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Hitchcock, Huston, Kubrick, Polanski… Bonaparte

Esta no es una de esas pruebas de inteligencia en la que el examinado debe continuar la lista… sería demasiado difícil, ni tampoco una de las que requieren descubrir el elemento que no concuerda con los demás; sería demasiado fácil. Sólo a los interesados, en alguna medida, en temas esotéricos les resultará útil la siguiente información; que las fechas de nacimiento de los nominados en el título de esta entrada son respectivamente las siguientes:

13 de agosto (1899) – 5 de agosto (1906) – 26 de julio (1928) – 18 de agosto (1933) – 15 de agosto (1769). Es decir, que todos fueron insignes (alguno por motivos menos memorables que los otros) personajes nacidos bajo el signo de Leo, y de todos celebramos su onomástica en fechas próximas. Si julio y septiembre, meses de Cáncer y Virgo, abundan extraordinaria-mente en nacimientos de escritores geniales, agosto es el mes de los grandes fotógrafos, pintores y directores de cine. El mes de la luz efectivamente parece instruir a sus recién nacidos en el misterio de los encuadres, formas, colores, perspectivas, en la captura de la belleza hecha imagen.

Hitchcock y Novak en el rodaje de "Vértigo"

Hitchcock y Novak en el rodaje de "Vértigo"

Si tú, mi querido lector, eres uno de esos escépticos a los que se les ponen los pelos como escarpias o, por emplear una imagen decimonónica que Chéjov usaba mucho, se te inflama el hígado cuando oyes a alguien divagar sobre signos del zodiaco, te aconsejo que no sigas, aunque debo hacerte una advertencia si te interesa la ficción: En tanto se tomen como lo que son, se los deje en el ámbito de la simbología igual que hacemos con los sueños y no se traten de emplear como una especie de guía turística de la vida, los signos del zodiaco son muy útiles para crear arquetipos y también para especular sobre los que han sido célebres y perviven en nuestra memoria como personajes, caso, por ejemplo, de los grandes directores de cine o los emperadores franceses.

Respecto a esto dice John Gardner: “Lo que más nos asombra de la obra de quienes pertenecen a esta clase superior de novelistas  -Tolstói, Dostoievski, Mann, Faulkner- es el talento que demuestran para poner en palabras las impresiones y sentimientos de numerosos personajes distintos, y que puede permitirles incluso introducirse en la mente de los animales (…). La capacidad de ver el mundo como otros lo ven se puede potenciar mediante ciertos trucos y ejercicios. Cada escritor encuentra su propio método. Habrá seguramente quien estudie gruesos volúmenes de astrología, pero no para buscar consuelo en ellos o prevenir una catástrofe, sino para indagar en las complejidades de la naturaleza humana (un carácter cien por cien piscis enfrentado a un carácter cien por cien leo, se crea o no en que sus rasgos respectivos tengan que ver con la fecha de nacimiento). Y los hay que leen estudios sobre casos psicológicos o “revistas femeninas” o “para hombres”, y algunos juguetean con la frenología, la quiromancia o el Tarot. No son simplemente conocimientos lo que hay que buscar, sino penetración, introducirse en personalidades distintas de la propia.”

Jamás he visto descrita en forma tan lúcida la inclinación a veces enfermiza que muchos escritores han sentido por el mundo de lo sobrenatural, algunos de forma erudita y metaliteraria, como Borges, interesado siempre por las cosmologías remotas y hasta ficticias, otros creando un vínculo personal que les llevó hasta lo excéntrico, con mayor o menor perjuicio para sus carreras, como Rubén Darío, Bram Stoker o Conan Doyle, cuya deriva espiritista está maravillosamente narrada en la última parte de Arthur y George, de Julian Barnes.

Huston en una de las localizaciones de "Vidas rebeldes"

Huston en una de las localizaciones de "Vidas rebeldes"

Aclarada esta cuestión, ¿qué hay que decir respecto a Leo que pueda arrojar alguna luz sobre los personajes cuyos nombres encabezan esta entrada? Tomo como introducción los datos recogidos por Cirlot en su Diccionario de símbolos, precisa y preciosa obra: “Leo: Quinto signo zodiacal. Corresponde a la fuerza solar, al fuego y la luz clara y penetrante que surge por el umbral de Géminis al dominio de Cáncer. Está ligado a los sentimientos y emociones.” Leo es el 2º de los signos de fuego (Aries- Leo- Sagitario), su astro regente es el sol y en la rueda kármika de la vida que representa el zodiaco (desde Aries, lo recién creado, hasta Piscis, el sacrificio) se encuentra entre los primeros seis signos, que describen las edades del hombre: Leo es el adolescente y su lema espiritual es “Yo haré”, como el de Aries es “Yo soy” y el de sagitario, más avanzado en la rueda kármika, es “Yo observo”. En la clasificación de Linda Goodman, Leo es un signo Fuego- Positivo- Masculino – Fijo, es decir, que su misión kármika (lo que ha venido a hacer a este mundo) es: “Organizar de una manera inspirativa, agresiva, dinámica e idealista”.

Un fotograma de "Senderos de gloria"

Un fotograma de "Senderos de gloria"

Linda Goodman es una de las mejores divulgadoras de los secretos del zodiaco. Se hizo un poco rica y algo famosa con sus libros Los signos del zodiaco y el amor y Los signos del zodiaco y su carácter, explotando esa parte accesible de la astrología de fácil aplicación cotidiana, que vende tanto y que en determinadas manos puede hacerse grosera. Los libros de Linda Goodman están escritos en la norteamérica de los sesenta, y algunas de sus descripciones de personajes se han quedado un poco anticuadas, sobre todo porque el estilo de Linda era más Cosmopolitan que Reader´s Digest, pero siguen siendo interesantes para un escritor. Cuenta anécdotas de supuestos concidos suyos, de uno u otro signo, a las que Fitzgerald o Cheever habrían sabido sacar mucho brillo, y que a veces recuerdan escenas de Blake Edwards o Billy Wilder. Estas son algunas de las cosas que dice, por ejemplo, del jefe Leo:

“¿Con que tienes un jefe Leo y ya hace más de un año que trabajas con él? ¿De veras? Pues debes de ser muy buen oyente. (…) Muéstrate original, audaz, creativo y trabajador, pero recuerda que él es siempre más original, audaz, creativo y trabajador que tú… en su opinión, por lo menos. Di que sí a la mayor parte de sus ideas geniales (y en una semana puede tener muchísimas). Y si tienes que decir “no”, empieza con una montaña de halagos y termina con otra . (…) Cuando tu jefe leonino haya obtenido hasta la última gota de reconcimento que se merece, más una dosis extra de respeto por si acaso, te enorgullecerá a ti elogiándote por un trabajo bien hecho. (…) Es posible que el León muestre muy poca discreción al señalar tus errores. Un empleado de naturaleza sensible se encontrará más cómodo trabajando en otra parte. (…) Nacido para mandar, Leo tiene un talento envidiable para asignar a cada cual la tarea adecuada, y ocuparse de que todos la terminen a tiempo. (…) No te sientas molesto si tu jefe Leo se entromete un poco en tus asuntos privados. Actuar así supone, en realidad, un sello de su regia aprobación. (…) Son gente que viste bien, come bien y duerme bien. (…) Son capaces de la noche a la mañana de convertir en victoria un fracaso, con una extraordinaria fuerza de carácter. El león obtiene una tremenda satisfacción interior al dar órdenes (…) pero no encontrarás otro jefe que te deje tener junto al escritorio el cochecito del bebé porque te has quedado sin niñera. Claro que tú habrías preferido tener el día libre, pero él te necesitaba en la oficina. ¿Y acaso no es él el padrino del bebé?

Cartel de un documental sobre la controvertida vida privada de Polanski

Cartel de un documental sobre la controvertida vida privada de Polanski

Si tomamos estas cualidades generales y las situamos en dos polos, tendremos por un lado a cuatro enormes directores de cine, con proyectos muy personales, persuasivos, egocéntricos, detallistas, insoportables y encantadores y sobre todo triunfales, siempre con el talón de Aquiles en su vanidad, y por otro a un líder militar implacable que se salió con la suya y asoló media Europa (media, por decir algo). Únicamente los extremos: Rusia y España (casualmente, o no, países regidos por el signo de Sagitario), y las siempre difíciles Islas Británicas (Aries) se le resistieron. Tenemos así los prototipos del Leo creativo y el Leo destructor. En un caso, las rarezas y la tenacidad están puestas al servicio de la belleza, en el otro, al servicio de la muerte, siempre con éxito, en tanto que éxito significa conseguir aquello que uno se ha propuesto.

La impresión general es la de un personaje que lo tiene absolutamente todo bajo control, que exprime lo mejor de los que trabajan con él, que consigue asociar el éxito a su imagen, tan presente en las vidas de sus empleados que estos le temen a pesar de su elegancia, le odian a pesar de su genialidad o le  adoran aunque se atribuya todo el mérito. Resulta divertido pensar si los que tuvieron como directores a Alfred, John, Stanley, Roman… dirían algo parecido. A mí me parece que la descripción coincide con sus leyendas. En cuanto al representante del lado oscuro de Leo, nadie podía definir mejor a un militar francés que un creador francés. Jean Cocteau, Géminis  él, dijo una vez: “Napoleón era un loco que se creía Napoleón”. También dijo: “El poeta es exacto. La poesía es exactitud.” Frases geniales que definen respectivamente la megalomanía y el gran cine.

"Barry Lindon" fue lo más cercano a un gigantesco biopic sobre Napoleón que Kubrick nunca consiguió rodar

"Barry Lindon" fue lo más cercano a un gigantesco biopic sobre Napoleón que Kubrick nunca consiguió rodar


Mad Eleine

Hoy, 22 de julio, es Santa Magdalena. Felicidades a las Magdalenas, Madalenas y Madeleines, a las que advierto de antemano que me gusta mucho su nombre y que en esta entrada no hay ánimo alguno de profanarlo. Emplearé todos los medios a mi alcance para mantenerme con dignidad dentro de los límites de la ficción. Una de esas insignificantes coincidencias en las que algunos nos empeñamos, porque parecen dibujar una figura que se haría comprensible si pudiera verse desde más lejos, o desde más tarde, es el hecho de que el nombre “Madeleine” esté asociado estrechamente, en la ficción anglosajona, a lo siniestro.

María Magdalena (1854) según Sir Lawrence Alma-Tadema

María Magdalena (1854) según Sir Lawrence Alma-Tadema

Los nombres propios contribuyen a crear la identidad de los personajes, no son meras etiquetas. Anticipan todo un ámbito de significados relacionados con el origen de tal nombre y, en ocasiones, con cualidades propiamente sonoras. Nabokov lo demuestra con uno de los comienzos más deslumbrantes que podría tener una novela, el de Lolita: “… la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta…” donde aclara, antes de empezar y de una vez por todas, que Lolita sólo habría podido llamarse así. Desde entonces, el simple diminutivo de un nombre propio ha venido a suplantar al inmortal personaje (en su versión más popular y sórdida, me temo).

E.T.A. Hoffmann, por poner, de entre los innumerables ejemplos posibles, uno que conozco bien, abunda en nombres femeninos celestes y áureos: la diurna Clara y la nocturna Olympia de El hombre de la arena llevan nombres que celebran la luz del cielo y la morada ultraterrena de los dioses, así como las dos Aurelias: la caníbal de Vampirismo y la ingenua de Los elixires del diablo. También hay serafines alados y casi siempre tristes: una Angélica en La casa vacía, otra en El huésped siniestro, Ángela en La suerte del jugador, Seraphine en La puerta tapiada… sin olvidar a las virginales Marías de El magnetizador y Cascanueces. Tal vez el romántico eligió nombres luminosos y etéreos en honor al amor imposible con una de sus alumnas de canto: Julia Marc, que quedó inmortalizada, con nombre y todo (para escándalo de la pequeña ciudad de Bamberg, donde su amor conoció el repudio social y el desengaño), en las Julias amadas de Kreisleriana y Aventura de la noche de San Silvestre. En ellas repite, por boca de su protagonista: “¡oh, Julia, Julia!”, casi tan a menudo y con tanta devoción como el pobre y contumaz Werther repitió el de Lotte. Pero todas las demás también son Julia.

En cuanto a Magdalena, es un nombre popular desde que los evangelistas presentaron al personaje María de Magdala, con características lo suficientemente borrosas para sugerir interpretaciones novelescas. Un sermón del Papa Gregorio I en el año 591 identificó, para la historia sagrada venidera, a María de Magdala, la que lloró a los pies de la cruz, con María de Betania, la que arrojó perfume a los pies de Jesús y los secó con sus cabellos, y tal vez aquí comenzó la leyenda erótica. La Magdalena fue el único apóstol femenino, pero nunca se refieren a ella como apostol, pues en la época y lugar que nos ocupa no se consideraba relevante la amistad, o asociación afectiva no sexual entre hombres y mujeres. Parece que hoy día tampoco convence mucho, y al público le encantan los líos de culebrón entre Cristo y la Magdalena, con correspondiente descendencia y saga familiar oculta tercamente por la Iglesia. No me meto. Pero yo me quedo con la Magdalena llorosa de los cuadros barrocos que dio nombre al bizcocho en que se sustentan siete novelas de Proust, con lo que eso conlleva, y con el tímido estallido sensual de una prostituta remota al conocer en persona a aquel que había dicho a la adúltera: “Vete y no peques más”. No obstante, hay que reconocer que todos los polvos de Jesucristo en películas de Scorsesse y novelas de Saramago han estimulado una morbosa fanficción en torno a La Magdalena, y ello ha contribuido, a su vez, a que la Madeleine original haya sido interpretada por algunas de las mujeres más bellas del cine, como Barbara Hershey, Monica Bellucci u Ornela Mutti. No hay mal que por bien no venga.

M. Bellucci en La Pasión (2004) de Mel Gibson

M. Bellucci en La Pasión (2004) de Mel Gibson

Ahora bien, se me ocurren al menos tres casos narrativos en que el nombre de Madeleine se ha asignado a bellas mujeres, no del todo vivas, quedando para siempre atado al terror, la muerte, la necrofilia, lo siniestro y lo sublime. En primer lugar tenemos La caída de la casa Usher, mi cuento favorito de Poe. Lo logrado de la atmósfera de aprensión que rodea a los personajes está, según los críticos, en que es de todos sus cuentos aquel en que el autor recrea con más eficacia una atmósfera maligna. En ela participa una voluntad inorgánica, la del físico de la casa, de forma que los vivos se hacen víctimas pasivas del clima de terror que les rodea. Así la dualidad de lo vivo-inanimado frente a lo muerto-animado se infiltra desde el principio en la historia. En cuanto a la trama, el largo cuento puede dividirse en dos actos: primero en el que Lady Madeleine, hermana gemela de Usher, está viva, pero mortalmente enferma, merodeando como un fantasma por las habitaciones de la casa. Segundo, cuando está enterrada (viva) en el sótano acorazado.

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Lady Madeleine es el abismo de Roderich Usher, aquel en que teme caer pero no puede dejar de mirar: es su doble siniestro. La semejanza física de los hermanos advierte que comparten un mismo y funesto destino espiritual, y la enfermedad de Madeleine prefigura la muerte de Usher, la caída de la estirpe y de la casa solariega. La convivencia solitaria de los hermanos y la prisa de Roderich por enterrar a Madeleine, aún sabiendo que padece catalepsia y que puede no estar muerta, nos hace adivinar el incesto o, al menos, la culpa que podría haberlo precedido o continuado. Roderich odia y ama a Madeleine, y todos los elementos del cuento nos llevan al momento en que éste espera, con fatalismo y horror, que su hermana desfigurada entre en la habitación para llevárselo con ella a la tumba.

En segundo lugar tenemos la primera película que se rodó sobre zombis: White zombie, estrenada en 1932, cinco años después de que se publicara el libro The magic Island (1927), en que se comenzaron a revelar al mundo los secretos monstruos de la América negra. En White zombie ocurre lo que, desgraciadamente, ha ocurrido en realidad en Haití, aunque la magia no tiene nada que ver: una mujer rechaza el amor de un brujo y, en venganza, o para poseerla sin voluntad, éste la zombifica. Aquí apunta de nuevo el fantasma de la necrofilia. La película no es niguna maravilla, pero tiene valor como clásico del terror. En ella, Madeleine entra y sale de su estado de muerta viviente en atención a las necesidades del guión, y finalmente es salvada por su marido.

Bela Lugosi & co. en White Zombie

Bela Lugosi & co. en White Zombie

Otra Madeleine siniestra es la de Vértigo, de Hitchcock. Otra hermosa y fascinante señora que está muerta desde el principio y que toma el cuerpo de una actriz de pueblo por deseo, primero, del marido-fabricante de autómatas, y después del detective protagonista, que ha quedado irremediablemente enamorado de una muerta, porque desde el principio fantasea con el abismo y lo teme. En Lo bello y lo siniestro, Eugenio Trías propone como mito fundacional de la película (que otros habían situado en Pigmalión) un cuento romántico:  precisamente El hombre de la arena, de Hoffmann. Este es el motivo por el que identifico al marido de Madeleine con el fabricante de autómatas, porque la Madeleine de Vértigo es la Olympia de El hombre de la arena, una “muñequita de madera” que habla y camina, una mujer muerta que vive por intermediación de un mago negro, un asesino.

James Stewart y Kim Novak en Vértigo

James Stewart y Kim Novak en Vértigo

Todo lo aciago que la ficción reserva al nombre de La Magdalena no parece tener efecto en español, ni tampoco en francés, idioma éste último en que es más habitual encontrarlo. Tal vez la clave esté en la misma disposición de las letras del nombre, que en nuestros cálidos idiomas meridionales no significa nada, pero que en inglés puede reducirse a Mad-Eleine, la demente, the insane Eleine. De este modo y por una casualidad fonética, en la mente del angloparlante escritor o imaginador de sueños, lo siniestro queda unido, a través del nombre de La Magdalena bíblica, a  Helena de Troya, la Mujer, la Belleza encarnada a quien ninguna actriz (hay quien dice que ni Monica Belucci)  podrá interpretar jamás.