22 MAESTROS (3)

POETAS NIÑOS

Teresa Wilms Montt

Chile, 1893 – Francia, 1921

La emperatriz. Dejo a mis hijas mis mejores intenciones. Es todo lo que poseo, mi único tesoro.

La emperatriz es el tercer arcano mayor del Tarot. Representa las potencias femeninas solares: la producción, la creatividad, la multiplicación en todas sus formas simbólicas. Es la mujer madre, la mujer amante. La emperatriz de mi baraja de poetas en Teresa Wilms Montt, poetisa nacida en la burguesía chilena que se casó con demasiada juventud y desgracia, fue anarquista y masona, tuvo un lío con su primo Jean, fue repudiada por su familia, encerrada en un convento y separada de sus hijas, rescatada por Vicente Huidobro y huída a Buenos Aires donde conoció la fama, detenida en un viaje a Estados Unidos durante la primera guerra mundial por ser sospechosa de espionaje. Mujer de letras y amiga de artistas en la vida nocturna de Londres, Madrid y París, alguna vez intentó suicidarse, y finalmente lo consiguió.

Tarot de Dalí, edición de lujo.

Dentro del tubo sonoro de un órgano quisiera encerrarme y cantar en su sonido el “de profundis”.
La colcha azul, cobertor de mi cama de hospedaje, es campo de luna cuando la noche de los tristes tiende sobre mi cuerpo su mortaja.
El arisco gato negro, habitante expatriado de Saturno, deja su maullido sonoro tras mi puerta cerrada.
Largos puntos de exclamación pinta[n] la sombra sobre los barrotes de las sillas y en sus asientos aguarda Aquél, Aquél y su sombra que nunca nos encontrará.
¿Por qué me espera; cuál es mi falta; cuál es la maldad de los que hemos nacido quintaesenciados?
Allí me aguarda el que no me encontrará. Los puntos de exclamación se han encorvado sobre su espalda, interrogan…
El reloj extiende sus brazos negros de polo a polo.
Las doce, las seis, y entre ellos sonríe el tiempo mostrando sus dientes gastados con la sonrisa esférica de los astros muertos
El reloj es para nuestros espíritus resignados como la noria a la mula domesticada. Es nuestro punto de partida y de llegada.
Por eso los artistas adoramos la noche, porque en ella olvidamos los brazos negros que nos señalan la ruta del mundo y nos dicen: “vives”.
Marzo 1920

Se habla de Teresa como de un precursora de la escritora feminista. Yo creo que no pudo ser una precursora, en primer lugar porque creció en plena expansión del feminismo combativo, y en segundo lugar porque no se lo propuso. Ella sabía que era guapa, sabía que tenía un temperamento poco habitual y un carácter interesante, utilizaba esta ventaja para obtener un lugar privilegiado en grupos hombres, se sentía a gusto entre ellos. Su lucha era en favor de la rareza, no de la igualdad.

Lo que sí anunció Teresa es un perfil de escritora atormentada que hasta ese momento solo se había dado en hombres. Los escritores románticos tenían vidas atribuladas, corazones luchadores y aventureros, y su pasión hacía más en términos reales por su fama popular que su talento. En cambio, tradicionalmente se asociaba la inteligencia femenina con un tipo de agraciada espiritual, tranquila, estudiosa y plácida, que en el mejor de los casos debía estar protegida, enjaulada. El talento activo, inestable, en una mujer era enfermedad mental.

Entré de lleno a esa vida que no conocía y que me era interesantísima. Adquirí gustos poco correctos pero agradables y para ser una mujer poco vulgar, con una aureola novelesca. Todo el mundo me quería. Nuestras noches eran alegres y sentimentales, se declamaba y se tocaba la guitarra. Se hablaba de Azorín, de Sócrates, de Rouge de Lisle, de Baudelaire, etc, y en esos temas, llegaba el día, y el sueño. El poeta Silva (Víctor Domingo Silva), que era el sobresaliente en nuestras reuniones, me hacía versos delicados y pasionales, yo los recitaba después, con todo mi arte para emocionarlo. Es cierto, mi temporada (tres años en el Norte) constituyó una gran experiencia… Alí aprendí a vivir la verdadera vida. Conocí lo que es para las mujeres de mi clase un misterio, la verdadera miseria material y moral; los corazones y las pasiones bajas, mezquinas y grandes, los vicios… Y todo lo que conoce un hombre. Mi alma salió pura de la prueba, pero asqueada y con un fondo de amargura eterna. Mi opinión sobre las mujeres es tristísima y muchas veces me avergüenzo de ser mujer… Sin ser malas, lo aparentan, son débiles, orgullosas, profundamente estúpidas y vanas. ¡Son animales de costumbre!
Los hombres, son malos de veras, viciosos, insensibles y egoístas. Son incapaces de un sentimiento delicado, que no sea para ellos mismos; pero son superiores… Cuando los veo elegantísimos, irreprochables, diviso a través de su indumentaria al mono, a la bestia carnívora, hambrienta y lujuriosa.
Sábado, 13 Nov. (1915)

Mademoiselle de Escudery, Madame Leprince de Beaumont, Mary Shelley, las hermanas Brönte, Emily Dickinson, son ejemplos de esta forma aceptable, templada, de enfrentar la vida de letras, que aún refleja el mismo conflicto interno entre adaptación y oposición de Sor Juana Inés de la Cruz y en general se mantiene hasta el siglo XX, con la excepción, tal vez, de George Sand. Estas literatas combatieron con su oficio desde las costumbres, el encierro, la asociación a hombres protectores y las pequeñas rebeliones formales, puesto que el salto a una rebeldía más poderosa, que implicase una ruptura con su forma de manutención, las habituales relaciones con la familia y el entorno social, que abarcase todas las facetas de la vida y la imagen pública, era todavía demasiado grande.

Regaló la noche al pantano una estrella.
Centro de la esfera fangosa irradiaba el astro en la podredumbre verde, palacio de reptiles.
Y en coro alrededor, lotus de veneno surgían sapos inquietando el sosiego de los valles con el croar siniestro.
Despertó el águila, y abandonando la roca, voló hacia el plano.
El punto fulgurante marcó su orgullo.
Creyó rasgar el azul para rozar un astro y precipitóse al pantano putrefacto.
Llevóse la estrella la rapiña a lo hondo, estampada en las soberbias alas.
Estallaron resoplando cual instrumento, destrozados, los reptiles y los sapos.

El siglo XX trajo los avatares y las borrascas del romanticismo a la vida real de las mujeres, no solo a los personajes femeninos de ficción. Isaac Dinesen y mi querida emperatriz particular, Teresa, anunciaban a Pizarnick, Plath, Smart, Ajmátova. Poetas cuya rebeldía no estaba ya solo en el mero hecho de serlo, sino que no querían pagar por ello el precio de la reclusión o el aislamiento de ningún tipo, querían formar parte del mundo, informar, comunicar sus deseos y proyectos, estando sus deseos y proyectos muy por encima de lo que el mundo podía ofrecer. Son ya mujeres idealistas, en primera línea de batalla, existenciales.

Llega todas las noches a mi alcoba.
Sin tener ojos me mira, sin tener boca me habla, y su mirada y su voz son tan hondas como el silencio de los sepultados.
Está muy lejos, y está conmigo, piensa en mi cerebro y llora en mis lágrimas.
Cuando procedo mal, Anuarí castiga mis huesos, atravesándolos del hielo de una carcajada sin dientes.
* * *
Vestido de la chía llegó anoche por el espejo.
Sus manos cruzadas sobre el pecho salían en pétalos de azucena por la negra manga.
El abismo de sus ojos tragóse todas las sombras y en mi cerebro se hizo la luz.
Habló su boca sin palabras como los viejos órganos de las catedrales y dijo: Duerme, duerme, el sueño es la aurora del día eterno.
* * *
Frente a mi ventana cerrada pregunto al tiempo cuánto más he de vivir.
Las sombras anegan mis persianas, y apenas marca una delgada raya la claridad.
El reloj tiene titubeos de corazón enfermo.
En un gesto convulsivo se crispan mis manos sobre el papel.
Buscan el apoyo de la tierra.
* * *
Se ahogó mi risa en el espejo.
Largo crujido siniestro lanzó a la noche el cristal de plata.
Una, dos… calló la hora, metal frío de planeta en la rigidez del páramo.
Epiléptica de calentura la luna se dio a los balcones.
Y el cadáver de mi risa es una esmeralda blanda que al deshacerse vuelve en la superficie argollas y cruces brillantes.
* * *
¡Anuarí! ¡Anuarí!
Espíritu profundo, vuelve del caos.
Torna en misteriosa envoltura, huésped de mis noches glaciales.
Que tus dedos de sueño posen sobre mis párpados desvelados.
Ciérralos, Anuarí.
Veneno sublime, da muerte a mi cerebro aterrado.
Quédate sobre mi fosa sonriendo enigmático.
Sonrisas de ultratumba, sombra y luz, sonrisa tremenda que me ha aniquilado.
¡Espíritu profundo, vuelve del caos!
Se han muerto todas mis flores, sólo queda para tu hambre la sangrienta herida de mi corazón partido.
Anuarí, Anuarí. ¡Sucumbo en el torbellino de los astros locos que se precipitan!
¡Vuelve del caos!

Dentro de esta baraja, si la sacerdotisa Inés representaba la inteligencia práctica y serena que se perdió cuando la sacaron de sus casillas, la emperatriz Teresa representa el impulso que desapareció cuando se vio detenido. Teresa se dio a la muerte muy joven, no pudo soportar la carga del desarraigo y la ausencia de sus hijas. Ella pudo escapar de su familia, su ambiente (palabra muy usada en la época que Henry James denostaba, por cierto), del convento, pero sus hijas quedaron atrapadas allí. Esto es como cuando un perro hace presa y la víctima intenta liberarse; cuanto más se aleja del mordisco, más se desgarra. Las emociones de Teresa se partieron, se desgarró por dentro. Los hijos son el futuro,  el futuro había quedado atrás. Ya no tenía que huir del mundo, puesto que estaba en un mundo en el que era aceptada, pero en cierto modo ya no era ella.

Londres, Septiembre 191…
A un costado de mi cama, en la red, hay tres manchas de tinta.
La primera repartida en puntitos parece una estrella doble, la segunda se abre más abajo; en minúscula mano de ébano, la última perfectamente recortada tomó la forma de un as de piqué. Resbalo sobre ellas mis dedos, con sensibilidad de nervio visual, y siento que esas tres manchas están de relieve dentro de mi cerebro como obstáculo para el fácil rodar de las ideas. Hay tres, digo, tratando de sí atraerse; tres, digo mirando al techo: el amor, el dolor y la muerte. Sin saber por qué paréceme que he pronunciado algo grave, algo que recogió en su bolsa sin fondo la fatalidad. Aunque borre las manchas de la pared, esos tres puntos negros quedarán estampados en mi cerebro. En la efervescencia de la sangre que bulle, cuando la sorba la Absurda, harán remolino vertiginosamente las tres, en la copa pulida del cráneo. Un temblor nervioso tira hacia abajo la comisura de mis labios. Cada vez más espesa la pintura de la noche embadurna los cuadros de la ventana.

En sus últimos días las consecuencias de cruzar el mar, la melancolía de la distancia, habrían llegado a su punto máximo. Teresa era todo vida, todo emoción, no tenía la fortaleza, la paciencia suficiente para diseñar una estrategia, sobrevivir, pelear, o quizás era imposible. En sus diarios trata de convencerse a sí misma de que esto no le importa, que se ha resignado a su destino, pero es una pose estética. De día, el contacto con otros artistas y con esa promesa que es París hacía que su sensibilidad tuviera sentido, que la hiciera un ser humano valioso, resistente; de noche, su blandura despertaba y la apegaba a su pasado, a lo que había dejado atrás, cosas que por fuerza tuvo que echar de menos: los olores y las costumbres de su país, su educación, sus afectos de la infancia, lo que le habían enseñado a ser.

I
La mañana
Canta alma mía; ¡canta a la mañana!
¡Canta con los pájaros, con los árboles, las flores y las aguas! ¡Canta con el viento y la montaña, con el bosque y el llano encendido por el sol, que se te ofrece como un ánfora de oro desbordante de vida!
¡Canta, alma mía, con el grillo maravillado de luz, que mora en la corteza de los pinos y con la abeja ebria de perfume; canta con el águila solitaria en la cúspide de las rocas y con la hormiga laboriosa en las cavidades de la tierra!
¡Canta con la mariposa de alas inquietas como párpados de niño, y con el sapito verde desde su trono de nenúfares en el espejo del estanque!
¡Canta con la res fecundada y la miés madura; con los frutos rosados, que se abren como labios jóvenes; canta con el tierno corderito de la majada y la madre feliz que lo ha parido!
¡Canta, alma mía, canta con el alma gemela; con la buena alma hermana que vibra, llora, y ríe en un solo impulso contigo!
¡Canta con el candor alegre de la franca sonrisa y con la mirada clara quc refleja la serenidad de su dulce sentir!
¡Canta, alrna mía, y tiende tus brazos al amor que llega desalado a refugiarse en tu seno; dale abrigo, alma mia, y estimula su creciente vigor!
¡Canta con las lágrimas de dicha que tiemblan y resbalan como gotas de rocío sobre los pétalos, y con el beso que se insinúa temeroso, descorriendo los velos del corazón para dar paso a una plena aurora de amor!
¡Canta, canta, con la vida, con las pasiones de fuego, con los deleites sanos; canta con la suprema gloria de los espasmos compartidos, y con las languideces que ponen en los ojos tonos de atardecer!
¡Canta, alma mia, y comunica a las cosas pasivas tu fuego; entrégales tu esencia, crea mundos, prodiga bellezas y bondades, hasta erigir un tronoa la casta verdad!
¡Canta y atraviesa los espacios con tu voz musical e impón silencio a los pájaros para que escuchen la palabra del hombre sabio y fecundo!
¡Canta, alma mia, canta y bébete de un sorbo el néctar de la mañana; canta, alma mía, mientras el cielo azul y la campiña sean para ti una bacanal con cuya belleza puedas embriagarte!
¡Canta, alma mía, canta antes que cierre la noche y aúlle el lobo salvaje en la montaña!

Ella sabía que el ritual de apego al mundo que le habían inculcado se estaba repitiendo en Sylvia y Elisa, y ella no estaba allí para mediar, interponerse o siquiera supervisar ese proceso. No solo le faltaba el afecto físico, la presencia de sus hijas, sino también la posibilidad de mejorar sus vidas, de enseñarles lo que ella había aprendido y de ese modo operar simbólicamente sobre su propio pasado, adaptar sus diferentes identidades. Desde un punto de vista psicológico estas identidades y las emociones ligadas a ellas quedaron disociadas, la mujer poeta, la mujer libre, fueron amputadas de la mujer madre, la mujer amante. Esto fue perpetrado por sus propios familiares, que supuestamente la querían, eso añade al sufrimiento de la disociación, el de la traición, la deslealtad, que es una de las cosas que más daño nos hacen.

III
La noche
¡Llora, alma mía, llora!
¡Llora con la noche desolada, llora con sus estrellas que son rutilantes lágrimas cristalinas de misterio! llora con la negra serenidad del paisaje y las heladas rocas en el horizonte esfumado; llora con el ave agorera en el enredo de los cipreses, y con la sierpe desencantada en el hueco de las montañas!
¡Llora, alma mía, con la angustia de los muertos olvidados, y con los restos náufragos
donde habitó la vida!
¡Llora con el puente inservible, que sume en el agua la mitad de su cuerpo, y con la belleza tétrica de las estatuas mutiladas!
¡Llora, alma mía, con el mar bravío, que emociona a1 cielo con su rugir salvaje, y llora
con la cuna vacía!
¡Llora con el éxtasis de los lagos turbios y con la mirada yerta de la lámpara apagada!
¡Llora con el alud de nieve que purifica el llano y hace a1 hombre más bueno!
¡Llora con el paria, y con la mujer repudiada en su lecho de hospital!
¡Llora, alma mía, llora con la madre a quien la brutalidad del hombre arrancó sus hijos y
la ha dejado sola en medio de la vida!
¡Llora, alma mía, con los que no tienen consuelo, que, como muertos con alma, no aguardan nada ni a nadie esperan!
¡Llora, que tu destino es el llanto!
¡Noche hermana! Pupila inconsolable que de tanto llorar has quedado ciega.
¡Oh, noche! Niobe del orbe. En tus brazos encuentro el sitio propicio para hundir mi cabeza henchida de sollozos. En tus sombras sigo yo, paso a paso, el destino de mi espíritu errante.
¡Oh, noche! Si de llorar te volviste sombría, las lágrimas que derramaste, piadosas de tu tristeza, se volvieron estrellas para iluminarte ; pero las mías, ¡noche!, son como goterones delava que van surcando mis ojeras y cavandolentamente la tumba de mis ilusiones.
En tu lobreguez despótica de reina inconsolable, encuentro un sentimiento hermano; y es ahí, en el terciopelo de la vestidura que arrastras, donde quisiera envolverme como en un cendal y quedarme dormida. Si, quedarme dormida ¡oh, noche! cantando una canción de cuna, meciendo en mi alma a las dos criaturas que me arrancó la vida; cantando en mi alma a1 amor que me arrancó la muerte.
Madre de los vivos y de los muertos, ¡oh, Naturaleza!
Cuida del dormido que sepult6 en tus brazos su alma joven. Evita que losgusanos perforen sus ojos, que fueron astros de amor, y cuida de su boca tersa donde sonreía la vida ;que en su rostro, con carnes de topacio, no se enseñoreé la muerte y lo ponga lívido; cuida ¡oh, Naturaleza! para que un rayo de sol sea su eterno cirio y, atravesando las entrañas de la tierra, llegue a acariciarlo como una dicha; cuida que su cuerpo permanezca bello, que la negrura del misterio no maltrate su morbidez; que sus manos, nidos de caricias y energías, queden frescas como tus plantas y tus flores; cuida de que sus pies, que siempre anduvieron de prisa en busca del bien, sean respetados como dos queridas reliquias, y cuida de su coraz6n, que fue el cofre donde encerró, la vida la esencia de su belleza.
¡Naturaleza, mi Dios! De rodillas, junto a esta tumba amada, te imploro como una hija
en agonía a su madre cariñosa. ¡Cuida de el! Cuida del que me dió la sensación de aurora en el frío ocaso de mi tristeza; cuida y no lo maltrates; en cambio toma de mi la juventud para alimento de tus roedores necropófagos, y la sangre de mis arterias, para que se embriaguen como en un rojo vino de olvido.
¡Naturaleza! Por el ruido de tu mar preferí el rugir de las pasiones; por la paz de tu llanura y la ondulación de tus montañas, las tortuosas inquietudes y las alturas de la farsa humana.
Troqué el canto de sus aves por las palabras halagadoras y engañosas, y por la luz de tu sol, losfuegos fatuos del siglo, que me hicieron caminar como una sonámbula errante.
¡Perdón, madre de mi juventud! Ahora, que llego a echarme en tu tierra, cansada de luchar, con los ojos ciegos por el llanto; ahora, que mi alma es un pájaro herido y sin alas vengo a implorarte que me recojas en tu seno.
Ven, muerte luminosa. Con santa piedad cierra mis párpados quemantes;sella mi boca
para que cese de imprecar; purifícala, como a Isaías el leño encendido; calma la fatiga de mi cuerpo, y con tu bálsamo de nieve alivia el dolor de mis pies mutilados.
Ven, muerte, y dame el supremo abrazo que hace majestuosa a la criatura miserable.
Ven, muerte, a libertar mi cuerpo de su yugo espiritual.
Quiero volver a la tierra, confundirme con el polvo, fecundar sus entrañas con mi sangre, y sentir sobre mi piel su noble caricia perfumada.
Quiero que penetre en mis huesos el agua de losríos, para que a ellos lleguen a refrescarse los gusanos.
He de ser la hierba humilde que embellece los campos, y la piedra donde reposa su cabeza el exhausto peregrino.
He de ser manantial donde vaya a apagar la sed el rebaño y donde se miren las nubes blancas, que van de prisa.
Mis brazos se levantarán, como gajos florecidos a bendecir el azul; mis piernas serán dos sólidas columnas que servirán de apoyo a las flores trepadoras; y mi cabeza, todavía gloriosa de pensamiento, se erguirá en forma de laurel que brinde ilusión y dulzura a las almas solitarias.
¡Ven, muerte! Ansío sentir en las llagas del pecado la santidad de la tierra que me cubra. Que mis ojos cansados de mirar horrores se diluyan en lágrimas eternas.
¡Ven, muerte, acúname en tus huesudos brazos; dadme el beso del olvido!
Es con ellos que se siente fuerte, y es a ellos a quienes se entrega sin recelos, blandamente, como un devoto a su Dios.
Muertos míos ; sublimes amados. Viviré entre vosotros; seré un dormido caprichoso sin sueño de hielo, pero con su glacial reposo.
Seré la madrecita de todos, que llegue cargados los brazos de flores, de esas flores que vosotros no podéis coger con vuestros rígidos dedos.
Seré la novia casta que os dé toda la intensidad de su virgen dolor entre lápidas y piedras.
Seré vuestro día, vuestro sol, vuestra noche de luna. ¡Oh, muertos míos! Nadie vendrá a disputarme este privilegio ; los vivos tienen tanto por qué olvidaros en su lucha por los honores.
Ellos no saben que en vuestro país se halla la clave del enigma.
¡Muertos míos, muertos míos! Las ondas de mi mar interior se llenan, preñadas de dulzuras a1 borde de vuestros lechos.
Soy buena, soy buena. ¡Benditos vosotros, que habéis hecho que yo me encontrara!
Bendito tú que me has purificado con tu muerte.
Buscando la luz llegué hasta las tinieblas y allí la encontré; la encontró entre húmedas
tumbas y sarcófagos, entre maderas podridas y agujereados plomos.
Me guió en el camino un grimillón de hormigas que en ordenada fila hacían sus paseos subterráneos, cargadas de hojitas y pétalos, que caen como migajas de un festín de recuerdo a los pies de los muertos.
Allí encontró la luz, la verdad y el amor.
El cielo se hace más frágil en el país de los dormidos;tiene tonalidades nacaradas que se ofrecen con humilde suavidad a las fosas, y en el sol hay menos deseo de irradiación, más pulcritud en su oro que en los campos, donde vuelve brillante, como llamas avivadas por el viento, a las espigas maduras.
He escuchado la conversación de los que se fueron, que es un murmullo caricioso; y tengo envidia. ¡Hay tanta belleza en la sencillez y el frío!
Cada muerto es un bloque de nieve inmaculada que esparce su blanca serenidad como una hostia excelsa de perdón y olvido.
Cada muerto es una bondad honda, inmutable.
Cada muerto es un ejemplo de muda abnegación.
Allí, entre los muertos, encuentro mi espíritu, y es con ellos que lo comparten sus graves ternuras.

Teresa nació al comienzo del verano austral americano y se suicidó una Nochebuena, en Europa. Valle Inclán (también amigo muerto y maestro, pero de teatro) le dedicó estas bellas palabras:

“¿De qué mundo remoto nos llega esta voz extraña cargada de siglos y juventud? Tiene la clara diafanidad del canto en las altas cimas, y no sabemos si es cerca o lejos de nosotros cuando suena en el maravilloso silencio. Y extraña como la voz es esta frágil y blonda druidesa que apenas posa sobre la tierra y tiene al andar el ritmo del vuelo. Baja de la montaña sagrada, es toda hecha de nieve y de sol de la cumbre. Arrastra el prestigio esotérico de algún antiguo culto al viento y al mar, a la tierra y al fuego.

   Estos poemas, como versículos de un libro sagrado, hacen sonar la cadena de los siglos, y tienen la misteriosa resonancia de las voces elementales. Pasa sobre ellos el soplo profético: El barro recuerda la hora en que salió del caos, y el espíritu la Divina Cáligo. Con el dolor de la caída se junta el anhelo por volver a la luz. Maravillosa virtud la de esta voz que golpea la puerta de bronce del templo de Isis: Los ecos milenarios se despiertan, y las sombras antiguas acuden al conjuro, pasan guiadas por la música de las palabras que se abren como círculos mágicos en un aire nocturno.

   Tiene esta voz una gracia alejandrina, en ella se junta como en el antro de un viejo alquimista, los verdes venenos de sierpes y plantas, las piedras cristalinas donde están grabados los signos salomónicos, y las esferas de bronce que marcan el camino de los astros paralelo al camino de las vidas. Maravillosa voz alejandrina que renueva el temblor de las visiones apocalípticas, y la mística calentura del fakir que deslíe su conciencia en el Gran Todo.”


22 MAESTROS (2)

POETAS NIÑOS

Sor Juana Inés de la Cruz

México, 1651 – 1695

La sacerdotisa. El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena.

"VSro. Rto. de Juana Ynés de Asbaje y Ramirez a los 15 años de su edad, qe. habiendo entrado en la Corte del Virrey Dn. Sebastian de Toledo, Marqués de Mancera; fué puesta a prueba su prodigiosa inteligencia, sustentando un examen ante 40 doctores en Teología, Filosofía y humanidades, habiendo salido victoriosa en tan dificil trance. Año de 1666".

Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
Éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
Es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
Es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

La carta de la sacerdotisa representa el lado oscuro de la mujer, el lado incontrolado (desde el punto de vista masculino patriarcal), sujeto a pulsiones, inconsciente, misterioso. Lo femenino como enigma universal, la mujer maga o bruja, la mujer sabia que se niega a utilizar su poder terrenal, el de dar placer a los hombres y engendrar hijos, para sumergirse en la adivinación o el estudio. La sacerdotisa de mi baraja de poetas es Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, retoño de la burguesía criolla mexicana del siglo XVII, que ya a los quince años mereció la atención del retratista de la corte J. Sánchez, pues su inusual cortesía y erudición la puso en compañía de virreyes y marqueses, aunque ella hubiese preferido estar en la universidad.

Rosa divina, que en gentil cultura
Eres con tu fragante sutileza
Magisterio purpúreo en la belleza,
Enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
Ejemplo de la vana gentileza,
En cuyo ser unió naturaleza
La cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida.
De tu caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida,
Viviendo engañas y muriendo enseñas.

He elegido el retrato de J. Sánchez para la cabecera porque el momento en que esa adolescente mira al pintor con orgullo y con un libro en la mano (como son representadas siempre las sacerdotisas en las barajas esotéricas y las sibilas en los cuadros) capta posiblemente la última época en que la joven Inés tenía esperanzas de realizarse.

Ella aspiraba a todo, pero le fueron cerrando las puertas. Sobrevivió por la literatura, que la hacía libre. Nunca cedió en esto, fue libre siempre, libre en su niñez, cuando reclamaba lo que quería, libros, universidad, poesía, libre después en su mansedumbre de monja, en su rebeldía íntima nunca acontecida. Fue escogiendo siempre el camino que le dejaban, por estrecho que fuera, para poder estudiar, leer, escribir, conversar. Cuando al fin la pusieron contra las cuerdas y solo le quedó la oración, rezó hasta la muerte.

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata,
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata,
triunfante quiero ver al que me mata
y mato al que me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo;
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo, por mejor partido, escojo;
de quien no quiero, ser violento empleo;
que, de quien no me quiere, vil despojo.

Una mujer era poco más que un pedazo de carne del que brotaban hijos y con el que se comerciaba, y si era bella, o lista, podía aspirar a jarrón decorativo de las artes o incluso a pieza política, siempre ligada al destino de un hombre, por matrimonio o por sangre, como una reina de ajedrez. Pero Inés no escribía para entretener o para enamorar, escribía como acto de expresión de su individualidad y orgullo de sus inquietudes sobre, como ella la llamaba, “la máquina del mundo”. Esa motivación era incomprensible para sus contemporáneos. Ella se aprovechó durante un tiempo, y por fin fue víctima de esa ignorancia.

Ella nunca pudo compartir plenamente su idea de libertad, su forma de hacer poesía, así que se pasó la vida insinuando, censurándose y revelándose a sí misma, a través de actitudes simbólicas de su ambición que se pudieran entender y respetar en una mujer. Cuando se le notaba demasiado la rebeldía, se humillaba, citaba figuras de autoridad moral y literaria y declaraba imitarlas,  aceptaba órdenes de sus  superiores. Cuando volvían a confiar en su pureza y sus buenas intenciones, volvía a sacar la cabeza.

Cuando Inés demostró tener aptitudes para cultivarse se la envió a entretener a los cortesanos y adornar salones, fue examinada como una rareza de la mnemotecnia y expuesta como un canario de competición. Cuando se dio cuenta de cuál era el destino de las mujeres mundanas, el de ser putas de sus amantes o esclavas de sus maridos, supo que la única manera de librarse era casarse con Dios. Se habla mucho de la espiritualidad de Inés y tal vez la vivió más profundamente que nadie, pero mi sensación es que no lo hizo de un modo convencional, sino que para ella más bien fue un modo de resistencia; una trinchera.

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

Fue también una esclava de Dios, como a sí mismas se nombraron la Virgen María y Santa Teresa de Jesús, modelos de perfección de la mujer de entonces, bajo cuyo ejemplo, como un paraguas, la inteligente Inés se guardó de los escupitajos de las malas lenguas. Era una cobardía, sí, pero también una estrategia de soldado que lucha por sus bienes más preciados, como su biblioteca de unos 4000 volúmenes, algo que en la época era una rareza, cuando un noble de provincias interesado en los libros podía llegar a poseer, como mucho, unos cientos manuales de caza y algún clásico latino.

Pero la vocación de Sor Juana Inés no era como la de Santa Teresa y se le notaba demasiado. Ella escribía de pasiones, recibía ministros y músicos, hacía tertulia. Su estilo se adaptaba a las fórmulas barrocas, pero era más transparente que Góngora, más carnal que Quevedo. Un lector ingenuo podía escuchar solo la música de la métrica, pero una autoridad eclesiástica que hubiese vivido y se hubiese manchado los picos de la sotana en el suelo de la calle, percibía lo que Inés sabía de la vida, lo que había sentido y deseado, la tentación de la gloria y el hedonismo.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;
y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto, que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste:
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu inquietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

La autoridad hipotética en cuestión podía entonces preguntarse cómo vivía realmente aquella monja y ponerse a indagar. Y sí, de vez en cuando escribía una loa, una misa, un villancico, pero se carteaba con otros escritores y estrenaba obras de teatro, su vida se parecía demasiado a la de una reina viuda que se hubiese encerrado en un convento a pasar sus días de retiro. Obviamente, Inés no había querido casarse con Dios, sino ser una poeta soltera. Esto era inadmisible.

Con sus ardides de niña mimada y sus influencias, Inés consiguió elegir una congregación que le permitiese más libertades y librarse de un par de moscones; un confesor que amenazaba con llevarla ante la Inquisición y una madre superiora a la que le molestaba que su celda fuese como un café bar, pero el ataque del obispo Fernández de Santa Cruz, oculto tras el seudónimo de Sor Filotea, le hizo un daño irreversible, y no solo por el contenido, que de forma velada la acusaba de vanidad, lesbianismo y otras perversidades, sino por el efecto que tuvo en ella.

La Carta de Sor Filotea de la Cruz era tan abyecta, estaba tan llena del deseo de hacer daño, de la envidia de su genio literario, de la injusticia y la soberbia de negarle el lugar que había conquistado por el hecho de ser mujer y ser religiosa, que provocó a Inés y la hizo salir de su habitual templanza, de su actitud ambigua en que se había protegido siempre. Entró al trapo con todo, escribió una respuesta brillante, demoledora, en que estaba reflejada al mismo tiempo toda su biografía con sus limitadas conquistas cotidianas, su viaje interior tortuoso, su lucha como escritora contra las limitaciones de la inteligencia y como mujer contra el mundo de los hombres, y una erudición que recorría el mundo clásico, la Biblia y todos los estilos contemporáneos.

En perseguirme, Mundo, ¿Qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.
Y no estimo hermosura que vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, que Sor Juana Inés escribió y publicó en 1691, se parece al proceso de Wilde; con ella quiso defenderse, pero se defendió usando precisamente aquello de lo que la acusaban, poniendo su vanidad de escritora por encima de su humildad de sierva del Señor. Le tendieron una trampa y cayó. Después de eso, y como el estatus de la verdadera Sor Filotea era un secreto a voces y suficiente para sepultar a la orgullosa Inés, se presionó a la Madre Superiora para que prohibiese a la monja poeta el acceso a sus libros y a sus instrumentos musicales.

Se mandó quemar su obra, aunque algunos aristócratas y religiosos amigos salvaron una parte y la publicaron en España. Murió tres años después, a los cuarenta y tantos. Ella había querido sobrevivir al momento en que una mujer deja de ser útil porque no puede engendrar hijos ni casar hijas, pero la vida es irónica: a pesar de ser monja y una figura intelectual, dejó de producir y sucumbió al tifus en los años de su menopausia.

“Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz “
MUY ILUSTRE Señora, mi Señora: No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos días mi respuesta. ¿Qué mucho si, al primer paso, encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero (y para mí el más riguroso) es saber responder a vuestra doctísima, discretísima, santísima y amorosísima carta. Y si veo que preguntado el Ángel de las Escuelas, Santo Tomás, de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió que callaba porque nada sabía decir digno de Alberto, con cuánta mayor razón callaría, no como el Santo, de humildad, sino que en la realidad es no saber algo digno de vos. El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor, de dar a las prensas mis borrones: merced tan sin medida que aun se le pasara por alto a la esperanza más ambiciosa y al deseo más fantástico; y que ni aun como ente de razón pudiera caber en mis pensamientos; y en fin, de tal magnitud que no sólo no se puede estrechar a lo limitado de las voces, pero excede a la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano: Minorem spei, maiorem benefacti gloriam pereunt. Y tal que enmudecen al beneficiado.

Roberto Bolaño dijo una vez, acerca de los maestros, que con leer a Poe todos tendríamos más que suficiente. Pienso lo mismo de Inés y las feministas: con leer la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz estamos servidas para un rato. Desde su aparente sumisión a toda clase de autoridades, nadie luchó más que ella, con su poesía y su feminidad, contra la obligación de estar callada.


22 MAESTROS (1)

POETAS NIÑOS

Saint-John Perse

Antillas francesas, 1887 – Francia, 1975

El mago. -Porquoi escrivez-vous? -Pour mieux vivre

“La pizarra cubre sus techos, o bien la teja en que vegetan los musgos.
Su aliento se vierte por el tiro de las chimeneas.
¡Grasas!
¡Olor de los hombres urgidos, como de un soso matadero!,
¡agrios cuerpos de las mujeres bajo las faldas!
¡Oh ciudad contra el cielol
Grasas, aspirados alientos, y el vaho de un pueblo contaminado
-pues toda ciudad se ciñe de inmundicia.
Sobre la lumbrera del tenderete -sobre los cubos de basura del hospicio
-sobre el olor de vino azul del barrio de los marineros
-sobre la fuente que solloza en los patios de la policía
-sobre las estatuas de piedra mohosa y sobre los perros vagabundos
-sobre el chiquillo que silba, y el mendigo cuyas mejillas tiemblan
en la cavidad de las mandíbulas,
sobre la gata enferma que tiene tres pliegues en la frente,
la noche desciende, entre el vaho de los hombres…
-La Ciudad por el río mana hacia el mar como un absceso…
¡Crusoe! Esta noche, cerca de tu Isla, el cielo que se aproxima loará al mar,
y el silencio multiplicará la exclamación de los astros solitarios.
Corre las cortinas; no enciendas:
Es la noche sobre tu Isla y en su contorno, aquí y allá,
dondequiera se curva el impecable vaso del mar;
es la noche color de párpados, sobre los caminos entretejidos del cielo y del mar.”

El mago es el arcano mayor del Tarot, designado con el número 1. Representa el orden después del caos (el loco), y la conciencia del hombre de que puede hacer uso de los recursos de la naturaleza, por eso se lo representa como una figura humana con los cuatro palos de la baraja española ante sí, que son los cuatro elementos; fuego (bastos), tierra (oros), aire (espadas) y agua (copas), puestos a su servicio. En este sentido se corresponde con la infancia, con la primera comprensión del lenguaje, con el estado inicial de cualquier proceso, con la experimentación, la audacia y el engaño.

PARA CELEBRAR UNA INFANCIA ¡Palmeras…! Entonces te bañaban en el agua de hojas verdes; y era también el agua verde sol, y las sirvientas de tu madre, altas mozas lucientes, meneaban sus cálidas piernas cerca de tu temblor… (Hablo de una alta condición, antaño, entre los trajes, en el reino de girantes claridades.) ¡Palmeras…! ¡y la dulzura de una vejez de las raíces…! la tierra entonces deseó ser más sorda, y el cielo más profundo en donde los árboles demasiado grandes, fatigados de un oscuro designio, anidaban un pacto inextricable… (He tenido este sueño, en la estimulación: una segura permanencia entre las telas entusiastas.) Y las altas raíces curvadas celebraban la partida de los prodigiosos caminos, la invención de las bóvedas y las naves, y la luz entonces, en más puros hechos fecunda, inauguraba el blanco reino al que lleve tal vez un cuerpo sin sombra… (Hablo de una alta condición, antaño, entre hombres y sus hijas, que masticaban cierta hoja.) Entonces, los hombres tenían una boca más grave, las mujeres tenían brazos más lentos; entonces, de nutrirse como nosotros las raíces, grandes bestias taciturnas se ennoblecían; y más largos sobre más sombra se levantaban los párpados… (Tuve ese sueño, nos ha consumido sin reliquias.)

Saint-John Perse (nombrado al nacer Alexis Saint-Léger Léger) es el mago de mi baraja particular porque fue uno de los poetas que alabó la observación directa de las cosas y su impacto emocional en la conciencia como forma superior de conocer el mundo, y encumbró la sensación sobre el intelecto. En este momento de redes sociales en que cualquiera produce sus propios canales de expresión y comunicación esto puede parecernos banal, pero hubo un tiempo en que solo los eruditos y los intelectuales podían hacer un arte que se tomara en serio.

“Lavad, lavad la historia de los pueblos en las altas
tablas conmemorativas: los grandes anales oficiales,
las grandes crónicas del Clero y los boletines académicos.
Lavad las bulas y las cartas, y los Cuadernos del
Tercer Estado; los Convenants, los Pactos de alianza y
las grandes actas federales; lavad, lavad, ¡oh Lluvias!,
todas las vitelas y todos los pergaminos, color de muros
de asilos y leproserías, color de marfil fósil y de
viejos dientes de mulas. . . Lavad, lavad, ¡oh Lluvias!,
las altas tablas conmemorativas.
“¡Oh Lluvias! lavad del corazón del hombre los más
bellos dichos del hombre: las más bellas sentencias,
las más bellas secuencias, las frases mejor hechas, las
páginas mejor nacidas. Lavad, lavad del corazón de los
hombres su gusto de cantilenas, de elegías; su gusto de
villanescas y rondós; sus grandes aciertos de expresión;
lavad la sal del aticismo y la miel del eufuismo;
lavad, lavad las sábanas del sueño y las sábanas del
saber: del corazón del hombre sin repulsa, del corazón
del hombre sin asco, lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, los
más bellos dones del hombre … del corazón de los
hombres mejor dotados para las grandes obras de razón.”

Es normal que Alexis, como muchos otros intelectuales que vieron la primera mitad del siglo XX, no se tomara muy en serio su inteligencia después de que ésta se hubiese dejado seducir por los argumentos totalitarios. En el caso de este francés en particular, se dice que estuvo de acuerdo con los avances militares de los nazis en los años treinta. Como miembro del cuerpo diplomático francés hasta 1940, tuvo que tomar partido respecto a este desarrollo político y militar de los nazis, una decisión racional que mediaría sus declaraciones y su postura oficial, basada en la información con que contaba en ese momento y su capacidad para analizarla, y fue una decisión equivocada.

No creo que una persona con verdadera sensibilidad y una larga vida pudiera mantener esta postura mucho tiempo, de hecho, creo ver en su decisión de entender la escritura como un medio para “vivir mejor”, y en su compromiso con la percepción, el juicio y la palabra solo en la medida en que son capaces de producir belleza y felicidad, un rechazo a esas facultades racionales que pueden quedar atrapadas en un discurso monstruoso en su fondo, solo porque su apariencia es lógica y coherente dentro de su propio sistema, como los discursos y el marketing de los dictadores, que siempre defienden estar buscando el bien, la paz, la justicia.

No era suficiente que tantos mares, no era suficiente
que tantas tierras hubiesen dispersado el curso de
nuestros años. Sobre la nueva ribera en que sigamos,
creciente carga, la red de nuestras rutas, todavía era
menester todo este canto llano de las nieves para arrebatarnos
la huella de nuestros pasos. . . Por los caminos
de la más vasta tierra ¿extendéis el sentido y la
medida de nuestros años, nieves pródigas de la ausencia,
nieves crueles para el corazón de las mujeres en
los que se agota la espera?
Y Aquella en quien yo pienso entre todas las mujeres
de mi raza, desde la hondura de su larga edad levanta
hacia su Dios su faz de dulzura. Y es un puro
linaje que tiene su gracia en mí. “Que nos dejen a los
dos con este lenguaje sin palabras de que hacéis uso,
¡oh vos toda presencia!, ¡oh vos toda paciencia!” Y
como una gran Ave de gracia sobre nuestros pasos
canta quedamente el canto purísimo de nuestra raza. Y
hace tan largo tiempo que vela en mí esta ansia de
dulzura. . .
Dama de alto paraje fue vuestra alma muda a la
sombra de vuestras cruces; pero carne de pobre mujer,
en su ancianidad, fue vuestro viviente corazón de mujer
en las mujeres martirizado… En el corazón del
bello país cautivo en donde quemaremos el espino,
qué gran compasión por las mujeres de toda edad a
quienes el brazo del hombre faltó. ¿Y quién, pues, os
conducirá en esa mayor viudez, a vuestras iglesias
subterráneas en donde la lámpara es frugal y la abeja
divina?

Hay un cubano del que tengo que escribir, porque él escribió de Alexis, como nadie, desde los paralelismos de su vida con la del poeta francés: Gastón Baquero. Hombre que estaría o estuviere en una antología de hombres grises que puede que escriba algún día, zorro o conejo en una de aquellas trampas del siglo XX entre malos y peores remedios.

Era un reputado poeta, ensayista y periodista en La Habana en los años 40, amigo de Lezama Lima y de Virgilio Piñeiro. Empleó sus contactos oficiales para huir de la revolución cubana, que quería su cabeza, pero dio en la España de Franco. Aquí no le querían porque tuviese talento, por Dios, ni porque fuese periodista o porque aportase a la lengua española madre su pericia con resonancias caribeñas, lo querían porque huía de Castro y del Ché, y “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Así que Gastón acabó aquí, olvidado por la intelectualidad de fuera y la de dentro, y con mucho cuidadito de no morder la mano que le daba de comer y que lo dejaba morir como creador vanguardista, como rebelde, mientras lo dejaban de matar como conservador.

El caso es que este señor cubano que se convirtió de la noche a la mañana en un señor de ninguna parte, se sintió muy identificado con Alexis, que había escrito: Nuestro lugar es lo inhabitable. Además, ya que no podía hacer periodismo, se volcó en la poesía, la suya (muy buena) y la de otros, y escribió sobre el Nobel de literatura de 1960 y sobre el hombre anciano que lo había merecido, con palabras más precisas y bellas de las que se me podrían ocurrir a mí. Aquí las dejo:

I
En esa selección ideal y casi siempre fallida que hacemos todos los años los curiosos del Nobel, teníamos presentados dos poetas: Ezra Pound y Saint-John Perse. Estos dos nobelizables son como el haz y el envés de la poesía. El americano vive en Europa y el europeo vive en América; son los desterrados. El americano ha hecho de la cultura una llave para encontrar el secreto de la poesía, y el europeo considera que la llave de la poesía está dentro del conocimiento directo del mundo, ahuyentando en lo posible a la cultura cuando de tarea poetizadora se trate. Los papeles ya se han cambiado. Pound ha tenido demasiada notoriedad, y se le ha hecho polémico; Perse parecía que no estaba en ningún sitio, y muchos lo tenían por difunto. Las nuevas ediciones de Pound aparecen por todas partes; sus últimos Cantos publícanse incluso en revistas para deleite de turistas. De Perse no había sino tardías y esporádicas muestras de existencia.
Y de pronto, el Nobel. ¿A cuál de nuestros dos candidatos preferíamos? Preferíamos a Pound. Pero Saint-John Perse posee, si bien se mira, más derechos reglamentarios para recibir el premio, ya que indudablemente es más fabulador que aquél a quien Eliot llamara “il miglior fabro”. La técnica de Pound, su sabiduría, su oficio, han acabado por pesar sobre su poesía. Y además —que nos perdonen los alejandrinistas— todavía el mundo necesita utilizar más la mirada y menos la especulación. Nos hemos apresurado, especialmente en poesía —no así en pintura ni en música—, a dar por terminado el mundo físico y a ensanchar demasiado el mundo subjetivo, imaginado. Antes de haber conocido suficientemente la realidad se ha saltado al sobrerrealismo. La poesía de Saint-John Perse es una poderosa lección del arte de mirar el mundo en torno. Se le ha llamado “cronista del mundo”, no sólo por la universalidad de sus viajes, ni por el escenario variadísimo en que se mueve, sino por su esfuerzo grandioso, profundo, enérgico, para apresar de nuevo los Elementos.
II
El agua, el fuego, la tierra, el aire, la luz, nos son familiares, pero ¡nos son tan poco conocidos! Ya los miramos como pasado, como cosa muerta, que nada dice ni puede decir. Nos lanzamos hacia otras zonas del conocimiento, y no sentimos que el dificultoso viaje nace de que no nos tenemos bien sabidos los Elementos. La comodidad de llamar cultura a la acumulación y recordación oportuna de datos externos, cubre como una alta tapia la comunicación real entre el hombre y el mundo. Cree que vivir en el mundo de la cultura es, por supuesto, vivir en un mundo superior, desde donde cabe desdeñar los primitivismos, los simples cimientos y garfios originales que sujetan el hombre al mundo. Muy de tarde en tarde descubre que si el mundo de la cultura no le funciona, no le provee de felicidad, de sabiduría de experiencia, esto es debido a que el mundo de la cultura no puede excluir nada, pero mucho menos que nada a los Elementos. Una cultura que no sea una cultura del Fuego, del Aire, del Agua, de la Tierra, del Cosmos en una palabra, no es una cultura, es un aislador, un esterilizador. Desde estos elementos profundamente asimilados puede salirse a la cultura, pero no a la inversa. Siempre será incompleta, como una estatua amputada, una cultura construida desde la teoría, la erudición, la especulación filosófica, la imaginación caprichosa. Goethe llega a la cultura, y es la cultura, desde su sorprendente capacidad para percibir los latidos de una estrella o el ascenso del alba. Lo que Perse ha traído a la poesía contemporánea es la alabanza del mundo, de sus especies, de sus plantas, de sus horizontes, de sus mares y arenas. Ha hecho una poesía impersonal, pero no por abstracta, sino por testificadora, por testimoniante. Ha procurado apresar el movimiento de la naturaleza, esa sucesión de caos y creación, de despilfarro y de reconstrucción, que encoleriza a los poetas, mortifica a los biólogos y enmudece a los místicos. Su largo viaje a caballo por el desierto de Gobi no le sirve para narrar un viaje, sino para traducir en palabras —y eso es la Anábasis— la extensión que el alma adquiere a medida que se adhiere a un largo y misterioso camino. Se ha sorprendido grandemente al ver que un crítico consideraba sus poemas como una cristalización: la poésie pour moi —ha dicho— est avant tout movement, dans sa naissauce comme sa croissance et son élargissement final. Por el movimiento perseguido en su poesía, ha podido dar la imagen de un viajero, de un andarín, cuando en realidad Perse es lo menos viajero que pueda imaginarse, en el sentido que damos al viajero de hombre ansioso de cambiar de paisajes. Ni por viajero ni por amor a lo exótico ha hecho de escenarios lejanos el marco de su poesía; si coloca el desarrollo de sus poemas en sitios remotos, inéditos para la civilización, extraños y misteriosos, es porque quiere conocer la naturaleza en su forma más pura, menos mancillada por la civilización, menos adulterada por el espeso manto aislador que la cultura arroja sobre los Elementos. Así como Lanza del Vasto trata de un viaje a las fuentes, y por éstas entiende los orígenes del saber religioso de la humanidad, Perse viaja a las fuentes, pero no de lo religioso, sino de la naturaleza pura. Por eso ha acertado maravillosamente al definir su obra: “La philosophie meme du ‘poete’ me semble pouvoir se ramener, essentiellement, au vieux “rheisme” elementaire de la pensée antique-comme celle, en Occident, de nos Pré-Socratiques”.
III
Este es el programa, el objetivo de la poesía de Perse. Cómo lo ha realizado, es su obra. La riqueza verbal de que dispuso desde sus primeros poemas, la utilización de nombres olvidados o desconocidos, la descripción de experiencias visuales de primera mano y de hermoso valor estético, le permitieron añadir a la poesía francesa una imagen del mundo, una apertura de la prisión cotidiana, que son su mejor ofrenda. Poco ha inventado en el orden métrico, y a nadie se le oculta su parentesco con el Claudel de las Grandes Odas; pero ese sentido de una marcha, de movimiento, que puede ser el de una vela sobre el mar, el de un jinete atravesando el desierto a lomos de un caballo veloz, o el de una flecha que lleva destino fijo, es un poderoso documento de la necesidad europea —necesidad del hombre faústico, diría Spengler— de viajar en busca de lo desconocido. Pero el viaje de Perse no es una fuga, no es la aventura del civilizado harto de museos, de teorías, de saber, que un día se echa a los mares para convivir con las frescas tahitianas o con las graciosas doncellitas de canela que alegran las islas del Caribe. El viaje de Perse es hacia el mundo original, hacia la planta planta, la fruta fruta, la arena arena. Es un viaje hacia atrás, hacia el instante en que el hombre saboreaba todavía la sorpresa de una puesta de sol, el majestuoso musicar de las mareas, el milagro de contemplar su rostro en el espejo de las aguas. Caillois ha llamado a esa poesía una ciencia de la percepción. Ha dicho además que Perse es el poeta de la verdad y de la realidad, “el poeta de toda civilización, es decir, de todo esfuerzo paciente y razonado para alcanzar alguna excelencia; el poeta de las instituciones, de las casuísticas, de las ceremonias, de los ritos, de los procedimientos, de las retóricas, de todos los ardides milenarios del hombre para imponer un orden, un estilo, a la naturaleza y al instinto, siempre ¡ay! rebeldes; siempre, felizmente, inagotables y vivaces”.
IV
La búsqueda del orden en Perse se ha hecho bajo el signo de la libertad de la mirada. Su largo trabajo, iniciado en la alabanza que el adolescente arroja desde todos sus poros hacia la dicha de vivir, pasó después por el sentimiento de desesperanza, de vacío, que siembra en el ser profundo la contemplación de la muerte: más tarde, remontándose hacia donde lleva el espíritu a quienes sienten que la vida no es los sentidos, sino que los sentidos son poderosos instrumentos de la vida, caminos para comprender la vida, echa a andar hacia adelante, por los desiertos, por el mar, por las florestas, por la magia de los bellos animales, y siente la magna presencia de un mundo renacido, fresco, ofrecido al hombre como alimento y como constancia de que no desaparece cuando muere. Perse es exactamente lo contrario de un surrealista. Es un intrarrealista, un Colón de los seres y de las cosas en su plena autenticidad. Canta el poeta, feliz de tener el mundo entre las manos, y dice los grandes himnos de alabanza a aquellos Elementos que parecían gastados, inútiles, inservibles ya. Envuelto en el aire, en la lluvia, en las extensas llanuras, es un hombre libre, devuelto al universo. La poesía tiene en él el valor de una acto sagrado, de un exorcismo. Paradójicamente, este refinado hombre de la diplomacia, este apartado y silencioso Alexis Léger, de quien muchos de sus compañeros de carrera no supieron que era un gran poeta sino cuando Hitler se lo hizo conocer, es uno de los pocos primitivos que el arte moderno ha producido. Primitivos, es decir, Adanes. Y cuando Adán sabe escribir, cuando sabe expresarse magistralmente en una lengua literaria insuperable —de Perse escritor cabe decir cuanto él dijera de Valery Larbaud—, su obra equivale a una pintura del Paraíso posible.
1960
En: Ensayo, (ed. Alfonso Ortega Carmona y Alfredo Pérez Aleucar, Salamanca, Fundación Central hispano, 1995, pp. 147-51).

 


22 MAESTROS (22)

POETAS NIÑOS

Rimbaud

Francia (1854-1891)

El loco. Je suis un autre.

Es evidente que siempre fui raza inferior. No comprendo la rebeldía. Mi raza sólo se sublevó para saquear: como los lobos al animal que no mataron. Recuerdo la historia de Francia hija mayor de la Iglesia. Villano, habría hecho el viaje a Tierra Santa; rememoro caminos de las llanuras suabas, panoramas de Bizancio, murallas de Solima; el culto a María, el enternecimiento por el crucificado se despiertan en mí entre mil fantasías profanas. —Estoy sentado, leproso, sobre vasijas rotas y ortigas, al pie de un muro roído por el sol.— Más tarde, mercenario, habría vivaqueado bajo las noches de Alemania. ¡Ah! más aún: con viejas y niños danzo el Sabbat en el rojizo claro de un bosque.

La primera vez que leí a Arthur Rimbaud fue en la biblioteca de humanidades de la UAM, a donde me escapaba de las clases de estadística, y su influencia en mí fue inmediata y honda. El impacto que tiene en alguien que ha leído poco aún, con la mente abierta a cualquier cosa, es indescriptible.

En un viaje a París compré sus dos libros: Une Saison en Enfer y Les Illuminations, junto con Le Horla y Clarimonde: la Morte Amoreuse, pero Arthur no es de esos escritores a los que es necesario leer en su lengua materna, como ocurre con los románticos clásicos, Gautier o Tieck, por ejemplo, incluso Verlaine. Arthur no juega con el sonido ni tiene respeto por la belleza de la forma, es el primer poeta de la idea, de la visión, colgado sobre las necesidades del poema, pendiente solo de las suyas, de su avidez de llanto y celebración.

En las rutas, durante las noches de invierno, sin techo, sin ropas, sin pan, una voz oprimía mi corazón helado: “Debilidad o fuerza: No sabes a dónde vas ni por qué vas, entra en todas partes, responde a todo. Como si fueras un cadáver ya no te podrán matar.” A la mañana tenía una mirada tan extraviada y un aspecto tan muerto que aquellos que encontré quizá no me hayan visto.

Arthur fue el primer poeta en sentir que el pasado y el futuro estaban separándose de un tronco común, que el primate humano se estaba olvidando a sí mismo, pero debía hacerlo, pero no debía hacerlo. Los románticos de principios de siglo estaban ya muriendo, sus utopías en decadencia, y su veneno se inoculaba en las únicas venas que podían servir, la de los primeros iconoclastas. La ruptura llegaría a convertirse en tradición, pero en Arthur era el instante exacto del chasquido. El creador ya no busca otro objetivo que a sí mismo y su creación, desde ese momento.

El hastío ya no es mi amor. Las iras, el libertinaje, la locura, de la que conozco todos los impulsos y los desastres, —todo mi fardo está depositado. Apreciemos sin vértigo la extensión de mi inocencia.

Es difícil explicar lo cegado que está el poeta en su descubrimiento de estas cosas, en su separación del mundo y su unión con un mundo nuevo que solo está en su cabeza y sus tripas. Cómo su propio sentido común y el  que otros muchos le aconsejan, sus necesidades físicas, de dinero, de afecto, de seguridad, cómo no le absorben y le detienen en su huida. Cómo ocurre esa rebeldía fundamental sin incentivo y sin dirección, a pesar de todo lo que tiene en contra. Y sin embargo, ocurre una y otra vez. No hay ninguna explicación psicobiológica, trascendental o pragmática, no hay más que una explicación poética en el acto mismo de la creación.

En cuanto a la felicidad establecida, sea o no doméstica… no, no puedo. Soy demasiado débil, demasiado disipado. La vida florece por el trabajo, vieja verdad: en cuanto a mi vida no es lo bastante pesada, y vuela y flota lejos muy por encima de la acción, ese adorado punto del mundo.

El loco, en la baraja de Tarot, simboliza el caos primordial del que surge el universo. Fuerzas opuestas empujan la materia hasta un punto en que no admite más presión y estalla, y justo en ese preciso instante de la explosión, hay identidad entre lo junto y lo separado, lo que se acerca y se aleja, lo recién nacido y lo casi muerto. Las religiones orientales lo describieron como un movimiento pendular de la divinidad. El universo está al mismo tiempo encerrado en sí mismo y a punto de encaminarse hacia la nada. El número del Loco es el 0, que es también el 22; es el primer arcano y el último.

Un hombre que desea mutilarse está bien condenado ¿no es así? Yo me creo en el infierno, por lo tanto estoy en él. Es el cumplimiento del catecismo. Soy esclavo de mi bautismo.

Arthur no conoce aún la explicación científica de la formación del universo, pero como poeta de una nueva pasta, sabe que su deber consiste en imaginar esa tensión, ese desastre y ese milagro. Abandona el verso, la rima, la estrofa del antiguo mundo moral. Curiosamente descubre el apoyo gráfico de los guiones, como Emily Dickinson. Pero necesita aferrarse a constantes referencias al pasado, a los bárbaros, al canibalismo, al animal, porque nadie puede emprender ese viaje solo. Se lleva consigo a sus mugrientos antepasados, a sus amigos muertos. No a los cultos, con sus bellezas consagradas. En la tierra que explora el único esteta será él.

Las alucinaciones son innumerables. Es lo que siempre tuve: falta de fe en la historia, olvido de los principios, Me callaré: poetas y visionarios sentirían celos de mí. Soy mil veces el más rico, seamos avaros como el mar.
¡Ah! el reloj de la vida se ha detenido hace un instante. Ya no estoy en el mundo. —la teología es seria, el infierno con seguridad está abajo— y el cielo en lo alto.—Éxtasis, pesadilla, un sueño en un nido de llamas.

A partir de aquí el poeta va hacia el futuro sin ciencia y sin fe. No sabe nada. Sigue la luz de una intuición como un insecto ciego, no puede contemplar su propia belleza, ni conoce el alcance de su vuelo, solo huye de la oscuridad y sigue su hambre. Esto es lo que nos dice Arthur por primera vez; el poeta no es nada más, ni nada menos, no está por encima de los demás hombres ni mas cerca de Dios, él mismo es dios y el más animal de los humanos. No hay padre, no hay mano que apretar, solo hay sangre, bullendo por las venas con la memoria de otras glorias y otras desgracias. El futuro es una alucinación, y es lo único.

“Le escucho convertir la infamia en una gloria, la crueldad en un encanto. “Soy de raza lejana: mis padres eran escandinavos: se atravesaban las costillas, bebían su propia sangre. —Yo cubriré de incisiones todo mi cuerpo, me tatuaré, quiero volverme horrible como un mongol: ya verás, aullaré por las calles. Quiero enloquecer de rabia. Nunca me muestres joyas, me arrastraría y me retorcería sobre la alfombra. Mi riqueza, la querría toda manchada de sangre. Jamás trabajaré”.


¿Eres poeta? Pues súbete la bragueta

I. De la profundidad inadvertida y mala intención de los chascarrillos.

Siempre me he preguntado si el origen popular de este chascarrillo del título tendría que ver, además del simple deseo de hacer la gracia (y suponiendo que, más o menos versionado, descienda de nuestra edad media castellana como la mayoría de dichos y aforismos del refranero español), con antiguos prejuicios contra los escritores de poesía. Incluso si así fuese, ¿relacionar la bragueta abierta con la poesía expresa la creencia de que los poetas tienden a la lascivia y la promiscuidad, o la de que son despistados por naturaleza y se dejan sus partes fuera porque están un poco tarados y no prestan atención a las cosas de este mundo?

Los juegos infinitos y apasionantes del lenguaje: “Si no eres poeta, súbete la bragueta”, puede estar definiendo a los creadores de poesía con ausencia absoluta de materialismo o carnalidad, o precisamente todo lo contrario. Visionarios etéreos o sátiros enloquecidos, o una encantadora mezcla de todo que, salvando las distancias culturales y sexistas del dicho, puesto que ahora muchas poetas y poetos no llevamos bragueta, traducida al lenguaje del ciudadano medio con su mediana cultura, se refiere a gente rara que hace cosas raras que no le interesan, excepto para reírse de ellos, y al mismo tiempo seres tan sensibles y superiores que no vale la pena intentar entenderlos.

Poeta y musa (1905) Rodin

II. De la lucha contra la amnesia

Oscar Wilde escribía que todo arte es inútil, y no hay anda más inútil que la poesía, puesto que ni siquiera produce en nuestro cerebro la ilusión de una historia como hace el cuento o la novela, ni podemos ponérsela de fondo a un bar o a un anuncio, ni se puede colgar en nuestro salón para que haga juego con la otomana. Solo produce una breve impresión, un estremecimiento sin consecuencias, casi sin huellas, una certeza de estar vivos y de no estar solos en nuestra contemplación del horror y la belleza del mundo, una fórmula que describe algo que parecía no poder ser descrito, ni siquiera imaginado, y casi al mismo tiempo que es creado en la pronunciación de las palabras que lo nombran desaparece, como si padeciésemos una amnesia anterógrada de los sentidos.

Esa amnesia es común a casi toda la especie humana, y es el resultado de un trauma, el de haber nacido. Perdemos cada vez más memoria porque a medida que nos acercamos a la muerte cada vez hemos estado más vivos. Si no hubiésemos sido carne, capaz de dejarse la bragueta abierta por un motivo u otro, estaríamos plenamente inmersos en “el ser”, sin sentir, pero entonces seríamos dioses y no escribiríamos poesía; la escribirían para nosotros, pero tampoco podríamos leerla.

El poeta es, usando el verso y título de Blas de Otero, fieramente humano, y siente la necesidad misteriosa de sobreponerse a ese olvido, explorar ese don que nos fue arrebatado con el nacimiento, el de sentir el mundo en lugar de operar sobre él, algo a que nos vemos obligados por la necesidad de sobrevivir, por la necesidad de “ser útiles”. De esa humanidad y de su sobre esfuerzo, de su exceso de ejercicio, desciende precisamente su excentricidad, no en el sentido del chascarrillo, por pecador o por ingenuo, sino en el de las virtudes y limitaciones concretas, prácticas, de su inteligencia humana que se ponen en juego cuando escribe poesía.

El tigre, de William Blake

III. Por ejemplo, el asunto del verso

El verso es la forma de la poesía, es lo que la caracteriza. Un novelista o cuentista escribe en prosa, un poeta escribe en verso. Esa es la materialización del viaje del poeta que se sienta a “intentar” (decía T. S. Elliot que en el hombre solo está el intentar); tiene que escribir versos. Antiguamente un poeta estaba obligado a conocer los diferentes sistemas métricos, las estrofas, el número de sílabas, la forma de rimar, de un modo casi escolástico, pero hace tiempo, desde los románticos, que fueron los creadores de la sensibilidad contemporánea, se le da más importancia a la emoción, la intuición, y algo como una “visión” del mundo, una forma especial de ser y estar, a la hora de construir un poema.

En resumen, ya no hace falta que los versos tengan una determinada longitud, o que rimen de un modo u otro, todos sabemos eso. Lo que no tenemos tan claro, sobre todo los que no escriben ni leen poesía, es el modo en que eso afecta al poema. La falta de reglas explícitas implica más libertad para el poeta. Inmediatamente se piensa que como el de la bragueta abierta es más libre, entonces su trabajo es más fácil. Libertad = desorden, libertad = pereza, libertad = nada. Qué error, y a qué profundidad habita esta asociación en el inconsciente colectivo de nuestra cultura latina. Es mucho más sencillo: cuando algo es libre, es libre, cuando algo es tonto, es tonto. Son dos cosas distintas.

No, la falta de reglas en la versificación significa, en síntesis, que el poeta tiene que crear todo el sistema desde la primera palabra. Él solo tiene que definir los límites, el ritmo, la visión, la estética, tiene que construir el universo entero, para después dejarlo ir. No hay ninguna tecnología, ningún elemento externo a la propia palabra que le marque uno u otro camino.

Manuscrito de Lope de Vega

Lope de Vega era un genio, pero si quería escribir un soneto perfecto solo tenía que saber cómo se hacía y practicar, como un gimnasta. Ahora eso ya no es nada, no podemos ni queremos superar a los gimnastas de antaño. Queremos hacer algo distinto y que signifique algo ahora.

Un escritor de canciones, sí, todavía puede darse el gustazo de usar ritmos y fórmulas que sabe que funcionan, mezclarlos con su propia intuición y sensibilidad y hacer algo bueno, incluso revelador. Pero esa forma de escribir se ha desligado de la literatura, ahora eso no es literatura, la poesía lo es porque cuenta con la palabra como única herramienta para construir todo su mundo, como la protagonista de uno de esos cuentos que recopilaron los Grimm, a la que un troll ordenaba levantar un palacio con una sola piedra.

Howl. Ginsberg

Pd. Esto explica mi humilde opinión acerca del último Premio Nobel de literatura. Una cosa es que Bob Dylan haya hecho algo bueno, genial incluso, si se quiere, otra cosa es que eso sea literatura. No lo es. Jim Morrison, por ejemplo, fue un músico que quiso ser poeta, y para ello intuyó que, al menos temporalmente, debía dejar la música, porque desde ella no podía hacer una exploración que se sustentase solo en la palabra. Bob Dylan nunca fue un poeta en este sentido, ni pretendió serlo. Lo malo es que la mezcla del exceso de humanidad que requiere la poesía y el exceso de abstracción que provocan las drogas suele conllevar la pérdida del juicio o de la vida.

“Con su nombre completo, James Douglas Morrison Clarke, ya había publicado dos pequeños libros de poemas de elevado lirismo y singularidad: The Lords (Los Señores) y The New Creatures (Las Nuevas Criaturas) ; así como un poema extenso An American Prayer (Una oración americana), repartido entre los seguidores del grupo en un concierto y a raíz de la muerte de Brian Jones, guitarrista de los Stones, quien murió ahogado en una piscina a causa de una sobredosis con drogas.
Estos libros tienen la complejidad de poder leerse como filosofía y, por momentos, como ensayos sociológicos o manifiestos conceptuales.
En París Jim se dedicó por completo a la poesía, creando un gran número de nuevos poemas que más tarde fueron publicados por su novia Pamela Courson. Además, mientras Morrison vivió en París, renuncio en gran parte al alcohol, cosa que ayudó en su creación poética.
Morrison llamó cierto día a sus antiguos compañeros de grupo, dándoles una buena noticia; pensaba volver y quería componer un nuevo disco, cosa que, desgraciadamente, no fue posible.” http://musicadesdelos50.blogspot.com.es

 

IV. Imagina que eres poeta, o una cuestión sobre lo inútil

Un día, de forma intuitiva, en una escritura rápida, has dejado un verso a cierta altura, al día siguiente relees y te parece que no debería acabar ahí, que tendría que seguir o acortarse. Lo cambias. Otro día, o en otro momento del mismo día, en que por alguna razón te has despertado sometido a la certeza o la superstición de que esto es una cuestión importante, lo vuelves a cambiar, y se convierte en algo molesto que te hace repensar una y otra vez y enturbia la belleza que tenía el primer golpe del verso, el primer chispazo. Entonces te planteas que tal vez ese era el verso bueno, pero puede que ni siquiera recuerdes cuál era, por dónde cortaste la primera vez.

La emoción, el hallazgo de los sentidos o la gracia (en el sentido divino, religioso) que tenía el verso entero, o partido, o los dos versos, quedan enturbiadas por la necesidad física, material de hacerlo de una u otra forma, de lo inexorable de esa minúscula decisión, como por el vuelo de una mosca que vuelve una y otra vez al papel o a la pantalla. Por cosas como estas los poetas están permanentemente locos o parcialmente alucinados.

Tu única salvación es descubrir cómo han sobrevivido otros a ese naufragio.

 

V. Maestros

Una vez, durante una entrevista para un programa de EITB cuando presentaba mi primera novela, un periodista me dijo que se me notaba resentida con el mundo de la poesía. Enseguida salté y dije que no, pero me hizo pensar. Ahora creo que a lo mejor sí que estaba enfadada. Llevaba más de diez años presentándome a certámenes, intentando publicar, buscando maestros y amigos poetas, organizando lecturas en bares, con actores que daban todo su sudor (porque yo leía y leo muy mal) para que viniesen a escucharnos 6 personas, en el Anticafé, en el Travelling, chocando con milagros que nadie conocía, con verdaderos poetas escondidos detrás de sus demonios o falsos poetas aupados sobre su estupidez.

Puede que sí, que creyese en ese momento que como me había puesto a escribir novela y no me iba mal, me había librado de la sombra alargada de ese deber de luchar contra la amnesia con el sexo al aire, y contra ese recuerdo tierno y ridículo de mí misma caminando bajo el sol de editorial en editorial, o a la luz borracha de la luna con un ejemplar de Masturbación mirando a Casiopea bajo el brazo.

Bueno, aunque solo sea por eso, mi día de la poesía va a durar un mes. Pagaré mi deuda con ella o con la parte de mí misma que la veneraba y que todavía la intenta, dedicando cada uno de los próximos veintidós días a los veintidós maestros que me salvaron a mí de ese naufragio de intentarlo, intentarlo. Veintidós, como las consonantes del alfabeto hebreo, como los arcanos mayores del tarot.

 


La Gran Guerra

Lewis Grassic Gibbon nació el 13 de febrero de 1901 en una localidad escocesa llamada Auchterless.

Auchterless

Su novela más conocida es Espartaco (1933), en cuyo tema tal vez subyacía una rebeldía inconsciente y medieval del autor contra el invasor inglés. Pero en 1932 había escrito algo enraizado en la historia de su amada patria con mayor claridad: la trilogía titulada A Scots Quaire, sobre la vida de Crish Guthrie, la propietaria de una granja en los primeros años del siglo XX, e inventó para ella un Macondo escocés: la tierra legendaria de Kinraddie.

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Sunset Song es la primera de estas tres novelas, en que se ha basado la película estrenada en España recientemente, rodada por Terence Davies, realizador por cierto también de otra película rara, The Deep Blue Sea, con Rachel Weisz. En ella la turbulencia de los sentimientos y la ambientación, en este caso del Londres post Segunda Guerra Mundial, imponen también el tono de la historia.

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He comprobado en seguida que A Scots Quaire no está traducida, y he deseado hacerlo. Tal vez no tenga el conocimiento necesario del inglés, pero lo conseguiría para poder traducir esta trilogía, si nadie lo hace antes. Se obtiene más éxito en lo que se desea, que en aquello para lo que se tiene talento, y hay tantos escritores escoceses, que seguramente los devotos tendríamos que ayudar a los traductores profesionales para poder traerlos a todos al sol de nuestra lengua meridional.

El motivo por el que me siento tan arrastrada por esta clase de historias campesinas está, tal vez, en lo mucho que amo la literatura inglesa periférica de aquella época. O tal vez en que, como procedo, y siento el honor de hacerlo, de antepasados campesinos, “oigo la llamada de voces ancestrales”, como dijo el personaje de Margaret en la novela Howars´s End.

Cuando digo “literatura periférica”, utilizo la primera etiqueta que me ha venido a la mente para definir a los escritores de principios del siglo XX en lengua inglesa, de voluntad iconoclasta, o que procedían de lugares remotos en lo geográfico, psicológico o ideológico; como Katherine Mansfield, Rebecca West, H. G. Wells, D. H. Lawrence, Virginia Woolf… Había tantas cosas que se consideraban fuera de los límites de lo que se debía decir o escuchar, que prácticamente tener una sensibilidad por encima de la media, ya significaba entonces ser anormal, por lo menos en un sentido estadístico.

Y no hay nada como la sensibilidad de la narrativa en lengua inglesa para lo anormal. Este idioma, sus relatos, sus procesos judiciales y su prensa, crearon el primer asesino en serie de la historia contemporánea, al primer genio erotómano, a las primeras lesbianas y feministas, a los primeros espías y mafiosos, los rudimentos de la música pop. Lo hicieron en contra de su voluntad puritana y flemática, pero en favor de su apasionado y apasionante culto por la ficción.

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Irish dramatist Oscar Wilde (1854 – 1900) with Lord Alfred Douglas (1870 – 1945) at Oxford, 1893. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

A pesar de que todo lo citado habría ocurrido ya en otros tiempos y lugares, la eficacia con que este idioma y la cultura que transmite narra las cosas, hace que parezcan suyas. Así Shakespeare consiguió que pareciera que él había inventado emociones y conflictos que ya estaban en la mitología griega.

La anormalidad concreta que hace que todos estos autores estén ligados a férreos realistas como Hardy, premios Nobel como Kipling, escritores populares de aventuras detectivescas como Arthur Conan Doyle, fantásticos en formación como Tolkien, y el Gibbon de Sunset Song, fue la Gran Guerra.

Es muy difícil imaginar lo que supuso la Gran Guerra para la mentalidad de los hombres y las mujeres de entonces. El salto técnico y moral en la capacidad de desmembrar y aniquilar, física y psicológicamente, al ser humano, pilló por sorpresa a los personajes de época, bajo su Dios cristiano y sus enaguas.

Esta irrupción del horror y el absurdo está contada de muchas maneras, pero todos los grandes del primer siglo XX, desde James Joyce hasta Kafka, hablan, en el fondo, solo de esto. La humilde aportación de la historia de Gibbon es naturalista y lírica. Tiene la bestialidad de Jude, el oscuro de Thomas Hardy, pero con una protagonista femenina culta, profunda, ingenua, apegada a lo cotidiano, que por momentos recuerda a Anne, la de Tejas Verdes.

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Con la Gran Guerra cayó la primera ficha de dominó de la decadencia europea. Creo que sería posible explicar todo el horror y la violencia que vino después a partir de ese trauma. Sobre todo porque apenas había transcurrido una generación, sin tiempo para recuperarse del golpe, cuando sobrevino la segunda, que le cambió el nombre a la Grande, la Gran guerra, y ya solo aspiró a llamarse la primera.

La serie de Netflix Picky Blinders, cuenta también el nacimiento de esta banda de gangsters en Birmingham, y es muy notable, para ser una serie con un sentido contemporáneo de la violencia, cómo se sugiere que la aparición de las bandas criminales, el narcotráfico, incluso el terrorismo, está relacionada con el modo en que se transforma el carácter y el sentido moral de los hombres que vuelven vivos de la guerra.

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El dolor es la grieta por la que se cuela el diablo. El mal viene del sufrimiento. El soldado vuelve a casa envenenado, y este veneno se transmite por dos vías:

Una doméstica, contada por Gibbon en la historia de Crish Guthrie, debida a la orfandad y a la viudedad de los hijos y las esposas y, de entre aquellos cuyos padres y maridos sobreviven, del comportamiento que los niños ven en los veteranos, el nihilismo, la locura, los malos tratos, sustentados tal vez en la inconfesable envidia de que sus familias no hubiesen tenido que afrontar aquello, y pretendiendo, sin ser conscientes de ello, que con la pérdida de aquella inocencia pagaran y compensaran la que ellos ya no podrían recuperar. Otra vía es la institucional y política, que desembocaría en numerosos conflictos por toda Europa, y en la Segunda Guerra como traca final del horror.

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Algo que todas estas historias tienen en común es que siempre hay algún personaje que se va a Nueva York, a La Habana, a Buenos Aires…  Europa está muerta. Pero los que fueron, llevaron el veneno consigo, como los españoles llevamos la gripe.

Hablando de españoles, el idioma inglés es también lo que explica que nuestro único narrador en contar la gran Guerra fuese Blasco Ibáñez, que lo hablaba; en Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis y en otros relatos más modestos pero muy buenos, como La vieja del Cinema, El monstruo o La noche serbia.

Aparte de él y de alguna otra rara como Sofía Casanova, que avisaba del horror desde Polonia, cuyos artículos solo destacaban en el ABC por deferencia, ya que era la esposa de un conde diplomático, nadie le dio mucha importancia aquí a la Gran Guerra. No caló, y nuestra ficción se quedó prácticamente sin ella, incluso en cine y televisión, hasta muy recientemente.

6 Hermanas, de Bambú Producciones, emitida en la 1 de TVE

6 Hermanas, serie de Bambú Producciones emitida en la 1 de TVE (2015-)

¿Por qué? Seguramente porque no estaba el horno para bollos. España ya venía montada en la cresta de su particular decadencia desde hacía veinte años, cuando empezaron a sonar explosiones en Sarajevo.

España es mediterránea, vieja, la han poblado muchos seres humanos de muchas etnias, culturas y religiones melancólicas y amargadas por la derrota de sus métodos y profecías. Por tanto, en el siglo XX, España estaba corrompida y lo corrompido es precoz.

La pérdida de las colonias en torno a 1900 y las sucesivas crisis políticas que afrontó hasta la dictadura de Primo de Rivera, prefiguraron la Gran Guerra, así como nuestra guerra civil, sobre la que nunca escribiremos libros suficientes ni rodaremos suficientes películas, porque fue un trauma hondo que debió haber sido mejor desahogado, sublimado, y por vergüenza y miedo no lo fue, predijo la segunda guerra mundial.

España fue el canario en la mina de Europa que, cuando hay un escape de gas, es el primero en morir. Puede que lo siga siendo.


Somos todos unos burros

El éxito y el reconocimiento son cosas difíciles de definir y de obtener, como el amor, como la lealtad.

Visitando y redescubriendo Platero y yo, siendo feliz en su prosa poética, en sus paisajes plásticos y a veces espesos de palabras refinadas, en su demora, que ya nadie o casi nadie practica, porque tenemos muchas cosas que hacer, reflexiono sobre por qué le tuvieron tanta tirria sus compañeros de generación a Juan ramón Jiménez. Por qué yo misma se la tuve, como lectora niña y joven poeta.

Cabeza de burro (1881). Rosa Bonheur

Cabeza de burro (1881). Rosa Bonheur

Lorca le llamaba “el podrido”, casi todos sus compañeros de oficio ignoraron y denostaron su premio Nobel, su supuesta vida bucólica y su matrimonio fueron mirados siempre con la sonrisa torcida, y no porque fuera un perdedor. Vivió, escribió lo que pudo y quiso, tuvo unos reconocimientos, otros le faltaron, quizá incluido el suyo propio, o tal vez era una pose, o es que en su caso la pose lo era todo, porque era un ser estético.

Aunque el rechazo que sufrió se hubiera podido explicar por alguna clase de inquina contra el “diferente” el “paria”, esto no habría explicado por qué sus contemporáneos odiaron así mismo a Blasco-Ibáñez, paradigma del éxito, escritor fino, pero de masas, creador de best-sellers cuando en España ni había de eso.

Recepción a Blasco-Ibáñez en el puerto de Buenos Aires, 1909

Recepción a Blasco-Ibáñez en el puerto de Buenos Aires, 1909

¿Entonces?

Creo que hay dos respuestas diferentes. Hay una incomprensión debida a la mezquindad, otra debida a la ignorancia.

Lo primero, la mezquindad, tiene que ver con la necesidad humana de hacer equipos.

Los que odiaban a JR eran urbanos, se movían con la vida, giraban con la rueda de la fortuna, eran escritores éticos, preocupados por su tiempo y su espacio. Se condecoraban con categorías y tópicos de la época, eran intelectuales o hedonistas, listos o brutos, eran homosexuales o eran heterosexuales, y si eran heterosexuales eran amantes del tipo de mujer golfa o del tipo de mujer casta, eran socialistas o anarquistas, liberales o conservadores, existenciales o patrióticos, realistas o surrealistas, con pose de criminal o con pose de cura.

JR era un observador, un perezoso vocacional, pero estricto y maniático como líder y administrador de los límites de ese mundo inmóvil. Creador de un paraíso frágil en que las palabras lo eran todo, y usar la palabra equivocada podía ser el conjuro final de alguno de esos queridos fantasmas. La nada puede ser, debe ser perfecta.

" De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera.  Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento.  En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo.  Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida.  Emerson había escrito fancy en la puerta de su cuarto de trabajo.                                                                            Juan Ramón Jiménez.    “Estética y ética estética”

” De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera. Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez, y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento. En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo. Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida. Emerson había escrito fancy en la puerta de su cuarto de trabajo.
Juan Ramón Jiménez. “Estética y ética estética”

Llevaba dentro la tertulia sin fin de un perro apaleado que aúlla a la luna, un niño y un ermitaño viejo. Lo que había dentro de sí que había salido de la cabeza del niño, el viejo lo censuraba y trataba de corregirlo, lo que salía de la cabeza del viejo, al niño lo asustaba, y los ladridos del perro loco siempre sonando al fondo, en la eternidad nocturna de miedo a la muerte y añoranza de la vida.

Así que, no. No era fácil de clasificar, ni desde fuera ni desde sí mismo. Eso a quienes están muy dentro del mundo siempre les molesta, porque quien ama el mundo ama la competición, ama la idea de que existan los equipos, aunque el rival no compita, aunque de hecho, ni siquiera esté.

JR nunca estaba. Él trotaba por ahí, con Platero. Pero los otros competían con él, lo insultaban o intentaban provocarlo, con más o menos audacia y corrección, aunque él no contestase. Es imposible saber cómo le afectaba íntimamente esto, o si le daba igual. Posiblemente ocurra esto último, ya que le gustaba, usando sus propias palabras “llevar la contraria”, y así aconsejaba a los que quería que llevaran la contraria y que fueran críticos, y a veces se le olvidaba que los otros no eran su obra y que no podía convertirlos en lo que él quería.

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Lunes noche, verano de 1913 Hermana Zenobita: (Los hermanos no pueden llamarse de usted; yo lo suprimo ya para siempre.) Llena la frente de estrellas, después de haber estado cerca de ti dos horas, cuando has cerrado el balcón rojo, me he venido hacia casa despacio y triste, triste aunque te parezca mal, ¡reina de la risa! El balcón de tu alcoba, oscuro y hondo, seguía abierto… ¡Con qué pobres dichas se contenta a veces el corazón, el corazón que subió tanto!… Muy alegre estabas hoy cuando me escribiste tu carta. Te lo agradecí con toda mi alma, pero cuando la terminé me eché a llorar. No es una carta tierna ni dulce. De haberlo sido, me habría puesto más alegre. No, Zenobita, no es que yo sea fúnebre siempre…”

Otra respuesta es la ignorancia. Otra cosa que justifica la crueldad, el desprecio o la envidia. La ignorancia de su obra cumbre (en contra de su opinión y sus deseos), la obra en lengua castellana más traducida después del Quijote, Platero y yo, procede de la dificultad para analizarla y clasificarla.

Como la escribieron juntos el niño, el hierofante y el can aullador que había en su cabeza, decir que es para niños es un error, y decir que es para adultos es un error, y decir que es poesía o que es prosa es un error.

Es una tentativa, una exploración, el camino a alguna parte, no es el final de nada ni nada acabado, es una búsqueda. Utiliza la misma clase de recursos que la Biblia, que los libros sagrados; la prosa poética, el versículo, la alegoría, pero la elección de un burro como protagonista desacraliza esa intención. El burro es el más torpe de los animales, el que más a punto de desaparecer parece siempre.

Los contemporáneos de JR, y nosotros hoy, estamos acostumbrados a que las cosas tengan etiqueta, a que se llamen de alguna forma, y de no ser así, nos gusta que la erudición que va a ponerse a trabajar sobre un tema se advierta y sea de corte analítico, como hacía Unamuno, que siempre venía armado con las lentes hispánicas y los jueguecitos especulativos ya desde el prólogo.

Unamuno

Unamuno

Tanto Platero y yo como Niebla se publicaron por primera vez en 1914. Las dos fueron célebres y muy traducidas, pero Unamuno estaba muy dentro del círculo, era respetado por sus colegas, incluso hizo sus pinitos en política, porque se consideraba que sus novelas aportaban “ideas”.

En cambio, qué aportaba JR. Imágenes, sueños, pinceladas. Esto no es para todas las inteligencias, es el lado en sombra de la tierra y al mismo tiempo lo más terrenal de la tierra. Las orejas de burro se ponían como castigo a los tontos y los locos. Ni siquiera JR le daba importancia a su propio animal. Pero sí que apreciaba las cualidades de escritor que había en él, las que habitan en todos los asnos; la tozudez, esa dureza dentro de su propia blandura.

2

“¡Que pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles—los toros, las cabras, los potros, los hombres, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin contaminarse de impureza alguna. Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú la has visto en su puesto verde. Ya tiene a su lado un pajarillo, que se levanta —¿por qué—? al acercarnos; o está llena, cual una breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja o el voluble adorno de una mariposa. Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida… ¿Qué le diera yo al otoño, Platero a cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término de la nuestra?”. La flor en el camino. JR Jiménez. Imagen. Los burros. Yuqi Wang (1958)

Yo creo que puedo leerlo ahora mejor porque estoy en el mezzo de la mia vita y soy, por tanto, un poco niña y un poco vieja y creo que es lo mejor, con mucho, de su poesía. Puedo comprender también, mejor que cuando era adolescente (en la plenitud de mi energía y de mi enfado), por qué a veces la testarudez y la humildad es mejor arma para un creador que la inteligencia y la soberbia.

El alma de Platero hace de ángel guardián de su autor, lo obliga a mirar con ternura sus frases como esqueletos vestidos, a no tomarse demasiado en serio, a volver siempre a comer hierba a cuatro patas, y se produce el equilibrio perfecto entre hombre y bestia, ilusión y razón.

El hecho de haber tenido que esperar la llegada de algo tan antipático como un aniversario de los cien años (es antipático porque ninguno veremos el nuestro, si somos vulgares, y si somos excepcionales lo veremos desde algún lugar tonto como el nirvana o el infierno), para darme cuenta de que este libro es hermoso y de que su autor no era tan petardo, y para que escriba sobre él aprovechando la coyuntura cuando no lo hice en el doce, ni en el tres, ni en el nueve, y ni siquiera en el catorce, porque se me pasó, demuestra que soy un poco burra.

En ocasiones como estas siempre asiste el consuelo de que somos todos unos burros, eso le da a Platero otra importancia.