Bierce

Un camino a la luz de la luna

I  

DECLARACIÓN DE JOEL HETMAN, Jr.

 Soy el más desdichado de los hombres. Rico, respetado, con una buena educación y una salud excelente —y uno a ésas muchas otras ventajas que quienes poseen suelen valorar, y quienes no, codiciar—, creo a veces que sería menor mi infortunio si tales cosas me hubiesen sido vedadas, pues, en ese caso, el contraste entre mi vida exterior y mi vida interior no reclamaría atención tan continua y dolorosa. Provoca una conjetura cuyo secreto, sombrío y desconcertante, yo podría olvidar si estuviese sometido a esfuerzos y privaciones.Soy el único hijo de Joel y Julia Hetman. Uno era un adinerado caballero rural; la otra, una mujer hermosa y bien dotada a quien él amó apasionadamente, con una devoción, por lo que sé, celosa y posesiva. A pocas millas de Nashville, Tennessee, se alzaba la casa familiar, un edificio enorme, irregular, que no respondía a ningún estilo arquitectónico en especial, a poca distancia del camino, erguido sobre un parque poblado de árboles y arbustos.En esa época yo tenía diecinueve años, y estudiaba en Yale. Un día recibí de mi padre un telegrama de tal urgencia que, respondiendo a su convocatoria (sobre la que no daba explicaciones), partí a casa de inmediato. En la estación del ferrocarril de Nashville, un pariente lejano me aguardaba para enterarme del motivo de mi llamada: mi madre había sido bárbaramente asesinada; se ignoraban la razón y el culpable, pero no las circunstancias:Mi padre había partido para Nashville con la intención de regresar al día siguiente. Algo le impidió realizar el negocio que se proponía, de modo que volvió esa misma noche, poco antes del alba. En su testimonio ante el médico forense, explicó que como no tenía llaves y no quería perturbar a la servidumbre en reposo, había ido hasta la parte trasera de la casa, sin propósito definido. Al rodear un ángulo del edificio, escuchó que cerraban sigilosamente una puerta y, en la oscuridad, vio la confusa figura de un hombre que no tardó en desaparecer entre los árboles del parque. Sospechó que el intruso fuera alguien que visitaba en secreto al personal de la servidumbre; pero fueron infructuosos la apresurada persecución y el breve examen; entró, luego, por la puerta, que no estaba cerrada con llave, y subió por las escaleras hasta el dormitorio de mi madre. La puerta del cuarto estaba abierta, y, al penetrar en la densa tiniebla, tropezó y cayó sobre un pesado objeto que yacía sobre el suelo. Ahorraré detalles; era mi pobre madre, estrangulada por manos humanas.Nada había sido robado, nada habían oído los sirvientes, y —salvo esas marcas atroces anudadas sobre la garganta del cadáver, Dios me permita olvidarlas— ningún rastro había dejado el asesino.Abandoné mis estudios y permanecí al lado de mi padre, que sufrió, como es natural, graves alteraciones. Su temperamento sereno y taciturno había caído en tal desánimo que nada lograba atrapar su atención, aunque cualquier cosa —un paso, el súbito ruido de una puerta al cerrarse— bastaba para perturbarle; parecía víctima de una aprehensión. Ante una leve sorpresa de sus sentidos se sobresaltaba visiblemente, palideciendo, y luego se deslizaba una vez más hacia el abismo de una melancolía aun más profunda. Supongo que era lo que suele llamarse un «manojo de nervios». En cuanto a mí, yo era mucho más joven que ahora… lo cual significa mucho. La juventud es un-Galahad, donde hay un bálsamo para cada herida. ¡Ojalá habitara aún esa tierra de sortilegios! No familiarizado con el dolor, no supe evaluar mi amargura, ni pude hacer una cabal estimación de la fuerza del golpe.Una noche, meses después del terrible suceso, mi padre y yo volvíamos de la ciudad a casa. Hacía tres horas que la luna llena dominaba el horizonte; toda la comarca yacía en la solemne placidez de una noche estival; sólo nuestros pasos y el canto incesante de las chicharras quebraban el vasto silencio. Las negras sombras de los árboles cruzaban el camino y, en los intersticios de luz que dejaban, resplandecía una blancura espectral. Cuando alcanzábamos el portón de nuestra casa, cuyo frente ceñían las sombras sin que ninguna luz de adentro las quebrase, mi padre abruptamente se detuvo y aferró mi brazo, musitando con el aliento entrecortado:—Dios mío, ¿qué es eso? —No escucho nada —respondí.—Pero mira… ¡mira! —exclamó, indicándome el camino, frente a nosotros. Afirmé:—Allí no hay nada. Vamos, padre, entremos… no te sientes bien.Había dejado mí brazo en libertad, y permanecía rígido e inmóvil en el centro del camino iluminado, con esa mirada fija de quienes han perdido la razón. Su rostro, a la luz de la luna, revelaba una palidez y una concentración que provocaban una desesperación inexpresable. Con suavidad, tiré de su manga, pero él ya no advertía mi existencia. De inmediato, comenzó a retroceder, paso a paso, sin dejar de observar por un instante lo que veía o creía ver. Casi me volví para seguirle, pero no pude resolverme a hacerlo. No recuerdo ninguna sensación de terror, salvo que ese súbito estremecimiento fuera su manifestación física. Era tal como si un viento helado hubiese tocado mi rostro y envuelto totalmente mi cuerpo; mis cabellos se agitaban ante su gélida caricia.En ese instante, llamó mi atención una súbita luz que encendieron en la casa: uno de los sirvientes (arrancado del sueño por vaya a saber qué misterioso presentimiento de algo maligno) había prendido una lámpara, al dictado de un impulso que jamás fue capaz de nombrar. Cuando me volví y busqué a mi padre, éste ya se había ido, y, durante los muchos años que han pasado, ningún susurro sobre su destino ha cruzado la frontera de las conjeturas desde el reino de lo desconocido.   

II  

DECLARACIÓN DE CASPAR GRATTAN

 Hoy se dice que vivo, mañana, en este cuarto, ha de yacer insensible esta forma de arcilla que he sido durante un tiempo ya excesivo. Si alguien levanta el paño que cubre el rostro de ese objeto desagradable sólo será para gratificar su mórbida curiosidad. Algunos, indudablemente, irán tan lejos como para preguntar: ¿Quién era él? En este escrito he de suministrar la única respuesta de que soy capaz: Caspar Grattan. Seguramente, debería bastar. Ese nombre ha servido a mis humildes necesidades durante más de veinte años de una vida cuya duración desconozco. Es cierto que yo mismo me lo impuse, pero, a falta de otro, me cabía el derecho. En este mundo es preciso disponer de un nombre: evita la confusión, ya que no establece la identidad.A algunos, sin embargo, se les conoce mediante números, modo de diferenciarse también inadecuado.Un día, por ejemplo, yo recorría la calle de una ciudad, lejos de aquí, cuando me crucé con dos hombres uniformados; uno de ellos casi se detuvo ante mí, y, tras observar mi rostro con curiosidad, le dijo a su compañero:—Ese hombre se parece al 767. Algo en el número me pareció familiar y horrible. Un impulso irrefrenable me obligó a precipitarme en una calle lateral y a correr hasta que caí, exhausto, en un sendero de las afueras.Jamás he olvidado ese número, que siempre acude a mi memoria escoltado por una rumorosa obscenidad, carcajadas sin alegría, el clamor de puertas de hierro. Por eso digo que un nombre —aunque uno mismo se lo mismo se lo haya otorgado— es siempre mejor que un número. En el registro de algún cementerio de pobres, pronto he de contar con ambos. ¡Vaya riqueza!Ruego cierta consideración a quien halle este escrito. No es la crónica de mi vida; el conocimiento necesario para redactar tal cosa me ha sido vedado.Es apenas el registro de hechos quebrados y aparentemente inconexos, algunos tan claros y consecuentes como las cuentas enlazadas por un hilo, otros tan remotos y extraños que parecen sueños color carmesí separados por huecos y negros intersticios. Hogueras que arden en el centro de la desolación, rojas e inmóviles.De pie, en las playas de la eternidad, me vuelvo para contemplar por última vez la tierra de la que provengo. Hay veinte años cuyas huellas, las marcas de mis pies sangrantes, distingo con claridad. Cruzan a través del dolor y la miseria, inseguras y semejantes a las de quien se arrastra bajo el peso de una cargaRemota y enemiga y lenta y melancólica.¡Qué admirable la profecía que de mí hiciera el poeta, qué atrozmente admirable!Más allá del comienzo de esta vía dolorosa —esta épica del sufrimiento jalonada de pecados— nada veo con claridad, todo parece envuelto en una nube. Sé que sólo ha durado veinte años: soy, sin embargo, un anciano.Nadie recuerda el propio nacimiento: siempre se lo cuentan. Pero, para mí, ha sido diferente; la vida me fue otorgada en plenitud, dotada con todas mis facultades y poderes. De una previa existencia no sé más que otros, pues todos padecen intimaciones balbuceantes que acaso sean recuerdos y acaso sean sueños. Sólo sé que lo primero de que tuve conciencia fue cierta madurez de cuerpo y mente, conciencia que acepté sin entregarme al asombro o a las conjeturas.Me hallé, simplemente, en medio de un bosque, a medio vestir, con los pies doloridos, víctima del hambre y la fatiga. Al ver una granja, me acerqué a pedir alimentos, que no me negaron. Me preguntaron mi nombre; yo lo ignoraba, aunque no ignoraba que todos tienen un nombre. Padecí una situación incómoda, me retiré y, al caer la noche, me eché a dormir en el suelo del bosque.Al día siguiente pisé una ciudad cuyo nombre callaré. También he de callar otros incidentes de esta vida que ya he de concluir, una vida errante, siempre y en todas partes agobiada por la opresiva sensación del crimen que castiga la iniquidad y el terror que castiga al crimen. Veamos si puedo darle forma narrativa.Parece que alguna vez viví cerca de una gran ciudad, como un próspero hacendado, esposo de una mujer a quien adoraba sin confiar en ella. A veces sospecho que teníamos un hijo, un joven brillante y prometedor, que es, en todo momento, una figura borrosa, jamás trazada con claridad, a menudo ausente.Una noche tuve la desdichada idea de someter a prueba la fidelidad de mí mujer, con un método vulgar y difundido, que no ignorarán quienes conozcan peripecias y situaciones novelescas. Fui a la ciudad, diciéndole a mí esposa que me ausentaría hasta la noche siguiente. Pero regresé antes del alba s me dirigí hacia la parte trasera de la casa, con el propósito de entrar por una puerta que yo, secretamente, había arreglado de tal modo que su cerradura pareciera funcionar aunque, en realidad, no cerrara. Al acercarme a ella, oí que la abrían y cerraban sigilosamente, y vi que un hombre se perdía en las tinieblas. Con un propósito de muerte en mi corazón, me precipite tras él, pero logró desaparecer sin sufrir siquiera la desdicha de ser identificado. Hoy, a veces, no logro siquiera persuadirme de que fuera un ser humano.Enloquecido de furor y de celos, ciego, reducido a una fiera por las pasiones elementales de la virilidad ofendida, entré en la casa y me lancé por las escaleras hasta el dormitorio de mi esposa. La puerta estaba cerrada, pero como también había preparado su cerradura, entré con facilidad y, a pesar de la penumbra, pronto estuve al lado de su cama. Mis manos la hallaron vacía, aunque desordenada.Está abajo —pensé—, la aterró mi llegada y está oculta en la oscuridad del vestíbulo.Con el propósito de buscarla me volví para dejar su habitación, pero tomé una dirección errónea: ¡la apropiada! Mi pie tropezó con ella, que se acurrucaba en un rincón del cuarto. Mis manos no tardaron en apresar su garganta, ahogando un alarido; mis rodillas, en sofocar los movimientos de su cuerpo convulso: allí, en la oscuridad, sin una palabra de reproche o acusación, la estrangulé hasta matarla.Así concluye el sueño. Lo he narrado en pasado, aunque el presente sería la forma correcta, pues una y otra vez la tragedia se desarrolla en mi conciencia, una y otra vez hago mis planes, sufro la confirmación y vengo el agravio. Luego todo se borra; más tarde, la lluvia golpea contra los sucios ventanales, o cae la nieve sobre mi escasa vestimenta, o crujen las ruedas en las calles escuálidas donde yace mi vida, entre miserias y mezquinas ocupaciones. Si hay tardes de sol, no las recuerdo; si hay pájaros, no escucho su canto.Hay otro sueño, otra visión nocturna. Estoy entre las sombras de un camino a la luz de la luna. Advierto otra presencia, que no puedo determinar. Entre las sombras de un enorme edificio, percibo el resplandor de vestimentas blancas; luego, la imagen de una mujer me enfrenta en el camino: mi esposa asesinada, con la muerte en el rostro, con marcas en la garganta. Sus ojos me indagan con una gravedad en la que no palpita el reproche ni el odio ni la amenaza, ni nada menos brutal que el reconocimiento. Ante esta aparición atroz, me retiro aterrorizado, Aterrorizado escribo estas líneas, y me cuesta dar forma a las palabras. ¡Observen! Ellas…He logrado calmarme, pero por cierto que ya nada queda por contar: el incidente concluye donde comenzó, en medio de la incertidumbre y la tiniebla.Sí, soy nuevamente dueño de mí: «el capitán de mi alma». Pero no se trata de una tregua; es otra etapa, otra fase de mi expiación. Si mi sufrimiento es constante en su intensidad, es mudable en su especie: la serenidad es una de sus variantes. Después de todo, es sólo una cadena perpetua. «Al infierno de por vida» es pobre como sentencia: el culpable elige la duración del castigo. Hoy expira mi término.Para todos y cada uno de ustedes, la paz que no me perteneció.  

III  

DECLARACIÓN DE LA DIFUNTA JULIA HETMAN, A TRAVÉS DE LA MEDIUM BAYROLLES

Me había acostado temprano y, casi inmediatamente, se habla apoderado de mí un sueño sereno, del que desperté con esa indefinible sensación de peligro que es, según creo, una experiencia frecuente en esa otra vida. Aunque no tardé en persuadirme de su insignificancia, tal sensación no se disipó. Mi esposo, Joel Hetman, estaba ausente; la servidumbre dormía en otro sector de la casa. Pero tales condiciones me resultaban familiares; jamás me habían inquietado. No obstante, ese extraño terror se volvió tan obstinado que, sobreponiéndome a mi mala disposición para emprender cualquier movimiento, me senté y encendí la luz. Contrariamente a lo que suponía, no logré con ello alivio alguno; la luz parecía acrecentar el peligro, pues, según reflexioné, su resplandor se filtraría por debajo de mi puerta, revelando mi presencia a todo ser maligno que acechara agazapado. Ustedes, aún dueños de la carne, aun carne de los hombres de la imaginación, podrán advertir qué miedo monstruoso ha de ser aquél que busque refugio en las tinieblas contra las fuerzas malévolas de la noche. Es como correr a encerrarse con un enemigo invisible: la estrategia de la desesperación.Apagué la luz y cubrí mi cabeza con las sábanas: permanecí trémula y silenciosa, tan incapaz de proferir un grito como de rezar una plegaria. En estado tan lamentable he de haber yacido durante horas, según las llaman ustedes…, para nosotros no existen las horas, no existe el tiempo.Al fin lo escuché: un sonido suave e irregular de pasos en la escalera. Eran lentos, vacilantes, inciertos, como los de una criatura que no viera por donde caminaba; mi razón confundida la sospechó, por tal motivo, más aterradora: acaso se aproximara algo maligno, ciego y sin entendimiento, algo ante lo cual no hay apelación posible. Llegué a pensar, incluso, que yo debía haber dejado encendida la luz del vestíbulo y que el torpe avance de esta criatura confirmaba que era un monstruo de la noche. Esta tontería no guardaba coherencia con mi previo temor a la luz, pero ¿qué puede exigirse? El miedo carece de cerebro; es un idiota. Nos cede un exánime testigo y un consejero cobarde, que no guardan entre sí relación alguna. Bien lo sabemos nosotros, los que hemos entrado al Reino del Terror, los que deambularnos en un crepúsculo eterno de escenas de nuestras vidas anteriores, invisibles para nosotros mismos, invisibles el uno al otro, ocultando, sin embargo, nuestra desolación en sitios solitarios: anhelamos hablar con los que amamos, pero somos mudos, y tanto les tememos como ellos a nosotros. Ocasionalmente, tal imposibilidad se quiebra, la ley se suspende: Mediante el inmortal poder del amor o del odio rompemos el hechizo… nos ven aquéllos a quienes queremos dar consejo, consuelo o castigo. Ignorarnos bajo qué forma nos ven: sólo sabemos que provocamos terror aún en aquéllos a quienes más deseamos alegrar, de quienes más deseamos ternura y calidez.Pido perdón por esta digresión incoherente de lo que alguna vez fue una mujer. Ustedes, que nos consultan de modo tan imperfecto, no pueden comprender. Nos formulan preguntas triviales sobre cosas desconocidas y sobre cosas vedadas. Mucho de lo que sabemos y que podríamos verter a nuestro lenguaje, nada significa en el de ustedes. Debemos comunicarnos mediante tímidos balbuceos, mediante esa mínima fracción de nuestro lenguaje que ustedes comparten. Nos creen de otro mundo. No, no conocemos otro mundo que el de ustedes, aunque no nos acaricie la luz del sol, ni la tibieza, ni la música, ni las risas, ni el canto de las aves ni compañía alguna. ¡Dios mío, qué atrocidad ser un fantasma que tiembla y se acurruca en un mundo alterado, presa de la aprehensión y el desaliento!No, no morí de miedo: esa Presencia se volvió y se fue. La escuché descender las escaleras, apresuradamente, me pareció, como si también a ella la aturdiera el miedo. Entonces me levanté para pedir ayuda. Apenas mi trémula mano acarició el picaporte —¡cielo santo!—la oí regresar. Sus pasos, mientras subía las escaleras, eran veloces, pesados y ruidosos; estremecían la casa. Me precipité hacia un ángulo de la pared y me arrojé contra el piso. Quise rezar. Quise invocar el nombre de mi querido esposo. Oí que abrían la puerta. Hubo un intervalo de inconsciencia, y cuando reviví sentí un vigoroso apretón en mi garganta, sentí que mis brazos oponían débil resistencia al ímpetu de algo que me aplastaba, sentí que mi lengua se escapaba entre los dientes. Luego, pasé a esta vida.Ignoro qué sucedió. La suma de lo que sabíamos al morir da la medida de lo que sabemos sobre todo lo que ocurrió anteriormente. Mucho sabemos sobre esta existencia, pero no hay nueva luz que ilumine las páginas de aquélla; en la memoria está inscripto todo lo que pueda leerse. Aquí no hay alturas de la verdad que dominen el confuso paisaje de esa dudosa comarca. Aún habitamos el Valle de la Sombra, nos agazapamos en sus sitios desolados, escrutamos desde zarzas y matorrales a sus locos, malignos habitantes. ¿Cómo habríamos de poseer conocimiento nuevo de ese pasado evanescente?Lo que narraré a continuación sucedió de noche. Sabemos cuándo es de noche, pues entonces ustedes se retiran a sus casas y nosotros podemos aventurarnos a dejar nuestros refugios para recorrer, sin temor alguno, nuestros viejos hogares, mirar por las ventanas y aun entrar y observar los rostros de los que duermen. Por largo tiempo me había demorado cerca de la casa donde, con tal crueldad, me transformaron en lo que soy, según es nuestro hábito cuando en ella queda algo que suscita nuestro amor o nuestro odio. En vano había buscado algún método para manifestarme, algún medio para que la continuación de mi existencia, mi adoración y mi amarga piedad, se tornaran comprensibles a mi esposo y a mi hijo. Si dormían, irremediablemente despertaban, o, si en mi desesperación me atrevía a acercarme a ellos cuando estaban despiertos, volvían hacia mí esos ojos terribles de los vivos, y esas miradas que anhelaba me distraían, alejándome, del propósito que me guiaba.Esa noche les había buscado infructuosamente, temerosa de encontrarlos; no se hallaban en la casa, ni en el parque que bañaba la luna. Pues, aunque hayamos perdido el sol para siempre, la luna, ya sea delgada, ya brille en su plenitud, sigue siendo nuestra. A veces, brilla durante la noche; otras, durante el día, pero siempre se alza y se pone, tal como en la otra vida.Dejé el parque y, acongojada y sin saber dónde ir, recorrí el camino silencioso, bañado de luz blanca. Súbitamente, me sorprendió la voz de mi pobre esposo con sus exclamaciones de asombro, y la de mi hijo, que intentaba calmarle y disuadirle: allí estaban, al lado de la sombra que arrojaba un grupo de árboles. ¡Tan cerca, tan cerca de mí! Hacia mí dirigían sus ojos, en mí fijó el más anciano de ellos su mirada. Me vio… finalmente me vio. Consciente de ello, mi temor se disipó como un sueño cruel: se quebró el sortilegio de la muerte: el Amor había derrotado a la Ley. Loca de exaltación, grité debo haber gritado: «¡El ve, él ve: él comprenderá!» Luego, dominándome, avancé sonriente y conscientemente bella, para ofrecerme a sus brazos, para alentarle con mis caricias, y para aferrar con la mía la mano de mi hijo, mientras volvíamos a unir los rotos lazos entre los vivos y los muertos.¡Ay de mí! Su rostro palideció de miedo, sus ojos parecían los de un animal perseguido. Al verme avanzar, retrocedió, y, finalmente, se volvió y se ocultó en el bosque… dónde, no me es dado saberlo.A mi pobre hijo, indudablemente acosado por la desolación, jamás he podido impartirle la sensación de mi presencia. Pronto, él también ha de incorporarse a esta Vida Invisible, donde le perderé para siempre.   

 

 

 

Muerto en resaca

El mejor soldado de nuestro estado mayor era el teniente Herman Brayle, uno de los dos edecanes. No recuerdo de dónde lo sacó el general, creo que de algún regimiento de Ohio. Ninguno de nosotros lo conocía, pero eso no era extraño, pues no había ni dos de nosotros que hubiéramos venido del mismo estado, y ni siquiera de estados contiguos. El general parecía pensar que había que reflexionar muy cuidadosamente a la hora de conceder la distinción de un puesto en su estado mayor, para no ocasionar celos regionales que pusieran en peligro la integridad de aquella parte de la Nación que todavía seguía unida. No elegía oficiales de su propio mando y hacía malabarismos en los servicios del cuartel general para obtenerlos de otras brigadas. En estas circunstancias, los servicios de un hombre tenían que ser, en verdad, muy relevantes, para que se extendieran al ámbito de su familia y de sus amigos de juventud. De todos modos, la «voz de la trompeta de la fama» había enronquecido un poco por exceso de locuacidad.

El teniente Brayle medía más de metro noventa de altura y poseía una espléndida constitución. Tenía el cabello claro y los ojos azul grisáceos que en los hombres de su talla suelen asociarse a un valor y entereza de primera magnitud. Solía vestir el uniforme completo, especialmente en acción, mientras la mayoría de los oficiales se contentaba con lucir un atuendo menos rimbombante, por lo cual su figura resultaba llamativa e impresionante. Como todo el resto, tenía las maneras de un caballero, una mente cultivada y un corazón de león. Tenía alrededor de treinta años.

Pronto todos empezamos a sentir por Brayle tanto simpatía como admiración, y con sincero disgusto observamos, durante la batalla de Stone’s River -nuestro primer combate desde que él se unió a nosotros-, que poseía uno de los defectos más criticables e indignos de un militar: se envanecía de su valentía. En el transcurso de las vicisitudes y alternancias de aquel odioso enfrentamiento, tanto cuando nuestras tropas se batían en los campos abiertos de algodón, o en los bosques de cedros, como cuando lo hacían detrás del terraplén del ferrocarril, él no se puso ni una vez a cubierto, hasta que se lo ordenó expresamente el general, que normalmente tenía otras cosas en qué pensar que en las vidas de los oficiales de su estado mayor, o en la de sus hombres, por el mismo motivo.

En los combates siguientes, mientras Brayle estaba con nosotros, ocurrió lo mismo. Permanecía sentado en su caballo como una estatua ecuestre, entre una tormenta de balas y metralla, en los puntos más expuestos, dondequiera que su deber, requiriéndole acudir, le permitiera permanecer. Sin embargo, sin ningún problema y en beneficio de su reputación de hombre con sensatez, hubiera podido situarse a resguardo, en la medida de lo posible, en esos breves momentos de inacción personal que se dan en una batalla.

Su comportamiento era el mismo cuando andaba a pie, por necesidad o por deferencia a su comandante y a sus compañeros apeados. Se erguía como una roca en campo descubierto, cuando oficiales y soldados se ponían a cubierto. Mientras hombres de más edad y más años de servicio, con más alto rango y con incuestionable coraje, preservaban sensatamente, tras alguna colina, sus vidas, infinitamente valiosas para el servicio del país, aquel hombre se colocaba en la cima de la colina, igualmente ocioso en aquel momento que sus compañeros, pero dando la cara en la dirección del fuego más nutrido.

Cuando los combates se desarrollan en campo abierto, a menudo sucede que los soldados confrontados, que se enfrentan entre ellos durante horas a la simple distancia de una pedrada, se aprietan contra la tierra como si estuvieran enamorados de ella. Los mismos oficiales, en los puestos asignados, se aplastan contra el suelo, y los oficiales superiores, cuando han matado a sus caballos o los han enviado a la retaguardia, se agazapan evitando la bóveda infernal de silbidos de plomo y aullidos de acero, sin pensar en su dignidad.

En tales circunstancias, la vida de un oficial del estado mayor de brigada no es, evidentemente, «una vida feliz»; tanto por su precaria duración como por los nerviosos cambios emocionales a que está expuesto. De una posición de relativa seguridad -de la que un civil, sin embargo, consideraría que sólo puede salvarse «de milagro»- puede ser enviado a transmitir una orden al coronel de algún regimiento situado en el frente de combate; una persona poco visible en ese momento y difícil de encontrar sin una intensa búsqueda entre hombres preocupados por otras cosas, en una madriguera en que tanto preguntas como respuestas se realizan por señales. En esos casos, se acostumbra a bajar la cabeza y a escabullirse galopando a toda prisa, pues el mensajero se ha convertido en un objeto de extraordinario interés para miles de maravillados tiradores. A la vuelta… bueno, no suele haber vuelta.

La actuación de Brayle era muy distinta. Confiaba su caballo al cuidado de su asistente -amaba mucho a su caballo- y se encaminaba muy tranquilo a cumplir su peligroso mandato, sin volverse nunca, fascinando las miradas de todos con su espléndida figura realzada por el uniforme. Lo observábamos conteniendo la respiración y con el corazón en la boca. En una de estas ocasiones, un compañero de nuestras filas se emocionó tanto que me gritó:

-Te a-apuesto d-dos d-dólares a que lo m-matan antes de que llegue a-al f-foso.

No acepté la brutal apuesta, porque yo también estaba seguro de que lo matarían.

Pero permítanme hacer justicia a la memoria de un hombre valiente. De todas las veces que exponía inútilmente su vida, no hacía después la menor baladronada ni el subsiguiente relato de sus hazañas. En las pocas ocasiones en que alguno de nosotros se había aventurado a reprenderlo, Brayle había sonreído amablemente y había dado una respuesta cortés pero firme, que no alentaba a proseguir con el tema. Un día le habló al capitán:

-Capitán, si alguna vez sufro un percance por olvidar sus consejos, espero que su querida voz me reconforte en mis últimos momentos murmurándome al oído las benditas palabras: «Ya se lo dije… »

Nos reímos del capitán, sin que hubiéramos sabido explicar por qué. Cuando aquella tarde le dispararon, hasta casi hacerlo pedazos en una emboscada, Brayle permaneció junto a su cuerpo mucho tiempo, colocando bien sus miembros con extrema delicadeza… ¡allí, en medio de un camino barrido por ráfagas de metralla y botes de humo! Es fácil censurar este tipo de cosas y no muy difícil abstenerse de imitarlas, pero es imposible no respetarlas. Y Brayle no era menos apreciado por aquella debilidad, que se expresaba de modo tan heroico. Deseábamos que no hiciera locuras, pero perseveró en su actitud hasta el final, resultando a veces gravemente herido, pero retornando siempre al cumplimiento de su deber, cuando estaba repuesto.

Por supuesto, al fin le llegó el momento. Aquel que ignora la ley de las probabilidades desafía a un adversario invencible. Fue en Resaca, en Georgia, durante el transcurso de una maniobra que resultó en la toma de Atlanta. Enfrente de nuestra brigada, las trincheras enemigas se extendían por campos abiertos a lo largo de la suave cima de una colina. Estábamos muy próximos a ellas, en el sotobosque, en cada extremo de este campo abierto, pero no albergábamos esperanzas de ocupar aquel claro hasta la noche, en que la oscuridad nos permitiría abrirnos camino como topos y surgir de las madrigueras. Nuestra línea se encontraba en el límite del bosque, a medio kilómetro del enemigo. Más o menos formábamos una especie de semicírculo en el que la línea enemiga quedaba como la cuerda del arco.

-Teniente, vaya a decir al coronel Ward que se acerque tanto como pueda, manteniéndose a cubierto, y que no malgaste munición en disparos innecesarios. Puede usted dejar su caballo.

Cuando el general impartió esta orden, nos encontrábamos en el margen del bosque, en el extremo derecho de aquel arco. El coronel Ward se hallaba en el extremo izquierdo. La sugerencia, hecha por el general, de dejar el caballo, significaba, obviamente, que Brayle debía tomar el camino más largo, a través del bosque y por en medio de los hombres. En realidad, era una sugerencia innecesaria. Ir por el camino más corto suponía fracasar con toda seguridad en la entrega del mensaje. Antes de que nadie hubiera podido interponerse, Brayle cabalgaba a medio galope por el campo abierto y de las trincheras enemigas surgía un fuego crepitante.

-¡Paren a ese maldito loco! -aulló el general.

Un soldado raso de la escolta, con más ambición que cerebro, espoleó al caballo hacia delante para obedecer, y en diez metros él y su caballo quedaron muertos en el campo del honor.

Brayle estaba ya fuera del alcance de las llamadas. Galopaba tranquilamente, en paralelo al enemigo, a menos de doscientos metros de distancia. ¡Parecía un cuadro admirable! El sombrero había volado o saltado de un disparo de su cabeza y su largo cabello rubio subía y bajaba en el aire con el movimiento del caballo. Se sentaba muy erguido en la montura, sujetando suavemente las riendas con la mano izquierda, y con la derecha colgando indolentemente a un lado. Una rápida mirada a su hermoso perfil cuando volvía la cabeza a uno u otro lado demostraba que el interés con que tomaba lo que estaba sucediendo era verdadero y sin ninguna afectación.

El espectáculo era intensamente dramático, pero en modo alguno teatral. Sucesivas hileras de rifles escupían fuego sobre él mientras avanzaba y pronto nuestra línea, en el linde del bosque, se rompió en una visible y sonora defensa. Sin más preocupación por sí mismos ni por las órdenes recibidas, nuestros compañeros se pusieron en pie de un salto y se precipitaron al campo abierto lanzando láminas de balas hacia la chispeante cima de las fortificaciones enemigas, que respondieron abriendo un bestial fuego sobre los grupos desprotegidos, con efectos mortales. La artillería de las dos partes se unió a la batalla, puntuando el crepitar y el clamor con explosiones sordas que hacían temblar la tierra y rasgando el aire con ensordecedoras tormentas de metralla. Desde el lado enemigo la metralla astillaba los árboles y los salpicaba de sangre; desde nuestro lado, ensuciaba el humo de sus armas con nubes de polvo que se levantaban de sus trincheras.

El combate general había concentrado mi atención por un momento, pero después, mirando hacia abajo, al camino despejado que quedaba entre aquellas dos nubes de tormenta, vi a Brayle, la causa de aquella carnicería. Invisible ahora para los dos bandos, condenado por igual por amigos y adversarios, estaba de pie en medio de aquel espacio barrido de disparos, con la cara vuelta al enemigo. A pocos metros, su caballo yacía en el suelo. Al instante vi lo que lo había detenido.

Como ingeniero topógrafo que yo era, a primeras horas del día había hecho un apresurado reconocimiento del terreno y en ese momento recordé que en aquel punto había un profundo y sinuoso barranco, que atravesaba el campo por el medio hasta las líneas enemigas con las que se unía al final en ángulo recto. Desde la posición donde nos encontrábamos no podía verse y Brayle, evidentemente, desconocía su existencia. Sin duda, era infranqueable. Sus ángulos salientes le hubieran proporcionado una completa seguridad si se hubiera contentado con el milagro que, sin duda, se había producido ya en su favor, y hubiera saltado dentro. No podía avanzar y no podía retroceder. Estaba de pie, aguardando la muerte. No lo hizo esperar mucho.

Por una misteriosa coincidencia, el fuego cesó casi en el mismo instante en que cayó. Unos pocos disparos aislados, a largos intervalos, acentuaron más el silencio, en lugar de romperlo. Era como si los dos bandos se hubieran arrepentido súbitamente de su inútil crimen. Poco después, cuatro de nuestros camilleros, seguidos por un sargento con bandera blanca, avanzaron por el campo sin ser molestados y se dirigieron directamente hacia el cuerpo de Brayle. Varios oficiales y soldados confederados salieron a su encuentro y, descubriéndose, los ayudaron a levantar su sagrada carga. Mientras lo traían a nuestras filas, oímos tras las trincheras enemigas el sonido apagado de los pífanos y los tambores… una marcha fúnebre. Un enemigo generoso honraba a un valiente caído.

Entre los efectos personales del muerto estaba una desgastada cartera de cuero de Rusia. Me tocó a mí en la distribución de los recuerdos de nuestro amigo, que hizo el general, en calidad de administrador.

Un año después del final de la guerra, en mi vuelta a California, la abrí y la inspeccioné sin mucha atención. De un compartimiento que había pasado por alto cayó una carta sin sobre ni dirección. Estaba escrita con letra de mujer y empezaba con unas palabras de cariño, pero sin encabezamiento. Estaba fechada en: «San Francisco, Cal., 9 de julio de 1862». La firma era: «Querida», entre comillas. De manera casual, la autora de la carta daba su nombre y apellidos en medio del texto: Marian Mendenhall.

La carta mostraba indicios de cultura y educación en su autora, pero era una carta de amor corriente, si es que una carta de amor puede ser corriente. No había en ella nada interesante, a excepción de un párrafo:

«El señor Winters (a quien aborreceré siempre por ello) ha ido contando que en una batalla en Virginia, durante la cual fue herido, te vio agazapado detrás de un árbol. Estoy segura de que quiere despreciarte ante mis ojos, como sabe que ocurriría si creyera tal historia. Podría soportar recibir la noticia de la muerte de mi amante soldado, pero no la de su cobardía.»

Aquéllas eran las palabras que aquella tarde soleada, en una lejana región, habían matado a un centenar de hombres. ¿Las mujeres son débiles?

Una noche visité a la señorita Mendenhall para devolverle su carta. Tenía la intención, también, de contarle lo que ella había provocado, aunque sin decirle que había sido la causa. La encontré en una bonita casa de Rincón Hill. Era hermosa y bien educada; en una palabra, encantadora.

-Usted conocía al teniente Herman Brayle, ¿no es así? -empecé, de una manera algo brusca-. Sin duda sabe que desgraciadamente cayó en batalla. Entre sus efectos se encontró esta carta, remitida por usted. Mi misión al venir aquí es entregársela personalmente.

Tomó maquinalmente la carta, la miró por encima y se ruborizó. Luego, mirándome con una sonrisa, dijo:

-Es muy amable de su parte, aunque estoy segura de que no merecía la pena que se molestara.

De pronto se sobresaltó y cambió de color.

-Esta mancha… -dijo-, es… seguramente, no será…

-Señorita -dije yo-, discúlpeme, pero sí, es la sangre del corazón más fiel y más valeroso que ha palpitado jamás.

Entonces tiró apresuradamente la carta a los ardientes carbones de la chimenea.

-¡Oh! No puedo soportar la visión de la sangre -exclamó-. ¿Cómo murió?

Me había levantado instintivamente para rescatar aquel pedazo de papel, sagrado hasta para mí, y estaba de pie detrás de ella. Cuando hizo la pregunta volvió la cara ligeramente. La luz de la carta ardiendo se reflejó en sus ojos y le tintó una mejilla con un color carmesí igual que el rojo de la mancha del papel. Jamás había visto nada tan hermoso como aquella odiosa criatura.

-Lo mordió una serpiente -respondí.

 

 Al otro lado de la pared

Hace muchos años, cuando iba de Hong Kong a Nueva York pasé una semana en San Francisco. Hacía mucho tiempo que no había estado en esa ciudad y durante todo aquel periodo mis negocios en Oriente habían prosperado más de lo que esperaba. Como era rico, podía permitirme volver a mi país para restablecer la amistad con los compañeros de juventud que aún vivían y me recordaban con afecto. El más importante para mí era Mohum Dampier, un antiguo amigo del colegio con quien había mantenido correspondencia irregular hasta que dejamos de escribirnos, cosa muy normal entre hombres. Es fácil darse cuenta de que la escasa disposición a redactar una sencilla carta de tono social está en razón del cuadrado de la distancia entre el destinatario y el remitente. Se trata, simple y llanamente, de una ley.

Recordaba a Dampier como un compañero, fuerte y bien parecido, con gustos semejantes a los míos, que odiaba trabajar y mostraba una señalada indiferencia hacia muchas de las cuestiones que suelen preocupar a la gente; entre ellas la riqueza, de la que, sin embargo, disponía por herencia en cantidad suficiente como para no echar nada en falta. En su familia, una de las más aristocráticas y conocidas del país, se consideraba un orgullo que ninguno de sus miembros se hubiera dedicado al comercio o a la política, o hubiera recibido distinción alguna. Mohum era un poco sentimental y su carácter supersticioso lo hacía inclinarse al estudio de temas relacionados con el ocultismo. Afortunadamente gozaba de una buena salud mental que lo protegía contra creencias extravagantes y peligrosas. Sus incursiones en el campo de lo sobrenatural se mantenían dentro de la región conocida y considerada como certeza.

La noche que lo visité había tormenta. El invierno californiano estaba en su apogeo: una lluvia incesante regaba las calles desiertas y, al ser empujada por irregulares ráfagas de viento, se precipitaba contra las casas con una fuerza increíble. El cochero encontró el lugar, una zona residencial escasamente poblada cerca de la playa, con dificultad. La casa, bastante fea, se elevaba en el centro de un terreno en el que, según pude distinguir en la oscuridad, no había ni flores ni hierba. Tres o cuatro árboles, que se combaban y crujían a causa del temporal, parecían intentar huir de su tétrico entorno en busca de mejor fortuna, lejos, en el mar. La vivienda era una estructura de dos pisos, hecha de ladrillo, que tenía una torre en una esquina, un piso más arriba. Era la única zona iluminada. La apariencia del lugar me produjo cierto estremecimiento, sensación que se vio aumentada por el chorro de agua que sentía caer por la espalda mientras corría a buscar refugio en el portal.

Dampier, en respuesta a mi misiva informándole de mi deseo de visitarlo, había contestado: «No llames, abre la puerta y sube.» Así lo hice. La escalera estaba pobremente iluminada por una luz de gas que había al final del segundo tramo. Conseguí llegar al descansillo sin destrozar nada y atravesé una puerta que daba a la iluminada estancia cuadrada de la torre. Dampier, en bata y zapatillas, se acercó, tal y como yo esperaba, a saludarme, y aunque en un principio pensé que me podría haber recibido más adecuadamente en el vestíbulo, después de verlo, la idea de su posible inhospitalidad desapareció.

No parecía el mismo. A pesar de ser de mediana edad, tenía canas y andaba bastante encorvado. Lo encontré muy delgado; sus facciones eran angulosas, y su piel, arrugada y pálida como la muerte, no tenía un solo toque de color. Sus ojos, excepcionalmente grandes, centelleaban de un modo misterioso.

Me invitó a sentarme y, tras ofrecerme un cigarro, manifestó con sinceridad obvia y solemne que estaba encantado de verme. Después tuvimos una conversación trivial durante la cual me sentí dominado por una profunda tristeza al ver el gran cambio que había sufrido. Debió captar mis sentimientos porque inmediatamente dijo, con una gran sonrisa:

-Te he desilusionado: non sum qualis eram.

Aunque no sabía qué decir, al final señalé:

-No, que va, bueno, no sé: tu latín sigue igual que siempre.

Sonrió de nuevo.

-No -dijo-, al ser una lengua muerta, esta particularidad va aumentando. Pero, por favor, ten paciencia y espera: existe un lenguaje mejor en el lugar al que me dirijo. ¿Tendrías algún inconveniente en recibir un mensaje en dicha lengua?

Mientras hablaba su sonrisa iba desapareciendo, y cuando terminó, me miró a los ojos con una seriedad que me produjo angustia. Sin embargo no estaba dispuesto a dejarme llevar por su actitud ni a permitirle que descubriera lo profundamente afectado que me encontraba por su presagio de muerte.

-Supongo que pasará mucho tiempo antes de que el lenguaje humano deje de sernos útil -observé-, y para entonces su necesidad y utilidad habrán desaparecido.

Mi amigo no dijo nada y, como la conversación había tomado un giro desalentador y no sabía qué decir para darle un tono más agradable, también yo permanecí en silencio. De repente, en un momento en que la tormenta amainó y el silencio mortal contrastaba de un modo sobrecogedor con el estruendo anterior, oí un suave golpeteo que provenía del muro que tenía a mis espaldas. El sonido parecía haber sido producido por una mano, pero no como cuando se llama a una puerta para poder entrar, sino más bien como una señal acordada, como una prueba de la presencia de alguien en una habitación contigua; creo que la mayoría de nosotros ha tenido más experiencias de este tipo de comunicación de las que nos gustaría contar. Miré a Dampier. Si había algo divertido en mi mirada no debió captarlo. Parecía haberme olvidado y observaba la pared con una expresión que no soy capaz de definir, aunque la recuerdo como si la estuviera viendo. La situación era desconcertante. Me levanté con intención de marcharme; entonces reaccionó.

-Por favor, vuelve a sentarte -dijo-, no ocurre nada, no hay nadie ahí.

El golpeteo se repitió con la misma insistencia lenta y suave que la primera vez.

-Lo siento -dije-, es tarde. ¿Quieres que vuelva mañana?

Volvió a sonreír, esta vez un poco mecánicamente.

-Es muy gentil de tu parte, pero completamente innecesario. Te aseguro que ésta es la única habitación de la torre y no hay nadie ahí. Al menos…

Dejó la frase sin terminar, se levantó y abrió una ventana, única abertura que había en la pared de la que provenía el ruido.

-Mira.

Sin saber qué otra cosa podía hacer, lo seguí hasta la ventana y me asomé. La luz de una farola cercana permitía ver claramente, a través de la oscura cortina de agua que volvía a caer a raudales, que «no había nadie». Ciertamente, no había otra cosa que la pared totalmente desnuda de la torre.

Dampier cerró la ventana, señaló mi asiento y volvió a tomar posesión del suyo.

El incidente no resultaba en sí especialmente misterioso; había una docena de explicaciones posibles (ninguna de las cuales se me ha ocurrido todavía). Sin embargo me impresionó vivamente el hecho de que mi amigo se esforzara por tranquilizarme, pues ello daba al suceso una cierta importancia y significación. Había demostrado que no había nadie, pero precisamente eso era lo interesante. Y no lo había explicado todavía. Su silencio resultaba irritante y ofensivo.

-Querido amigo -dije, me temo que con cierta ironía-, no estoy dispuesto a poner en cuestión tu derecho a hospedar a todos los espectros que desees de acuerdo con tus ideas de compañerismo; no es de mi incumbencia. Pero como sólo soy un simple hombre de negocios, fundamentalmente terrenales, no tengo necesidad alguna de espectros para sentirme cómodo y tranquilo. Por ello, me marcho a mi hotel, donde los huéspedes aún son de carne y hueso.

No fue una alocución muy cortés, lo sé, pero mi amigo no manifestó ninguna reacción especial hacia ella.

-Te ruego que no te vayas -observó-. Agradezco mucho tu presencia. Admito haber escuchado un par de veces con anterioridad lo que tú acabas de oír esta noche. Ahora sé que no eran ilusiones mías y esto es verdaderamente importante para mí; más de lo que te imaginas. Enciende un buen cigarro y ármate de paciencia mientras te cuento toda la historia.

La lluvia volvía a arreciar, produciendo un rumor monótono, que era interrumpido de vez en cuando por el repentino azote de las ramas agitadas por el viento. Era bastante tarde, pero la compasión y la curiosidad me hicieron seguir con atención el monólogo de Dampier, a quien no interrumpí ni una sola vez desde que empezó a hablar.

-Hace diez años -comenzó-, estuve viviendo en un apartamento, en la planta baja de una de las casas adosadas que hay al otro lado de la ciudad, en Rincón Hill. Esa zona había sido una de las mejores de San Francisco, pero había caído en desgracia, en parte por el carácter primitivo de su arquitectura, no apropiada para el gusto de nuestros ricos ciudadanos, y en parte porque ciertas mejoras públicas la habían afeado. La hilera de casas, en una de las cuales yo habitaba, estaba un poco apartada de la calle; cada vivienda tenía un diminuto jardín, separado del de los vecinos por unas cercas de hierro y dividido con precisión matemática por un paseo de gravilla bordeado de bojes, que iba desde la verja a la puerta.

»Una mañana, cuando salía, vi a una chica joven entrar en el jardín de la casa izquierda. Era un caluroso día de junio y llevaba un ligero vestido blanco. Un ancho sombrero de paja decorado al estilo de la época, con flores y cintas, colgaba de sus hombros. Mi atención no estuvo mucho tiempo centrada en la exquisita sencillez de sus ropas, pues resultaba imposible mirarla a la cara sin advertir algo sobrenatural. Pero no, no temas; no voy a deslucir su imagen describiéndola. Era sumamente bella. Toda la hermosura que yo había visto o soñado con anterioridad encontraba su expresión en aquella inigualable imagen viviente, creada por la mano del Artista Divino. Me impresionó tan profundamente que, sin pensar en lo impropio del acto, descubrí mi cabeza, igual que haría un católico devoto o un protestante de buena familia ante la imagen de la Virgen. A la doncella no parecía disgustarle mi gesto; me dedicó una mirada con sus gloriosos ojos oscuros que me dejó sin aliento, y, sin más, entró en la casa. Permanecí inmóvil por un momento, con el sombrero en la mano, consciente de mi rudeza y tan dominado por la emoción que la visión de aquella belleza incomparable me inspiraba, que mi penitencia resultó menos dolorosa de lo que debería haber sido. Entonces reanudé mi camino, pero dejé el corazón en aquel lugar. Cualquier otro día habría permanecido fuera de casa hasta la caída de la noche, pero aquél, a eso de la media tarde, ya estaba de vuelta en el jardín, interesado por aquellas pocas flores sin importancia que nunca antes me había detenido a observar. Mi espera fue en vano; la chica no apareció.

»A aquella noche de inquietud le siguió un día de expectación y desilusión. Pero al día siguiente, mientras caminaba por el barrio sin rumbo, me la encontré. Desde luego no volví a hacer la tontería de descubrirme; ni siquiera me atreví a dedicarle una mirada demasiado larga para expresar mi interés. Sin embargo mi corazón latía aceleradamente. Tenía temblores y, cuando me dedicó con sus grandes ojos negros una mirada de evidente reconocimiento, totalmente desprovista de descaro o coquetería, me sonrojé.

»No te cansaré con más detalles; sólo añadiré que volví a encontrármela muchas veces, aunque nunca le dirigí la palabra ni intenté llamar su atención. Tampoco hice nada por conocerla. Tal vez mi autocontrol, que requería un sacrificio tan abnegado, no resulte claramente comprensible. Es cierto que estaba locamente enamorado, pero, ¿cómo puede uno cambiar su forma de pensar o transformar el propio carácter?

»Yo era lo que algunos estúpidos llaman, y otros más tontos aún gustan ser llamados, un aristócrata; y, a pesar de su belleza, de sus encantos y elegancia, aquella chica no pertenecía a mi clase. Me enteré de su nombre (no tiene sentido citarlo aquí) y supe algo acerca de su familia. Era huérfana y vivía en la casa de huéspedes de su tía, una gruesa señora de edad, inaguantable, de la que dependía. Mis ingresos eran escasos y no tenía talento suficiente como para casarme; debe de ser una cualidad que nunca he tenido. La unión con aquella familia habría significado llevar su forma de vida, alejarme de mis libros y estudios y, en el aspecto social, descender al nivel de la gente de la calle. Sé que este tipo de consideraciones son fácilmente censurables y no me encuentro preparado para defenderlas. Acepto que se me juzgue, pero, en estricta justicia, todos mis antepasados, a lo largo de generaciones, deberían ser mis codefensores y debería permitírseme invocar como atenuante el mandato imperioso de la sangre. Cada glóbulo de ella está en contra de un enlace de este tipo. En resumen, mis gustos, costumbres, instinto e incluso la sensatez que pueda quedarme después de haberme enamorado, se vuelven contra él. Además, como soy un romántico incorregible, encontraba un encanto exquisito en una relación impersonal y espiritual que el conocimiento podría convertir en vulgar, y el matrimonio con toda seguridad disiparía. Ninguna criatura, argüía yo, podría ser más encantadora que esta mujer. El amor es un sueño delicioso; entonces, ¿por qué razón iba yo a procurar mi propio despertar?

»El comportamiento que se deducía de toda esta apreciación y parecer era obvio. Mi honor, orgullo y prudencia, así como la conservación de mis ideales me ordenaban huir, pero me sentía demasiado débil para ello. Lo más que podía hacer -y con gran esfuerzo- era dejar de ver a la chica, y eso fue lo que hice. Evité incluso los encuentros fortuitos en el jardín. Abandonaba la casa sólo cuando sabía que ella ya se había marchado a sus clases de música, y volvía después de la caída de la noche. Sin embargo era como si estuviera en trance; daba rienda suelta a las imaginaciones más fascinantes y toda mi vida intelectual estaba relacionada con ellas. ¡Ah, querido amigo! Tus acciones tienen una relación tan clara con la razón que no puedes imaginarte el paraíso de locura en el que viví.

»Una tarde, el diablo me hizo ver que era un idiota redomado. A través de una conversación desordenada, y sin buscarlo, me enteré por la cotilla de mi casera que la habitación de la joven estaba al lado de la mía, separada por una pared medianera. Llevado por un impulso torpe y repentino, di unos golpecitos suaves en la pared. Evidentemente, no hubo respuesta, pero no tuve humor suficiente para aceptar un rechazo. Perdí la cordura y repetí esa tontería, esa infracción, que de nuevo resultó inútil, por lo que tuve el decoro de desistir.

»Una hora más tarde, mientras estaba concentrado en algunos de mis estudios sobre el infierno, oí, o al menos creí oír, que alguien contestaba mi llamada. Dejé caer los libros y de un salto me acerqué a la pared donde, con toda la firmeza que mi corazón me permitía, di tres golpes. La respuesta fue clara y contundente: uno, dos, tres, una exacta repetición de mis toques. Eso fue todo lo que pude conseguir, pero fue suficiente; demasiado, diría yo.

»Aquella locura continuó a la tarde siguiente, y en adelante durante muchas tardes, y siempre era yo quien tenía la última palabra. Durante todo aquel tiempo me sentí completamente feliz, pero, con la terquedad que me caracteriza, me mantuve en la decisión de no ver a la chica. Un día, tal y como era de esperar, sus contestaciones cesaron. «Está enfadada -me dije- porque cree que soy tímido y no me atrevo a llegar más lejos»; entonces decidí buscarla y conocerla y… Bueno, ni supe entonces ni sé ahora lo que podría haber resultado de todo aquello. Sólo sé que pasé días intentando encontrarme con ella, pero todo fue en vano. Resultaba imposible verla u oírla. Recorrí infructuosamente las calles en las que antes nos habíamos cruzado; vigilé el jardín de su casa desde mi ventana, pero no la vi entrar ni salir. Profundamente abatido, pensé que se había marchado; pero no intenté aclarar mi duda preguntándole a la casera, a la que tenía una tremenda ojeriza desde que me habló de la chica con menos respeto del que yo consideraba apropiado.

»Y llegó la noche fatídica. Rendido por la emoción, la indecisión y el desaliento, me acosté temprano y conseguí conciliar un poco el sueño. A media noche hubo algo, un poder maligno empeñado en acabar con mi paz para siempre, que me despertó y me hizo incorporarme para prestar atención a no sé muy bien qué. Me pareció oír unos ligeros golpes en la pared: el fantasma de una señal conocida. Un momento después se repitieron: uno, dos, tres, con la misma intensidad que la primera vez, pero ahora un sentido alerta y en tensión los recibía. Estaba a punto de contestar cuando el Enemigo de la Paz intervino de nuevo en mis asuntos con una pícara sugerencia de venganza. Como ella me había ignorado cruelmente durante mucho tiempo, yo le pagaría con la misma moneda. ¡Qué tontería! ¡Que Dios sepa perdonármela! Durante el resto de la noche permanecí despierto, escuchando y reforzando mi obstinación con cínicas justificaciones.

»A la mañana siguiente, tarde, al salir de casa me encontré con la casera, que entraba:

»-Buenos días, señor Dampier -dijo-; ¿se ha enterado usted de lo que ha pasado?

Le dije que no, de palabra, pero le di a entender con el gesto que me daba igual lo que fuera. No debió captarlo porque continuó:

-A la chica enferma de al lado. ¿Cómo? ¿No ha oído nada? Llevaba semanas enferma y ahora…

Casi salto sobre ella.

»-Y ahora… -grité-, y ahora ¿qué?

»-Está muerta.

»Pero aún hay algo más. A mitad de la noche, según supe más tarde, la chica se había despertado de un largo estupor, tras una semana de delirio, y había pedido -éste fue su último deseo- que llevaran su cama al extremo opuesto de la habitación. Los que la cuidaban consideraron la petición un desvarío más de su delirio, pero accedieron a ella. Y en ese lugar aquella pobre alma agonizante había realizado la débil aspiración de intentar restaurar una comunicación rota, un dorado hilo de sentimiento entre su inocencia y mi vil monstruosidad, que se empeñaba en profesar una lealtad brutal y ciega a la ley del Ego.

»¿Cómo podía reparar mi error? ¿Se pueden decir misas por el descanso de almas que, en noches como ésta, están lejos, «por espíritus que son llevados de acá para allá por vientos caprichosos», y que aparecen en la tormenta y la oscuridad con signos y presagios que sugieren recuerdos y augurios de condenación?

»Esta ha sido su tercera visita. La primera vez fui escéptico y verifiqué por métodos naturales el carácter del incidente; la segunda, respondí a los golpes, varias veces repetidos, pero sin resultado alguno. Esta noche se completa la «tríada fatal» de la que habla Parapelius Necromantius. Es todo lo que puedo decir.»

Cuando hubo terminado su relato no encontré nada importante que decir, y preguntar habría sido una impertinencia terrible. Me levanté y le di las buenas noches de tal forma que pudiera captar la compasión que sentía por él; en señal de agradecimiento me dio un silencioso apretón de manos. Aquella noche, en la soledad de su tristeza y remordimiento, entró en el reino de lo Desconocido.

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