Hoffmann

Los hermanos de San Serapio (1819-1821)

Vampirismo

Pietro Annigoni

Pietro Annigoni

—Ahora que habláis de vampirismo, me viene a la mente una historia cruel que hace tiempo leí o escuché. Creo que más bien lo último, pues ahora que recuerdo, el narrador insistió mucho en que el relato era verdadero y nombró la familia condal, y el solar donde ocurrió el suceso. Si la historia se ha publicado y la conocéis, interrumpidme, pues no hay nada más fastidioso y aburrido que escuchar cosas conocidas de antiguo.

—Me parece notar que nos vas a ofrecer algo horroroso y tremendo; así es que, por lo menos, piensa en San Serapio y procura ser lo más breve posible, para que Vincenzo tenga la palabra, pues, según veo, está impaciente por referirnos el cuento que nos prometió.

—¡Calma, calma! —exclamó Vincenzo—. Nada mejor deseo para mí que Cipriano tienda un tapiz negro que sirva de fondo a la representación mímico-plástica de mis alegres, pintorescas y saltarinas figuras. Empieza, Cipriano amigo, muéstrate seco, terrorífico, incluso espeluznante, más que el vampírico lord Byron, al que por cierto no he leído.

—El conde Hipólito —comenzó Cipriano— había regresado ya de sus largos viajes, para hacerse cargo de la rica herencia de su padre, fallecido tiempo ha. El palacio solariego estaba situado en una de las regiones más bellas y agradables del país, y las rentas que le proporcionaban sus posesiones bastaban para el costoso embellecimiento del mismo.

»Todo lo que el conde había visto a lo largo de sus viajes de más bello y atractivo y suntuoso quería verlo de nuevo levantarse ante sus ojos. Cortesanos y artistas reuníanse en torno a él y acudían a su llamada, de modo que pronto comenzaron las obras del palacio, y el diseño de un amplio parque de gran estilo, en el que se hallarían incluidas iglesia, cementerio y parroquia, formando parte del artístico jardín. El conde dirigía todos los trabajos, pues tenía conocimientos suficientes para ello. Se entregó en cuerpo y alma a estas ocupaciones, de modo que transcurrió un año sin que se le ocurriese (según le aconsejó su anciano tío) dejarse ver a los ojos de las jóvenes, para escoger como esposa a la más bella, a la mejor y a la más noble.

»Una mañana que se encontraba precisamente sentado ante la mesa de dibujo, haciendo el proyecto de un nuevo edificio, se hizo anunciar una vieja baronesa, lejana pariente de su padre. Hipólito recordó al oír el nombre de la baronesa, que su padre sentía una indignación intensísima contra esta mujer, e incluso que hablaba de ella con repugnancia, y a todas cuantas personas trataban de acercarse a ella les aconsejaba que se alejasen, aunque sin explicar jamás los motivos del peligro. Cuando se le preguntaba al conde, solía decir que había ciertas cosas sobre las que más valía callar que hablar. Con más razón, cuanto que en la residencia corrían turbios rumores de un extraño e insólito proceso criminal, en el que estaba implicada la baronesa, que separada de su marido y expulsada de su alejado lugar de residencia, sólo gracias a la intervención del príncipe se veía libre de encarcelamiento.

»Muy molesto se sintió Hipólito por la proximidad de una persona a la que su padre aborrecía, aunque los motivos del aborrecimiento le fuesen desconocidos. La ley de la hospitalidad, que era privativa de toda esta región, le obligaba a recibir la desagradable visita. Jamás una persona había causado al conde una impresión tan antipática en su apariencia —aunque en realidad no fuese odiosa— como la baronesa.

»Nada más entrar, traspasó al conde con una mirada de fuego, luego entornó los párpados y se disculpó de su visita, casi con expresión humilde. Se quejó de que el padre del conde, poseído por extraños prejuicios, a los que le habían inducido sus enemigos maliciosamente, la había odiado hasta la muerte, de modo que, aunque languidecía en la mayor pobreza, y se avergonzaba de su estado, nunca había recibido la menor ayuda. Al fin, como inesperadamente se hubiera visto en posesión de una pequeña suma de dinero, le había sido posible abandonar su residencia y huir hacia un pueblo muy alejado de aquella región. Antes de emprender el viaje no había podido resistir el impulso de conocer al hijo del hombre que le había profesado un odio tan injusto e irreconciliable, aunque a su pesar le reverenciase.

»Fue el conmovedor tono de verdad con que habló la baronesa, lo que emocionó al conde, cuanto más que lejos de mirar el desagradable semblante de la vieja, hallábase absorta su mirada en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba.

»Calló ésta y el conde pareció no darse cuenta: permanecía abstraído. La baronesa pidió que la disculpase, pues al entrar sintióse desconcertada, y se le olvidó presentar a su hija Aurelia. Sólo al oír esto recuperó el conde la palabra, y juró, enrojeciendo totalmente, lo que sumió en la mayor confusión a la adorable joven, que le concediesen enderezar lo que su padre había ejecutado por error, y les suplicó que, conducidas por su propia mano, entrasen en el palacio.

»Para confirmar estas palabras tomó la mano de la baronesa, pero la respiración y el habla se le cortaron, al tiempo que un frío enorme le recorría el cuerpo. Sintió que su mano era apresada por unos dedos rígidos, helados como la muerte, y le pareció como si la enorme y huesuda figura de la baronesa —que le contemplaba con ojos sin visión— estuviese envuelta en la espantosa vestimenta de un cadáver.

»—¡Oh, Dios mío, qué desgracia está sucediendo en este momento! —gritó Aurelia, y empezó a gemir con una voz tan quejumbrosa, que su pobre madre repentinamente fue presa de un ataque convulsivo, de cuyo estado, como de costumbre, solía salir unos instantes después, sin necesidad de valerse de ningún medio. Con gran trabajo se desprendió el conde de la baronesa, y como tomase la mano de Aurelia y depositase en ella un ardiente beso, sintió que el dulce deleite del amor y el fuego de la vida retornaban a invadir su ser.

»Próximo a la edad madura, sintió el conde, por primera vez, todo el poder de la pasión, de tal modo que le resultó muy difícil esconder sus sentimientos, y como Aurelia le manifestase su agrado de manera ingenua, se encendió en él la esperanza. Apenas pasaron unos cuantos minutos cuando la baronesa despertó de su desmayo e, ignorante de lo que había sucedido, aseguró al conde que estimaba la invitación de permanecer algún tiempo en el palacio, y que olvidaba para siempre todo el mal que su padre le había causado. Así fue como, repentinamente, cambió el hogar del conde, hasta el punto que llegó a pensar que, por un especial favor, el destino le había llevado hasta allí a la persona más ardientemente adorada de todo el universo, para concederle la mayor felicidad de que puede gozar un ser humano.

»La conducta de la baronesa fue idéntica, permaneció silenciosa, seria, incluso reservada, y mostró siempre que había ocasión favorable, un dulce talante y hasta una inocente alegría en el fondo de su corazón.

»El conde, que ya se había habituado al extraño semblante cadavérico y a su figura fantasmal, atribuyó todo esto a su enfermedad, así como la tendencia a una intensa exaltación, de la que daba muestras —según le había dicho su gente— durante los paseos nocturnos que efectuaba por el parque, en dirección al cementerio.

»El conde se avergonzó de que los prejuicios de su padre le hubiesen prevenido tanto contra ella y trató de vencer el sentimiento que le sobrecogía, siguiendo los consejos de su buen tío que le indicaba librarse de una relación que tarde o temprano le perjudicaría.

»Convencido del intenso amor de Aurelia, pidió su mano y figuraos con qué alegría la baronesa aceptó, viéndose transportada de la mayor indigencia al seno de la felicidad. La palidez y aquel aspecto que denotaba un interior extremadamente desasosegado, fue desapareciendo del semblante de Aurelia. La felicidad del amor resplandecía en su mirada y daba a sus mejillas un tono rosado.

»La mañana del día que se iba a celebrar la boda, un acontecimiento sobrecogedor vino a contrariar los deseos del conde. Encontraron a la baronesa inerte en el parque, caída en el suelo, con el rostro en tierra, no lejos del camposanto, y la transportaron al palacio, precisamente cuando el conde se levantaba dominado por el sentimiento de su felicidad inminente. Pensó que la baronesa había sido atacada por su acostumbrado mal; sin embargo, fueron vanos todos los medios de que se sirvieron para volverla a la vida. Estaba muerta.

«Aurelia no se entregó a los desahogos propios de un intenso dolor, y muda, sin derramar una lágrima, parecía haberse quedado como paralizada después del golpe recibido. El conde, que temía por su amada, con gran cuidado y suavidad se atrevió a recordarle su situación de criatura sola, de modo que ahora más que nunca era necesario aceptar el destino y proceder convenientemente acelerando la ceremonia de la boda que se había diferido a causa de la muerte de la madre. A esto, Aurelia, echándose en los brazos del conde, gritó, al tiempo que derramaba un torrente de lágrimas, con una voz que desgarraba el corazón: “Sí, sí, por todos los Santos, por mi bien, sí!”. El conde pensó que este vehemente desahogo era debido a la consideración bien amarga de que se encontrase sola, sin patria, y no supiese adonde ir, e incluso a las consideraciones sociales que le impedían permanecer en el palacio.

»El conde se ocupó de que una dama honorable le hiciese compañía hasta que el matrimonio se celebró, sin que ningún suceso desgraciado interrumpiese la ceremonia, e Hipólito y Aurelia alcanzaron la cumbre de su felicidad. Mientras todo esto sucedía, Aurelia se había mostrado siempre en un estado de gran excitación. No era el dolor por la pérdida de su madre lo que la desasosegaba, sino una sensación de miedo mortal que parecía atenazarla continuamente.

»En mitad de los más dulces transportes amorosos, sentíase sobrecogida de terror, palidecía como una muerta y abrazaba al conde, derramando lágrimas, como si quisiera asegurarse bien de que un poder invisible y enemigo no la llevase a la perdición. Entonces gritaba: “¡No, nunca, nunca!”.

»Una vez que se encontró casada con el conde pareció que el estado de excitación cesaba y que se veía libre del miedo que la sobrecogía. Esto no impidió que el conde adivinase que algún secreto fatídico se escondía en el seno de Aurelia, pero, ciertamente, le pareció inoportuno preguntarle acerca de ello, en tanto que persistiese la excitación, y ella misma se mantuviese callada. Hasta que un día se atrevió a insinuarle la pregunta de cuál era la causa de su desasosiego. Entonces Aurelia afirmó que suponía un inmenso bien para ella desahogar por entero su corazón en su amado esposo. No poco se sorprendió el conde cuando se enteró de que únicamente la fatal conducta de la madre era el motivo del malestar de Aurelia. “¿Hay algo más espantoso —gritó Aurelia— que odiar a la propia madre y tener que aborrecerla?” De aquí se deduce que tanto el padre como el tío no estaban dominados por falsos prejuicios y que la baronesa había engañado al conde con una premeditada hipocresía.

»Como un signo muy favorable, el conde consideró que la malvada madre se hubiese muerto el mismo día que se iba a celebrar su boda, y no tenía ningún reparo en decirlo. Aurelia, en cambio, dijo que precisamente desde el día de la muerte de su madre se sentía dominada por los más lúgubres y sombríos presentimientos, que no podía evitar sentir un miedo espantoso a que los muertos saliesen de sus tumbas y la arrancasen de los brazos de su amado para llevarla al abismo.

«Aurelia recordaba (según refería), confusamente, los tiempos de su niñez, cómo una mañana, cuando acababa de despertarse, oyó un tumulto espantoso en la casa. Las puertas se abrían y cerraban, se oían voces extrañas. Cuando finalmente se hizo la calma, la doncella tomó a Aurelia de la mano y la llevó a una gran estancia donde estaban muchos hombres reunidos, y en el centro de la habitación sobre una gran mesa yacía un hombre que jugaba a menudo con Aurelia, que le daba golosinas, y al que solía llamar papá. Extendió las manos hacia él y quiso besarle. Los labios que en otro tiempo estaban cálidos ahora estaban helados, y Aurelia, sin saber por qué, prorrumpió en sollozos. La doncella la condujo a una casa desconocida, donde estuvo durante mucho tiempo, hasta que apareció una señora y se la llevó en un coche. Era su madre que la trasladó a la Corte. Aurelia debía tener ya dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa, al que ésta recibió con alegría, denotando la confianza e intimidad de un amigo querido desde hace tiempo. Cada vez venía más a menudo, y cada vez era más evidente que su casa se transformaba y ponía en mejores condiciones. En lugar de vivir como en una cabaña y vestirse con pobres vestidos y alimentarse mal, ahora vivían en la parte más bella de la ciudad, ostentaban lujosos vestidos y comían y bebían con el desconocido, que diariamente se sentaba a la mesa y participaba en todas las diversiones públicas que se ofrecían en la Corte. Únicamente Aurelia permanecía ajena a las mejoras de su madre, que, evidentemente, se debían al extranjero. Se encerraba en su cuarto cuando la baronesa departía con el desconocido y permanecía tan insensible como antes.

»El desconocido, aunque era ya casi de cuarenta años, tenía un aspecto fresco y juvenil, poseía una gran figura y su semblante podía considerarse varonil. No obstante, le resultaba desagradable a Aurelia porque, a menudo, su conducta —aunque trataba de comportarse educadamente— le parecía vulgar, torpe y plebeya.

»Las miradas que empezó a dirigir a Aurelia le causaron inquietud y espanto, incluso un temor que ella misma no sabía explicar. Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en dar alguna explicación a Aurelia acerca del desconocido. Ahora mencionó su nombre a Aurelia, añadiendo que el barón era muy rico y un pariente lejano. Alabó su figura, sus rasgos, y terminó preguntando a Aurelia que qué le parecía. Aurelia no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un terror indecible y luego la regañó acusándola de ser necia. Poco después, la baronesa se conducía más amablemente que nunca con Aurelia. Le regaló hermosos vestidos y ricos adornos que estaban de moda, y la dejó participar en las diversiones públicas. El desconocido trataba de ganarse el favor de Aurelia, de tal modo que se hacía todavía más odioso. Fue fatal para su tierno espíritu juvenil que la casualidad le deparase ser testigo de todo esto, lo que motivó que sintiese un odio tremendo hacia el desconocido y la corrompida madre. Como pocos días después el desconocido, medio embriagado, la estrechase en sus brazos, de modo que no dejase lugar a dudas de sus aviesas intenciones, la desesperación diole fuerzas varoniles, de forma que le propinó tal empujón al desconocido que lo tiró de espaldas, tuvo que huir y se encerró en su cuarto.

»La baronesa explicó a Aurelia fríamente y con firmeza que el desconocido mantenía la casa y que no tenía el menor deseo de volver a la antigua indigencia, y que, por consiguiente, eran vanos e inútiles los melindres. Aurelia debía ceder a los deseos del desconocido, que amenazaba abandonarlas. En vez de compadecerse de las súplicas desgarradoras de Aurelia, de sus ardientes lágrimas, la vieja comenzó a proferir amenazas y a burlarse de ella, agregando que estas relaciones le proporcionarían el mayor placer de la vida, así como toda clase de comodidades, y dio muestras de un desaforado aborrecimiento hacia los sentimientos virtuosos, por lo que Aurelia quedó aterrada. Viose perdida, de modo que la única salvación posible le pareció una rápida huida.

«Aurelia se había hecho con una llave de la casa, y envolviendo algunas cosas indispensables para su fuga, se deslizó a medianoche, cuando vio a su madre profundamente dormida, hasta el vestíbulo iluminado débilmente. Con sumo cuidado trataba de salir, cuando la puerta de la casa chocó violentamente y retumbó a través de la escalera. En medio del vestíbulo, haciendo frente a Aurelia, apareció la baronesa vestida con una bata sucia y vieja, con el pecho y los brazos descubiertos, el pelo gris despeinado, moviéndose airada. Y detrás de ella el desconocido, que gritaba y chillaba: “¡Espera, condenado Satanás, bruja endemoniada, que me las vas a pagar!”, y arrastrándola por los pelos, empezó a golpearla de un modo brutal en mitad del cuerpo, envuelto como estaba en su gruesa bata.

»La baronesa empezó a proferir gritos de terror. Aurelia, casi desvanecida, pidió auxilio, asomándose a la ventana abierta. Dio la casualidad que precisamente pasaba por allí una patrulla de guardias, que entraron al instante en la casa: “¡Cogedle! —gritaba la baronesa a los guardias, retorciéndose de rabia y de dolor—. ¡Cogedle y agarradle bien! ¡Miradle la espalda!”

»En cuanto la baronesa pronunció su nombre, el jefe de la patrulla exclamó jubilosamente: “¡Aja! ¡Al fin te cogimos, Urian!”, y con esto le agarraron y le llevaron consigo, no obstante resistirse. A pesar de todo lo sucedido, la baronesa se había percatado de las intenciones de Aurelia. De momento se conformó con agarrarla violentamente del brazo, arrojarla al interior de su cuarto y cerrarlo bien, sin decir palabra. A la mañana siguiente, la baronesa salió y regresó muy tarde por la noche, mientras Aurelia permanecía en su cuarto encerrada como en una prisión, sin ver ni oír a nadie, de modo que pasó el día sin que tomase comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. A menudo la miraba la baronesa con ojos encendidos de ira, y parecía como si quisiera tomar una decisión, hasta que un día encontró una carta, cuyo contenido pareció llenarla de alegría: “Odiosa criatura —dijo la baronesa a Aurelia—, eres culpable de todo, aunque te perdono, y lo único que deseo es que no te alcance la espantosa maldición que este malvado ha descargado sobre ti”. Luego de decir esto se mostró muy amable, y Aurelia, ahora que ya aquel hombre se había alejado, no volvió a pensar más en la huida, por lo que le fue concedida mayor libertad.

»Pasado ya algún tiempo, un día que Aurelia estaba sentada sola en su cuarto, oyó un gran tumulto en la calle. La doncella salió y volvió diciendo que era el hijo del verdugo que iba detenido, después de ser marcado por robo y asesinato, y que al ser conducido a la cárcel se había escapado de entre las manos de los guardianes. Aurelia vaciló, asomándose a la ventana, dominada por temerosos presentimientos; no se había engañado, era el desconocido que, rodeado de numerosos guardianes, iba aherrojado subido en una carreta. Le conducían camino de la ejecución de la condena y de la expiación de sus faltas. Casi estuvo a punto de desmayarse en su sillón, cuando la espantosa y salvaje mirada del hombre se cruzó con la suya, al tiempo que con gestos amenazadores levantaba el puño cerrado hacia su ventana.

»Era costumbre de la baronesa estar siempre fuera de casa, aunque regresaba para hablar con Aurelia y hacer consideraciones acerca de su destino y de las amenazas que se cernían sobre ella, presagiando una vida muy triste. Por medio de la doncella que había entrado a su servicio el día después del suceso de aquella noche, y a la que habían tenido al corriente de las relaciones de la baronesa con aquel pícaro, se enteró Aurelia de que todos los de la casa compadecían a la baronesa por haber sido engañada tan vilmente por un delincuente tan despreciable.

»Bien sabía Aurelia que la cosa era de otro modo, y le parecía imposible que los guardias que poco antes habían detenido a este hombre en casa de la baronesa no supieran de sobra la buena amistad de la baronesa con el hijo del verdugo, ya que al apresarle, la baronesa había proferido su nombre y había hecho alusión a la marca de su espalda, que era la señal de su crimen. De aquí que, incluso, la misma doncella a veces expresase con ambigüedad lo que se decía por todas partes, y que insinuase que los jueces estaban haciendo averiguaciones, de forma que hasta la honorable baronesa estuviese a punto de sufrir arresto, debido a las extrañas declaraciones del malvado hijo del verdugo.

»De nuevo se dio cuenta la pobre Aurelia de la situación tan lamentable en que se hallaba su madre, y no comprendió cómo podría después de aquel horroroso acontecimiento permanecer un instante más en la residencia.

«Finalmente, viose obligada a abandonar el lugar, donde se sentía rodeada de un justificado desprecio, y a dirigirse a una región alejada de allí. El viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos referido.

»Aurelia se sintió extremadamente feliz, libre de las tremendas preocupaciones que tenía, pero he aquí que quedó aterrada cuando al expresarle su madre el favor divino que le concedía este sentimiento de bienaventuranza, ésta, echando llamas por los ojos, gritó con voz destemplada: “¡Tú eres la causa de mi desgracia, desventurada criatura, pero ya verás, toda tu soñada felicidad será destruida por el espíritu vengador, cuando me sobrecoja la muerte. En medio de las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás…”, y aquí se detuvo Aurelia, se apoyó en el pecho del conde y le suplicó que le permitiese callar lo que la baronesa había proferido en su furor demencial. Hallábase destrozada, pues creía firmemente que se cumplirían las amenazas de los malos espíritus que poseían a su madre.

»El conde consoló a su esposa lo mejor que supo, no obstante sentir él mismo escalofríos que le recorrían el cuerpo. Hubo de confesarse a sí mismo, cuando estuvo tranquilo, que el profundo aborrecimiento de la baronesa, aunque hubiese fallecido, arrojaba una negra sombra sobre la vida, que le había parecido tan clara.

«Poco tiempo después se notó un marcado cambio en Aurelia. Como la palidez mortal de su semblante y la mirada extenuada denotase enfermedad, pareció como si Aurelia ocultase un nuevo secreto en el interior de su ser, que se mostrase inquieto, inseguro y temeroso. Huía incluso hasta de su marido, se encerraba en su cuarto, buscaba los lugares más apartados del parque, y cuando se la veía, sus ojos llorosos y los consumidos rasgos de su semblante denotaban que sufría una pena profunda. En vano el conde se esforzaba por conocer los motivos del estado de su esposa. Del enorme desconsuelo en el que finalmente se sumió, la sacó un famoso médico, al insinuar que la gran irritabilidad de la condesa, a juzgar por los síntomas, posiblemente denotaba un cambio de estado, que haría la dicha del matrimonio. Este mismo médico se permitió, como se sentase a la mesa del conde y de la condesa, toda clase de alusiones al supuesto estado en que se hallaba la condesa.

»La condesa parecía indiferente a todo lo que escuchaba, aunque de pronto prestó gran atención, cuando el médico comenzó a hablar de los caprichos tan raros que a veces tenían las mujeres que estaban en estado, y a los que se entregaban sin tener en consideración la salud y la conveniencia del niño.

»La condesa abrumó al médico con preguntas, y éste no se cansó de responder a todas ellas, refiriendo casos asombrosamente curiosos y divertidos de su propia experiencia: “También —repuso— hay ejemplos de caprichos anormales, que llevan a las mujeres a realizar hechos espantosos. Así la mujer de un herrero sintió tal deseo de la carne de su marido, que no paró hasta que un día que éste llegó embriagado, se abalanzó sobre él con un cuchillo grande y le acuchilló de manera tan cruel que pocas horas después entregaba el espíritu”.

»Apenas hubo pronunciado el médico estas palabras, la condesa se desmayaba en la silla donde estaba sentada, y con gran trabajo pudo ser salvada de los ataques de nervios que sufrió a continuación. El médico se percató de que había sido muy imprudente al mencionar en presencia de una mujer tan débil y nerviosa aquel terrible suceso.

»Sin embargo, pareció que aquella crisis había ejercido un influjo bienhechor en el ánimo de la condesa, pues se tranquilizó, aunque como de nuevo volviese a enmudecer y a convertirse en una extraña criatura solitaria, con un fuego intenso que brotaba de sus ojos, adquiriendo la palidez mortal de antes, el conde nuevamente volvió a sentir pena e inquietud acerca del estado de su esposa. Lo más raro de él, era que la condesa no tomaba ningún alimento, y sobre todo que demostraba tal asco a la comida, especialmente a la carne, que más de una vez se alejó de la mesa dando las más vivas muestras de aborrecimiento.

»El médico se sintió incapaz de curarla, pues ni las más fuertes y cariñosas súplicas del conde, ni nada en el mundo podía hacer que la condesa tomase ninguna medicina.

Como transcurriesen semanas y meses sin que la condesa probase bocado, y pareciese que un insondable secreto consumía su vida, el médico supuso que había algo raro, más allá de los límites de la ciencia humana. Abandonó el palacio con un pretexto cualquiera, y el conde pudo darse cuenta de que la enfermedad de la condesa parecía muy sospechosa al acreditado médico, y denotaba que la enfermedad estaba muy arraigada, sin que hubiese medio de curarla. Hay que suponerse en qué estado de ánimo quedó el conde, no satisfecho con esta explicación.

«Justamente por esta época un viejo y fiel servidor tuvo ocasión de descubrir al conde que la condesa abandonaba el palacio todas las noches y regresaba al romper el alba. El conde se quedó helado. Ahora es cuando se dio cuenta de que desde hacía bastante tiempo, a eso de la medianoche, le sobrecogía un sueño muy pesado, que atribuía a algún narcótico que la condesa le administraba para poder abandonar sin ser vista el dormitorio que compartía con él.

»Los más negros presentimientos sobrecogieron su alma; pensó en la diabólica madre, cuyo espíritu quizá revivía ahora en la hija, en alguna relación ilícita y adulterina, y hasta en el malvado hijo del verdugo. A la noche siguiente iba a desvelársele el espantoso secreto, único motivo del estado misterioso en que se hallaba su esposa.

»La condesa acostumbraba ella misma a preparar el té que tomaba el conde y luego se alejaba. Aquel día decidió el conde no probar una gota, y como leyese en la cama, según tenía por costumbre, no sintió el sueño que le sobrecogía a medianoche como otras veces. No obstante se acostó sobre los cojines, e hizo como si durmiese. Suavemente, con gran cuidado, abandonó la condesa el lecho, se aproximó a la cama del conde e iluminó su rostro, deslizándose de la alcoba sin hacer ruido.

»El corazón le latía al conde violentamente, se levantó, echóse un manto y siguió a su esposa. Era una noche de luna clara, de modo que, no obstante lo veloz de su paso, se podía ver perfectamente a la condesa Aurelia, envuelta su figura en una túnica blanca. La condesa se dirigió a través del parque hacia el cementerio y desapareció tras el muro.

«Rápidamente, corrió el conde tras ella, atravesó la puerta del muro del cementerio, que halló abierta. Al resplandor clarísimo de la luna vio un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas mujeres semidesnudas, con el cabello desmelenado, hallábanse arrodilladas en el suelo, y se inclinaban sobre el cadáver de un hombre, que devoraban con voracidad de lobo. ¡Aurelia hallábase entre ellas! Impelido por un horror salvaje, el conde salió corriendo irreflexivamente, como preso de un espanto mortal, por el pavor del infierno, y cruzó los senderos del parque, hasta que, bañado en sudor, al amanecer encontróse ante la puerta del palacio. Instintivamente, sin meditar lo que hacía, subió corriendo las escaleras, y atravesó las habitaciones hasta llegar a la alcoba. La condesa yacía, al parecer entregada a un dulce y tranquilo sueño. El conde trató de convencerse de que sólo había sido una pesadilla o una visión engañosa que le había angustiado, ya que era sabedor del paseo nocturno, del cual daba trazas su manto, mojado por el rocío de la mañana.

»Sin esperar a que la condesa despertase, se vistió y montó en su caballo. La carrera que dio a lo largo de aquella hermosa mañana a través de los arbustos aromáticos, de los que parecía saludarle el alegre canto de los pájaros que despertaban al día, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y sereno regresó al palacio.

»Como ambos, el conde y la condesa, se sentasen solos a la mesa, y como de costumbre ésta tratase de salir de la estancia a la vista de la carne guisada, dando muestras del mayor asco, se le hizo evidente al conde, en toda su crudeza, la verdad de lo que había contemplado la noche anterior. Poseído del mayor furor se levantó de un salto y gritó con voz terrible: “¡Maldito aborto del infierno, ya sé por qué aborreces el alimento de los hombres, te cebas en las tumbas, mujer diabólica!”. Apenas había proferido estas palabras, la condesa, dando alaridos, se abalanzó sobre él con la furia de una hiena y le mordió en el pecho. El conde dio un empujón a la rabiosa mujer y la tiró al suelo, donde entregó su espíritu en medio de las convulsiones más espantosas. El conde enloqueció.

 

Mademoiselle de Scudéry 

 

Nicolas de Largilliere

Nicolas de Largilliere

Ya avanzada la noche —en el otoño de 1680— se oyeron en la puerta recios y vehementes golpes que re­sonaron en todo el vestíbulo. Bautista, que en el redu­cido tren de casa de la señorita ejercía a la vez de cocinero, criado y portero, había ido al campo con permiso de su ama para asistir a la boda de una her­mana, de manera que la única que velaba en la casa aquella noche era la Martiniére, la camarera de la se­ñorita. Oyó las repetidas llamadas, y se le ocurrió en seguida que, ausente Bautista, quedaba en la casa con la señorita sin auxilio ninguno. Se agolpaban en su mente los casos de violencia, de asalto de morada, los robos y los homicidios que en aquel entonces sufría París, y dio por cierto que algún grupo de perturbado­res, enterados de las circunstancias de la casa, era el que alborotaba y esperaban solamente que la puerta se abriera para llevar a cabo algún intento perverso contra su dueña. Temblorosa, atemorizada y maldiciendo a Bautis­ta, a su hermana y a la boda, se quedó quieta en su habi­tación, mientras continuaban resonando los golpes dados a la puerta, y en medio de ellos le pareció oír llamar una voz:—¡Abrid! ¡Os lo pido por Cristo! ¡Abrid!—. Con creciente temor se apresuró la Martiniére a coger el candelabro, con la vela encendida y se precipitó al ves­tíbulo. La voz del que llamaba se hizo más inteligible: — ¡Por el amor de Cristo, abridme! —Es evidente que un bandolero no habla de este modo —pensó la Martiniére—. Es tal vez una persona que busca refugio en la casa de mi señorita, a quien sabe inclinada a hacer buenas obras. Pero seamos precavidas—. Abrió una ven­tana y preguntó al que estaba abajo quién era el que en plena noche se atrevía a llamar tan ruidosamente, des­pertando a todos; hizo las preguntas ahuecando la voz y dándole el tono más varonil posible. Al resplandor de los rayos de la Luna, que rasgaban ahora unas nubes obscuras, descubrió la presencia de una figura alta, en­vuelta en una capa de color gris claro, y con el ala del sombrero al nivel de los ojos. —¡Bautista, Claudio, Pedro! —empezó a llamar la Martiniére, para que el que estaba abajo se enterara—. ¡Levantaos y ved al mentecato que va a hundirnos la puerta! —. Pero el de abajo respondió con una voz blanda, casi suplicante:

—¡Ay, Martiniére, amada señora, bien la conozco, por más que se esmere en fingir otra voz. Sé que Bautista está en el campo y que ha quedado sola en la casa con la señorita. No tema nada. Ábrame confiadamente. He de hablar con su señorita sin perder un minuto.

—¿Pero, se figura —replicó la camarera— que va a darle audien­cia sin más ni más, en plena noche? Usted ignora que está durmiendo hace rato y que por nada la despertaré del primer sueño, que es el más dulce, y el que tanto necesita a su edad.

—Estoy enterado —replicó el que estaba abajo— de que su ama acaba de dejar en estos momentos el manuscrito de su novela llamada «Celia», en el que trabaja tan afanosamente, y que ahora está es­cribiendo unos versos que se propone leer mañana en el círculo de la marquesa de Maintenon. La conjuro, se­ñora Martiniére, a que tenga compasión y me abra la puerta. Sepa que de ello depende el salvar de la perdi­ción a un desgraciado; que dependen de este momento en que me es preciso hablar con su ama el honor, la libertad y la misma vida de un hombre. Piense que la cólera de su ama pesaría eternamente sobre usted si se enterara de que fue usted la que echó tan sin razón al desgraciado que venía a pedirle asistencia. —Pero —dijo la camarera— ¿por qué venir a hablar de la misericordia de mi señorita a una hora tan intempestiva? Volved mañana por la mañana—. El que abajo esperaba replicó en estos términos: —¿Qué le importan al desti­no, devastador y pronto como la luz del rayo, el día ni la hora? ¿Es lícito aplazar la misericordia cuando la sal­vación depende del instante? Déme entrada y nada tema del mísero que, sin amparo, abandonado de todos, per­seguido, acosado por un destino singular, viene a men­digar a su señora que le salve del peligro—. Martiniére oyó cómo su interlocutor, al pronunciar estas palabras sollozaba con profunda pena; su acento era el de un joven, que dulcemente se filtraba en el corazón. Y la camarera se sintió tan conmovida, que sin más vacila­ciones fue a buscar las llaves.

Apenas hubo abierto, la figura envuelta en su capa gris se precipitó al interior y atravesó el vestíbulo, ins­tando con voz desgarradora a la Martiniére: — ¡Lléveme a su señora! —. Atemorizada, la camarera levantó el candelero, cuyo resplandor se proyectó sobre la cara del joven, lívida como la de un muerto. Presa del terror, la Martiniére estuvo a punto de dar con su cuerpo en el suelo, cuando el forastero abrió la capa y de entre los pliegues del vestido a la altura del pecho sacó un puñal. El hombre la miraba con ojos centelleantes y repetía cada vez con mayor vehemencia: —¡Lléveme a su se­ñorita, le digo!—. La Martiniére vio entonces todo el peligro que corría aquella a quien honraba a la vez como dueña y como segunda madre fiel y abnegada; y esta idea despertó en su ánimo una energía de la que ella misma no se había creído capaz. Cerró rápidamente la puerta de la habitación, que su señora había dejado en­treabierta, y poniéndose delante dijo con enérgica deci­sión—Realmente, su conducta desalmada en este hogar desmiente el tono suplicante con que ahora mismo se la­mentaba. Tengo un desengaño al ver que no es usted merecedor de la compasión que en mala hora ha despertado en mí. Ahora mi señorita no puede recibirle y no lo hará. Si no le mueve una intención malvada, la luz del día no debe avergonzarle; por lo tanto, vuelva usted mañana y exponga su demanda. Ahora salga usted de esta casa—. El hombre lanzó un gemido, miró fijamente a la Martiniére con expresión trágica, y echó mano al puñal. En lo más íntimo, la camarera encomendó su alma al Señor, pero permaneció firme mirándole a los ojos y apretó más la espalda contra la puerta que daba acceso a las habitaciones de su ama. —¡Déjeme hablar con su señora, le digo! —insistió el visitante. —Haga lo que quiera —replicó la Martiniére— que yo no aban­donaré mi sitio. Puede llevar a cabo el delito que ha em­pezado, pero encontrará la muerte afrentosa en la plaza de la Gréve, como sus malvados camaradas. —¡Ah! —gritó el joven—. Tenéis razón, la Martiniére: mi as­pecto y mis armas son de un ladrón y un asesino. ¡Pero, mis camaradas no han sido juzgados; no lo han sido! —y diciendo esto le centelleaban los ojos, y apretando el puñal se acercó a la pobre mujer, poseída por un miedo mortal. —¡Jesús! exclamó, esperando el golpe fatal. Pero en el mismo instante se oyó en la calle un rumor de armas y herraduras, que anunciaban la pro­ximidad de la ronda montada. —¡La ronda!… ¡La ron­da! ¡Socorro! ¡Socorro! —gritó la Martiniére. —Mujer perversa, quieres mi perdición… Todo se acabó… Todo… Toma: entrega esto a la señorita, hoy mismo, mañana si quieres —mientras murmuraba esto en voz baja, el intruso había arrebatado el candelero de manos de la camarera, matado la luz y le había puesto en las manos un cofrecito—. ¡Por la salud de tu alma da este cofre­cillo a la señorita! —le dijo, y salió corriendo de la casa. La Martiniére se había desplomado; levantóse a duras penas, y anduvo a tientas hacia su aposento, en el que extenuada, incapaz de pronunciar ni una palabra, se dejó caer en un sillón. Oyó luego el ruido de la llave que había dejado en la cerradura de la puerta de la calle. Acababan de cerrarla y se oyeron unos pasos leves e inseguros que se acercaban a la habitación. Inmóvil en un rincón, sin fuerzas para levantarse esperaba lo peor; pero cuál fue su sorpresa cuando al abrirse la puerta, re­conoció al resplandor de la lámpara al honrado Bau­tista. El color de su rostro era cadavérico, parecía com­pletamente desencajado. —Por todos los santos del cielo, señora Martiniére, dígame, ¿qué ha pasado en esta casa? ¡Qué miedo! ¡Qué espanto! No sé lo que fue, pero lo cierto es que algo poderoso me arrancó a mí de la fiesta de la boda. Llego a la calle, pensando: —La señora Martiniére tiene el sueño ligero y me oirá si llamo a la puerta suavemente y me abrirá. Y de pronto veo que se acerca una numerosa patrulla, gente a pie y a caballo, armados hasta los dientes, y me detienen, y no quieren soltarme. Pero, por suerte mía, Desgrais, el teniente de la «Maréchaussée», que bien me conoce, fi­gura entre ellos, y exclama al tiempo que me ponen la linterna bajo las narices: —¡Vaya! ¿Adonde vas a es­tas horas de la noche, Bautista? Anda a tu casa y guár­dala tan bien como puedas. Aquí no estás seguro. Esta misma noche pensamos hacer una buena presa. No puede figurarse, señora Martiniére, cómo me han llegado al corazón estas palabras. Y luego, llego al umbral, y un hombre embozado sale precipitadamente de la casa, en el mismo instante que entraba yo, con un puñal desen­vainado en la mano, me empuja y echa a correr… y la puerta de entrada está abierta, con la llave en la cerradu­ra… ¿Qué significa todo eso?

Ya libre del terror, la Martiniére contó a Bautista lo sucedido. Juntos se fueron al vestíbulo y hallaron el can­delabro en el suelo, tal como quedó cuando el forastero lo arrojó en su huida. —Me parece clarísimo que se preparaba un robo y quién sabe si el asesinato de nues­tra señorita —dijo Bautista—. Según me cuenta usted, el hombre sabía que estaban solas usted y la señorita y que ella estaba todavía escribiendo. Seguramente era uno de los bribones malditos que se introducen en las casas astutamente para informar a los otros de lo que pueda ser útil a sus planes diabólicos. En cuanto al cofrecito, señora Martiniére, entiendo que es conveniente echarlo al Sena, donde el agua sea más profunda. ¿Quién nos responde de que al abrirlo no suceda a nuestra buena señorita algún percance en que le vaya la vida? Dios sabe si caería muerta como sucedió al viejo marqués de Tournay al abrir una carta que le entregara un desco­nocido.

Después de larga deliberación acordaron aquellos leales servidores contar a Mademoiselle de Scudéry, cuando se levantara, todo lo sucedido y también darle el misterioso cofrecito para que lo abriera con todas las precauciones. Analizadas las circunstancias de la apari­ción del sospechoso forastero, creyeron que podía andar en el juego algún singular misterio, que ellos no eran quién para juzgar, antes bien estaban obligados a confiar a su ama lo sucedido y dejar que ella descubriera la verdad.

* * * 

No carecían de fundamento las sospechas de Bau­tista. En aquel tiempo París era escenario de las más pa­vorosas fechorías, y el más diabólico de los descubri­mientos venía a facilitar los medios para ejecutarlas.

Glaser, un boticario alemán, el mejor químico de su tiempo, se ocupaba —como es frecuente entre los de su ciencia— en experimentos de alquimia. Se proponía hallar la piedra filosofal. Se asoció con él un italiano llamado Exili. Pero, a éste la alquimia le servía de pre­texto: lo que le interesaba y aprendió con celo fue a combinar, cocer y sublimar las materias venenosas que con tan buenas esperanzas manejaba Glaser, y logró al fin la preparación de un veneno sutil, sin olor ni sabor, que podía matar en el acto, o bien matando lentamente no dejaba rastro en el cuerpo humano, y burlaba todo el conocimiento de los médicos, los cuales, no sospechan­do el veneno, tenían que atribuir la muerte a una causa natural. A pesar de sus precauciones, Exili no pudo evi­tar el hacerse sospechoso de la venta de venenos, y le llevaron a la Bastilla. Encerraron después en el mismo cuarto al capitán Godin de Sainte-Croix, el cual había vi­vido largo tiempo con la marquesa de Brinvilliers en re­laciones que fueron la vergüenza de la familia, y final­mente, como sea que el marido se mostrara insensible al delito de su esposa, el padre de ésta, Dreux d’Aubray, que ocupaba un cargo importante en París, consiguió separar a la pareja delincuente por medio de un manda­to de arresto contra el Capitán. Pasional él, sin carác­ter, con una piedad ficticia, e inclinado desde joven a toda especie de vicios; envidioso, vengativo hasta la fie­reza, nada podía servir mejor al Capitán que el diabóli­co secreto de Exili, que le daba el poder de aniquilar a sus enemigos. Sainte-Croix se convirtió en el más apli­cado discípulo de Exili y no tardó en igualarle; de ma­nera que al salir de la Bastilla se hallaba capacitado para continuar trabajando solo.

La Brinvilliers, una mujer degenerada, se transformó en monstruo por obra de Sainte-Croix. Instigada por él, envenenó a su padre, al que en la vejez prodigaba mal­vadamente hipócritas cuidados; envenenó luego a sus dos hermanos, y por fin a su hermana. Al padre con áni­mo vengativo y a los otros en perspectiva de la rica heren­cia. La historia de toda una serie de envenenamientos nos da el ejemplo de cómo crímenes de esta clase lle­gan a ser una pasión irresistible. Sin otra finalidad que la satisfacción de un apetito, como el químico que hace experimentos, las víctimas fueron a menudo personas cuya vida o cuya muerte eran indiferentes al envene­nador. La muerte repentina de una serie de pobres asi­lados en el Hótel-Dieu despertó más tarde la sospecha de que los panes que la Brinvilliers, bajo capa de mise­ricordia, solía repartir allí todas las semanas, encerraban un veneno. Y es cosa probada que contenían veneno los pasteles de pichón que ofrecía a sus invitados. Víctimas de esos diabólicos banquetes perecieron el caballero Du Guet, y otras personas. Sainte-Croix, su asistente La Chaussée y la Brinvilliers lograron envolver largo tiem­po bajo impenetrables velos sus escalofriantes delitos. Pero el eterno poder determinó que los delincuentes, por mañas que emplearan, fueran juzgados ya en la tierra.

Eran tan sutiles los venenos que preparaba Sainte-Croix, que si durante su manipulación el polvo —poudre de succession lo llamaban los parisienses— quedaba al descubierto, una sola aspiración bastaba para caer muer­to al instante. Contra este riesgo, Sainte-Croix usaba una máscara de delgado cristal durante sus operaciones quí­micas. Un día se le cayó la máscara cuando se disponía a agitar el polvo transvasado en un frasco, y al aspirarlo se desplomó en una muerte instantánea. No conocién­dosele herederos los tribunales se apresuraron a sellar sus bienes. Encerrado en una caja se halló todo el diabó­lico instrumental de que disponía el malvado Sainte-Croix, y además las cartas de la Brinvilliers, que no de­jaban duda acerca de sus delitos. Se refugió ésta en Lieja, bajo el techo de un convento. Allí se presentó un día Desgrais, agente de la «Maréchaussée», bajo el disfraz de sacerdote. Logró entrar en relación con aquel ser horrible, la Brinvilliers le dio cita en un jardín solitario de los alrededores, y apenas apareció, los esbirros de Desgrais la rodearon, y el disfrazado enamorador se transformó de pronto en el agente de la «Maréchaussée», la obligó a subir a un coche que esperaba junto al jardín, y el coche, rodeado de los esbirros, salió directamente hacia París. La Chaussée ya había sido decapitado ante­riormente y la Brinvilliers tuvo igual muerte. Después de la ejecución fue quemado su cadáver y aventadas las cenizas.

Los parisinos respiraron. El monstruo que dirigía el arma homicida impunemente contra enemigos o amigos no era ya de este mundo. Pero pronto se descubrió que el ingenio malvado de Sainte-Croix había caído en manos de unos sucesores. Como un invisible fantasma, se intro­dujo el crimen en los círculos más íntimos como sólo pueden formarlos el parentesco, el amor y la amistad, y escogía rápido y seguro sus desdichadas víctimas. El que hoy gozaba de buena salud, vacilaba al día siguien­te, débil y enfermo, y no podía salvarle de la muerte toda la ciencia de los médicos. La riqueza, un cargo ven­tajoso, una mujer hermosa o tal vez demasiado joven bastaban para que el afortunado fuera perseguido a muerte. La más horrible desconfianza rompía los lazos sagrados. Temblaba el marido ante la esposa, y el padre ante el hijo, y la hermana temía al hermano. Quedaban intactos encima de la mesa el guisado o el vino ofrecidos por el amigo a los amigos, y donde reinaban antes la alegría y el placer, se cruzaban ahora miradas enfureci­das en busca del asesino disimulado. Veíanse padres de familia ansiosos, comprando víveres en sitios apartados, y guisándolos ellos mismos en cualquier bodegón, te­merosos de alguna traición diabólica que recelaban en el hogar. Así y todo, resultaban a veces inútiles las más escrupulosas precauciones.

Para encauzar el desorden que ganaba más terreno cada día, el Rey nombró un tribunal especial, exclusi­vamente destinado a la investigación y al juicio de aque­llos misteriosos delitos. Era la llamada «Cámara Ar­diente», que celebraba sus sesiones no lejos de la Basti­lla, bajo la presidencia de La Regnie. Durante mucho tiempo, por celo que pusieran en el asunto, sus afanes resultaron estériles. Fue reservado a Desgrais el descu­brimiento de los más recónditos rincones del crimen. Vivía en el suburbio de Saint Germain una anciana llamada Voisin, dedicada a los conjuros y a la adivina­ción de la suerte. Asistida por sus compañeros Le Sage y Le Vigouréx, logró meter el miedo en el cuerpo aun a personas que no podríamos llamar débiles ni crédulas. Pero, iba más lejos. Discípula de Exili, como Sainte-Croix, elaboraba al igual que aquél el sutil veneno que no dejaba rastro, prestando apoyo en esta forma a hijos malvados, ávidos del patrimonio o a mujeres des­tacadas que codiciaban otro esposo más joven. Desgrais penetró en el secreto, la mujer confesó su culpa, y la «Cámara Ardiente» la condenó a la hoguera en la plaza de la Gréve. Se encontró en su domicilio una lista de todas las personas que se habían acogido a sus servicios, y de aquí que no sólo se sucedieran las ejecuciones, sino que crecieran también las graves sospechas acerca de personas de alto rango. Así, corrió la voz de estar en tratos con la diabólica mujer, la duquesa de Bouillon y la condesa de Soissons, cuyos nombres constaban en la lista; y no escapó a igual acusación el mismo Fran­cisco Enrique de Montmorency y Boudebelle, duque de Luxemburgo, par y mariscal del reino. También a éste persiguió la temible «Cámara Ardiente». Se presentó por propia iniciativa para ser arrestado en las prisiones de la Bastilla, donde el odio de Louvois y de la Regnie le tuvo encerrado en una mazmorra de seis pies de ancho. Pasaron meses antes no se puso en claro que el único delito del Duque se limitaba a haberse prestado una vez a que Le Sage hiciera su horóscopo.

No se puede negar que la ciega oficiosidad del pre­sidente La Regnie llevó a alardes de fuerza abusivos y a ciertas atrocidades. El tribunal se convirtió en un ins­trumento de terror. La más leve sospecha acarreaba se­veros encarcelamientos, y a menudo era la arbitrariedad la que decidía la condena de un hombre a muerte. El as­pecto antipático y el ánimo maligno de La Regnie con­tribuyeron a que pronto le odiaran aquellos mismos que él debía amparar o vengar. Al ser preguntada en un juicio la duquesa de Bouillon si había visto al diablo, respondió: —¡En este momento me parece verle!

Mientras la sangre de culpables y sospechosos cho­rreaba en la plaza de la Gréve, y por fin se hacían cada día más raros los envenenamientos, se presentó una des­dicha en otra forma que sembró una vez más el pánico. Una banda de criminales parecía haberse propuesto aca­parar todas las joyas. La rica alhaja recién comprada desaparecía pronto de modo incomprensible, por bien guardada que estuviera. Pero lo peor era que cualquiera que con ella se adornara no podía salir de noche si no estaba dispuesto a correr el riesgo de que en una encrucijada, o al adentrarse en una calle mal iluminada, le robaran, o tal vez le asesinaran. Los que víctimas de una agresión escapaban con vida aseguraban que habían caído sin sentidos bajo un súbito golpe en la cabeza, y que al volver en sí se había dado cuenta del robo y de que se hallaban en un sitio distinto de aquel en que habían sido agredidos. Las víctimas sin vida que se des­cubrían casi todas las mañanas en la vía pública o en los interiores presentaban la misma herida; una puña­lada en el corazón, de la que el agredido caía sin poder dar un paso más ni pronunciar una sílaba siquiera.

Como si estuvieran conjurados con los espíritus, co­nocían los bribones el sitio, la hora y las circunstancias con toda precisión. A menudo un desventurado no lle­gaba a la casa donde le esperaban, y otras veces caía en el mismo umbral de la mansión de la amada, que tro­pezaba horrorizada horas después con el cadáver en­sangrentado.

En vano Argenson, director de Seguridad, ordenaba arrestos bajo la menor sospecha y La Regnie rabiaba en busca de confesiones que le aclararan el asunto. El rastro de los criminales no aparecía. Sólo tenía alguna eficacia la precaución de salir armado hasta los dientes y de hacerse acompañar con luces; así y todo, en algunos casos, mientras el criado era acosado o herido, el señor caía asesinado y las joyas desaparecían.

Es digno de notar que a pesar de las muchas investi­gaciones en las tiendas de joyería, recorridas barrio por barrio, no se recobrara ni una sola de las alhajas roba­das, ni se lograra orientación ninguna.

Llegaba al colmo la cólera de Desgrais al ver que sus astucias no podían nada. El barrio de la ciudad donde él se hallaba parecía estar a salvo, mientras en los res­tantes el robo y el homicidio estaban al acecho de pre­ciosas víctimas.

Desgrais tuvo la idea genial de multiplicarse en varías figuras; esas varias personificaciones de Desgrais eran tan semejantes en el andar, el ademán, el habla, la figura y el rostro, que ni los mismos esbirros hubie­ran sabido puntualizar cuál de aquellos Desgrais era el auténtico. Él, entre tanto, con riesgo de la vida se in­troducía, sin nadie que le acompañara, en las madrigue­ras más inverosímiles, y seguía de lejos a aquél o al otro de quienes sospechaba que podían llevar una joya. Pero aquél a quien él vigilaba no era atacado. Al parecer los criminales se habían enterado de tales medidas, y Des­grais estaba desesperado.

Una mañana se presentó Desgrais al jefe de Seguri­dad La Regnie, pálido, descompuesto, fuera de sí. —¿Qué pasa? ¿Qué noticias hay? ¿Están sobre la pis­ta? —le preguntó, sin darle tiempo a hablar— ¡Ah, señor mío! —empieza Desgrais, balbuceando de ira—. ¡Ah, señor mío! Ayer por la noche cerca del Louvre, el marqués de La Fare fue asaltado en mi presencia—. ¡Cielos y tierra! —gritaba gozoso La Regnie—. ¡Ya es nuestro! —Déjeme concluir —le interrumpe Desgrais con una sonrisa amarga—. Permítame que puntualice lo que pasó… Yo, de pie, junto al Louvre… Siento en el pecho las penas del infierno. Y los diablos se burlan de mí… Descubro cerca de mí la figura de un transeúnte; su paso es vacilante, y vuelve la cabeza como para ver si alguien le sigue. No se da cuenta de mi presencia. A la luz de la luna reconozco al marqués de La Fare. No era cosa inesperada verle pasar por allí; yo sabía hacia dónde se escurría… Apenas se ha alejado de mí diez, doce pasos, salta otra figura, como si brotara del suelo, que derriba al Marqués y se precipita inmediata­mente sobre el cuerpo tendido. Instintivamente, en medio de la sorpresa del instante, que pone en mis manos la suerte del homicida, doy un grito, intento salir del es­condrijo, pero me enredo en la capa y doy en tierra. En éstas, el hombre se ha escabullido en alas del viento y yo porfío, me levanto, corro detrás de él, y en medio de mi carrera doy el toque de alarma… Oigo en la lejanía los silbatos de la ronda al contestarme y pronto se anima el cuadro: tintineo de armas, fragor de herra­duras a los cuatro vientos. —¡Aquí! ¡Aquí!… ¡Des­grais!… ¡Desgrais!…— Resuenan las voces por las calles… Y mis ojos no cesan de perseguir al que corre delante de mí a la luz de la luna y que, para despistar­me, corre ora en una dirección ora en otra. Al llegar a la calle Nicasie parece que ha perdido fuerzas, y yo templo las mías y redoblo la velocidad… Sólo me aventaja de unos quince pasos. — ¡Ya es suyo! —prorrumpe La Re­gnie—. Le echa la mano… Llegan los esbirros —grita La Regnie entusiasmado, con los ojos centelleantes, mientras coge el brazo de Desgrais como si fuera el del mismo asesino. —¡Quince pasos! —prosigue Des­grais con la voz velada y el aliento cortado—. A quince pasos de mí brinca aquel hombre, y propiamente desa­parece en las sombras como si el muro se abriera de pronto para darle paso y se cerrara de nuevo. —¿Desa­parece a través de una pared? ¡Está usted loco! —grita La Regnie, retrocediendo dos pasos—. Puede usted lla­marme loco —continúa Desgrais, pasándose la mano por la frente, como para ahuyentar malos pensamien­tos—. Puede llamarme su señoría desatinado y visiona­rio, pero ha sucedido tal como le cuento. Yo quedo como petrificado al pie de la pared… Pero llega una ronda sin aliento y con ella el marqués de La Fare, que vuel­ve a estar allí, en pie, con la espada en la mano. Encen­demos las antorchas, palpamos la pared en todos sen­tidos ni un vestigio de puerta o de ventana, ni la menor rendija, sólo un sólido muro de piedra del palacio, que se apoya en el de una casa en la que viven inquilinos, sobre los que no pesa la menor sospecha. Ya ve usted con qué exactitud me han quedado grabados los detalles. Es el mismo diablo el que hace burla de nosotros.

Circuló por todo París la historia de Desgrais. Las cabezas estaban atiborradas de magia, conjuros y pactos con el diablo, encarnados en la anciana Voisin, Le Vigoureux y el tan discutido sacerdote Le Sage. Y como está en nuestra naturaleza, persistente a través de las edades, que la inclinación a lo sobrenatural, a lo pro­digioso, llegue a vencer sobre el juicio, se prestó fe nada menos que a la idea de que, tal como lo había dicho Desgrais —por más que lo dijera en el calor de la ira­cundia— el diablo protegía en realidad a los malvados que le habían vendido sus almas. Como puede suponerse, era bastante lo que bordaban encima de la historia de Desgrais. Se imprimió y divulgó a todo viento la na­rración, encabezada con un grabado al boj, en el que aparecía una horripilante figura del diablo sumergién­dose en la tierra a los pies del atemorizado Desgrais. No hacía falta más para intimidar a la gente y descora­zonar a los esbirros, que salían ahora temblando para sus rondas nocturnas, no sin llevar colgados al cuello unos amuletos, y rociados de agua bendita.

Argenson que vio el fracaso de la «Cámara Ardiente», se presentó ante el Rey para proponerle la creación de un tribunal que con más amplias atribuciones siguiera el rastro de los delincuentes y les castigara. El Rey, per­suadido de que ya eran amplios en demasía los poderes otorgados a la «Cámara Ardiente» y conmovido por el horror de las innumerables ejecuciones llevadas a cabo bajo la influencia de La Regnie, se desentendió del plan. Se escogió otro medio para interesar al Rey. En las estancias de la Maintenon, donde el Rey solía pasar las tardes y algunas veces trabajaba rodeado de los minis­tros hasta muy avanzada la noche, le fue entregada una poesía en nombre de los galanes amenazados, en la que se lamentaban de que al intentar poner en práctica lo que dicta la galantería, haciendo presente a la amada de unos regalos obligados, corrieran el riesgo de pagarlo con la vida. Es honor y placer dar la sangre por la amada en la lucha entre caballeros, pero una cosa muy distinta es verse expuesto a la acometida solapada del asesino, contra la cual no hay armas que valgan. Que Luis, estrella polar de todo amor y galanía, se dignara con su luz rasgar la noche obscura y desenmascarar el negro misterio que se amparaba en ella. El divino héroe que había derribado a sus enemigos no se negaría ahora a desnudar el acero resplandeciente, y nuevo Hércules contra la hidra de Lerna, nuevo Teseo en lucha con el Minotauro, vencería al monstruo temible que devoraba tal

Un amant qui craint les voleurs

n’est point digne d’amour.

 

El Rey, sorprendido del espíritu caballeresco de estas breves palabras, que echaban al suelo todo aquel poe­ma, exclamó con resolución: —¡Por San Dionisio, que tiene razón, señorita! No dictaré ninguna disposición ciega que caiga sobre los inocentes como sobre los culpa­bles para proteger la cobardía. Que Argenson y La Regnie hagan lo suyo.

 

* * * 

Todos los horrores de la época parecían hablar por boca de la Martiniére cuando, a la mañana siguiente, na­rraba con vivos colores a su señorita lo que había acon­tecido aquella noche y ponía en sus manos, temblorosa y vacilante, el cofrecito misterioso. Tanto ella como Bau­tista, el cual, desde un rincón, muy pálido, desfogaba sus temores y su encogimiento atormentando al gorro de noche entre los dedos, encarecieron a la señorita que, por toda la corte celestial, no abriera el cofrecillo, a no ser con todas las precauciones debidas. La Scudéry, sos­pesando y observando en la mano el enigmático pre­sente, dijo sonriendo: —¡Veis fantasmas los dos! Los malvados asesinos que corren por ahí fuera y que, como decís vosotros mismos, espían el interior de las casas, saben tan bien como yo y como vosotros que no soy una mujer rica, que no hay en mi casa tesoro ninguno por el que valga la pena matar. Si de mi vida se trata, ¿qué puede importarle a nadie la muerte de una persona de setenta y tres años que nunca ha perseguido a nadie, a no ser a los picaros y agitadores que ella misma creó en sus novelas? ¡Una persona que compone versos me­diocres, incapaces de despertar la envidia, y que no dejará en el mundo otro bien que el ajuar de una vieja soltera que visita la corte de tarde en tarde, y un par de docenas de libros bien encuadernados con sus en­talladuras doradas! Y tú, Martiniére, ya puedes cargar la mano en la descripción del intruso, que yo no creeré nunca que viniera con malos fines.

—Entonces…

La Martiniére había dado tres pasos atrás y Bautista caía casi de rodillas, con un ¡ay! ahogado, al tiempo que la señorita apretaba un botón de acero y que la tapa del cofrecito se levantaba ruidosamente. ¡Y cuál no sería la sorpresa de la Scudéry! Centelleaban dentro del cofrecito dos brazaletes de oro con rica pedrería y una gargantilla. Sacó el aderezo del cofrecito, y mien­tras ponderaba la admirable labor de la gargantilla, la Martiniére ojeaba los ricos brazaletes y no se cansaba de decir que ni la misma Montespán poseía joyas se­mejantes. —¿Pero qué significa esto? ¿A qué viene?— decía Mademoiselle de Secudéry. Inmediatamente se dio cuenta de una hojita de papel en el fondo del cofre­cillo, que seguramente descifraría el enigma. Dirigió al cielo sus ojos y se dejó caer casi desvanecida en el sillón. La Martiniére y Bautista corrieron asustados a socorrerla.

—¡Qué ignominia! —exclamaba ella con una voz que el llanto ahogaba—. ¡Qué vergüenza! ¡Que tenga que ocurrirme esto a mi edad! ¿Es que cometí el pecado de obrar con tanta ligereza como si fuera una chiquilla irreflexiva? ¿Es posible, Dios mío, que unas palabras dichas medio en broma hagan caer en la sospecha de un pacto nefando a la que ha sido fiel a la virtud y a sus creencias desde la infancia?—. Apretándose los ojos con el pañuelo sollozaba y gemía de tal manera que la Martiniére y Bautista, desconcertados, no sabían cómo consolar en aquel trance a su buena ama.

La Martiniére había recogido del suelo la hojita, cuyo texto era éste:

 

«Un amant qui craint les voleurs

n’est point digne d’amour.

 

Vuestro espíritu agudo, señora, ha salvado de una fiera persecución a los que, usando del derecho del más fuerte, nos apoderamos de unos tesoros destinados a ser ignominiosamente disipados. Aceptad, por favor, en prueba de nuestro agradecimiento, estas joyas. Son lo más valioso que de mucho tiempo acá hemos podido obtener, y si bien sois merecedora, honorable dama, de joyas mucho más preciosas, os las ofrecemos suplican­do que nos otorguéis vuestra amistad y un amable re­cuerdo.

Los Invisibles»

 

—¿Cómo es posible —exclamó Mademoiselle de Scudéry, ya medio recobrado el ánimo— llevar a tal punto la desfachatez y la provocación?—. Un sol esplen­doroso animaba el rosa subido de las cortinas de seda de la ventana, y teñía de rojo las luces de los brillantes puestos al lado del cofrecillo abierto. La dama se cubrió la cara horrorizada para evitar la vista de aquel aderezo quizá húmedo de la sangre de las víctimas, y ordenó a la Martiniére que lo retirara. Ésta metió en el cofrecillo los brazaletes y la gargantilla, y después de cerrarlo pen­só que lo más acertado sería entregar aquellas joyas al jefe de Seguridad y exponerle puntualmente la escena de la angustiosa aparición del joven, y cómo le hizo llegar a manos el cofrecillo.

Mademoiselle de Scudéry se puso en pie y empezó a andar lentamente por la habitación, coordinando las ideas para resolver el asunto. Mandó luego a Bautista que fuera por una silla de manos, y a la Martiniére que la vistiera. Estaba decidida a visitar sin perder tiempo a la marquesa de Maintenon, que a tales horas sabía ella que estaba sola en sus habitaciones, y salió llevando el cofrecillo que contenía las joyas.

La Marquesa no pudo disimular su pasmo al ver tan pálida, descompuesta y con paso alterado a la que, a pesar de su edad, era la encarnación del aplomo, el donaire y la amabilidad. —Dígame por Dios, ¿qué su­cede? —fueron sus primeras palabras a la dama, que, angustiada, fuera de sí, lograba apenas tenerse en pie. La hizo sentar la Marquesa, y por fin, dueña otra vez de su voz, refirió la Scudéry qué consecuencias había tenido la insana agudeza con que se le ocurrió correspon­der a la súplica de los arriesgados amantes. Cuando la Marquesa se hubo enterado punto por punto del su­ceso, dio su opinión: Mademoiselle de Scudéry se había dejado impresionar excesivamente por la singularidad del caso. El oprobio de una ralea semejante no podía nunca caer sobre un ánimo sano y noble. Formulado este juicio pidió a la dama que le permitiera ver las joyas. Le dio Scudéry el cofrecillo abierto, y la Mar­quesa no pudo reprimir, al verlas, una exclamación de admiración. Sacó del cofrecillo la gargantilla y los braza­letes y acercándose a la ventana se recreaba en ver jugar en ellas la luz del día, o poniéndolas más cerca de los ojos no se cansaba de alabar la preciosa labor del orfebre en sus más finos detalles.

—¿No cree usted, señorita —dijo, volviéndose de pronto a la dama—, que estos brazaletes y esta gargan­tilla sólo es capaz de labrarlos Rene Cardillac?—. Era entonces Rene Cardillac el orfebre parisino que sabía más de su oficio, a la vez que uno de los hombres más ingeniosos y la criatura más singular de su tiempo. De talla más bien pequeña, ancho de espaldas y fuerte de músculos, pasaba de los cincuenta años, pero su fuerza y agilidad eran las de un joven. De aquel vigor que bien podríamos llamar excepcional daban también señal su pelo rojizo, naturalmente rizado y su rostro enjuto. Si no hubiera sido conocido en todo París como hombre desinteresado y sin doblez, siempre pronto a prestar ayuda, la singular expresión de sus ojos verdes, pe­queños y hundidos, pudiera haberle hecho sospechoso de astucia y malquerencia. Como queda dicho, era Cardillac en su oficio el más hábil, no solamente en París, sino tal vez entre todos sus contemporáneos. Conocedor a fondo de la naturaleza de las piedras preciosas, sabía tratarlas y combinarlas de manera que una gema que había parecido insignificante resultaba magnífica al salir del taller de Cardillac. Recibía los encargos con mani­fiesto entusiasmo, y eran ventajosos sus precios hasta lo inverosímil si consideramos lo valioso de su trabajo. Una vez encargada la joya, no tenía punto de reposo y se le veía trabajar de día y buena parte de la noche en su taller. Algunas veces, ya terminada casi la labor, le desagradaba la forma, le entraban dudas acerca de la disposición de los materiales, o a propósito de un deta­lle insignificante, y hallaba motivo en ello para echar en el crisol todo lo labrado y fundirlo de nuevo. Así cada joya se convertía en la más depurada obra maes­tra, que dejaba pasmado al cliente. Pero era difícil ob­tener la entrega; recurría a cien pretextos para hacer esperar una semana tras otra, un mes tras otro, al que había dado el encargo, y en esta situación de nada ser­vía ofrecerle el doble de lo pactado. Cuando al fin no tenía más remedio que ceder a la presión del cliente y entregar la alhaja, no podía reprimir las señales exte­riores de la más honda aflicción y aun de la cólera que hervía en su ánimo. Si por acaso la obra era excepcional, y su coste subía a millares por lo rico de la pedrería o por el refinamiento en el labrado del oro, era capaz de correr de un lado a otro como un demente, maldi­ciendo su trabajo y todo lo que le rodeaba; pero bas­taba que alguien fuera a su encuentro gritando:

—¡Por Dios, Rene Cardillac, no se negará a hacer una gargan­tilla para mi prometida; algo no visto! —o bien: —Ne­cesito unas pulseras… —y Cardillac se detenía, le bri­llaban los ojillos y preguntaba, frotándose las manos: —Vamos a ver—. El cliente señalaba una cajita: —Ten­go aquí unas piedras, nada de particular, pero en sus manos…—. Cardillac no le daba tiempo de terminar la frase, le quitaba la cajita de las manos, sacaba la pedre­ría que, realmente, no valía mucho, la exponía a la luz y exclamaba entusiasmado: —¿A eso llama cosa ordi­naria? ¡De ninguna manera! Déjelo en mis manos. ¡Qué preciosidad! Y si no le viene de un puñado de luises, voy a añadir un par de piedrecitas que le alegrarán los ojos como la luz del mismo Sol—. A usted le confío todo, maestro Rene —decía el cliente— y pago lo que me pida por su labor—. Sin hacer distinción entre un ciu­dadano del común o un señor de la corte, maese Rene le echaba los brazos al cuello sin rodeos, le estrujaba, en un abrazo, se declaraba dichoso y prometía tener a punto su obra dentro de ocho días; precipitábase luego en su taller, y se ponía al trabajo con verdadera furia, y a los ocho días la obra de arte estaba terminada. Pero he aquí que al comparecer el que la había encargado, gozoso y dispuesto a pagar la joya al precio fijado, nunca muy caro, y llevársela, Cardillac se manifestaba disgus­tado y le trataba rudamente, casi provocativo. —Re­cuerde, maestro, que mañana es mi boda—. ¿Y qué me importa a mí su boda? Vuelva dentro de un par de semanas—. Pero, ¿no está aquí la joya? La pago y he de llevármela—. Pues yo le dijo que no la doy por terminada a mi gusto y no puedo entregársela hoy—.

Y yo le digo que si no me la da hoy mismo, a pesar de que estoy dispuesto a pagarle el doble de lo concertado, no debe extrañarle que acuda a Argenson para que le mande sus esbirros—. ¡Así le atormente Satanás con un centenar de tenazas candentes, y cargue sobre la gar­gantilla tres quintales para que se ahogue la novia!—.

Y con semejantes amenazas Cardillac hundía la joya en la faltriquera del novio, le agarraba por un brazo y le echaba con tal ímpetu que le hacía rodar escalera abajo, y reía luego con una risa diabólica al ver por la ventana al pobre joven que salía a la calle cojeando y sangran­do por la nariz.

Otra cosa incomprensible era que no pocas veces, en medio del entusiasmo de un nuevo encargo, miraba de pronto al cliente, dando muestras de auténtica excita­ción, conjurándole entre sollozos y ruegos conmovedores, y en nombre de la Virgen y de todos los santos, a que le permitiera abandonar la labor encomendada. Algunas personas muy bien vistas en la corte, y merecedoras de la pública consideración, habían ofrecido en vano eleva­das sumas para poseer siquiera la más sencilla muestra del talento de Cardillac. Éste, alguna vez, se postraba a las plantas del Rey y le suplicaba que le permitiera negarse a la petición. Con la misma actitud evitaba un encargo cualquiera que le llegara de la Maintenon, y con muestras de abominación y de terror soslayó el encar­go de la misma consistente en una sortija adornada con los emblemas del arte, que destinaba a Racine.

—Apostaría —dijo la Maintenon— a que si mando llamar a Cardillac para averiguar a quién fue destinado el aderezo, saldrá con una excusa cualquiera para no comparecer. Tal vez tema un encargo y no esté dispues­to a trabajar para mí. Sin embargo de algún tiempo acá parece haberse enmendado de su extravagancia y su tes­tarudez; oigo decir que trabaja con más ahínco que nun­ca y que entrega la labor sin demora, aunque disgustado y sin mirar la cara—. La Scudéry, a quien interesaba también mucho que aquellas joyas pasaran a manos de su dueño legítimo, opinó que era acertado llamar inme­diatamente a aquel hombre raro, diciéndole que no se trataba de un encargo, sino para que diera su juicio sobre unas joyas. Dando curso a la idea, la Marquesa mandó buscar a Cardillac, y como si éste estuviera ya en cami­no, a los pocos momentos entraba en la estancia.

Al notar la presencia de la Scudéry dio muestras de confusión, y como hombre a quien lo inesperado sor­prende y olvida las conveniencias sociales, se inclinó profundamente delante de la honorable dama, y no se le ocurrió hasta después saludar a la Marquesa. Ésta, señalando el cofrecillo, que resplandecía encima de la mesa cubierta de un tapete verde obscuro, le preguntó si aquellas joyas eran obra suya. Cardillac las miró apenas, y mientras fijaba sus ojos en la Marquesa se apre­suró a colocar en el cofrecillo las pulseras y la gargan­tilla y lo apartó luego impetuoso. En verdad —dijo, mientras resbalaba por su cara rubicunda una sonrisa de rencor—, es preciso reconocer muy mal el trabajo de Rene Cardillac para creer que algún otro orfebre sea capaz de labrar joyas como éstas. ¡Claro que son obra mía! —Entonces —prosiguió la Marquesa— digo, ¿a quién iban destinadas? —A mí solo —repuso Cardi­llac—. Podrá parecer raro —continuó, mientras las dos damas le miraban asombradas, la Marquesa recelosa, y angustiada Mademoiselle de Scudéry—, podrá parecerle raro, señora marquesa, pero así es. Seleccioné mis me­jores piedras únicamente por amor a la belleza de la obra y trabajé lleno de gozo con más cuidado que nunca. Hace poco tiempo que el aderezo desapareció de mi ta­ller de un modo incomprensible—. Demos gracias a Dios— exclamó la de Scudéry, brillando en sus ojos la alegría; y levantándose del sillón con la prontitud y la agilidad de una muchacha, se acercó a Cardillac y le puso las manos sobre los hombros—. Maestro Rene —le dijo—, recobre lo que le pertenece y le fue robado por unos malvados—. Y a continuación le describió todo lo sucedido con aquellas joyas. Cardillac oyó el relato con los ojos bajos, sin una frase, limitándose a monosí­labos de exclamación, ora con los brazos en la espalda, ora acariciándose la barbilla y las mejillas.

Cuando la Scudéry dio por terminado el relato, lu­chando con los pensamientos que había despertado en él, sin que diera con la solución, Cardillac se frotó la frente, suspiró, se pasó la palma de la mano por los ojos como para retener las lágrimas, y cogiendo el cofrecillo que la dama le presentaba, puso lentamente una rodi­lla en el suelo y dijo: —A usted, noble y digna dama, destinó la suerte este aderezo. Ahora me doy cuenta de que al labrarlo pensaba en usted, que trabajaba para usted. No se niegue a aceptar y a llevar esas joyas como lo mejor que ha salido de mis manos de mucho tiempo acá—. Ea, maestro Rene —exclamó la de Scudéry, ya en tono de broma—. ¿Sienta bien a mi avanzada edad adornarme con piedras preciosas? ¡Cómo pudo ocurrírsele obsequiarme con un aderezo tan costoso! ¡Vaya, vaya, maestro! Si fuera yo hermosa como la marquesa de Fontanges y persona rica no lo rehusaría; pero no sientan estas pompas a unos brazos marchitos, no ese brillante aderezo a una garganta tapada—. Entre tanto Cardillac se había puesto en pie y hablaba como fuera de sí, con los ojos extraviados, y forzando a la Scudéry a tomar el cofrecillo: —Sea bondadosa conmigo, señori­ta, y acepte las joyas. Usted no sabe qué profunda vene­ración profeso a su virtud y a sus relevantes méritos! Acepte mi modesto regalo como muestra del anhelo que me mueve a probarle mi respeto—. La marquesa de Maintenon, venciendo las vacilaciones de la señorita Scudéry, tomó el cofrecillo de las manos de Cardillac.

—¡Por Dios, señorita! No hace usted más que hablar de lo avanzado de su edad. ¿Qué tienen que ver los años y su peso con nosotras: usted y yo? ¿No procede usted por ventura como una joven fácil al rubor, que de buena gana alargaría la mano para tomar la dulce fruta que le ofrecen si las manos y los dedos pudieran ignorarlo? No desdeñe la ofrenda que le hace el experto maestro Rene, y que otros mil no pueden obtener con todo el oro y todas las súplicas.

La Maintenon consiguió que Mademoiselle de Scu­déry se hiciera cargo del cofrecillo. Cardillac se postró una vez más, y besó la orla del vestido y las manos de la Scudéry, gimiendo, suspirando y llorando. Dio un salto, y salió precipitadamente, como loco, dando con las sillas y la mesa, haciendo vibrar a su paso las por­celanas y los cristales. —Por Dios, ¿qué le sucede al buen hombre? —exclamó Mademoiselle de Scudéry al ver una escena tan chocante. Pero la Marquesa soltó una risa clara—. Es evidente, señorita —dijo—, que el maestro Rene está locamente enamorado de usted y, como es de protocolo en la galantería, comienza a poner  sitio a su corazón con ricos presentes—. Y forzando la broma pidió a su amiga que no se mostrara cruel con el desesperado amante; y ésta, dando suelta al buen humor que había despertado halló motivo para exten­derse en un sinfín de agudas ocurrencias. Pretendió que, si las cosas llegaban a tal punto, se daría por vencida y no tendría más remedio que dar al mundo el inaudito ejemplo de una novia de setenta y tres años, de abolengo irreprochable, que se casa con un orfebre. La Maintenon se declaraba dispuesta a ser ella quien trenzara la coro­na de la novia, y la aleccionara sobre los deberes de una ama hacendosa.

Como Mademoiselle de Scudéry se levantara para despedirse de la Marquesa, dejando ahora las bromas, dijo muy seria al coger el cofrecillo: —Le aseguro, señora marquesa, que no me adornaré nunca con esas joyas. Sean cuales fueren las circunstancias, es una rea­lidad el hecho de que estuvieron en manos de aquellos malhechores diabólicos, que atrevidos como el mismo demonio, roban y asedian tal vez en alianza con él. Me horroriza la sangre que parece brillar en esas joyas deslumbrantes. Además, he de confesar que la conducta de Cardillac tiene para mí una ambigüedad rara y an­gustiosa. Me parece sospechoso. No puedo evitar el pre­sentimiento siniestro de que detrás de todo eso se es­conde un secreto terrible y abominable, y cuando repaso los hechos escena por escena me pierdo buscándolo en vano, y no acierto a ver cómo sea posible que acto tan perverso tenga relación con el honrado maestro Rene, que es modelo de buenos y religiosos cuidados. En fin, no me atreveré, como he dicho, a ponerme estas joyas.

La Marquesa la trató de escrupulosa en extremo; pero al pedirle su amiga que, profundizando en la con­ciencia, respondiera sinceramente qué haría ella en un caso semejante, respondió la Marquesa, formal y con­vencida: —Antes que ponerme esas joyas las echaría al Sena.

El caso del maestro Rene dio el tema a la de Scudéry para unos versos llenos de gracia que leyó al Rey en la velada siguiente, en las habitaciones de la Maintenon. A costa de maese Rene, y venciendo el escalofrío del terror, supo pintar con vivos colores en aquella poe­sía el cuadro regocijante de la setentona novia del or­febre. Baste decir que el Rey no cesaba de reír, juraba que Boileau-Despreaux había sido superado y que la poesía de Mademoiselle de Scudéry era la más chispean­te de cuantas jamás se hubieran escrito.

Habían pasado unos meses cuando quiso el azar que la Scudéry atravesara el Pont-Neuf en el coche de cris­tales de la duquesa de Montansier. El estilo de los gra­ciosos coches de cristales era todavía una novedad, tanto que, al aparecer por las calles uno de ellos, los transeún­tes se arremolinaban a su alrededor. Así sucedió con los mirones del Pont-Neuf, que rodearon el coche en que iba la Scudéry, haciendo difícil el trote de los caballos. De pronto, la dama oyó injurias y blasfemias y se dio cuenta de que un hombre se abría paso bruscamente re­partiendo codazos y puñadas hasta llegar a la portezuela del coche, que abrió con impetuosa decisión. Echó un papel en el regazo de la dama, y repartiendo de nuevo golpes y empujones, y no sin recibirlos a su vez, desa­pareció lo mismo que había venido. La Martiniére, que acompañaba a su dueña, dio un grito de espanto al ver al hombre en la portezuela, y cayó desvanecida contra el respaldo del asiento. En vano tiró la dama del cordón para llamar la atención del cochero, el cual fustigó como un endemoniado los caballos, que se encabritaban con la espuma en la boca, y por fin hacían retumbar el puen­te en un trote nervioso. La Scudéry sacó el frasquito de las sales en socorro de la camarera, que acabó abrien­do los ojos, y con el cuerpo tembloroso y crispados los brazos, asiéndose a los de su ama, murmuraba, refle­jando en su pálido rostro el temor y la angustia: — ¡Vir­gen santa!, ¿qué pretendería ese hombre siniestro? ¡Era él! ¡Sí, el mismo que en aquella noche de espanto le entregó el cofrecillo! —. La dama calmó a su pobre camarera, diciéndole que no había sucedido nada malo, y que lo que importaba ahora era saber lo que contenía el papel. Lo desplegó y el texto era como sigue:

«¡ Un azar funesto, que usted podría remediar, me empuja al borde de un abismo! La conjuro a usted como un hijo a su madre, a quien está unido por los lazos del más tierno amor, para que envíe a maese Rene Cardillac, con cualquier pretexto, por ejemplo para re­componerlas, las pulseras y la gargantilla que recibió por mi mediación; considere que de ello dependen el bien o tal vez la vida de usted. Si no lo cumple dentro del día de mañana entraré en su casa, y me suicidaré delante de usted.»

—Ahora tengo la seguridad —dijo la dama— de que si bien ese hombre misterioso pertenece a la par­tida de malvados ladrones y asesinos, no me desea en particular ningún daño. Si aquella noche hubiera po­dido hablar conmigo quién sabe qué siniestra relación de circunstancias se me hubiera aclarado, de la que no puedo tener ahora la menor idea. Sea como sea, yo cumpliré lo que se me pide en esta hoja, siquiera sea para desprenderme de esas joyas, que me parecen un talismán del propio diablo. Cardillac, fiel a su invetera­da costumbre, no las soltará de nuevo tan fácilmente. Decidió presentarse al día siguiente en el taller del orfebre con el cofrecillo; pero no parecía sino que todos los talentos de París se hubieran conjurado aquella ma­ñana para asediarla con versos, obras de teatro y anéc­dotas. Apenas La Capelle acababa de dar fin a una escena dramática, y aseguraba con aires de zorro que eclipsaría a Racine, cuando apareció éste y le revolcó con un patético período, hasta que Boileau proyectó sus focos sobre el obscuro cielo de lo trágico, ya can­sado de oír hablar eternamente de la columnata del Louvre, por donde intentaba llevarle el arquitectónico doctor Perrault.

En esto, dieron las doce del día. La Scudéry estaba citada por la duquesa de Montansier y se vio forzada a aplazar para el día siguiente la visita al maestro Rene Cardillac. Un singular desasosiego la apenaba. Continua­mente la perseguía la figura de aquel joven y parecía pugnar para cobrar forma en su espíritu un velado re­cuerdo. Aquel rostro, aquellos rasgos los había visto ya antes. En su ligero sueño la turbaron angustiosas visio­nes, y le remordía haber obrado con indiferencia casi delictiva al no tender la mano al desdichado que bor­deaba el abismo y le pedía auxilio. Como si hubiera estado en su mano desviar un acontecimiento terrible, un crimen irremediable, a la mañana siguiente ordenó que la vistieran y salió en coche provista del cofrecillo. En dirección a la calle Nicaise, donde habitaba Car­dillac, había una insólita afluencia de gente, que entre gritos y alboroto se agolpaba frente a la casa del orfe­bre. Contenidos a duras penas por la guardia montada, intentaban forzar el paso y unas voces airadas clama­ban: —¡Amarradle! ¡Hacedle pedazos a ese maldito asesino!—. De pronto aparece Desgrais, rodeado de nu­merosos agentes, que le abren camino entre la compac­ta multitud. Salta la puerta y ante el populacho indigna­do aparece un hombre encadenado. No bien la dama ha tenido tiempo de hacerse cargo del cuadro, llega a sus oídos un grito de desesperación. —¡Adelante! ¡Ade­lante!— grita al cochero, fuera de tino. Éste hace dar una vuelta habilidosa y rápida a los caballos, se abre paso entre los grupos y se para delante del portal de la casa de Cardillac. Aquí la Scudéry ve a los pies de Desgrais a una joven hermosa como la luz del día. Despeinada y a medio vestir, con un miedo terrible y la aflicción en el rostro, rodea con ambos brazos sus ro­dillas. —¡Es inocente! Os digo que es inocente— clama en el tono desgarrador que nace del sufrimiento mortal. Desgrais y sus esbirros porfían en vano para arrancarla de allí.

Un muchacho rudo y robusto agarra con sus manos groseras a la desdichada, arrebatándola de las rodillas de Desgrais, y la suelta con tal fuerza, que la infeliz criatura rueda por los escalones y da con su cuerpo como muerto en la calle. La Scudéry ya no puede con­tenerse más: —Decidme, en nombre de Dios, ¿qué ha sucedido, qué significa todo eso?— les increpa, abriendo la portezuela del coche, y apeándose en medio del grupo. La gente cede respetuosamente paso a la digna dama. Al ver cómo un par de mujeres compasivas levantan a la joven, la obligan a sentarse y le frotan la frente con un líquido balsámico, la dama se acerca a Desgrais, y repite con energía su pregunta. —¡Un horror! —le responde Desgrais—. Han hallado a Rene Cardillac muerto de una puñalada esta mañana. Oliverio Brusson, su oficial, es el asesino; le han llevado a la cárcel ahora mismo. —¿Y la joven? —pregunté la Scudéry—. Es Madelon, la hija de Cardillac. El asesino era su novio. De aquí su llanto, sus continuos gemidos y sus protes­tas de que Oliverio es del todo inocente. En el fondo está enterada del asunto, y he de mandarla también a la «Conciergerie»—. Al decir esto, Desgrais lanzó a la joven una mirada de malvado regocijo que hizo estre­mecer a la Scudéry. Recobraba el aliento la muchacha, pero incapaz de hablar o de hacer el menor movimiento, permanecía tendida en el suelo, con los ojos cerrados, y no acertaba nadie en si era preferible llevarla a la casa o asistirla allí mismo hasta que abriera los ojos. La Scu­déry, profundamente conmovida, miraba con ojos arra­sados de lágrimas a la angelical criatura y consideraba con horror a Desgrais y a sus agentes.

Se oyeron sordos rumores en la escalera. Bajaban el cadáver de Cardillac. La dama, decidida, exclamó: —Me llevo conmigo a la muchacha, y usted, Desgrais, ya cuidará de lo demás—. Un rumor de aprobación re­corrió el gentío. Las mujeres levantaron del suelo a la joven, y cien manos se tendieron para ayudarlas; como flotando en el espacio fue llevada al coche, mientras brotaban de los labios las bendiciones dirigidas a la digna señora que arrebataba la inocencia al tribunal del crimen.

Serons, el médico más famoso de París, fue el que consiguió con sus cuidados sacar a Madelon de la mo­dorra y la inmovilidad en que había permanecido varias horas. Mademoiselle de Scudéry completó lo que el mé­dico había comenzado, proyectando las luces benignas de la esperanza en el alma de la muchacha, hasta que la impetuosa corriente de las lágrimas la hubo aliviado. A intervalos, cuando lograba dominar su dolor lacerante, contó la joven, entre hondos sollozos, el caso tal como había sucedido:

A media noche la había despertado un suave llamar a la puerta de su habitación y la voz de Oliverio que la instaba a levantarse en seguida, porque su padre esta­ba muñéndose. Había saltado de la cama y abierto la puerta, azorada. Oliverio pálido y descompuesto el sem­blante, andaba delante ella, llevando una luz y andando con paso inseguro. En el taller estaba tendido el padre, con los ojos inmóviles, en el estertor de la agonía. Madelon se había abrazado a él, y fue entonces cuando se dio cuenta de la camisa ensangrentada. Cariñosamen­te, Oliverio la había apartado del moribundo, para lavar con un bálsamo la herida de la parte izquierda del pecho. Momentáneamente, Cardillac pareció reanimarse un poco; había cesado el estertor y miró a su hija y luego a Oliverio con el alma en los ojos, cogió la mano de la muchacha, la juntó con la de Oliverio, y así uni­dos las estrechó entre las suyas. Callaban ambos de ro­dillas junto a la cama del padre, y éste se incorporó, dando una voz aguda, para caer de nuevo de espaldas y entregar su alma a Dios con un hondo suspiro.

Ambos rompieron en sollozos y lamentos, y Oliverio refirió cómo, a instancias de su patrón, le había acompa­ñado en un paseo nocturno, durante el cual éste había sido agredido en su presencia, y dijo que él mismo, con gran esfuerzo, había llevado el pesado cuerpo a casa, sin sospechar que la herida fuera mortal. Al romper el día, los vecinos, alarmados por el ruido y el llanto de la noche, habían visto el cadáver, y de rodillas junto a él a Madelon y Oliverio, desolados. Cundieron los rumores, y al cabo de poco penetró en la casa la «Maréchaussée», y se llevaron a la cárcel a Oliverio, como autor de la muerte de su amo.

En este punto del relato, Madelon describió de un modo emocionante la virtud, la lealtad y la religiosidad de su amado Oliverio, y cómo había honrado siempre a su maestro cual si fuera su propio hijo, y cómo Cardillac le había correspondido con creces, y estaba dispuesto, a pesar de su pobreza, a hacer de él su yerno, recono­ciendo su habilidad y su lealtad. Todo esto rebosaba del alma de Madelon, y como resumen afirmó que aun cuando Oliverio hubiera apuñalado a Cardillac ante sus ojos, ella lo atribuyera más bien a una alucinación sa­tánica que a un hecho real, porque no podía ser capaz Oliverio de un delito tan horrible.

Conmovida la dama en lo más íntimo por los pesares de Madelon, inclinada a creer a ciegas en la inocencia del desdichado Oliverio, apeló a todas las pruebas, y se confirmó lo que la muchacha había relatado acerca de las relaciones domésticas entre maestro y oficial. Los inquilinos y la gente del vecindario estaban conformes en que Oliverio había sido modelo de moralidad, reli­giosidad y laboriosa conducta, y en que nadie conocía de él nada malo; pero, al referirse al terrible suceso se encogían de hombros, conviniendo en que algo incom­prensible había en ello.

Ante la «Cámara Ardiente» Oliverio negó —así lo supo Mademoiselle de Scudéry— con la más sincera fir­meza y franqueza evidente, asegurando que su maestro había sido atacado en la calle, en su presencia, y había sido apuñalado, pero que él le había llevado todavía vivo a casa, donde expiró al cabo de poco, todo lo cual coin­cidía con el relato de Madelon.

La Scudéry quiso oír una y otra vez hasta las más detalladas circunstancias del fatal suceso. Escrutaba es­crupulosamente acerca de la posibilidad de alguna riña entre el maestro y su oficial, o si tal vez éste no era del todo ajeno a los arranques de cólera que a veces acometen como una locura ciega aun a los más apaci­bles, provocando actos que parecen excluir todo libre albedrío. Pero bastábale oír con qué entusiasmo hablaba Madelon de la felicidad doméstica en que los tres vivían para ahuyentar de su mente cualquier sombra de sos­pecha sobre el culpado de homicidio. Examinándolo todo minuciosamente y partiendo del supuesto de que Oliverio fuera el asesino de Cardillac a pesar de que todo hablaba a favor de su inocencia, la Scudéry no hallaba en el reino de lo posible ningún móvil que hubie­ra podido inducirle a tal acción, que sólo tendía a des­truir su felicidad. —Es pobre, pero hábil en su oficio —se decía—. Se ha captado la simpatía del más famo­so maestro; ama a su hija y el maestro favorece esta inclinación; las perspectivas de bienestar, de felicidad, para toda una vida no pueden ser más risueñas. Pero, aun aceptando que excitado a la ira por Dios sabe qué motivos llegara a agredir mortalmente a su bienhechor, a su padre, sería incomprensible la hipocresía con que se condujo realmente después—. Convencida de la in­culpabilidad de Oliverio, Mademoiselle de Scudéry se propuso salvar al inocente muchacho al precio que fuera.

Le pareció lo más aconsejable, antes de acudir a pedir gracia al mismo Rey, dirigirse al jefe de Policía La Regnie, exponerle todas las circunstancias que abona­ban la inocencia de Oliverio, y suscitar así en su alma un íntimo convencimiento favorable al acusado, que hallaría en los jueces un eco bienhechor.

La Regnie recibió a la dama con las altas atenciones a que le daba derecho el ser honrada por el mismo Rey. Oyó con calma todo lo que le manifestaba a pro­pósito de las circunstancias abominables del crimen, así como las de la vida de Oliverio y de su carácter. Una sonrisa fina, casi maliciosa, fue la única manifestación aparente de que no hacía oídos sordos a las protestas rociadas de lágrimas, al encarecimiento de que el juez, lejos de ser el enemigo del acusado, prestase atención a todo lo que pudiera alegarse en su favor. Cuando calló Mademoiselle de Scudéry, secando sus últimas lágrimas, ya exhausta, tomó la palabra La Regnie. —Dice muy bien con su nobleza de alma, señorita, que, impresionada por el llanto de una joven enamorada, crea usted todo lo que ella le expone, al punto de hacérsele imposible con­cebir la idea de semejante crimen, pero otro cantar es el del juez, acostumbrado a arrancar el antifaz de la osada hipocresía. No entra en mis obligaciones el infor­mar a cualquiera que me lo pida de la marcha de un proceso criminal. Señorita, yo cumplo mi deber y me importa porque la «Cámara Ardiente» no conoce más castigo que la sangre y el fuego. Pero no quisiera, señora mía, que usted me viera como a un monstruo de dureza y de crueldad; permítame, pues, que, en pocas pala­bras, le ponga claramente ante los ojos el delito san­griento del joven maleante que —gracias sean dadas al cielo— ha caído en manos de la justicia. Su mismo es­píritu perspicaz será luego el que renuncie a una bene­volencia que la honra a usted, y que a mí no me sentaría bien. Veamos con calma. Una mañana Rene Cardillac aparece asesinado de una puñalada. No tiene más com­pañía que la de su oficial Oliverio Brusson y la de una hija. En el cuarto de Oliverio se encuentra, entre otros objetos, un puñal teñido de una sangre reciente, que se adapta perfectamente a la herida. Oliverio dice: —Car­dillac ha sido agredido en mi presencia por la noche. —¿Será que intentaban robarle? —No sé—. ¿Ibas con él y no has podido defenderle del ataque del asesino, ni agarrar a éste, ni pedir socorro? —El maestro anda­ba a unos veinte pasos delante de mí y yo le seguía. —Pero, ¿por qué razón a tanta distancia? —Así lo quería el maestro—. ¿Qué es lo que le llamaba a la calle a tales horas? —No podría decirlo—. Él no acos­tumbraba salir después de las nueve de la noche—. En este punto Oliverio enmudece, se inmuta, estalla en so­llozos, y se hace firme, invocando lo más sagrado, en que Cardillac salió aquella noche, como ha dicho y que encontró en ella la muerte. Y ahora fíjese usted bien, señorita, se ha demostrado hasta llegar a la más com­pleta convicción, que Cardillac no salió de casa aquella noche. Lo que pretende Oliverio, de que salió con él, es una impostura descarada. La puerta de la casa tiene una sólida cerradura, que hace un ruido inconfundible al abrir o al cerrar, y el ala de la puerta rechina escan­dalosamente en sus goznes, circunstancia que hemos comprobado experimentalmente, convenciéndonos de que el ruido se oye desde el piso más alto de la casa. Hay más; en el piso bajo, inmediato a la puerta de la calle, vive el anciano Claudio Patru con una sirvienta, una persona de unos ochenta años, pero sana y dispuesta. Oyeron ambos cómo Cardillac, fiel a su costumbre bajaba la escalera aquella noche, al punto de las nueve, cerra­ba la puerta y ponía la barra muy ruidosamente, y cómo subía luego, rezaba en voz alta la oración de la noche y finalmente cerraba la puerta de su dormitorio. El nom­brado Claudio padece del insomnio propio de la ancia­nidad. Tampoco lograba conciliar el sueño aquella noche. Alrededor de las nueve y media la anciana sirvienta encendió la luz y se sentó a la mesa cerca de su amo, con un viejo libro que leía mientras el viejo, abismado en sus pensamientos, tan pronto se sentaba en el sillón como se levantaba y daba unos pasos, esperando con el cansancio cobrar el sueño. Hasta ese punto todo había permanecido tranquilo. Pero, un poco más tarde de las doce se oyeron pasos precipitados, el golpe de un cuer­po pesado que caía, y unos gemidos ahogados inmedia­tamente después. Ambos fueron presa de un extraño miedo. El terror del acto horrible que acababa de co­meterse invadió la estancia. Y la luz de la mañana aclaró lo que había comenzado en las tinieblas…

—Pero, por lo más santo —le interrumpió la Scudéry— ¿cómo puede usted imaginar, después de las cir­cunstancias que ampliamente le he expuesto, una acto infernal tan fuera de juicio?—. La Regnie carraspeó, y luego repuso: —Cardillac no era pobre… Poseía piedras preciosas de gran valor… —Pero, todo esto ¿no pasaba a la hija? —observó la Scudéry—. ¿Ha olvi­dado usted que Oliverio iba a ser yerno de Cardillac? —Tenía tal vez el compromiso de repartirse el botín o asesinaba por cuenta de otros… —dijo La Regnie. —¿Repartir?… ¿Asesinar?… —interrogó la dama asom­brada—. Sepa, señora mía —prosiguió el jefe de Segu­ridad— que Oliverio ya hubiera regado con su sangre la plaza de la Gréve si su acto fuera independiente del tenebroso secreto que hasta hoy flota amenazador sobre París. Es evidente que Oliverio pertenece a la pandilla siniestra que, burlando todas las investigaciones de la justicia, todos sus afanes, ha logrado cometer tantas fe­chorías con seguridad y escapado al castigo. A través de él todo se aclarará, es preciso que se aclare. La heri­da de Cardillac es idéntica a la de todos los que han sido asesinados y robados por las calles o en sus mo­radas. Pero lo más significativo es que desde que Oli­verio está en la cárcel han cesado los asesinatos y los robos. Hay la misma seguridad de noche que de día en las calles. Prueba suficiente para inferir que Olive­rio capitaneaba tal vez a los asesinos. No quiere decla­rar todavía, pero existen medios para hacerle hablar forzando su voluntad—. ¡Y Madelon!— exclamó la dama—. ¡La más leal, la más inocente de las criatu­ras!… —¿Quién me asegura —dijo La Regnie con una sonrisa venenosa— que no tiene parte en la banda? No son para su padre las lágrimas, sino para el bribón que ha entrado en el juego—. ¿Cómo puede hablar así?… —¡Bah! —prosiguió La Regnie—. Recuerde el caso de la Brinvilliers. Tendrá usted que perdonar si tal vez dentro de poco tiempo me veo obligado a apode­rarme de su pupila y conducirla a la «Conciergerie»—. La Scudéry sintió un escalofrío al oír esa sospecha horri­ble. Le parecía como si delante de aquel hombre te­mible no pudieran quedar en pie ni la lealtad ni virtud ninguna, y como si espiara el homicidio en el fondo de los pensamientos más recónditos. Se levantó. —Sea usted humano —fueron las únicas palabras que logró sacar de la garganta. Respiraba con fatiga y sentía el corazón oprimido. Al bajar la escalera, hasta la que la había acompañado el jefe de Seguridad, con ceremoniosa gen­tileza, se le ocurrió una idea singular, sin ella misma explicárselo: —¿Me sería permitido ver al desdichado Oliverio Brusson?—. El jefe la observó algo desconcer­tado de pronto; pero, recobrando luego aquella sonrisa repelente tan suya, dijo: —Si puede más en usted, se­ñora mía, la voz del sentimiento que lo que nuestros ojos han comprobado, si no le es odioso el cuadro de todos los grados de la abyección, se le abrirán dentro de unas horas las puertas de la «Conciergerie», y verá cara a cara a ese Oliverio, cuyo destino tanto le interesa.

Mademoiselle de Scudéry no podía verdaderamente convencerse de la culpabilidad del joven. Todo le iba en contra y ningún juez en la tierra hubiera obrado de otro modo que La Regnie ante tan decisivas realidades. Pero el cuadro de una felicidad doméstica, tal como Madelon lo había pintado con los más vivos colores ante sus ojos borraba cualquier sospecha de maldad, de modo que la Scudéry prefería aceptar un enigma inexplicable a creer en algo que repugnaba a su conciencia.

Tomó la resolución de oír de nuevo por el mismo Oliverio todo lo sucedido en aquella noche fatal, y pe­netrar en lo posible el secreto que tal vez quedaba oculto a los jueces, porque el ocuparse de ello les parecía de poca importancia. En llegando a la «Conciergerie» la acompañaron a un aposento grande e iluminado, y poco después oyó un tintinear de cadenas. Oliverio Brusson fue conducido allí. No bien le vio encuadrado en el mar­co de la puerta, la Scudéry desfalleció, y al recobrar el sentido Oliverio había desaparecido. Exigió con vehe­mencia que la acompañaran inmediatamente al coche. No soportaría estar un momento más entre aquellas pa­redes, morada de la infamia. A la primera ojeada había reconocido en Oliverio al joven que en el Pont-Neuf le echó por la portezuela del coche la carta suplicante, el mismo que le había traído el cofrecillo de las joyas. No había duda: la sospecha horrible de La Regnie se confirmaba. Oliverio Brusson formaba parte de la pan­dilla de criminales y seguramente había matado también al maestro.

¿Y Madelon? Mademoiselle de Scudéry, como nunca afligida bajo la garra del poder demoníaco en que antes no creía, llegó a dudar de toda apariencia de verdad y dio curso a la horrible sospecha de la complicidad de Madelon y de su participación en aquel delito sangrien­to. Como suele suceder en nuestro espíritu cuando surge ante él una imagen y busca ansiosamente los colores más vivos para pintarla, la Scudéry encontró en las cir­cunstancias del hecho abundante materia para mantener aquella sospecha. Muchos indicios que hasta ahora había apreciado como pruebas de la inocencia y de la pureza, los veía como síntomas ciertos de criminalidad y de es­tudiada hipocresía. Aquella pena desgarradora y aun las lágrimas podían proceder no precisamente del miedo a ver derramar la sangre del amado, sino del temor de caer ella bajo la mano del verdugo. Con el propósito de librarse de la serpiente que hasta entonces había abriga­do en su seno, bajó del coche y entró en la casa. Made­lon se echó a sus pies. Un ángel del Señor no hubiera levantado sus ojos celestes con mayor sinceridad, ni jun­tado más piadosamente las manos sobre el pecho inquie­to para implorar auxilio y consuelo. Poniendo en la voz toda la gravedad y la calma de que era capaz, le dijo la dama: —Anda. No llores por el asesino al que espera el justo castigo por sus abominaciones. Y que la Virgen Santa te guarde de sentir sobre ti misma el peso de un homicidio. —¡Ahora veo que todo está perdido! —gritó Madelon, y con un alarido desesperado rodó al suelo. La dama la dejó al cuidado de su camarera y se retiró.

Con el alma herida, aislada de todo lo terrenal, hu­biera querido no vivir ya en un mundo amasado con el engaño infernal. Acusaba al destino de haberse befado de ella, manteniendo y robusteciendo su fe en la virtud y la lealtad, para aniquilar ahora, en su vejez, la bella ilusión que había sido luz de su existencia.

Oyó cómo la Martiniére se llevaba a Madelon, que se lamentaba entre suspiros: —¡Ah, ella también! Los infames la engañan… ¡Miserable de mí! ¡Desgraciado Oliverio! —. Esos acentos movieron el corazón de Made­moiselle de Scudéry y renacieron en su interior la fe cie­ga en la inculpabilidad de Oliverio y la esperanza de vis­lumbrar algún secreto. Movida por los más encontrados sentimientos, fuera de sí, exclamaba: —¿Qué espíritu infernal me ha enzarzado en esa historia abominable que acabará con mi vida?—. En este momento en­traba en la habitación Bautista, pálido y aterrado, anun­ciando la visita de Desgrais. Desde el repugnante pro­ceso de la Voisin, se consideraba la presencia de Des­grais en una casa como presagio de una acusación. De aquí el terror de Bautista. — ¿Qué te pasa? — le pre­guntó la dama—. ¿No es cierto que el nombre Scudéry constaba en la lista de la Voisin? —¡Jesús Dios! —res­pondió Bautista, temblando—. ¿Por qué decís tales co­sas señora? ¡Pero, Desgrais, ese terrible Desgrais, no sabe esperar y dice que la ha de ver ahora mismo! —Bien —dijo la dama—. Que ese hombre tan temido entre en seguida, que yo no le temo—. El jefe de Se­guridad —dijo Desgrais apenas traspasado el umbral—, el Presidente La Regnie me delega, señora mía, para hacerle una petición, que no le haría si no le fueran co­nocidos su virtud y sus ánimos, y si no estuviera en ma­nos de usted el medio último para sacar a la luz del día un enojoso delito de sangre, y si usted misma no hubiera ya participado en ese proceso que la «Cámara Ardiente» ha visto, y que a todos nos corta el aliento. Oliverio Brusson está medio loco desde que la vio a usted en la «Conciergerie». Así como parecía dispuesto a reconocer su culpa, vuelve ahora a jurar por lo más sagrado que es totalmente inocente del asesinato de Cardillac, aunque está dispuesto a sufrir la muerte, si la mereciera. Ob­serve, señora, que esta última afirmación se refiere sin duda a otros delitos que tiene sobre la conciencia. Pero no se le puede arrancar ni una palabra más, y ni siquiera la amenaza de la tortura ha tenido la menor eficacia. Nos ruega con vehemencia que le permitamos tener una conversación con usted. Sólo a usted está dispuesto a hacer una confesión. Dígnese, pues, ver a Brusson, seño­ra, para oír lo que declare.

—¡Cómo! —exclamó ella, indignada. —¿He de ser yo quien sirva de instrumento al tribunal? ¿Pretenden que profane la confianza de ese desgraciado para llevar­le al patíbulo? ¡No, Desgrais! Ni aunque Brusson fuera un malvado asesino, ¿cómo podría yo jamás engañarle tan vilmente? Su secreto, en confesión, quedaría encerra­do en mi pecho como un sagrado depósito—. Tal vez —replicó Desgrais, con una sutil sonrisa— mudará us­ted de opinión una vez haya escuchado al reo. Un día aconsejó usted al jefe de Seguridad que procediera hu­manamente. Ahora él da muestras de esa humanidad, accediendo al capricho de Brusson, como último recur­so, sin apelar a la tortura, para la cual el reo está más que en sazón—. La Scudéry se estremeció, y Desgrais siguió diciendo: — Tenga en consideración, señora mía, que evitaremos entrar de nuevo en aquella mansión que tan mal impresionada la dejó. Sin turbar el silencio de la noche, Oliverio Brusson, como cualquier persona en libertad, será conducido a presencia de usted. Sin que le espíen, aunque vigilado, podrá hablar con usted sin reservas. De que la seguridad de usted queda garantizada y nada ha de temer, respondo yo con mi vida. Habla de usted con verdadera devoción. Jura que lo que le pre­cipita a la muerte es el destino funesto que ha decidido que no pudiera hablar anteriormente con usted. Una vez le haya hablado, de usted depende declarar lo que usted quiera de lo que Brusson le confíe. ¿Quién podría obligarla a más?

Meditabunda, con la mirada puesta en el suelo, sin­tiéndose obligada a obedecer a un más alto poder que le confiaba la confesión de un secreto terrible, y como prisionera de los lazos mágicos en los cuales había caído, se decidió de pronto, y dijo dignamente: —Dios me concederá el tino y la firmeza que necesito… Traed a Brusson. Estoy decidida a hablar con él.

Como tiempo atrás al presentársele Brusson con el cofrecillo, se oyó llamar a la puerta de la casa de Made­moiselle de Scudéry. Abrió Bautista, ya enterado de aquella visita nocturna. La dama se estremeció al oír los pasos leves y el sordo rumor que le permitieron colegir que los guardias que habían traído a Brusson se repar­tían por los corredores de la casa.

Por fin se entreabrió la puerta del cuarto. Entró Desgrais y detrás de él Oliverio Brusson. No llevaba grilletes ni ataduras, y vestía correctamente. —Este es Oliverio Brusson, señora — dijo Desgrais inclinán­dose respetuosamente y salió de la habitación. Brusson se arrodilló delante de la dama, y levantó ambas manos en actitud suplicante. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Pálida y sin articular una palabra, le miraba la dama y en las facciones y el dolor, res­plandecía una expresión pura de lealtad y sinceridad de ánimo. Cuanto más detenía la mirada en el rostro de Brusson, más vivamente evocaba la dama el recuerdo borroso de alguna persona muy querida, y olvidaba toda sospecha de que el que estaba de rodillas delante de ella pudiera ser el asesino de Cardillac. —Bien, Brusson. Dí­game lo que sea —le pidió en un tono de la más piadosa benevolencia. Sin levantarse, suspiró él en lo más hondo de sus tristezas, dijo luego: — ¡Noble y venerable seño­ra! ¿Tan totalmente se ha borrado de su alma mi re­cuerdo?—. Observándole con más empeño, la Scudéry le respondió que, en efecto, descubría en sus rasgos un parecido con alguna persona amada, y que únicamente a este parecido debía agradecer que ella hubiera vencido la repulsión por el criminal y le escuchara con calma en aquellos momentos. Brusson, herido por estas palabras, se puso rápidamente en pie, y mirando sombríamente al suelo, retrocedió un paso y dijo con voz velada: —

¿Ha olvidado usted completamente a Ana Guiot y a su hijo Oliverio, el niño que tantas veces meció sobre las rodillas? —¡Dios todopoderoso! —exclamó Mademoi­selle de Scudéry cubriéndose la cara con ambas manos y echando atrás la cabeza sobre el sillón. Motivos tenía para sentirse turbada. Ana Guiot, hija de un hombre de la clase media venido a menos, se había criado en casa de la Scudéry, la cual le había prodigado cuidados ma­ternales. Ya mayor, tuvo un pretendiente llamado Clau­dio Brusson. Era el joven un experto relojero, que se ganaba holgadamente la vida en París, y Ana sintió por él un afecto sincero que mereció la aprobación franca de la que la cuidó de niña. Supo entenderse la joven pareja y vivían felices en la calma doméstica, felicidad que vino a afirmar todavía más el nacimiento de un mu­chacho precioso, vivo retrato de su madre.

Mademoiselle de Scudéry hizo del pequeño Oliverio un ídolo y horas, hasta días enteros, se lo quitaba a la madre para acariciarle y cuidarle, de tal manera que el pequeño se acostumbró a ella con quien se encontraba tan bien como con su propia madre. Habían pasado tres años del nacimiento cuando la envidia profesional de sus colegas determinó que el trabajo del buen relojero decreciera cada día más, y llegó a un punto que apenas le producía para alimentarse él y los suyos. Le entró la nostalgia de su bella Ginebra natal, y la familia salió para aquella ciudad sin hacer caso del incondicional apoyo que la Scudéry les garantizaba. Ana escribió to­davía un par de cartas a la que tantos cuidados le había prodigado, y luego vino el silencio, lo que hizo suponer a Mademoiselle de Scudéry que tal vez las dichas del hogar de Brusson habían borrado el recuerdo de tiempos pasados.

Veintitrés años se cumplían ahora desde que Brus­son había salido de París.

—¡Qué horror! —exclamó la dama, ya recobrado el ánimo. —¿Eres tú, Oliverio? ¡El hijo de mi Ana!…—. Dueño de sí mismo, tranquilamente, Oliverio respondió:

—¡Claro está, señora mía, que no podía imaginar usted nunca que aquel niño que usted acariciaba como la más tierna de las madres, aquel niño a quien mecía y rega­laba con golosinas prodigándole los nombres más cari­ñosos, tendría que verse, una vez llegado a la juventud, en presencia de usted, acusado de un crimen horrible! No soy irreprochable; la «Cámara Ardiente» podría acusarme legalmente de algún delito, pero, tan cierto como he de morir bien con Dios, aunque fuera a manos del verdugo, ni yo maté al desdichado Cardillac, ni tuve parte en su muerte—. Al decir esas palabras Oliverio experimentaba una conmoción como si la tierra se hun­diera a sus pies. Silenciosamente, Mademoiselle de Scudéry le señaló un sillón, sobre el cual, con gesto cansado, se sentó Oliverio.

Y dijo: —No me ha faltado tiempo para prepararme a esta entrevista, que considero como el último favor del cielo que se reconcilia conmigo, y captar toda la calma y la presencia de espíritu necesarias para narrarle la historia de mi terrible, de mi inaudita desgracia. Otórgueme la piedad de escucharme tranquilamente, por mucho que el descubrimiento de un secreto, que segura­mente no pudo sospechar, la sorprenda y llegue a horro­rizarla… ¡Ojalá mi pobre padre no hubiera salido nunca de París! En mi recuerdo borroso de Ginebra veo a mis padres y me veo a mí en el llanto, oigo sus lamentacio­nes, y me doy muy bien cuenta de cómo más tarde viví los azares de nuestra miseria. Mi padre se vio burlado en todas sus esperanzas. Apesadumbrado, murió al pun­to en que había logrado verme como aprendiz en un ta­ller de orfebrería. Mi madre hablaba mucho de usted en aquel entonces y estaba dispuesta a referirle todas sus cuitas, pero le faltó el ánimo como suele suceder a los que viven en la indigencia. La falsa vergüenza, que tan­tas veces roe el alma de los desheredados, le impidió dar curso a su propósito. Pocos meses después de la muer­te de mi padre murió también ella. —¡Mi pobre Ana! —exclamó la de Scudéry dominada por el pesar! —¡Doy gracias a Dios de que no haya de presenciar la muerte de su hijo querido a manos del verdugo, cubierto de ignominia!—. Estas palabras las dijo Oliverio en voz muy clara y fijando en la altura los ojos extraviados. Afuera se oyeron rumores de inquietud y pasos en di­versas direcciones—. ¡Oh, oh! —dijo Oliverio con una sonrisa amarga—. ¡Desgrais despierta a su gente como si yo pudiera escapar de aquí!… Prosigamos. Mi maestro me trataba con severidad, sin tener en cuenta que yo trabajaba como ninguno y mi labor acabó por superar la suya. Sucedió un día, que un cliente vino a nuestro taller para adquirir un aderezo. Yo estaba trabajando en una gargantilla preciosa y el cliente, con rostro ama­ble, golpeándome la espalda y resiguiendo con la mirada mi trabajo, me dijo: —Amigo, es una labor excelente. En realidad, no sé quién pudiera mejorarla a no ser Rene Cardillac, que es sin duda alguna el mejor orfebre del mundo. Junto a él tendrías que trabajar; te recibiría con palmas en su taller, porque sólo tú puedes ponerte a su lado y únicamente de él puedes todavía aprender algo—. Estas afirmaciones no cayeron en saco roto. Yo no aguanté más en Ginebra: parecía que me empujaban hacia fuera. Logré desentenderme de mi amo y llegué a París. Rene Cardillac me recibió fríamente, casi diría con rudeza. Yo insistí hasta lograr que me confiara un encargo de poca monta; era una sortija. Cuando le pre­senté la obra fijó en los míos sus ojos pequeños y cen­telleantes, como si quisiera penetrar en mis intenciones más profundas. —Eres un oficial listo, bien dispuesto— me dijo—. Te pagaré bien; confío en que quedarás con­tento de mí—. Y Cardillac hizo honor a su promesa. Pasé un tiempo cerca de él sin haber visto a Madelon, que estaba en el campo según creo, en casa de una tía de Cardillac. Volvió al fin. ¡Poder eterno del cielo qué cambio se hizo en mí al ver su figura angelical! ¿Ha existido nunca un ser que haya amado como yo?… Y ahora… ¡Oh, Madelon!—. Cortó sus palabras la pesadumbre, y tapándose la cara con ambas manos, prosi­guió una vez vencidos los sollozos:

—Madelon me miraba con buenos ojos. Entraba a menudo en el taller y yo adivinaba su afecto. Por mucho que el padre vigilara, nuestros furtivos apretones de mano eras señales de un pacto que Cardillac parecía ignorar. Mi intención era captarme ante todo su favor, llegar a la maestría en mi oficio y pedir entonces la mano de Madelon. Una mañana, al ir a ponerme a mi labor, Cardillac se enfrentó conmigo, luciéndole en los ojos sombríos la cólera y el desprecio: —Ya no necesito de tu arte —comenzó—. Sal de la casa ahora mismo y que no te vea nunca más. ¡No te debo explicaciones, pero has de saber que está puesta demasiado alta la dulce fruta que pretendes alcanzar, pobre arrapiezo!—. Quise hablar, pero él me cogió con mano dura y me obligó a pasar la puerta de un empujón, dando con mi cuerpo en el suelo, e hiriéndome en la cabeza y en un brazo.

Abandoné la casa furioso, con el alma desgarrada, hasta que en un suburbio lejano de París, el de Saint Martín, encontré a un conocido que me acogió en su buhardilla. Pero no hallaba reposo. Salía de noche y me escurría, rondando la casa de Cardillac, forjándome la idea de que Madelon oiría no sé cómo mis quejas y sus­piros y que encontraría manera de asomarse a la ventana para hablarme en secreto. En mi cerebro se cruzaban los más desesperados planes, de cuya realización esperaba convencerla. Junto a la casa de Cardillac, en la calle Nicaise, se levanta una pared alta con una hornacina y una estatua medio destruida, empotrada en ella. Junto a esta estatua me encontraba yo una noche, mirando hacia arri­ba, acechando las ventanas de la casa que dan al pa­tio que la pared encierra. De pronto, me doy cuenta de que hay luz encendida en el taller de Cardillac. Son las doce de la noche. Cardillac no solía velar nunca a esta hora; se acostaba puntualmente a las nueve. Siento los latidos de mi corazón. Presiento algún mal, pero tengo la esperanza de poder entrar. Desaparece la luz. Me arrimo a la estatua dentro de la hornacina. De pron­to doy un salto atemorizado, porque he sentido que la estatua se mueve como si tuviera vida. Al reflejo pálido de la noche me doy cuenta de que la piedra gira lenta­mente sobre su base, y detrás de ella se escurre una obscura forma humana, que empieza a andar calle abajo con paso ligero. Me acerco de un brinco a la escultura. Vuelve a estar en su sitio de antes, formando parte de la pared. Instintivamente, como impelido por una fuerza interior, voy siguiendo las pisadas del que se aleja. Al pasar bajo una capillita de la Virgen, aquella forma humana vuelve la cabeza, y el reflejo de la luz de la lámpara se proyecta sobre su rostro. Es Cardillac. No sabría describir el miedo, el horror, ni el irresistible hechizo que me empuja hacia su figura espectral de sonámbulo. No tengo por tal al maestro, sin contar con que no estamos en luna llena, época en que semejante hechizo suele privar del sueño. Desaparece por fin Car­dillac en las sombras, pero al oír un carraspeo breve, que no puede ser más que el suyo, conozco que ha en­trado en un determinado soportal. ¿Qué significa todo eso? ¿Qué designio le mueve? —me pregunto, lleno de estupor, mientras me oculto a favor de la sombra de las casas. Al cabo de un rato veo acercarse a un hombre que anda canturreando, tocado de un flamante penacho y con tintineantes espuelas en los tacones. Como el tigre sobre su presa se precipita Cardillac desde su rincón encima del hombre, que se desploma instantáneamente con el estertor de la muerte en la garganta. Salto, dando un alarido de terror hasta donde está Cardillac. —¿Qué es esto, maestro? —gritó yo—. ¡Maldito! —ruge Cardi­llac. Y echa a correr y desaparece con la rapidez del ra­yo. Sin tino, andando a duras penas, me acerco al que está tendido en el suelo y me arrodillo junto a él, por si hay esperanza de salvarle; pero todo indicio de vida ha desaparecido. Sobrecogido de mortal terror, apenas me he dado cuenta de que la «Maréchaussée» me rodea. Alguien da voces: —¡Ea, muchacho!, ¿qué estás hacien­do? ¡Otro que ha caído!… ¿Senas tú también de la pan­dilla?… ¡Anda! ¡Anda!…—. Mientras se cruzan esas exclamaciones, me sujetan y yo casi no acierto a balbu­cear que está lejos de mí cometer un acto semejante, y que me dejen en paz. Uno de los de la ronda me acerca a la cara la linterna y dice soltando la risa: —¡Pero si es Oliverio Brusson, el que trabaja con el honrado maes­tro Cardillac…! ¡Cómo va a matar hombres por esas calles!… ¡Vaya ocurrencia! ¿Es propio de asesinos la­mentarse sobre el cadáver y entretenerse para dejarse prender?… ¿Cómo ha sido, mozo?… Cuenta sin temor— Y cumplí lo que me pedían—. Muy cerca de mí —dije—saltó un hombre encima del que allí está tendido, le dio el golpe mortal y al oír mis gritos emprendió la fuga, rá­pido como el rayo. Y yo me inclinaba ahora sobre el caí­do por si había esperanzas de salvarle—. No hijo, mío— dice uno de los que han levantado el cuerpo. La herida, como de ordinario, es una puñalada al corazón—. ¡De­monio! —dice otro—. Lo mismo que el caso de ante­ayer. Llegamos tarde—. Y se alejaron llevándose el ca­dáver.

No sabría explicar mis sensaciones; era como el des­pertar de un sueño fatídico, o como si fuera a salir del sueño para asombrarme de la fantasmagoría… ¡Cardi­llac, el padre de mi Madelon, un malvado asesino!… Sin fuerzas caí sobre las gradas de un soportal. Alboreaba. Un sombrero de oficial ornado de un penacho precioso, yacía sobre el pavimento. El delito sangriento de Car­dillac cometido a mi vista, en el sitio que ahora ocupaba yo, medio echado en el suelo, me parecía evidente, cla­ro, como la nueva luz de la mañana. Y huí de aquel sitio, horrorizado.

Vuelto a mi buhardilla, aturdido, como demente, oigo abrir la puerta. Es Rene Cardillac. —En nombre de Cristo ¿qué quiere de mí —le grité. Sin dar importan­cia a mi actitud ni a mis palabras, anda unos pasos hacia mí, con una sonrisa reposada y afable que acrecienta mi íntima repulsión. Coge un taburete medio roto y se sienta a mi lado. Yo no tengo ánimos ni para incor­porarme en la yacija sobre la cual me he dejado caer. —Ea, Oliverio —comienza—, ¿cómo te va?… ¡Pobre muchacho!… Me precipité torpemente cuando te mandé salir de mi casa. Te echo de menos muchas veces. Pre­cisamente estos días voy a ponerme a un trabajo que no podré realizar sin tu ayuda. ¿Qué me dices de venir a trabajar de nuevo en mi taller? ¡Callas! Sí; bien lo sé. Te ofendí. Quise darte a entender que estaba airado contigo a propósito de tus ambiciones respecto a mi Madelon. Pero luego ha madurado en mí la idea y estoy convencido de que con tu destreza, tu laborio­sidad y tu lealtad, no puedo desear en el mundo mejor yerno que tú. Ven, pues, conmigo y procura merecer como esposa a Madelon.

Las palabras de Cardillac me desgarraban el corazón y su maldad me hacía temblar. No acerté a formular una respuesta. —¿Titubeas? —prosiguió él en un tono áspero, mientras me perforaba con sus ojillos centellean­tes—, ¿titubeas?… No te digo que sea hoy mismo; tal vez tienes otras cosas que te ocupen. Tal vez… una visita a Desgrais. ¿O quizá quieres ser presentado a Argenson o a La Regnie? Cuidado, muchacho, que las garras que pretendes echar contra otros no te prendan a ti mismo y te despedacen.

En este punto mi ánimo sublevado no puede menos que desahogarse de pronto en palabras, y replico que aquellos que tengan algo común con los nombres que acaba de pronunciar, a causa de las atrocidades que ha­yan cometido, se entiendan con ellos. Yo no tengo nada que ver con eso. Y Cardillac prosigue: —Hablando con propiedad, Oliverio, el trabajar en mi taller te honrará. Soy reputado el más famoso orfebre de la época, y con­siderado en todas partes, tanto por mis dotes artísticas como por mi lealtad e intachable conducta. Cuenta que cualquier calumnia contra mí caería de rechazo sobre la cabeza del calumniador. Y por lo que se refiere a Madelon, puedo asegurarte que a ella sola debes agra­decer mi condescendencia. Te ama con una vehemencia que no hubiera sospechado en un ser delicado como es ella. No bien saliste de mi casa se echó a mis pies, abrazó mis rodillas y me confesó entre lágrimas que no podía vivir sin ti. Yo pensé que todo era imaginación, como suele suceder a las muchachas inexpertas que da­rían la vida por la primera cara simpática que les mira sonriendo. Pero en mi Madelon es una realidad. Lan­guidecía, estaba enferma, y si yo quería disuadirla de sus quimeras no hacía más que repetir tu nombre. ¿Qué tenía yo que hacer si no quería dejarla en la desespera­ción? Ayer noche le dije que le daba mi consentimiento y que te llamaría hoy. En una noche parece haber flore­cido como una rosa y te espera transportada de amor.

Que el eterno poder celestial me perdone, pero ni yo mismo podría decir cómo me encontré de ponto en casa de Cardillac, en presencia de Madelon, que sollo­zaba, y estrechándome en sus brazos repetía mi nombre y hacía protestas de su afecto, mientras yo, en el colmo del embeleso, juraba por la Virgen y todos los santos no separarme de ella nunca más.

Conmovido al recuerdo de este momento decisivo, Oliverio se vio obligado a hacer una pausa. Mademoise­lle de Scudéry, horrorizada por la criminalidad de un hombre que ella había considerado hasta entonces como encarnación de la virtud y la honradez, exclamó: —¡Qué espanto! ¡Así, pues, Rene Cardillac formaba parte de la pandilla de asesinos y ladrones que hace de la ciu­dad una madriguera inmunda! —No se hable de pan­dilla, señorita —dijo Oliverio—. No existe tal pandilla. Era Cardillac, él solo, quien escogía las víctimas y caía encima de ellas con una asiduidad malvada. A esta cir­cunstancia, la de no tener compañeros, es debida la im­punidad con que logró llevar a cabo sus fechorías, y la dificultad en seguir una pista… Pero, permita que acabe y sabrá los secretos del que fue a la vez el más malvado y el más desdichado de los hombres… Desde  aquel día, cualquiera puede imaginar la situación en que me hallaba respecto a mi maestro. El paso estaba dado y no era posible retroceder. A menudo me parecía ser cómplice de los asesinatos de Cardillac, y únicamente el amor de Madelon me hacía olvidar la íntima congoja que me torturaba. En mis horas de trabajo en el taller, al lado del viejo, no podía mirarle a la cara, y casi no pro­nunciaba ni una palabra en presencia de aquel hombre abominable, que de día parecía poseer todas las virtudes de un padre cariñoso y de un buen ciudadano, y se en­volvía en los velos de la noche para llevar a cabo sus crímenes; Madelon, la criatura piadosa, limpia de con­ciencia como un ángel, le profesaba una verdadera devo­ción. Me sentía traspasado el corazón al pensar que cuan­do el malvado fuera descubierto, ella, despertada a la realidad, sufriría la más cruel desesperación, víctima ino­cente de las infernales astucias de su padre, y esto bas­taba para hacerme enmudecer aunque para ello tuviera que sufrir la pena que merecía el criminal.

Si bien me enteraba de los sucesos por las conversa­ciones de la gente, el móvil de los delitos de Cardillac y el modo de realizarlos eran para mí un enigma. La so­lución no se hizo esperar. Un día noté en Cardillac, que generalmente y excitando mi repugnancia solía bromear y reír mientras trabajaba, una seriedad y un retraimien­to que empañaban su ordinario buen humor. De pronto echó a un lado la joya en la que estaba trabajando con tal violencia que las perlas rodaron sobre la mesa, se puso en pie y me habló con vehemencia: —Oliverio— me dijo—, entre nosotros dos las cosas no pueden que­dar así; la posición es insostenible. Lo que escapó a la fina astucia de Desgrais y de sus esbirros, el azar lo ha puesto en tus manos. Me has visto en mis activida­des nocturnas, a las que mi nefasto destino me empuja, sin que yo pueda resistir. Y también a ti la mala es­trella te impulsó a seguir mis pasos, te escondió en las sombras y dio a tus pisadas una tal ligereza silenciosa, que yo mismo, que en la noche más obscura veo tan bien como si tuviera ojos de tigre y percibo el menor ruido, incluso el volar de un mosquito, no me di cuenta de tu presencia aquella noche. Tu mala estrella te ha hecho volver a mi lado. En tu situación ya no puedes traicionarme. Has de saberlo todo—. ¡Nunca seré tu compañero, hipócrita, malvado! —. Estas palabras estuve a punto de replicarle, lleno de ira y repugnancia, pero la misma indignación que en mí promovían sus palabras me agarrotaba la garganta, y un sonido inarticulado fue mi sola contestación. Cardillac volvió a sentarse en su sitio de trabajo; se secó el sudor de la frente, y como si le conmoviera un recuerdo del pasado, comenzó: —Hay sabios que dan gran importancia a las raras impresiones a que están sujetas las mujeres encinta, y hablan del asombroso influjo de esas impresiones vivas e involun­tarias en el que va a nacer. De mi madre me contaron una singular historia. En el primer mes del embarazo de que yo debía nacer contemplaba junto con otras mu­jeres una brillante fiesta cortesana que se dio en el Trianon. Se le fueron los ojos hacia un caballero vestido a la española, con una joya radiante colgada del cuello. Como fascinada por el brillo de la alhaja, mi madre no acertaba a quitar de ella la mirada. Todo su ser codiciaba aquella piedra irisada que le parecía un bien más que terrenal. Ya unos años antes, siendo mi madre todavía soltera, aquel caballero había puesto sitio a su virtud, pero fue rechazado con horror. Mi madre le reconoció, pero esta vez le pareció que el resplandor de la pedrería convertía al caballero en un ser de la más elevada naturaleza y un compendio de toda hermosura. Diose cuenta el caba­llero de las miradas de fuego de mi madre, y figurándose que esta vez sería más afortunado que antaño, buscó la ocasión de alternar con ella y logró apartarla de los conocidos y llevarla a un sitio desierto, y allí por la fuerza, la estrechó vehementemente entre sus brazos. En­tretanto mi madre se había apoderado de la joya que el caballero llevaba colgada sobre el pecho, pero en el mismo instante, el caballero, arrastrando a mi madre en la caída, se desplomó exánime. Probó en vano mi madre de desprenderse de los brazos crispados del cadáver, que fijaba en ella los ojos que ya no veían, y al reclamo de sus agudos gritos acudieron los paseantes y la arranca­ron de los brazos del pérfido caballero. Esas impresio­nes postraron a mi madre en el lecho. Se temió por su vida y por la mía; pero se restableció y el parto fue lo feliz que cabía esperar. Pero los terrores de aquel mo­mento aciago recayeron sobre mí. Había asomado mi mala estrella y sus destellos prendieron en mi ser, poseí­do desde el vientre de mi madre de una de las pasiones más insanas. Ya en la niñez estimaba por encima de todo los diamantes y el oro. Esta inclinación fue con­siderada como un capricho de niño, pero pronto se manifestó con mayor trascendencia y de niño aun roba­ba oro o joyas donde las viera al alcance de la mano. Distinguía instintivamente, como el más experto, lo que era falso y lo que era de ley. Mi codicia innata tuvo que doblegarse bajo los castigos severos de mi padre. Escogí la profesión de orfebre para poder vivir en medio de los objetos de oro y las piedras preciosas. Sólo esto me atraía. Trabajaba con pasión y fui pronto el primero en el oficio. Siguió a éste un período, en el cual mi pasión innata, tanto tiempo sofocada, surgió en todo su vigor, devorándolo todo. Apenas había terminado y en­tregado una obra, caía en una inquietud, que se cebaba en mi sueño, en mi salud y en el goce de vivir. Día y noche la persona para la cual había trabajado se pre­sentaba ante mis ojos, adornada con mis joyas y una voz susurraba a mis oídos: —Esta joya es tuya. Tómala, recóbrala… ¿De qué le sirven a un muerto los diaman­tes? Me di por fin a las artes del robo. Tenía entrada en la mansión de los poderosos y no tardé en sacar pro­vecho de cada oportunidad; no había cerradura que resistiera a mi ingeniosidad y pronto volvía a ser mía la joya salida de mis manos… Pero no se calmaba con esto el desasosiego. Aquella misma voz fatal se dejaba oír, provocándome: — ¡Ah! ¡Ah!… ¡Un muerto luce tu joya!—. Un odio inexplicable se proyectaba de mí ha­cia aquellos para quienes había labrado una joya. Sí. Se agitaba en el fondo de mis entrañas un furor homicida contra ellos que me hacía temblar a mí mismo… En medio de estas circunstancias, compré la casa donde vivo. Cerramos tratos con el propietario en este mismo cuarto, y para celebrarlo descorchamos una botella sen­tados en esta misma habitación. Ya muy avanzada la noche, a punto de despedirme, el vendedor me habló en estos términos: —Maestro Rene, es hora de que le ponga en el secreto de un detalle de esta casa—. Acer­cándose a un armario empotrado en la pared, empujó la tabla del fondo, penetró en un cuarto, y se agachó para levantar una trampa. De allí, bajando por una es­calerilla estrecha y empinada, llegamos frente a una portezuela, que el dueño abrió, y salimos al patio. Em­pujó entonces un hierro que había en un punto de­terminado de la pared y una parte de ésta giró inme­diatamente sobre sí misma, dejando un hueco a través del cual un cuerpo humano podía escurrirse cómoda­mente hasta la calle. —Oliverio —me dijo en aquel pun­to el maestro—, cuando quieras te enseñaré esta obra de ingenio, que seguramente idearon los frailes del convento que antiguamente hubo aquí para entrar y salir secre­tamente. Se trata de una plancha de madera revocada por fuera, a la cual se adapta una columna estatuaria también de madera, pero que imita la piedra, y el con­junto gira sobre unos goznes ocultos.

No sé qué siniestras ideas me embargaron a la vista de aquella instalación, como premeditada para ocultar unos hechos que eran todavía un misterio para mí. Ha­bía entregado, no hacía mucho tiempo, un aderezo pre­cioso a un caballero de la corte, aderezo que yo sabía que iba destinado a una bailarina de la Ópera. Me sen­tía atormentado, por doquiera me acompañaba el es­pectro de la muerte, y Satán murmuraba algo a mi oído. Volví a entrar en la casa y sudando de angustia me revolvía en la cama; imaginaba al caballero que en posesión de la joya, iba a ofrecérsela a la bailarina. Salté furiosamente de la casa, me embocé en la capa y bajé por la escalerilla secreta, atravesé el muro que sale a la calle Nicaise… Veo acercarse aquel caballero… Es él… Le salto encima; él da un grito, pero, agarrán­dole fuerte por la espalda, le hundo el puñal en el co­razón… ¡La joya es mía!… Consumado el hecho ex­perimenté un descanso, una satisfacción como nunca hubiera sentido. El espectro había desaparecido y ca­llaba la voz de Satán. ¡Ahora sabía lo que mi mala estrella exigía de mí, y me era forzoso ceder o perecer!… ¿Comprendes ahora mi proceder y mi ansia, Oliverio? No porque me vea arrastrado a hacer lo inevitable debes creer que haya renunciado a los sentimientos de piedad, de compasión, que están en la naturaleza del hombre. Tú sabes la violencia que he de hacerme para entregar un trabajo y cómo me niego a trabajar para aquellos cuya muerte no quiero. Pero como si el espec­tro que me acongoja exigiera sangre, he de usar el puñal contra el poseedor de la joya, y ésta vuelve a mis manos.

Una vez terminado este largo relato de su vida, maese Cardillac me llevó al sótano y me brindó el es­pectáculo de la colección de sus joyas, ante las cuales desmerecerían las del mismo Rey. Cada alhaja llevaba su etiqueta, en la cual constaba el nombre del que hizo el encargo y en qué fecha había sido recobrada por medio del homicidio, hurto o robo. —El día de tu boda, Oliverio —me dijo a continuación— prestarás juramen­to puesta la mano sobre la imagen de Cristo crucificado de que a mi muerte toda esta riqueza será aniquilada, convertida en polvo, por los medios que a su hora te daré a conocer. No quiero que ninguna criatura humana, y menos aún Madelon y tú, entre en posesión de lo que fue adquirido por medio del crimen.

Preso en el laberinto de los delitos, roído por el amor y la repugnancia, por el gozo y el horror, se me podía comparar en aquellos momentos al condenado a quien un ángel llama hacia arriba con una dulce son­risa, al mismo tiempo que Satán le tiene fuertemente asido entre las garras candentes, convirtiéndose así la amorosa sonrisa del ángel, reflejo de la bienaventuran­za, en la más cruel de sus torturas. Pensé en la huida, en el homicidio… ¡Pero, Madelon!… Censúreme, noble dama, condene mi flaqueza, mi incapacidad para vencer la pasión que me atenaza a la delincuencia. ¿No voy a pagarlo con una muerte afrentosa?

Un día volvió Cardillac a su casa de un humor excepcionalmente alegre. Acarició a su hija, me dedicó las más amables sonrisas, bebió durante la comida una bo­tella de vino añejo, lujo que únicamente se permitía en las festividades o celebraciones, y no cesaba de cantar o de reír. Su hija nos había dejado solos, y me disponía yo a entrar en el taller, pero Cardillac se opuso: — ¡Qui­ta, muchacho! No se hable hoy de trabajo y bebamos un sorbo más a la salud de la dama que descuella entre todas las de París por sus bondades—. Después de cho­car los vasos y él vaciar el suyo, me dijo: —Dime, Oli­verio, ¿no te gustan estos versos?

 

Un amant qui craint les voleurs

n’est point digne d’amour. 

Y me contó lo que en las habitaciones de la Maintenon había sucedido entre usted y el Rey, y aseguró también que a nadie había venerado tanto como a usted y que las altas virtudes que la adornaban eran capaces de eclip­sar su mala estrella, de tal modo que, aun viéndola lucir una de sus joyas, el espectro maligno, sugeridor de pen­samientos delictivos, no podría ya nada en él. —Oye, Oliverio —me dijo— la decisión que he tomado. Me comprometí hace mucho tiempo a labrar y engastar las piedras de mi colección para unos brazaletes y una gar­gantilla destinados a Enriqueta de Inglaterra. Es una de mis labores más perfectas y me desgarraba el corazón pensar que me había de separar de mi obra predilecta.

No dudo de que estás enterado de la desgraciada muerte de esa princesa, asesinada. La alhaja quedó en mis ma­nos y quiero ofrecerla como prueba de respeto y grati­tud, en nombre de la perseguida banda, a Mademoiselle de Scudéry. Así presento al mismo tiempo la prueba elo­cuente de su triunfo a Mademoiselle de Scudéry, y aver­güenzo a Desgrais y a los que le asisten… Y serás tú quien le llevarás este regalo—. Al pronunciar Cardillac el nombre de usted, señorita, me pareció que se desco­rrían unos velos negros y aparecía el cuadro feliz y ri­camente colorido de mi infancia. Sentía el alma bañada de consuelo y veía un rayo de esperanza que ahuyentaba los espíritus de las tinieblas. Cardillac debió darse cuen­ta de la impresión que me habían causado sus palabras y debió interpretarlo a su manera. —Mi plan parece ser de tu agrado —me dijo—. Puedo asegurarte que en lo más hondo de mi alma se levanta una voz muy distinta de la que exige víctimas y convierte a uno en animal de presa nunca satisfecho. ¡Cuántas veces me he extrañado de mí mismo! Un miedo íntimo, el temor de un algo realmente espantoso, cuyos escalofríos llegan a un pasa­do remoto, me sobrecoge con violencia. Entonces me parece como si lo que mi mala estrella lleva a cabo no pudiera tenérsele en cuenta a mi alma inmortal, que no participa en ello. En un estado de ánimo semejante decidí labrar una preciosa corona engastada de diaman­tes para la Virgen de la iglesia de San Eustaquio; pero cada vez que me ponía a la obra me asaltaba con más fuerza aquel temor incomprensible. Ahora me parece como si hiciera devotamente la ofrenda a la misma virtud, a la misma santidad, pidiéndole su poderosa in­tercesión, en la persona de Mademoiselle de Scudéry, a la que ofrezco la joya de mayor belleza que haya labrado en toda mi vida.

Una vez enterado del orden doméstico de usted, me instruyó Cardillac de la hora y de la forma en que debía poner en sus manos el aderezo, que encerró en un rico cofrecillo. Yo me sentía lleno de dicha, ya que el cielo me señalaba, por mediación del criminal Cardillac, el camino para salvarme del infierno en que estaba su­friendo una horrible tortura. Contra el parecer de Car­dillac, me proponía presentarme a usted, decidido a echarme a sus pies en calidad de hijo de Ana Brusson, y de pupilo de usted cuando niño, y descubrirle todo lo sucedido. Estaba seguro de que, conmovida por la des­dicha inconmensurable de la inocente Madelon, guar­daría usted el secreto. Su espíritu clarividente hallaría seguramente medios más eficaces, que yo no acertaba a concretar, para salvar a Madelon y salvarme a mí, desviando la maldad de Cardillac. De esto estaba yo seguro en lo más hondo de mi conciencia, con una con­vicción comparable a la fe en el consolador socorro de la Virgen Santísima. Bien sabe usted, señora, que aque­lla noche mi propósito fracasó. No perdí la esperanza de ser más afortunado otra vez. En esto cayó Cardillac en un descorazonamiento absoluto. Se escurría de un lado a otro, turbado, con la mirada perdida en el vacío. Murmuraba; sus manos inquietas parecían luchar para deshacerse de alguna fuerza contraria, y su espíritu pa­recía torturado por contradictorios pensamientos. Le vi una mañana entera en ese estado; por fin se sentó a la mesa de trabajo, se levantó al poco rato con enfado, se acercó a la ventana y como si hablara con el espacio dijo con voz grave y sombría: — ¡Quisiera que Enri­queta de Inglaterra hubiera lucido mis joyas!—. Estas palabras me aterrorizaron, conociendo que su espíritu errabundo era solicitado una vez más por el espectro abominable del crimen y que la voz de Satán volvía a hablarle al oído. Y vi la vida de usted amenazada. Sólo podría salvarse en el caso de que Cardillac recobrara las joyas. Crecía a cada instante el peligro. Entonces salí a encontrarla a usted en el Pont-Neuf, me acerqué a su coche y le eché por la ventanilla la carta, conju­rándola a que devolviera sin demora a Cardillac el ade­rezo. Usted no compareció, y creció mi temor hasta la  desesperación, cuando al día siguiente Cardillac estuvo hablando sin cesar de aquellas joyas preciosas que le habían obsesionado durante la noche. No hay duda de que se refería a las que estaban en manos de usted, y me pareció seguro que meditaba algún crimen para la noche inmediata. Mi deber era salvarla a usted, a toda costa. Cuando, después de la oración de la noche, el maestro se encerró como de costumbre, bajé por una ventana al patio, me escurrí a través de la parte move­diza del murallón y me aposté no muy lejos, en el sitio más sombrío. No tardó en aparecer Cardillac, escurrién­dose a lo largo de la calle, y yo seguí sus huellas. Iba en dirección a la calle de Saint Honoré… Yo sentía latir mi corazón. De pronto noté que Cardillac había desapa­recido. Decidí apostarme a la puerta de su casa. Como otro día, cuando la casualidad me hizo espectador del asesinato cometido por Cardillac, veo ahora acercarse canturreando a un oficial, que pasa cerca, sin darse cuen­ta de mi presencia. Pero, en el mismo instante, una figura negra de un salto se echa encima de él. Es Cardillac. Intento evitar el crimen, dando voces, al tiempo que me acerco a ellos y me doy cuenta de que no es el ofi­cial sino Cardillac quien yace en la agonía. El oficial suelta el puñal, desenvaina la espada y se acerca a mí pronto a la lucha, creyéndome cómplice de Cardillac, pero no tarda en convencerse de que, sin hacerle caso, estoy examinando al herido, que tiene todavía un últi­mo aliento de vida. Después de apoderarme del puñal, me cargo el cuerpo a la espalda y con dificultad lo llevo hasta el taller, por el corredor secreto. Lo restante ya lo conoce usted, noble señora, y de todo ello puede deducir que mi único delito consiste en no haber de­latado al padre de Madelon a los tribunales, dando así fin a sus fechorías… Estoy limpio de todo crimen san­griento y no hay tortura que fuera capaz de hacerme declarar los delitos de Cardillac. No quiero que, a des­pecho de la voluntad eterna que ha ocultado a la hija los hechos sangrientos del padre, sean éstos vengados revolviendo un cadáver que yace bajo tierra. No. Que la amada de mi alma me llore como caído sin culpa y el tiempo aliviará su pena; ¡pero esta pena sería in­vencible si ella llegara a enterarse de los actos abomi­nables de un padre tan amado!

Calló Oliverio y brotó de sus ojos un torrente de lágrimas. Postrado delante de la Scudéry, le suplicó: —Estoy seguro de que reconoce usted mi inocencia. Tenga piedad de mí, y dígame ahora qué es de Madelon—. La dama llamó a la Martiniére y al poco rato Madelon corría hacia Oliverio y le echaba los brazos al cuello—. Estoy segura de que todo va bien, me lo dice el verte aquí, ya sabía yo que la más noble de las damas te salvaría—. No se cansaba Madelon de repetir estas palabras, y Oliverio olvidaba su desgracia y se sentía libre y venturoso, ajeno a todo lo que antes le amenazaba. Era conmovedor oírles contar lo que habían padecido el uno por el otro. Y volvían a abrazarse y lloraban del prodigio de verse de nuevo reunidos.

Si Mademoiselle de Scudéry no hubiera tenido ya an­tes el convencimiento de la inculpabilidad de Oliverio, se hubiera convencido ahora, al contemplarles en la bien­aventuranza, unidas las almas, olvidando el mundo que les rodeaba, sus lástimas y sus penas inenarrables. — ¡No! —se decía—. Únicamente un corazón limpio es capaz de una felicidad tal en el olvido—. Los rayos del alba se quebraban en la ventana. Desgrais dio unos golpecitos a la puerta de la habitación para recordar a Brusson que era tiempo de que saliera con él, ya que a una hora más avanzada se expondrían a la pú­blica curiosidad. Y los enamorados tuvieron que se­pararse.

Los presentimientos funestos que embargaban el áni­mo de Mademoiselle de Scudéry desde la primera entra­da de Oliverio en su morada, ahora tomaban cuerpo en forma pavorosa. Veía inocente al hijo de su querida Ana, y así y todo envuelto en un asunto a consecuencia del cual no era de pensar que pudiera salvarse de una muerte infamante. Y ella rendía homenaje al heroísmo del joven, que se resignaba a morir bajo el peso de deli­tos ajenos antes que descubrir un secreto cuya revela­ción acarrearía la muerte de su adorada. En todo el reino de lo posible no halló ningún medio para substraer el pobre muchacho al severo tribunal. Tenía conciencia así y todo de que no debía ahorrar ningún sacrificio para evitar la injusticia que clamaba al cielo y estaba a punto de cumplirse. Imaginaba soluciones, planes, que rayaban en la quimera, y los desechaba luego con la misma pron­titud con que los había concebido, y cada vez más se desvanecían las últimas sombras de esperanza. Pero la infantil confianza incondicional de Madelon, que la hacía hablar como una iluminada del amado que sería decla­rado inocente dentro de poco, y la abrazaría como es­posa, renovaba la fe de Mademoiselle de Scudéry. Para hacer algo positivo escribió una extensa carta a La Regnie, en la que le decía que Oliverio Brusson le había manifestado de un modo que no dejaba lugar a dudas su completa inocencia en la muerte de Cardillac, y que únicamente la decisión heroica de que su secreto fuera enterrado con él le impedía confesar al tribunal lo que no solamente le libraría de la sospecha de que había asesinado a Cardillac, sino también de que perteneciera a la odiosa banda de criminales.

Mademoiselle de Scudéry había puesto en juego todo su caudal de pasión ardiente y de aguda elocuencia para ablandar el duro corazón de La Regnie, quien al cabo de pocas horas respondía a la carta con otra en la que le decía cómo se alegraba de que Oliverio Brusson se hubiera justificado plenamente cerca de su noble protec­tora. En cuanto a lo que se refería a la heroica decisión de llevarse a la tumba un secreto relacionado con el hecho en cuestión, lamentaba que la «Cámara Ardiente» no pudiera hacer honor a este silencio y antes bien pro­curaría romperlo con los medios más enérgicos. Así, pues, confiaba en que dentro del plazo de tres días es­taría en posesión de dicho secreto, que aclararía los raros sucesos.

Mademoiselle de Scudéry no ignoraba lo que quería significar el terrible La Regnie al mencionar aquellos me­dios que quebrantarían el heroísmo de Brusson. Ya no cabía duda de que la tortura se celebraría en el desdi­chado. La Scudéry llegó, en medio de ansias mortales, a la decisión de que para dar tiempo al tiempo lo mejor era consultar a un abogado. A la sazón el más famoso de París era Pierre Arnaud d’Andilly. Sus pro­fundos conocimientos y su perspectiva corrían parejas con su nobleza y su moral. Mademoiselle de Scudéry se dirigió a él y le expuso todo lo que era posible sin vul­nerar el secreto de Brusson, creyendo que D’Andilly se interesaría por el inocente; pero vio defraudada su esperanza del modo más áspero. D’Andilly la había es­cuchado del principio al fin con mucha calma, y luego había dicho, con la sonrisa en los labios, plagiando a Boileau: Le vrai peut quelquejois n’étre pas vraisemblable.

Quiso demostrar a la Scudéry que las más sorpren­dentes razones de sospecha contra Brusson abonaban el proceder de La Regnie, quien, lejos de merecer el dic­tado de cruel y precipitado se portaba con perfecta legalidad; más todavía, no podía obrar de otra manera sin faltar a los deberes de un juez. Y él mismo, D’An­dilly, no se arriesgaba, ni con la más brillante defensa, a salvar de la tortura al sospechoso. Esto únicamente era posible al mismo Brusson, ya confesando sincera­mente toda la verdad, ya al menos por medio del de­tallado informe de las circunstancias que rodeaban al asesinato de Cardillac. Sólo después de esto habría oca­sión de intervenir favorablemente. —Me postraré a los pies del Rey —dijo la de Scudéry—. Imploraré su per­dón—. Estaba fuera de sí y el llanto medio ahogaba sus palabras—. No lo haga —dijo el abogado—. ¡Por Dios no dé este paso, señora! Ahorre este desesperado recurso, pues si fracasara habría usted perdido para siempre el favor del Rey. Éste no indultará nunca a un reo de este tipo. Sería exponerse al más amargo reproche del pueblo. Queda la posibilidad de que Brusson halle manera de hacer olvidar la sospecha, sea descubriendo el secreto, sea en otra forma. Entonces se podría recurrir a la benevolencia real, porque el Rey podría justificar una clemencia razonable. De grado o por fuerza, Made­moiselle de Scudéry hubo de aceptar la opinión del ex­perto D’Andilly. Cavilando entre penas y preguntándose en nombre de la Virgen y de los santos qué debía hacer para salvar al desdichado Oliverio, la encontró la noche en su habitación, cuando entró la Martiniére anunciando al conde de Miossens, coronel de la Guardia Real, que deseaba hablarle con urgencia.

—Perdone, señorita —dijo el visitante inclinándose con dignidad militar— si vengo a molestarla tan a destiempo. Nosotros, los soldados, somos así. Con unas po­cas palabras me haré perdonar. Es Oliverio Brusson quien me delega—. La Scudéry, en la expectación de lo que le quedaba por saber, exclamó anhelante: — ¡Oli­verio Brusson, el más desdichado de los hombres! ¿Qué tiene usted que ver con él? —Ya sabía yo— dijo Mios­sens, sin dejar de sonreír— que el nombre de su pro­tegido lograría que usted prestara oído a lo que vengo a decirle. No hay nadie que no esté convencido de la culpabilidad de Brusson. Usted señora, naturalmente, no participa de esta convicción y defiende la opinión contraria, la cual no tiene más apoyo que la protesta misma del acusado. Mi caso es muy distinto. Nadie pue­de estar enterado como yo de la inocencia de Brusson respecto a la muerte de Cardillac. —¡Hable, hable pron­to! —gritó la de Scudéry con la luz de la esperanza en los ojos—. Soy yo —dijo Miossens recalcando sus pala­bras—, yo mismo, quien derribó al viejo orfebre en la calle de Saint Honoré—. ¡Válgame los santos!, ¿usted? ¿Ha dicho que usted mismo? —exclamó la dama—. Y yo le aseguro, señora —prosiguió Miossens—, que es­toy orgulloso de mi acto. Sepa que era Cardillac el mal­vado, el hipócrita bellaco, que al amparo de la noche asesinaba y robaba sin que nadie pudiera cazarle. Ni yo mismo sabría explicar cómo se despertó en mí la íntima sospecha contra el viejo villano cuando, mostrando una rara inquietud, me entregó el aderezo que le había en­cargado y quiso saber a quién lo destinaba, y luego son­sacó astutamente a mi ayuda de cámara a qué hora solía yo hacer mis visitas a una determinada dama… De tiem­po acá me había llamado la atención que las desdichadas víctimas de la más repugnante codicia presentaban todas una herida igual. Esto me llevó a la convicción de que al criminal le era familiar el golpe instantáneo y mortal de necesidad, y que contaba con ello. Si le fallaba el golpe, la lucha pasaba a ser de igual a igual, y esto me movió a precaverme en una forma tan sencilla que no comprendo cómo no se les ocurriera antes a otros que, como yo, se hubieran salvado del golpe. Me procuré una cota que me cubría el busto por debajo de la ropa, una coraza de acero. Cardillac me sorprendió por la espalda y me sujetó con una fuerza de titán; pero su bien di­rigido puñal resbaló esta vez en el acero y en el mismo instante yo le clavé el puñal de que iba provisto. —¿Y guardó silencio? ¿No denunció el caso a los tri­bunales? —Permítame, señorita, que le haga notar— dijo Miossens— que semejante denuncia, si no me per­día inmediatamente, me hubiera enredado en el más abominable de los procesos. ¿Imagina usted que La Regnie, que husmea en todas partes el delito, me hu­biera creído al acusar yo de criminal a Cardillac, consi­derado como modelo de probidad y de virtudes? ¿Qué hubiera sido de mí si la espada de la justicia se hubiese vuelto contra mi buena intención? —¡Imposible! —ex­clamó la de Scudéry—. ¡Una persona de su linaje, de su cargo!… —¡Ah! —prosiguió Miossens—, acordémonos del mariscal de Luxemburgo, a quien el capricho de ha­cerse echar el horóscopo por Le Sage le hizo sospechoso de ser envenenador y le llevó a la Bastilla. ¡No, por San Dionisio! No fío ni una hora de libertad ni la punta de mi oreja al fogoso La Regnie, el cual de buena gana nos degollaría a todos—. Pero, en cambio —le interrumpió Mademoiselle de Scudéry—, empujáis hacia el cadalso al inocente Brusson—. Inocente… —replicó Miossens— ¿llama usted inocente, al compañero del malvado Car­dillac? ¿Al que le secundaba en sus fechorías? ¿Al que ha merecido la muerte cien veces? ¡Ah, no! Le aseguro mi noble señora, que su sangre no correrá injustamente. Si ahora le descubro las verdaderas circunstancias del caso es suponiendo que usted, sin ponerme en las manos de la «Cámara Ardiente», sabrá de un modo u otra sacar provecho de mi revelación en favor de su protegido.

Encantada la de Scudéry al ver tan decisivamente confirmado su convencimiento de la inocencia de Brus­son, no tuvo reparo en confesar al Conde que ya conocía los crímenes de Cardillac, y todo lo sucedido, y a la vez instarle a que fuera con ella a hacer una visita a D’Andilly, a quien se proponía, bajo juramento de discreción, confesar toda la verdad. D’Andilly aconsejaría lo que convenía hacer. 

Una vez la Scudéry hubo narrado los hechos a D’An­dilly, éste quiso enterarse de los más insignificantes de­talles. Muy en particular preguntó al conde Miossens si fue Cardillac quien le atacó y si podría reconocer a Oliverio Brusson como al que se llevó a cuestas el heri­do. —Además de haber reconocido muy bien al orfebre a la luz de la luna, respondió Miossens, he visto tam­bién el puñal que hirió a Cardillac y que La Regnie tiene en su poder. Es el mío; se distingue por el fino labrado de la cruz. El joven se hallaba solamente a un paso, de modo que pude precisar cada uno de sus rasgos, pues había perdido el sombrero. En fin le reconocería al punto si le viera.

D’Andilly callaba con la mirada fija en el pavimento. Luego dijo: —Si seguimos los procedimientos legales es evidente que Brusson no podrá escapar de las manos del verdugo. Por respeto a Madelon no quiere de­latar a su padre como asesino. Y más vale que no de­clare, porque aun suponiendo que llegara a probarlo revelando el sitio de la salida secreta, y aunque el tesoro de joyas volviera a las manos que las pagaron, esto mismo le llevaría a la muerte por complicidad. Y suce­dería lo mismo si el conde Miossens explicara a los jueces el suceso en que pereció el orfebre.

El conde Miossens —opino— debe dirigirse a la «Conciergerie», pide una entrevista con Oliverio Brusson y reconoce en él a la persona que se llevó el cuerpo de Cardillac. Va luego a encontrar a La Regnie, y le expone: —En la calle de Saint Honoré vi a un hom­bre que caía al suelo herido de muerte violenta. Yo estaba en pie muy cerca del cadáver cuando otro hom­bre acudió de pronto, se inclinó y cargó sobre su espalda el cuerpo, al ver que todavía estaba vivo. He reconocido aquel hombre en Oliverio Brusson—. El relato da lugar a un nuevo interrogatorio a Brusson, y a una entrevista con Miossens. Resumiendo, se aplazan las torturas, y siguen las indagaciones. Es la hora oportuna para pre­sentarse al Rey. A la clarividencia de usted, señora, a su agudeza de espíritu queda confiada la realización de esta parte del programa. Yo estimo que sería oportuno descubrir al Rey todo el secreto. La declaración del con­de Miossens vendría a reforzar las de Oliverio Brusson. Las investigaciones privadas en la casa de Cardillac no serían tampoco estériles. No una sentencia, sino una decisión del mismo Rey, dictada por una voz interior, ha de constituir la base para que donde el juez debe castigar dicte el fallo la clemencia.

Siguió puntualmente Miossens lo que D’Andilly ha­bía aconsejado y sucedió en realidad lo que éste preveía. Ahora llegaba el momento de acudir al Rey, y éste era el punto más difícil, ya que el monarca sentía contra Brusson tal repugnancia, que le consideraba el ladrón y asesino abominable que tanto tiempo tuvo en la an­gustia a todo París, y en cuanto se le recordaba aquel ruidoso proceso, su cólera no tenía límites. La Maintenon, fiel a su principio de no hablar al Rey de cosas desagradables, se negó a toda mediación, de modo que el destino de Oliverio quedó en manos de Mademoiselle de Scudéry. Tras largas meditaciones ésta tomó una de­cisión. Se puso un vestido de seda negro, se adornó con el rico aderezo labrado por Cardillac, se cubrió con un velo igualmente negro y así se presentó en las habita­ciones de la Maintenon, precisamente a la hora en que el Rey solía estar allí. La noble figura de la dama, a quien todos honraban, era de una majestad que no podía menos que despertar profundo respeto aun entre el público distraído, acostumbrado a frecuentar ante­salas. Todos le abrieron paso, y el mismo Rey se levantó admirado y se acercó a ella. Las luces de los ricos dia­mantes de la gargantilla y de los brazaletes parecían des­lumbrarle. — ¡Virgen santa! —exclamó—. ¡Éstas deben ser las joyas de Cardillac! —. Y, dirigiéndose luego a la Maintenon, añadió con una sonrisa amable: —Vea, se­ñora marquesa, lo bien que le sienta a nuestra hermosa novia el luto por su prometido—. Señor, replicó la Scu­déry, como si siguiera la broma—. No le sentaría a una novia apenada un atavío tan brillante. No; nada tengo que ver con el orfebre y no me acordaría más de él, a no ser porque vuelve y vuelve a mi mente la visión ho­rrible de su cuerpo muerto a mano airada—. ¿Cómo?… ¿Vio usted al pobre diablo asesinado?—. En pocas pa­labras la Scudéry describió, sin mencionar para nada a Brusson, cómo la casualidad la había llevado frente a la casa de Cardillac, precisamente a poco de haber sido descubierto el atentado. Habló del dolor loco de Madelon, de la profunda impresión que le produjo la acti­tud de aquella criatura angelical y cómo salvó a la des­dichada de las manos de Desgrais, entre los alaridos de aprobación de la gente. Pintó a lo vivo y con cre­ciente pasión las escenas con La Regnie, con Desgrais, con el mismo Brusson. Transportado por el vigor vital que ardía en la descripción de la Scudéry, el Rey no se acordaba ya de que el tema en cuestión era el odioso proceso del abominable Brusson, y sin contestar palabra alguna sólo desahogaba en exclamaciones entrecortadas su íntima emoción. Y antes de que tuviera tiempo de reflexionar sobre lo inaudito que acababa de escuchar, incapaz de poner en orden las ideas, la Scudéry se había echado ya a sus pies implorando clemencia para Oli­verio. — ¡En qué raro asunto se ha metido, señorita! — exclamó el Rey, invitándola a que se sentara—. ¡No salgo de mi sorpresa! ¡Qué horrible historia! ¿Quién puede demostrar la verdad de este espantoso relato de Brusson?… —¿No bastan —prorrumpió la Scudéry— el relato de Miossens, las indagaciones en la casa de Cardillac, y el íntimo convencimiento y la pureza de alma de Madelon, que han suscitado igual virtud en el des­dichado Brusson?—. El Rey, que iba a contestar, volvió la cabeza al oír un ruido en la puerta. Louvois, que trabajaba en la sala inmediata, le miró intrigado. El Rey se levantó y siguiendo a Louvois salió de la habi­tación. La Scudéry y la marquesa de Maintenon consi­deraron peligrosa esta interrupción porque el Rey podía haber sido sorprendido y se guardaría de caer por se­gunda vez en la trampa. Pero al cabo de unos minutos compareció de nuevo el Rey, paseó nerviosamente por la sala, y con los brazos cruzados a la espalda se puso delante de la dama y dijo en voz baja, sin mirarla: —Quisiera ver a Madelon—.. Señor —respondió la de Scudéry—, ¡con qué gracia colmáis a la pobre cria­tura! Dichosa acudirá a postrarse a vuestros pies—. Y con estas palabras, tan ágil cuanto sus envaradas fal­das le permitían, se asomó a la puerta para anunciar que el Rey se dignaba recibir a Madelon Cardillac. Presin­tiendo esta gracia, Mademoiselle de Scudéry había veni­do con Madelon, que esperaba al lado de la camarera de la Marquesa, con un breve memorial en las manos dictado por D’Andilly. Al poco rato estaba a los pies del Rey. El miedo y la consternación, el tímido respeto, el amor y la pena nacían bullir la sangre en todas las venas de la desdichada y sus mejillas se teñían de púrpura. Como perlas rodaban las lágrimas desde sus sedosas pes­tañas hasta su pecho terso como los lirios. Ante la im­ponderable belleza de aquella criatura angelical, el Rey parecía asombrado. La levantó con delicadeza y luego hizo un movimiento como si fuera a besar la mano que tenía entre las suyas. Se apartó y contempló a la graciosa criatura, cuya mirada brillante de lágrimas delataba la más profunda emoción. —¿No tiene un parecido sor­prendente con La Valliére esta muchacha? —susurró la Maintenon al oído de Mademoiselle de Scudéry—. El Rey saborea dulces recuerdos. Ha ganado usted la par­tida—. Por mucho que la Maintenon procurara hablar en voz baja, el Rey pareció haberla oído; la sangre le había subido a la cara, su mirada era vaga, y una vez leída la súplica que Madelon le presentaba dijo en tono benévolo: —Quiero creer que tú, amable criatura, estás convencida de la inculpabilidad de tu amado, pero no desoigamos lo que opina sobre este punto la «Cámara Ardiente»—. Y con un leve movimiento de la mano des­pidió a la que se deshacía en lágrimas. Mademoiselle de Scudéry se dio cuenta con zozobra de que el recuerdo de La Valliére había hecho mella en su juicio, por in­significante que aquel nombre pareciera de pronto en labios de la Maintenon. ¿Sacrificaría en aras de la be­lleza, o bien le sucedía lo que al despertado bruscamente de un sueño, al ver desvanecidas las formas mágicas que creyó reales? Tal vez no veía ahora a su La Va­lliére, sino a Sor Luisa de la Misericordia, el nombre nostálgico que ésta llevaba en el convento de carmelitas. Lo único que quedaba a su alcance era esperar con calma las decisiones del Rey.

Entretanto se había hecho pública la declaración del conde Miossens ante la «Cámara Ardiente». Como la gente es propensa a dejarse llevar con facilidad de un extremo a otro, el mismo a quien maldecían como al más temible de los criminales, y al que amenazaban con despedazar antes que llegara al cadalso, era ahora con­siderado como una víctima inocente de una bárbara jus­ticia. Los vecinos no se acordaban hasta ahora de su conducta virtuosa, de su gran amor a Madelon, de su fidelidad y de su abnegación total para con el viejo orfebre. Agrupábanse con frecuencia al pie del palacio de La Regnie, dando voces: —¡Devuélvenos a Oliverio Brusson! ¡Es inocente!—. Y apedreaban las ventanas, obligando a La Regnie a buscar el amparo de la «Maréchaussée» para que le librara de las iras del pueblo.

Pasaron días sin que la Scudéry tuviera la menor no­ticia del proceso. Acudió desesperada a la Maintenon, que le dijo que el Rey guardaba silencio sobre el asun­to y que no era aconsejable recordárselo. Al preguntar la Maintenon, con una sonrisa singular a la Scudéry qué se había hecho de la Villiére, la dama se convenció de que en lo más íntimo de la orgullosa mujer se agitaba un enojo por determinadas circunstancias que pudieran transportar al sentimental monarca a un terreno en el cual ella no dominaba. No podría contar, pues, con la Maintenon.

Finalmente, con la ayuda de D’Andilly, logró sacar en claro que el Rey había tenido una larga entrevista privada con el conde Miossens y también que, poco des­pués, Bontems, el ayuda de cámara en quien el Rey tenía mayor confianza y en cuyas manos ponía importantes encargos, había estado en la «Conciergerie» para hablar con Brusson y, finalmente, que el mismo Bontems, en compañía de otras personas, había entrado en la casa de Cardillac y permanecido en ella largo rato. Claudio Patru, inquilino del piso bajo, aseguraba que durante toda aquella noche oyó rumores, y que seguramente Oliverio estaba entre los reunidos, pues había recono­cido perfectamente su voz. Era evidente que el mismo Rey había ordenado unas investigaciones para coordinar las circunstancias del asunto, pero resultaba incompren­sible la tardanza de la decisión. La Regnie procuraría por todos los medios no soltar la presa que tenía entre los dientes, y esta disposición echaba a perder en ger­men toda esperanza.

Había pasado alrededor de un mes cuando la Main­tenon mandó citar a Mademoiselle Scudéry, anunciándole que el Rey deseaba verla en sus habitaciones.

La dama sentía hasta la garganta los latidos del co­razón, y sabía que iba a decidirse la suerte de Oliverio. Así se lo comunicó a Madelon, que rezaba fervorosa­mente a la Virgen y a los santos para que se dignaran despertar en el Rey el convencimiento de la inocencia de Oliverio.

Pero el Rey parecía haber olvidado el asunto y, como tantas veces, se entretenía en animados diálogos con la Maintenon y Mademoiselle de Scudéry, y no soltaba si­quiera una palabra que hiciera referencia al pobre Brus­son. Por fin, compareció Bontems, se acercó al Rey y le comunicó algo en voz tan baja que las dos damas no se enteraron de nada. La Scudéry estaba inquieta. El Rey se levantó, se acercó a ella y brillándole los ojos le habló así: —La felicito, señorita; su protegido, Oliverio Brusson, está en libertad.

Derramando lágrimas, incapaz de formular una frase, Mademoiselle de Scudéry quiso echarse a los pies del Rey, que se lo impidió. —¡Vaya, vaya, señorita! Haría usted buen papel como abogado y me gustaría que pa­trocinara usted mis pleitos. Por San Dionisio, que nadie en la Tierra resistiría a su elocuencia. Pero —prosiguió con mayor seriedad— ¿quién no saldría sano y salvo de cualquiera acusación ante la «Cámara Ardiente» o ante todos los tribunales del mundo si lo tomase bajo su am­paro la virtud personificada?—. Por fin Mademoiselle de Scudéry recobró el habla y se prodigó en ardientes protestas de gratitud. El Rey la interrumpió para adver­tirle que en su propia casa la estaba esperando un agra­decimiento mayor todavía que el que pudiera exigirle él, ya que seguramente en aquellos momentos el feliz Oliverio estaba abrazando ya a su Madelon. —Bon­tems —concluyó el Rey— le dará mil luises, que en mi nombre entregará usted a la muchacha como dote. Que su Brusson, que no merece tanta felicidad, se case con ella; pero luego que abandonen París. Ésta es mi vo­luntad.

 

* * * 

La Martiniére salió a recibir a su ama con apresu­rados pasos, y detrás de ella Bautista, radiantes de gozo los dos, y dando voces de júbilo: —¡Aquí está! ¡Libre! ¡Qué buena pareja!—. Oliverio y Madelon se echaron a los pies de Mademoiselle de Scudéry—. Me decía el corazón que usted, y sólo usted, podía salvar a mi novio —exclamaba Madelon—. La fe en usted, madre mía, es­tuvo siempre arraigada en mi alma, a pesar de todo— exclamaba Oliverio; y ambos besaban las manos a la dignísima dama derramando cálidas lágrimas. Y volvían a los abrazos y hacían protestas de que el gozo más que terrenal de aquellos momentos les compensaba de las penas indecibles de los días pasados, y juraron no se­pararse nunca el uno del otro hasta que les llegara la muerte.

Al cabo de pocos días se celebró su unión ante el altar. Aun cuando la voluntad del Rey no hubiera sido ésta, Oliverio había pensado abandonar París, donde todo le recordaba la época horrible de las fechorías de Cardillac y donde una casualidad cualquiera podía re­velar el secreto, ahora en poder de varias personas, y malignamente destruir para siempre la felicidad de su vida. Inmediatamente después de la boda salieron para Ginebra, acompañados de las bendiciones de la Scudéry. Allí, ricamente instalado con el dote de Madelon, y poseedor Oliverio de una rara destreza en su oficio, así como de las virtudes que hacen el buen ciudadano, su vida transcurrió felizmente y sin angustias. Vio cumpli­das las esperanzas que su padre había visto frustradas, hasta que la muerte le alcanzó.

Al cabo de un año de haber salido Brusson de París, apareció una declaración pública, firmada por Harlay de Chauvelon, arzobispo de París, y por el abogado del Parlamento, Pierre Arnaud d’Andilly. Explicaba su con­tenido cómo un pecador arrepentido, bajo secreto de confesión, entregaba a la Iglesia un rico tesoro de joyas robadas. Todos aquellos que hasta el fin del año 1680, y señaladamente por medio de asalto criminal en la vía pública, hubieran sido desposeídos de alguna joya, de­bían presentarse en el despacho de D’Andilly, y en el caso de que la descripción que hicieran del objeto que les había sido robado coincidiera exactamente con la alhaja recobrada, y si no cabía duda respecto a la legi­timidad de la reclamación, le sería devuelta. Muchos que figuraban en la lista de Cardillac no como asesinados, sino aturdidos únicamente por la agresión del alucinado orfebre, se presentaron un día tras otro al abogado del Parlamento, y no sin sorpresa recobraron las joyas que les habían sido robadas. El resto pasó al tesoro de la iglesia de San Eustaquio.

En la calle de Saint Honoré se levantaba la casita en que vivía Magdalena de Scudéry, conocida por sus versos llenos de donaire y por la consideración que me­reció de Luis XIV y de la Maintenon.placer amoroso y teñía siniestramente toda alegría convirtiéndola en pena profunda y en luto sin consuelo. Si bien se trataba de un asunto muy serio, no esca­seaban en la poesía presentada a Luis XIV las galas narrativas al describir el camino del enamorado hacía la amada, y cómo el miedo mata en germen el placer de la más bella aventura galante. Además de la gracia particular de los giros, el final se desplegaba en ampu­loso panegírico en honor de Luis XIV. Todo esto era infalible para que el monarca leyera con visible compla­cencia la poesía. Sin quitar los ojos del papel, se volvió del lado donde estaba la Maintenon, leyó una vez más en voz alta, y le preguntó luego con la sonrisa en los labios, qué opinaba de los deseos de los arriesgados amantes. La Maintenon, fiel a su seriedad, y tiñéndose como siempre de un cierto tono pacato, opinaba que tales devaneos y aventuras no eran dignos de particular salvaguardia, sin que eso obstara a que los abominables delincuentes fueran merecedores de medidas especiales con vistas a su total desaparición. No quedó contento el Rey con esta ambigua respuesta; dobló el papel, y se disponía a entrar en el cuarto inmediato, donde traba­jaba el secretario de Estado, cuando volvió al azar la mirada hacia Mademoiselle de Scudéry, que se había sentado en una butaca no lejos de la Maintenon. A ella se dirigió el Rey, dejando asomar de nuevo en su boca y mejillas la sonrisa que se había apagado, y desplegan­do de nuevo el manuscrito, dijo en un tono de voz suave: —La Marquesa parece ignorar las galanterías de nuestros enamorados y esquiva la respuesta. Pero usted, señorita, ¿qué opina de esta súplica poética?—. La Scu­déry se levantó respetuosamente y mientras un pasa­jero rubor, como púrpura vespertina, cubría sus mejillas de ordinario pálidas, dijo con una leve inclinación y bajando los ojos: 


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