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Somos todos unos burros

El éxito y el reconocimiento son cosas difíciles de definir y de obtener, como el amor, como la lealtad.

Visitando y redescubriendo Platero y yo, siendo feliz en su prosa poética, en sus paisajes plásticos y a veces espesos de palabras refinadas, en su demora, que ya nadie o casi nadie practica, porque tenemos muchas cosas que hacer, reflexiono sobre por qué le tuvieron tanta tirria sus compañeros de generación a Juan ramón Jiménez. Por qué yo misma se la tuve, como lectora niña y joven poeta.

Cabeza de burro (1881). Rosa Bonheur

Cabeza de burro (1881). Rosa Bonheur

Lorca le llamaba “el podrido”, casi todos sus compañeros de oficio ignoraron y denostaron su premio Nobel, su supuesta vida bucólica y su matrimonio fueron mirados siempre con la sonrisa torcida, y no porque fuera un perdedor. Vivió, escribió lo que pudo y quiso, tuvo unos reconocimientos, otros le faltaron, quizá incluido el suyo propio, o tal vez era una pose, o es que en su caso la pose lo era todo, porque era un ser estético.

Aunque el rechazo que sufrió se hubiera podido explicar por alguna clase de inquina contra el “diferente” el “paria”, esto no habría explicado por qué sus contemporáneos odiaron así mismo a Blasco-Ibáñez, paradigma del éxito, escritor fino, pero de masas, creador de best-sellers cuando en España ni había de eso.

Recepción a Blasco-Ibáñez en el puerto de Buenos Aires, 1909

Recepción a Blasco-Ibáñez en el puerto de Buenos Aires, 1909

¿Entonces?

Creo que hay dos respuestas diferentes. Hay una incomprensión debida a la mezquindad, otra debida a la ignorancia.

Lo primero, la mezquindad, tiene que ver con la necesidad humana de hacer equipos.

Los que odiaban a JR eran urbanos, se movían con la vida, giraban con la rueda de la fortuna, eran escritores éticos, preocupados por su tiempo y su espacio. Se condecoraban con categorías y tópicos de la época, eran intelectuales o hedonistas, listos o brutos, eran homosexuales o eran heterosexuales, y si eran heterosexuales eran amantes del tipo de mujer golfa o del tipo de mujer casta, eran socialistas o anarquistas, liberales o conservadores, existenciales o patrióticos, realistas o surrealistas, con pose de criminal o con pose de cura.

JR era un observador, un perezoso vocacional, pero estricto y maniático como líder y administrador de los límites de ese mundo inmóvil. Creador de un paraíso frágil en que las palabras lo eran todo, y usar la palabra equivocada podía ser el conjuro final de alguno de esos queridos fantasmas. La nada puede ser, debe ser perfecta.

" De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera.  Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento.  En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo.  Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida.  Emerson había escrito fancy en la puerta de su cuarto de trabajo.                                                                            Juan Ramón Jiménez.    “Estética y ética estética”

” De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera. Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento. En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo. Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida. Emerson había escrito fancy en la puerta de su cuarto de trabajo.
Juan Ramón Jiménez. “Estética y ética estética”

Llevaba dentro la tertulia sin fin de un perro apaleado que aúlla a la luna, un niño y un ermitaño viejo. Lo que había dentro de sí que había salido de la cabeza del niño, el viejo lo censuraba y trataba de corregirlo, lo que salía de la cabeza del viejo, al niño lo asustaba, y los ladridos del perro loco siempre sonando al fondo, en la eternidad nocturna de miedo a la muerte y añoranza de la vida.

Así que, no. No era fácil de clasificar, ni desde fuera ni desde sí mismo. Eso a quienes están muy dentro del mundo siempre les molesta, porque quien ama el mundo ama la competición, ama la idea de que existan los equipos, aunque el rival no compita, aunque de hecho, ni siquiera esté.

JR nunca estaba. Él trotaba por ahí, con Platero. Pero los otros competían con él, lo insultaban o intentaban provocarlo, con más o menos audacia y corrección, aunque él no contestase. Es imposible saber cómo le afectaba íntimamente esto, o si le daba igual. Posiblemente ocurra esto último, ya que le gustaba, usando sus propias palabras “llevar la contraria”, y así aconsejaba a los que quería que llevaran la contraria y que fueran críticos, y a veces se le olvidaba que los otros no eran su obra y que no podía convertirlos en lo que él quería.

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Lunes noche, verano de 1913 Hermana Zenobita: (Los hermanos no pueden llamarse de usted; yo lo suprimo ya para siempre.) Llena la frente de estrellas, después de haber estado cerca de ti dos horas, cuando has cerrado el balcón rojo, me he venido hacia casa despacio y triste, triste aunque te parezca mal, ¡reina de la risa! El balcón de tu alcoba, oscuro y hondo, seguía abierto… ¡Con qué pobres dichas se contenta a veces el corazón, el corazón que subió tanto!… Muy alegre estabas hoy cuando me escribiste tu carta. Te lo agradecí con toda mi alma, pero cuando la terminé me eché a llorar. No es una carta tierna ni dulce. De haberlo sido, me habría puesto más alegre. No, Zenobita, no es que yo sea fúnebre siempre…”

Otra respuesta es la ignorancia. Otra cosa que justifica la crueldad, el desprecio o la envidia. La ignorancia de su obra cumbre (en contra de su opinión y sus deseos), la obra en lengua castellana más traducida después del Quijote, Platero y yo, procede de la dificultad para analizarla y clasificarla.

Como la escribieron juntos el niño, el hierofante y el can aullador que había en su cabeza, decir que es para niños es un error, y decir que es para adultos es un error, y decir que es poesía o que es prosa es un error.

Es una tentativa, una exploración, el camino a alguna parte, no es el final de nada ni nada acabado, es una búsqueda. Utiliza la misma clase de recursos que la Biblia, que los libros sagrados; la prosa poética, el versículo, la alegoría, pero la elección de un burro como protagonista desacraliza esa intención. El burro es el más torpe de los animales, el que más a punto de desaparecer parece siempre.

Los contemporáneos de JR, y nosotros hoy, estamos acostumbrados a que las cosas tengan etiqueta, a que se llamen de alguna forma, y de no ser así, nos gusta que la erudición que va a ponerse a trabajar sobre un tema se advierta y sea de corte analítico, como hacía Unamuno, que siempre venía armado con las lentes hispánicas y los jueguecitos especulativos ya desde el prólogo.

Unamuno

Unamuno

Tanto Platero y yo como Niebla se publicaron por primera vez en 1914. Las dos fueron célebres y muy traducidas, pero Unamuno estaba muy dentro del círculo, era respetado por sus colegas, incluso hizo sus pinitos en política, porque se consideraba que sus novelas aportaban “ideas”.

En cambio, qué aportaba JR. Imágenes, sueños, pinceladas. Esto no es para todas las inteligencias, es el lado en sombra de la tierra y al mismo tiempo lo más terrenal de la tierra. Las orejas de burro se ponían como castigo a los tontos y los locos. Ni siquiera JR le daba importancia a su propio animal. Pero sí que apreciaba las cualidades de escritor que había en él, las que habitan en todos los asnos; la tozudez, esa dureza dentro de su propia blandura.

2

“¡Que pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles—los toros, las cabras, los potros, los hombres, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna. Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú la has visto en su puesto verde. Ya tiene a su lado un pajarillo, que se levanta —¿por qué—? al acercarnos; o está llena, cual una breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa. Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida… ¿Qué le diera yo al otoño, Platero a cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término de la nuestra?”. La flor en el camino. JR Jiménez. Imagen. Los burros. Yuqi Wang (1958)

Yo creo que puedo leerlo ahora mejor porque estoy en el mezzo de la mia vita y soy, por tanto, un poco niña y un poco vieja y creo que es lo mejor, con mucho, de su poesía. Puedo comprender también, mejor que cuando era adolescente (en la plenitud de mi energía y de mi enfado), por qué a veces la testarudez y la humildad es mejor arma para un creador que la inteligencia y la soberbia.

El alma de Platero hace de ángel guardián de su autor, lo obliga a mirar con ternura sus frases como esqueletos vestidos, a no tomarse demasiado en serio, a volver siempre a comer hierba a cuatro patas, y se produce el equilibrio perfecto entre hombre y bestia, ilusión y razón.

El hecho de haber tenido que esperar la llegada de algo tan antipático como un aniversario de los cien años (es antipático porque ninguno veremos el nuestro, si somos vulgares, y si somos excepcionales lo veremos desde algún lugar tonto como el nirvana o el infierno), para darme cuenta de que este libro es hermoso y de que su autor no era tan petardo, y para que escriba sobre él aprovechando la coyuntura cuando no lo hice en el doce, ni en el tres, ni en el nueve, y ni siquiera en el catorce, porque se me pasó, demuestra que soy un poco burra.

En ocasiones como estas siempre asiste el consuelo de que somos todos unos burros, eso le da a Platero otra importancia.


Cuentos contra el poder

Después de una larga pausa quiero seguir hablando de cuentos populares, pero antes copio las siguientes definiciones del Diccionario del diablo de Ambrose Bierce:

Berza: Hortaliza común que se cría en el huerto de la casa, tan grande e inteligente como la cabeza de un hombre. La berza se llama así en honor a Bercio, príncipe que al llegar al trono emitió un decreto, por el que nombró un Consejo Superior del Imperio. Dicho Consejo fue constituido por los ministros de su predecesor y las berzas del huerto real. Cuando quiera que las medidas políticas tomadas por Su Majestad fallaban escandalosamente, se anunciaba con pena que varios miembros del consejo superior iban a ser decapitados, y los súbditos murmuradores quedaban apaciguados.

Idiota: Miembro de una tribu grande y poderosa cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre preponderante y dominante. La actividad del idiota no se limita a ningún campo del pensamiento o acción especial sino que “lo controla y regula todo”. Siempre tiene la última palabra y sus decisiones son inapelables. Él impone las modas de opinión y gusto, dicta los límites de la expresión oral y circunscribe las conductas poniéndoles una fecha límite.

Política: Un conflicto de intereses que se enmascara como una discusión de principios. La dirección de asuntos públicos para obtener beneficios privados.

Estas tres palabras definen las tres grandes amenazas que contiene el poder, o más bien a sus víctimas: la impunidad, la estupidez y el latrocinio. Uno de mis cuentos populares favoritos, puede que el primero junto a La Bella y la Bestia, habla de todo eso. En realidad, habla también sobre la peste y la fe. Se trata de El flautista de Hamelín, de los hermanos Grimm.

Hamelín está infestada de ratas y sólo un flautista mágico puede liberarla, pero el mezquino alcalde y sus concejales serviles traman un plan: dejarán que él acabe con las ratas y después se negarán a pagarle. La venganza del flautista será terrible: se llevará a los niños del pueblo. Todos los niños le seguirán al son de la alegre música de su flauta, felices como le siguieron las ratas, y nadie los volverá a ver jamás.

Decía que este cuento habla también sobre la fe. Sobre la fe se sostienen los cimientos de nuestra civilización. La confianza en que si vendo algo el comprador va a pagarme, en que si deposito una cantidad de dinero en un banco va a estar allí cuando vaya a por él, la fe ciega en que mis gobernantes están usando con sentido común el dinero que detraen del fruto de mi trabajo. En último término dependemos de la honradez de personas a las que no conocemos y a las que no les importamos.

Cuando el alcalde del cuento decide no pagar al flautista, la injusticia que comete es la menor de sus faltas. Lo peor es que transgrede esa ley de confianza; lo que denominamos honor, palabra envejecida y a menudo malempleada. Este alcalde no es castigado, pero tiene al final un gesto que le honra un tanto: devuelve el bastón de mando a los entristecidos ciudadanos, mientras desde la falda de la montaña, al otro lado del río, llegan todavía las notas de una canción mágica. Los poderosos no acostumbran a abandonar el poder, ni siquiera después de haber cometido las acciones más abyectas.

El poder corrompe. Siempre ha sido cierto, hasta el punto de que un ser humano puede convertirse en otro, irreconocible para los que lo amaban, después de haber pasado por la alquimia del poder. En la narración maravillosa o legendaria, estos cambios debidos al efecto del ambiente solían representarse con hechizos o posesiones.

“Cathal, rey de Munster, era un buen rey y un gran guerrero. Pero una bestia, invisible, maligna y violenta vino a morar dentro de él, provocándole un hambre incesante que nunca satisfacía.”

Este es el comienzo de un breve manuscrito irlandés del siglo XVI. Últimamente se ha recopilado en colecciones de cuentos celtas con el título de La visión de McConglinney, nombre del sabio que finalmente consigue exorcizar al rey, después de que su apetito haya arrasado las haciendas y las provisiones de Carn hasta Cork, y amenace con asolar todo el país. Algo parecido le ocurre al Sin Cara de El viaje de Chihiro, de quien la protagonista declara, con seguridad infantil: “Sólo es malo en la casa de los baños.” Es decir, sólo es malo donde puede fabricar oro falso y repartirlo a voluntad, con lo que hace despertar la codicia y la estupidez de todos sus moradores.

En la misma línea alegórica, los sucesivos protagonistas de Beowulf tenían fantásticos (en el sentido literario del término) bastardos con una forma pagana de súcubo, representada por Angelina Jolie en la animación de 2007. Ella los encantaba con sus promesas, no sólo de pura y dura lujuria, sino de un poder que a la larga terminaba con ellos. Esta historia tiene la habilidad de narrar también cómo cada uno de los sucesores del poder es testigo de lo que la soberbia y la avaricia hacen con sus predecesores, sin que por ello se apliquen el cuento. O sea, no sólo habla del peligro y la corrupción que radica en el mismo corazón del poder, en su mismo nacimiento, sino del que se perpetúa en su heredad.

En cuanto a la perpetuación y la herencia del poder, existe también un cuento satírico de origen celta, recopilado entre otros por el húngaro Val Biro, quien lo titula: El rey perezoso. Trata de un monarca celoso de su poder, pero vago hasta el punto de que jamás se levanta de su trono y tienen que alimentarlo y vestirlo sus cortesanos. Incapaz de decidir entre sus tres inútiles hijos  quién ha de ser el sucesor y, como es perezoso hasta para morirse, decide que será rey para siempre. Pasan largos años de tiranía inactiva, y ocurre que el rey engorda tanto que ya no cabe en la sala del trono, y manda hacer un agujero en el techo por donde sacará la cabeza, para recibir a sus ministros en el ático. El rey sigue engordando hasta que el palacio se derrumba sobre su cuerpo, pero, advierte el narrador con sorna, es posible que siga vivo debajo de las ruinas.

El 5 de mayo de 1282 nació en Escalona uno de los sobrinos de Alfonso X apodado el sabio; Don Juan Manuel, de celebridad honrosa, atributo que no puede concederse a todas las celebridades que existen. Don Juan Manuel es el autor de la primera versión literaria de El traje nuevo del emperador. Ésta fue publicada con el título de El paño maravilloso en el Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio, hoy conocido como El conde Lucanor, en 1335.

“Los burladores recibieron muy bien al cortesano, y antes de llevarlo donde estaban los telares le explicaron la maravillosa condición del paño, que sólo podía ser visto de quien fuera hijo de padres honrados. Acercáronlo después a un telar, ante el cual se puso a hacer como si trabajara uno de los burladores, y el cortesano, con gran maravilla, vio cómo la lanzadera, en medio del estrépito de todo el artefacto, iba y venía de uno a otro lado, entre una invisible urdimbre, sin que se viera su labor de trama. Palideció el cortesano, sospechando si sería hijo de padres ladrones cuando nada veía de lo que aquel hombre ejecutaba; mas por no dejar conocer su turbación púsose a alabar el primor con que el tejido iba realizado.”

Con este cuento, el conde Lucanor advierte a Patronio ante el poder y el alto coste de decir la verdad. Ninguno de los cortesanos se atreve a hablar, contaminados ya por la excesiva proximidad del poder, y la rebelión se gesta en lo más vulgar del pueblo llano. Una sana oposición a los gobiernos sólo puede realizarse con verdad y sentido común de los gobernados, lo que hoy llamamos sociedad civil. Contra el abuso, el autor no propone la sangre ni la anarquía, sino la constante desconfianza. Claro que esta actitud es costosa y los ciudadanos tienden a pagar la comodidad con su silencio, la ilusión de certeza con su libertad.

“Así llegó el rey a la catedral, donde echó pie a tierra y fue solemnemente recibido por el Obispo y cabildo, quienes bajo palio se disponían a conducirlo hasta el altar mayor, cuando un sacristán, por más señas borracho, metiéndose en medio de los dignatarios de la Iglesia, dijo a grandes voces:

-A mí no me importa ser tenido por hijo de ladrón, que ni yo ni nadie sabemos quién fue mi padre, y por eso digo que estoy cierto de que el Rey ha venido en camisa a la catedral.

Y cuando esto hubo dicho, un pilluelo que lo oyó, clamó entre grandes risotadas:

-Sí, sí; verdad es: el Rey está en camisa.

Y así, primero entre el pueblo que llenaba la plaza de la catedral, a lo último entre los señores y clero que rodeaban al Soberano, se vino a reconocer, en alta voz, por todo el mundo, que el Rey había ido en camisa a la catedral.”

Si El paño maravilloso hubiese acabado con una muchedumbre mansa que ve un emperador desnudo y vitorea a un emperador vestido, entonces Don Juan Manuel nos estaría dando a entender que ese pueblo merece que le sigan robando. Pero un sacristán borracho y un niño locuaz se atreven a señalar el culo al aire de su Serenísima, y ganan el derecho a merecer otra cosa.

Un par de siglos más tarde, con la aparición de la literatura moderna, los escritores geniales comienzan a defender la bondad de las monarquías. El truco está en volcar sobre un personaje malvado todo el peligro del caciquismo, de modo que el sistema feudal que lo sostiene y corrobora queda justificado. Ejemplos emblemáticos en España son Fuenteovejuna, de Lope o El Alcalde de Zalamea de Calderón. El individuo o el pueblo se alzan contra un poderoso abusador, pero carecen de instituciones, de medios para hacer  justicia, a no ser la ocultación que salva la honra o el crimen que la repara, y al fin quien tiene que venir a poner orden es la supraterrestre figura del Rey.

Estas obras y otras del barroco europeo buscan provocar en el espectador la indignación ante lo injusto, pero al mismo tiempo y veladamente, nos cuentan que el individuo por sí sólo no tiene el derecho (o la fuerza para hacerlo valer) de defenderse, que las leyes no deben ser dictadas contra el abuso, sino en prevención de la injusticia social, y que un poderoso con buenas intenciones es mejor juez que un plebeyo con cultura, o peor aún, con principios.


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