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No hay genios de treinta años

Una pequeña pero embarazosa situación me ha tenido apartada de las teclas durante unas semanas, pero vuelvo para celebrar el nacimiento del director de cine Kenji Mizoguchi, el 16 de mayo de 1898. Como ya habrá comprobado quien visite este blog, prefiero celebrar los nacimientos antes que las muertes. Otra cosa que prefiero es hablar de lo narrativo antes que de lo biográfico, y de lo biográfico antes que de lo técnico. Para mí son interesantes todas aquellas formas de arte que narren eficazmente, y es esto lo que define qué tipo de películas, de pintura y hasta qué música disfruto. Dentro de un mismo género hay grandes historias, y grandes autores que tratan diferentes géneros con igual fortuna. Kenji Mizoguchi es uno de mis autores y cineastas favoritos. Se le suele comparar o poner en oposición a Kurosawa, como dos muestras muy distintas del buen arte cinematográfico que Japón ha dado al mundo, y parece que no se puede ser admirador de los dos al mismo tiempo y con la misma intensidad, sin embargo éste es mi caso; para mí forman la Santísima Trinidad del cine japonés junto con Miyazaki, el que acaba de estrenar Ponyo en el acantilado. Ya sé que están la Balada de Narayama y muchas otras grandes películas, pero en este caso me refiero a autores, caballos desbocados (algo menos desbocado Kenji que los otros dos) que siempre son una buena apuesta.

La calle de la vergüenza (Akasen chitai, 1956)

La calle de la vergüenza (Akasen chitai, 1956)

Mientras que Kurosawa es el maestro del cine de aventuras y de acción, y sus personajes principales son hombres, Mizoguchi, al igual que el célebre pintor Utamaro, es un grabador minucioso de escenas cortesanas y de la intimidad femenina. El actor recurrente del primero es el vigoroso Toshiro Mifune, la heroína del segundo, la sólida y discreta Kinuyo Tanaka. Parece que en el japón del siglo XX todavía era común, en familias pobres, que una de las hijas, generalmente la mayor si tenía dotes para ello, se convirtiera en geisha, proporcionando así unos ingresos de ayuda para la familia. Como Mizoguchi narra en Los músicos de Gion (Gion bayashi, 1953), estas jóvenes eran entrenadas para ver su profesión como una noble representación de la tradición japonesa ante los extranjeros, y para soñar con llegar a ser mujeres influyentes, aunque en el fondo no dejasen de practicar una forma elaborada, y con un envoltorio folclórico y ornamental, de prostitución. Parece ser que en su infancia, Kenji tuvo que ver cómo una de sus hermanas se sacrificaba por la familia siguiendo este camino, y ello debió de marcarle, puesto que el leitmotiv que recurre en todo su cine es cómo la mujer del Japón tradicional sufre, en diferentes grados de ultraje, la miseria o la vileza de los hombres, o cómo los errores de estos los pagan, al final, sus familias.

Michiyo Kogure y Ayako Wakao en "Los músicos de Gion"

Michiyo Kogure y Ayako Wakao en "Los músicos de Gion"

Una amiga me contó una vez que en un viaje a Japón, se sentó en una cena junto a un hombre de negocios hasta las cejas de sake que le confesó su particular clasificación de la sociedad japonesa: “Primero están los hombres japoneses”, dijo, o supongo que balbuceó, “después los extranjeros, después los animales japoneses y debajo de todos, las mujeres japonesas”. Tengo pocos datos sobre este personaje como para pintarlo, o convertirlo en prototipo de cierto grupo masculino de japoneses-supuestamente-civilizados, pero sí que da una imagen excelente de cómo es el villano en las películas de Mizoguchi. La figura de la mujer prostituta también vuelve, a veces como tema central, como en la ya citada Los músicos de Gion, en que se narra la amistad de dos geishas, una recién llegada e inocente, otra madura y desengañada de los brillos de su profesión. La joven cree que podrá elegir el hombre con quien perderá su virginidad, pero pronto descubre que ésta puede comprarse fácilmente. Acaba defendiéndose a mordiscos de un cliente agresivo. Su amiga sacrifica su propia seguridad y posición dentro de la casa para defenderla, y ambas terminan siendo expulsadas del pequeño círculo social seguro en que se mueven, buscándose la vida como prostitutas vulgares. En otras películas el mundo de las cortesanas constituye el fondo, como en Utamaro y sus cinco mujeres (Utamaro o meguru gonin no onna, 1946), donde se narra la vida del pintor del siglo XVIII para quien las prostitutas, de más alta o más baja condición dependiendo de su situación económica, representaban todos los papeles femeninos de su vida, desde la modelo hasta la amiga, la amante, la enfermera.

Minosuke Bandô como Utamaro

Minosuke Bandô como Utamaro

Pero las más grandes y reconocidas películas de Mizoguchi fueron los Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari, 1953) y La vida de Oharu (Saikaku ichidai onna, 1952). La primera roza el género fantástico y de terror, la segunda es realista y por momentos melodramática, límites todos ellos en que Mizoguchi se movía con delicada elegancia y nunca caía en excesos. En las dos películas el autor llevó a su máxima eficiencia una estructura apoyada en la sucesión de escenarios y diálogos cerrados de aspecto teatral, y una caracterización que recuerda al cuento popular. Su rigor narrativo y excelencia estética saltan todas las barreras temporales y culturales y las convierten en historias deliciosas para cualquiera. Existen, además, muchas referencias occidentales, pues Mizoguchi fue un apasionado lector y espectador de historias europeas y americanas. Esta mezcla de lo moderno y lo tradicional, de lo folclórico y lo universal, siempre funciona si se hace bien, y Mizoguchi lo supo hacer muy bien.

Portada para "Cuentos...", con Masayuki Mori y Machiko Kyô

Portada para "Cuentos...", con Masayuki Mori y Machiko Kyô

Cuentos de la luna pálida está basada en leyendas tradicionales; transcurre en el Japón del siglo XVI donde los nobles batallan por sus feudos y las pequeñas aldeas sufren el peligro constante de las invasiones de uno u otro ejército, o de las razias de los soldados convertidos en bandidos y emboscados en las montañas. En una de estas aldeas conviven como vecinos dos hermanos. El mayor, padre de un hijo y con una mujer buena y trabajadora, tiene un pequeño horno donde cuece cacharros que luego va a vender al mercado, lo que les proporciona una ayuda extra. El otro hermano es perezoso y sueña con ser samurai, por lo que tiene descuidada la labranza, y siempre está discutiendo con su mujer. El mayor es excesivamente avaricioso y sólo piensa en trabajar, el pequeño peca por defecto. Un día, los dos se van a la ciudad, uno a vender sus cacharros, el otro a intentar ser samurai, aún sabiendo que dejan solas a sus mujeres en un momento de mucho peligro. Los dos tienen éxito, pero el hermano trabajador será seducido por una extraña mujer de atavío principesco que, acompañada de una vieja sirvienta, elogia su trabajo artesanal y le llena de vanidad con sus atenciones. Siguiéndola, llega a un palacio de aspecto espectral, pero lujoso y cómodo, donde es atendido como un rey, y donde permanece hasta llegar por poco a olvidar el pasado. Alguna de las secuencias más bellas y sobrecogedoras de la película están en esta historia del hermano ambicioso enamorado de una vampira, en la convivencia palaciega y el exorcismo final. El otro hermano consigue ser samurai, se endiosa y tampoco vuelve a casa. Cuando los dos regresen por fin, descubrirán que sus mujeres han sufrido los horrores de la guerra, y tratarán de redimir su debilidad reconstruyendo su hogar.

Kinuyo Tanaka como Oharu, en sus mejores tiempos.

Kinuyo Tanaka como Oharu, en sus mejores tiempos.

La vida de Oharu donde, por cierto, también tiene un papel el célebre Mifune, que no se perdía una, es el descenso a los infiernos de Oharu, la joven y bella hija de un samurai del siglo XVII, que comienza siendo una joya de la corte, destinada a ser esposa de un notable, pero se enamora de un sirviente y la encuentran con él en una posada de mala reputación, por lo que toda su familia es desterrada. La vida de Oharu es la tragedia de quien está siempre sujeto a los deseos de otro. El destino de Oharu nunca es cosa suya; oscila trágicamente entre la voluntad de sus amos y los reveses de la fortuna. Oharu salva a su familia de la deshonra convirtiéndose en una cortesana de altos vuelos que llega a darle un primogénito al emperador, pero pocos días después lo apartan de ella y nunca vuelve a ver al niño ni a su padre… o sí, verá al heredero una vez más, a costa de muy alto precio. Se convierte después en geisha, sirvienta y hasta intenta ordenarse monja, siempre obediente pero desafortunada, vícitma de la lujuria de los hombres o la envidia de las mujeres, va cayendo más y más, hasta convertirse en una anciana prostituta que vive en la calle y que frente a la estatua de Buda en un templo recuerda su pasado, antes de morir. Una película sublime que recordaría a la picaresca tardía si no fuera porque no hay una pizca de humor, ni esperanza para la protagonista a pesar de sus talentos y su esfuerzo. Cuando esta historia se hizo famosa, se la comparó con Cenicienta, pero Cenicienta sólo cae una vez hechizada y luego todo es ascensión, mientras que las caídas de Oharu son varias y cada vez más profundas en el agujero de la miseria humana. A mí, la historia a la que más me recuerda es a Tess D´ubervilles, de Thomas Hardy, sobre la que Polanski filmó una película maravillosa con Natassja Kinski, también muy premiada, y que dedicó a la memoria de Sharon Tate. El significado profundo de las desgracias de Tess y Oharu es el mismo: que las cualidades personales y la voluntad de mejorar no llevan más que a la desesperación en un mundo sin libertad.

Natassja Kinski interpretando a Tess D´Ubervilles

Natassja Kinski interpretando a Tess D´Ubervilles

Mizoguchi trató también temas recurrentes en la literatura y el cine de su país, como la historia de los 47 Ronin (Genroku chûshingura, 1941) o el romance cortés de la Emperatriz Yang Kwei-fei (Yôkihi, 1956), donde por primera vez rodó en color. Los años cincuenta fueron sin duda la época dorada de Mizoguchi, como lo fue en general para el cine japonés, que por primera vez se hacía universal. El protagonista indiscutible de este momento fue Kurosawa, cuya película Rashômon (1950) ganó el León de oro del Festival de Venecia y estuvo nominada para muchos otros premios, entre ellos un Bafta y dos Oscar. La fama de Kurosawa llegó al punto de que se hablase de genialidad. Mizoguchi debió de pensar, como probablemente lo hicieron otros cineastas de esos que se consideraban artesanos, que la palabra “genio” se usaba con demasiada ligereza, y en una entrevista donde le preguntaron sobre Kurosawa declaró: “No hay genios de treinta años”. Esta frase dio juego al sensacionalismo y dibujó fantasmas de competitividad amarga entre los realizadores japonenses, aunque Mizoguchi llevara haciendo un cine solvente desde los años veinte, y es poco probable que sufriera de los ímpetus y envidias que se le atribuyeron. En cualquier caso hubo un final feliz para los fieles de la justicia poética, y en 1952 La vida de Oharu recibió también su premio en Venecia y correspondiente distribución mundial.

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