizado por el naturalismo francés y el nacionalismo alemán, recuperado después como autor juvenil y hasta infantil… recopilado al fin con esfuerzo, como manjar de bibliotecas fantásticas, visionarias, exquisitas.

E.T.W Hoffmann y Ludwig Debrient en la taberna Lutter & Wegener

E.T.W Hoffmann y Ludwig Debrient en la taberna Lutter & Wegener, por Paul Bette

Por otra parte tenemos a Franz Kafka, que no puede ser más que Kafka, y tal cosa siempre es otra cosa. Un enigma humano que forma parte de su propia obra de un modo que sólo puede darse en el siglo XX, cambalache. Su obra es inmortal, cada una de sus piezas es un clásico desde el momento en que fue imaginada, puede transfigurar el pasado y prefigurar el porvenir, y descubrirla es, para cualquier lector del mundo, una revelación inolvidable.

Ocurre que, estudiando a Hoffmann para unas obras completas imaginarias, he encontrado constantes referencias a su relación con la obra de Kafka, a su influencia en el estilo o la temática… la verdad es que no lo dejaban muy claro, y no di mucho crédito a esta comparación. Un primer biógrafo, pensé, pudo relacionar a estos dos autores por motivos superficiales: ambos aprendieron su lengua materna en una zona de Prusia (Hoffmann) o del Imperio Austrohúngaro (Kafka) en que se hablaba alemán, pero que no formaban parte de lo que hoy día llamamos Alemania, y en ambos casos eran regiones más o menos periféricas del Imperio. Hay otras coincidencias además de la lengua en que escriben. Sus orígenes son judíos, la carrera que les da de comer es el derecho, ambos crecen con grandes aptitudes creativas, pero tristes y delicados, en familias marcadas por relaciones desgraciadas y hasta por la locura. Los dos encuentran dificultades cuando desean y ambos acaban por enamorarse de una mujer de carácter, de origen polaco, de quien las circunstancias tienden a separarles (Hoffmann se ve apartado de Mischa y su hijo por sucesivos cambios de destino debido a las invasiones napoleónicas, Kafka no obtiene de su napoleónico padre el permiso para contraer matrimonio con Dora). Ambos mueren jóvenes, comidos por uno de los padecimientos que adquirió su sensibilidad crónica: una especie de esclerosis en el caso de Hoffmann (algunos autores dicen que neurosífilis), tuberculosis complicada con laringitis en el caso de Kafka. Ambos perdieron la voz antes de morir. Hoffmann tuvo que señalar la pared para indicar que le volviesen la cabeza hacia ese lado, antes de cerrar los ojos.

No es inverosímil que un primer biógrafo, después de registrar esta lista de coincidencias, hubiera imaginado un reflejo en sus obras sin pararse a comprobarlo; por último, unos biógrafos habrían copiado a otros. Este es un modo habitual de engordar las listas de influidos o influyentes en tal o cual autor o en tal o cual estilo que a veces los críticos se sienten llamados a reivindicar. Era posible, seguí reflexionando, que a un autor como Hoffmann, que goza del prestigio discreto del autor de género, se le quiera relacionar como sea con Kafka, Dostoievski o Poe. Me propuse investigarlo, aunque fuera por encima, y busqué en los textos de Kafka y en los estudios sobre su obra con la expectación de una profunda admiradora de Hoffmann. Fui cauta y descarté muchos pasajes en los que de hecho encontré similitudes, suponiendo que podían ser atribuciones de mi admiración (uno de los trucos que aprendí leyendo a psicoanalistas es que cualquier cosa puede representar a otra si se sabe inventar conexiones). Finalmente me convenció el comprobar que muchos biógrafos de Kafka también nombraban a Hoffmann como uno de sus precursores.

Como parecen existir verdaderas conexiones entre ambos autores, ¿cuáles son éstas? No cuento yo con las lecturas de Borges como para imitar Kafka y sus precursores (Otras inquisiciones, 1952), donde el maestro propone una lista de obras precursoras y afina el concepto mismo: “El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres. El primer Kafka de Betrachtung es menos precursor del Kafka de los mitos sombríos y de las instituciones atroces que Browning o Lord Dunsany”. Aprovecho esta maravilla para inaugurar una nueva sección del blog: la página “Otros”, donde iré poniendo todos los textos a que hagan referencia las entradas, y algún otro que me apetezca. En ella puede caber también un texto interesante sobre El castillo, según J.M Navas. Volviendo al tema, lo indudable son ciertas coincidencias en el planteamiento de las historias por parte de ambos autores. Solemos encontrar un protagonista joven que cree desenvolverse en un mundo normal, a menudo muy reglado, una universidad, una oficina, un ministerio o el microclima de la pequeña burguesía, pero que pronto comienza a notar incongruencias, interrupciones de una ley tácita o natural, pruebas de un misterio mayor que no parecen percibir los demás, o que no les afectan. Para describir este ambiente y estas relaciones, los dos autores alternan un estilo de documento oficial y la intervención efusiva de personajes secundarios que irrumpen con una familiaridad inesperada. Y a pesar de todo ello persiste, en los dos, un tono de diario íntimo, de confesión.

Su sentido del humor es también parecido. Marcel Brion dice de Hoffmann: “Su frecuente recurso a la ironía (…) impregna su fantasía de un color y una atmósfera sarcásticas que muy a menudo paralizan la aparición de la angustia”. Es habitual en los cuentos de Hoffmann (sobre todo en los primeros: El puchero de oro o El caballero Glück), que el protagonista atacado por fuerzas incomprensibles o por la cotidiana fatalidad, tropiece y de con sus narices en el suelo, que algún funcionario borracho se ponga a chillar en medio de una aparición diabólica y estrelle su copa de vino contra la pared, o baile, o se quite el sombrero, haga muecas… todo se convierte de pronto en un grabado de Boilly. Por su parte, Kafka, aunque muy diferente en la expresión de lo grotesco, también suele emplearlo en momentos no climáticos. En la colonia penitenciaria contiene uno de estos momentos, cuando en plena descripción de la máquina de tortura, el soldado recoge la ropa del preso con la punta de su bayoneta y le obliga a ponérsela, hecho lo cual ambos ríen como amigos, al comprobar que ambas prendas están rajadas por detrás y que el preso enseña el culo a la concurrencia. Un momento tan cómico en medio de tanto horror parece proceder de una escena real o de una imaginación potente hasta los últimos detalles (Kafka cuenta en sus diarios que soñó estas escenas, y pidió unas vacaciones de quince días para dedicarse a ellas y a unos capítulos de América). El humor negro contribuye a que la historia deje mayor cicatriz en la imaginación. En estos aspectos y en muchos otros profundiza el espléndido prólogo de Jordi Llovet a las Obras Completas de Kafka para Galaxia Gütenberg/Círculo de lectores (2003).

Hoffmann adquiere lecturas muy intensas y reveladoras como precursor de Kafka, pero tal vez su vida resultó ser más kafkiana que su obra. Funcionario de día, escritor prolífico, músico y juerguista en su tiempo libre, cultivó con un humor críptico y amargo la frustración que le producía su fealdad y sus relaciones con las mujeres. Cuando había llegado tan alto como podía en la jurisprudencia, se dedicó a escribir textos difamantes y a repartir caricaturas de sus compañeros magistrados, travesura que lo llevó a un pequeño tribunal de Polonia a juzgar ladrones de gallinas. Allí conoce a Michaelina, a quien apoda Mischa, de hermosos ojos azules. Se enamora de ella y se la lleva a vivir a su casa, aunque apenas pueden entenderse, porque ella no habla alemán. No le hace falta el idioma para quedar embarazada enseguida, y pronto nace una boca que alimentar. Pese a su capacidad casi increíble de trabajo, el nuevo padre sigue emborrachándose y dando problemas, y su destino último es Plock, pueblo de cuyo interés y vida cultural da testimonio su mismo nombre. Hoffmann se aburre mortalmente y tiene ataques de nervios. Acaba yéndose a Berlín, pasa hambre, se separa de su mujer y su hijo para que no pasen hambre con él. Consigue la dirección de un teatro musical y cuando empieza descubre que está hecho una ruina. Etcétera. Los Josephs y los Kas de Kafka suelen moverse menos, pero es tentador imaginar qué habría hecho Franz de un personaje con la vida interior de Hoffmann.

Sus sensibilidades fueron muy distintas. Hoffmann empleó la fantasía, la visión, inauguró la fiesta del surrealismo y dio un nuevo uso a la caricatura, en sus cuentos más oscuros introdujo el pasado y los deseos de los personajes como fuente y destino de su conducta, descubrió las posibilidades narrativas y las complejidades filosóficas del tema del autómata, pero toda la obra de Kafka parte de una sola o tal vez dos inquietudes profundas e irresolubles. Él emplea, en palabras de Borges “la parábola religiosa de tema contemporáneo y burgués” y se expresa a menudo en el relato de sueños, ideas, aforismos, sin ninguna intención poética, sino literal. Por momentos sus frases adquieren el ritmo del versículo. Toda su obra aprehende, o lo intenta, alguna forma incomprensible de divinidad, y sus reflexiones íntimas podrían haber inspirado sermones de John Donne o poemas de Zhuang Zi. En toda esta grandeza quiero ver una intuición superior a la que todas sus vivencias pudieron sugerirle, y una forma incompleta de justicia. Los hermanos varones de Kafka murieron en la niñez, sus hermanas, en los campos de concentración nazis. 20 cuadernos de notas personales y 35 cartas íntimas que Dora guardaba, fueron confiscados y destruidos por la Gestapo en 1933. De Franz Kafka nos ha quedado Kafka.

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El 20 de febrero de 1932 se estrenó en estados Unidos Freaks, de Tod Browning. El 20 de febrero de 1951, el mundo conoció The African Queen, de John Houston, y el mismo día de 1963 Orson Welles se llevó a su país natal Le procès, su propia lectura kafkiana. No ha habido en el cine ningún proceso que se aproxime tanto al de Kafka, ningún Joseph K. se ha parecido tanto a Joseh K. como Anthony Perkins. El abogado y el juez son, grandiosamente, el director de la película. La secretaria del abogado y la mujer del alguacil, tiernas pero fatales, se meten en los cuerpos de Romi Sneider y Elsa Martinelli. Hay efemérides que son una fiesta.