Navas

HACIA UNA IMPOSIBILIDAD DE LA LECTURA

El castillo, de Franz Kafka

   Por Juan Manuel Navas

 

            El fragmentarismo que se puede apreciar en la creación literaria de Kafka, si por ejemplo nos fijamos en la reconstrucción que llevó a cabo Max Brod para su publicación o en la gran cantidad de comienzos desechados, salta a la vista de una forma menos clara, pero no por ello menos significativa, en El castillo. Nos encontramos, es verdad, con una linealidad narrativa, pero el elemento más importante, los diálogos, las exégesis sobre la realidad del castillo que le van llegando a K., así como las intromisiones del narrador en sus reflexiones, nos muestran un vasto mar agujereado. Y en cada sima nos podemos caer en el interminable ir y venir de las posibilidades. Todo acontecimiento es susceptible de ser abordado desde un sinfín de ángulos, innumerables caminos explícitamente desarrollados en algunos casos, o apuntados solamente en otros. De este modo la continuidad es sólo aparente, como todo en esta novela teñida de ambigüedad y, cabría decir, como todo aquello a lo que intentamos acceder. La aparente coherencia con que se desarrolla la vida viene determinada por el salto que se da sobre los agujeros de la posibilidad, cuya profundidad y movilidad no somos capaces de sospechar. Kafka consigue en El castillo mostrárnoslos de la manera más eficiente, dándoles la consistencia de la infinitud entrevista por el propio K., la imposibilidad de acercarse siquiera a alguna lectura cierta del mundo o de la misma literatura, si somos capaces de desplazarnos ilógicamente entre la obra y la vida. Y es en las palabras de ese personaje absolutamente sólido en su desenvolvimiento desde la asunción de su condición obligada por las circunstancias que es Olga, (al contrario de un K. cuya voluntad está regida por el deseo de adquirir una condición en la que reconocerse), es en sus palabras, decía, donde encontramos expresado hasta qué punto llega nuestra precariedad: “Y guardar el justo medio entre las exageraciones, esto es, juzgar las cartas acertadamente, es por cierto cosa imposible, ya que por sí solas cambian continuamente de valor; las reflexiones que ellas ocasionan son infinitas, y sólo la casualidad determina dónde ha de detenerse uno en tales reflexiones, luego la opinión resultante también es casual”. Palabras escuchadas por el mismo K. que atrapado solo en la nieve había reflexionado: “Ocasión sería ésta para una ligera desesperación, si sólo casualmente, y no intencionadamente, estuviera yo aquí parado”. El excluido de su pasado, de su presente y de su futuro, sólo encuentra esperanza en su voluntad. Pero su voluntad no le va a salvar, hay algo más poderoso que ella: su impaciencia. “Todos los fallos humanos son impaciencia, una prematura interrupción de lo metódico, un aparente enmascaramiento de la cosa aparente”, escribió Kafka en un aforismo. Y ese mismo K. es sometido a la más dura prueba para el impaciente: la inmovilidad. Una desesperante inmovilidad narrativa. Con la distancia abolida entre los espacios de posible comunicación, con la abnegada intención de llegar al castillo, K. se ve rodeado por la destrucción narrativa de la inmovilidad. Y es que Kafka plantea un cambio de obstáculos, no su superación. Los obstáculos que aparecen llevan en sí la imposibilidad de ser superados. La aparente degradación social de K. es necesaria en una historia que va retrocediendo hasta un final que no existe, que el propio Kafka no escribió, como signo de su necesaria inexistencia. Y cuando en julio de 1922 le pasa el original inacabado a Max Brod para que lo lea, le dice: “Ya sé que sólo existe para ser escrito y no leído”.

 

Se podría considerar esta obra como un acercamiento a la posibilidad de interpretar el mundo, en la que preguntas y respuestas se dan en unión estrecha, con lo que la literatura como reverso del mundo también encarnaría el problema de su interpretación. El abanico de explicaciones que se articulan en torno a una obra literaria de la envergadura de ésta es inmenso. Pero casi siempre corren el riesgo de que los elementos de la obra tengan que encajar en estructuras previamente definidas. Así nos encontramos con interpretaciones biografistas, psicologistas, psicoanalíticas, existencialistas, religiosas, políticas, etc. No cabe duda que todas ellas alumbran zonas de la obra, esclarecen una parte de su más profundo significado. Cómo obviar las complejas relaciones de Kafka con el judaísmo, con todo lo que ello conlleva en torno al propio problema de la interpretación: el Talmud, la Cábala… Y así a través de todas las vías se podría profundizar, pero con frecuencia se llega a situaciones excluyentes. Por ello sería conveniente extraer el denominador común  que pueden tener el Castillo, el Padre, el Estado, Dios, hasta llegar a ver en ellos lo inalcanzable, la imposibilidad de una respuesta total, de una interpretación, la falta de accesibilidad del mundo en todas sus manifestaciones. Y no olvidar que lo inexplicado, lo inaccesible, no implica que detrás se encuentre la verdad, que tras una búsqueda satisfactoria nos sea revelada; es más bien la propia inaccesibilidad lo único que puede ser tomado como certeza. La esperanza de K. a lo largo de la novela es sólo aparente.

En fin, es posible ver la literatura como un sangriento camino de ida y vuelta a la vida, y nuestra obligación y derecho a la vez, es recorrer el mundo hecho añicos que nos es presentado, antes de encontrarnos con el espejo que no tiene reflejo del que hablara Vicente Huidobro a punto de morir. Recorrer ese mundo descalzos y después lavar serenamente nuestros pies, tocar cada herida con cuidado, e incluso acariciar las incisiones para saber las formas del dolor, de la ausencia, y ser conscientes de la precariedad de nuestra búsqueda y temernos que sea un camino hacia la imposibilidad de la lectura.

 

 


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