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Somos todos unos burros

El éxito y el reconocimiento son cosas difíciles de definir y de obtener, como el amor, como la lealtad.

Visitando y redescubriendo Platero y yo, siendo feliz en su prosa poética, en sus paisajes plásticos y a veces espesos de palabras refinadas, en su demora, que ya nadie o casi nadie practica, porque tenemos muchas cosas que hacer, reflexiono sobre por qué le tuvieron tanta tirria sus compañeros de generación a Juan ramón Jiménez. Por qué yo misma se la tuve, como lectora niña y joven poeta.

Cabeza de burro (1881). Rosa Bonheur

Cabeza de burro (1881). Rosa Bonheur

Lorca le llamaba “el podrido”, casi todos sus compañeros de oficio ignoraron y denostaron su premio Nobel, su supuesta vida bucólica y su matrimonio fueron mirados siempre con la sonrisa torcida, y no porque fuera un perdedor. Vivió, escribió lo que pudo y quiso, tuvo unos reconocimientos, otros le faltaron, quizá incluido el suyo propio, o tal vez era una pose, o es que en su caso la pose lo era todo, porque era un ser estético.

Aunque el rechazo que sufrió se hubiera podido explicar por alguna clase de inquina contra el “diferente” el “paria”, esto no habría explicado por qué sus contemporáneos odiaron así mismo a Blasco-Ibáñez, paradigma del éxito, escritor fino, pero de masas, creador de best-sellers cuando en España ni había de eso.

Recepción a Blasco-Ibáñez en el puerto de Buenos Aires, 1909

Recepción a Blasco-Ibáñez en el puerto de Buenos Aires, 1909

¿Entonces?

Creo que hay dos respuestas diferentes. Hay una incomprensión debida a la mezquindad, otra debida a la ignorancia.

Lo primero, la mezquindad, tiene que ver con la necesidad humana de hacer equipos.

Los que odiaban a JR eran urbanos, se movían con la vida, giraban con la rueda de la fortuna, eran escritores éticos, preocupados por su tiempo y su espacio. Se condecoraban con categorías y tópicos de la época, eran intelectuales o hedonistas, listos o brutos, eran homosexuales o eran heterosexuales, y si eran heterosexuales eran amantes del tipo de mujer golfa o del tipo de mujer casta, eran socialistas o anarquistas, liberales o conservadores, existenciales o patrióticos, realistas o surrealistas, con pose de criminal o con pose de cura.

JR era un observador, un perezoso vocacional, pero estricto y maniático como líder y administrador de los límites de ese mundo inmóvil. Creador de un paraíso frágil en que las palabras lo eran todo, y usar la palabra equivocada podía ser el conjuro final de alguno de esos queridos fantasmas. La nada puede ser, debe ser perfecta.

" De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera.  Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento.  En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo.  Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida.  Emerson había escrito fancy en la puerta de su cuarto de trabajo.                                                                            Juan Ramón Jiménez.    “Estética y ética estética”

” De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera. Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento. En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo. Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida. Emerson había escrito fancy en la puerta de su cuarto de trabajo.
Juan Ramón Jiménez. “Estética y ética estética”

Llevaba dentro la tertulia sin fin de un perro apaleado que aúlla a la luna, un niño y un ermitaño viejo. Lo que había dentro de sí que había salido de la cabeza del niño, el viejo lo censuraba y trataba de corregirlo, lo que salía de la cabeza del viejo, al niño lo asustaba, y los ladridos del perro loco siempre sonando al fondo, en la eternidad nocturna de miedo a la muerte y añoranza de la vida.

Así que, no. No era fácil de clasificar, ni desde fuera ni desde sí mismo. Eso a quienes están muy dentro del mundo siempre les molesta, porque quien ama el mundo ama la competición, ama la idea de que existan los equipos, aunque el rival no compita, aunque de hecho, ni siquiera esté.

JR nunca estaba. Él trotaba por ahí, con Platero. Pero los otros competían con él, lo insultaban o intentaban provocarlo, con más o menos audacia y corrección, aunque él no contestase. Es imposible saber cómo le afectaba íntimamente esto, o si le daba igual. Posiblemente ocurra esto último, ya que le gustaba, usando sus propias palabras “llevar la contraria”, y así aconsejaba a los que quería que llevaran la contraria y que fueran críticos, y a veces se le olvidaba que los otros no eran su obra y que no podía convertirlos en lo que él quería.

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Lunes noche, verano de 1913 Hermana Zenobita: (Los hermanos no pueden llamarse de usted; yo lo suprimo ya para siempre.) Llena la frente de estrellas, después de haber estado cerca de ti dos horas, cuando has cerrado el balcón rojo, me he venido hacia casa despacio y triste, triste aunque te parezca mal, ¡reina de la risa! El balcón de tu alcoba, oscuro y hondo, seguía abierto… ¡Con qué pobres dichas se contenta a veces el corazón, el corazón que subió tanto!… Muy alegre estabas hoy cuando me escribiste tu carta. Te lo agradecí con toda mi alma, pero cuando la terminé me eché a llorar. No es una carta tierna ni dulce. De haberlo sido, me habría puesto más alegre. No, Zenobita, no es que yo sea fúnebre siempre…”

Otra respuesta es la ignorancia. Otra cosa que justifica la crueldad, el desprecio o la envidia. La ignorancia de su obra cumbre (en contra de su opinión y sus deseos), la obra en lengua castellana más traducida después del Quijote, Platero y yo, procede de la dificultad para analizarla y clasificarla.

Como la escribieron juntos el niño, el hierofante y el can aullador que había en su cabeza, decir que es para niños es un error, y decir que es para adultos es un error, y decir que es poesía o que es prosa es un error.

Es una tentativa, una exploración, el camino a alguna parte, no es el final de nada ni nada acabado, es una búsqueda. Utiliza la misma clase de recursos que la Biblia, que los libros sagrados; la prosa poética, el versículo, la alegoría, pero la elección de un burro como protagonista desacraliza esa intención. El burro es el más torpe de los animales, el que más a punto de desaparecer parece siempre.

Los contemporáneos de JR, y nosotros hoy, estamos acostumbrados a que las cosas tengan etiqueta, a que se llamen de alguna forma, y de no ser así, nos gusta que la erudición que va a ponerse a trabajar sobre un tema se advierta y sea de corte analítico, como hacía Unamuno, que siempre venía armado con las lentes hispánicas y los jueguecitos especulativos ya desde el prólogo.

Unamuno

Unamuno

Tanto Platero y yo como Niebla se publicaron por primera vez en 1914. Las dos fueron célebres y muy traducidas, pero Unamuno estaba muy dentro del círculo, era respetado por sus colegas, incluso hizo sus pinitos en política, porque se consideraba que sus novelas aportaban “ideas”.

En cambio, qué aportaba JR. Imágenes, sueños, pinceladas. Esto no es para todas las inteligencias, es el lado en sombra de la tierra y al mismo tiempo lo más terrenal de la tierra. Las orejas de burro se ponían como castigo a los tontos y los locos. Ni siquiera JR le daba importancia a su propio animal. Pero sí que apreciaba las cualidades de escritor que había en él, las que habitan en todos los asnos; la tozudez, esa dureza dentro de su propia blandura.

2

“¡Que pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles—los toros, las cabras, los potros, los hombres, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna. Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú la has visto en su puesto verde. Ya tiene a su lado un pajarillo, que se levanta —¿por qué—? al acercarnos; o está llena, cual una breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa. Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida… ¿Qué le diera yo al otoño, Platero a cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término de la nuestra?”. La flor en el camino. JR Jiménez. Imagen. Los burros. Yuqi Wang (1958)

Yo creo que puedo leerlo ahora mejor porque estoy en el mezzo de la mia vita y soy, por tanto, un poco niña y un poco vieja y creo que es lo mejor, con mucho, de su poesía. Puedo comprender también, mejor que cuando era adolescente (en la plenitud de mi energía y de mi enfado), por qué a veces la testarudez y la humildad es mejor arma para un creador que la inteligencia y la soberbia.

El alma de Platero hace de ángel guardián de su autor, lo obliga a mirar con ternura sus frases como esqueletos vestidos, a no tomarse demasiado en serio, a volver siempre a comer hierba a cuatro patas, y se produce el equilibrio perfecto entre hombre y bestia, ilusión y razón.

El hecho de haber tenido que esperar la llegada de algo tan antipático como un aniversario de los cien años (es antipático porque ninguno veremos el nuestro, si somos vulgares, y si somos excepcionales lo veremos desde algún lugar tonto como el nirvana o el infierno), para darme cuenta de que este libro es hermoso y de que su autor no era tan petardo, y para que escriba sobre él aprovechando la coyuntura cuando no lo hice en el doce, ni en el tres, ni en el nueve, y ni siquiera en el catorce, porque se me pasó, demuestra que soy un poco burra.

En ocasiones como estas siempre asiste el consuelo de que somos todos unos burros, eso le da a Platero otra importancia.


Les Garçons et Guillaume, à table!

Hay que ver esta película, y hay que verla en francés mes amis, porque si no, no hace tanta gracia. Así que os presento un pequeño avance con subtítulos en inglés, que es lo más accesible que he encontrado, y más abajo una selección de escenas sin subtítulos.

Desde que Guillaume puede recordar, en casa se le llamaba a comer diciendo: “¡Guillaume y los chicos, a la mesa!” Como si él no fuera un hermano más, o ni siquiera un chico. Se puede hacer una película entera partiendo de esta anécdota. Se puede ser director, guinoista, actor y actriz principal, ahorrando varios sueldos y, lo que es menos práctico pero más importante, dando a todo un sentido personal, audaz, sofisticado y al mismo tiempo simple, como lo puede ser un adolescente solo ante el mundo. Cuando hablo de adolescencia me refiero a la edad que tiene todo ser humano cuando está un poco perdido, porque los modelos que le habían guiado hasta ahora ya no le sirven, y porque los afectos que lo habían acompañado ya no hacen que deje de sentirse solo, pero siguen siendo sus modelos, y sigue queriéndolos.

Claro que no es fácil contar esta historia. Primero, porque utiliza recursos teatrales, segundo, porque es una comedia. El teatro es la más difícil de las presentaciones de un texto narrativo por su inmediatez; la comedia es el más difícil de los géneros porque la vida, aparentemente o bien mirada, hace poca gracia, así que resulta complicado hacer que un espectador active su inteligencia calculadora, crítica, molida de los palos de la vida, y además se ría. Tercero; la estructura del guión es complicada porque intenta, o quizás consigue sin intentarlo, reproducir el funcionamiento de la memoria.

Cuando recordamos nuestra vida pasada no lo hacemos de un modo lineal, claro. La memoria escoge unas pocas escenas regentes de cada época de nuestra vida que se convierten en los portavoces de tal edad, de tal momento. Nos recordamos y nos explicamos en el pasado con el significado, con las características de esas escenas, que sintetizan los recuerdos en forma narrativa, como pequeños cuentos o sketches. Permanecen en el recuerdo las experiencias  que pueden dar sentido o incorporarse a estas estructuras de ficción, ya sea porque se adaptan, se deforman o incluso cambian. Lo que no es coherente o no es relevantes para esta función, es reprimido y olvidado sin piedad. No hay sitio para guardarlo todo, excepto en el cerebro del célebre Funes, el memorioso, y no hay piedad en la memoria.

Guillaume Gallienne, actor (http://www.comedie-francaise.fr/comedien.php?id=512&idcom=1167) que dentro de su historia también es actor, se sube a un escenario dentro de una película, y cuenta estos cuentos de la memoria que ilustran su relación con su madre y consigo mismo, pero no olvida en ningún momento su deber como narrador. Tiene que enlazar, tiene que entretener, y tiene que haber al final una revelación, una sorpresa, un giro que lo cambie todo, desde el principio. Como decía, esta película demuestra que se puede partir de un detalle y que el creador puede estar pluriempleado, pero también que se puede conseguir un guión original, ingenioso, divertido, que se meta con cuestiones complejas, como la identidad, en especial la identidad sexual, la relación con los padres, el acoso, el enamoramiento, la admiración, la hipocresía, el miedo a los otros y a uno mismo, y además las mujeres, los internados, la mili, los caballos, Sissí Emperatriz, y hablar muy en serio sin dejar de reírse.

He leído comentarios sobre Guillaume y los chicos en que desaprueban que siendo una comedia sea en el fondo muy amarga. Esta crítica se refuta nombrando a  Billy Wilder. También he leído que es demasiado personal para resultar convincente. Esta se refuta nombrando a Woody Allen. Se trata de una historia contada sin pretensiones y yo no diría que Galienne muestra en ella el nivel de estos maestros, pero, sin ninguna duda, me gustará ver más.

 


33 historias escritas que cambiaron mi vida (1)

Y cuando digo “vida” digo “imaginación”; el ojo que ve la belleza y la hace suya, aquello a lo que el cerebro se aferra en la impotencia, en la postración, en el coma, en la muerte clínica aún; es decir, la raíz fundamental de la vida como experiencia.

En esta selección me limito a obras escritas, dejando aparte películas, series, animación, no ficción y ficción oral. Escojo éstas, de entre todas las muchas que he leído, porque son puertas; historias que abrieron el camino hacia otras muchas relacionadas con ellas por motivos de vivencia real, proximidad espacio-temporal, tema o naturaleza estética. Es decir, que cada una constituye la ramita de un racimo de historias. Las cito en el orden en que las leí, o escuché, para celebrar cada uno de los años que cumpliré dentro de 9 semanas.

1. Antón y velita

-¡Arriba, perezosos, nos vamos al bosque a cortar leña! -dijo y les dio a cada uno un trozo de pan-.Aquí tenéis, para desayunar. Y no os lo comáis todo que no hay más. 

Gretel metió los dos trozos en su abrigo, puesto que Hansel tenía los bolsillos llenos de piedrecitas. Al cabo de unos minutos, emprendieron la marcha. Después de caminar un trecho, Hansel se detuvo y miró hacia la casa, maniobra que repetía cada cierto tiempo.

-¡Hansel! -le dijo una de ellas su padre-. ¿Qué estás mirando? No te quedes atrás, podrías perderte.

-Estaba mirando a mi gato, que me saludaba con la pata desde el tejado -dijo Hansel.

-Pero qué burro eres -intervino la mujer de su padre-. No es tu gato, es el Sol, que se refleja en la chimenea.

Pero en realidad Hansel no había visto a su gato, ni siquiera se había fijado en la casa; se volvía de espaldas para dejar caer una piedrecita blanca.

Hansel y Gretel (Hnos. Grimm)

Antón y Velita son la versión española de Hansel y Gretel. Era verano, a la hora de la siesta. En casa de mis abuelos las cortinas estaban echadas, siempre lo estaban, pero ahora se filtraban los rayos del sol ardiente del mediodía y se veían los granos de polvo flotar en el aire y todo tenía ese color de luz tapada, como el interior de una tienda de campaña. La televisión se había apagado hasta la caída de la tarde porque tenerla encendida “daba calor”. Yo no tenía sueño y el sofá, que mi abuela llamaba “tresillo”, era incómodo, pero había que estar quieta, callada, la siesta era un aburrimiento sagrado.

Mi abuela me cantaba zarzuelas, me contaba anécdotas de su juventud en Marruecos, pero aquella era la hora de los dos hermanitos extremeños que pasaban tanta hambre… (en mi imaginación de tres años Antón-Hansel era el mismo niño que se aparecía en mi mente con aquella reconvención de mi abuelo cuando no quería comer: “Yo cuando era pequeño pasaba tanta hambre que comía hierbas del suelo.” Aquella generación aún no necesitaba apelar a los negritos de África), y las piedras blancas y la bruja caníbal.

Todos los niños tienen un cuento, o algunos cuentos, que piden una y otra vez. Entre ellos suele haber alguna relación. Mi hija Inés, a la que puse el nombre de la narradora de Antón y Velita, de entre los cuentos clásicos prefiere Caperucita roja y Los tres cerditos, que comparten procedencia francesa, una estructura similar y un mismo malo: el lobo. Yo prefería los cuentos de brujas centroeuropeas. Esos elementos que se repiten en las primeras ficciones preferidas por los niños, son los cabos de su imaginación, el latido inicial de su estilo como lectores o espectadores.

Yo extraje de aquel primer cuento la fascinación por el bosque como escenario, los entornos reducidos de pocos personajes, el tema del encierro o del secuestro, que apelaba a emociones de mi vida real, el protagonismo de la pareja que se salva a través del amor, la excusa del miedo o del crimen para atraer la atención del espectador sobre temas menos llamativos pero más fundamentales, y que coinciden con las pulsiones elementales necesarias para que ese ambiente de terror y crimen se establezca: el hambre (de los niños), la crueldad (de la madrastra, que en la versión original era la misma madre y que en un plano simbólico es también la bruja), la traición (de un padre débil que cede a la idea de su mujer de abandonar a los niños, en lugar de defenderlos), el apego (que hace a Velita permanecer en la casa a pesar de no estar encerrada como su hermano, por lealtad a él), la avaricia-gula-lujuria (de la bruja, que a pesar de estar rodeada de comida prefiere cazar niños).

No es difícil ver los primeros puntos de luz de todo un sistema de constelaciones imaginativas que abarca desde la literatura fantástica romántica hasta la literatura policiaca y el género negro, pasando por Poe, que unió triunfalmente estos dos extremos de tradición y renovación, y al que no sin razón, pero con miopía crítica, acusaban de estar hechizado por los románticos alemanes. Pero toda esta cadena de relaciones la descubrí más tarde, cuando volví a encontrarme con Antón y Velita, con los alemanes y con el horror; pero en otra habitación, en otra edad menos inmediata, más cargada de premoniciones.

Existe una relación entre el tipo de belleza que nos conmueve y esas primeras narraciones, aquel a quien seducen los autores clásicos y la mitología griega, no le leían los mismos cuentos para irse a dormir que al que siente atracción por el mundo medieval, o por el existencialismo. Esta distinción se me antoja necesaria, pero en el fondo es irrelevante, pues no se puede aspirar a construir ningún sistema clasificatorio de sensibilidades. Los eslabones que componen la cadena que lleva de una a otra preferencia, a través de las edades de cada lector, es individual e irrepetible. El número de ojos que construyen la belleza es infinito y por eso ella es insondable.

Los elementos estéticos de este cuento me llevaron sin querer a Andersen y después a Wilde (tardé años en descubrir que mis cuentos favoritos habían sido escritos por ellos -La cajita de yesca, El soldadito de plomo, El príncipe feliz, El ruiseñor y la rosa-, y lo que significaba su celebridad), y a través de ellos cultivé un gusto temprano por la narrativa bien escrita, por autores que expresaban en cada obra su universo estético y su visión de autor y, seguramente, también a desarrollar la sensibilidad necesaria para interesarme por la poesía. Sus elementos motrices, por otra parte, me acercaron a un tipo de cuento simbólico, en que había una intención de transmitir valores profundos, no pedagógica, pero sí moral, en la medida en que contaban la lucha entre el bien y el mal por encima de la peripecia, y que esta lucha tomaba forma en los conflictos de personajes inadaptados. Esta inclinación me llevaría, sin saberlo, a Stevenson y a Dickens.

En esta línea recuerdo con mucho cariño un libro llamado Peluso, de Irina Korschunow. Peluso es un ser del bosque que vive con una madre buena, pero sumisa, y una señora amargada y mandona llamada Tía Gruñidos. Ambas tratan de enseñar a Peluso que cada ser debe permanecer en el lugar al que pertenece y aceptar su destino, y que él pertenece al bosque, pero Peluso quiere volar, como las sílfides, hasta que un día conoce a una y llegan a un trato por el cual ella, de vez en cuando, le presta un ala. Con Peluso, por primera vez, lloré leyendo. Fue el primer canto a la rebeldía y a la libertad al que asistí.

La intuición de haber extraído, de un montón de signos impresos sobre una lámina de celulosa, una idea, una experiencia tan real, e incluso más intensa, que si hubiera asistido a aquellos acontecimientos en el mundo material, y la impresión, imposible de describir con mi inteligencia y mi vocabulario de entonces, de que aquella idea (la de la libertad como valor) y aquella experiencia (el apego hacia Peluso como un igual) se quedaban conmigo para siempre, que pasaba a formar parte del mundo físico a través de mí, que algo que no estaba en ninguna parte ni había ocurrido nunca hacía a mi corazón bombear sangre más deprisa y a mis lacrimales expulsar líquido, es esa revelación irrepetible que en algún momento tiene todo gran lector, a partir de la cual ya no es el mismo y vuelve una y otra vez a la lectura, a asombrarse ante el misterio, y eso lo convierte en un artista porque, como decía Wilde: “La repetición convierte cualquier apetito en arte.” Ya sé que he citado muchas veces esta frase. Me encanta. Como todo lo que se le ocurría a Wilde, es más cierto que si fuera verdad.


Escritores géminis. “Contengo multitudes”.

Géminis es la tercera constelación del zodiaco. Sus dos estrellas más brillantes, Cástor y Póllux, toman sus nombres de las figuras mitológicas de dos hermanos gemelos Cástor y Polideuco (Póllux, para los romanos), nacidos de un huevo de Leda, a quien Zeus había seducido adoptando la forma de un cisne. Los gemelos, obligados por un castigo divino a separarse, reniegan de su inmortalidad si no se les concede a ambos, y su padre Zeus (Júpiter) interviene, llegando a un acuerdo con Hades (Plutón) por el cual podrán permanecer juntos por toda la eternidad como desean, pero alternando seis meses de estancia en el Olimpo con seis meses en los infiernos.

Así, la imagen de los gemelos queda asociada para siempre a la dualidad humana (en realidad es una síntesis de su multiplicidad psicológica, o de la impresión de que dentro de cada individuo habitan muchos). Es uno de los símbolos más antiguos y recurrentes de nuestra cultura, y constituye la forma primitiva del tema literario del doble o, en su forma más contemporánea, el clon.

Géminis como signo astrológico se asocia al elemento aire (que se corresponde simbólicamente, a su vez, con las ideas, la imaginación, lo racional, la palabra, y todo lo relacionado con las funciones de la mente; también con el norte, el invierno, la noche, el palo de espadas de la baraja española y las picas del póker), comparte elemento con Libra y Acuario. Es un signo positivo (o masculino), así como el resto de signos de aire y también los de fuego (Aries, Leo y Sagitario) y pertenece al grupo de los llamados signos mutables (o comunicadores), en el que le siguen Virgo, Sagitario y Piscis.

Es el tercer signo de la rueda kármica zodiacal, representa el momento de la infancia en que se adquiere y se domina la palabra y el juego simbólico, después de Tauro (la primera infancia o infancia sensorial), regido por Venus, y antes de Cáncer (la pubertad), regido por Selene o Luna. Géminis está regido por el planeta Mercurio y adquiere las connotaciones simbólicas de la figura mitológica del mismo nombre: rapidez, mutabilidad, facilidad para la palabra y los idiomas, audacia, perspicacia o, en sentido negativo, personalidad errática, volátil o inestable.

"Tomó asiento junto al escritorio de Samuel Spade, se echó hacia adelante, ligeramente apoyado en su bastón de caña, y dijo: -No. Sólo quiero que averigüe qué le ocurrió. Espero que no lo encuentre -sus ojos verdes saltones miraron solemnemente a Spade. Spade se balanceó en el sillón. Su rostro -al que las uves de la barbilla huesuda, la boca, las fosas nasales y las cejas densamente pobladas otorgaban un aspecto satánico que no resultaba del todo desagradable- mostraba una expresión tan amablemente interesada como su tono de voz. -¿Por qué?El hombre de ojos verdes habló sereno y seguro: -Spade, con usted se puede hablar. Tiene la clase de reputación que debe tener un detective privado. Por eso he acudido a usted. El gesto de asentimiento no comprometió en nada a Spade. El hombre de ojos verdes prosiguió: -Y estaré de acuerdo con un precio razonable." Demasiados han vivido. Dashiell Hammett.

Considerando todas sus características simbólicas, lo que aporta el signo de Géminis a los autores-personaje nacidos bajo su influencia, es el destino del intercambio. Géminis juega: bien con su imagen (si se interesa por el mundo del espectáculo, como Marylin Monroe, Josephine Baker o Lawrence Olivier, que hicieron un personaje de sí mismos), bien con las ideas, con la palabra, si es un escritor.

Sade, Tieck, Bulwer-Lytton, Chesterton, Hardy, Doyle, Grin, Mann, Hammet, Torrente Ballester, Cheever, Calvino, Berlanga, y una extensa nómina de poetas detallada más abajo, creadores-personaje géminis, todos ellos, recogen una impresión de la vida mediada por esa mirada infantil, que puede aportar pureza, genio, pero también crueldad o inconsciencia, experimentar con esas vivencias usando la palabra y devolver algo renovado, algo que siempre estuvo ahí, pero transformado por su mirada especial.

Su forma sencilla, pero tremenda, de juzgar el significado de los acontecimientos, su asombro y fascinación por los escenarios íntimos, su descubrimiento de lo sublime o lo desastroso dentro de lo cotidiano, proviene todo ello de esa relación kármica entre su sensibilidad y la infancia, no la infancia como tema, que tanto atrae a los Acuario (Hoffmann, Dickens, Carroll, Chèjov…) sino la infancia como experiencia, como estado permanente que late siempre vivo, bajo las sucesivas capas de edad obligatoria.

"Antiguamente nunca había visto en esta ocupación de William ninguna clase de impedimento para tenerle por marido. De hecho, la necesidad de conseguir a toda costa un contrato que durara toda la vida —una virtud esencial que toda buena madre enseña— impidió que pensara en ello hasta que ya se había unido a William, la luna de miel había pasado y la etapa de reflexión había llegado. Entonces, como una persona que se ha topado con algún objeto en la oscuridad, se preguntó qué tenía ante sí; mentalmente le dio vueltas al asunto, lo sopesó; se preguntó si era raro o vulgar; si contenía oro, plata o plomo; si era un lastre o un pedestal; si lo era todo, o nada, para ella. Llegó a algunas conclusiones vagas, y desde entonces había mantenido su corazón vivo a fuerza de sentir compasión por la torpeza y la falta de refinamiento del que era su dueño, a fuerza de compadecerse a sí misma y de dejar que sus delicadas y etéreas emociones se proyectaran en actividades soñadoras: soñando despierta durante el día y anhelando durante la noche; algo que tal vez no habría molestado mucho a William de haber sabido de su existencia." Una mujer soñadora. Thomas Hardy.

La aportación del creador-personaje géminis suele ser original, porque se pregunta tan poco sobre si un tema es útil, correcto, o si va a interesar a otros, como un niño en edad escolar lo hace sobre cómo valoran los adultos sus juegos. Esto facilita mucho la labor creativa, le da un sentido completo en sí misma, y permite al creador-personaje géminis concentrarse en ella y aislarse del resto del mundo lo que, paradójicamente, puede acabar interesando a los demás con una pasión inesperada para el propio autor.

" Porque hay que ver la gracia que los nativos tienen para los motes: "Picha-de-oro" al padre de siete hijas preciosas; "El glorioso movimiento" a una cachonda grandota que es una gloria mirar cómo camina, que aquello parece una armonía sideral; "La Chinquilina", como su nombre indica, a una tía muy guarra, y "Chongo-güevo-caldereta", que no se sabe lo que quiere decir, pero que no carece de intríngulis verbal, a un mendigo muy famoso que no puede ser más que eso, "Chongo-güevo-caldereta". La saga/fuga de JB. Gonzalo Torrente Ballester

En virtud de la adaptabilidad de Mercurio y la distancia del elemento aire, el creador-personaje géminis puede resultar hiperracional, especialmente cuando se interesa por temas eruditos. Es preciso entrar en su juego, comprender el paradigma que adopta, para poder entender su estilo lleno de recovecos lógicos y de bromas privadas. En esto se parece al creador-personaje virgo (Borges, Cortázar), pero Virgo es un signo de tierra, por tanto material, que dedica su experimento a los elementos constituyentes de las historias: forma, género, punto de vista, mientras que Géminis, signo mental, induce al creador a jugar con las ideas que se transmiten en la narración, y no con su estructura.

Otras veces ese mismo juego del intelectual géminis facilita el acceso a temas, ideas, obras, que habían permanecido alejadas del conocimiento o del gusto general por resultar oscuras, prohibidas o abstrusas. En este caso Géminis es un divulgador, aunque en el camino desvirtúe un tanto la naturaleza original de aquello que transmite. Su carácter mutable (comunicador) no lo inclina, como el de los signos fijos (Tauro, Leo, Escorpio y Acuario) a conservar y organizar, sino a difundir.

"De todos los extravíos de la naturaleza, el que más ha hecho cavilar, el que más extraño ha parecido a esos pseudofilósofos que quieren analizarlo todo sin entender nunca nada -comentaba un día a una de sus mejores amigas la señorita de Villeblanche, de la que pronto tendremos ocasión de ocuparnos- es esa curiosa atracción que mujeres de una determinada idiosincrasia o de un determinado temperamento han sentido hacia personas de su mismo sexo. Y, aunque mucho antes de la inmortal Safo, y después de ella, no ha habido una sola región del universo, ni una sola ciudad, que no nos haya mostrado a mujeres de ese capricho, y, por tanto, ante pruebas tan contundentes, parecería más razonable, antes que acusar a esas mujeres de un crimen contra la naturaleza, acusar a ésta de extravagancia; con todo, nunca se ha dejado de censurarlas y, sin el imperioso ascendiente que siempre tuvo nuestro sexo, quién sabe si un Cujas, un Bartole o un Luis IX no habrían concebido la idea de condenar también al fuego a esas sensibles y desventuradas criaturas, como bien se cuidaron de promulgar leyes contra los hombres que, propensos al mismo tipo de singularidad y con razones tan igualmente convincentes, han creído bastarse entre ellos y han opinado que la unión de los sexos, tan útil para la propagación, podía muy bien no ser de tanta importancia para el placer. Dios no quiera que nosotras tomemos partido alguno en todo ello..., ¿verdad, querida? -continuaba la hermosa Agustina de Villeblanche, mientras daba a su amiga besos un tanto delatadores-. " Agustina de Villeblanche o La estratagema del amor. Marqués de Sade

El creador-personaje géminis coincide con Capricornio (Poe, Highsmith, Eco) y Escorpio (Stevenson, Dostoievski, Camus) en su interés por la psicología individual y todo lo que pueda influir en ella, pero Capricornio, como signo cardinal (líder), explora la psicología de sus personajes pensando en contribuir a una idea regente y primordial que esa narración está expresando en una forma concreta. Por ejemplo, Poe utiliza sus descripciones psicológicas para contribuir a una impresión de terror, perversidad, en sus cuentos de horror, o en el caso de sus cuentos policiacos, las habilidades de Dupin son, en realidad, una excusa para desentrañar un misterio, cuya resolución es la verdadera protagonista. Un ejemplo en este mismo sentido sería el Ripley de Highsmith.

Un creador-personaje géminis, en cambio, por ejemplo Bulwer Lytton, escoge el tema de sus obras casi al azar: el terror, la utopía, la novela histórica… para dar salida a una serie de reflexiones que se acaban convirtiendo en el centro de la narración, por encima de las exigencias del género o del estilo. Y cuán diferentes son los relatos policiacos del escritor géminis, en que la trama puede ser hilarante, confusa, a veces indescifrable, pero nunca el aspecto diáfano, incluso sobrenaturalmente nítido, del protagonista.

" El curita era la esencia misma de aquellas llanuras del este; tenía una cara redonda, sin interés y chata como un budín de Norfolk; unos ojos tan vacíos como el Mar del Norte, y llevaba varios paquetes de papel de estraza que era totalmente incapaz de tener juntos. Sin duda el Congreso Eucarístico había sacado de su estancamiento local a muchas criaturas semejantes, tan ciegas e ineptas como topos desenterrados. Valentín era un escéptico del más severo estilo francés y no sentía el menor afecto por los sacerdotes. Pero si podía sentir compasión, y este curita era capaz de provocar piedad a cualquier ser humano. Llevaba un paraguas muy grande y gastado, que constantemente se le caía. Parecía no saber, de los extremos de un boleto, cuál era el de ida y cuál el de vuelta. " El candor del Padre Brown. Chesterton

En este sentido podemos ver un ejemplo de cómo las diferentes sensibilidades colaboran (sin perder el punto de vista astrológico y sin olvidar que hablamos de ficciones), para abarcar la expresión completa del universo:

El creador-personaje capricornio Poe, creo a Dupin, pero sobre todo creo el género policiaco, en el que Dupin era una casualidad, un personaje que podría haber sido cualquier otro. Años después, el géminis Arthur Conan Doyle, empleando esa forma ya consolidada del género policiaco heredada del magisterio de Poe, introduce un personaje, una psicología particular: Sherlock Holmes, que es insustituible y sin cuya presencia no tendría sentido toda la obra en que aparece. Capricornio, signo de tierra, material, da la forma del cuento policiaco. Géminis, signo de aire, o mental, da el contenido: el individuo concreto que acaba representando el género.

Escorpio, por su parte, está tan interesado en indagar la verdad, la profunda verdad de las cosas, como cualquier otro signo fijo (organizador) y, regido por Plutón, dirige su exploración psicológica a lo más profundo, secreto, del alma humana. Pensemos en el Mr. Hyde de Stevenson (un doble, por cierto), en el Raskolnikov de Dostoievski, en el célebre taxista de Scorsesse o en el extranjero de Camus, creador-personaje del siglo XX que sospecha que en esa búsqueda de una verdad subsumida no va a encontrar nada, pero que, no obstante, se lanza a ella, y en el camino descubre el vacío.

"-¿Cómo te has portado, si puede saberse? El perro, agradecido sólo por esta aproximación, se acercó aún más a rastras, se apretó contra la pierna de su dueño y miró hacia arriba con sus ojos humildes. Durante un buen rato, Tobías contempló al humillado ser desde su altura y en silencio; mas luego, cuando sintió aquel calor conmovedor en su pierna, recogió a Esaú y lo levantó. -Está bien, voy a tener compasión de ti -dijo, pero cuando el buen animal comenzó a lamerle la cara, su estado de ánimo se transformó en emoción y melancolía. Oprimió al perro contra sí con doloroso cariño, sus ojos se llenaron de lágrimas, y sin articular bien las frases comenzó a repetir con voz ahogada: -Mira, eres mi único... mi único... Luego acostó a Esaú con todo cuidado en el sofá, se sentó junto a él, apoyó la barbilla en la mano y lo contempló con gran dulzura y recogimiento." Tobías Mindernickel. Thomas Mann

El precursor del extranjero es Bartleby, en el que Melville, creador-personaje leo (también signo fijo) descubre el poder de la inacción. Leo, como signo organizador, también busca una verdad profunda, pero Escorpio en el terreno de las emociones, inspirado por su elemento regente: el agua, y Leo en el terreno de los actos, inspirado por su elemento regente: el fuego.

El interés psicológico del creador-personaje géminis es diferente. No hay que olvidar que la clave kármica de Géminis es el intercambio. Lo que le interesa de sus personajes es cómo se relacionan con su medio, qué les hace sentir, pensar, desear, las cosas que les ocurren, cómo se integran o se aíslan de su entorno natural, su época, su grupo. En este sentido, el narrador geminiano es a menudo menos hábil que otros en la construcción de estructuras, pero en compensación elabora unos personajes muy poderosos, con una mirada muy nueva, muy vital, y de una gran amplitud psicológica, que llenan los objetos de su entorno con el significado que les da su memoria, su aprensión o su deseo.

"El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas. " El mundo de las manzanas. John Cheever

Entre los escritores géminis abundan los poetas. Posiblemente porque la poesía aúna dos de las claves simbólicas del signo de géminis: la palabra y el juego (o el experimento).  Pushkin, Whitman, César Vallejo,  García Lorca, Michaux, Pessoa, Saint-John Perse,  Ana Ajmátova,  Allen Gingsberg, Gamoneda, y muchos otros, nacieron bajo el signo de los gemelos. Es en poesía donde con más frecuencia revela el creador-personaje géminis su verdadera naturaleza.

Pessoa con sus heterónimos, o Walt Whitman con sus célebres versos (como el que titula esta entrada) en los que se identifica con los “otros”, y hasta con todos los objetos del universo, expresan esa multiplicidad de la conciencia que ocurre en todos nosotros, pero que Géminis percibe con especial claridad.  Otra correspondencia simbólica liga a Géminis con la poesía: el Loco (o el Jóker) y el Mago, los dos primeros arcanos mayores del Tarot.

" El pájaro, entre nuestros hermanos de sangre el de vivir más ardiente, conduce hasta los confines del día un singular destino. Emigrante y hechizado por el crecimiento del sol, viaja de noche, al ser los días demasiado cortos para su actividad. En época de luna gris, color muérdago de las Galias, puebla con su espectro la profecía de las noches. Y su grito entonces es el mismo grito de la aurora: grito de guerra santa a cuchillo. En el brazo de su ala, el balanceo inmenso de una doble estación y bajo la curva del vuelo, la curvatura misma de la tierra…La alternancia es su ley, su reino la ambigüedad. En el tiempo y espacio que incuba de un vuelo, su herejía consiste en vivir un verano único. Escándalo es también para el pintor y el poeta, que ensamblan estaciones en los puntos más altos de su intersección. (...) El hombre ha alcanzado la inocencia del animal. Y el pájaro, impreso en el ojo del cazador, se vuelve el cazador mismo en el ojo de la bestia, como ocurre con el arte de los esquimales. Bestia y cazador atraviesan juntos el vado de una cuarta dimensión. Marchan al fin, al mismo paso, desde la complicación de ser, hasta la felicidad de amar, dos seres ciertos, emparejados. Nos hallamos lejos de lo decorativo. Es la sabiduría perseguida como una búsqueda del alma y la naturaleza recuperada al fin por el espíritu, después de que ella todo lo cediera. Una meditación conmovedora y larga ha encontrado otra vez la inmensidad del espacio y hora en la que se extiende el pájaro desnudo, de forma elíptica, como las células rojas de su sangre. (...) Con todas las cosas errantes por el mundo, cosas al borde de la hora, van donde van todos los pájaros del mundo, a su destino de seres creados…A dónde va el movimiento mismo de las cosas, en su oleaje, adónde va el curso mismo del cielo, sobre su rueda, a esa inmensidad de vivir y crear por la que se conmovió la gran noche de mayo, van, doblando más cabos de los que crecen en nuestros sueños, y pasan, dejándonos en el océano de las cosas libres y no libres…Ignorantes de su sombra, sin saber de la muerte sino lo que de inmortal se consume en el ruido remoto de las grandes aguas, pasan, abandonándonos, y ya no somos los mismos. Ellos son el espacio atravesado por un único pensamiento. " Pájaros (fragmento). Saint-John Perse

Un viejo misterio de la psicología consiste en que la proporción de esquizofrénicos nacidos en los meses de mayo y junio sea muy superior a la de los nacidos en cualquier otra época del año. Esta proporción aumenta todavía cuando se añaden los sujetos diagnosticados de esquizotipia, es decir, que tienen el perfil de personalidad del esquizofrénico, pero no llegan a desarrollar los síntomas graves del trastorno.

Se han propuesto muchas teorías para explicar esta sorprendente coincidencia en términos científicos, pero ninguna satisfactoria. La astrología tiene su propia explicación: entre mayo y junio, la mayoría de los nacidos lo hacen bajo el signo de géminis, que representa la escisión de la personalidad. Tradicionalmente se considera que géminis es dual, pero en realidad es múltiple. Esto lo saben los locos y los poetas. Por eso Rimbaud, que no era géminis, pero sí las otras dos cosas, dijo una vez aquello de : “Je suis un autre”


				

Andersen y el regreso del soldado

La primavera ha comenzado. Hace doce días que el sol entró en Aries, signo regido por Marte y representante del nacimiento, del impulso creativo. Bajo un cielo iluminado por esta constelación nació Hans Christian Andersen, el 2 de abril de 1805, en Copenhague. Fue hijo de un zapatero instruido, pero pobre y enfermo, y de una lavandera alcohólica a la que dedicaría el cuento titulado La pequeña cerillera y el amargo No sirve para nada.

Andersen es autor de algunos de los cuentos para niños más famosos del siglo XIX: El patito feo, La sirenita, La Reina de las nieves, El impávido soldadito de plomo, Pulgarcita… y de algunas piezas fascinantes y raras, no necesariamente infantiles, como La sombra. Yo le tengo especial afecto a La caja de yesca, del que hablaré después.

Aunque Andersen no se consideraba un compilador, como el ruso Afanásiev o los hermanos Grimm, sino autor de sus cuentos, lo cierto es que muchos son versiones de historias populares. A veces podemos encontrar piezas casi idénticas en autores anteriores; por ejemplo, El traje nuevo del emperador es exacto a El paño maravilloso, que cuenta entre las narraciones de El Conde Lucanor, de Don Juan Manuel.

Es probable que la de Don Juan Manuel no fuera la única ni la primera versión de esta historia, pero aún el caso de que El traje nuevo del emperador fuera una copia no sería nada raro; el plagio más o menos disimulado radica en la tradición misma de la literatura. Es casi imposible rastrear la primera versión escrita de un cuento que ha llegado a nuestros días innumerablemente revisado. La Bella y la Bestia, por ejemplo, tiene un claro precursor en una de las piezas de Le Piacevoli notti de Straparola, un discípulo de Petrarca, pero él, a su vez, se había inspirado muy estrechamente en la obra de Girolamo Morlini, etcétera.

Como otros cuentistas del romanticismo tardío, entre ellos los maravillosos y nunca suficientemente valorados Oscar Wilde y Gustavo Adolfo Bécquer, las narraciones de Andersen tienen como objeto oponer la belleza a lo más duro y sórdido: la falta de amor, la miseria, la traición, la maldad, el vacío. Por medio de esa operación casi mágica que Aristóteles llamó catarsis, el empleo de la belleza en el arte no oculta el mal, sino que lo desnuda y permite que el lector ensaye una batalla contra fuerzas que en la realidad no puede vencer.

Los cuentos de Andersen son amargos, tanto, que como Wilde tiene que recurrir a menudo al más allá en busca de una conclusión amable para sus protagonistas, injustamente castigados en la tierra. El príncipe feliz de Wilde y la sirenita de Andersen lo dan todo por amor y al final son despreciados. Como seres sin alma que son, necesitan que se les aplique un privilegio especial, una suspensión de la ley sobrenatural por la cual sólo los seres humanos pueden entrar en alguna clase de paraíso.

Existe otro grupo de cuentos de Andersen que se acerca más al estilo de su admirado Hoffmann. En ellos, los valores cristianos subyacentes tienen menos importancia que la búsqueda de una revelación espiritual de carácter esotérico. En el caso de Andersen, la naturaleza iniciática de la historia suele manifestarse en un tono más apagado y filosófico, sin recurrir a las visiones, los sueños o los ataques de locura de Hoffmann, y sostenida en los diálogos más que en la descripción de acontecimientos.

En la prosa infantil de Andersen abundan los cuentos en que los objetos de la casa, especialmente los juguetes, cobran vida cuando nadie los está mirando, y protagonizan una lucha entre el bien y el mal en la que los únicos seres humanos que podrán intervenir, consciente o inconscientemente, serán los niños, en razón de su especial relación con lo mágico. Así es en El impávido soldadito de plomo y en La pastora y el deshollinador. Hoffmann estrena este motivo en El cascanueces. Hoy día se ha empleado en algunas de las mejores películas de animación de todos los tiempos, como Toy Story.

Hay que tener en cuenta que Andersen, al contrario que Wilde o Hoffmann, nunca dejó de escribir pensando, en último término, en los niños, y posiblemente el tono melancólico de todos sus cuentos emane de la nostalgia de una infancia feliz nunca acontecida. Los niños de sus cuentos aman y se sacrifican, con un fatum sobre sus hombros digno de los héroes de la antigüedad, y con muchas menos expectativas que ellos.

Andersen también comparte con E.T. A Hoffmann esa superstición que casi ningún romántico dejó de invocar, por la cual el hombre de genio tiene la obligación de ser un visionario, de predecir y revelar una realidad superior. La poesía y sobre todo la música son manifestaciones regentes de esta hiperrealidad.

Esta es una de las ideas clave del romanticismo, a su vez retomada del barroco y desde Platón,  por la cual la vida es apariencia, teatro, sueño, mientras que el sueño puede ser premonitorio y efectivo. Este principio, que en la vida privada resulta frustrante y monstruoso cuando se infiltra en los objetivos políticos, encuentra en el arte su lugar legítimo, y produce, en las manos adecuadas, la belleza más perfecta que podemos concebir o alcanzar.

* * *

La caja de yesca trata de un soldado que vuelve de la guerra, con mucho ánimo pero sin ninguna fortuna. En el camino se encuentra una bruja que se ha dejado su caja de yesca en el interior de un tronco hueco de árbol. El soldado se ofrece a recogerla a cambio de dinero y al descender, con una cuerda atada a su cintura, descubre que bajo tierra, donde el árbol muerto tiene sus raíces, hay tres habitaciones. Dentro están las propiedades de la bruja: tres perros, cada uno de ellos más grande que el anterior, que guardan tres cofres de cobre, plata y oro.

El soldado se llena los bolsillos y recobra la cajita, pero se niega a devolvérsela a la bruja hasta que no le aclare por qué vale más para ella que el oro. La bruja revienta de ira y el soldado se marcha a la ciudad con una pobre caja que cree inútil. Allí es recibido de acuerdo a su botín y oye hablar de la bella princesa, encerrada cruelmente en palacio, porque una adivina predijo que algún día se casaría con un soldado raso. Dice Hans Christian:

“Se dio una vida de disipación. Empezó a jugar, paseaba en coche por el parque real y fue pródigo con los pobres, en lo que demostró tener buen corazón, pues sabía por experiencia cuán amargo es tener que vivir sin un céntimo en el bolsillo. (…) Pero como gastaba sin medida y no ganaba nada, llegó un día en que se le acabó el dinero. Viose obligado a dejar sus elegantes habitaciones por una buhardilla de casa humilde, a limpiarse las botas y a remendárselas él mismo, y ningún amigo iba a verle, porque tenían que subir demasiados escalones.

Un anoche no tuvo ni para comprar una vela, y estaba a oscuras en su habitación cuando recordó que había un cabo de candela en la caja de yesca.”

Como Aladino trató de limpiar una lámpara en que descubrió un sorprendente poder, así el soldado intenta encender la mecha de la caja y descubre que sus chispas convocan a los perros del tocón hueco, mágicos servidores. Les pide sus cofres y, una vez solucionado el asunto económico, se acuerda de la princesa y ordena al más grande de los canes que la transporte secretamente hasta su buhardilla. Así es como el soldado conoce a la princesa, a la que besa en la mejilla y observa dormir hasta el amanecer, noche tras noche.

Claro que cuando la princesa, suspirando de amor, le cuenta a su real madre un sueño en que viaja en el lomo de un perro hasta la buhardilla de un soldado, donde la miran y besuquean hasta el amanecer, su Majestad se horroriza y, disimuladamente, cose al camisón de la princesa una bolsita de harina con un agujero en el fondo. Cuando a la noche siguiente el perro va a buscarla, la joven va dejando un rastro que conduce a la guardia del Rey directamente hasta el soldado. Éste, como plebeyo que ha visto a solas a una virgen de cuna regia, debe morir.

No cuento cómo se las apaña el soldado para librarse de la horca y casarse, pero es fácil suponer que los perros tienen algo que ver y que, por una vez, todo termina bien antes de la muerte, porque los soldados perdidos enternecían mucho a Andersen. Su soldadito de plomo tuvo también un objeto de amor imposible: una bailarina de papel custodiada por un malvado muñeco de resorte, celoso padre o marido, brujo negro inorgánico. El admirador de Hoffmann advertirá fácilmente el homenaje de Andersen a El hombre de la arena.

La historia es prácticamente la misma que la de La caja de yesca, pero en este caso es imposible consumar el amor de los dos juguetes. En el final de El príncipe feliz, los ángeles encuentran en la basura de la ciudad el corazón de plomo del príncipe y el cuerpo de la golondrina; asimismo la criada de la casa en que habitó el soldado encuentra su corazón de plomo y una lentejuela del vestido de la bailarina entre las cenizas. No hay cielo para ellos, sólo las llamas del hogar en que se deshacen y retuercen y que son, al mismo tiempo, el fuego del amor y el del infierno. Así es como una pasión imposible se relata para niños. Como decía Wilde: el artista puede expresarlo todo.

* * *

La historia del soldado que vuelve de la guerra es un motivo común desde la antigüedad. A las pruebas que plantea el viaje se añade la incertidumbre de lo que encontrará en casa. Si dejó familia, ésta puede haber aprendido a vivir sin él o, lo que es peor, haber sufrido también los traumas de la guerra, de modo que un extraño se encuentra con extraños. Si no dejó nada, se enfrenta con la miseria. El soldado y la muerte de Afanásiev, Piel de oso de los Grimm, y muchas otras historias recopiladas en el XIX comienzan con un soldado que vuelve de la guerra silbando y con agujeros en las botas.

A la Odisea clásica, los cuentistas románticos añadieron la figura del soldado simpático, con algo de Lord Byron y algo de cristiano viejo, con el porte medieval y las ideas nacionalistas de la época, con la perspicacia de un hombre de negocios del nuevo mundo industrial, el ingenio de un pícaro barroco, la despreocupación de un aristócrata y los sueños de un niño pobre.

Grandes obras de ficción contemporánea han revisado el mito, desde El regreso del soldado de Rebecca West hasta Los mejores años de nuestra vida, joya del cine. El individualismo de la literatura postromántica ha permitido que, tanto la vivencia de la guerra como su resolución, siempre decepcionante, se expresen en forma de testimonio, y abundan las versiones desde el punto de vista de Penélope.

Últimamente, se ha reeditado el escalofriante diario anónimo titulado Una mujer en Berlín. La narradora es uno de los habitantes del Berlín nazi destruido, que entre el polvo y la lluvia de bombas de ambos ejércitos, sufre la ocupación soviética. Los soldados rusos se comen las provisiones de los supervivientes, desentierran su alcohol escondido y violan a las mujeres.

Esta Penélope tiene muchos pretendientes y ningún tapiz que tejer, pero no narra los sucesos de forma patética, sólo intenta sobrevivir física y psicológicamente. Proyecta encelar a uno de los oficiales para que la proteja de los soldados de menor rango, pero éste toma lo suyo y deja que sus camaradas vayan después a por más. La protagonista acaba asumiendo que sólo es un objeto. Cuando su marido regresa a casa con su botín de soldado, consistente en un carrito y un saco de patatas, parece sorprenderse de encontrarla viva.

Ella está acostumbrada a las violaciones y las menciona con toda naturalidad. Declara estar “perdida para los hombres”. Su marido espantado acaba marchándose. Cada uno de ellos ve en el otro su culpa o su humillación. Al fin y al cabo, es posible que él cometiera los mismos abusos que ella ha sufrido. No son desconocidos, ni enemigos, son algo peor que eso; (en palabras de la mujer) son dos espectros mirándose a cada lado de la puerta.

Se ignora el motivo por el que Homero escribió la Odisea, hasta su identidad es incierta, pero si comparte algo con Andersen y con todos los creadores es que pueden reconquistar esa patria, más allá del fracaso y la sangre, donde el amor o la fortuna esperan al final del viaje, donde las mañas de una mujer son capaces de detener la violencia, donde un perro de ojos grandes como ruedas de carreta es fiel hasta el sortilegio.


Miyazaki & co.

El 28 de enero de 1985 se estrenó en Japón el capítulo 10 de la temporada 1 de Meitantei Holmes (Las aventuras de Sherlock Holmes animadas por el equipo de Hayao Miyazaki). Éste capítulo, dirigido por él y titulado Los acantilados de Dover, fue lo primero que disfruté de este estupendo narrador, y aún lo conservo en el antediluviano formato VHS, mezclado con algún otro de David el Gnomo, Los tres mosqueteros, La vuelta al mundo de Willy Fog y demás. A propósito, Holmes y Miyazaki casi comparten cumpleaños; Según compruebo en la introducción de Todo Sherlock Holmes, editado en Cátedra con prólogo y notas de Jesús Urceloy, Sherlock nació el 6 de enero de 18…

Por su parte, Hayao Miyazaki (宮崎駿) nació el 5 de enero de 1941 en Tokyo. Alguno de sus largometrajes son bellezas a las que hay que asistir e historias que a ningún gran lector pueden pasarle desapercibidas. Para mí lo son especialmente El viaje de Chihiro (千と千尋の神隠し Sen to Chihiro no kamikakushi), 2001, y Mi vecino Totoro (となりのトトロ Tonari no Totoro), 1988. La primera es una historia fantástica de aventuras, la segunda, un drama intimista con apariencia de cuento de hadas.

Chihiro es una niña de unos siete años que queda atrapada en un mundo nocturno: un balneario de dioses regentado por la bruja Yubaba (el nombre recuerda mucho a Baba Yaga, la legendaria bruja de los cuentos populares recopilados por Afanasiev, y hace recordar el parentesco entre las ilustraciones rusas que le dieron forma, como las de Bilibin, y la pintura japonesa). Los habitantes de la Casa de los Baños son babosas, ranas, simpáticos dioses con apariencia de juguete, y espectros que parecen sacados del Kabuki. La forma en que se consigue que Chihiro evoque nuestros terrores de infancia y nuestra forma de hacerles frente es magistral, y el escenario, los efectos visuales y un guión lleno de digresiones que parece confeccionado sobre la marcha (nada más lejos de la realidad), hace que la historia trasncurra como un sueño, con esa poderosa impresión de verdad en lo imposible.

A Chihiro se la ha considerado fácilmente una Alicia en un Wonderland japonés, pero reducir esta historia a otra vuelta de tuerca de la obra de Carroll no le hace justicia, y además no sirve para entenderla. Sí que comparten unos cuantos elementos muy rudimentarios: la estructura de viaje iniciático, un mundo maravilloso del que continuamente se sospecha que es irreal, la protagonista infantil, la antagonista autoritaria.

Pero es mucho más lo que las separa. Para empezar, el mundo en que Alicia se introduce y después cae (primero un túnel, luego un pozo), no deja nunca de ser hostil. Todo nuevo personaje que la niña interpreta como una oportunidad de salvación termina siendo inaccesible, abundan los juegos de lógica y lo onírico encierra el País de las Maravillas en un sistema de significados y relaciones propias que aparta a la protagonista, y al lector con ella, a menos que ambos decidan entrar en su juego. El conjunto de la historia parece un acertijo, un laberinto, y la protagonista no puede más que errar por sus pasadizos, hasta que la vigilia la salva de ser absorbida por el horror.

Pero Chihiro puede, es más, debe comprender el mundo en que ha quedado encerrada para sobrevivir. Asistimos a la inolvidable presentación de los personajes que constituye la primera media hora de película con fascinación, miedo y absoluta fe, y poco a poco descubrimos que todos son, en secreto, amigos, y que hasta la cruel enemiga que ha apresado a los padres de Chihiro y que pretende robarle su nombre y con él la memoria, se desdobla en otro ser amable.

La trama de Mi vecino Totoro es muy sencilla: dos niñas se mudan a una casa en el campo con su padre. Su madre lleva muchos meses en el hospital y está lejos, por lo que la visitan con menos frecuencia de lo que les gustaría. Se comunican sobre todo por carta. Viven en la constante angustia de que nunca vuelva. Un día, mientras la hermana mayor está en el colegio, la pequeña descubre la entrada a la guarida del rey del bosque, personaje mudo que volverá a aparecer como figura protectora y buen augurio, que precede a las noticias sobre la madre, y que salva a las niñas de la desesperación cada vez que su ánimo decae.

En mi vecino Totoro, el mundo mágico al que las niñas acceden es paralelo a un nuevo mundo real que también les inquieta: la casa vacía llena de polvo, los desconocidos cuya amistad tendrán que ganarse. La mayor se integra enseguida en lo real mientras que la pequeña es la que con más habilidad accede a lo maravilloso. Los dos mundos se integran hasta la resolución, en la que ambos resultan indispensables. Ver esta película es como hacerse amigo de un niño. Parece fácil. El viaje de Chihiro tiene el impacto de la alucinación pero tal vez Mi vecino Totoro suponga una experiencia más profunda.

Estas dos son, para mí, los trabajos más redondos, mejor acabados de Miyazaki, pero hay otros también inolvidables como Porco Rosso, El castillo en el cielo o El castillo ambulante. La princesa Mononoke es muy espectacular y fue muy elogiada, pero a mí siempre me ha parecido excesivamente larga y rebuscada; es la única de toda su producción en que el ecologismo y otros valores subyacentes no terminan de empastar en la trama, los personajes no están bien definidos y cuesta identificarse con la protagonista.

Miyazaki, junto con Isao Takahata, trabajó en la creación de las series Heidi, Marco y La abeja Maya para el estudio Zuiyô Enterprise, que en los setenta se convertiría en Nippon Animation. En los ochenta alcanzó el sueño de abrir, junto con Takahata, su propio estudio: Studio Ghibli, bajo el emblema del gracioso personaje mágico, medio gnomo, medio roedor, que es el “rey del bosque” en Mi vecino Totoro. Con la serie sobre el célebre ladrón Lupin, abandonó el mundo infantil e incorporó una visión más amplia y compleja que cristalizó en Nausicäa del valle del viento (風の谷のナウシカ Kaze no tani no Naushika), 1984, basada en un manga propio.

Así, en toda la obra de Miyazaki reina esa afortunada aleación entre elementos orientales y occidentales, entre el uso justo de las nuevas tecnologías de la animación y la estructura narrativa tradicional. Sus historias hablan casi siempre de la redención a través del trabajo, el arraigo y el amor, y del difícil equilibrio entre independencia y sacrificio. En sus dos penúltimas películas, El viaje de Chihiro y El castillo ambulante, la pareja protagonista está formada por una niña feúcha, pero inteligente y trabajadora, y por un chico al que su soberbia ha llevado a buscar el poder de la magia y que ha acabado esclavizado por ella. La pureza de los protagonistas los lleva a aferrarse a amigos secretos que podrían haber juzgado peligrosos, si hubiesen tenido más sentido común que lealtad pero, como los amables vagabundos de Mark Twain son, antes que razonables, nobles de corazón.

Pervive en la obra de Miyazaki la literatura infantil de tradición victoriana con adolescentes o animales como protagonistas (Oliver Twist, Belleza negra, Siete chicos australianos…) y algo que recuerda al cine de John Ford, aunque no sabría definir exactamente el qué. Esta hermandad proceda, tal vez, de los modelos cinematográficos de la generación de Miyazaki. La vida en las minas de El castillo en el cielo recuerda Qué verde era mi valle, y Porco Rosso sería un perfecto John Wayne fordiano si no fuera porque es un cerdo… o quizá no lo es; en cuanto a las posibilidades del disfraz, la animación supera al cine.


Reencuentros

En el último mes y medio he pasado muchos ratos despierta por las noches, por motivos maternales. Un recién nacido es definitivo y agotador, es una fuerza de la naturaleza y al principio parece que puede acabar contigo a golpe de amor y sueño. Con toda seguridad los niños crecen y poco a poco se apartan de esa naturaleza en bruto para convertirse en otra cosa, en un ser humano adulto. Algunos deploran esta transformación. Yo la venero y la agradezco.

El caso es que, con mi hija en brazos o encima de la tripa para ayudarla a sobrellevar los cólicos de lactante de las cuatro de la madrugada, he revisitado muchos de los audiolibros que me son imprescindibles para dormir (necesito escuchar voz narrando para quedarme dormida, igual que otros necesitan escuchar la televisión o el tráfico, o el rumor del aire acondicionado. Neurosis civilizadas). Entre estos audiolibros he recuperado una de las primeras narraciones que me fue dado conocer de Rudyard Kipling: El cuento más hermoso del mundo.

El cuento más hermoso del mundo narra la amistad entre un escritor maduro y un aspirante a poeta de veinte años, sin la experiencia, las lecturas ni el talento necesarios para ser lo que cree ser. Sin embargo, el protagonista detecta en él una especial intuición para imaginar aventuras en el mar (esclavos griegos, guerreros vikingos…) con todo lujo de detalles históricos, esto le lleva a fascinarse por la imaginación de su amigo más y más, hasta la felicidad de un descubrimiento y la amargura de una decepción.

Poeta inglés (1880), de Louise Breslau

La historia forma parte de Many Inventions (1893). En ella R.K mezcla, quizá sin saberlo, los dos ingredientes más agrios de la pócima que la vida formuló para él: la paternidad y la incomprensión.

Sé que el primer contacto de la mayoría de los lectores con este autor es El libro de la selva, maravilloso en literatura y también bastante encantador en su versión Disney. El hecho de escoger una pantera negra con sentido de la responsabilidad e ideas de pertenencia como alter ego del autor, anuncia muy buen gusto y bastante sentido de la ironía.

El libro de la selva (edición de 1895). Ilustración de W. H. Drake

Es en este sentido que existe un vínculo intenso y misterioso entre la vida de Kipling y la paternidad. Una de sus caras literarias era la de educador; aquella parte de sí sentía el deber de predicar la belleza y la asunción del propio destino. Como hombre sensible, su vida y obra quedaron marcadas por una infancia escindida entre dos continentes y dos progenitores. Su razón se quedó con la madre y con Inglaterra, pero sus emociones estaban ligadas a la India y a su padre. Ya entrado en la madurez se casó y tuvo un hijo y una hija. Su primogénito, John, murió en la Primera Guerra Mundial.

Rudyard con su padre: John Lockwood Kipling

En mi niñez profesé hacia Rudyard una rara inquina, y me negué a cualquier versión de El libro de la selva, Kim, etcétera… El padre de uno de mis mejores amigos era un hombre abusivo, airado, feroz (así es en mi memoria infantil y en la de mi amigo). Aquel personaje malvado tenía enmarcados en la pared de su despacho un retrato de Kipling y ese famoso poema suyo, If…, que termina diciendo: “Serás hombre, hijo mío.” Creo que desde entonces relacioné la imagen del pobre R.K con la hipocresía y la mala paternidad. Nada más injusto. Nada, tampoco, más coherente con su destino.

Retrato de R. K junto a su poema “If”, por Stephen Guyatt

Limada esta animadversión por el paso del tiempo, llegué a toparme con El hombre que pudo reinar de Houston, y me fui de cabeza al autor de El hombre que quiso ser rey y La extraña cabalgada de Morowbie Jukes. Mi historia con Kipling se pareció a la de Mishima: me costó entrar, pero una vez dentro de su mundo resulté absorbida como una partícula lectora sin voluntad, plena de fe. Creo que inducir tal estado es privilegio triunfal de los grandes narradores.

Christopher Plummer, John Houston y Michael Caine en el rodaje de “El hombre que pudo reinar”.

Rudyard Kipling nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay. Su vida y su reputación fueron victorianas, modélicas para muchos jóvenes de su época. Conoció la gloria y la desdicha. Borges dijo de él: “La esencial grandeza de Kipling ha sido oscurecida por algunas circunstancias adversas. Kipling reveló el Imperio Británico a una Inglaterra indiferente y quizá un poco hostil. Wells y Shaw, socialistas, miraron con alguna extrañeza a ese imprevisto joven que les mandaba un vago Indostán y que predicaba que el Imperio es el deber y el fardo del hombre blanco. Fatalmente incurrieron en el error de juzgar a ese hombre genial por sus opiniones políticas. Ese mal ejemplo tiene hoy muchos seguidores: es normal oír hablar de literatura comprometida.”

Y ya que ha sido mi hija Inés el feliz motivo de que me reencontrara con este cuento, le dedico las últimas líneas del 2009, que ha sido su año. Vino al mundo el 15 de noviembre, fecha en que nació también Jan Terlouw, uno de los escritores de mi infancia, y en que J. G Ballard habría cumplido años, de no habernos dejado en abril.

Portada de “Miracles of life” con foto del autor de niño

A los once años leí El imperio del sol, y durante algún tiempo mi único amor verdadero e imposible fue el niño protagonista. Después descubrí que era Ballard, o una proyección de la infancia de Ballard, pero para mí fue siempre Shangai Jim: un niño pijo inglés que sobrevive a la guerra en un campo de trabajo, que admira a los militares japoneses a los que debería odiar, pedante, enloquecido, con una intemporal pasión por la vida y la libertad. Ahora que ese niño o su creador nos dejaron, es hermoso que me vuelva a enamorar de una niña que nació el mismo día que él y que sea, además, mi hija. La vida, durante páginas y páginas, se desenvuelve al ras del rancio polvo, pero a veces nos compensa con luminosos reencuentros.

Una semana de vida

Feliz Navidad y próspero año nuevo a todos.


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