Burgess

Poderes terrenales (fragmento).

“El pasaporte lo había extendido el cónsul general de Su Majestad en Niza. El sello oficial estaba descuidadamente estampado en la parte inferior de la foto: el borde entraba en la fotografía como el sol en su primera luz. Jacob Strehler tenía, lo sabía muy bien, sesenta y pocos años: había engendrado con bastante retraso a Heinrich Mordecai Strehler, como el propio documento de viaje de aquel villano, escondido también allí, le denominaba… Un documento rebosante de águilas y cruces gamadas y larguísimas palabras compuestas. Era como si hubiera teido que haber un pausado filtraje en el conducto seminal de la depravación familiar que, en el caso del padre, se había podido purificar únicamente a través de la imaginación creadora. Yo no sabía qué estatura tendría Jacob Strehler, pero el Reich era tierra de metros y nigún funcionario se tomaría la molestia de buscar un cuadro de equivalencias. ¿Ojos castaños? Todos los ojos eran castaños, salvo los de mi querida hermana Hortense. La castaña era un fruto, no un color. El nuevo nombre de Strehler sería Julian Manning Brown: había espacio justo para añadir la letra. El problema sería conseguir una foto.

Yo había escrito relatos en que se sacaba a gente de lugares nefandos. Todo escritor de ficción se ve obligado, una vez en al vida, a llevar a la práctica algo que ha estructurado con la imaginación. Iba a intentar una hazaña que quedaría muy bien en mi biografía. Además, me libraría del maldito Heinz. Miré mi reloj: 5.05. Todos los Ingersolls robados de Heinz decían lo mismo. La oficina de William Heinemann Ltd. aún estaría abierta. Decidí ir a consultar a su departamento de publicidad.    

Todas las fotos de Strehler que Fred Holden pudo enseñarme mientras tomábamos un Tío Pepe tibio, le hacían parecer escandalosamente el profesta bíblico. Los nazis no serían lo bastante sutiles para apreciar la burla. Decidí confiar en Fred Holden. Dios mío, eso es muy arriesgado, dijo. Y yo le dije: ¿Qué otra cosa puede hacer uno, francamente, para rescatar a un gran hombre cuya hora peligrosa se acerca si, y entonces jamás nos lo perdonaremos, no ha llegado ya? Cuando vuelvas con él, no se lo digas a la prensa, sijo Fred Holden: quiero tener yo primero la noticia. Ahora, veamos. Y buscó entre las fotografías que se habían sacado en Estocolmo en 1935. Vaya, ésta serviría, con un poco de suerte. Strehler en una fotografía de grupo con otros premiados: C. von Ossjetzky (Paz), H. Spemann (Medicina y Fisiología), F. Joliot y su esposa Irène Curie (Química). Strehler miraba lúgubremente a la lente de la cámara, con una copa grande en la mano. Prueba el tamaño. Abrí el pasaporte de la pobre doctora Manning-Brown. Fred llamó a su ayudante Christine, una chica que se sentía en su elemento con el pegamento y las tijeras. Peló la foto del legítimo propietario. Formó una plantilla para sacar con cuchilla la imagen de Strehler. ¿esto no es ilegal?, dijo Christine con una risilla. Sí, dije yo, pero es muy muy moral. Tenemos el problema de este trozo de arco del sello del Ministerio de Asuntos Exteriores, dijo Fred Holden. Veamos. Sobre el retrato superpuesto de Strehler aplicó los bordes de varios vasitos de licor para ver si el arco coincidía.  El Departamento de publicidad tenía una generosa asignación para gastos de hospitalidad. El problema es que estos vasos son redondos, y este maldito sello es ovalado. Christine saió a la caja de plomos del pasillo y volvió con lo que resolvió el problema. Bendita seas, chica, eres un genio. Terminamos estampando, con la presión del tacón del zapato de Fred, un centímetro de grueso cable. El pasaporte quizás no pasase la inspección de un funcionario inglés de inmigración, pero lo que me interesaba era la emigración. Poder meterle en un avión de la Lufthansa, Wien-Milán. A partir de allí, no habría problema. A la mañana siguiente, hacia las once, apareció furtivamente Heinz, encogido, los brazos listos para defender su belleza de mis golpes. Le asustó encontrarme en un sillón con The Times, tranquilo y amistoso”.  

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez (1988)

                                                                                                                                                                                                                                                 Un hombre muerto en Deptford (fragmento).

Hans Holbein The Younger

Hans Holbein The Younger

“-Temo que éste pueda ser nuestro fin, dijo el duque de Northumberland mientras fumaba ansiosamente. La estancia llena de humo era un gran solaz. Todos echaban bocanadas y el humo acariciaba las cartas y los mapamundis, testimonios del inmenso mundo exterior.

-No os dejéis llevar, dijo Hariot, por la melancolía de Sir Wat.

-Tiene sus melancolías y sus consuelos, dijo Adrian Gilbert, aunque estos últimos no hayan de durar. Siempre fue un hombre audaz. Cuarenta mil libras en total, dice, y ¿qué puede enseñar?

-El tabaco y el Solanum tuberosum, dijo Hariot, a más de un jefe indio, aunque sólo sus propios dioses saben por qué debe bautizársele en la fe cristiana.

-Por insistencia de la Reina, dijo el duque dándose lumbre de nuevo. Pues bien, ahí le tenemos, en la corte, para demostrar a los escépticos que Virginia existe. Hay que aguijarle para que demuestre que es realidad palpable, de modo que devolvioles con razón sus golpes a los palpadores.

-Le llevaron a La Rosa, terció Kit. Quería sumarse a las peleas del escenario. Tiene una hermosa cabeza, parece ser gente agraciada. Me dijo cómo contaba: akafa, tuklo, tukcina. Decretó que Alleyn era un hatak kallo y Henslowe un hatak ikhallo. Hombre fuerte, hombre no fuerte. Habéis descubierto gente extraña, dijo a Hariot, pero ellos también.

-Pues la navegación se ha acabado para mí. Sir Wat cede todo a las compañías por acciones para las que nunca se escribirá un poema como Heroicas y valerosas mentes las vuestras. Y vuelve a la piratería y al saqueo del oro español, ante la fingida ignorancia de la Reina. La vida es dura. Y así es como perdemos la cabeza de lo que somos.

-Aquí viene Adrian para conferir autoridad familiar a nuestras últimas juntas, dijo el duque. El torreón de Durham House no ha de ser ya el único nido de especulación sin afán de lucro.

-¿Sin afán de lucro, sin afán de lucro decís? Así habló Adrian Gilbert, que era el hermanastro de Sir Walter. No tenía nada del vigor curtido y de la corpulencia de Sir Walter ni tampoco de la áspera corteza devoniana, aunque mucho del avisado ojo investigador. ¿Y cómo habremos de medir el lucro?

-Quiere decir que el aglutinamiento de una nación beata y supersticiosa con el nuevo concimiento y el nuevo escepticismo tarda en producirse.

-Nunca llegaréis a educar al grueso de la nación, dijo el duque. Además los que rigen una nación no andan por ahí clamando saber que su poder se apoya en los más endebles fundamentos. Son diligentes, me refiero sobre todo a los obispos, a la hora de instruir al vulgo mediante la palabra, ya que los que no suelen ser propensos a lavarse no lo son más a la lectura, y llegarán, como con la impostura de Marprelate, a utilizar el teatro para condenar lo que ellos deseen ver condenado.  ¿Qué ha hecho aquí nuestro Merlin para despejar con un oplo de viento fresco los caletres de los comedores de salchichas? Fausto podría también haber venido de los propios obispos por su burla de las virtudes del conocimento.

-Lo que se dice en escena, dijo Kit en tono bajo y con cierta desgana, es objeto de la atenta lectura de los carceleros de nuestras almas. Sólo la historia es intangible. Presenta la verdad de los que vivieron y nadie tiene por qué ensalzar o condenar.

-Su señoría Lady Pembroke, dijo Adrian Gilbert, siempre está diciendo que las gentes cuyos antepasados hicieron el pasado, por referencia a los más comunes, deberían conocer tal pasado. Ello muestra que en efecto las creencias y los modales cambian, que todas las cosas están sujetas al cambio, que no hay estasis.

-Hablais com Warner, dijo Hariot. Por cierto, ¿dónde está Warner?

-Estábamos ambos en Wilton dedicados a nuestras investigaciones alquímicas. Él se quedó, yo estoy aquí respondiendo a la llamada de quien es casi mi hermano. Ayuda a la condesa a ensuciar sus delicadísimas manos.

Honoris tui studiosissimus, musitó Kit y, cuando todos le miraron inquisitivamente, dijo: Perdonadme. La carta que me envió apestaba a assa foetida o estiércol del diablo. Me pareció delicioso. Laurigera stirpe prognata Delia, Sidnaei vatis Apollinei genuina soror había escrito yo. Era la dedicatoria de las Amintae Gaudia de Tom Watson, que había escrito para ella, pero que todavía no se había impreso; mi latín es mejor que el de Tom, mas no que el de ella. No le plugo mi comedia para los hombres de Pembroke. Díjome que había en ella demasiada sodomía y poca historia. Así que quité el empalamiento del rey Eduardo con un hurgón, de esta manera tendrá la historia sin la sodomía, si es que tal cosa existe.

El propio de Sir Walter apareció en la puerta para anunciar que Sir Walter y sus señores se habían levantado y que podían bajar todos al salón par compartir algo si placía a milord y a los otros caballeros. Se levantaron y se preguntaron si debían abandonar sus pipas, ya que Lady Raleigh era una dama muy delicada.

-Lady Raleigh no lo sería si aborreciese el tabaco, dijo enérgicamente el duque. La piel de su esposo lo exhuda. No obstante, bajaremos sin pipas.

Abajo había una mesa con vino blanco y tinto trasegado a finas botellas, pequeñas aves como fiambre, una ensalada fría de tubérculos hervidos con perejil picado y un desenfadado despliegue de entremeses. Luego Sir Walter, enojado como el propio sol en su gloria, entró con su dama. Ella era Bess (tal nombre rústico era como una suerte de deferencia a su real patrona), de los Throckmortons, y, al verla por la primera vez, Kit sintió que sus íntimas propensiones bien pudieran experimentar una suerte de conversión paulina, como en el infeliz poema de Kyd: 

Dios en su gloria abrasole los ojos ciegos/ Y su lealtad forzó de otro modo,/ Porque él no era ya lo que antes fuera/ Y al punto renegó de la pasada aversión.

Aunque nunca había sido aversión sino indiferencia más bien, pues las mujeres para él se habían reducido a madre, hermanas y alguna que otra vendedora de ostras. Decían de ella que era una de las glorias de la reina, y vive Dios que así era, o, más bien, vive Dios que de Dios gloria era.” 

Traducción de Ramón García (Santillana, 2008)

 

 


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