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El trono de la Antártida (I)

Creo que nunca he tocado aquí mi otro gran interés después de la ficción: la conducta humana. De todo el mundo de la psicología a la que dediqué cinco años, sólo por el gusto de estudiarla porque apenas he ejercido, me apasionó el diagnóstico clínico, el aprendizaje y sobre todo la neurociencia. Como nunca terminé de especializarme, lo que de la carrera ha quedado en mi memoria es más bien una forma de ver las cosas y una serie de conocimientos específicos.

El asombroso caso de Phineas Cage (1823-1860)

Muchos proceden de casos famosos, clásicos de la psicología, como el de Phineas Cage, el paciente amnésico HM, el niño salvaje en que Truffaut se inspiró para rodar una estupenda película; otros de reflexiones propias inspiradas en la ficción, y de esta forma puedo conjugar las dos pasiones de mi inteligencia. No son el tipo de anécdotas con que puedes matar el rato en el descanso del trabajo o la cola del INEM, pero si pueden justificar, tal vez, alguna entrada de este blog. Mi primera tentativa puede pecar de vaga, y siempre de haberse retrasado mucho. No pondré excusas; a quien este blog le deje frío no las necesitará, y quien lo disfrute sabrá perdonarme.

John Forbes Nash Jr. nació en el estado americano de Virginia Occidental, el 13 de junio de 1928. Un libro de Sylvia Nasar y una película de Ron Howard cuentan una parte de la historia de este creador, que desde niño mostró altas capacidades para las matemáticas y cierta tendencia llamada esquizotipia. Ésta consiste en escasa respuesta emocional, dificultades para la relación con otros, lenguaje incomprensible o inadaptado (por ejemplo, pensar en voz alta mientras se camina por la calle), pensamiento obsesivo… En los demás producen una impresión general de rareza y se les percibe como tímidos o egocéntricos.

Apenas con veintiún años, John Nash elaboró una hipótesis matemática inscrita en la teoría de juegos, basada en un “punto de equilibrio”. En ella se describía la posibilidad de un juego cerrado en que ninguno de los participantes perdiera, valorando cada uno racionalmente cuáles eran la opciones óptimas de los demás, y ajustando su objetivo en función de éstas. En un momento del siglo XX en que el mundo estaba dividido en bloques incompatibles y en que el capitalismo se percibía, erróneamente, como un juego de suma 0, Nash enfocó al individuo y sus decisiones como clave para la comprensión de la conducta competitiva, desplazando al grupo, que tenía más importancia en indagaciones de otros grandes matemáticos como Von Neumann.

John Nash en los años cincuenta

A pesar de haber investigado muchos otros temas, fue éste primer trabajo universitario de treinta páginas y sus consecuencias imprevistas en el mundo empresarial, lo que le dio a Nash el Premio Nobel de Economía en 1994. Esta revelación de su vida científica conjuró el interés por su atribulada vida personal. En 1998, Sylvia Nasar publicó una biografía del matemático A Beautiful Mind, que ganó el National Book Critics´Circle Award y quedó finalista del Pulitzer en la categoría biográfica.

Si John Nash hubiera tenido la intención explícita de describir el comportamiento de la economía desde un punto de vista liberal, es seguro que nunca hubiera recibido el Nobel, galardón que en los noventa ya era poco, pero todavía algo; sin embargo su particular postura egocéntrica, su aislamiento de cualquier ideología y hasta de la realidad, y el hecho de que el “punto de equilibrio” estuviera descrito en términos matemáticos sin extraerse ninguna conclusión sobre la acción humana, permitió que se ejecutara una operación de inadvertida justicia. Como intentaré mostrar a continuación, la verdadera maravilla en la mente de John Nash estaba antes y más allá de su locura y su genio.

Russell Crowe como John Nash

A beautiful mind (Una mente maravillosa), se estrenó en España en una fecha curiosa: 22/02/2002, y en general gustó. Ron Howard es uno de esos directores que consiguen gran eficiencia llevando a su terreno aquello que ruedan; es un estupendo director de aventuras maravillosas, como Dentro del laberinto y Willow, así que cuando rueda Apollo 13 extrae la fábula sobre el fracaso que contiene y cuando dirige Cinderella man lo transforma en un cuento sobre la honradez y el progreso.

El director tiene intuiciones certeras acerca de lo que al gran público puede interesarle de esta historia, y lo pinta a brochazos: la peculiaridad del personaje, la dificultad y el acierto de su primer trabajo, el sacrificio de su mujer, el misterio de su propia mente y el método que emplea para resolverlo. Al respecto, Nash ha declarado muchas veces que, después de treinta años de tratamientos inútiles, se curó porque llegó un momento en que decidió ignorar sus visiones y sus delirios. Así de simple. Para hacer más dramática esta curación, el director convierte el acto de voluntad del protagonista en una investigación sobre los productos de su cerebro en que aplica una sencilla función lógica: el sentido común.

Pero la cara oculta del matemático tenía muchas formas. La locura fue sólo una de ellas. Antes ya había dado muestras de extravagancia, obcecación e incluso deshonestidad. Tuvo un hijo al que no quiso conocer ni reconocer, fruto de una relación clandestina con una enfermera mayor que él a la que abandonó. En 1957 se casó con una alumna del MIT, Alicia Lardé, mujer inteligente y con un porvenir brillante, pero Nash sólo quería una mujer bonita y enamorada, buena anfitriona de sus colegas científicos, y que le ayudase en el que consideraba el único objetivo del matrimonio: “producir hijos”. Alicia cedió y dejó su profesión para traer al mundo al primogénito reconocido de Nash, que llegaría a desarrollar esquizofrenia, como su hermano mayor desconocido.

Jennifer Connelly como Alicia Lardé

Jennifer Connelly como Alicia Lardé

La esquizofrenia es la más grave de las enfermedades mentales, porque la actividad racional del enfermo se disocia de la realidad y opera en base a leyes privadas a las que los demás no tienen acceso, lo que imposibilita la comunicación real con ellos. El individuo esquizofrénico queda bloqueado dentro de su locura, y si además resulta ser poco declarativo, lo que ocurre a menudo, ésta puede pasar desapercibida durante años en que sus delirios son tomados como rarezas o bromas. Esto le ocurrió a John Nash cuando un buen día de 1958 apareció en su despacho del MIT con una revista LIFE, diciendo que en su portada había un mensaje en clave que le enviaban los extraterrestres.

Más o menos por aquella época asistió a una fiesta de disfraces vestido sólo con un pañal, y pasó la velada en el regazo de su mujer chupándose el dedo. Alicia entró una mañana en su despacho y encontró la pared llena de puntos equidistantes hechos con un rotulador durante horas de absurda concentración. Nash rechazó una cátedra alegando que se sentía muy honrado por el ofrecimiento pero que no podía aceptar, ya que iba a ser coronado emperador de la Antártida. Pertinaces hombres de corbata roja lo perseguían y espiaban, seres desconocidos dialogaban sobre él a sus espaldas, pero a sus espaldas no había nadie. Viajó a Europa y recorrió las embajadas pidiendo asilo político. Desde allí envió a su hijo de diez años una serie de postales en las que escribía ininteligibles esquemas con lápices de colores.

Los Nash recién casados

Si aquella mente era maravillosa, puede decirse que Alicia, que se había casado con la perfecta mezcla entre caballero sureño y genio loco, se encontró de pronto en un espeluznante País de las Maravillas. Hay una frase en el guión de Interiores de Woody Allen que siempre me ha parecido muy precisa: “En el interior de una mente enferma existe también, de algún modo, un espíritu enfermo”. John Nash no era violento, pero actuó con mezquindad y bajeza porque abandonó el control de su mente en manos de la enfermedad: su maldad se conecta con su disfunción neurológica y adquiere, de este modo, un sustrato biológico. Esto es emocionante porque supone una prueba de la indisolubilidad entre  alma y cuerpo o, por decirlo en términos más modernos, conecta lo orgánico, lo racional y lo moral.

Nash creía que si dejaba de estar loco dejaría de ser un genio, y apoyaba su sospecha el hecho de que los medicamentos que dominaban su psicosis bloquearan también su capacidad de trabajo. Hay que tener en cuenta que tales fármacos en los años 60 eran poco discriminativos, es decir, no afectaban sólo a las funciones que pretendían controlar, sino a toda la conducta. Además, la etiología de la esquizofrenia no estaba clara, aún no lo está, por lo que Nash recibió un tratamiento incorrecto y agotador que consistía en inducirle regularmente un coma diabético.

Nash en los años noventa. Universidad de Princeton

Sin embargo, cuando este hombre se hizo grande no fue cuando abandonó el tratamiento y se arrojó a su abismo, dejando a quienes le querían y un trabajo que consideraba mediocre para ocupar el trono de Antártida, sino cuando decidió, en medio de la locura, que quería abandonarla, cuando encontró el modo de desprestigiar el poder de la esquizofrenia dentro de su cerebro. Esto es insólito y tan genial como cualquier obra de arte. John Nash empleó su voluntad y su inteligencia para reconquistar la soberanía de su mente: su libertad. Ese, a mi juicio, fue el mayor reconocimiento, el que él mismo se otorgó.

Fin de la primera parte.

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El trono de la Antártida (II)

Todo lo anterior da pie a un interesante debate sobre la racionalidad dentro de la locura, y apoya una hipótesis que siempre ha bullido en mi cabeza cuando me aproximo a un caso, el que sea, de trastorno mental, así como cuando me planteo la legitimidad del Mens Rea. ¿No hay, en el fondo, una voluntad que cede a la locura en lugar de combatirla?

Caprichos. 43

Si no fuese así, por qué algunos depresivos acaban suicidándose, o se pasan la vida enfermos, mientras que otros, con síntomas igualmente agudos, se sobreponen. Por qué los ataques esquizoides provocan abandono de la medicación en algunos individuos y en otros no. Por qué hay quien supera el alcoholismo o la drogadicción, o se mantiene en niveles compatibles con la vida y la convivencia, y hay quien se consume hasta la maldad o la muerte.

Creo que la respuesta es que el ser humano nunca es irracional. Nuestros actos responden a un incentivo que motiva la conducta, aumentan debido a refuerzos internos (placer, orgullo…) o externos (dinero, atención…) y disminuyen en la medida en que la ausencia de refuerzo o el castigo sea contingente con la conducta. Ahora bien, incentivos y refuerzos son distintos para cada individuo, por eso la conducta humana es universalmente semejante en su estructura, pero impredecible en términos de contenido. Si padecemos un trastorno mental, puede ocurrir que nuestra escala de valores y refuerzos se desplace a lo excéntrico en el sentido moral o estadístico, pero sigue siendo una escala en base a la que actuamos.

No está en mi ánimo hacer un trabajo de análisis en un caso que no conozco de cerca, así que pondré de ejemplo al John Nash personaje  y no al John Nash real. Recordemos a Russel Crowe paseándose por la universidad, cercano sólo a unos pocos compañeros, hablando con el espectro Paul Bettany y soñando con la gloria científica. Es casi imposible acceder al mundo interior de un esquizofrénico, pero sus manías y delirios pueden darnos una pista acerca de lo que le motiva.

Nash-Crowe quiere destacar en lo que se le da bien, pero no le basta con un reconocimiento moderado, que ya tiene. Quiere ser el mejor, hacer un descubrimiento importante para la humanidad, destacar. Esta es su ambición, el incentivo. Para ser reconocido es imprescindible la relación con otros seres humanos que le reconozcan y halaguen, por tanto la evitación que Nash-Crowe hace del contacto humano no es fruto de un deseo de soledad, sino de una incapacidad o dificultad para la relación: todo estímulo negativo en este sentido, ser ignorado o criticado, es un castigo (lo es, en mayor o menor medida, para todas las personas).

Bien, una vez definidos incentivo o motor de la conducta, refuerzos y castigos, veamos qué sucede. Nash-Crowe no sabe pedir el cariño y el respeto de los que le rodean, pero tiene una serie de manías y excentricidades que sabe muy bien que captan su atención. El resultado es que sus compañeros le ignoran (le castigan) cuando es normal, y le refuerzan cuando es raro, en consecuencia, las rarezas van en aumento. Por otra parte, a la necesidad de destacar intelectualmente, se une la ansiedad por ser, en base a una idea patriarcal de la familia, el hombre de la casa, quien debe mantener el hogar con su esfuerzo (en este caso mental), y sin ayuda. Alrededor de los treinta años se empiezan a esperar resultados en la realización personal, y a menudo hay también seres queridos a los que satisfacer. Esto aumenta el estrés, y ésta es la edad habitual en que se desencadenan trastornos de la conducta que han permanecido latentes.

Como el reconocimiento no llega, Nash-Crowe se lo inventa: los extraterrestres le mandan criptogramas, el gobierno requiere su ayuda para luchar contra los comunistas, le persiguen porque es una pieza clave en el espionaje internacional. Sustituye el refuerzo exterior, que es escaso y exige tensiones y frustración, por el colorido e intenso placer que le proporciona su mundo interior, en que él es el único y atribulado protagonista. En realidad, la mente de Nash-Crowe no hace otra cosa que jugar a los espías por su cuenta. ¿Es irracional? Todo lo contrario. Su razón ha emprendido un combate contra una realidad práctica que no atiende sus expectativas.

En este sentido, Sylvia Nasar comete un error fundamental en la interpretación que hace de la conducta del verdadero John Nash. Dice algo así como que, al contrario que sus compañeros y maestros matemáticos, él empleaba la intuición, mucho más que una metodología estricta, para obtener conclusiones. Para la autora, esto sintoniza con su comportamiento irracional y también con su egoísmo, con su necesidad de separarse de los demás.

Lo que Nasar llama “intuición” y que declara ser “irracional”, es en realidad el producto de muchas horas de trabajo racional en una misma dirección. Gran cantidad de recursos mentales se han puesto a operar sobre una serie de percepciones, datos, hipótesis o estudios. Muchas veces se han adquirido de modo informal o consisten en inadvertidos procesos de inducción y deducción, basados en la experiencia, que no pueden expresarse verbalmente, porque no se recuerdan o porque son de naturaleza abstracta. Entonces, cuando llega la idea intuitiva parece insuflada por una fuerza misteriosa y exterior. Así, se prevé un resultado que no está presente, pero que se deriva de todo lo anterior. La intuición es parte de toda labor creativa compleja, científica, artística o empresarial, que supone prefigurar lo que no existe a partir de lo que se conoce. Sólo el cerebro humano con su actividad racional puede crear.

Llanto por Ícaro. Herbert James Draper

El sueño de la razón produce monstruos, dice el famoso grabado de Goya. Y así es. Los monstruos de la locura también proceden de la Diosa Razón, cuando se evade de la realidad práctica y deja de colaborar con ella, cuando olvida los límites e intenta sobrevolar el abismo de la realidad sin otra ayuda que sus propias fuerzas. El ser humano es racional, pero su razón no es suficiente. Nash-Crowe aprende, al final del cuento, que necesita poner orden en su mente, ejercer su libertad y respetar la de los otros, para poder sobrevivir y alcanzar su sueño. Pocas veces se puede asistir a la realidad de este descubrimiento con tanta satisfacción como en una película de Ron Howard.